GRAMSCI Y LAS DOS REVOLUCIONES RUSAS DE 1917

GRAMSCI Y LAS DOS REVOLUCIONES RUSAS DE 1917

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Cuando llegaron a Italia los ecos de la primera revolución de Rusia, de 1917, ocurrida entre el 23 y el 27 de febrero según el calendario vigente de tal país (entre el 8 y el 12 de marzo del occidental), Antonio Gramsci tenía 26 años, vivía en Turín y trabajaba, desde diciembre de 1915, para el periódico socialista de esa ciudad, la edición local de Avanti, y la publicación semanal de los socialistas turineses Il Grido del Popolo. La terrible “guerra de trincheras”, que empantanaba a Europa desde el verano de 1914 y a Italia desde mayo del año sucesivo, había provocado un centenar de millones de muertes y condiciones difíciles de vida para las poblaciones civiles de varias naciones beligerantes. Durante 1917, el rechazo a la guerra agitó con vigor a diversos países, provocando deserciones, levantamientos y revueltas.1 Del 22 al 27 de agosto de aquel año, en Turín estalló la gran “revuelta del pan”, un vasto movimiento popular espontáneo, que fue el mayor en Europa (salvo los acontecimientos en Rusia), seguido de una nueva ola de represión que cayó sobre los socialistas turineses. La guerra, con numerosos dirigentes y militantes que llamaban a tomar las armas, y los arrestos seguidos a la “revuelta del pan” favorecieron la emergencia de Gramsci como dirigente político y periodista, elevándolo a asumir, entre otras funciones, el papel de director de la publicación semanal del partido.

Antes de 1917, Gramsci se había distinguido por su mirada aguda y poco convencional con la que seguía y comentaba cotidianamente los acontecimientos sociales, políticos y culturales turineses, italianos e incluso internacionales. En su actividad como periodista militante, introdujo en su trabajo herramientas teóricas y culturales anómalas para el socialismo de la época. Tal bagaje le permitió sintonizarse de inmediato con los hechos de la Rusia de 1917 para comprender –no sin ingenuidad y sucesivas correcciones– la gran importancia de tales acontecimientos. No obstante, conviene dar un paso atrás para comprender cómo el joven Gramsci llegó a esta cita con la historia, que sería decisiva para su destino como ser humano y militante del lado de las “clases subalternas” en busca de su emancipación, las cuales desde 1917 y por largo tiempo buscaron hacer lo mismo que lo logrado en Rusia.

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Nacido en Ales, Cerdeña, el 22 de enero de 1891, Antonio Gramsci tuvo un infancia difícil: por un lado, a muy temprana edad lo golpeó la enfermedad de Pott (una forma de tuberculosis ósea); por el otro, padeció el arresto y la condena de su padre por una irregularidad administrativa que, como era empleado de la oficina de impuestos de Sorgono, dejó a la numerosa familia en dificultades económicas. La situación lo obligó a abandonar los estudios tras terminar la escuela primaria y a trabajar durante dos años en la oficina del registro civil del pueblo de su madre, Ghilarza, donde el clan se mudaría para buscar medios de subsistencia; sin embargo, el pequeño Antonio consiguió regresar a la escuela, y mostró ahí grandes dotes de inteligencia y voluntad. Después de terminar el bachillerato en Cagliari en 1908, Nino (como lo llamaban de niño) se trasladó a Turín en 1911 (con ayuda de su hermano Gennaro, contador en la Cámara del Trabajo local) para asistir a la Facultad de Letras y Filosofía, en el área de filología moderna, gracias a una beca que, empero, no bastaría para evitar el sufrimiento que caracterizaba la vida de un estudiante pobre, sureño (meridional)2 y proveniente de la provincia, en una gran ciudad industrial y del norte como Turín.

En Cerdeña, Gramsci había comenzado a leer libros y revistas de la cultura de oposición (positivismo y sobre el plano político a Giolitti y al giolittismo), lecturas que serían el terreno para su formación: el meridionalismo de Salvemini y las revistas florentinas como Il Leonardo’ y La Voce, de Papini y Prezzolini, que agitaban fundamentos filosóficos –del neoidealismo al pragmatismo y al bergsonismo–, convergentes en la reevaluación del sujeto contra el objetivismo de matriz positivista, y que habían influido de modo determinante a las principales corrientes del socialismo de su tiempo.

En la Universidad de Turín, Gramsci fue influido por Matteo Bartoli, profesor de glotología que buscaba dirigirlo hacia esa carrera universitaria, de la cual años después derivaría planteamientos historicistas y la convicción de la importancia del prestigio cultural. Debido a su cercanía con los estudios lingüísticos, fue muy importante para él la profundización en el pragmatismo italiano de Vailati y del estadounidense William James, así como las enseñanzas de Georges Sorel que, inspirado en Henri Bergson, había criticado el movimiento socialista oficial desde una posición de activismo revolucionario; el encuentro con Francesco de Sanctis y el neoidealismo de Benedetto Croce, quien determinaba en Italia una nueva hegemonía cultural antipositivista, la filosofía de la praxis, sobre la cual habían llamado la atención el marxista italiano Antonio Labriola y el filósofo neohegeliano Giovanni Gentile, estudioso de Marx que había subrayado la importancia de las Tesis sobre Feuerbach. Ese texto de Marx fue una de las referencias fundamentales para el Gramsci maduro, pues aquél había insistido en una visión dialéctica de la realidad que no se inclinara del lado del sujeto y el idealismo ni de del mundo objetivo y el materialismo.3

A partir de todos los componentes anteriores presentes en la formación inicial del joven Gramsci, éste trató después un aspecto fundamental: el papel de la voluntad, de la acción subjetiva y de la praxis hacia el fin de la transformación de la realidad, pues el socialismo prevaleciente, economicista y determinista, evolucionista y reformista, propio de Turati, Treves y Bissolati, se inclinaba hacia redimensionar la función del sujeto (colectivo) para exaltar las leyes objetivas (o presuntamente objetivas) de la sociedad y de la historia, aunado al mito del inevitable progreso y del triunfo inexorable del socialismo. Esta tendencia parecía excluir cada rebeldía y voluntarismo revolucionario, aspectos madurados en Gramsci por el clima de las injusticias padecidas en Cerdeña y por el contacto con su tierra, pobre y explotada como lo era la Italia meridional en general.

Así, en varios aspectos el marxismo de Gramsci estaba demasiado influido por el idealismo, demasiado limitado en su conocimiento de Marx (que iniciaría en realidad después y con motivo de los acontecimientos de octubre), pero que era sin embargo valioso, innovador, revolucionario, caracterizado por una inclinación voluntarista y subjetivista, en oposición a la cultura oficial de la época, giolittiana y positivista, y al socialismo reformista, economicista y determinista, características todas ellas que el viejo socialismo italiano compartía con casi toda la cultura de la Segunda Internacional. Gramsci temía que el reformismo socialista llevase a una deriva “fatalista”; advertía sobre el peligro de que –tras la inevitable llegada del socialismo, por las verdaderas leyes de la historia– se elevara una actitud pasiva, de acciones políticas de corto alcance, en espera de la nueva sociedad derivada de las contradicciones objetivas del capitalismo, sin la fatigosa y arriesgada intervención de la subjetividad revolucionaria.

Turín en aquel tiempo no era sólo una capital cultural sino, también, la mayor ciudad industrial de Italia. Para Gramsci, aquélla debía ser definitivamente socialista, aludiendo a la clase trabajadora de aquella ciudad –una de las más numerosas y fuertes de la época, en una urbe industrial donde nacían importantes empresas como la Fiat– y al movimiento socialista que se fortalecía de aquella clase. Gramsci se inscribió en el Partido Socialista Italiano entre 1913 y 1914, donde su debut político tuvo lugar con el artículo “Neutralidad activa y operante”, publicado en Il Grido del Popolo el 31 de octubre de 1914.4 El escrito suscitó polémicas, pues buscaba proveer una interpretación “de izquierda” sobre las posiciones de Mussolini, que comenzaban a postularse en favor de la intervención en la Primera Guerra Mundial. En realidad, la postura de Gramsci avanzaba en una dirección no muy alejada de la expresada –de manera más madura y consciente– por Lenin: los socialistas deben transformar la guerra en un momento revolucionario. El partido de Lenin, el Obrero Socialdemócrata ruso (ala bolchevique), y el Socialista Italiano (psi) fueron los dos principales que, en el ámbito de la Segunda Internacional, rechazaron apoyar a los respectivos Estados en la aventura bélica, aunque con la célebre consigna de los socialistas italianos de “ni adherirse ni sabotear” (según el lema acuñado por el secretario del partido, Constantino Lazzari), si bien la mayoría titubeaba al respecto. No obstante, para el joven Gramsci dicha actitud escondía una peligrosa posición de inercia5 y denotaba la absoluta incapacidad del psi de querer y preparar la revolución.

Aislado a causa de su toma de posición y distanciamiento, Gramsci volvió a entrar en la vida activa del partido gracias a la guerra, que sustrajo de éste cuadros y dirigentes. El Gramsci periodista y militante se impuso por su vastedad en los campos de intervención y por la originalidad de su lente analítico. En los escritos de 1915 a 1916, este joven de 25 años mostraba un nivel diferente de la mayoría de sus compañeros, un historicismo de perfil idealista, una interpretación de la historia y de la sociedad donde se hacía camino la importancia de las ideas y de las superestructuras para el cambio político y social, un subjetivismo antideterminista que se juntaba con la reafirmación de la importancia de la voluntad. Todo ello significaba tomar partido, rehuir de la pasividad, odiar a los indiferentes y a la indiferencia, como recitaba en su célebre artículo publicado en el “único número” de La Città Futura, escrito para los jóvenes socialistas y publicado el 11 de febrero de 1917.

Todo lo que suponía voluntad, actividad del sujeto e iniciativa revolucionaria fue importante para el joven Gramsci. No sorprende que, con aquel planteamiento cultural y político, éste viera en la Revolución Rusa una confirmación del enorme prestigio de sus convicciones.

3

Desde los primeros comentarios sobre la “revolución de febrero”, Gramsci leería los eventos de Rusia como la reconquista de los “internacionalistas”,6 de los socialistas que no habían traicionado el espíritu de la Internacional, y vería en los hechos de Petrogrado una “revolución proletaria”7 (“obreros y soldados” específicamente; o sea, obreros y campesinos). No estaría del todo equivocado, pues en el origen de la “primera revolución”, de 1917, hubo imponentes huelgas y manifestaciones desde las fábricas en la capital de la Rusia zarista, así como había sido decisivo el pasaje del lado de los insurrectos de numerosos sectores de soldados unidos a los rebeldes. Pero Gramsci buscaba adentrarse más, definir las características de fondo del evento: afirmaba que la “Revolución Rusa” era un “acto” proletario –especificaría con lenguaje gentil–, sobre todo porque había dejado a un lado el jacobinismo, ya que “no tuvo que conquistar a las mayorías por medio de la violencia”.8

Hasta 1921 –cuando cambiaría su opinión sobre la base de la obra del gran historiador francés Albert Mathiez, quien pondrá de relieve positivamente las similitudes entre los jacobinos y los bolcheviques–,9 Gramsci sería decididamente antijacobino. Ignorando las páginas controvertidas sobre el argumento que se encuentran en Marx o la postura filojacobinista de Lenin,10 fue influido en sus años mozos sobre todo por Sorel, quien había apoyado la idea relativa a los elementos de continuidad autoritaria entre el jacobinismo y el Antiguo Régimen.11 El jacobinismo, la revolución jacobina, era para Gramsci fenómeno burgués, de una minoría que “servía a intereses particulares, los intereses de su clase, y se servía con la mentalidad cerrada e intolerante de todos los que tienden a fines particularistas”.12 En vez de ello, los “revolucionarios rusos” no quieren sustituir la dictadura con dictadura y –sostenía– tendrán seguramente, a través del sufragio universal, el apoyo de una vasta parte del “proletariado ruso”, pues sólo ellos podrán expresarse libremente, sin las acciones erróneas del aparato represivo del Estado zarista.

Como se advierte, Gramsci tenía una visión bastante ingenua sobre los hechos de Rusia –donde las fuerzas de la revolución estaban en realidad mucho más compuestas y divididas en su interior de lo que el discurso gramsciano dejaba ver– y la posibilidad de que el sufragio universal bastaría y garantizaría la afirmación de la voluntad real del proletariado. El socialista revolucionario Gramsci parecía entender todo ello en términos de un “pasaje a una nueva forma de sociedad”,13 una sociedad socialista. Prescindía aquí –a diferencia de cuanto haría con gran agudeza en sus escritos maduros de la cárcel, pero sobre todo en su periodo de consejero14 de la revista L’Ordine Nuovo y durante el “bienio rojo”–,15 de los prerrequisitos de la democracia, de los elementos tendencialmente igualitarios (en términos de cultura, información, conciencia y liberación de las necesidades materiales) que un cuerpo electoral debería tener para expresarse sin fines particularistas. Además, parece ingenua la creencia gramsciana de que la revolución –que él interpreta idealistamente en primer lugar como un hecho espiritual– habría podido provocar inmediatamente una mutación de costumbres y de idiosincrasia, incluso entre los “malhechores”, y volverse una nueva ejemplificación de la moral absoluta kantiana, pues –ésta es la convicción del pensador sardo– “la libertad hace libres a los hombres”.16 La revolución aparecía para el joven Gramsci en primer lugar como “la liberación del espíritu”.17

Tal interpretación antijacobina sería una vez más ratificada a finales de julio,18 tras los nuevos movimientos contra la continuación de la guerra y las nuevas medidas represivas del gobierno “provisional” en confrontaciones de los bolcheviques. En tanto, el joven socialista sardo había iniciado ya el análisis de las diferencias internas del gran evento revolucionario que había logrado terminar con el poder zarista, pero no con la guerra. La atención gramsciana se desplazaba hacia el componente bolchevique (maximalista) de la revolución, entendido como la fuerza que no aceptaría que la revolución se detuviera en su etapa democrático-burguesa, y que pretendía que ésta caminara hacia la conquista de una sociedad socialista. En realidad, las noticias que le llegaban de Rusia estaban incompletas y eran confusas; por ello en sus artículos sucesivos no faltan pequeños malentendidos y cambios de acento. No obstante, el campo de estudio escogido por Gramsci tenía precisas connotaciones teórico-políticas y respondía a su modo de entender propio de aquellos años; es decir, desde un marxismo y un socialismo opuestos a los prevalecientes en la Segunda Internacional: “Lenin (…) y sus compañeros bolcheviques –escribiría– están convencidos de que es posible realizar el socialismo en cualquier momento. Están nutridos de pensamiento marxista. Son revolucionarios y no evolucionistas”.19 De tal modo, se volvía evidente su polémica contra el evolucionismo de Kautsky, representado en Italia por el socialismo moderado de Treves y Turati, en nombre del subjetivismo revolucionario que distinguiría al Gramsci de aquel periodo, que –argumentaba– en Rusia “la revolución continúa”, pues los hombres, todos, son “los arquitectos de su destino”.20

4

Mientras, en Italia y en Europa crecía el entusiasmo por lo que ocurría en Rusia. Antes del evento de octubre, la situación puesta en marcha desde febrero daba una esperanza real de cambio, de socialismo, de justicia e igualdad para las masas de gente pobre que morían en las trincheras o que tenía seres queridos destrozados por una guerra sin precedente. En Francia, grupos de soldados se amotinaban, marchaban con la bandera roja al frente y cantando la Internacional. En Italia, la revuelta de finales de agosto en Turín era sólo un ápice de la situación que a diario se tornaba más insoportable.21 La derrota de Caporetto22 estaba a la vuelta de la esquina, no sólo como resultado del incipiente comando militar italiano sino –también– a causa de una creciente masa crítica hacia la guerra y las formas inhumanas –de Cadorna y otros altos mandos oficiales, de un extremo al otro de las trincheras– del uso de los soldados como carne de cañón, con un desenvolvimiento que derivaba en un arraigado egoísmo de clase. ¿No era esta cuestión una de las principales causas de la revolución en Rusia, o incluso la causa principal? No sorprende por tanto que “hacerlo como en Rusia” comenzara a ser la frase del orden que circulaba entre las clases populares y subalternas de gran parte de Europa. Tampoco sorprende que la delegación de los soviets rusos que visitó Italia, y Turín,23 en esos días se mantuviese entusiasmada, tergiversando las posiciones reales de sus componentes. Frente a exponentes más bien moderados, demasiado cautos sobre la posibilidad de salir del conflicto, los proletarios italianos celebraban con mayor radicalidad la paz, el socialismo y a Lenin. Y la postura de Gramsci no era para menos: la elección se hallaba entre Kerensky y Lenin, escribiría en agosto;24 es decir, entre el nuevo líder del gobierno provisional, formado el 6 de agosto, y el dirigente revolucionario ahora buscado por la policía del nuevo gobierno y obligado a refugiarse en Finlandia, donde escribió en pocas semanas Estado y revolución, hasta el momento en que debió interrumpir su actividad para volver a entrar en su patria y dirigir la revolución en lugar de limitarse a teorizar sobre ella.

A más de un mes antes de los eventos de octubre, Gramsci advertía que se avecinaba el momento en que se debería decidir entre la revolución liberal y la socialista, medir “cuál será la fuerza efectiva de los revolucionarios socialistas y cuál la de los revolucionarios burgueses”25. Una vez conquistada la libertad (contra la autocracia zarista), la revolución debería continuar hacia adelante, lograr ‘ulteriores resultados’: el socialismo, ‘la libertad de iniciar en concreto la transformación del mundo económico y social de la vieja Rusia zarista’. El compromiso con la burguesía ya no es útil ni necesario; es un estorbo”.26

El 25 de octubre, según el calendario ruso (el 7 de noviembre según el occidental) fue tomado el Palacio de Invierno en el ascenso al poder (casi sin derramamiento de sangre) por el Soviet hegemonizado por los bolcheviques y sus aliados; aquélla fue la “segunda revolución”, la bolchevique, que Gramsci había anunciado tiempo atrás. Su comentario sobre aquel evento era de celebración: para el socialista sardo se trataba de una “revolución contra El capital”, el libro de Marx, sobre el que se había hecho una interpretación economicista y determinista, etapista, y a partir de la cual se consideraba imposible una revolución socialista en la Rusia atrasada antes de un desarrollo adecuado de la etapa capitalista, de la industria y de la clase obrera. Ahora, en vez de aquello –escribía Gramsci–, “los maximalistas (…) se han aprovechado del poder, han establecido su dictadura, y elaboran las formas socialistas donde la revolución finalmente tendrá que acomodarse, para continuar desarrollándose de modo armónico, sin demasiados choques, partiendo de las grandes conquistas realizadas ahora”.27 El marxismo de los bolcheviques sería explicado por Gramsci a imagen y semejanza de sus ideas: un marxismo historicista, derivado de Hegel y liberado de los residuos del positivismo. Desde su visión sería, una vez más, la voluntad que triunfa, que en voz alta podía ser lanzada incluso ahora contra el neoliberalismo y la dominación absoluta del mito de mercado y de las presuntas “leyes objetivas”. Los seres humanos asociados, diría Gramsci, deben comprender, y efectivamente comprenden con la revolución, o tendrán la posibilidad de comprender que “los hechos económicos deben ser juzgados y adecuados a su voluntad, hasta que ésta sea el motor de la economía, la expresión de la realidad objetiva que vive y se mueve, que adquiere un carácter de materia telúrica en ebullición, que puede ser canalizada adonde la voluntad quiera, como la voluntad quiera”.28

El Gramsci maduro sabría reformular esta visión del proceso revolucionario, llegando a definirlo como una relación de equilibrio y de influencia recíproca entre “relaciones de fuerzas” e iniciativa revolucionaria. Comenzarían aquí a hacerse presentes en Gramsci consideraciones y argumentaciones más coherentes con la tradición marxista. A partir de una formación idealista, el joven sardo iniciaba una maduración teórica, en buena medida sobre el impulso de la revolución rusa, que lo llevaría a leer y releer clásicos del marxismo y también a leer y a traducir del francés los primeros escritos de Lenin. La visión del Gramsci maduro no perdería del todo la convicción de la importancia de la voluntad y de la subjetividad; sin embargo, la realidad histórico-social supondría, en los Cuadernos, un campo de posibilidad que las condiciones objetivas ofrecen al sujeto, en cuyo interior se determinará cierto éxito de una sobre otra, según las acciones y capacidades del propio sujeto. El hipersubjetivismo juvenil de Gramsci será superado a partir de la situación nueva que los eventos de octubre habían creado y que recolocaban la visión gramsciana sobre un terreno nuevo y más concreto. A partir de la adhesión de Gramsci al movimiento político internacional naciente con la “segunda revolución” rusa, su marxismo comenzó a liberarse de las incrustaciones idealistas y espirituales que lo condicionaban de modo determinante.

Más allá de la entrada provocadora, de gran periodista (¡La “revolución contra El capital”!), y de su lectura filosófica, no filológicamente perfecta pero cautivadora, que aparece en el artículo, ya sea desde el marxismo de Marx o desde el de Lenin, en realidad, a partir de su lectura se encuentra una mirada aguda en la que Gramsci recoge algunas ideas profundas sobre el Octubre Ruso: a partir de la guerra –como también había previsto Lenin– fue posible producir un evento inaudito y para muchos inesperado. Marx había “previsto lo previsible”; no había podido prever la Primera Guerra Mundial, su carácter sin precedente, que “habría suscitado en Rusia la voluntad popular” en tiempos mucho más cortos de lo normal (“porque, normalmente, los cánones de crítica histórica del marxismo recogen la realidad”).29 Mientras, “en Rusia la guerra ha servido para despertar la voluntad. Elementos que, a través de los sufrimientos acumulados a lo largo de tres años, se encontraron muy rápidamente al unísono. La carestía era inminente; el hambre, la muerte por hambre podían capturar a todos, aplastar de un golpe a decenas de millones de hombres. Las voluntades se han situado al unísono”.30 Rusia pudo aprovechar el camino trazado por la primera revolución burguesa de la historia y –como también Marx había supuesto–  el desarrollo del capitalismo ya realizado en otras partes para recuperarse del atraso desde el cual partía.

5

El artículo de Gramsci sobre la “revolución contra El capital” suscitó reacciones polémicas de los “marxistas ortodoxos”; fueron los reformistas como Claudio Treves,31 a quienes Gramsci contestó directamente32, y a revolucionarios como Amadeo Bordiga.33 A esto se añadieron los comentarios de Rodolfo Mondolfo, que un año más tarde, en la Critica Sociale, citó negativamente el escrito gramsciano dentro de una polémica contra Arturo Labriola sobre Leninismo y marxismo.34 Gramsci replicó a Mondolfo con una de las primeras publicaciones de L’Ordine Nuovo, reprochando al “marxista de la cátedra” no ser capaz de ver más allá de una referencia servil a los textos haciéndolo con tono de profesor: “Pregunta: ¿Marx? Se responde: Lenin. Esto no es científico, pobres de nosotros, no se puede satisfacer el sentido filológico del erudito y del arqueólogo. Y con una seriedad catedrática que enternece, Mondolfo reprueba, reprueba, reprueba: cero en gramática, cero en ciencia comparada, cero en el examen práctico de enseñanza”.35

Aparte de las polémicas de la época, que no podían más que ser mordaces, y parcialmente injustas de todos los contendientes, la confrontación que ameritaba profundizar en ella sería la situada entre la actitud entusiasta y justificativa de Gramsci y la de Rosa Luxemburgo que desde la cárcel de Breslavia redactaba su célebre escrito La Revolución Rusa.36 Respecto a su actitud sobre octubre, Rosa se posicionaba, en primer lugar, enteramente en solidaridad con la revolución y con Lenin, con quien también había tenido diferencias teóricas y políticas, tanto que –hecho a menudo olvidado– estaba extendiendo su texto para clarificarse, en especial con sus compañeros espartaquistas, renunciando a publicarlo para no dañar a los bolcheviques ni a la Revolución.37 Se trataba, en efecto, de un texto muy crítico sobre el nuevo poder revolucionario al cual reprochaba algunos de los primeros actos políticos fundamentales, como el “decreto sobre la tierra” (que creaba de facto millones de pequeños propietarios de tierras, para Luxemburgo futuros enemigos del socialismo), el tratado de paz de Brest-Litovsk (paz que no obstante, como la tierra a los campesinos, se había prometido desde el Partido Bolchevique antes de la revolución y que se basaba en el largo consenso luego obtenido, por no hablar de la objetiva dificultad de Rusia para proseguir el conflicto), y sobre todo la disolución de la Asamblea Constituyente en enero de 1918. Aún calibrando la incuestionable “abstracción” de Luxemburgo que podía dar a veces la impresión de prescindir de la realidad de facto para privilegiar el reclamo a los principios, el escrito golpeó por la profundidad de algunos análisis sobre las posibles repercusiones negativas en la evolución de estos primeros actos del gobierno bolchevique, prescindiendo de lo que se piense sobre la obligatoriedad o al menos de algunos de los pasos realizados por el nuevo poder revolucionario. No debe olvidarse la diferencia de edad y de experiencia entre la revolucionaria polaca y el todavía joven socialista italiano ella era una dirigente en el corazón de la Segunda Internacional (del Partido Socialdemócrata Alemán), siempre atenta a los problemas de la sociedad rusa; y él, colocado en una posición bastante periférica, un periodista-dirigente casi desconocido fuera de Turín con información incierta e incompleta sobre la situación real del “País de los Soviets”.

A diferencia de Rosa, Gramsci no veía riesgos en el viraje construido por la disolución de la Asamblea y justificaba esa medida sobre la base de la contraposición entre el “modelo de representación directa de los productores” construido en el Soviet y “un parlamento (…) de tipo occidental”.38 Igualmente, Gramsci estaba convencido de que había que defender el aparato de gobierno bolchevique en las negociaciones por la paz. Y frente a los periodistas antisocialistas contraponía al presidente estadounidense Wilson, encarnación de un poder burgués nuevo, el único a la altura del poder revolucionario de Moscú y, no casualmente, más proclive al reconocimiento mutuo.39 No obstante, Gramsci podía ver dificultades para “el nuevo orden”, aludiendo a que “el pasado sigue existiendo (…) y presiona y quiere tomar venganza”.40 Gramsci entendía que no era posible “la creación fulminante de un orden nuevo”, pues “no se crea una sociedad humana en seis meses, cuando tres años de guerra han agotado a un país, lo han privado de medios mecánicos para la vida civil. No se reorganizan millones y millones de hombres en libertad así simplemente, cuando todo es adverso y subsiste sólo el espíritu indomable. La historia de la revolución rusa no está cerrada y no se cerrará con el aniversario de su inicio”.41 De nuevo volvía a la comparación con la Revolución Francesa que por tanto tiempo se había empleado y que tantas pruebas dolorosas había debido afrontar antes de dar vida a un nuevo y duradero equilibrio. De nuevo volvía, también, la convicción de que la rusa no era una revolución jacobina, pues ésta estaba hecha en nombre de las grandes mayorías, de una humanidad afligida y, sobre todo, se trataba de una revolución que había dado enseñanzas para abrir otra era. La revolución rusa estaba destinada a hacer retemblar el siglo, a abrir contradicciones, a dar –antes que amargas decepciones– esperanzas nuevas a las revoluciones coloniales; lo haría durante mucho tiempo y en los cinco continentes. “La revolución sigue transformando al mundo”,42 escribiría Gramsci el 16 de marzo de 1918, haciendo el balance de “un año de historia”, recogiendo el hecho de que el proceso de revolución sin precedente apenas comenzaba.

6

La Revolución Rusa liderada por Lenin no era vista por Gramsci como un generoso y vano intento de crear la utopía. La posición de éste era la de un filósofo realista que, por el contrario, en repetidas ocasiones polemizaba contra diversos tipos de utopía, una tendencia política y cultural a la que juzgaba de abstracta, ahistórica y destinada a fallar por las mismas razones. El Gramsci historicista condenaba a quienes le parecía formaban parte de una razón fría que no tomaba en cuenta la historia real. Por el contrario, escribía, los bolcheviques “no son utopistas porque, queriendo realizar el fin máximo del programa socialista, trabajan para suscitar las condiciones necesarias de cultura y de organización, trabajan para generar en los individuos aquel sólido sentido de la responsabilidad social que multiplicará la producción de la riqueza, incluso rompiendo la ganancia individual y la competencia”.43

Gramsci defendía a Lenin y a la revolución de la acusación, proveniente de ambientes socialistas y marxistas ortodoxos, de ser utopista, de ser una utopía. Y volcaba sobre los críticos la acusación: “la utopía –escribía, ahora con un tono bergsoniano– consiste de hecho en no lograr concebir la historia como libre desarrollo, en ver el futuro como algo sólido ya dibujado, en creer en planes preestablecidos”.44

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Tras la Primera Guerra Mundial, los equilibrios sociales y políticos en Italia y Europa estaban profundamente modificados. El nuevo “protagonismo de las masas”, los sacrificios de la guerra, las promesas que los gobiernos no podían mantener y el ejemplo de la Revolución de Octubre serían elementos que tomarían en cuenta quienes se encontraban en fases prerrevolucionarias, o a los que poco les faltaba. En varios países se crearon, sobre la estela de los Soviets rusos, organismos de autoorganización de la clase obrera, como los consejos de fábrica. En Turín, el periódico fundado por Gramsci con sus amigos socialistas más cercanos, L’Ordine Nuovo, se volvió inspiración y guía del movimiento obrero que luchaba por una nueva democracia clasista, basada en el control de los elegidos por los electores. Una de las mayores causas de su derrota (ocurrida al final del “bienio rojo”, 1919-1920) fue, para Gramsci, la falta de un partido unido y extendido hacia la construcción de tal democracia proletaria. Por lo mismo, él se convenció de la necesidad de fundar un nuevo partido, el Comunista de Italia (PCI), adherente a la Tercera Internacional Comunista (nacida en Moscú hacia 1919), pese a que el mayor promotor y dirigente del PCI, Amadeo Bordiga, estuviese bastante lejano a Gramsci por sus concepciones marxistas y de partido, así como del proceso revolucionario en su conjunto.45

Desde su partido, Gramsci fue invitado a Moscú en junio de 1922, como representante italiano a la Internacional Comunista. Residió así en el País de los Soviets hasta finales de 1923, para después desplazarse a Viena y regresar a Italia en mayo de 1924. En Rusia conoció a Giulia Schucht, quien se convertiría en su compañera y madre de sus dos hijos. En Moscú, Gramsci inició una etapa de conocimiento más profundo sobre el pensamiento de Lenin y del grupo bolchevique dirigente, así como de la tentativa de edificar una inédita sociedad socialista en los años del redescubrimiento de cierta gradualidad (la NEP, nueva política económica, que buscaba recuperar relaciones de alianzas con los campesinos, fuertemente comprometida en los años de la guerra civil y del “comunismo de guerra”). Gramsci tuvo el privilegio de celebrar un encuentro personal y privado con el máximo dirigente bolchevique, el 25 de noviembre de 1922, donde hablaron de la especificidad de la situación italiana, el perfil social (del Mezzogiorno, la Italia del sur) y político (los errores cometidos por Bordiga en la escisión de Livorno)46 y el problema de la posible alianza entre comunistas y socialistas italianos.47

Venida a menos la esperanza de lograr una revolución en occidente y madurada la certidumbre sobre una capacidad de resistencia del capitalismo del todo superior a las primeras e ingenuas esperanzas y previsiones, Lenin relanzó la política del “frente único”, en alianza con los socialistas, contra las fuerzas burguesas. Bordiga se opuso de modo decidido ante aquellas indicaciones de la Internacional. Gradualmente, Gramsci se convenció de la necesidad de aquel viraje político, congruente con el cambio radical de la situación italiana e internacional madurada en pocos meses. La última lección de Lenin advertía sobre una crisis capitalista que no necesariamente sería transformada con inmediatez en un momento revolucionario. Sobre la base del pensamiento de Lenin, Gramsci maduró su convicción de que en occidente no se podía “hacer como en Rusia”, pues en occidente las “superestructuras políticas”, creadas en el desarrollo del capitalismo y de la sociedad de masas, volvían más lenta y compleja cada posible estrategia revolucionaria. Ya para 1924, Gramsci había madurado algunos temas (como guerra de posiciones y hegemonía) que serían centrales en sus Cuadernos.48

Ante ello y a partir de su estancia en Rusia, comenzaría a trabajar sus ideas sobre la necesidad de interponer una lucha para formar un nuevo grupo dirigente antibordiguista del PCI. Esa lucha concluyó en agosto de 1924, con la nominación de éste para secretario del partido gracias a la decisiva intervención de la Internacional. Inició con ello un verdadero periodo de refundación gramsciana del partido, que culminó en su tercer congreso, llevado a cabo en Lyon, Francia, en enero de 1926.49

En su calidad de secretario de los comunistas italianos y durante su mandato en la oficina política del partido, Gramsci escribió el 14 de octubre de 1926 una alarmante carta al Comité Central del Partido Comunista Ruso. En la cúspide del PRC (b), la lucha entre la mayoría guiada por Stalin y Bujarin y la minoría guiada por Trotsky asumía una modalidad cada vez más radical. Redactada en la sede diplomática soviética en Roma, la misiva fue enviada a Palmiro Togliatti, representante del PCI en la Internacional en Moscú, para que la tradujese e introdujera en el Comité Central del partido soviético. Togliatti juzgó tal acción como inoportuna y pidió a la oficina política del PCI no transmitirla de manera oficial, en espera de llegar a Italia para discutir el tema con un enviado de la Internacional. Pocos días después –pese a la inmunidad parlamentaria–, Gramsci fue arrestado, lo que daría inicio a su largo calvario en las cárceles fascistas y en diversas clínicas, de las cuales no saldría vivo. Murió en Roma el 27 de abril de 1937.

La carta de Gramsci y el intercambio epistolar que continuó entre Gramsci y Togliatti generarían un choque amargo entre los dos máximos dirigentes del PCI, amigos y colaboradores desde sus años universitarios en Turín. En su primera misiva,50 Gramsci declaraba su adhesión a la línea de la mayoría bolchevique, a la cual el partido italiano estaba más cercano porque continuaba sosteniendo la política leninista de alianza con los campesinos, pero hacía una advertencia contra la modalidad que –junto a la ruptura de la unidad de la vieja guardia leninista– minaba, según Gramsci, la credibilidad de todo el grupo dirigente comunista mundial. Éste expresaba mucha preocupación por el hecho de que las masas no habían entendido los términos de un conflicto violento y por el futuro del mismo movimiento comunista internacional. Seguía considerando a Trotsky, Zinoviev y Kamenev, con quienes no compartía la línea política, “parte de nuestros maestros”,51 rehusándose a demonizarlos como lo hacía Stalin.

Igual que en su ensayo coetáneo sobre la “cuestión meridional”,52 el concepto de hegemonía tuvo gran importancia en su carta enviada al grupo dirigente bolchevique. Gramsci hablaba a propósito de la relación entre obreros y campesinos, confrontando la situación rusa con la italiana; asimismo, relacionaba la teoría de la hegemonía con la madurez de la clase obrera, dispuesta a las concesiones importantes en lo inmediato, en términos económicos, para garantizarse aliados, antes de la toma del poder y tras ella. A partir de la política de la NEP –iniciada en 1921 por voluntad de Lenin y defendida en 1926 por Bujarin–, Gramsci inició un nuevo modo de elaborar la política de alianzas y el concepto de hegemonía,53 con una nueva manera de concebir tanto la toma del poder como su mantenimiento, apoyado más en el “consenso” que en el “dominio”. Inició la reflexión que proseguiría en los Cuadernos. Un par de años después Stalin, tras derrotar a Trotsky, rompió la alianza con Bujarin y aplicó en los hechos la línea trotskista de la industrialización a marchas forzadas, que postulaba el brutal sometimiento de los campesinos a la firme política del partido, rompiendo toda posibilidad de un discurso de “alianzas” y de “hegemonía”.

Togliatti respondió en privado a Gramsci,54 afirmando en su carta que la lucha de la dirigencia del partido soviético no tenía vuelta atrás y necesitaba prestar atención, alineándose sin vacilaciones con la mayoría. La segunda epístola de Gramsci,55  en respuesta de la de Togliatti, ratificaba explícitamente, con otros textos gramscianos, la necesidad de asumir no el punto de vista reducido de grupos dirigentes de partidos comunistas sino el punto de vista de las masas (las “grandes masas trabajadoras”), preocupándose en primer lugar de lo que habrían entendido y pensado del choque en acto y cómo habrían reaccionado de frente a una lucha que ya se anunciaba sin exclusión de golpes y que habría representado, de hecho, el inicio de lo que después sería llamado “estalinismo”, aspecto sobre el que Gramsci alzaba la voz. Dando todo de sí en la construcción del partido, él siguió enfatizando la cuestión sobre la centralidad de las masas y su orientación, como en los años del “bienio rojo”, de L’Ordine Nuovo y de los consejos de fábrica. Ello suponía una idea de la centralidad de la participación y de la decisión de los trabajadores, antes que la de su partido, que desde su perspectiva no era algo menor.

Las diferencias entre los puntos de vista de Gramsci y Togliatti eran políticas y de perspectiva; reflejaban las disparidades que se generaban en el movimiento revolucionario que, en su institucionalización (en condiciones internas e internacionales sumamente difíciles), comenzaba a perder sus connotaciones liberadoras. Togliatti tenía razón al pensar que un pequeño partido como el pci, semiclandestino en un país en manos del fascismo, no podía sobrevivir sin el apoyo material y simbólico de la Unión Soviética. Gramsci tenía razón en el plano de la perspectiva histórica, pues veía los riesgos de la involución de la Unión Soviética y del movimiento comunista en el declive de la perspectiva de la revolución mundial próxima, por el consiguiente y decisivo proceso de identificación del movimiento comunista con el Estado soviético.

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Incluso encarcelado, Gramsci nunca abandonaría su sentimiento de pertenencia al movimiento comunista. En todo su periodo de prisión, sumado a su enfermedad, su principal interlocutora sería su cuñada rusa Tatiana Schucht, quien vivía desde muchos años atrás en Roma y era asistente del viejo amigo de aquél, Piero Sraffa, el gran economista que para ese momento residía en Cambridge. Ambos aseguraron la comunicación indirecta de Gramsci con Togliatti, a la sazón nuevo líder del PCI y uno de los máximos dirigentes de la Internacional. A través del “círculo virtuoso” Tatiana-Sraffa-Togliatti, el PCI y la Internacional ayudaron y apoyaron a Gramsci en su estadio en la cárcel, incluso en los lapsos de alejamiento con la política estalinista del socialfascismo a inicios de los años treinta, aunque ellos sospecharan (acaso sin razón) que su postura potencial de “hereje” influía negativamente en la posibilidad de un intercambio de prisioneros entre el Estado italiano y la Unión Soviética, donde se veía la única posibilidad para su liberación.56

El comunista sardo, con su trabajo de reflexión y escritura carcelaria, buscó interrogarse sobre los motivos de la derrota del movimiento comunista en los años veinte; al respecto, logró hacer una reflexión original respecto al poder en las sociedades complejas. Elaboró una nueva concepción del Estado, que definiría como “Estado integral”, y nuevas ideas relativas a estructura y superestructura, coerción y consenso, sociedad política y sociedad civil.57 La atención de Gramsci se centró ante todo en el “aparato hegemónico”,58 entendido en el siglo XX como un aparato coercitivo, típico del Estado en sentido estrecho al cual dirigieron la atención de Marx y de Lenin en correspondencia con el contexto histórico más atrasado en que habían vivido. La hegemonía era para Gramsci la modalidad específica del ejercicio del poder apoyado en la dirección y el dominio, en el consenso y la fuerza, donde el acento caía sobre todo en la investigación atinente a la construcción del consenso.

En congruencia con su innovación analítica respecto a la morfología social y estatal de los países “occidentales” y avanzados en términos capitalistas, y a la radical diferencia de éstos con la Rusia de 1917 (“en oriente, el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil había una justa relación, y en el temblor del Estado se discernía de inmediato una robusta estructura de la sociedad civil”),59 Gramsci consideró necesario elaborar un modelo de revolución distinto del correspondiente a la de Octubre. Escribiría que aquella revolución había sido la última de tipo decimonónico, la última “revolución-insurrección”. Para Gramsci, debía imponerse un cambio en la estrategia que ya Lenin habría comprendido.60 Al menos para el mundo avanzado, la moderna estructura de la sociedad de masas, la compenetración nueva entre Estado y sociedad civil, el peso y la importancia de los aparatos de la formación del consenso eran factores que llevarían a Gramsci a revolucionar profundamente el concepto de revolución, no sólo respecto a la visión que éste había tenido en su periodo juvenil, subjetivista e idealista, sino también respecto a la concepción clásica, y a veces estereotipada, de la tradición marxista y leninista. No porque Gramsci saliera del marxismo o de la tradición revolucionaria, llegando a una postura clásicamente reformista: la voluntad (revolucionaria) no tenía que tomarse a la ligera, sino que partía de la necesidad y de la conciencia de un nuevo terreno en el que se llamaba a accionar y se hacía pertinente lo llamado por Gramsci “reforma intelectual y moral”. La voluntad de cambio no perdía su fondo de clase, su corazón en el mundo económico y de relaciones sociales, sino que sostenía toda la complejidad de la acción política moderna; así rechazó las concepciones economicistas fundadas en el binomio crisis económica-revolución (que eran la base, por ejemplo, de la concepción de Rosa Luxemburgo); subrayaba la importancia decisiva del consenso (abriendo con ello el camino hacia una lucha democrática para el socialismo). Se necesitaba ofrecer una nueva concepción del mundo, formar un nuevo sentido común de las masas –siempre a partir de aquella lectura de la sociedad dividida en clases que Gramsci rescató de Marx–, a partir de la necesidad de aquella política de alianzas que éste había aprendido de Lenin.

La admiración y el respeto de Gramsci por la Revolución de Octubre y por la Unión Soviética nunca disminuyeron. Gramsci murió en 1937 en la Italia fascista y sólo en parte tuvo comprensión de cómo evolucionó el “País de los Soviets”, aunque puede sostenerse que notó muchos de los elementos de fondo. Pese a todo, él sabía que con la Revolución de Octubre había comenzado una nueva historia, de resistencia y liberación para millones de mujeres y hombres. Había iniciado la lucha contra la opresión, una “revolución contra el capital”, para comprender y adecuar los “hechos económicos” a la voluntad de los hombres, para no dejarse dominar por aquéllos –como había escrito en diciembre de 1917–; esto no podía olvidarlo el Gramsci revolucionario.

Traducción: Laura Nieto Sanabria


1 Para una visión conjunta sobre los eventos de 1917: cfr. Angelo D’Orsi, 1917. L’anno della rivoluzione, Laterza, Bari Roma, 2016.

2 Se traduce “del sur” cuando en italiano se habla de lo meridional. Para más información sobre esto consúltese el texto de Gramsci relativo a la “cuestión meridional”, que detalla en parte las diferencias políticas y sociales entre el sur y el norte de Italia en los tiempos del autor (nota de la traductora).

3 Para un tratamiento más profundo sobre los temas nombrados en este párrafo, me permito sugerir mi texto “Teoria e politica nel marxismo di Antonio Gramsci”, en Stefano Petrucciani (editor), Storia del marxismo. Volumen 1: “Socialdemocrazia, revisionismo, rivoluzione”, Carocci, Roma, 2015.

4 Éste y los otros escritos principales de Gramsci en este periodo se encuentran en Antonio Gramsci, Masse e partito. Antologia 1910-1926, editado por Guido Liguori, Editori Riuniti, Roma, 2016.

5 “La doctrina de Marx se vuelve doctrina de la inercia del proletariado”, escribiría Gramsci (“La critica critica”, en Il Grido del Popolo, 12 de enero de 1918), en polémica con Claudio Treves.

6 Antonio Gramsci, “Morgari in Russia”, en Avanti!, 20 de abril de 1917.

7 Antonio Gramsci, “Note sulla Rivoluzione Russa”, en Il Grido del Popolo, 29 de abril de 1917.

8 Ídem.

9 Sobre el tema: Rita Medici, “Giacobinismo”, en Fabio Frosini, Guido Liguori (editores), Le parole di Gramsci, Carocci, Roma, 2004, páginas 113 y siguientes. En los Cuadernos de la Cárcel, el discurso gramsciano sobre el jacobinismo se complejizará notablemente; la categoría, que acentuará su carácter teórico-político, no sólo historiográfico, tendrá una tesitura decididamente positiva, con relación a la capacidad –propia de los jacobinos y de los bolcheviques, pero anticipada teóricamente por Maquiavelo (donde se ve un jacobinismo precoz)– de establecer una alianza ciudad-campo.

10 Massimo L. Salvadori, “Il giacobinismo nel pensiero marxista”, en ídem, Europa, America e marxismo, Einaudi, Turín, 1990.

11 Georges Sorel, Considerazioni sulla violenza [1908], Laterza, Bari-Roma, 1974, páginas 149-158.

12 Antonio Gramsci, “Note sulla rivoluzione russa”.

13 Ídem.

14 Los Consejos, teorizados por Gramsci y parcialmente puestos en práctica por la clase trabajadora turinesa, eran parcialmente diferentes del modelo de los Soviets rusos, de los cuales querían ser la traducción al italiano. Permítame recomendar mi texto: Introduzione ad Antonio Gramsci, masse e partito.

15 El Bienio Rojo (o Biennio Rosso, en italiano) se refiere al periodo 1919-1920 en Italia, donde se formaron los Consejos de Fábrica, en el contexto de una gran revuelta popular de corte socialista y anarquista (nota de la traductora).

16 Antonio Gramsci, “Note sulla rivoluzione russa”.

17 Ídem.

18 Antonio Gramsci, “I massimalisti russi”, en Il Grido del Popolo, 28 de julio de 1917.

19 Ídem.

20 Ídem.

21 Véase Angelo d’Orsi, obra citada, para una idea de los múltiples episodios de intolerancia a la prolongación de la guerra y de las esperanzas sucitadas por la “primera revolución”.

22 En 1917, el general Luigi Cadorna envió tropas italianas en el frente de Isonzo, por lo cual los austro-alemanes atacaron y rompieron el frente italiano. Con ello provocaron enormes bajas en el ejército y la ocupación alemana de 14 mil metros cuadrados en Italia (nota de la traductora).

23 Antonio Gramsci, “Il compito della rivoluzione russa”, en Avanti!, 15 de agosto de 1917.

24 Antonio Gramsci, “Kerensky e Lenin”, en Il Grido del Popolo, 25 de agosto de 1917.

25 Antonio Gramsci, “Kerensky-Cernof”, en Il Grido del Popolo, 29 de septiembre de 1917.

26 Ídem.

27 Antonio Gramsci, “La rivoluzione contro Il capitale”, en Il Grido del Popolo, 1 de diciembre de 1917.

28 Ídem.

 29 Ídem.

 30 Ídem.

 31 Very-Well [Claudio Treves], Lenin, “Martoff e… noi!”, en Critica Sociale, número 1, 1-15 de enero de 1918.

 32 Antonio Gramsci, “La critica critica”, en Il Grido del Popolo.

 33 Amadeo Bordiga, “Commenti alla rivoluzione russa”, en Avanti!, 27 y 28 de febrero de 1918, ahora con el título “Gli insegnamenti della nuova storia”, en ídem, Scritti 1911-1926, volumen ii, editado por L. Gerosa, Graphos, Génova, 1998, in part, página 417.

 34 Rodolfo Mondolfo, “Leninismo e marxismo”, en Critica sociale, número 4, 16-28 de febrero de 1919, en ídem, Umanesimo di Marx. Studi filosofici 1908-1966, introducción de Norberto Bobbio, Einaudi, Turín, 1968, página 146.

 35 Antonio Gramsci, Rodolfo Mondolfo: “Leninismo e marxismo”, en L’Ordine Nuovo, 15 de mayo de 1919, en ídem, Masse e partito, obra citada, páginas 149-50.

 36 Rosa Luxemburg, “La rivoluzione russa”, en Ead., Scritti politici, editado por L. Basso, Editori Riuniti, Roma, 1974.

 37 Obra citada, página 559, nota introductoria del escrito, editado por Lelio Basso.

 38 Antonio Gramsci, “Costituente e Soviety”, en Il Grido del Popolo, 26 de enero de 1918.

 39 Antonio Gramsci, “Wilson e i massimalisti russi”, en Il Grido del Popolo, 2 de marzo de 1918.

 40 Antonio Gramsci, “Un anno di storia”, en Il Grido del Popolo, 16 de marzo de 1918.

 41 Ídem.

 42 Ídem.

 43 Antonio Gramsci, “Per conoscere la rivoluzione russa, en II Grido del Popolo, 22 junio de 1918.

 44 Antonio Gramsci, “Utopia”, en Avanti!, 25 de julio de 1918.

 45 Para profundizar en estos temas, me permito recomendar de nuevo mi texto: Teoria e politica nel marxismo di Antonio Gramsci.

 46 En 1921, Bordiga dirigió el Congreso de Livorno, donde se hizo una escisión de los comunistas con la creación del Partido Comunista de Italia (nota de la traductora).

 47 Antonio Gramsci hijo, La storia di una famiglia rivoluzionaria. Antonio Gramsci e gli Schucht tra la Russia e l’Italia, Editori Riuniti, Roma, 2014, página 50.

 48 Guido Liguori, Teoria e politica nel marxismo di Antonio Gramsci, obra citada, página 249.

 49 Ídem, páginas 249 y siguientes.

 50 Carta de Gramsci al Comité Central del Partito Comunista Ruso, 14 de noviembre de 1926, firmada “L’ufficio politico del PCI”.

 51 Ídem.

 52 Antonio Gramsci, “Alcuni temi della questione meridionale”, en ídem, Masse e partito, obra citada, páginas 366-88.

 53 El término, en uso de los principios de la Tercera Internacional, indicaba la capacidad de dirección de los campesinos por el proletariado y el uso del partido. Esto se vuelve, sobre todo a partir de los Cuadernos, una categoría teórico-política compleja, profundamente reelaborada por Gramsci.

 54 Carta de Togliatti a Gramsci, 18 de octubre de 1926.

 55 Carta de Gramsci a Togliatti, 26 de octubre de 1926.

 56 G. Vacca, Vita e pensieri di Antonio Gramsci 1926-1937, Einaudi, Turín, 2012.

 57 Guido Liguori, Sentieri gramsciani, Carocci, Roma, 2006.

 58 Antonio Gramsci, Quaderni del carcere, editado por V. Gerratana, Einaudi, Turín, 1975, página 800.

 59 Ibídem, página 866.

 60 “Lenin había comprendido que ocurría un cambio de la guerra de maniobras, aplicada vigorosamente en Oriente en 1927, a la de posiciones, la única posible en occidente donde, como observa Krasnov, en un breve espacio los ejércitos podían acumular grandes cantidades de municiones, y los cuadros sociales eran todavía capaces de volverse trincheras fuertemente armadas. Esto me parece que significa la fórmula del ‘Frente Único’, que corresponde a la concepción de un solo frente sobre el comando único de Foch. Sólo que Lenin carecería de tiempo para profundizar en su formulación, teniendo en cuenta que pudo haberlo hecho apenas teóricamente, mas la tarea fundamental era nacional– Por ello demandaba un reconocimiento del terreno y una fijación de los elementos de las trincheras y de las fuerzas representadas por los elementos de la sociedad civil, etcétera”, ídem.