OCTUBRE CONTRA EL CAPITAL

OCTUBRE CONTRA EL CAPITAL

“La de los bolcheviques es una revolución contra El capital de Marx”. ¿Por qué Gramsci enunció esto en 1917? Él responde: “El capital fue en Rusia el libro de los burgueses más que de los proletarios; era la demostración crítica de la necesidad ineluctable de que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental” (89). ¿Cómo entender estas palabras? Para Antonio Fernández Ortiz, historiador español especializado en Rusia, significan que no podemos entender la complejidad de la Revolución de Octubre en el proceso histórico ruso si pensamos desde los paradigmas del marxismo ortodoxo eurocentrado que hizo tabula rasa del pensamiento ruso anterior con sus perspectivas sobre la civilización y su sentido histórico. Recuperar estas ideas que precedieron, acompañaron, debatieron y enriquecieron el marxismo en Rusia supone el objetivo de Octubre contra El capital, pequeño gran libro que trata de introducirnos en estos debates filosóficos para comprender la Revolución de 1917 y el despliegue de la historia rusa.

El autor intenta demostrar que estas ideas no sólo precedieron y convivieron con los bolcheviques y los pensadores del periodo soviético apareciendo en los debates sobre los alcances y el destino político de la revolución como socialismo en un solo país o revolución mundial; también tuvieron presencia decisiva en la coyuntura de la Perestroika, cuando la discusión giró en torno a la naturaleza de la civilización rusa y su destino histórico en la historia universal.

El autor identifica dos corrientes desde el siglo XIX: el eslavofilismo y el occidentalismo, cuya reflexión propuso concepciones opuestas de la civilización rusa participantes en una discusión crítica sobre la historia universal al reflexionar sobre el sentido de la civilización rusa en la historia. ¿Era el camino histórico de Rusia el europeo-occidental? ¿Sus singularidades obedecían a su atraso? ¿Rusia constituye una civilización distinta de las occidentales y orientales? Éstas fueron preguntas asumidas por ambas corrientes que coincidían en la singularidad rusa, pero discrepaban sobre los elementos que la fundaban y su sentido histórico logrando mantener vigentes estos debates en el siglo XX y aún en el XXI. La discusión de fondo radica en cuál debe ser el camino a seguir: el de una Rusia distinta de Europa fiel a su cultura cristiano-ortodoxa, eslavo-tártaro-mongola y a sus fundamentos comunales campesinos; o bien, una Rusia que supere su atraso al sacudirse de sus fundamentos culturales y asuma elementos europeo-occidentales, con las implicaciones políticas que esto supone.

Una tercera corriente tendría gran influencia en los intelectuales rusos de principios del siglo XX: el eurasiatismo, que asumió la singularidad de la civilización rusa pero como eurasiática, pensando en un despliegue distinto del camino europeo-occidental en un marco que considera la existencia de civilizaciones múltiples y plurales en nivel de igualdad. Para los eurasiatistas, el destino de la civilización rusa era servir de eslabón entre Occidente y Oriente; la más y la menos eslava de todas las naciones, contiene un mundo entero con vida cultural particular revestida de elementos orientales y occidentales. No es una suma sino que constituye una nueva cultura eurasiática, con lo cual establece una crítica de la visión eurocéntrica, unilineal y progresiva del desarrollo histórico. El eurasiatismo pervivió durante el periodo soviético, y hoy mantiene presencia en la academia rusa, donde ofrecen “un norte teórico” capaz de ayudar a sacar a Rusia de su crisis teórica. Ello, frente a un occidentalismo que impera como visión dominante, cuya fuerza se manifestó en el ocaso de la urss cuando los arquitectos de la Perestroika desplegaron esfuerzos teóricos para legitimar “el cambio de civilización” que hacía de Europa la “casa común”. Este occidentalismo fue caldo de cultivo para un antisovietismo que vio una Rusia inmersa en un estado de barbarie acentuado por la Revolución de Octubre, el bolchevismo y el periodo soviético, con el europeo como único camino de salvación para reintegrarse a la civilización universal.

¿Dónde entra aquí el marxismo? El autor recuerda que desde finales del siglo XIX éste se convirtió en importante instrumento teórico de análisis para la intelligentsia rusa. Figuras como Danielson se aproximaron al propio Marx para traducir el primer tomo de El capital al ruso, mientras una pléyade abrazaba abiertamente el marxismo, con Lenin como uno de sus mayores representantes. ¿Dónde reside el problema? El autor señala que en su propósito de descifrar y desmitificar el capitalismo al enunciar las leyes que rigen su funcionamiento, Marx observó el capitalismo “en la forma y en el estado de evolución que a él le era contemporáneo”, el europeo-occidental, pues “no había otro capitalismo” (77). Para Fernández, ello impregnó de eurocentrismo implícito los trabajos de Marx y de otros pensadores como Hegel que parecen considerar a Europa el canon de la trayectoria histórica por imitar. El autor afirma que el marxismo eurocentrista asumió esa idea y la transformó en las llamadas “leyes objetivas universales de la sucesión de estadios históricos”, especialmente difundidas entre el marxismo vulgarizado.

No obstante, el autor recuerda que Marx se cuidó de no caer en este error de interpretación, pues estaba consciente de las limitaciones geográficas y culturales de sus investigaciones. Advirtió que de sus estudios no podía deducirse una ley universal del cambio social y de la evolución histórica como se lee del puño y letra de Marx en las discusiones con los populistas rusos en una carta escrita a la revista Notas Patrióticas en 1877 y en los famosos borradores de las cartas a Vera Zasúlich, redactados por la misma época. Estos documentos no fueron publicados sino mucho después de la muerte de Marx, y su contenido fue sistemáticamente ignorado por el marxismo oficial socialdemócrata y comunista. Escondidos y retirados de la circulación hasta mediados del siglo XX, continúan siendo una curiosidad más que una provocación lanzada por Marx para cuestionar los paradigmas eurocéntricos desde donde han pensado buena parte de los múltiples marxismos autodenominados “occidentales”, más no los llamados “marxismos herejes”, especialmente algunos de ellos, desplegados desde el Tercer Mundo, donde se asumió la discusión en torno a la interpretación eurocéntrica del marxismo institucionalizado, discusión que nuestro autor omite.

En un libro tan breve no se incluyen discusiones clave que rebaten la idea de que el último Marx cuestionó sus paradigmas eurocentrados al voltear a ver a la comuna rural rusa como una suerte de desarrollo alternativo que cuestionaba el destino unilineal y progresivo del capitalismo. En realidad, desde sus escritos tempranos Marx piensa en los campesinos alemanes; en sus artículos periodísticos observa y analiza a pueblos no occidentales, con especial interés en India, Rusia y China; en los textos políticos relativos a Irlanda reflexiona sobre el problema colonial y la dominación de los pueblos oprimidos. Dichos temas también aparecen en sus trabajos teóricos como los Grundrisse, donde plantea la multiplicidad de modos de producción combinados de forma singular con el capitalista al desarrollarse su subsunción, así como en sus notas de investigación, en los Cuadernos etnológicos y los Kovalevsky, donde glosa sobre las sociedades comunitarias y sus formas de posesión y propiedad de la tierra. Es decir, a lo largo de su obra y en especial a partir de la década de 1850, Marx pensó desde los paradigmas de la multiplicidad de desarrollos en la historia con avances y retrocesos y no desde una visión progresiva y ni siquiera multilineal, pues rechaza incluso esta linealidad teleológica de la historia de la que muy a menudo se le acusa.

Fernández concluye que el marxismo hegemónico institucionalizado en su forma ortodoxa, vulgarizada y revestida de una visión histórica eurocéntrica no entendió las particularidades históricas rusas. Un marxismo pensado como un “manual de instrucciones” no explica en su gran complejidad la Revolución de Octubre y el desarrollo de lacon todas sus contradicciones particulares e intrínsecas; no pudo comprender que la Revolución de Octubre fue la negación del capitalismo, que no pensaba en superarlo como fase histórica sino en evitar su materialización, una herejía respecto al dogma vulgarizado. De esta conclusión se deduce una simpatía con la necesidad de un marxismo heterodoxo y autocrítico; y aquí vale recordar las palabras de Gramsci sobre los revolucionarios bolcheviques en 1917: “No son marxistas; eso es todo. No han compilado en las obras del maestro una doctrina exterior de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista” (90).

Antonio Fernández Ortiz. Octubre contra El capital, España, El Viejo Topo, 2016.