PRIMERAS BATALLAS ESTUDIANTILES CONTRA EL NEOLIBERALISMO EN MÉXICO

PRIMERAS BATALLAS ESTUDIANTILES CONTRA EL NEOLIBERALISMO EN MÉXICO

Los ríos de estudiantes no paraban de llegar al Zócalo de la Ciudad de México. Corriendo, gritando consignas, cantando, los contingentes de colegios, escuelas y facultades de la UNAM colmaban entusiastas la principal plaza del país.

Era el 21 de enero de 1987. No se veía algo así desde el 13 de septiembre de 1968. Un nuevo movimiento estudiantil lograba salir a la calle, 18 años después de la larga noche que dejó la estela de Tlatelolco. De nueva cuenta, la ciudad observó el paso de miles de jóvenes que desafiaban a la autoridad: “Y dicen/ y dicen/ que somos minoría;/ aquí les demostramos/ que somos mayoría”.

Estos estudiantes de la UNAM, organizados en el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), protagonizaron un movimiento de masas que vivió su momento culminante entre finales de 1986 y principios de 1987. En esos meses conquistaron un diálogo público con las autoridades universitarias, estallaron la huelga estudiantil y detuvieron las reformas impuestas por el rector. Al poco tiempo, la mayor parte de esta generación participó en la insurgencia ciudadana de 1988, que apoyó la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República. En 1990, los estudiantes detuvieron en el Congreso Universitario –conquista del movimiento– el proyecto neoliberal para la Universidad, en un proceso inédito que generó grandes expectativas pero terminó decepcionando, pues no consiguió una trasformación democrática de la UNAM. Poco después, en 1992, el CEU impidió, otra vez en las calles, un nuevo intento de acabar con la gratuidad de la universidad pública.

El CEU tomó la estafeta de la protesta estudiantil del 68 al recuperar y enriquecer una valiosa cultura política democrática de la izquierda mexicana, y salió victorioso en las primeras batallas que resistieron las transformaciones neoliberales en la Universidad Nacional.

Los participantes recuerdan esta historia. Pero para la sociedad mexicana actual, que va de desgracia tras desgracia, de emergencia en emergencia, viendo con impotencia la demolición neoliberal del país, esta historia se ha ido resbalando hacia el olvido.

A 30 años de esta primera experiencia de lucha estudiantil en México contra las reformas mercantilistas en la educación, la traemos a cuento mientras un movimiento magisterial se enfrenta de nuevo a unas reformas del sistema educativo sustentadas por el mismo dogma y arropadas por el mismo discurso.

El origen del conflicto

Cuando surgió el movimiento estudiantil, se desconocían la fuerza y amplitud de las políticas que impulsaban las reformas que desataron la protesta. Hoy sabemos que aquellas políticas, llevadas a cabo en muchos países, iniciaron de manera sistemática en México en 1984, cuando el Banco Mundial otorgó al país, por primera vez en la historia, un préstamo condicionado a emprender reformas estructurales de corte neoliberal.1

En 1982, el país había entrado en una profunda crisis económica. En este contexto arrancaría una radical trasformación del Estado y del propio modelo de acumulación. Inicialmente, las “reformas modernizadoras” del presidente Miguel de la Madrid significaron las primeras privatizaciones de los bienes del Estado y una reducción drástica del gasto social, a fin de liberar recursos para el pago de la deuda externa.

diego 37webPara el gobierno, los costos sociales de sus políticas económicas no entrañaban mayores riesgos políticos. Con cinismo, el presidente Miguel de la Madrid decía por esos tiempos: “Nuestra capacidad de resistir la crisis económica sin proponer planes de emergencia (…) se debe a que tenemos un sistema político que nos permite tomar medidas restrictivas fuertes. Por ello, a pesar de la crisis, no aflojamos el saneamiento financiero del país: el sistema político impide que se dé el desorden social”.2

Con esa confianza, el “saneamiento financiero” sin “planes de emergencia” arrojó, sólo en la educación superior, números escalofriantes: entre 1982 y 1988, el presupuesto federal para las universidades públicas se redujo 43 por ciento, mientras que en la UNAM entre 1981 y 1986, la disminución fue de 47.8 por ciento.3

Los problemas derivados de los recortes del presupuesto universitario eran evidentes para su comunidad. El desánimo de los profesores y trabajadores por el pronunciado deterioro de sus salarios y de la infraestructura universitaria se sumaba a las difíciles condiciones por las que pasaba la mayoría de las familias de los estudiantes, especialmente del bachillerato de la UNAM, de fuerte composición popular.

La Rectoría de la UNAM, en sincronía con el gobierno federal y las recomendaciones de los organismos internacionales, se sumó a los ánimos reformadores. En abril de 1986, el rector Jorge Carpizo presentó el documento Fortaleza y debilidad de la UNAM, un diagnóstico crítico de las condiciones de la Universidad que acusaba un deterioro académico profundo. “La iniciativa introdujo en el debate universitario conceptos –como productividad, eficiencia, eficacia o excelencia académica– que años más tarde se consolidarían como términos fundamentales del discurso neoliberal en torno a la educación”.4

De esa forma, el rector Jorge Carpizo pretendió aplicar en la Universidad una serie de políticas públicas para la educación establecidas en el Plan Nacional de Desarrollo, y otros programas sectoriales del gobierno federal para el periodo 1984-1988.5 Sin embargo, durante el conflicto las autoridades universitarias negaron de modo sistemático la evidente articulación de sus propuestas con estos planes.

Tras la presentación del diagnóstico y un proceso formal de consulta en el que se invitó a participar por escrito, el 11 de septiembre de 1986 el rector planteó al Consejo Universitario un primer paquete de reformas. Apenas unos cuantos consejeros estudiantiles de izquierda se opusieron. Para dar celeridad a la aprobación, el Consejo adujo una modalidad de “obvia resolución” para votarlas. La mayoría de los consejeros universitarios respondió con el acostumbrado voto disciplinado, subordinados a las decisiones del rector. Aprobaron las 26 modificaciones propuestas, relativas a tres reglamentos y el Estatuto General.

En esos días, la Universidad estaba de vacaciones y no se vislumbraba mayor sobresalto. Desde la lógica de la burocracia dirigente, la mayoría de los universitarios debía compartir el diagnóstico y la urgencia de esas reformas. La determinación del rector se expresaba así: “Lo único inadmisible sería que teniendo conciencia de los problemas, nos inmovilizáramos y dejáramos que los niveles académicos continuaran deteriorándose. Ello no es posible ni aceptable…”6

Las reformas incluyeron tres cambios trascendentales que despertaron la indignación de los estudiantes: restringían el acceso y la permanencia de éstos en la Universidad (particularmente limitando el pase automático del bachillerato a la licenciatura e imponiendo límites de reprobación de exámenes ordinarios para continuar inscrito), estandarizaban los sistemas de evaluación (mediante exámenes departamentales) y aumentaban las cuotas a los alumnos de posgrado y a los extranjeros.

Un movimiento en construcción

Desde mediados de octubre de 1986, distintos grupos y colectivos estudiantiles de izquierda se convocaron para organizar la protesta. Estos activistas, “que suelen venir de antiguos grupúsculos” –como contó Carlos Monsiváis en una notable crónica del movimiento–,7 intensificaron su trabajo, animando una creciente inconformidad entre los estudiantes. Al analizar la gravedad de las reformas, los más experimentados activistas comenzaron a imaginar la posibilidad de un movimiento de masas, y en esa dirección trabajaron. Llevaron a cabo una ardua tarea política de informar sobre el contenido de las reformas de Carpizo, explicar sus efectos negativos y denunciar el proceso desaseado que llevó a cabo el Consejo Universitario. Poco a poco enriquecieron sus argumentos.

diego 35webTras dos asambleas generales y un mitin en Rectoría, el 31 de octubre se constituye el CEU y acuerda su demanda principal: derogación de las reformas aprobadas el 11 y 12 de septiembre por el Consejo Universitario. También exige un diálogo público con las autoridades para presentar y argumentar sus demandas.

Al regreso a clases, la participación estudiantil fue rápidamente en ascenso. Las asambleas en cada escuela o facultad se nutrieron con la participación de miles de estudiantes y se consolidaron como el espacio de organización básico y abierto del movimiento. En este proceso de organización, las asambleas de cada una de las escuelas eligieron a sus representantes –quienes serían refrendados o sustituidos constantemente– para integrarse al Consejo General de Representantes (CGR) o plenaria del CEU. Así, en pocas semanas este consejo adquirió representatividad y capacidad de conducción del movimiento que se gestaba.

Los representantes transmitían las deliberaciones de cada escuela y llevaban al Consejo propuestas de posicionamientos y planes de acción. Las propuestas eran discutidas en el CGR, que tras un balance político tomaba las decisiones, generalmente por votaciones. En ocasiones, al tratarse de asuntos importantes, los debates de la plenaria generaban propuestas que se llevaban para ser rediscutidas por las asambleas de cada escuela.

Este sistema de representación y de consulta para la toma de decisiones dio al movimiento una vida democrática. El referente organizativo del CEU fue la experiencia del Consejo Nacional de Huelga del movimiento estudiantil de 1968, un parlamento democrático compuesto por los representantes de las asambleas de las escuelas –no por los grupos estudiantiles–, que decidía las principales acciones y pronunciamientos del movimiento. En poco tiempo, la plenaria fue el referente para los miles de estudiantes en movimiento, el espacio de la disputa interna y donde se consolidó una fuerte dirigencia estudiantil.

Pero si ese referente era lejano, la nueva generación contaba con una importante experiencia colectiva previa: participó en las labores de rescate por el terremoto de 1985. En la sorpresiva respuesta civil frente a la catástrofe que vivió la Ciudad de México y la parálisis institucional, la acción autoorganizada de miles de universitarios en las tareas de solidaridad marcó profundamente a esta generación de estudiantes.

En poco más de un mes, entre principios de noviembre y mediados de diciembre, el CEU convoca a tres movilizaciones y a un paro de labores de 24 horas, organiza el Foro universitario por la transformación democrática de la UNAM, con los profesores que apoyan al movimiento, y sostiene dos encuentros públicos con representantes del rector para explorar las posibilidades de realizar un diálogo público.

En este intenso despliegue de actividad estudiantil, la creciente movilización se compaginó con la maduración de sus planteamientos programáticos. Su radical rechazo a las reformas impulsó al movimiento a discutir alternativas de transformación democrática e insistir en el diálogo público, demanda central que también sostuvo el movimiento del 68.

Para ciertos activistas, quienes comenzaron a confluir en una corriente mayoritaria en el movimiento, el reto principal era construir una política de masas, que de manera contraria a las luchas sindicales universitarias, que habían subordinado la movilización a las negociaciones, tuviera capacidad de movilización y fuerza organizativa para avanzar en el diálogo y sujetar así de forma democrática la política de negociación.8

Rectoría confronta al movimiento. Echa a andar una estrategia que promueve expresiones de apoyo a las reformas y lanza una millonaria campaña mediática, con el pago de desplegados en los periódicos y promocionales en radio y televisión.

El movimiento responde con sus medios: carteles, volantes, pintas. Pero sobre todo habla, explica las reformas y sus efectos, ofrece argumentos, datos, desencadena una gran conversación entre los universitarios; salonéa, convoca a asambleas en todas las escuelas para informar y discutir qué hacer, toma decisiones a mano alzada. Así, se desata un proceso de politización vertiginoso, una participación decidida y una potente identificación colectiva de miles de estudiantes con su movimiento y organización.

En la tercera convocatoria del 11 de diciembre, marchan del Parque de los Venados a Ciudad Universitaria alrededor de 60 mil estudiantes,9 y en el mitin el Consejo Estudiantil emplaza a las autoridades a derogar las reformas o enfrentar una huelga para el 12 de enero. Ante la fuerza demostrada por el CEU, Rectoría formula una propuesta de diálogo que comprende una agenda de trabajo de tres meses y la participación del Sindicato de los Trabajadores de la unam (STUNAM) y las Asociaciones Autónomas del Personal Académico de la unam (AAPAUNAM). Ésta la rechaza de inmediato el CEU, y a los pocos días se acuerda entre las comisiones del CEU y Rectoría los términos definitivos del diálogo público. A partir del 6 de enero se realizaría exclusivamente con el movimiento estudiantil y en el marco del emplazamiento a huelga.

El 12 de diciembre, estudiantes de la Preparatoria Popular Tacuba y del CCH Popular 6, escuelas no reconocidas por la UNAM pero que forman parte del CEU, toman la Torre de Rectoría y provocan algunos destrozos. El CEU se deslinda y condena la acción.10 Tras 10 horas, los jóvenes abandonan el inmueble, advertidos de que acciones tomadas de forma unilateral significarían la expulsión del CEU. La reacción del movimiento frente a este incidente mostró una disposición hacia una disciplina que caracterizaría al movimiento.

En ese proceso de creciente participación y organización, el CEU adquirió de modo legítimo la representación estudiantil y gracias a la labor informativa de algunos medios que en esa época lograban escapar al control gubernamental –en especial La Jornada, de reciente aparición, y la revista Proceso– ganó simpatía entre la población de la ciudad y cierto apoyo entre la opinión pública.

El poder detrás del rector

Apenas iniciado el conflicto, el presidente Miguel de la Madrid instruyó a los principales secretarios de Estado para brindar el apoyo necesario al rector. En un testimonio dictado a lo largo de su sexenio –no publicado hasta 2004, pero sin modificar “idea o concepto alguno” ni omitir “pasajes o comentarios, aunque algunos de ellos puedan lastimar a personas que mucho estimo”–, el mandatario da cuenta de la intervención del gobierno federal en el conflicto universitario, la falta de independencia del rector, la entelequia que significa la autonomía universitaria y, en términos generales, la subordinación de Rectoría al proyecto modernizador impulsado por él.

“En diciembre tuve dos reuniones con Carpizo –cuenta Miguel de la Madrid–. El día 16 conversamos: le di orientaciones generales, pues no soy un experto en la Universidad que pudiera definirle qué hilos jalar en qué momento. Como lo sentí muy presionado e incluso deprimido, decidí convocarlo para el día 22 a una reunión en la que también participaran los titulares de Gobernación, Programación y Presupuesto, Educación Pública y el Departamento del Distrito Federal, a fin de brindarle el mayor apoyo posible.”11

En esa reunión se sugirió sacar del país “a las cabecillas del movimiento” y realizar algún tipo de represión. Esas opciones fueron desechadas, pero se insistió en que se tenía que trabajar “para que el problema se quedara en la Universidad”. En la primera reunión que menciona el mandatario muy probablemente se decidió aceptar el diálogo público pues, como él valoraba por esos días, “existía en el ambiente un trauma derivado del movimiento de 1968, en el que la opinión compartida es que en ese episodio faltó diálogo”. También se decidió permitir las movilizaciones y evitar choques con la policía.

Sin embargo, la preocupación gubernamental iba en ascenso. Miguel de la Madrid también se refiere a las investigaciones sobre los dirigentes, su preocupación por el apoyo abierto que recibió el movimiento por el PSUM y del PRT, e imaginaba el peor resultado si el movimiento salía victorioso: “El gobierno siempre tiene que partir de la hipótesis más negativa. En este caso, de que los ceuistas buscaban el autogobierno, el asambleísmo, el consejo paritario, la elección popular de directores y aun del rector (…). Una universidad demagógica significa la destrucción de la universidad, significa convertirla en un foro para tratar temas extrauniversitarios”.

Pronto se conocería de forma amplia qué deseaban esos ceuistas, y esto les permitiría construir una nueva hegemonía en la UNAM. Para adquirir esa fuerza política fue fundamental la creciente movilización de masas, su capacidad de persuasión mostrada en el diálogo público y el apoyo recibido del STUNAM y de un número significativo de académicos e investigadores que crearon su organización al calor del movimiento.

El diálogo público

A una mesa larga colocada en el escenario del auditorio Che Guevara (nombrado así por los estudiantes desde 1966, aunque oficialmente ha seguido llamándose Justo Sierra) de la Facultad de Filosofía y Letras se sentaron frente a frente una comisión de 10 representantes de la Rectoría12 y otros tantos del Consejo Estudiantil,13 acompañados por sus grupos de asesores. Con auditorio lleno y cada vez más periodistas presentes, del 6 al 28 de enero de 1987 tuvieron lugar las 14 sesiones del diálogo público, un hecho inédito en la historia del país.14

Con el inicio del diálogo, la confrontación política que vivía la Universidad tomaba un nuevo curso. El movimiento estudiantil había exigido que aquél fuera público y se transmitiera por Radio UNAM. La Rectoría aceptó, y durante esos días la Universidad se paralizó para escuchar por la radio el intercambio.15 En los momentos más importantes del debate, la audiencia de las transmisiones se estimó en torno a 1 millón de personas.16

diego 27webTrasladar el conflicto a un espacio de diálogo parecía favorable para ambas partes. Rectoría se mostraba sensible y tolerante, dispuesta a debatir para encontrar consensos con los inconformes, y ello le ofrecía una valiosa oportunidad para afirmar su actitud reformadora, motivada por el “clamor por mejorar a la Universidad Nacional”.17 Para el CEU significaba ganar una interlocución exclusiva y la posibilidad de discutir en condiciones de igualdad con las autoridades. Daba también la oportunidad extraordinaria de dirigirse a un público más amplio, para contrarrestar el avasallamiento de la campaña publicitaria de la Rectoría y de los medios masivos de comunicación, que no garantizaban espacios equilibrados en la cobertura del conflicto.

En síntesis, el diálogo público fue un extraordinario duelo verbal entre dos fuerzas que expresaban concepciones muy distintas y que se veían frente a frente en un contexto de marcado antagonismo. Así, el debate permitió contrastar dos visiones contrapuestas sobre la realidad nacional y la función de la educación superior pública, sobre los problemas de la UNAM y la manera y dirección en que debía transformarse. Durante las 50 horas de diálogo se habló de gran cantidad de temas, desde la crisis económica por la que atravesaba el país y el recorte del gasto educativo, la forma de gobierno de la Universidad y la legitimidad del Consejo Universitario hasta las causas de la reprobación estudiantil y la función de las evaluaciones y los exámenes. Esta amplitud de asuntos se abordó en el marco de una confrontación política en ascenso y el despliegue de dos estrategias políticas.

Por lo general, el discurso institucional buscó remarcar los consensos y reiterar que las diferencias entre las partes no resultaban sustanciales, por lo cual era posible llegar a acuerdos, aun cuando en ocasiones la comisión de Rectoría confrontó al CEU acusándolo de intransigente y poniendo en duda su legitimidad como representación estudiantil. Éste, por su parte, se propuso argumentar su oposición radical a las reformas, el autoritarismo en la imposición de éstas y el distanciamiento de las autoridades con el conjunto de los universitarios. Al enfrentarse ambas estrategias, la intención del CEU de diferenciarse salió victoriosa. La gestualidad y el atuendo, el uso del lenguaje y los recursos retóricos, la convicción y la beligerancia estudiantil lo hicieron aún más evidente. El antagonismo del movimiento quedó fortalecido al mostrar la profundidad de las discrepancias.

La discusión inicial ofreció al CEU la posibilidad de descalificar la consulta epistolar promovida por la Rectoría, cuestionar la legalidad de las reformas del 11 y 12 de septiembre aprobadas por el Consejo Universitario, y rechazar la representatividad de este órgano. El CEU demandó que Rectoría explicitara el proyecto de universidad y de país que contenía la reforma de Carpizo, pues afirmaba que las argumentaciones institucionales ocultaban un proyecto eficientista y elitista, de carácter coercitivo y restrictivo hacia los estudiantes y, como dijo Imanol Ordorika –notable orador y polemista del movimiento–, “carente de contenido académico, carente de proyecto y concepción educativa, carente de proyecto nacional hacia el cual enfocar a la máxima casa de estudios”.18

La comisión de Rectoría aprovechó su conocimiento institucional, legal y estadístico de la UNAM para abundar sobre los problemas de ésta que, a su parecer, justificaban las reformas aprobadas por el Consejo Universitario. En concordancia con el diagnóstico del rector, las autoridades no señalaban como causa fundamental del deterioro académico la crisis económica y sus efectos sociales sino, en palabras de Mario Ruiz Massieu, representante de Rectoría, el hecho de que “en múltiples ocasiones se ha privilegiado como el valor más importante la tranquilidad de la Universidad y a ella se han sacrificado valores académicos, otorgándose concesiones que han deteriorado su nivel académico”.19

Pronto se hizo evidente que la dificultad principal de la comisión de Rectoría residía en argumentar a favor de una reforma que perseguía la calidad educativa a través de medidas restrictivas, pues implicaba descalificar a los estudiantes y los profesores y reiterar ideas elitistas ancladas en una visión meritocrática. “Seleccionar a los estudiantes más capaces para recibir educación superior, contar con estudiantes que tengan probabilidades de concluir exitosamente sus estudios y se les evite hacer perder su tiempo valioso”, decía, por ejemplo, la exposición de motivos de las reformas.

“Claro que es elitista la universidad –concluyó durante la primera sesión del diálogo público el doctor Leopoldo Zea, asesor de la comisión de Rectoría–; no contamos con la elite de sangre, sino elite de esfuerzo, de trabajo.”20

Los ceuistas señalaron que estas concepciones no respondían a la razón de ser de la universidad pública, que debía ser incluyente para contrarrestar las desigualdades sociales a través de la educación. El movimiento reiteraba su defensa de la universidad de masas y popular y consideraba que ésta no debía estar reñida con la calidad académica. Así, el CEU abordó el problema del rezago académico desde una dimensión social, denunciando la crisis económica por la que pasaba el país y haciendo evidente la sincronía de las reformas de la Universidad con las políticas gubernamentales.

Los representantes estudiantiles también criticaron la excesiva y costosa burocracia, y denunciaron que ésta se encontraba enquistada en el poder. Este problema estructural de la Universidad debía resolverse por una trasformación democrática, una renovación pedagógica y un gasto orientado a mejorar las condiciones de estudio y trabajo en la Universidad.

Dirigida por el secretario general, José Narro –un funcionario joven que encabezaba con el rector un recambio en los grupos dirigentes de la Universidad–, la comisión de Rectoría reiteraba su voluntad de diálogo y su disposición para encontrar un acuerdo que solucionara el conflicto. Conforme avanzaban las pláticas, las autoridades se mostraron zigzagueantes y contradictorias, y algunos de sus asesores comenzaron a conferir cierta razón a los argumentos ceuistas. En sus exposiciones asumieron algunas nociones que no correspondían con la realidad. La expresión más evidente de esto fueron las múltiples ocasiones en que las autoridades se referían a la democracia universitaria y defendían al Consejo Universitario como un órgano representativo de la comunidad universitaria. Desde la mirada estudiantil, este tipo de afirmaciones evidenciaba la falsedad del discurso institucional. Tan sólo exhibir durante el diálogo que los miles de estudiantes preparatorianos no contaban con representación en el Consejo Universitario descolocaba a los funcionarios.

Durante los días en que se discutieron los tres reglamentos impugnados, parte importante de la disputa giró en torno a la existencia de sustento académico, tanto de las reformas como de los argumentos contrarios a éstas. En un tono directo y natural, que contrastaba con la formalidad institucional, Andrea González, una jovencita de 15 años de la Preparatoria 4, resumía: “Tengo un argumento académico en contra de un montón de cosas de esta reforma. Creo que con la suspensión del pase, que con el examen departamental, que con el aumento a las cuotas, que con la limitación de extraordinarios, no se aprende más. No: con un examen no se adquieren conocimientos. Entonces, si tenemos problemas, resolvamos los problemas y después examinemos qué tanto los resolvimos”.21

La representación del CEU tuvo una notable habilidad para vincular argumentos académicos con otros de carácter político, gracias a lo cual desactivó las descalificaciones de la comisión de Rectoría.

El diálogo también fue una disputa en el terreno simbólico. En la confrontación contra el poder establecido, el movimiento ceuista se constituyó en un poder emergente, contestatario y disidente.22 Desde esa condición se apropió de símbolos de las luchas del pueblo mexicano: el discurso libertario magonista, la Revolución, la Constitución de 1917 y el artículo 3o., entre otros. Al reivindicar esos hitos históricos, el movimiento articuló su nueva identidad colectiva y, en esa medida, fortaleció la legitimidad de su lucha.23

Especialmente, el CEU reivindicó el movimiento de 1968 e hizo suya la lucha estudiantil por la democracia. “¡Ay José, cómo me acuerdo de ti en estas revueltas!”, se leía en una pinta en Ciudad Universitaria. La comisión del CEU reivindicó al rector Barros Sierra como uno de los suyos. Reclamaba que no se tuvieran autoridades universitarias de esa talla, que representaban a los universitarios ante el gobierno, y no a la inversa. Durante el diálogo, el CEU acusaba esta condición de subordinación de las autoridades, demostrada desde la primera sesión, cuando Rectoría se negó a acordar con éste un pronunciamiento demandando al gobierno un aumento del presupuesto universitario.

La disputa por la razón que asistía a las distintas posiciones llevó al movimiento a hacerse de una frase-eslogan: la fuerza de la razón. “Se habló de la razón y de la fuerza –reflexionaba hacia los últimos días del diálogo otro dirigente ceuista, Carlos Ímaz–. Quizás la fuerza también tiene su razón; este diálogo se abrió por la fuerza. Sin embargo, la fuerza de la razón está dada por el consenso. Si este auditorio no les es suficiente, es evidente que no tienen el consenso, es evidente que no tienen la razón”.24 A los pocos días, José Narro espetaba a los estudiantes: “No es posible de ninguna manera que ustedes quieran tener absolutamente siempre la razón, esto no es posible, no lo podemos admitir”.25

El diálogo público terminó por fortalecer los liderazgos estudiantiles. En el interior del movimiento, la mayoría de los activistas y dirigentes locales se había articulado en una corriente hegemónica donde participaron 9 de los 10 representantes en el diálogo. Esto fue posible gracias a un ánimo unitario, fermentado en parte en anteriores experiencias de luchas estudiantiles que fueron fortaleciendo los lazos políticos entre los grupos de activistas. También se observa, desde un plano más amplio, que esta confluencia se dio en una época en la que se llevaron a cabo múltiples esfuerzos unitarios entre distintos partidos y organizaciones políticas de las izquierdas mexicanas.

Este grupo del CEU –conocido después como “corriente histórica”– estuvo compuesto por estudiantes de un espectro político amplio. Aunque para algunos de sus integrantes el movimiento de 1986 fue su primera participación política, otros militaban en colectivos estudiantiles u organizaciones políticas con presencia en la Universidad, así como en los tres partidos políticos de izquierda existentes en la época.26

Propuestas, maniobras políticas y movilizaciones

A partir del 10 de enero, el diálogo dio un giro: de la exposición y el debate sobre los reglamentos impugnados pasó a espacio de presentación de propuestas y de negociación. Ese día, la comisión de Rectoría presentó un planteamiento que atenuaba las reformas aprobadas por el Consejo Universitario. Ahora, para pasar de forma automática a la licenciatura se establecía concluir el bachillerato en 4 años y tener calificación mínima de 7 (la reforma había fijado 3 años y promedio de 8); sobre los límites para permanecer inscrito en la Universidad, ahora se permitía reprobar hasta 50 por ciento de los exámenes ordinarios (antes se limitaba a 10 en bachillerato y 15 en licenciatura). En cuanto a los departamentales, consideraba la posibilidad de la exención (antes eran obligatorios) y establecía que éstos fueran calificados por el profesor de la asignatura. Por último, se eliminaban los cambios del Reglamento General de Pagos, que elevaban las cuotas a los alumnos extranjeros y de posgrado.

diego 26webLa propuesta de las autoridades coloca al movimiento en un nuevo escenario. El CEU pide cinco días para presentar una respuesta en el diálogo público, y convoca a un mitin el 12 de enero en Ciudad Universitaria; se reúnen ahí unos 80 mil estudiantes, quienes a mano alzada rechazan la propuesta. La decisión es refrendada por las asambleas de las escuelas en los siguientes días y, luego, por la plenaria. Pese a este acuerdo unánime, el movimiento vive durante esos días una disputa entre dos posiciones. Tras intensos debates, la mayoría de los representantes acuerda no sólo rechazar la propuesta de Rectoría, insistir en la derogación de las reformas y demandar la realización del congreso sino, también, continuar en el diálogo público y presentar una contrapropuesta.27 Ésta consistió en detallar, en cada punto impugnado en los tres reglamentos, una respuesta específica. Así, aunque básicamente se planteaba regresar a la normatividad anterior, la contrapropuesta precisó un total de 15 modificaciones de los reglamentos. En términos reales, no se aceptaba ninguna de las nuevas propuestas de Rectoría. Sin embargo, para un movimiento de masas con las características del CEU, definir una contrapropuesta significó en esos momentos un gran esfuerzo y mostró un rasgo novedoso del movimiento, contrario a cierta tradición política que ve innecesarias (o incluso sospechosas) ese tipo de estrategias y elaboraciones políticas.28

La Rectoría, alertada sobre el rechazo que se avecinaba y tras evaluar la derrota sufrida en los debates previos, se propuso llevar a cabo una nueva estrategia.

En la siguiente sesión del diálogo público, el 16 de enero, donde el CEU presentaría su contrapropuesta, el contexto es especialmente adverso para los representantes estudiantiles. El día anterior, Excélsior publicó en primera plana los historiales académicos de algunos dirigentes del CEU a fin de desacreditarlos. Pero la sorpresa mayor es la aparición de un grupo estudiantil recién creado, promovido por las autoridades: Voz Universitaria, que ocupa a primera hora el auditorio Che Guevara. Conforme llegan los ceuistas, la actitud porril del nuevo público comienza a caldear los ánimos. Apenas iniciado el diálogo, Voz Universitaria comienza a repudiar a los ceuistas y les hecha en cara los historiales académicos publicados. La representación estudiantil pide cambiar la sede del diálogo a una explanada o a un auditorio más amplio para dar cabida a cientos de ceuistas que se encuentran afuera del auditorio. Rectoría se niega e insiste en conocer la respuesta del CEU. Entre tanto, cientos de ceuistas se congregan a las puertas del auditorio, y algunos más logran entrar en un inmueble a reventar y con un clima cada vez más crispado.

Ante la negativa de la comisión de Rectoría, los representantes del CEU solicitan un receso de 15 minutos. Mientras la confrontación verbal aumenta entre el público, los estudiantes se reúnen con sus asesores en un cuarto de servicio del auditorio. Uno de éstos comenta que las autoridades sugieren encontrarse en privado, ante los medios de comunicación. “Objeción inmediata –Monsiváis cuenta el intercambio entre los representantes–: eso sería retroceder; fallaríamos a nuestras bases. Hemos promovido el diálogo público; no podemos mostrar debilidad en ningún momento yéndonos a esconder a un lugar cerrado”. Los estudiantes piden que se retiren los asesores; la decisión final es de los representantes.

La tensión llega a su punto máximo. Los estudiantes regresan a la mesa y convocan a la comunidad universitaria que escucha la trasmisión a reunirse fuera del auditorio para marchar una vez concluido el diálogo. Antes de leer la contrapropuesta, denuncian la provocación montada en el lugar, responsabilizan a los funcionarios presentes de filtrar información confidencial y, además, rechazan su verosimilitud. Advierten que ante cualquier interrupción se retirarían de la sala; Óscar Moreno, del CCH Oriente, da lectura a la contrapropuesta. Al final, lee: “El CEU declara: Que todos los estudiantes permanezcan alerta y movilizados hasta alcanzar la plena satisfacción de todas nuestras demandas. El CEU declara: Estar preparado para estallar la huelga general en caso de haber una actitud intransigente de parte de las autoridades. ¡Viva el Consejo Estudiantil Universitario! ¡Viva la alianza de estudiantes, profesores y trabajadores!”29

Tras otro receso, la comisión de Rectoría rechaza la propuesta, argumenta que se trata del mismo planteamiento de derogación y no se observa ninguna flexibilización del CEU. Con agilidad, lanza un nuevo ofrecimiento: presentar ante el Consejo Universitario las propuestas de las dos partes para que ese órgano decida, ante la evidente falta de consenso en el diálogo.30 El CEU considera que Rectoría da así por concluido el diálogo, y decide retirarse del auditorio. “Que quede constancia de dónde está la debilidad de la Universidad”,31 dice José Narro al levantarse de la mesa la representación estudiantil. La jornada terminó con una multitudinaria marcha por el circuito universitario.

El presidente Miguel de la Madrid evalúa que el diálogo lo habían ganado los estudiantes, y cuenta cómo intervino en el giro de la estrategia de las autoridades: “El consejo gubernamental al rector fue que evitara la bilateralidad del conflicto, que propiciara el pronunciamiento de terceros. Resultó evidente que Carpizo necesitaba hacer más maniobras políticas”.32

Pocos días después, el rector reitera su decisión de enviar las dos propuestas al Consejo Universitario. En la suya se considera realizar varios foros o congresos, aunque organizados y convocados por el Consejo Universitario. Rectoría continua su estrategia de impulsar a Voz Universitaria, la cual convoca a una concentración en Ciudad Universitaria para el 21 de enero. Al mitin acuden unos 6 mil universitarios33 y es dirigido por el ala más beligerante contra el movimiento estudiantil. “Son antiuniversitarios y traidores quienes llaman a un paro –afirma el doctor en derecho Ignacio Burgoa, principal orador del acto–, y ello entraña un delito de lesa humanidad”.34

Por la tarde del mismo día, más de 200 mil universitarios marchan al grito de “¡CEU! ¡CEU! ¡CEU!” del Casco de Santo Tomás al Zócalo. Se conmueven los sesentaiocheros al ver pasar a los jóvenes rumbo a la recuperación de la plaza dejada por ellos un viernes de septiembre 18 años atrás. Algunos son profesores y van orgullosos de sus alumnos. Llenan la plaza 55 contingentes; impresionan especialmente las multitudes organizadas de ceceacheros. Al parecer nadie falta. Se suman grupos de otras universidades, Chapingo, la UAM, la Pedagógica y el Poli; también algunas organizaciones solidarias de colonos, de damnificados y de las costureras, que crearon un sindicato luego del terremoto. En una manta se lee: “Nos sentaron en la fila de los burros, cuando nos empezaron a crecer las alas”. Todos saben a qué van; gritan a coro: “Esta marcha va a llegar/ al congreso general”.

La contundencia de la movilización impresiona a propios y extraños. El mitin es escuchado por miles sentados en la plaza mientras cae la noche. Se reiteran las demandas y se imagina una renovación académica: “fin de la enseñanza verbalista y memorista, fusión de la docencia y la investigación, modernización del arcaico sistema de carrera”.35 En el discurso central, el CEU aclara límites y alcances; afirma que acude al Zócalo “no para pedir o exigir algo al presidente de la República sino para denunciar e informar al pueblo de México del atentado que en la Universidad Nacional se pretende realizar contra la educación pública y gratuita”.36

Primero la huelga que la anarquía

La comisión de Rectoría cita a una nueva sesión del diálogo público el 25 de enero. Pese a su estrategia de señalar al CEU como el responsable de la ruptura del diálogo el 16 de enero, y de reiterar sobre su incapacidad de modificar sus posturas, las últimas seis sesiones del diálogo permiten al movimiento presentar nuevas propuestas y afinar su idea de Congreso Universitario. En la reanudación del diálogo, el CEU plantea que ambas propuestas se lleven a consulta de toda la comunidad universitaria mediante un referéndum.

En ese momento, el presidente de la República intervine de nuevo para decidir el rumbo de los acontecimientos. “Cuando el diálogo entre el CEU y la comisión de Rectoría llegó a la disyuntiva de convocar o no, por plebiscito, a la formación de un congreso universitario resolutivo, comenté al rector, quien me habló para consultarme, que ello era absolutamente inaceptable, pues implicaba destrozar el orden jurídico de la Universidad”.37

En la siguiente sesión, la comisión de Rectoría rechaza la propuesta, aduciendo que ese ejercicio polarizaría a la comunidad, y reitera su decisión de presentar las dos propuestas a consideración del Consejo Universitario, citado para el 28 de enero, un día antes de la fecha establecida por el CEU para estallar la huelga. Sin embargo, como otra señal negativa del rector, la convocatoria es pospuesta al primero de febrero.

A unos días del emplazamiento de huelga, el diálogo se vuelve más ríspido. El CEU invita a que las dos comisiones del diálogo elaboren un único posicionamiento de consenso ante el Consejo Universitario. Para ello presenta una nueva propuesta: se acepta que las reformas de septiembre sean suspendidas si el Consejo Universitario refrenda la decisión de realizar un congreso resolutivo y éste es definido y convocado por una comisión elegida democráticamente, con representantes de los distintos sectores de la Universidad.38

En las últimas sesiones del diálogo público, las autoridades aceptan la propuesta de un congreso universitario, pero rechazan el carácter resolutivo, pues –insisten– las decisiones del congreso debían ser “conocidas, discutidas y, en su caso, aprobadas por el Consejo Universitario”.39 De igual forma, hay discrepancia sobre la composición de la comisión organizadora del congreso, pues la Rectoría plantea una comisión con predominio de los funcionarios.40

En los últimos intercambios, Mario Ruiz Massieu, uno de los representantes más destacados de la comisión de Rectoría, argumenta: “Un congreso universitario de carácter resolutivo implica una grave transgresión del orden jurídico, porque se sometería al Consejo Universitario a un orden constituido de facto, al margen de nuestra legislación”. Y Carlos Ímaz responde: “Ustedes no están defendiendo la legalidad, señores; están defendiendo el principio de autoridad”. La negativa toma tintes dramáticos. Ruiz Massieu afirma que Rectoría está de acuerdo en realizar un congreso democrático, pero sólo si se ajustaba a la legalidad de la casa de estudios; de otra manera, “violentar ese marco jurídico arrojaría a la institución a la anarquía y la arbitrariedad”. Los representantes estudiantiles rechazan que fuera ilegal que el Consejo Universitario “refrendara” los acuerdos del congreso: “¿Por qué el Consejo Universitario no puede delegar funciones en un congreso universitario? Si tienen como obligación representar a la comunidad, ¿por qué no puede hacer suyos los acuerdos que emanen de la comunidad?”41

A unas horas de estallar la huelga, las comisiones se reúnen por última vez. Ante la expectativa de la comunidad universitaria, las posiciones se mantienen y no hay acuerdo. Cada parte realiza un recuento de las propuestas que hizo y responsabiliza a la otra del fracaso del diálogo y del estallamiento de la huelga.

Por el CEU, Óscar Moreno señala: “Ustedes nos han arrebatado la palabra, ustedes nos han arrebatado la voz y nos han sumido en el silencio durante muchos años; y ahora nos abren magnánimamente la posibilidad de que nos expresemos. En lo que no están dispuestos a ceder es en que podamos decidir el futuro de esta Universidad. (…) ustedes esperaban que las imposiciones (…) las aceptáramos pasivamente. Existen dos lógicas para enfrentar la situación de crisis que vive el país y la Universidad: una, la del silencio, la del sometimiento, la de contemplar apáticos una lógica apocalíptica en la cual se van desplomando nuestras alternativas de vida. Definitivamente, me parece que la disyuntiva está entre el apocalipsis o la recuperación de la esperanza, entre asumir la crisis pasivamente pagando los costos de esta crisis, sin levantar la voz, o caminar el camino hacia la democracia (…)”42

Guadalupe Carrasco resume: “Se ha tomado el estribillo de que se transgrede el orden jurídico para frustrar detrás de esa bandera una decisión política de no permitir que avance esa transformación verdaderamente democrática en la Universidad”.43 Ordorika concluye: “Si es con huelga como esta Universidad habrá de transformarse, ¡bienvenida la huelga!”44

El baile del movimiento

“Todo comenzó en un huelga”, escribió Rita Guerrero, vocalista y lideresa de Santa Sabina, en el inicio de un texto donde narró la historia de su banda.45 Con otros músicos, provenientes de Los Sicotrópicos, Rita fundó en el contexto del CEU una de las agrupaciones más innovadoras y difíciles de clasificar en la escena rockera mexicana de fin de siglo. Pero la imagen más poderosa de la nueva generación de músicos fue la de la Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio tocando arriba de un camión de redilas durante la primera marcha del movimiento estudiantil rumbo al Zócalo.

Horas antes de estallar la huelga, el CEU organiza un concierto multitudinario en la explanada de la Rectoría. Participan los grupos Recuerdos del Son, Banco del Ruido y Cecilia Toussaint con Arpía, entre otros. Ya para el tercer aniversario, en otro concierto masivo, se presenta en pleno una nueva y poderosa generación: Santa Sabina, Los Caifanes, Maldita Vecindad, Los Estrambóticos y Juguete Rabioso, entre otros.

A lo largo del movimiento ceuista y durante algunos años más en los que la organización estudiantil se mantuvo articulada, el CEU organizó múltiples festivales y conciertos. Impulsó así de forma destacada la escena del rock mexicano y abrió de par en par la puerta a los conciertos masivos en la ciudad.

Como es sabido, el rock, con su potencial de congregar multitudes de jóvenes, quedó proscrito del espacio público y sufrió una fuerte campaña de estigmatización por el régimen priista, especialmente después del 68. La prohibición comenzaría a quebrarse apenas a principios de los ochenta. La falta de espacios donde tocar y la solidaridad de artistas y músicos con movimientos sociales alimentaron, en opinión de José Luis Paredes, Pacho, una escena cultural politizada, donde la disputa por la calle fue muy importante para el desarrollo del género.46

El movimiento estudiantil de finales de los años ochenta fue, de forma simultánea, inspiración y público, caldo de cultivo e interlocutor de nuevas expresiones culturales y especialmente de una nueva generación de músicos, que encontraría la posibilidad de tocar ante miles de jóvenes en conciertos organizados de forma autogestiva. Estas bandas se caracterizarían por tener un fuerte compromiso social y político, y desempeñarían un papel destacado en las luchas sociales de las siguientes dos décadas.

La huelga estudiantil

El 29 de enero, el CEU estalla la huelga. Largamente anunciada en el diálogo público, fue votada y organizada con gran participación estudiantil. Miles de estudiantes se suman a las guardias y se organizan brigadas para acudir a plazas y mercados para informar sobre el movimiento y pedir apoyo. El CEU realiza un multitudinario Encuentro Nacional Estudiantil y se crea el Consejo Académico Universitario (CAU), con la participación de más de 3 mil profesores, investigadores y técnicos académicos.47

Por esos días, en la evaluación de la huelga, al presidente Miguel de la Madrid le parecía que ésta “pesaba más en contra del CEU que del rector, pues propiciaba la dispersión de los estudiantes y el desgaste de sus líderes”. Sin embargo, le preocupaba que se afectara el trabajo de otras universidades, pues afirmaba que “el CEU mandaba comisiones a los estados e invitaba a agitadores locales a participar en sus asambleas. De cualquier forma –escribió–, la huelga debilitaba a los líderes del CEU, y ellos lo sabían. Carpizo recobró su brío durante la huelga; en esos días lo encontré casi emocionado”.48

El reto para el movimiento es regresar a los pocos días al Zócalo sin que decaiga la participación. Se calcula que a la manifestación del 9 de febrero acudieron 250 mil personas. Se hace más notable la participación de los catedráticos e investigadores universitarios.49 Además, ese día, 21 universidades del país realizan paros de labores, principalmente organizados por los sindicatos, en apoyo del CEU y demanda de aumento salarial.

Luego de 13 días de huelga y de la impresionante movilización al Zócalo, se reúne el Consejo Universitario, y el rector propone suspender las reformas y realizar el congreso universitario.

La aplanadora vota por la propuesta del rector. “¿Quién de los presentes habrá votado el 11 y 12 de septiembre por el primer paquete de reformas? –se pregunta el irónico Monsiváis en su crónica.– Casi ninguno, al parecer, lo que da gusto, porque entonces aquí no abundan los arrepentidos, sino los recién enterados”.

Además de suspender las reformas y aceptar la realización del congreso, el Consejo dispuso crear la Comisión Organizadora del Congreso Universitario (COCU). Para ello eligió a 16 consejeros a fin de integrar una comisión especial –compuesta de modo paritario con 8 consejeros afines al movimiento y 8 más a Rectoría–. Ésta formaría parte de la COCU, una vez elegidos en urnas 16 estudiantes y 16 académicos, y nombrados 8 representantes del STUNAM y otros 8 de Rectoría. En síntesis, la COCU tendría 64 integrantes. Con este diseño, 16 de ellos estaban asegurados para el movimiento (considerando al sindicato) y 16 para Rectoría. La otra mitad sería elegida por la comunidad universitaria.

Los términos finales de la propuesta votada en el Consejo Universitario el 10 de febrero se acordaron en una negociación privada entre unos cuantos dirigentes estudiantiles y una representación del rector. Este tipo de negociación se contraponía a las formas democráticas y trasparentes que había establecido el movimiento en su relación con el poder. Esto, al paso del tiempo, alimentaría entre distintos grupos de activistas una lectura negativa del CEU y en particular de sus formas organizativas y de dirección.

El movimiento discutió intensamente los acuerdos del Consejo Universitario. ¿Significaban una victoria? ¿El movimiento debía mantener la huelga o levantarla? Las opiniones se dividieron con rapidez. Despertó dudas y rechazo la formulación “el Consejo asumirá” como garantía del carácter resolutivo del congreso por el que se luchaba, así como la composición de la comisión especial y de la COCU. En largos debates en las asambleas, crecía la desconfianza hacia los dirigentes, a quienes se recriminaban su triunfalismo y un exceso de protagonismo en los medios de comunicación. Les reprochaban las “declaraciones a título personal”, y los increpaban: “Hablan porque les da la gana, sin consultar jamás a las bases. ¡Ya basta de personalismos!”50 Para unos, levantar la huelga significaba desmovilizarse, mientras que otros sostenían que mantenerla encerraba el riesgo del desgaste y la posibilidad de la represión.

La primera plenaria del CEU, realizada dos días después de la sesión del Consejo Universitario, decide proseguir la huelga con 24 votos contra 14, mientras que 3 son por el levantamiento sujeto a condicionantes, y hay 2 abstenciones. Tras discutirse si esa votación es concluyente, se aprueba una nueva fecha para otra plenaria resolutoria. En los dos siguientes días, el destino de la huelga se discutió y decidió en las asambleas locales de las escuelas y facultades.

Un sector señalaba dogmatismo, vocación de derrota y falta de análisis político concreto. Hablaba de victorias parciales y consideraba erróneo pensar en un congreso ganado de antemano; para otros, la desconfianza hacia la autoridad impulsaba a exigir predominio del movimiento en la comisión organizadora, mayores garantías para ganar el congreso, o pensaban que la huelga permitiría una alianza con los trabajadores y sectores populares para enfrentar al principal enemigo, escalando el conflicto. Lo cierto es que muchos estudiantes llamaron a la unidad, el movimiento evitó la violencia durante los duros debates y la decisión se tomó de forma democrática en las asambleas.

A la distancia, observamos que al movimiento no le costó trabajo levantar la huelga. En cinco días, la base estudiantil se convenció, pese al debate fuertemente polarizado, de que el movimiento tenía una victoria en las manos. En la segunda plenaria del CEU se decidió terminar la huelga con el apoyo de 35 escuelas y facultades, mientras que 11 –entre ellas 5 preparatorias populares– votaron por mantenerla.

Si una fracción de estudiantes consideró que el movimiento no había ganado, en el gobierno y el grupo dirigente de la Universidad sí había consenso. La derrota del rector era evidente. El propio Miguel de la Madrid da cuenta de las recriminaciones de los sectores más duros del gobierno y de la Universidad, pues consideraban que se debió actuar más decididamente desde el gobierno, usando incluso la fuerza pública, que el presidente mismo había desechado. Tras la sesión del Consejo Universitario, la crisis institucional llevó al rector a plantear su renuncia. “Tuve que hacer un verdadero esfuerzo de reafirmación psicológica –narra Miguel de la Madrid– para convencerlo de que se quedara en la Rectoría (…). Le ofrecí que personalmente lo ayudaría a planear una estrategia y una táctica para lograr los objetivos deseados, y que para conseguirlos podía contar con el apoyo de todo mi gobierno”.51

En un testimonio tan elocuente como lacónico, una estudiante de pedagogía que cuidaba la guardia nocturna en la Torre de Rectoría escribió en su diario: “Creo que la huelga debe terminarse; después usaremos otras maneras para ganar esto que apenas empieza. La huelga ha dado lo que ha podido; y a mí, en lo personal, más de lo que puedo imaginar: aprendí a hacer mociones en las asambleas y cómo se elige la mesa; me atreví a salir a la calle formando parte de un contingente y a gritar lo que pensaba; voté y defendí mis puntos de vista; se hizo mía la palabra compañero; conocí lo que es ser universitaria y que un estudiante no tiene como único papel en la vida estudiar. Sí, creo que debe acabarse la huelga porque, de lo contrario, conoceremos lo verdaderamente rojo y negro de sus colores”.52

Terminó así la primera etapa del CEU, con un ánimo mayoritario de triunfo y conservando la unidad del movimiento, aunque también con una sentida incertidumbre sobre lo que vendría. El proyecto neoliberal en la UNAM había sido descarrilado por el movimiento estudiantil, pero la posibilidad de transformar a la Universidad, democratizándola mediante el Congreso Universitario, se perdería más adelante en otro escenario.

diego 31web


1 Harvey, David. Breve historia del neoliberalismo (2005), México: Akal, 2007.

2 De la Madrid Hurtado, Miguel. Cambio de rumbo. Testimonios de una Presidencia, 1982-1988, México: FCE, 2004. Versión digital consultada el 10 julio de 2016 en el sitio oficial http://mmh.org.mx/cambio.php

3 Haidar, Julieta. Debate CEU-Rectoría. Torbellino pasional de los argumentos, UNAM, 2006.

4 Ordorika, Imanol. La disputa por el campus. Poder, política y autonomía en la UNAM, México: UNAM y Plaza y Valdés Editores, 2006.

5 Haidar, Julieta, Obra citada, página 137.

6 Guevara Niebla, Gilberto. La democracia en la calle. Crónica del movimiento estudiantil mexicano, México: Siglo XXI, 1988.

7 Monsiváis, Carlos. Entrada libre. Crónica de la sociedad que se organiza, México: Era, 1997.

8 Martínez della Rocca, Salvador. Centenario de la UNAM, México: Miguel Ángel Porrúa, 2010, página 621.

9 Monsiváis, Carlos. Obra citada, página 261.

10 Monsiváis, Carlos. Obra citada, página 259.

11 De la Madrid Hurtado, Miguel. Obra citada.

12 Los integrantes de la comisión de Rectoría fueron José Narro (en ese entonces secretario general de la UNAM), Carlos Barros, Fernando Curiel, Mario Ruiz Massieu, José Dávalos, Humberto Muñoz, José Sarukhán, Ernesto Velasco, Jorge del Valle y Raúl Carrancá.

13 Los representantes del CEU fueron Carlos Ímaz (Ciencias Políticas), Antonio Santos (Filosofía y Letras), Imanol Ordorika (Ciencias), Guadalupe Carrasco (Ciencias), Óscar Moreno (cch), Andrea González (preparatoria), Antonio Ríos (cch Popular 6), Leyla Méndez (preparatoria), Héctor Usher (cch) y Luis Alberto Alvarado (preparatoria).

14 En el exhaustivo estudio sobre el diálogo público de Julieta Haidar, Debate CEU-Rectoría. Torbellino pasional de los argumentos, se incluye un disco compacto con la transcripción íntegra del diálogo. Expresamos nuestro agradecimiento al esfuerzo de Haidar que nos permite tener para consulta este “documento-monumento histórico”, como ella lo califica. Todas las citas del diálogo fueron extraídas de ahí. En adelante se cita como transcripción debate y la página respectiva del archivo digital.

15 En su testimonio, Miguel de la Madrid afirma que Carpizo no autorizó expresamente que el diálogo fuera trasmitido por Radio UNAM. Dice que ese “hecho determinante” fue un error ocurrido por decisión de “autoridades menores”. Si bien esto puede resultar inverosímil, son evidentes el malestar y la preocupación generados en el gobierno por esa transmisión.

16 Martínez della Rocca, Salvador. Ídem.

17 Mario Ruiz Massieu, en la primera intervención de la comisión de Rectoría. Transcripción debate, página 40.

18 Transcripción debate, página 49.

19 Transcripción debate, página 152.

20 Transcripción debate, página 53.

21 Transcripción debate, página 218.

22 Haidar, Julieta. Obra citada, página 325.

23 “Los planteamientos que el CEU está haciendo no son innovadores, ciertamente –dijo Carlos Ímaz durante el diálogo público–; lo que el ceu está recogiendo es una tradición histórica del pueblo mexicano, una tradición latinoamericana que viene desde Martí, de Simón Bolívar, de Miguel Hidalgo, de Emiliano Zapata, de Francisco Villa, de Rubén Jaramillo y, más recientemente, de los profesores normalistas de México”, en Transcripción debate, página 286.

24 Transcripción debate, página 201.

25 Transcripción debate, página 302.

26 Entre estas organizaciones pueden mencionarse Convergencia Comunista 7 de Enero (escisión de la Organización Revolucionaria Punto Crítico), la Organización de Izquierda Revolucionaria Línea de Masas, el Movimiento Revolucionario del Pueblo y el colectivo anarquista Rompan Filas, escisión del colectivo La Guillotina. Los institutos políticos de donde provenían otros activistas fueron los Partidos Revolucionario de los Trabajadores, Socialista Unificado de México, y Mexicano de los Trabajadores.

27 “57 votos a favor de reformular la contrapropuesta, y 28 por no formularla y únicamente exigir la derogación”, reportó Carlos Monsiváis en su crónica.

28 En un testimonio dado a pocos meses del movimiento, el estudiante de Filosofía y Letras Renato González Mello contaba: “Costó mucho trabajo que las asambleas de las escuelas aceptaran la posibilidad de una contrapropuesta: las cosas fueron tormentosas, la ultraizquierda estaba por no continuar el diálogo, pues ya se había demostrado el carácter maligno de las autoridades, y no hacía falta más”, en “Tres testimonios del CEU”, Cuadernos políticos, número 49/50, enero-junio de 1987.

29 Transcripción debate, página 308.

30 Transcripción debate, página 310.

31 Transcripción debate, página 314.

32 De la Madrid Hurtado, Miguel. Obra citada.

33 Los cálculos más optimistas cifraron la asistencia en cerca de 20 mil. El CEU denunció que muchos trabajadores de confianza habían sido obligados a asistir. El acto tuvo un aire de concentración priista, con camiones rentados para la ocasión y mantas de grandes dimensiones pintadas por encargo.

34 Monsiváis, Carlos. Ibídem, página 271.

35 Monsiváis, Carlos. Ibídem, página 276.

36 Martínez della Rocca, Salvador. Obra citada, página 630.

37 De la Madrid Hurtado, Miguel. Obra citada.

38 Transcripción debate, página 403.

39 Transcripción debate, página 392.

40 La propuesta, leída por José Narro, consideraba tres representantes de Rectoría, tres del Consejo Universitario, tres del CEU y tres por cada sindicato, el STUNAM y las AAPAUNAM. Transcripción debate, página 392.

41 Transcripción debate, páginas 392, 393, 398, 410 y 417.

42 Transcripción debate, página 424.

43 Transcripción debate, página 419.

44 Transcripción debate, página 413.

45 Texto publicado en http://www.santasabina.com.mx/index.html (Consultado el 7 julio de 2016.)

46 Pacho. “El heroísmo de la vida moderna”, en De ruinas y horizontes: la modernidad y sus paradojas. Homenaje a Marshall Berman, de Jorge E. Brenna B. y Francisco Carballo, coordinadores, UAM-X, México, 2014.

47 Ordorika, Imanol. Obra citada, página 329.

48 De la Madrid Hurtado, Miguel. Obra citada.

49 Monsiváis, Carlos. Obra citada, página 293.

50 Monsiváis, Carlos. Obra citada, página 298.

51 De la Madrid Hurtado, Miguel. Obra citada.

52 Cuadernos políticos, obra citada. Escrito de Cristina Dovalí.