LA MARCHA BLANCA

No es común la protesta pública de las clases medias —quizá con excepción de los estudiantes—, más si consideramos que la manifestación callejera surgió hace 200 años como el instrumento para expresar las demandas de las clases populares carentes de derechos políticos. Y en México todavía menos, pues el régimen autoritario, que organizó e integró en “sectores” del PRI a los distintos grupos sociales, reservó la calle para autocelebrarse en los desfiles oficiales, permitiendo únicamente a regañadientes (no exentos de macanazos o ataques directos a los manifestantes como puede apreciarse en la prensa nacional de los cincuenta, sesenta y sesenta) la protesta de los trabajadores, que pretendían emanciparse del corporativismo (maestros, ferrocarrileros, mineros); y de la oposición de izquierda, particularmente los comunistas. La estigmatización de la protesta de los subalternos, cuando no su criminalización, sobrevivió a la alternancia democrática.

Tampoco es habitual que los medios masivos de comunicación den una amplia cobertura al emplazamiento y desarrollo de la protesta pública. La constante ha sido más bien la contraria: la movilización callejera se presenta en los medios obliterando sus antecedentes y propósitos, esto es, descontextualizada, y los resultados se exhiben con lujo de detalles sólo cuando la protesta adopta formas violentas. En esta política de la imagen, lo que los medios consideran aceptable destaca por la coherencia de su narrativa; y lo que desaprueban, lo presentan como irracional.

El más importante precedente de la manifestación del día de hoy es la multitudinaria marcha blanca del 28 de junio de 2004, que recorrió el Paseo de la Reforma para finalmente llegar al Zócalo con el inapelable reclamo al gobierno capitalino —entonces a cargo de Andrés Manuel López Obrador— de poner un alto al secuestro bajo la consigna “Rescatemos México”. Organizaron el evento México Unido contra la Delincuencia, el Consejo Ciudadano de Seguridad Pública y varias corporaciones empresariales. Los medios electrónicos no escatimaron espacio ni tiempo para informar a la sociedad del acontecimiento. En la nueva marcha blanca del 12 de febrero de 2017, citada por #VibraMéxico, participan organizaciones civiles, profesionales de la opinión, funcionarios universitarios, fundaciones y empresas privadas, agrupaciones defensoras de los derechos humanos, la Central Campesina Cardenista, la Institución Nacional del Día del Abogado y múltiples membretes aún más enigmáticos.

La Asociación Alto al Secuestro, por discrepancias con respecto del destinatario del reclamo (Trump, Peña Nieto o ambos), decidió hacer su propio acto de “unidad nacional”. Y, sin hacer distingos entre la convocatoria de #VibraMéxico y #MexicanosUnidos, Enrique Peña Nieto “celebró el llamado a participar en la marcha por la unidad nacional de este domingo, pues expresará la gran fortaleza de México” (aristeguinoticias.com., 10 de febrero de 2017).México is and shall be respected. Hope you can hear the voice of millions of Mexicans today chanting”, tuiteó Vicente Fox fustigando a Trump, quien ni lo ve ni lo oye.

Si nos atenemos a sus términos, #VibraMéxico convoca a una emoción común, a un sentimiento patriótico compartido por todos (aunque no haya nación indígena o pueblo originario entre los suscriptores), por lo que el clímax colectivo consiste en la entonación del himno nacional en el Ángel de la Independencia (el origen de la nación, si confundimos la nación con el Estado nacional) replicado en 20 plazas del país. En tanto que las reivindicaciones específicas de la movilización van dirigidas al Ejecutivo federal: 1) Defender a México y a los mexicanos ante las amenazas del gobierno de Trump; 2) Anteponer los intereses de los mexicanos en toda negociación con el gobierno norteamericano; 3) Requerir que el gobierno informe de manera permanente sobre las negociaciones con Estados Unidos; 4) Exigir al gobierno de México evitar la simulación y asumir acciones concretas e inmediatas para combatir la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la impunidad; 5) Demandar el respeto y la protección de los derechos de toda persona, independientemente de su nacionalidad, condición migratoria, raza o religión; 6) Establecer el respeto, cooperación y solidaridad como bases del entendimiento y amistad entre las naciones. En palabras de su más activa promotora: “El llamado a esta marcha, queremos ser muy claros, es de y para los ciudadanos, sin importar ideología, filiación política, preferencia sexual o religión. Es una expresión apartidista, pacífica y respetuosa para defender los derechos de todos, exigir un buen gobierno, fortalecer nuestras instituciones y celebrar el orgullo de ser mexicanos” (El Universal, en línea. 12 de febrero de 2017).

Puntuales, a las 12 del día partieron los primeros contingentes del Auditorio Nacional en dirección del Ángel cantando “Cielito lindo” y echándole porras a “México”. Vestidos de blanco algunos, otros más enfundados en la playera de la “Verde”. Carteles donde se leía “Stop”, “Puros partidos políticos corruptos” o “Fuera Trump”. Policías bloquearon a un grupo de manifestantes que gritaban consignas contra Peña Nieto, saliéndose del guión de lo permitido. Un conocido intelectual tuiteó que “no marchar proyecta pasividad, indiferencia y hasta cobardía”. “Ya basta!!! Gringo racista, Trump de mierda, Hijo de Satanás, eres un peligro para el mundo”, firmó Juanito desdoblado en sociedad civil. Abundaron las banderitas de 10 pesos cada una. Las autoridades capitalinas estimaron en 18,500 a los marchistas. Mientras del otro lado de Reforma, procedente del Hemiciclo a Juárez, la columna de #Mexicanos Unidos coreaba un “México no se raja” en algo parecido a un desfile escolar de aproximadamente 1,500 personas. A eso de la una de la tarde #VibraMéxico y #MexicanosUnidos convergieron en el Ángel. Ya mezclados, algunos interpretaron el himno nacional antes de derribar un muro “construido con cajas de leche” (Milenio, en línea, 12 de febrero de 2017). Casi al concluir, la promotora de #MexicanosUnidos, Isabel Miranda de Wallace, intentó tomar por asalto las escalinatas del Ángel, pero fue repelida por el bando contrario.

Evidentemente, los reclamos de #VibraMéxico y #MexicanosUnidos expresan demandas compartidas por muchos, reivindicaciones difícilmente recusables por los ciudadanos: todos sabemos que Trump es una amenaza mayor para el país y no conozco a nadie que sueñe con que México se convierta en un protectorado estadounidense. No obstante, lo sorprendente es el momento en que toma la calle esta voz colectiva que habla en nombre del interés general, más representativa de las élites criollas que del México plebeyo. Esta voz —con excepciones dignas de reconocimiento— fue sumamente tolerante con los responsables del desastre nacional (acaso la peor crisis desde el fin de la Revolución mexicana), en su virtual monopolio de la esfera pública celebró “Mover a México” y no tomó la calle cuando la violencia del poder (estatal, criminal, del dinero) se ensañó con los débiles, transmutados ahora en “su causa”, en motivo de la marcha blanca. Con la administración de Peña Nieto, acorralada por su ineptitud y corrupción, y carente de interlocución con las mayorías —basta ver las encuestas sobre la aprobación presidencial, la más baja desde que hay registro— emerge ahora una contraparte civil donde puede reverberar el discurso público de un régimen que ya dio de sí, la reiteración de ese diálogo imaginario que, no alcanza la memoria, han mantenido los gobernantes mexicanos con la sociedad.


Carlos Illades es Historiador. Profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Es autor de Conflicto, dominación y violencia. Capítulos de historia social (Gedisa, 2015) [Conflict, Domination, and Violence. Episodes in Mexican Social History, traducción de Philip Daniels (Berghahn Books, 2017)].