UNA PROPUESTA REVOLUCIONARIA

UNA PROPUESTA REVOLUCIONARIA

El reordenamiento territorial de México según El Nigromante

Ya tome yo por base los hombres, ya los territorios
que habitan descubro que una nueva división territorial es necesidad imperiosa.
Ignacio Ramírez

Hace exactamente 200 años nació Ignacio Ramírez, conocido como El Nigromante. Se le recuerda por muchas cosas, no –hasta donde sé– por una iniciativa inusitada que aquí traeré a colación.

“Reordenar los territorios” es lo de hoy. En lo académico, la regionalización por ecosistemas, la irrupción de la geografía crítica y el renovado interés por espacializar las relaciones sociales; en lo político, la creciente preocupación por lo territorial suscitada por las reivindicaciones autonómicas de los pueblos originarios y la ofensiva de los megaproyectos sobre las tierras de las comunidades han dado lugar a diversas propuestas de reordenamiento de las regiones –y del país entero– con criterios ecológicos y etnográficos.

Conceptos e iniciativas muy pertinentes pero, como de costumbre, presentados como innovadores e inéditos, cuando en verdad tienen enjundiosos antecedentes. Tal es el caso de algunas de las insólitas propuestas de Ignacio Ramírez en el Congreso Constituyente de 1856-57.

Pero primero el personaje.

No hay Dios

La Academia de San Juan de Letrán, fundada en 1836 y que se reunía en el colegio del que tomó su nombre en torno a escritores como Guillermo Prieto y Andrés Quintana Roo, por dos décadas congregó a literatos del más diverso pelaje político y literario, entre ellos el thinktank de Benito Juárez, núcleo impulsor de las Leyes de Reforma.

A poco de creada la agrupación, un joven estrafalario se apersona en una de sus sesiones. Así lo cuenta Guillermo Prieto en un texto que reproduzco ligeramente abreviado.

Una tarde de academia, después de oscurecer, percibimos al reflejo verdoso de la bujía que nos alumbraba, en el hueco de una puerta, un bulto inmóvil y silencioso que parecía como que esperaba una voz para penetrar en nuestro recinto.

Lo vio el señor Quintana y dijo: “¡Adelante!”

Entonces vimos acercarse un personaje envuelto en un copón o barragán desgarrado, con un bosque de cabellos erizos por remate. Representaba el aparecido 18 o 20 años. Su tez era oscura, pero con el oscuro de la sombra; sus ojos negros parecían envueltos en una luz amarilla tristísima; parpadeaba seguido y de modo nervioso; nariz afilada; boca sarcástica; el vestido era un prodigio de abandono y descuido; abundaba en rasgones y chirlos, en huelgas y descarríos…

–¿Qué mandaba usted?

–Deseo leer una composición para que ustedes decidan si puedo pertenecer a esta academia.

En el auditorio reinaba un silencio profundo.

Ramírez sacó del bolsillo del costado un puñado de papeles de todos tamaños y colores; algunos impresos por un lado, otros en tiras como recortes de moldes de vestido, y avisos de toros o de teatro. Arregló esa baraja y leyó con tono seguro e insolente el título que decía: “No hay Dios”.

El estallido inesperado de una bomba, la aparición de un monstruo, el derrumbe estrepitoso del techo no habrían producido mayor conmoción.

Se levantó un clamor rabioso que se disolvió en altercados y disputas.

Ramírez veía todo aquello con despreciativa inmovilidad.

El señor Iturralde dijo:

–No puedo permitir que aquí se lea eso; es un establecimiento de educación.

–Pues yo no presido donde hay mordaza, dijo Quintana, levantándose de su asiento.

–Triste reunión de literatos, exclamó Guevara, la que se convierte en reunión de aduaneros que declaran contrabando el pensamiento.

–Que hable Ramírez…

Y Ramírez habló. Habló de “astronomía, matemáticas, zoología, el jeroglífico y la letra, el dios… Todo sin esfuerzo y empleando el decir fluido de Herodoto o la risa franca y picaresca de Rabelais…” Era el suyo un desbordado y retador discurso, unas veces oral y otras escrito, que se prolongaría hasta el día de su muerte y con el que se anticipó a las ideas de su tiempo sacando de quicio a los espíritus pacatos.

El Nigromante sería excepcional si no hubiera tantos personajes extraordinarios en el siglo XIX mexicano. Ignacio Ramírez es conocido por el arriba citado discurso de ingreso en la Academia de San Juan de Letrán. Pero hay mucho más en su vida: desde 1845, cuando fundó Don Simplicio, creó o colaboró en periódicos como Themis Decalion –donde publicó el artículo “A los indios”, por el que fue acusado y enjuiciado–, El Clamor Progresista, La Insurrección o El Correo de México, entre otros. Santa Anna lo encarceló en Tlatelolco, más tarde Comonfort lo mandó a prisión y luego regresó a Tlatelolco por órdenes de Tomás Mejía. Por luchar contra la intervención francesa, Maximiliano lo mandó primero a los calabozos de San Juan de Ulúa y luego a los de Yucatán. Fue brillante y creativo ministro de Justicia e Instrucción Pública durante la presidencia de Juárez, pero después se opuso a su reelección, y con Lerdo fue a dar otra vez al calabozo. Además de una cuantiosa obra periodística, escribió sobre historia política y pedagogía, así como –sorprendentemente– libros de mineralogía y meteorología. Y es que El Nigromante sabía de ciencias naturales, lo cual se ve en sus intervenciones como diputado en el Constituyente de 1856-57.

Para reordenar el país

Particularmente filosas son sus observaciones críticas sobre la ausencia de propuestas de reordenamiento territorial en el proyecto de Constitución que se había presentado. Al respecto, Ramírez observa: “¿Por qué la comisión no dirigió una rápida mirada hacia nuestro trastornado territorio? Uno de sus miembros ha dicho que la división territorial no es una panacea […] Pero eso no es una razón […] ¿Qué males nos provienen, se ha dicho, de que las poblaciones sigan distribuidas del modo en que las encontró el Plan de Ayutla?” Muchos son los males –sostiene El Nigromante– que nos vienen de “negar la necesidad de una nueva combinación local” que tome en cuenta tanto “las exigencias de la naturaleza” como los “intereses de los pueblos”. Es decir, un reordenamiento del territorio nacional sobre bases ecológicas y etnográficas.

“Ya tome yo por base los hombres, ya los territorios que habitan […] descubro que una nueva división territorial es necesidad imperiosa”. Y el congresista empieza con la dimensión natural. “Los elementos físicos de nuestro suelo se encuentran de tal suerte distribuidos que ellos solos convidan a dividir a la nación en grandes secciones con rasgos característicos muy marcados […] una nueva división tirada por la naturaleza. Desde las inmediaciones del istmo hasta la frontera con Estados Unidos, tres fajas, una templada y dos calientes, nos aconsejan el establecimiento de tres series de combinaciones territoriales […] Sobre las costas del Golfo de México descubro un vasto terreno regado por caudalosos ríos y dilatadas lagunas: la abundancia de agua navegable acerca y confunde sus poblaciones”. Y se pregunta: “Donde naturaleza formó un solo pueblo ¿nosotros formaremos fracciones de otros cinco? ¿Por qué conservar Chihuahua y Durango poblaciones separadas por un peligroso desierto y una sierra intransitable? ¿Y por qué no se establece en el antiguo Anáhuac el Estado de los Valles?” Las propuestas específicas de Ramírez pueden ser discutibles, pero no la idea de una división territorial por cuencas, como ahora se estila.

Pero El Nigromante se muestra más penetrante y visionario en el planteo de una división territorial que reconozca los ámbitos jurisdiccionales de los pueblos originarios. “La división territorial aparece todavía más interesante considerándola con relación a los habitantes de la república”, dice. Y empieza por un diagnóstico que inicia poniendo en entredicho la idea de que somos un pueblo mestizo.

“Entre las muchas ilusiones con que nos alimentamos, una de las no menos funestas es suponer en nuestra patria una población homogénea. Levantemos ese ligero velo de la raza mixta y encontraremos cien naciones que en vano nos esforzaremos hoy por confundir en una sola […] Muchos de estos pueblos conservan las tradiciones de un origen diverso y de una nacionalidad independiente y gloriosa. El tlaxcalteca señala con orgullo los campos que oprimía la muralla que lo separaba de México. El yucateco puede preguntar al otomí si sus antepasados dejaron monumentos tan admirables como los que se conservan en Uxmal. Y cerca de nosotros, señores, esta sublime catedral que nos envanece, descubre menos saber y menos talento que la humilde piedra [en que ella busca] apoyo, el calendario de los aztecas. Estas razas conservan aún su nacionalidad protegida por el hogar doméstico y por el idioma [Así] el amor conserva la división territorial anterior a la Conquista”.

A continuación, El Nigromante da a los atónitos congresistas una pertinente clase de etnolingüística. “También la diversidad de idiomas hará por mucho tiempo ficticia e irrealizable toda fusión. Los idiomas americanos se componen de radicales significativas […] partes de la oración que nunca o casi nunca se presentan solas y en una forma constante, como en los idiomas del viejo mundo; así es que el americano, en vez de palabras sueltas, tiene frases. Resulta aquí el notable fenómeno de que, al componer un nuevo término, el nuevo elemento se coloca de preferencia en el centro por una intersucesión propia de los cuerpos orgánicos; mientras, en los idiomas del otro hemisferio, el nuevo elemento se coloca por yuxtaposición, carácter peculiar de las combinaciones inorgánicas. Estos idiomas […] no pueden manifestarse sino bajo las formas animadas y seductoras de la poesía…”

Pero de inmediato, el congresista regresa al tema político: la lengua como mecanismo de opresión colonial. “Estos tesoros cada nación los disfruta ocultos por el temor, carcomidos por la ignorancia, últimos jeroglíficos que no pudo quemar el obispo Zumárraga ni destrozar la espada de los conquistadores. Encerrado en su choza y en su idioma, el indígena no comunica con los de otras tribus ni con la raza mixta sino por medio de la lengua castellana. Y en ésta ¿a qué se reducen sus conocimientos? A las fórmulas estériles para el pensamiento de un mezquino trato mercantil y a las odiosas expresiones que se cruzan entre los magnates y la servidumbre”.

Y concluye con una propuesta que, de haberse aprobado, habría instaurado en México un orden entonces –y ahora– completamente inédito. “¿Queréis formar una división territorial estable con los elementos que posee la nación? Elevad a los indígenas a la esfera de ciudadanos, dadles una intervención directa en los negocios públicos, pero comenzad dividiéndolos por idiomas. De otro modo, no distribuirá vuestra sabiduría sino dos millones de hombres libres y seis de esclavos”.

Ramírez no se sacaba las propuestas de la manga. En muchos lugares eran demandas que movilizaban a la población. Así lo reseña el congresista: “Y si nada dice a la comisión lo que llevo expuesto, dirija siquiera sus miradas a la agitación en que se encuentra la república. Cuernavaca y Morelos quieren pertenecer a Guerrero y contra sus votos prevalecen los intereses de un centenar de propietarios feudales. Hace muchos años que el valle de México trabaja por organizarse. La Huasteca ha sufrido un saqueo por haber solicitado su independencia local. Tabasco pide posesión de su territorio presentando títulos legales… A todas estas exigencias de los pueblos contestamos: ‘Todavía no es tiempo’. ‘¡Ya no es tiempo!’, nos contestarán los pueblos mañana si queremos al fin complacer sus deseos para contener los horrores de la anarquía”.

Hasta aquí, El Nigromante se nos ha mostrado como un adelantado del neoindianismo decolonial del tercer milenio que reclama derechos culturales, políticos y territoriales para los pueblos originarios. Pero el problema de México a mediados del siglo XIX –como el del México del XXI– no era sólo de opresión étnica sino, también, de explotación clasista. Y Ramírez resulta un certero crítico del capitalismo, nueve años después que apareciera el Manifiesto comunista (que, a juzgar por algunas de sus expresiones, había leído) y tres años antes que Carlos Marx publicara el primer tomo de El capital.

“El más grave de los cargos que hago a la comisión es haber conservado la servidumbre de los jornaleros. El jornalero es un hombre que a fuerza de penosos y continuos trabajos arranca de la tierra ya la espiga que alimenta, ya la seda y el oro que engalanan a los pueblos. En su mano creadora, el rudo instrumento se convierte en máquina; y la informe piedra, en magníficos palacios. Las invenciones prodigiosas de la industria se deben a un reducido número de sabios y millones de jornaleros; donde quiera que exista un valor ahí se encuentra la efigie soberana del trabajo. Pues bien, el jornalero es esclavo. Primitivamente lo fue del hombre […] hoy se encuentra esclavo del capital que, no necesitando sino breves horas de su vida, especula hasta con sus alimentos. Antes, el siervo era el árbol que se cultivaba para que produjera abundantes frutos. Hoy, el trabajador es la caña que se exprime y abandona. Así, el grande, el verdadero problema social es emancipar a los jornaleros de los capitalistas… Sabios economistas de la comisión, en vano proclamaréis la soberanía del pueblo mientras privéis a cada jornalero de todo el fruto de su trabajo… Mientras el trabajador consuma sus fondos bajo la forma de salario y ceda […] todas las utilidades de la empresa al […] capitalista, la caja de ahorros es una ilusión, el banco el pueblo es una metáfora. El inmediato productor de todas las riquezas no […] podrá ejercer los derechos de ciudadano, no podrá instruirse […] perecerá de miseria en su vejez. Los economistas completarán su obra adelantándose a las aspiraciones del socialismo el día en que concedan los derechos incuestionables […] al trabajo”.

Otras visiones sobre el territorio

El Nigromante no es el único que en el Constituyente critica la gran propiedad agraria y propone entregar tierras a indios y campesinos, lo hacían también Ponciano Arriaga, Castillo Velasco e Isidoro Olvera, entre otros. Pero Ramírez sitúa claramente el origen del mal en la impronta que la Conquista y la Colonia impusieron al territorio mexicano. Y en consecuencia, demanda rectificar la injusticia reorganizando espacialmente el país con criterios agroecológicos, pero a partir de los ámbitos originarios de sus pueblos.

Hoy, muchos piden reconocer las jurisdicciones autonómicas de las diferentes etnias, pero Ignacio Ramírez iba mucho más lejos, pues quería rehacer por completo el mapa político de México desde una lógica decolonial. En esta perspectiva, el cuestionamiento de la gran propiedad ya no remite sólo a su impertinencia económica o a la injusticia social que conlleva sino, también, a la violencia histórica con que se impuso, un colonialismo que marcó nuestro orden económico, social y político, pero también la geografía. Así lo asume Olvera: “Basta comparar lo que hoy tienen los pueblos con lo que tenían, según la tradición, después de la Conquista, para concluir que ha habido en verdad una escandalosa usurpación”.

Las regionalizaciones agroecológicas, étnicas o bioculturales hoy usuales son pertinentes y útiles, pero hay que ir más allá, como lo hacía El Nigromante, atendiendo al origen colonial de nuestro mapa político. La división territorial de México viene de la Conquista, cuando por consideraciones geoestratégicas y para fincar en el espacio la dominación, los invasores establecieron intendencias y provincias. Y sobre esa base administrativa colonial se crearon las circunscripciones del México independiente, incluyendo algunas nuevas como Aguascalientes, Morelos, Guerrero y Colima, que respondían a situaciones coyunturales. Y siendo arbitraria la división política, resultó también simulado nuestro federalismo, pues en lugar de que convinieran en él sujetos estatales autónomos deseosos de articularse, fue decretado por el poder central e impuesto desde arriba a las flamantes entidades federativas.

El resultado fue una delimitación político-espacial que, además de arbitraria, es inadecuada desde cualquier punto de vista; esa división disfuncional ha conducido a sucesivos intentos de regionalización complementaria o sustitutiva. Algunos tienen un enfoque económico como los de Ángel Bassols Batalla, otros aplican criterios agroecológicos como los de Efraín Hernández Xolocotzi y los de Francisco Quintanar de principios del decenio de 1960, que a los elementos morfológicos, hidrológicos, climáticos y agrícolas añade lo que llama “regiones etnográficas”; con vistas a la planeación del desarrollo se han identificado cuencas y macrocuencas hidrológicas… Por otra parte, con criterios etnográficos Aguirre Beltrán delimitó las que llamó “regiones de refugio” ocupadas por pueblos indios, y recientemente la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas definió las regiones que son su materia de trabajo, aparte de realizar mapeos que distingue prioridades hidrológicas, terrestres, marítimas, de aves… En la misma línea de no redistribuir espacialmente toda la república sino identificar apenas algunas áreas pertinentes desde cierta atalaya están los territorios bioculturales en cuyo diseño Eckart Boege combina criterios agroecológicos y etnográficos (que no autonómicos, pues la cuestión de los territorios históricos de los pueblos originarios le parece “pantanosa e ideológica”).

Lastrada por la imposición colonial y después por el patrimonialismo de los grupos locales de poder que durante el siglo XIX crearon territorios para imperar sobre ellos, a nuestra torpe división política se han sobrepuesto regionalizaciones que persiguen propósitos diversos y aplican distintos criterios. En años recientes ha cobrado fuerza la delimitación de áreas de importancia ambiental para fines de conservación, también las que atienden al poblamiento indígena buscando sustentar derechos autonómicos y combinaciones de ambas, como las que definen territorios bioculturales en las que las poblaciones locales autóctonas aparecen como componentes y actores de la diversidad natural y domesticada que es el punto de partida. Suponen propuestas sugerentes que, sin embargo, no incorporan la totalidad del territorio nacional, quizá porque el ambientalismo y el etnicismo son proclives a las perspectivas localistas.

Llama entonces la atención que hace 170 años y en espacios refundacionales como el Congreso Constituyente, Ignacio Ramírez sustentara en criterios étnico-históricos y agroecológicos –es decir, bioculturales– una propuesta de regionalización política que rebasando la legitima preocupación por los indios y los ecosistemas, apuntaba hacia un revolucionario proyecto de país. Es propuesta alternativa, además de reivindicar la naturaleza y los pueblos autóctonos, incorporaba cuestiones clasistas como el reconocimiento de los derechos del trabajo frente al capital, y hacía hincapié en temas que apenas hoy cobran visibilidad, como los derechos de las mujeres, los niños y los ancianos.

Clase, etnia, género, edad…

De la propuesta de nueva Constitución, Ramírez reclama airado que “se olvida de los derechos más importantes, se olvida de los derechos sociales de la mujer, no piensa en su emancipación y en darle funciones políticas… [Pero] el caso es que muchas desgraciadas son golpeadas por sus maridos [y] los tribunales pasan [esos atropellos] como cosas insignificantes… La mujer no es esclava, la mujer es persona; la mujer no es cosa, la mujer tiene derechos que [debe] proteger la ley porque es igual al hombre”.

Reclama también que en el proyecto “nada se dice de los derechos de los niños” y recuerda que “algunos códigos antiguos duraron por siglos porque protegían a la mujer, al niño, al anciano…”

Tales derechos de género y edad quedarán en el papel en tanto no se reforme el sistema socioeconómico. Dice El Nigromante: “Sabios economistas de la comisión, en vano proclamaréis la soberanía del pueblo mientras privéis a cada jornalero de todo el fruto de su trabajo… mientras el trabajador consuma sus fondos bajo la forma de salario y ceda sus rentas con todas las utilidades de la empresa al socio capitalista… Así es que el grande, el verdadero problema social es emancipar al jornalero del capitalista”. En consecuencia, propone lo que hoy llamaríamos un modelo de desarrollo que en nombre de la equidad social limite la codicia del gran dinero.

En cuanto al orden político, su punto de partida es la soberanía popular. Pero la verdadera, la que el pueblo “ejerce con acierto derribando a los tiranos y conquistando la libertad… No un orden de cosas que proclamándolo soberano, lo declara imbécil e insensato, quitándole hasta la más remota intervención en los negocios [En un orden así] los intereses del pueblo no influirán en las elecciones; serán dirigidos por los cabecillas de partido, por los intrigantes, por los que piden y prometen empleos… De ahí viene que vea con indiferencia las elecciones, pues sabe que su voluntad ha de estrellarse ante un mecanismo embrollado y artificial que huye de la influencia del pueblo porque le tiene miedo… Que los ciudadanos son electores no ha sido hasta ahora más que una vana ilusión, que es tiempo ya de realizar; pero para esto no hay que asustarse ante el pueblo…”

El Nigromante confiaba en la gente y nunca temió al pueblo. ¿De cuántos políticos de hoy podríamos decir lo mismo?

* Las citas de Ignacio Ramírez vienen de la Crónica del Congreso Extraordinario Constituyente 1856-1857, integrada por Francisco Zarco. La descripción de su arribo a la Academia de Letrán la tomé de Memorias de mis tiempos, de Guillermo Prieto.