AGUSTÍN CUEVA, NUESTRO CONTEMPORÁNEO

AGUSTÍN CUEVA, NUESTRO CONTEMPORÁNEO

Un autor puede ser nuestro contemporáneo, ya sea por el momento en que escribe sus textos o por la relación que pueda producirse entre sus trabajos y los problemas más acuciantes de cada nuevo tiempo histórico. No son muchos los intelectuales cuya obra los haga parte del segundo grupo. Sin embargo, creemos que, afortunadamente, en nuestra región no nos encontramos en una situación de orfandad a la hora de elaborar una reflexión teórica y, a la vez, política sobre los dilemas más candentes de la actualidad. Más bien, desde nuestro punto de vista, contamos en América Latina con un nutrido arsenal de pensamiento crítico que nos asiste en esa tarea. Hablamos de un conjunto de categorías, conceptos, metáforas, análisis históricos, elaborados varias décadas atrás por diversos intelectuales, que aún nos son contemporáneos al momento de inteligir los principales fenómenos sociales y políticos de la región.

Aquí pretendemos revisitar algunas ideas de un intelectual perteneciente a la tradición del pensamiento crítico latinoamericano, que entendemos pueden convidar ciertas claves explicativas frente a determinados problemas que presentan los procesos actuales. Así, en estas páginas nos dedicaremos a recuperar algunos elementos de la obra de un sociólogo latinoamericano, en cuyos trabajos desplegó un vasto haz de reflexiones, destinado a estudiar críticamente el desenvolvimiento del capitalismo, en especial en nuestra región, pero también a escala global. Nos referimos a Agustín Cueva (1937-1992), ecuatoriano de nacimiento, pero latinoamericano en esencia. Sociólogo marxista, cuestionador, irreverente, polemista por naturaleza, un pensador que, aun hoy, llegando a los 25 años de su partida física, en muchos aspectos se aparece en estos días como nuestro contemporáneo.

Precisamente en este artículo intentaremos con cierta brevedad volver sobre algunos de los trabajos destacados de Cueva que, para nosotros, persisten en su actualidad y vigencia. Porque, como trataremos de plantear, contienen estimulantes indicaciones para pensar críticamente sobre algunos de los problemas teórico-políticos más importantes de los comienzos del siglo XXI. Dando ya un puntapié en el recorrido que empezamos a desarrollar, haremos referencia en este trabajo a tres de esos problemas sobre los que Cueva realizó interesantes sugerencias teóricas: I) la caracterización de la fase neoliberal del capitalismo; II) la irreductibilidad de lo político a la dependencia; y III) la necesidad de adjetivar la democracia.

I. La derechización de Occidente: crisis, nacionalismo y xenofobia

En el ocaso de los años ochenta, Agustín Cueva esbozó un balance de lo que esa década había significado a escala internacional. En el posfacio escrito en 1990 para la undécima edición de su libro más célebre, El desarrollo del capitalismo en América Latina, el sociólogo ecuatoriano se dedicó a ilustrar la crisis por la que había atravesado Occidente de forma reciente. Una crisis signada por un periodo de estanflación, desatado en las naciones capitalistas avanzadas entre la segunda mitad de los setenta y comienzos de los ochenta. Es que en 1973 los países del centro habían sido conmovidos por la “crisis del petróleo”, a partir de la cual declinarían definitivamente los “años dorados” del capitalismo occidental en el siglo XX.

Ante la envergadura de dicha crisis, Cueva buscó graficar la salida política que los países occidentales experimentaban frente a ella. Recordemos sucintamente. La reacción política de Occidente ante la crisis se efectuaba en ese entonces a través de un avance de la “nueva derecha”. Su precursora fue Margaret Thatcher en Inglaterra, en 1979. Un año después la siguió Ronald Reagan en Estados Unidos. Continuaron Yasuhiro Nakasone en Japón, Helmut Kohl en Alemania Federal y otras expresiones derechistas que llegaban en aquel entonces al poder en Bélgica, Holanda, Dinamarca y Austria. Europa del Sur tampoco brindaba señales alentadoras por aquellos años, pues allí se desplegaba mientras tanto el proceso de conservadurización de la socialdemocracia, donde ésta se convertiría en una versión levemente edulcorada del mismo camino de derechización por el que atravesaba el resto de Occidente.

Ahora bien, Cueva se encargó de destacar dos aspectos de aquel proceso conservadurizador ocurrido en los años ochenta, ambos de suma actualidad. Por un lado, su carácter no accidental y, por el otro, sus consecuencias sociales y políticas. En cuanto al primer aspecto, decía el ecuatoriano en el mencionado posfacio: “La actitud de esta ‘nueva derecha’ no obedece, por lo demás, a una reacción improvisada y epidérmica frente a la crisis (…) sino que es fruto de una visión del mundo que ha venido construyéndose de manera meditada y paulatina, ya sea como respuesta a los avances del ideario socialista, ya como réplica a las reivindicaciones igualitaristas del Tercer Mundo; o bien, en contraposición al mismo desarrollo del Estado benefactor en los países capitalistas avanzados (…)”1.

La racionalidad neoliberal de gobierno que se instalaba en ese entonces –de la cual fue abanderada esta “nueva derecha”– se erigió sobre fundamentos filosóficos cuyas características principales eran el antiigualitarismo, la competencia y el egoísmo. Una cosmovisión cultivada por teorías que significaron, en palabras de Cueva, una verdadera “contrarrevolución cultural y ética”. Hablamos de una síntesis entre, por un lado, el rechazo al valor de la igualdad instaurado por los “nuevos filósofos” franceses (como Alain de Benoist y Guillaume Faye) y, por el otro, la incitación a la competencia individual promovida por el “neodarwinismo” de la sociobiología estadounidense.

Esa síntesis tendría su expresión económica en el programa de la Escuela de Chicago: ajuste fiscal, metas de inflación y redistribución regresiva del ingreso, sobre la base de una concepción del mercado como “selector natural” de las especies empresariales más aptas. En otras palabras, el “consenso conservador” de la década de 1980 implicó un atropello contra el Estado benefactor y la elevada participación de los trabajadores en el ingreso que había caracterizado a la entonces declinante etapa keynesiana.

El segundo aspecto resaltado por Cueva acerca de la resolución política de la crisis en Occidente fue sus consecuencias políticas y sociales. El sociólogo ecuatoriano insistió en el carácter nacionalista y xenófobo de aquella “nueva derecha”. Con relación al devenir europeo de esos años, en un trabajo de 1987, Cueva sostenía: “Recordemos que en Europa Occidental –supuesta cuna y lar del humanismo– han proliferado como nunca después de la derrota hitleriana las formas más abiertas de racismo, no exentas de una coloración nacifascista”.

Entre las expresiones de tal clima de radicalización derechista aparecía como ejemplo europeo la exitosa performance electoral que en 1986 cosechara el dirigente francés Jean-Marie Le Pen. El racismo, la xenofobia y el nacionalismo arraigaban por aquellos años en las mayorías populares como explicaciones de los daños sociales que la crisis provocaba en Occidente.

En resumidas cuentas, el surgimiento de un neodarwinismo basado en el predominio omnímodo de las reglas del mercado; la proliferación del racismo y la xenofobia en Estados Unidos y Europa contra inmigrantes provenientes del “Tercer Mundo” (o generaciones de ellos nacidas ya en esos países); y la aplicación de un programa económico de ajuste fiscal, flexibilización laboral y redistribución regresiva del ingreso, son algunas tendencias que Agustín Cueva supo reflejar en sus escritos de finales de los años ochenta como expresiones de una salida política frente a una nueva crisis periódica del capitalismo, como la que desde 2008 hoy vuelve a proyectarse sobre los propios países avanzados. Por tanto, desde nuestro punto de vista, la caracterización que realizara Cueva a finales de la década de 1980 sobre el orden global que en ese momento comenzaba a configurarse nos indica, en una perspectiva estratégica, la profundidad de sus lecturas sobre la irrupción del orden neoliberal.

II. La dependencia y lo político

Entre la segunda mitad de la década de 1960 y la primera de la de 1970, las ciencias sociales latinoamericanas atestiguaron el protagonismo de una categoría que por excelencia predominó entonces en los análisis de la intelectualidad de izquierdas en la región: la dependencia. Por esos años, las “teorías de la dependencia” cumplieron un papel preponderante al momento de explicar la inserción de nuestros países en el funcionamiento del capitalismo a escala mundial. Más allá de los aciertos de tal conjunto plural y heterogéneo de teorías, Agustín Cueva desarrolló la primera crítica sistemática al dependentismo, desde el seno mismo de la tradición marxista latinoamericana. Su artículo de 1974, intitulado Problemas y perspectivas de la teoría de la dependencia,3 fue precursor en cuestionar algunos de los trabajos más renombrados sobre el fenómeno de la dependencia en América Latina.

No podremos aquí repasar detalladamente de qué se trataron todos los cuestionamientos realizados por Cueva. Nos interesa por eso destacar más bien un aspecto que consideramos actual de esas reflexiones: la irreductibilidad de lo político a la dependencia, una crítica que estuvo presente también en otros de sus escritos en los años setenta.

El aporte que quisiéramos recuperar de Cueva es el énfasis que colocara en la cualidad de los efectos provocados por las situaciones de dependencia, pues algunos intelectuales de su época entendieron la dependencia como un reflejo de la expansión de los países desarrollados.4 Él cuestionó de manera fuerte la concepción de la dependencia como una determinación absoluta hacia los procesos sociales en el plano interno, por lo cual consideró que el talón de Aquiles del dependentismo fue precisamente el análisis de las clases y su lucha, y en particular, la forma política específica que asume esa lucha, evitando subsumirla, tanto a los factores económicos como a los impulsos externos.5 Por eso intentó comprender la realidad partiendo de sus múltiples determinaciones. En sus palabras: “(…) lo interno y lo externo, lo económico y lo político, van urdiendo una trama histórica hecha de múltiples y recíprocas determinaciones, que se expresan y desarrollan a través de una concreta lucha de clases”.6

En definitiva, Cueva se dedicó a plantear el lugar que ocupa el plano específicamente político en el análisis de situaciones de dependencia. Abonó una hipótesis de irreductibilidad de lo político, que promovía el estudio riguroso de las formaciones económico-sociales, para captar en ellas las contradicciones específicas que las atraviesan. En esa línea, afirmaba al respecto: “(…) la misma categoría de ‘dependencia’ –cuya validez en modo alguno tratamos de negar– se torna insuficiente para explicar el desarrollo, en este caso político de nuestras sociedades, si es que no se articula dialécticamente a otras categorías teóricas, indispensables para el análisis de la estructura particular de cada formación social en un momento dado”.7

Con esta breve interpretación de los análisis de Cueva respecto a la dependencia, queremos señalar que su contribución a los debates actuales sobre la temática reside en subrayar que, para un estudio en complejidad de las sociedades latinoamericanas, es necesario articular las determinaciones propias del funcionamiento del capitalismo a escala global con los procesos concretos de lucha entre las clases producidos en cada plano nacional. Ciertamente, el conjunto de los países latinoamericanos experimenta condicionamientos a los que se ven expuestos como consecuencia de su posición subordinada en el mercado mundial. Mas resulta fundamental, a la hora de analizar los procesos sociopolíticos, observar con detalle la forma singular en que cada formación económico-social, con su estructura económica, sus clases sociales y sus sujetos políticos, procesa en términos de relaciones de fuerzas su condición dependiente. Tal articulación, según nuestro modo de ver, constituye una clave sustantiva para comprender el fenómeno de la dependencia en la América Latina del siglo XXI.

III. La democracia y su apellido

En sus escritos políticos, Lenin solía afirmar que la democracia debe ser llamada por su apellido. No alcanzaba, desde su perspectiva, con hablar de ella “a secas”, sino que era necesario definirla con precisión. A grandes rasgos, ése fue el tono que las organizaciones del amplio mundo de las izquierdas colocaron al debate sobre la democracia en los años sesenta y setenta. Sin embargo, las dictaduras cívico-militares instauradas en la región por aquellos años generaron una profunda transformación en ese campo de discusión. Las experiencias traumáticas de los golpes de Estado causaron una revalorización de la democracia como régimen político, especialmente al ingresar durante la década de 1980 en los procesos de “transición”.

Las ciencias sociales en ese decenio se hicieron eco de aquella revalorización de la democracia. Tal es así que dicho concepto comenzó a ocupar el centro de las preocupaciones teórico-políticas de vastos sectores intelectuales. Ahora bien, Agustín Cueva se erigió como un protagonista de los cuestionamientos al modo en que la democracia era abordada en los debates intelectuales de los ochenta.

Se concentró en la segunda mitad de ese decenio en desarrollar una fuerte crítica a tres movimientos teóricos que entonces operaban autores que en décadas anteriores se habían situado en el marxismo. Las críticas de Cueva se dirigieron a quienes pregonaban una indeterminación absoluta de la democracia, una separación entre hegemonía y dominio de clase y los que él llamó “análisis posmarxistas del Estado”.

La principal preocupación del sociólogo ecuatoriano radicaba en la abstracción de la democracia en relación con las nuevas correlaciones de fuerzas sociopolíticas a escala mundial y con las condiciones económicas de las sociedades nacionales. Sostenía al respecto: “(…) parece claro que la democracia no puede prosperar, como no sea en la mera apariencia, sobre la base del actual patrón de desarrollo económico impuesto por el capital monopólico. Es lícito desde luego pensar en el problema de la democracia ubicándolo dentro de la relativa autonomía que posee la esfera política; pero resulta puro idealismo absolutizar esa autonomía hasta el punto de olvidar sus determinaciones de orden económico”.8 Es decir, si bien para Cueva la política posee en efecto una autonomía relativa, resulta fundamental subrayar que dicha esfera no goza de una autonomía absoluta; de lo contrario, el derrotero de la democracia sería el ocurrido finalmente en los años noventa: su asimilación con mecanismos institucionales básicos y con la “gobernabilidad”, bajo la condición de una inalteración en los parámetros esenciales de un modelo económico radicalmente excluyente para las mayorías.

En la década de 1980, Cueva desarrolló una crítica hacia cierta relación que se establecía en ese entonces entre los conceptos de Estado y democracia. Fundamentalmente se refería a la ola “movimentista”, de moda en aquellos años en la izquierda europea, que identificaba la democracia con los movimientos autogestionarios de la sociedad civil, pues de ese modo se instauraba de forma subyacente una expulsión de las masas del Estado. Así lo explicaba: “La propuesta de desplazar el ‘locus’ de la política hacia fuera del Estado, como proponen algunos ‘movimientos’ de Occidente, no supone ningún acuerdo que obligue también a la burguesía a retirarse de él. Por el contrario, se basa en un ‘pacto social’ sui géneris según el cual la burguesía permanece atrincherada en el Estado (además de no ceder ninguno de sus bastiones de la sociedad civil), mientras que las clases subalternas se refugian en los intersticios de una cotidianidad tal vez más democrática, en la que el Estado no interviene en la medida en que las formas de sociabilidad elegidas no obstruyan la reproducción ampliada del sistema capitalista-imperialista”.9 El Estado, como espacio contradictorio, pasaba así a convertirse en un territorio exclusivo de los sectores dominantes, agudizando precisamente la subordinación de los sectores populares, y atentando contra una realización integral de la democracia.

Para terminar, resaltemos que Cueva se dedicó a cuestionar con vehemencia las interpretaciones sobre la democracia que instalaban un sentido conservador de tal régimen político, transformándolo en una isla separada de los continentes del desarrollo económico, la soberanía política y la justicia social.  Vale pensar que los cambios por los cuales han atravesado las democracias latinoamericanas en los primeros 15 años del siglo XXI, recogiendo los ciclos de protesta contra el embate neoliberal y traduciéndolos (de modos bien diversos) en materia estatal, han recuperado de algún modo las reflexiones ochentistas desplegadas por Agustín Cueva, un intelectual que, a 25 años de su muerte, continúa siendo nuestro contemporáneo.


*Andrés Tzeiman es licenciado en ciencia política, magister en estudios sociales latinoamericanos, ambos por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (uba), Argentina. Docente en la carrera de ciencia política de la misma institución. Becario doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas por el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (uba). Investigador en el Departamento de Estudios Políticos del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

1 Cueva, Agustín. “Posfacio. Los años ochenta: una crisis de alta intensidad”, en El desarrollo del capitalismo en América Latina, Siglo xxi, México, 2009, páginas 245-246.

2 Cueva, Agustín. “El viraje conservador: señas y contraseñas”, en Cueva, Agustín (compilador). Tiempos conservadores. América Latina en la derechización de Occidente, El Conejo, Quito, página 21.

3 Cueva, Agustín. “Problemas y perspectivas de la teoría de la dependencia”, en Teoría social y procesos políticos en América Latina, Edicol, México, 1979.

4 A modo de ejemplo, citemos el artículo de Dos Santos, Theotonio. “La crisis de la teoría del desarrollo y las relaciones de dependencia en América Latina”, en Varios Autores. La dependencia político-económica en América Latina, Siglo xxi, México, 1971.

5 Cueva, Agustín. “Problemas y perspectivas de la teoría de la dependencia”, en Teoría social y procesos políticos en América Latina, Edicol, México, 1979, páginas 24-25.

6 Cueva, Agustín. El desarrollo del capitalismo en América Latina, Siglo xxi, México, 2009, página 12.

7 Cueva, Agustín. “Comentario”, en Varios Autores. Clases sociales y crisis política en América Latina, Siglo xxi, México, 1979.

8 Cueva, Agustín. “América Latina en el último quinquenio: 1976-1980”, en revista Araucaria de Chile, Madrid, número 11, 1980, páginas 7-18; énfasis del original.

9 Cueva, Agustín. “El análisis ´postmarxista´ del Estado latinoamericano”, en Ideología y sociedad en América Latina, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1988, página 92.

10 Cueva, Agustín. “Introducción. Las coordenadas históricas de la democratización latinoamericana”, en Cueva, Agustín (compilador). Ensayos sobre una polémica inconclusa. La transición a la democracia en América Latina, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1994.