LA POLÍTICA ECONÓMICA BOLCHEVIQUE

LA POLÍTICA ECONÓMICA BOLCHEVIQUE

En los momentos de revolución
hay que mostrar la máxima flexibilidad.1
V. I. Lenin.

Cuentas trucadas, limitación de retiros, escasez de efectivo para pagar salarios, rechazo de cheques en ventanilla, negativa a acordar préstamos, etcétera… los banqueros respondieron con contundencia a la revolución. El boicot tenía la anuencia de los grandes comerciantes y propietarios de fábricas controladas por comités obreros. El banco central denegaba las solicitudes de financiamiento del nuevo gobierno, el Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom). La Unión para la Regeneración de Rusia –formación clandestina financiada por la banca privada y que vinculaba partidos de los ex gobiernos provisionales– organizaba huelgas de funcionarios. La coyuntura dictaba represalias tanto más rigurosas que los bolcheviques; habían interiorizado algunas enseñanzas de la caída de la Comuna de París: no haberse apoderado del Banco de Francia y de sus reservas. Sokolnikov y Osinsky, respectivamente futuro comisario del Pueblo a las Finanzas (Narkomfin) y primer presidente del Consejo Económico Supremo (Vesenja), denunciaban el sabotaje organizado por los banqueros.2

El sistema financiero y las nueve décimas partes del aparato socialista

El 14 de diciembre, los soldados irrumpían en los principales bancos. El mismo día un decreto oficial convertía las operaciones bancarias en monopolio estatal. Un segundo incorporaba los bancos privados al Popular de la República Soviética (el nuevo central), confiscaba las reservas y compelía a abrir las cajas fuertes.3 Pero más que una medida defensiva, la nacionalización e integración de los bancos obedecían a una concepción arraigada en el pensamiento socialista. En el capitalismo, el desarrollo del crédito refleja una distribución colectiva de los recursos productivos, aun cuando éstos queden encorsetados en los límites de la propiedad privada. De tal suerte, el control estatal del sistema bancario se convertía naturalmente en condición y herramienta de la socialización de los grandes medios de producción y distribución. Las variantes del pensamiento económico socialista se ordenaban en torno de un eje representado por relaciones cada vez más estrechas entre bancos y monopolios industriales, tesis que Hilferding había expuesto sistemáticamente en el Capital financiero (1909). Con el repudio de las deudas exteriores (decidido en febrero de 1918), la nacionalización de los bancos era el único punto explícito del programa financiero bolchevique. Lenin recordaba ese papel estratégico del sistema bancario pocas semanas antes de la insurrección:

El capitalismo creó un aparato de registro en forma de bancos, consorcios, servicios postales, sociedades de consumidores y sindicatos de empleados públicos. Sin grandes bancos, el socialismo sería irrealizable. Los grandes bancos son el “aparato del Estado” que necesitamos para realizar el socialismo y que tomamos ya hecho del capitalismo; nuestra tarea consiste sencillamente en extirpar lo que, desde el punto de vista capitalista, mutila este excelente aparato, en hacerlo aún más poderoso, democrático, aún más universal. La cantidad se trasformará en calidad. Un solo banco del Estado […] con sucursales en cada distrito rural, en cada fábrica, constituirá las nueve décimas partes del aparato socialista.4

Pero de momento, ese aparato serviría de timón para una transición económica, pues la revolución de octubre no se transmutaba en una revolución europea. Para Lenin, las nacionalizaciones bancarias no revestían, aquí, un carácter socialista. El aparato quedaba completado por el Vesenja, ente creado en diciembre de 1917 para organizar las finanzas públicas y la economía considerada en su conjunto. El Vesenja fue primitivamente pensado por Bujarin como pieza central del aparato económico y proyectado como futura entidad de planificación. Para ello, el Vesenja absorbía el Consejo Económico, organismo de planificación para tiempos de guerra fundado por el gobierno provisional en junio.5 La guerra había creado la necesidad de mayor programación económica en los países beligerantes. El Vesenja acordaba una gran atención a este proceso, especialmente en Alemania, donde nacían las primeras técnicas de planificación. Para ejercer sus atribuciones, el Vesenja se apoyaría, además del sistema bancario centralizado, en un monopolio estatal del comercio exterior (establecido en diciembre de 1917).

En el corto plazo, el Vesenja buscaba métodos para enfrentar eficientemente la “catástrofe” económica anticipada a lo largo de 1917 y que, efectivamente, se abatía sobre Rusia. De ahí el carácter y el ritmo de las transformaciones de las relaciones de propiedad en la industria durante los primeros meses de la revolución.

Expropiar desde abajo y nacionalizar desde arriba

La forma del enfrentamiento entre el poder soviético y los bancos, así como la modalidad de la nacionalización de éstos, derivó en gran medida de la composición de clase de ese sector. Carr observó que, a diferencia de las fábricas, el origen social de los empleados bancarios explica por qué “se pasó por alto la fase de control” obrero.6 Porque en la Rusia insurrecta, control obrero y expropiaciones van aparejados. El desarrollo de las contradicciones de clase potenció desde febrero de 1917 una oleada de toma de fábricas. Ello abonó a los objetivos tácticos de los bolcheviques, pues el gobierno provisional se mantenía en el poder. Fue una condición negativa de la revolución de octubre, como teorizó Bujarin.7 Negativa, porque evidenció y precipitó la ruina del orden social existente, la toma de fábricas fue también positiva, en la medida en que fundamentó la política industrial bolchevique. Las tomas planteaban llanamente la transformación de las relaciones de propiedad y poder sobre los medios de producción.

Entre octubre de 1917 y junio de 1918, entre dos terceras y cuatro quintas partes de las fábricas nacionalizadas lo fueron por iniciativa de comités de fábricas.8 Empero, esas expropiaciones –por su cantidad, pero sobre todo por sus modalidades– rebasaban los límites de la línea política del momento. Ello implicó rápidamente controlar desde arriba las socializaciones conducidas desde abajo.

El Vesenja fue facultado para intervenir y canalizar este proceso. “La nacionalización de la industria estaba [sucediendo] de una manera incontrolable y no pudimos establecer conexiones regulares con fábricas socializadas”.9 La Declaración sobre los derechos del pueblo trabajador y explotado, del 12 de enero de 1918, encauzó y frenó con otros reglamentos promulgados el 19 de enero y el 27 de abril el proceso. Tanto más que las nacionalizaciones del propio Vesenja obedecían no a motivos doctrinarios sino represivos. Se trataba de castigar, caso por caso, a los propietarios saboteadores. Los bolcheviques no preveían nacionalizaciones de ramas industriales enteras. Las primeras realizadas en ese sentido intervinieron hasta mayo de 1918 con las industrias azucarera y petrolera. El 28 de junio de 1918, ante la inminencia de la guerra civil, se iniciaron las nacionalizaciones extensivas. Para entonces, el Vesenja quedaría confinado a la función de administrador de la industria nacionalizada.

Mientras, el Vesenja, en cuanto rector de la política económica, “heredaba y reemplazaba el capital financiero”, como resumiera uno de sus dirigentes10. Promovía la formación de carteles industriales. La sumisión al control y la dirección estatal permitiría a los dueños conservar la posesión y gestión de sus empresas. De igual modo se ideó, a inicios de la primavera de 1918, una reconfiguración de los bancos privados con la forma de instituciones nacionalizadas pero gestionadas por sus antiguos directores. La controversia en torno a las negociaciones emprendidas con Alexis Meshchersky –una suerte de Carnegie ruso– ilustra el carácter exploratorio y las contradicciones de la línea económica de estos primeros meses. Se trataba de formar un cartel en la industria metalúrgica con una repartición igualitaria de las acciones entre el magnate y el Estado. En el mismo orden de iniciativas, los bolcheviques proponían crear compañías mixtas a los capitalistas extranjeros. Todos estos proyectos quedaron como letra muerta con el estallido de la guerra civil y la consiguiente exacerbación del enfrentamiento con las antiguas clases dominantes. “Los capitanes de industria y los grandes comerciantes, que antes no lo habían hecho, hicieron el equipaje y pasaron a través de las líneas del ejército blanco, y las autoridades soviéticas tuvieron necesidad urgente de ejercer control directo sobre la producción para evitar los intentos de sabotaje y asegurarse de que se daba prioridad a la fabricación de material de guerra”.11

Control obrero, management soviético y capitalismo de Estado

La tensión entre la toma de fábricas desde abajo y los intentos de control desde arriba iba aparejada con otro problema: el control obrero y las modalidades de administración de las empresas. Los patrones amenazaban con lockouts en caso de aplicación del decreto sobre el control obrero del 14 de noviembre. Éste confería a los comités de fábrica el “derecho a supervisar la dirección”, a fijar indicadores mínimos de producción, a acceder a la correspondencia, a las cuentas y a toda información relativa a los costes de producción de manera, a vigilar y –si se hacía necesario– a castigar el sabotaje. Pero por otra parte, el decreto supeditaba toda toma de apropiación de fábricas o intento de dirigirlas a la sanción de las autoridades. Asimismo, prohibía al comité de fábrica anular las instrucciones del propietario a la gerencia. La justificación última del control obrero debía ser, desde el punto de vista del Vesenja, “el interés de la regulación planificada de la economía nacional”. Se trataba de conciliar necesidad de vigilancia, control obrero y eficiencia.

Pero los comités de fábrica no sólo traspasaban sus atribuciones en materia de expropiación sino que entregaban las fábricas a los trabajadores para que éstos la administraran en su beneficio propio. “El resultado fue la disminución de la disciplina en los talleres y de la producción y el desarrollo de un sentimiento, entre algunos trabajadores, de apego hacia su fábrica, lo cual iba en detrimento de la comunidad en general y les hacía resistir los intentos de una coordinación y dirección desde arriba”, resume Dobb.12 Esta forma de administración carecía a menudo de conocimientos para la contabilidad o gestión de las capacidades industriales. Pero, más grave todavía, era “igualmente individual y antisocialista que el anterior” y prescindía de “la coherencia [nacional] de la industria”, denunciaba Piatakov, futuro dirigente del Comité Estatal de Planificación (Gosplan).

Para conciliar vigilancia y eficiencia, el Vesenja reconoció en marzo de 1918 la autonomía de la dirección técnica, flanqueando ésta de un comisario supervisor. Al mismo tiempo, promovía el principio de dirección personal amenazado por la reivindicación de “dirección colegial”. Las disputas sublevadas por todos esos elementos que forman el primer management soviético eran análogas a las controversias respecto al empleo y poder de los técnicos, especialistas, oficiales y personal calificado de las antiguas clases dominantes.13 Las discusiones sobre el salario a destajo y la adopción del taylorismo –mezcla de la “refinada ferocidad de la explotación burguesa y de varias conquistas científicas de sumo valor”–14 sintetizaron las disputas sobre la autonomía y composición de las direcciones.15 Lo mismo sucedía con la escala de remuneración de las diferentes categorías de trabajadores y miembros directivos, problemática en la cual la reflexión de Lenin oscila entre un principio de igualdad salarial y una diferenciación práctica según una multiplicidad de criterios (dureza y peligrosidad de las condiciones de trabajo, nivel de calificación profesional, importancia estratégica del sector). Aquí, el problema era menos la diferenciación salarial que la utilización y el ensanchamiento de estas diferencias para estimular la producción. Lo mismo valía para la remuneración del “alto personal político”, limitada al salario de un obrero calificado.16

De manera general, la política laboral de los primeros meses fue un terreno particularmente intrincado. La razón fundamental era la modificación del papel correspondiente a los sindicatos implícita en la revolución. Por una parte, la aprobación de medidas como la jornada de ocho horas, la limitación del trabajo de las mujeres y los jóvenes y la prohibición del trabajo infantil amplió las funciones administradoras y prerrogativas de los sindicatos. Por otra parte, el Vesenja entrevió en los sindicatos –organizaciones hasta entonces más cercanas de los mencheviques– una herramienta de control de los comités de fábricas y de restablecimiento de la disciplina de trabajo. Con ello quedaban sentadas las bases y contradicciones de un nuevo tipo de relación sindicato-partido-Estado. Finalmente, la política laboral de una dictadura del proletariado implicaba trastornar la relación de las clases dominantes con el trabajo. “¡Quien no trabaja no come!”… la máxima de Lenin resumía un principio de acción que se extremó con la radicalización de la lucha de clases al estallar la guerra civil. A partir de octubre de 1918, los burgueses de un sexo y otro de entre 14 y 54 años deberán demostrar el cumplimiento de “un trabajo socialmente útil” consignado en una libreta de trabajo para tener acceso a la libreta de alimentación.

Precisamente porque ponían en juego el papel y la suerte del proletariado en la revolución, las aspectos de organización industrial y de política laboral ocasionaron una crisis en el partido. En la primavera de 1918, los comunistas de izquierda17 denunciaron una desviación derechista encaminada hacia un “capitalismo de Estado”. La expresión fue recuperada de inmediato por Lenin, en su réplica, para conceptualizar la esencia de la política económica practicada desde octubre y, más importante, mostrar el contenido económico de la lucha política en “un país tan grande y abigarrado” como Rusia.18  Sobredeterminada por el golpe asestado por los Acuerdos de Brest-Litovsk a la economía –Rusia perdía el 40 por ciento de la industria y de la población industrial, 70 de la siderurgia y 90 de la industria azucarera–,19  la brecha abierta por los comunistas de izquierda cesaría con la proximidad de la guerra civil y el giro de la política económica en junio. No obstante, sus señalamientos resurgirían una vez vencidos los Blancos, pero en condiciones socioeconómicas más dramáticas. Las funciones de los sindicatos, la disciplina laboral, el trabajo a destajo, la remuneración y el poder de decisión de los técnicos y especialistas, la participación de los obreros en la organización de la producción, el monopolio del comercio exterior, entre otros elementos, integrarían las disputas sobre la política económica a partir de diciembre de 1920, en vísperas del decisivo décimo congreso del partido20. Asimismo, los comunistas de izquierda señalaban otra categoría de problemas, relativos a la política agraria y –por ende– a la clase social mayoritaria en Rusia.

Reparto negro, granjas colectivas y zigzagueos de la política agraria

La convergencia entre guerra campesina y movimiento obrero determinó la peculiaridad de la revolución rusa. Pero los anhelos antifeudales campesinos y las aspiraciones anticapitalistas proletarias planteaban dos revoluciones diferentes que exigían tareas y métodos distintos. Con la perspectiva de sublevaciones proletarias en Europa, la relación entre obreros y campesinos formaba el segundo término de la ecuación que condicionaba cualquier rumbo posterior de la revolución rusa. Los dos primeros decretos promulgados por el Sovnarkom el 26 de octubre –paz y tierra– respondían a ese desafío. El segundo legalizaba la situación resultante de las sublevaciones campesinas. Confiscaba sin indemnización las propiedades de los terratenientes. Las tierras y herramientas de trabajo eran puestas a disposición de los comités campesinos. Prohibía la compraventa, el alquiler, la hipoteca de la tierra y el empleo de asalariados. Subjetivamente, el decreto resucitaba el espectro del “reparto negro” que recorre la historia social rusa desde la rebelión campesina de Pugachov (1773-75). Su reivindicación de una distribución “igualitaria” y su lema “tierra y libertad” habían inspirado a los populistas del decenio de 1870 y fueron recuperados por el Partido Socialista-Revolucionario fundado en 1901 y representante de la mayoría de los campesinos. Al concretar esta secular aspiración a la tierra, el decreto sobre la tierra de octubre de 1917 ensanchaba la base social del nuevo poder revolucionario.

Dos años después, en 1919, la efímera república soviética húngara fracasaría en buscar un apoyo entre los campesinos. Bela Kun rechazó el reparto de los latifundios expropiados y pretendió transitar directamente de la gran propiedad señorial a las granjas estatales.

Pero más que zigzagueos tácticos, la política agraria de los primeros meses buscaba soluciones a un antagonismo entre las aspiraciones de los campesinos a la propiedad y las exigencias de la reproducción social. Desde la revolución de febrero, el conflicto se expresaba en la oposición entre los reclamos de autonomía de los comités campesinos, por un lado, y las rupturas de abastecimiento de cereales, por el otro. Ello provocó una crisis en el gobierno provisional entre los Ministerios de Abastecimiento, y de Agricultura. Mientras las necesidades de la guerra orientaban la acción del primero, el segundo, en mano de los dirigentes eseristas, protegía la autoridad de los comités campesinos. Sin embargo, la prolongación de la guerra, los aplazamientos de la reforma agraria y los crecientes desacuerdos sobre el contenido preciso de la “distribución igualitaria” de la tierra acentuaban las divisiones en el partido eserista. Un ala radical en favor de una paz inmediata y de una “socialización” de todas las tierras se oponía a una mayoría defensora de la participación en el gobierno provisional y de una limitación de la “socialización” a las propiedades de la Iglesia y de los terratenientes, pero sin extenderla a las tierras ya poseídas por los campesinos. De tal manera, al incorporar en el decreto sobre la tierra el principio de distribución igualitaria, Lenin provocaba la escisión definitiva entre eseristas, y dejaba abierto un estrecho abanico de soluciones.

Los primeros meses de la política agraria fueron dominados por la búsqueda de una solución intermedia entre las aspiraciones campesinas de acceso a la propiedad y las exigencias de una organización colectiva del trabajo. La reforma agraria, aprobada el 19 de febrero de 1918 –aniversario de abolición de la servidumbre, ocurrida en 1861–, sintetizaba las vistas bolcheviques y eseristas, colectivistas e individualistas. El reparto individual quedaba legalizado, pero el gobierno favorecía la agricultura colectiva, de eficiencia productiva superior a la explotación individual. Quedaban formalmente salvaguardadas las condiciones para una movilización de los campesinos con miras a una futura política de desarrollo industrial. Si la letra de la reforma resultaba eserista, el espíritu era bolchevique.

En primer lugar, las apropiaciones de fincas de terratenientes y la repartición de las tierras fueron sistemáticas y conducidas directamente por los campesinos.21 La importancia de la repartición trastornó las estructuras sociales del campo y tuvo consecuencias en las ciudades. Estimuló el regreso al campo de importantes contingentes de obreros, con lo cual aceleró la “desintegración del proletariado”22 que Bujarin constata desde 1917. La cercanía sociocultural entre campesinos y obreros –resultado del carácter combinado del desarrollo de la industria subyacente a la formación histórica de la clase obrera en Rusia–23 facilitaba ese éxodo urbano a medida que arreciaban el desempleo y la carestía en las ciudades. Asimismo, la prohibición de alquilar parcelas y contratar asalariados revitalizó los mecanismos de distribución periódica del mir, la vieja comuna rural. Su funcionamiento parece haber favorecido a los estratos acomodados del campesinado. Ese fenómeno se explica, entre otras circunstancias, por la composición sociológica de los órganos directivos y la ambivalencia de las funciones del mir, institución a cargo de la administración de la mano de obra campesina y de la percepción de pagos para los terratenientes que, además, formaba una asociación de productores. Desaparecerá oficialmente con el inicio de la colectivización forzada en 1929. La repartición generalizada de 1917-1918 arruinó los análisis socio-agrarios anteriores a la revolución fundados en un claro antagonismo entre campesinos ricos, medianos y pobres. La extensión de la pequeña explotación fortaleció en ese sentido a los campesinos medios, dificultando las condiciones sociales para la introducción de la lucha de clases en el campo. Simultáneamente, la generalización de la pequeña propiedad redujo las superficies cultivadas, y el tamaño y rendimiento de las explotaciones, e indujo una disminución de la ganadería y de los cultivos especializados de exportación. Todos esos resultados condicionarían sociológica y económicamente los posteriores episodios de la historia agraria soviética.

Finalmente, las grandes propiedades dedicadas a cultivos de exportación no fueron desmanteladas y se convirtieron en granjas estatales. Fue el caso de los cultivos de remolacha, cuya nacionalización se hizo de concierto con la de la industria azucarera. La oposición entre granja estatal y propiedad campesina individual fue hasta cierto punto el correlato del antagonismo entre los intereses colectivos y las tomas y la gestión directas que tensaban el control obrero en las ciudades.

La política agraria excitaba la crítica de los comunistas de izquierda defensores de un proseguimiento “proletario” de la revolución. Pero la guerra civil, apoyada por la intervención de 14 países, interrumpió la política agraria de igual modo que lo hizo con la política industrial. A partir de junio de 1918, con la creciente escasez urbana y el cercamiento del régimen –en control de un territorio extenso como el Gran ducado de Moscú–,24 los bolcheviques sistematizaron las requisas de los excedentes agrícolas. Los comités de campesinos pobres (creados el 11 de junio), destacamentos obreros especiales y la Checa serán los principales operadores de estas requisas, esencia de la política de “comunismo de guerra”, generador de férrea resistencia campesina.25 Pero la lucha por el acceso a la tierra, su uso libre y, finalmente, el empleo libre de sus productos determinaba en última instancia el comportamiento político de los diferentes estratos del campesinado. De ahí que los bolcheviques siguieran contando con el apoyo o la neutralidad “positiva” de importantes sectores campesinos, tanto más que los ejércitos blancos y las prefascistas Centurias Negras restauraban la propiedad y el despotismo señoriales en sus zonas de control.26 Al finalizar la guerra civil, la nueva política económica (NEP) resultó de esta aspiración campesina por consolidar su economía individual e intercambiar “libremente” sus productos, un “concordato” con la clase campesina en su conjunto.27

On s’engage et puis… on voit

El rumbo y los objetivos del capitalismo de Estado en cuanto control sobre los bancos, el comercio y la industria sin una socialización de los medios de producción dependía de las condiciones sine qua non del socialismo en un país como Rusia: una revolución en los países desarrollados; un acuerdo entre el proletariado y el campesinado. Tal ecuación dejaba el poder soviético a merced del campesinado, pues la revolución internacional se demoraba y el sistema imperialista se estabilizaba. La controversia suscitada por los comunistas de izquierda contenía muchos, si no todos, los argumentos de las polémicas posteriores sobre la política económica. Entre 1903 y 1917, la relación orgánica entre las revoluciones rusa y europea había mitigado los desacuerdos sobre el programa económico. Éste no suscitaba controversias importantes entre bolcheviques y mencheviques, a diferencia de las enconadas polémicas propiamente políticas. Brest-Litovsk marcó un primer momento en la tensión entre política económica y revoluciones europeas, tanto más que los mismísimos comunistas de izquierda predecían el derrumbe del sistema imperialista para julio de 1918… De tal modo, las implicaciones y apuestas de la política económica sólo se impusieron verdadera y dramáticamente al partido tras el fracaso de la incursión del Ejército Rojo en Polonia en agosto de 1920. El episodio marcó la culminación del pavor al aislamiento de parte de los dirigentes bolcheviques28 y, casi lo mismo, la merma de la expectativas de la revolución proletaria mundial avisada por Lenin en octubre 1917.

No obstante, ni las particularidades del desarrollo del capitalismo en Rusia, ni por consiguiente la ausencia de premisas económicas y culturales para el socialismo en Rusia,29 ni las exigencias de la guerra civil, ni la frustración de las revoluciones proletarias europeas agotan la problemática de los determinantes de la política económica a partir de octubre. Éstos obedecían también al carácter incipiente de las técnicas de planificación y a la inexistencia de categorías para pensar los procesos de transición. De allí que para algunos pareciera muchas veces que “Lenin y sus colegas estuviesen tocando de oído”.30 Lo cierto es que, más allá de la problemática de las vías al socialismo, la experiencia del capitalismo de Estado, como después la nep, fue determinante para la idea del papel rector del Estado que preside la historia económica del siglo XX, una contribución que los historiadores del pensamiento keynesianismo y de las políticas de desarrollo en el Tercer Mundo aun subestiman.

Pero, más ocultamente, la “máxima flexibilidad” reclamada por Lenin durante la revolución traduce también cierta prudencia en un aspecto esencial: la transformación del carácter de todas las instancias de decisión y poder. Las consideraciones institucionales de Lenin distinguen, todas, dos categorías de funciones y elementos entrelazados en el Estado y en los órganos económicos. La primera reúne los elementos a cargo de la contabilidad, del control y, de manera general, las funciones colectivas consustanciales a la vida en comunidad. La segunda abarca los elementos opresores, despóticos, burocráticos y parasitarios. Esta distinción conceptual orientó la profundización de la teoría marxista de la génesis y extinción del Estado, tarea ardua que Lenin emprendería poco antes de la insurrección de octubre. La revolución debía destruir las funciones del primer tipo y retirar las segundas de las manos de las clases dominantes.31 Este proceso destructivo-creador era condición para que, tras un largo proceso, “la intervención de un poder estatal en relaciones sociales [vaya] haciéndose progresivamente superflua en un terreno tras otro, y acaba por inhibirse por sí misma”. De tal manera, “en lugar del gobierno sobre personas aparece la administración de cosas y la dirección de procesos de producción”.32 El año I de la política económica bolchevique señalaba la creatividad y las dificultades para realizar un proceso que condiciona, en última instancia, la organización emancipadora de los procesos de producción y de los poderes públicos en una sociedad comunista.


1 Lenin, “Nuestra revolución”, en Obras escogidas (tomo XII), Progreso, Moscú, 1973, página 163.

2 Osinsky, “Origin of the Supreme Council of the National Economy”, en http://soviethistory.msu.edu/1917-2/economic-apparatus/economic-apparatus-texts/origin-of-vesenkha/

3 Carr constata atinadamente la “anomalía flagrante” consistente en liquidar los bancos extranjeros el 2 de diciembre de 1918; es decir, un año después… (The Bolshevik Revolution, volumen 2, Penguin Books, 1966¸ página 142).

4 Lenin, “¿Podrán los bolcheviques retener el poder?”, en Obras completas (tomo XXVII), Akal, 1976, página 216.

5 Osinsky, en el lugar citado.

6 Carr, The Bolshevik (volumen 2), obra citada, página 141.

7 Boukharine, Economie de la période de transition, EDI, 1976.

8 Historia económica de la Unión Soviética, Alianza, 1973. The Bolshevik (volumen 2), obra citada, página 56. Las mismas autoridades políticas y sindicales manejaban cifras aproximativas (Carr, The Bolshevik, volumen 2, obra citada, páginas 88-90).

9 Osinsky, en el lugar citado.

10 Kritsman citado por Carr en The Bolshevik (volumen 2), obra citada, página 97.

11 Dobb, El desarrollo de la economía soviética desde 1917, Tecnos, 1972, página 100.

12 Ibídem, página 96. Nove, Historia económica de la Unión Soviética, Alianza, 1973, páginas 54 y siguientes.

13 Trotsky, Ma vie, Gallimard, 1953, paginas 366 y siguientes. Serge, El año I de la Revolución, Izquierda Revolucionaria, páginas 208-211.

14 Lenin, “Las tareas inmediatas del poder soviético”, en Obras escogidas (tomo VIII), Progreso, Moscú, 1973, página 46.

15 Linhart, Lénine, Les paysans Taylor, Seuil, 2010, páginas 135-148.

16 Carr, The Bolshevik, volumen 2, obra citada, páginas 107-117.

17 Se formaron primitivamente para protestar contra la firma de los Acuerdos de Brest-Litovsk. Kowalski, Bolshevik Party in conflict: the left communist opposition of 1918-11-23, Macmillan, 1991, páginas 60-82.

18 Lenin, “Acerca del infantilismo izquierdista y el espíritu pequeño burgués”, en Obras completas, obra citada (tomo XXVI), página 89.

19 Carr, The Bolshevik, volumen 2, obra citada, página 91. El territorio del ex imperio zarista perdía Finlandia, los tres países bálticos, Polonia, Ucrania, y parte de Bielorrusia y de Armenia.

20 Es decir, a partir del choque entre las plataformas de Trotsky-Bujarin y de la oposición obrera, liderada por Shliápnikov y Kolontái.

21 Nove, Historia económica, obra citada, página 52.

22 De 3.5 millones, la cantidad de obreros disminuyó a cerca de 2 millones en 1918. En Petrogrado, el número de trabajadores industriales cayó de 406 mil en enero de 1917 a 123 mil a mediados de 1920. Siegelbaum “Depopulation of the cities”, en http://soviethistory.msu.edu/1917-2/depopulation-of-the-cities/

23 Trotsky, Histoire de la Révolution Russe, volumen I, Seuil, 1995, páginas 71-88; Carr, The Bolshevik, volumen 2, obra citada, páginas 18-22.

24 Trotsky, Ma vie, obra citada, página 404.

25 Marie, Histoire de la guerre civile, Tallandier, 2015, páginas 297 y siguientes. Figes, La Révolution Russe, II, Gallimard, 2007, páginas 1071 y siguientes.

26 Marie, Histoire de la guerre civile, obra citada, páginas 209-230.

27 Carr, “Los bolcheviques y los campesinos”, en De Napoleón a Stalin, Crítica, 1983, páginas 94-100. Para Moshe Lewin, el arcaísmo del campesinado ruso había sido el verdadero vencedor de la guerra civil (Lewin, La paysannerie et le pouvoir soviétique, Mouton, 1966).

28 Deutscher, Trotsky le prophète armé (vol I.2), Union Générale d’Éditions, 1972, páginas 352-353.

29 Aunque “nadie puede decir cuál es este determinado nivel cultural”, precisó Lenin (“Nuestra revolución”, en el lugar citado).

30 Nove, Historia económica, obra citada, página 57. Ésta es también la opinión de Cohen, el biógrafo de Bujarin (Bujarin y la revolución bolchevique, Siglo XXI, 1976, páginas 83-87).

31 Ésta es una de las problemáticas centrales de El Estado y la revolución, en Obras completas (tomo xxvii). La problemática es también ampliamente desarrollada en el citado “¿Podrán los bolcheviques retener el poder?”, en Obras completas (tomo XXVII).

32 Engels, Anti-Dühring, Éditions Sociales, 1967, página 317.