LO QUE ESTÁ ATRÁS DEL “GASOLINAZO”

LO QUE ESTÁ ATRÁS DEL “GASOLINAZO”

Genealogía de la formación de la conciencia anticapitalista

Unas pocas palabras previas

Hay ocasiones en la historia de un país en las que, por algún motivo circunstancial, se llega a consolidar un bloque de clase entre los trabajadores en el sentido más amplio de la palabra y las clases medias rurales o urbanas de menores ingresos, pasando por arriba de las diferencias étnicas, culturales, regionales que en otros momentos mantienen divididos a los sectores subalternos.

Como cuando de repente “cuaja” el hielo en un lago invernal, en esos momentos excepcionales el “país de abajo” se une contra el “de arriba”, contra el establishment, el gobierno, el aparato estatal y sus instituciones, que se tornan intolerables.

Esos momentos son pocos pero decisivos; se desencadenan repentinamente debido a una guerra odiada, un exceso en la represión, una continuidad de ultrajes y afrentas o una grave crisis económica causada por la superexplotación, y si no logran éxitos inmediatos, pueden llegar a crear una permanente agitación prerrevolucionaria. La gota que desborda el vaso es circunstancial, pero hay detrás de los estallidos lo que los franceses llaman un ras le bol, la acumulación de hartazgos e insatisfacciones que en cierto momento dan un salto de calidad debido a una carga excesiva de tensiones y provocan la explosión.

Los mexicanos, durante toda su sangrienta historia, fueron oprimidos, explotados al máximo, agraviados. Sus clases dominantes, racistas, tratan con desprecio a los indígenas y mestizos y agregan a esa intolerable discriminación y ese desdén una formación cultural precapitalista en el lujo, el despojo, la rapiña, la depredación y en todos los vicios heredados de los conquistadores españoles.1

El país fue además mutilado por una guerra infame que le quitó la mitad de su territorio y le sumó al baldón de la feroz conquista que lo ocupó y despobló en pocos años el de otras sucesivas invasiones estadounidenses y la ofensa permanente de una situación semicolonial.

Incapaz de crear cada año los millones de puestos de trabajo necesarios para responder al crecimiento demográfico –debido a la propiedad extranjera de las principales palancas para su desarrollo–, el gobierno de la oligarquía ligada al capital financiero internacional alienta la emigración como válvula de escape (y fuente de divisas).

Desde hace más de medio siglo (dos generaciones al menos), los gobiernos viven de la exportación de seres humanos como si fuesen animales y alientan mendigar en el extranjero el trabajo que deberían dar a sus connacionales, al mismo tiempo que, con extrema inhumanidad, cierran con todos los medios a su alcance el paso a los centroamericanos y caribeños que quieren atravesar México para buscar un Eldorado detrás del Río Grande.

¿Cómo extrañarse entonces de la prolongada sumisión de las clases subalternas a sus opresores y explotadores hasta que éstos pasan de la raya? ¿Cómo sorprenderse ante un fuerte sentimiento de inferioridad en la mayoría mestiza e indígena de la población y en las clases medias pobres mexicanas si pudieron levantar la cabeza, recuperar su dignidad social y nacional y mirar de frente a sus opresores sólo durante breves periodos con Zapata y Villa y, en parte, Lázaro Cárdenas?

No hay siquiera un México que tenga un sentimiento nacional antiimperialista. Hay varios Méxicos regionales, donde un latinoamericano o un mexicano de otra región es víctima de un rechazo primitivo como si fuese representante del imperialismo opresor. El nacionalismo mexicano habitual y cotidiano incorpora elementos xenófobos y consiste en una mezcla de odio-y-envidia a los gringos pues, “para explotarnos, deben ser muy chingones”, como los argelinos piensan de sus ex colonizadores franceses.

La descolonización de la cultura no puede limitarse a reinterpretar el pasado y sus persistencias en la cultura popular moderna: debe también asegurar la independencia política y social de los oprimidos que les permita elevar su autoestima, mirar las cosas de igual a igual, tomar la palabra y decidir. Eso es lo que el pri y todos los políticos burgueses, precisamente, quieren impedir: que los trabajadores y oprimidos de todo tipo sean sujeto de su propia liberación, piensen por su cuenta, decidan y gobiernen. El paternalismo caudillesco conservador y los llamados a la unidad nacional entre explotadores y explotados buscan preservar un papel de capataz del gran capital y del imperialismo para la oligarquía, cuyos sectores en pugna tienen un temor común a la independencia política de los oprimidos.

Trump es un matón porque quienes tiene enfrente –Peña Nieto y los del sector dependiente de las empresas transnacionales o López Obrador y los que quieren representar al sector interesado en el mercado interno– no osan siquiera pensar en medidas de movilización antiimperialista (ni hablemos de medidas anticapitalistas por aisladas o limitadas que sean), pues ello podría hacer salir de los cauces del sistema a la paciente masa de oprimidos mexicanos.

A ese matonismo también contribuye poderosamente la miseria política e intelectual de grupos nacidos como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) de la lucha por los derechos de los pueblos indígenas pero que se quedaron encerrados en un autismo político temeroso y conservador y no tienen reacción ante los problemas internacionales o nacionales que afectan al conjunto de los explotados y oprimidos de México y a la independencia misma del país.2

Los ingredientes del “gasolinazo”

El largo proceso preparatorio del gasolinazo fue ascendiendo muchos escalones importantes, que enumero esquemáticamente:

En lo económico.

Tres devaluaciones del peso mexicano (hasta de 100 por ciento) en la presidencia de López Portillo, otra durante la de Miguel de la Madrid Hurtado con su secretario de Programación Salinas de Gortari y una en la administración de éste hicieron perder 55 por ciento del poder adquisitivo del salario mínimo en una década, entre 1982 y 1992.3 Otra maxidevaluación, de 100 por ciento, agravó en 1994 aún más la situación para los trabajadores.

Desde la década de 1980 hasta hoy, los gobiernos del PRI y del PAN desmantelaron también el viejo Estado asistencial, con sus subsidios a la producción alimentaria nacional que sostenían la producción –el país en 1980 era exportador neto de alimentos con el sistema alimentario mexicano–, llegando incluso a destruir para beneficio de las empresas privadas la “gallina de los huevos de oro” y principal contribuyente impositivo, Pemex, que Peña Nieto terminó de liquidar para convertir a México en importador neto de combustibles.

Siguiendo el modelo pinochetista chileno, las jubilaciones salieron del sistema basado en la solidaridad intergeneracional (pese a que México es un país de gente joven) y entraron en el de las Afore, tan lucrativo para la finanza, basado en el aporte individual, lo que por supuesto rompe con la idea de solidaridad, desarrolla el individualismo y empeora la situación futura de los más pobres precisamente cuando éstos necesitarían mayor protección y recursos.

El número de trabajadores rurales cayó en 2015 a 21 por ciento de la población,4 debido a la destrucción de las políticas de apoyo y sostén a los campesinos y al efecto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte firmado por Salinas de Gortari, quien decía querer exportar petróleo a Estados Unidos a cambio de alimentos (para llevar finalmente a México a importar alimentos y combustible refinado). El crecimiento del producto interno bruto agrícola cayó a 0.13 por ciento anual en 2013 (cifra muy inferior a la del pib nacional de 1.1 y al crecimiento demográfico),5 pues a los jóvenes rurales quedaban sólo tres opciones: emigrar a las ciudades en busca de trabajo, partir hacia Estados Unidos como “mojados” utilizando para ello las redes familiares y sociales o ser soldados del narcotráfico o del gobierno.

Mientras hasta los primeros años de este siglo la emigración a Estados Unidos no superaba nunca la cifra de 9 habitantes sobre 10 mil, a partir de 2015 el flujo migratorio asciende a más de 36 cada 10 mil habitantes, y como debido a la inseguridad se reduce simultáneamente el número de inmigrantes, México pierde cada año 17.8 personas jóvenes de cada 10 mil, y se despuebla.

Las clases dominantes lograron recuperar lo que se habían visto obligadas a conceder con la Revolución Mexicana y el gobierno de Lázaro Cárdenas. Salinas de Gortari declaró terminada la fase de la revolución, y el PRI y sus gobiernos –que gozaban de consenso popular, pues hasta el decenio de 1980 aparecían como herederos de la Revolución y se apoyaban en el pacto tácito con los obreros y campesinos, a quienes hacían concesiones corporativas a cambio del poder político– pasaron a depender casi exclusivamente de la represión, prescindiendo incluso de sus instrumentos de mediación (los sindicalistas “charros” de la Confederación de Trabajadores de México y de las centrales campesinas que antes pesaban en el tricolor y en el Congreso).

La emigración fue la principal válvula de escape que aseguró estabilidad a un sistema sacudido por continuas crisis, y el país pasó a depender de modo preponderante de las importaciones de alimentos y las exportaciones de la maquila y de las transnacionales a Estados Unidos, del precio del petróleo que vendía a éste y de las crecientes remesas de quienes, arriesgando la vida, se veían obligados a emigrar allá para ser explotados y poder sostener a la familia en sus zonas originarias.6 Incluso, aceptó estar cubierto por el Comando Sur de Estados Unidos en el marco del Plan Colombia y subordinó su política diplomática a la de Washington.

México pasó a ser un semi-Estado.

Desvanecidos los sueños sobre el desarrollo económico y la soberanía popular, se fue imponiendo entre los explotados y oprimidos la sensación de ser sólo esclavos de un sistema –el capitalista– que los incorpora o expulsa y elimina según ascienda o baje la tasa de ganancia, sin consideración humanitaria o social alguna y con total desprecio por la dignidad de las personas, tan importante en un país donde subsisten relaciones culturales comunitarias y la mentalidad campesina.

Quedó así asentado en la conciencia popular que no se podía esperar nada del Estado, que éste era ajeno a los trabajadores y estaba en manos de una oligarquía que odia y desprecia al pueblo y es servil ante el imperialismo, pues se integra en el capital financiero internacional.

En lo político-social, el proceso fue aún más largo.

Comenzó en 1959 –si hay que poner fechas–, cuando la Revolución Cubana demostró que se podía desafiar al imperialismo y seguir una vía independiente encarando la construcción del socialismo y siguió a finales del decenio de 1960 con las matanzas de Tlatelolco en el 68 y del 10 de junio de 1971 que, en un proceso irreversible, hicieron perder al PRI el apoyo de vastas capas de las clases medias urbanas, de los estudiantes y de gran parte de los intelectuales hasta entonces a su servicio y que le servían como puente hacia las clases subalternas (los más destacados fueron Octavio Paz, Carlos Fuentes y Fernando Benítez).

Siguió con las luchas de 1975 y 1976 de la Tendencia Democrática de los electricistas, dirigida por Rafael Galván y que dio origen al Frente Nacional de Acción Proletaria, con un programa político que unía a los trabajadores que apoyaban al PRI con los de la izquierda y, poco después, en ese periodo, con la trágica experiencia del aplastamiento de las guerrillas en Guerrero.

Continuó inmediatamente con la conquista de una prensa libre y plural tras el intento del presidente Echeverría Álvarez de aplastar el disenso apoderándose de Excélsior. Proceso y Uno más Uno dieron cauce al crecimiento de una oposición difusa y plural de izquierda. La creación de La Jornada –en 1984–, como iniciativa de un vasto conjunto de intelectuales y trabajadores democráticos, construyó por primera vez en México una tribuna, un centro de discusión política y cultural y un “partido sui géneris” de oposición de izquierda donde, como antes en Uno más Uno, convivían diversas izquierdas, que incluían de manera inicial intelectuales del PRI, lo cual fue muy importante en un país en el que, hasta 1989, no se podía criticar al presidente, las Fuerzas Armadas ni la Iglesia católica.

El terremoto de 1985 que devastó la Ciudad de México produjo igualmente un salto importante en la conciencia general, pues demostró la inhumanidad del gobierno que se dedicó a rescatar de los escombros los bienes de los capitalistas. Merced a la solidaridad y la autoorganización populares en autogestión que salvaron cientos de vidas, esa experiencia masiva en la capital del país completó la enseñanza política dejada por la Tendencia Democrática de los electricistas: del gobierno no podía esperarse nada y lo que los sectores populares logren con su acción no les vendrá nunca de un poder que les es hostil y ajeno.

La ruptura de la Tendencia Democrática del PRI, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, condujo a la candidatura presidencial del primero en 1988, apoyado por los restos del Partido Comunista Mexicano, que vivía entonces un proceso de fusiones y de disolución a raíz de la crisis internacional del estalinismo (ruptura entre los Partidos Comunistas ruso y chino, derrumbe en curso de la Unión Soviética y de los países del Pacto de Varsovia y de los partidos comunistas de occidente).

El fin inglorioso del “socialismo real” coincidió de ese modo en México con el triunfo de Cárdenas que le fue sustraído con un fraude masivo al que no opuso resistencia y contra el que ni siquiera llamó a la resistencia civil.

Los oprimidos se sintieron fuertemente defraudados y, con la caída de la Unión Soviética, perdieron esperanzas. El desbande fue masivo hacia la vía electoralista, y el nuevo partido democrático de masas recién creado –el Partido de la Revolución Democrática– lo acentuó al transformarse con rapidez en algo muy similar al PRI.

Pero la victoria de Estados Unidos no condujo a una hegemonía total de Washington ni “al fin de la historia” (Fukuyama) sino a la pérdida gradual de esa hegemonía, dejando importantes vacíos.

A fines de la década de 1990 se produjo el estallido del caracazo y el putsch de Hugo Chávez en Venezuela, y el nuevo siglo empezó con éste como presidente con una política antiimperialista. En 2001 estalló también la rebelión argentina, que instaló en el gobierno a un sector advenedizo que, para controlar los movimientos sociales, debe desarrollar el mercado interno y hacer concesiones políticas. Las movilizaciones sociales en Ecuador durante ese decenio y ya en 1990 derribaron también dos presidentes y terminaron llevando al gobierno a un equipo antiimperialista. En Bolivia derribaron la dictadura e hicieron presidente a Evo Morales, un sindicalista indígena que ganó las elecciones en 2006 y reunió una asamblea constituyente que legalizara la autonomía indígena.

En México, la rebelión zapatista de 1994 demostró al país y al mundo que es posible oponerse a la política neoliberal, presentada a la sazón como única vía posible, y obtuvo gran sostén popular y amplio apoyo de la intelectualidad, que duró hasta después de la Marcha del Color de la Tierra y el enquistamiento del zapatismo en Chiapas para diluirse poco a poco.

Todo esto provoca un nuevo salto en la conciencia popular. Reaparece así en la primera década de este siglo –y esta vez en nuestro continente– la esperanza en un cambio social gracias a movimientos de masas, al mismo tiempo que el pensamiento político radical se expande gracias al fin del estalinismo y de su dogmatismo conservador en búsqueda perenne de alianzas con las burguesías nacionales (ligadas invariablemente al imperialismo o claudicantes ante éste).

Gracias a esto, los profesores desarrollan en Oaxaca el movimiento de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, autonomista, constructor de poder popular asambleario que también da un ejemplo luminoso y sienta un importante precedente.

Por otra parte, aunque para las transnacionales se abrió un enorme mercado nuevo con la transformación de Rusia y de China en países donde impera un capitalismo con una tasa de explotación del siglo xix unida a una mafia del xxi, también esos países aparecen nuevamente como potencias y –sobre todo China– disputan la hegemonía en la escala mundial.

La nueva esperanza latinoamericana, a diferencia de la habida en fases anteriores, nace apareada con la conciencia cada vez más clara de que el aparentemente invencible monstruo imperialista pudo ser doblegado en Corea, en Vietnam, en Irak, en Medio Oriente e incluso en el campo económico por un país asiático que hace 60 años era una colonia hasta de los imperialismos más débiles y desarrapados, como el portugués.

La crisis económica mundial que se prolonga desde 2008 y que hizo temblar a Estados Unidos y la Unión Europea difundió poco tiempo después también la sensación de inseguridad, de riesgo permanente, de la precariedad del empleo, de la incontrolabilidad del Estado y de las instituciones sobre la cual teorizó Ulrich Beck.7

Nadie tiene seguridad, en efecto, sobre nada. Las encuestas en México respecto a los consumidores y las expectativas para el año próximo muestran una mayoría de pesimistas. Los capitalistas locales y de todo el mundo, quienes no creen ya en su futuro, roban y depredan a mansalva, los políticos se corrompen de inmediato apenas llegan “donde hay”, y el temor a las consecuencias de una guerra mundial nuclear disuelve los lazos sociales y pesa sobre todos los seres pensantes.

Esa sensación tiene efectos paralizantes ante la posibilidad de un cambio para peor, mas también incita a la acción inmediata, para asegurar antes que sea tarde lo que podría perderse de un momento a otro y evitar lo peor por venir.

Como decía Rosa Luxemburg, se crea una situación potencialmente prerrevolucionaria porque los de arriba no pueden ya gobernar como antes y los de abajo no aceptan ya ser gobernados como antes.

No está claro aún cuál puede ser la alternativa. Pero sí lo está que esto no puede seguir. Hay odio al capitalismo financiero, que controla el mundo, incluso entre los fascistizantes. Por eso crecen también tendencias a la dictadura y nuevas derechas cavernícolas como el Frente Nacional de Marine Le Pen, en Francia, o el Tea Party y Donald Trump, en Estados Unidos, y tantos otros.

No es un tiempo para los paños tibios, para las reformas de un capitalismo irreformable: por esa causa entran en crisis, uno tras otro, los gobiernos “progresistas” sudamericanos, dispuestos a efectuar sólo cambios cosméticos que preserven las ganancias del gran capital (que es transnacional).

Conclusión

Toda esta pólvora seca se fue acumulando, y Enrique Peña Nieto, con su inconsciencia, insensibilidad y arrogancia, y Donald Trump, con su política nazi, se encargaron de darle fuego.

El primero quitó el velo al terrorismo y al carácter de clase del Estado con su corrupción, con la destrucción de Pemex y sobre todo con Ayotzinapa y la brutal represión en el conjunto del territorio nacional que hicieron dar un salto más a la conciencia general. A eso se suman los escándalos continuos de los gobernadores del PRI y la invitación preelectoral a Trump, equivalente a una declaración de vasallaje. El segundo, el magnate nazi, con su racismo, la amenaza de expulsar a millones de mexicanos indocumentados e incluso de invadir México, todo lo cual llevó a una devaluación brutal (de 20 por ciento) del ya debilitado peso, con sus efectos inmediatos en la subida de todos los precios en un país con una mayoría de pobres.

El aumento simultáneo y brutal de la gasolina y la electricidad, vital en el norte –con sus temperaturas extremas en verano y en invierno–, provocó entonces un estallido nacional largamente preparado por todo ese pasado e incluso por las manifestaciones actuales anti-Trump en Estados Unidos.

¿Qué seguirá? ¿La oligarquía acorralada deberá cambiar de táctica y aceptar un eventual triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador para que éste frene a los trabajadores y saque para ella las castañas del fuego? ¿Aparecerá en las Fuerzas Armadas, ahora que México se “latinoamericanizó” al perder la excepcionalidad que le otorgó la Revolución, una tendencia nacionalista a la Perón, Velasco Alvarado, Torres o Chávez? ¿López Obrador podrá hacer abortar el “gasolinazo” llevando ese torrente hacia el pantano pútrido de la unidad nacional bajo la dirección de Peña Nieto? ¿Se coordinarán las resistencias sin esperar de amlo ni del ezln y venciendo los sectarismos y oportunismos varios? ¿O la protesta comenzará a refluir ante la falta de dirección y de objetivos comunes para rebotar en una nueva oportunidad?

Todo depende de la cautela del gobierno que, por miedo, postergó su nuevo gasolinazo, que será una nueva provocación. Depende igualmente de la capacidad de coordinar la protesta popular y de dar objetivos y continuidad a ésta y, por último, del margen de maniobra de Trump, ese elefante en cristalería que los dueños del circo intentan atar con mil lazos legales.

Qui vivra verrá (quien viva verá), dicen los franceses…

Marsella, 6 de febrero de 2017.


1 No somos sólo “hijos de la chingada”, como sugiere Octavio Paz en El laberinto de la soledad, ni sufrimos sólo una condena étnico-psicológica. Somos víctimas del capitalismo moderno y de su opresión social y política y de su alienación, que al racismo de los vencedores y colonizadores suma la opresión internacional del capital y de sus representantes locales.

2 Con gran insensibilidad, por otra parte, pues Chiapas es un estado de fuerte emigración a Estados Unidos y de inmigración de centroamericanos y, por tanto, es víctima inmediata y directa de las medidas de Trump y de los gobiernos mexicanos.

La cerrazón de ese grupo es tal que, en vez de responder con la presentación de hechos o argumentos a las críticas de este autor, encarga a un ensucia cuartillas un ataque calumnioso en Rebelión (htpps://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2017/02/04/mexico-lasmiserias-de-la-vieja-muy-vieja-izquierda).

3 www.mexicomaxio.org/voto/SalMinInf.http

4 Cuéntame.inegi.org.mex>Población

5 eleconomista.com.mx/columnas/agro-negocios/2014/08/24/pib-agropecuario-2013

6 El cinismo gubernamental fue tal que, durante el gobierno de Vicente Fox, se sostuvo que Estados Unidos necesitaba “muchos jardineros”, y como sostén a los emigrantes se daba un kit para sobrevivir en el desierto al cruzar la frontera como “mojados”.

7 Beck, Ulrich (2002). La sociedad del riesgo global, Siglo XXI, España.