LA ESPERANZA TAMBIÉN SE BOTA

Las elecciones del estado de México y los nubarrones sobre Morena

La buena noticia de la pasada jornada electoral es que el PRI en el estado de México obtuvo un millón de votos menos en relación a la pasada elección de gobernador de ese estado. El fraude no logró ocultar la dura crisis de legitimidad y la pérdida del respaldo popular histórico al PRI en esa entidad, aunque la compra y coacción del voto, el uso electoral de los recursos públicos, la campaña millonaria que rebasó los topes de gastos permitidos, el tradicional fraude a pie de urna y la campaña sucia fueron eficaces para detener a Morena. Una vez más el fraude se llevó a cabo con total descaro, a sabiendas de que la Fepade, el INE y el Tribunal Electoral no harán nada por restituir la legalidad de los comicios. El árbitro es parte de la maquinaria defraudadora.

Las elecciones en el estado de México permitieron ensayar las estrategias del gobierno y el PRI para la disputa por la presidencia del próximo año. Los mecanismos del fraude y la simulación democrática se renuevan y ajustan constantemente. Se trata de un régimen político que corrompe y amedrenta a la sociedad, y amplía y coopta a la clase política con la finalidad de recomponerse de las crisis políticas que vive recurrentemente.

Pero el hartazgo ciudadano crece y se expresa en muchos ámbitos, incluidas las elecciones. Sin embargo, el descontento social no alcanzó para sacar al PRI del gobierno. En el estado de México el voto opositor no impulsó a la alternativa conservadora del PAN (como ocurrió en Nayarit, Coahuila y Veracruz), pero se dividió entre Morena y el PRD, de tal forma que no se logró una amplia mayoría, condición necesaria para contrarrestar el fraude. Es evidente que la división de los grupos políticos que hasta hace cinco años estaban juntos en un partido arrojó un resultado negativo, aunque los dirigentes de ambos partidos se desentiendan de la responsabilidad de no haber estado a la altura del deseo mayoritario de sacar al PRI del gobierno del estado.

La razón es que la dirigencia del PRD y Miguel Ángel Mancera se han propuesto obstaculizar la emergencia de Morena, para beneplácito de Peña Nieto, mientras que la estrategia de López Obrador en relación al PRD no ha funcionado. El dirigente de Morena nunca pretendió la unidad con el perredismo, sus llamados a declinar por la candidata de su partido solo buscaron evidenciar el fuerte compromiso perredista con el gobierno, con el fin de provocar un abandono masivo de electores para ser captados a su favor. Pero eso no ocurrió. La agresividad de López Obrador contra los amarillos centró la recta final de las campañas en el lugar equivocado: se olvidó de la confrontación con el candidato priista y acuerpó a los perredistas. Finalmente, el PRD logró mantener su base electoral (en torno al 20 por ciento), con un núcleo duro en las clientelas organizadas en los municipios que ha gobernado. Esta práctica, bien aprendida del priismo, también ayudó al PRD en la Ciudad de México, donde obtuvo el año pasado el 29 por ciento de la votación en las elecciones del Congreso Constituyente, a pesar del extendido repudio a la administración de Mancera.

Es cierto que desde la salida de López Obrador y Cárdenas del PRD (demás de muchos otros militantes), la firma del Pacto por México y una serie de profundos agravios de gobiernos perredistas a la sociedad, como la represión política de Mancera o la participación criminal del gobierno de Guerrero en la desaparición de los 43 estudiantes normalistas, el PRD muestra signos de una enfermedad terminal. Pero el partido que fue el mayor esfuerzo unitario de las izquierdas del siglo pasado, aun tiene cierta importancia en los estados donde gobierna y ha optado por un mecanismo de respiración artificial en otros estados, donde se ha aliado, por el más vulgar pragmatismo político, con el PAN, como en Quintana Roo, Durango, Veracruz y Nayarit.

Así, la larga agonía del PRD y su resurgimiento como partido paraestatal aun no concluye. Las elecciones del estado de México no fueron la puntilla final. Además de la fuerza mostrada en este estado, el PRD cuenta con los gobiernos de la Ciudad de México, Tabasco, Morelos y Michoacán. En unas elecciones presidenciales muy reñidas, el peso del PRD en esos estados puede ser determinante. Llama la atención que el dirigente de Morena no persiguiera la confluencia y subordinación de las ruinas perredistas a su candidatura, con la misma “apertura” pragmática con la que integra a empresarios de derecha y políticos priistas a su causa. En todo caso, no se trató de una decisión moral, sino estratégica, con la cual AMLO renunció a resolver a su favor el cisma que él mismo encabezó. Ahora el PRD se encuentra “liberado” para apoyar a algún candidato “independiente” (solo o en alianza con el PAN) convirtiéndose en una piedra en el camino del candidato de Morena, que no existió en 2006 y 2012.

Pero las dificultades de Morena rumbo al 2018 no terminan ahí. La principal fuerza social opositora al régimen no sabe qué hacer frente a las campañas mediáticas en su contra y al fraude electoral. AMLO responde con una soberbia torpe y destemplada a los ataques de los medios masivos y Morena no discute alternativas ni se propone hacer valer su respaldo popular frente a las trampas del sistema político, al que inevitablemente pertenece.

Morena ha acudido a las instancias legales para demandar la limpieza de las elecciones, pero también ha cancelado cualquier lucha social en defensa de la voluntad popular. Parece que el cálculo es que la protesta, más allá de las ventanillas institucionales, solo garantiza un linchamiento mediático nocivo para la carrera presidencial. El problema es que con ese pragmatismo, el partido víctima del fraude termina defraudando a sus electores, porque no se dispone a luchar porque se respete el voto. Morena se afianza como una potente maquinaria electoral, pero no como un movimiento político que pueda defender una posible mayoría en 2018. Curiosa paradoja que tiene atrapado a Morena: por medio del fraude no se le permite ganar las elecciones, pero tampoco luchar por que se respeten sus triunfos.

Aunque viene de lejos, en la campaña del estado de México se hizo patente otra limitación de Morena. Su propuesta programática representa un dramático declive de los horizontes transformadores de la izquierda electoral mexicana. Los orígenes y las causas de este proceso son complejas y no son exclusivas de México, pero vale la pena anotar que representan un factor determinante en la actual dispersión de las izquierdas, muchas de las cuales lograron confluir en las elecciones de 1988 y 1994.

“Lo único, lo único que queremos –dice López Obrador– es acabar con el principal problema de México: la corrupción, porque estamos convencidos de que, con eso, llegará la tan demandada seguridad, la justicia y la felicidad para todos”. (mayo de 2017). El resto del discurso, como escuchamos en voz de Delfina Gómez, es la descripción de los programas y demás proyectos de infraestructura que prometen realizar, de manera semejante a las ofertas de los otros partidos.

Estos planteamientos producen entre la militancia de Morena y en general entre la población, un efecto despolitizador que alimenta la parálisis social (la solución está en un hombre honesto en la presidencia) y reproduce una ideología dominante que oculta el orden social, el cual ha radicalizado los procesos de explotación, despojo, desplazamiento y violencia sobre la sociedad (el discurso describe por un lado a empresarios “fundamentales para el desarrollo” y por el otro, a unos cuantos “malvados” corruptos con “ambiciones desmedidas”).

El nuevo partido construido para ganar las elecciones de 2018, se caracteriza por no tener espacios colectivos de reflexión, debate y deliberación. Considera concluido el diagnóstico de los problemas del país y la construcción de alternativas de cambio. Así, Morena se ha hecho impermeable a las reivindicaciones y propuestas de otras fuerzas sociales que se enfrentan, aunque de forma fragmentada, a la barbarie. ¿Qué le puede decir Morena a los jornaleros de San Quintín, a las mujeres en huelga en las maquiladoras de Ciudad Juárez o al movimiento feminista? ¿Que hay que establecer una región del país libre de impuestos para atraer la inversión y promover el trabajo? ¿Que hay que someter a votación los derechos de las mujeres sobre su cuerpo?

Muchos militantes e intelectuales de Morena están de acuerdo con el sindicalismo independiente y el movimiento campesino que demandan la cancelación del TLCAN; con las propuestas del movimiento indígena reflejado en los Acuerdos de San Andrés; o con la demanda de un nuevo constituyente. También apoyan y militan por el respeto de las minorías, por el derecho al matrimonio igualitario y al aborto. Estas propuestas, como muchas otras de la mayor importancia ¿se escucharán en la campaña de Morena? ¿o prevalecerá el discurso pro empresarial que representa Alfonso Romo, quien promovió a Vicente Fox y que actualmente coordina el trabajo de elaboración del programa de Morena?

Salvo algunos esfuerzos de militantes de base, Morena ha renunciado a la tarea de educación política y de construcción social de propuestas de cambio, que resultan indispensables para la transformación de un país. Al pretender apegarse al sentido común general de la sociedad, Morena termina por operar como fuerza conservadora. Al rehuir la confrontación con las élites económicas, termina dando garantías al capital trasnacional que saquea al país.

Bajo el actual sistema capitalista salvaje y globalizado, las capacidades políticas del Estado se han debilitado gravemente, transfiriendo un poder fundamental a un amasijo oligárquico de empresas nacionales, trasnacionales y del mundo criminal que ha impulsado la guerra interna que vive México. Cualquier proyecto de transformación requiere recuperar poder político, pero principalmente para la sociedad y no para las viejas estructuras estatales. Esta es una tarea indispensable para construir la puerta de salida a la pesadilla neoliberal que deje ver nuevos horizontes de cambio. ¿Se tiene alguna propuesta de transformación del aparato estatal, hoy prácticamente reducido a un apéndice de las corporaciones con tareas represivas?

El optimismo discursivo de los dirigentes de Morena contrasta con los obscuros nubarrones que se ciernen sobre su camino al 2018. Parecen comulgar con aquella psicología de moda en el periodo de la Gran Depresión que recomendaba repetirse constantemente: “cada día estoy mejor en todos los aspectos”.

Pero enfrente hay un sistema defraudador del voto que los combatirá decididamente, escisiones a la derecha y procesos de rearticulación independientes a la izquierda. Un contexto difícil debido a que Morena se ha negado a ensayar y a aprender otros repertorios de acción social que puedan hacer valer su posible victoria, junto a un corrimiento conservador que lo ha vaciado de un proyecto transformador.

Sin embargo, está latente la posibilidad del surgimiento de un movimiento social no vinculado a ninguna de las actuales opciones electorales, que pueda dar un manotazo a la mesa política donde se juega el futuro de México. Muchas cosas pueden pasar en la coyuntura de la sucesión presidencial.