VOLVER A GRAMSCI DESDE LAS ORILLAS

VOLVER A GRAMSCI DESDE LAS ORILLAS

Para el orillero del lenguaje que piensa la política, el encierro no puede apresar la palabra que habita desde el silencio, el murmullo, la voz tenue. Para el que trabaja en las orillas del lenguaje, las posibilidades de reescribir el libro clandestino que va componiendo y descomponiendo el cuerpo teórico de Gramsci pertenecen al espacio de una metamorfosis infinita a la escritura como política.
Óscar Ariel Cabezas

Uno de los signos de la política contemporánea estriba en la vuelta a un autor como Antonio Gramsci. El auge de las luchas políticas de la izquierda latinoamericana y europea ha puesto de nueva cuenta en el escenario político la figura del intelectual italiano víctima del fascismo en su momento. Las experiencias de las luchas desde los movimientos sociales y desde un nuevo sentido de la estatalidad, como el proceso boliviano o el proyecto de Podemos en España, han basado algunas de sus formas de actuar político en dicha figura. Desde estas coordenadas, no siempre coincidentes entre Estado y movimiento, Gramsci recobra su vigencia como un autor que permite pensar la política.

gramsciwebEl libro Gramsci en las orillas, compilado por Óscar Ariel Cabezas y publicado a finales de 2015 por la editorial chilena La Cebra, es parte de la nueva recuperación que se lleva a cabo. El trabajo reúne autores latinoamericanos que plantean la recepción y la discusión del autor de los Cuadernos de la cárcel a partir de las transformaciones experimentada por la estatalidad en Latinoamérica con el auge de los gobiernos progresistas hoy en crisis lo cual no se reflejó en el libro porque los textos fueron elaborados antes de ese momento–. Pese a ello, los escritos no pierden fuerza ni vigencia, pues también piensan en las posibilidades de seguir en la búsqueda de una nueva gramática de la política que permita reconfigurar las relaciones de poder.

La recuperación realizada en el libro parte de la consideración de que se debe retornar a ese Gramsci sumergido en la política, y no tanto a ese otro del que la academia se ha apoderado (la primera sección, donde se recogen los textos de María Pía López, Miguel Valderrama, Horacio González, Dante Ariel Aragón Moreno y Óscar Ariel Cabezas, remite a este aspecto). La discusión ya no está en este sentido en mirar a un Gramsci alejado del marxismo, como algunos autores intentaron argumentar décadas atrás con una visión totalmente culturalista y subalternista. Pero, vale señalarlo, en el terreno de lo político estamos lejos de esos usos de Gramsci de que hablaba un autor como Juan Carlos Pontantanteiro, uno de cuyos escritos se recoge en esta obra. Sin embargo, no deja de estar vigente la pregunta formulada en su momento por este intelectual argentino: ¿de cuál Gramsci hablamos?

Gramsci en las orillas; el título no deja de ser sugestivo. Antes de contestar de qué Gramsci hablamos, pongamos atención al sentido de la orilla. Ésta tiene doble significación: por una parte, si bien no de manera principal, pero sin que deje de llamar la atención, significa una elaboración y un desarrollo de la obra de Gramsci fuera de los centros hegemónicos; es decir, uno leído, reelaborado y pensado desde esta orilla llamada Latinoamérica. El texto es así un mapeo de la producción realizada hoy en la región sobre los temas y los autores que intervienen en dicho esfuerzo. Por otra parte, la orilla alude también a una manera de concebir la radicalidad de Gramsci. Así define Óscar Ariel Cabezas el propósito de utilizar esta noción:

Suponiendo que la crítica no ha sido completamente cooptada por las agencias de la cultura universitaria que promueve castas de intelectuales hipersofisticados y que se agrupan según el glamour del espectáculo intelectual, y que ésta (la crítica) está inscrita en el compromiso con la de-enuncia del orden que reproduce las injusticias sociales, la orilla es lo que, además de criticar, hace posible un modo plebeyo de pensar. Entiendo este modo plebeyo de pensamiento como el esfuerzo crítico que va más allá de la crítica o, de manera más precisa, se orilla, al modo de un pensamiento plebeyo, sin restarse al centro, sino más bien confrontándolo, desnarrativizándolo, minándolo desde el claroscuro de la orilla hasta hacer que los presupuestos sociales e ideogramáticos que constituyen y dan vida al orden queden tan desajustados como para que las imágenes del poder se destruyan. La hipótesis que me hace señalar que hay en Gramsci un pensamiento orillero y plebeyo es, en primer lugar, el hecho de que eligió el devenir herético: es decir, eligió el camino político del pensar porque para ser un hereje hay que habitar las hostilidades que significa pensar.1

El Gramsci referido en el libro es no sólo el que apuesta por esta denuncia permanente de las relaciones de poder sino el que piensa en el poder para derrocarlo, el Gramsci situado no sólo en las esferas de la alta política (del ámbito estatal) sino directamente en lo político (del ámbito de la subjetivación). Me parece que el libro en su conjunto se mueve en una tensión permanente, pues algunos artículos postulan con claridad la relevancia del italiano en la configuración de un nuevo sentido de la estatalidad, como el de Álvaro García Linera, mientras que otros exploran una veta poco transitada en los estudios gramscianos, donde el pensador de Turín podría ayudar a una interpretación de la política en clave inmanentista, como un proceso de subjetivación permanente que no apuesta a su fijación y congelamiento en los muros de la institucionalidad, como el escrito de Dante Ariel Aragón Moreno, quien explora los puentes entre la teoría gramsciana de la política y el biopoder. Es interesante el análisis crítico practicado por Horacio González. quien acota la dimensión inmanentista en la obra gramsciana.

Una de las discusiones implícitas en el libro atañe a esta manera en que Ernesto Laclau abonó a un análisis de la figura gramsciana enmarcada en la lógica de la razón populista, como hace el texto de Verónica Gago y Diego Sztulwark. Esta intencionalidad de discutir los límites de la interpretación de Laclau y sobre todo de las experiencias de la izquierda contemporánea que finca su práctica en dichas raíces2 se nota en la citada entrevista con el compilador:

A pesar de la insistencia de algunos, Gramsci no es un pensador populista; basta revisar el principio de razón con que actualiza la filosofía de Maquiavelo para entender que le interesa la política como consagración de principios profanos. Por muy de izquierda y radical que sea, el populismo no logra desinscribirse de una discursividad plagada de cabo a rabo de los restos cristianos de nuestra cultura occidental. No obstante, y a pesar de la demonización furibunda con que se suele arremeter contra el populismo por parte de los intelectuales de izquierda, éste no es la consumación del demonio. Por el contrario, si por populismo entendemos una voluntad colectiva que orienta su política y sus estrategias de toma del poder desde una discursividad sostenida en las urgencias de las clases subalternas y en clara oposición a la economía política del capitalismo financiero, no cabe la menor duda de que como primera fase de articulación de un proyecto democratizador habría, habrá, hay que apoyarlo. En cualquier caso, pienso que en Gramsci no hay, como sí lo hay en Ernesto Laclau, una teoría populista. A Gramsci, para decirlo de nuevo, interesa la política profana.3

Gramsci en las orillas nos sumerge también en los derroteros que las corrientes gramscianas tuvieron en los ámbitos nacionales. Revisa así las experiencias de México (los textos de Ángel Octavio Solís Álvarez y Jaime Ortega Reina) y Brasil (Paulo Gajanigo); y el rescate de la experiencia argentina de pasado y presente como un espacio de confluencia entre dos tradiciones teóricas que se intenta poner como dos ejes que organizaron las discusiones de los gramscianos argentinos, es decir, de remarcar esa relación entre Gramsci y Althusser (el texto de Marcelo Starcembaum) y las preocupaciones políticas de José Arico (los de Verónica Gago y Diego Sztulwark, así como el de Gavin Arnall, Susana Draper y Ana Sabau). Pero sobre todo se encarga de devolver un Gramsci que nos ayuda a pensar en la política en estos tiempos cuando la urgencia de actuar y la parálisis causada por el clima de violencia política y criminal en México parecerían decirnos que vivimos no sólo una crisis de la política sino su aniquilación. Volver a Gramsci es retornar a un pensamiento que permanece como libro viviente, a decir de Horacio González: “Gramsci sigue incomodando. Mueve el suelo de las teorías, mientras busca un objeto vivo, un libro en la historia, al que sabe que sus escritos rodean como un molde desesperado, anticipándolo siempre, sin consumar”.4

Óscar Ariel Cabezas (compilador), Gramsci en las orillas, Chile, La Cebra, 2015.


1 “Gramsci, comunista herético y orillero. Entrevista a Óscar Ariel Cabezas”, en eldesconcierto.cl, http://goo.gl/46wb2L [Visto el 12 de julio de 2016.]

2 No me parece un exceso decir que aquí el libro podría entrar en diálogo con obras que debaten este aspecto de la política y su relación con Laclau en España, como Germán Cano, Fuerzas de flaqueza. Nuevas gramáticas políticas (2015) o José Luis Villacañas, Populismo (2015).

3 “Gramsci, comunista herético y orillero. Entrevista a Óscar Ariel Cabezas”, en eldesconcierto.cl, http://goo.gl/68Mwz5 [Visto el 12 de julio de 2016.]

4 Horacio González, “De los encarcelados al ‘libro viviente’ de Gramsci”, en Óscar Ariel Cabezas, Gramsci en las orillas, Chile, La Cebra, 2015, página 61.