LA SOCIEDAD CIVIL MEXICANA ANTE EL NUEVO RÉGIMEN POLÍTICO

LA SOCIEDAD CIVIL MEXICANA ANTE EL NUEVO RÉGIMEN POLÍTICO

El presente artículo propone reflexiones teóricas sobre la sociedad civil que nos permiten entenderla como forma social, a la vez que es un primer intento nuestro de avanzar en un estudio de la sociedad civil del actual capitalismo y del Estado mexicano. Ello, considerando críticamente la herencia que nos deja la formación histórica subalterna de esta sociedad bajo el poder político dominante surgido de las transformaciones del siglo XX, poder público debilitado en su hegemonía bajo el ciclo del Estado neoliberal de 1988-2018.

Aludimos aquí a la presente situación de la sociedad civil bajo el predominio económico financiero transnacional y de descomposición contemporánea del Estado, que condicionan y dan forma específica al capitalismo dependiente, subordinado y periférico de hoy. Interesa avanzar en la caracterización de esta forma social mexicana y sus potencialidades económica, política y cultural, en el contexto nacional y mundial de erosión de la hegemonía y crisis de una globalización como la prevaleciente en el mundo actual: políticamente excluyente, culturalmente enajenante y socialmente bárbara.

El análisis se hace considerando el contexto mexicano donde la sociedad está reaccionando política y electoralmente con una opción progresista ante la descomposición del orden social capitalista de acumulación oligárquica rentista, ante la crisis de putrefacción del Estado, sufrimiento económico y cultural de las diversas clases, y fragmentación y precarización de los trabajadores de la ciudad y el campo.

La gran interrogante es si el gobierno progresista de Andrés Manuel López Obrador precisará de la sociedad civil y, lo mismo, si también el nuevo régimen político democrático que está siendo exigido por las mayorías compelerá a una nueva sociedad civil. ¿Por qué y para qué?

1. Aproximaciones a la sociedad civil en la historia mexicana

En el país prevalece una visión de privilegiar el peso de la sociedad política. Estamos acostumbrados a ennoblecer lo que pueden producir el programa, las propuestas y las relaciones políticas provenientes del Estado político. Las tendencias que han dominado a lo largo de un siglo de historia contemporánea nos han llevado a pensar la vida económica, social, legal y la reproducción social de la vida, de la política y la cultura, sobre todo a partir de lo que hace o deja de hacer la sociedad política. Es decir, las miradas, reflexiones y acciones de los personajes políticos, del poder público y del Estado han dominado y enamorado a la intelectualidad, así como a la sociedad y los políticos de todo tipo (Marx, 1852). A partir del Estado se ha entendido la transformación capitalista histórica del país desde la Independencia, y con mucha mayor fuerza desde la Revolución de inicios del siglo pasado en lugar de tratar de comprender la historia viva y las concatenaciones de las relaciones de clases con las formas de dominación y hegemonía.

Sin embargo, en el conjunto de América Latina ha avanzado una tendencia contraria a la mexicana: se afirman la despolitización de las masas, el apoliticismo como categoría y la teorización unilateral de la acción colectiva (Oliver 2016).

En México, sin embargo, sigue vigente considerar de forma prioritaria a la sociedad política y sus grandes momentos con los que se asocian el quiebre, la reforma y la constitución de una nueva relación de fuerzas. Ello, debido a que la actuación de la sociedad política en México ha contado con la participación definitoria de un torrente de masas populares activas, quizá como en ningún otro país de América Latina.

Circulan hoy, después del 1 de julio, importantes propuestas de la sociedad política renovada, de Andrés Manuel López Obrador, de Morena y de la opinión de los nuevos lideres políticos progresistas y de la izquierda que plantean la necesaria y urgente reforma del Estado (sitio web: lopezobrador.org.mx Julio 11 de 2018). Ello se ve como camino para constituir la nueva república democrática y para que se transformen las relaciones del Poder Ejecutivo con el Congreso, el Poder Judicial, las gubernaturas, las Fuerzas Armadas, los medios, los partidos, los poderes fácticos del gran capital transnacional. Se ve como el elemento central de un verdadero respeto de las leyes, una nueva institucionalidad abierta a las demandas ciudadanas y a las de los movimientos sociales, un diálogo y mayor responsabilidad, autonomía e incidencia política de la mayoría de estas instituciones.

La reorganización democrática de la república en ese sentido institucional y de nueva organización del sistema político y de las instituciones públicas tiene mucho sentido e importancia, está claro. Lo tendrá más si se impone la política de respeto absoluto de la Constitución, el funcionamiento legal e institucional del Estado como institución del interés general y la idea de que la corrupción es un delito grave. Sin embargo hay pocas referencias y propuestas acerca de iniciar también una reforma de la sociedad civil. No es de extrañar, pues el Estado en México aún no se ve por los políticos como relación sociedad política-sociedad civil, ni a esta última se le considera algo más que instancia económico-corporativa, opción de organización sociocultural particular, no política, o en calidad de instancia ocasional de presión espontánea de intereses particulares de todo tipo, para promover orientaciones políticas y apoyar a determinadas fracciones de los grupos de poder.

Por ello urge debatir teórica y políticamente sobre la sociedad civil y sus potencialidades en este momento trascendente de la vida mexicana.

2. La sociedad civil como realidad del nuevo orden moderno

Ella surge con el despliegue de las relaciones de trabajo y mercantil capitalistas modernas. Es la sociedad del nuevo orden moderno, que resulta de la destrucción histórico-política de la sociedad estamental, jerárquica, dominada por los señores del poder colonial, los nobles, la Iglesia, los inversionistas financieros externos. Estamentos privilegiados del orden señorial impuesto a lo largo de 300 años como orden capitalista colonial y en los últimos 200 como orden capitalista nacional popular autoritario liberal (Semo, 2012; Meyer, 2013). Las comunidades originarias mexicanas convivieron, resistieron y sufrieron las tensiones de su estar relacionadas y sometidas a la sociedad estamental y, posteriormente, al nuevo orden moderno. Su vitalidad y resistencia dieron origen a sociedades abigarradas autoafirmadas hoy situadas en gran parte del territorio nacional, con innumerables elementos de democracias comunitarias o con prácticas autoritarias originarias, dominadas por el colonialismo interno que ha impuesto el desarrollo capitalista. Son parte también de la sociedad civil moderna, aun cuando su explotación y opresión por el capital y el Estado sean particulares (Tapia, 2002, González Casanova, 2006).

La independencia de inicios del siglo XIX, las reformas liberales, la Revolución de 1910-21 y las reformas cardenistas de 1936-40 fueron transformaciones que acabaron con el dominio directo de los estamentos privilegiados en la sociedad y dieron origen a nuestra sociedad capitalista moderna, con libertades y derechos ciudadanos muchas veces negados en las relaciones económicas y políticas concretas, pero garantizados de manera abstracta en la nueva Constitución de 1917, crecientemente asentados en la vida productiva y social urbana y en un campo modificado por la reforma agraria.

Ello dio lugar a una forma peculiarmente mexicana de integración de grupos sociales de trabajadores, grupos medios y clases empresariales, lo cual se expresó como un agregado social de clases subordinadas al Estado capitalista moderno (Hegel, 1821) y que se ha ido decantando como mayoría de individuos y ciudadanos participantes en los sistemas económico, político, judicial, cultural, mediático y social, asentados en el territorio y vinculantes de la población, relacionados por el mercado y entrelazados por el trabajo común de los mexicanos, por sus fuerzas productivas y vínculos sociales, sometidos a una ideología y un Estado mediador dominante.

La nueva constitución y la sociedad industrial periférica del capitalismo que emergieron en el país dieron origen a la formación de un conjunto social integrado por trabajadores, empresarios y distintas capas sociales relacionadas con la reproducción social, lo cual se expresó en una diversidad de ciudadanos, formados por individuos nacidos libres, iguales, con derecho al trabajo y a la propiedad (la mayoría sólo de su fuerza de trabajo), agrupados en las organizaciones de clase, en las instituciones del Estado, en las expresiones sociales de la nación y distribuidos en los nuevos agrupamientos sociales de la modernidad, portadores de relaciones sociales, actividad política y formas culturales.

En nuestro capitalismo y a lo largo del siglo XX, el Estado político se constituyó como sede del proyecto nacional, como capitalista colectivo y mediación privilegiada entre las nuevas clases sociales e individuos modernos. La peculiaridad de la emergencia política abrupta de las fuerzas sociales de un capitalismo atrasado prohijó un Estado capitalista dominante que se presentó en la historia como “el Estado de todos”, surgido de la Revolución Mexicana, que instituyó un poder autoritario burgués con una sociedad civil económica-corporativa, clientelar, formada por individuos distribuidos en sus organizaciones de clase, agrupamientos de distintas clases asociadas a la modernidad y subordinadas al Estado. La autoorganización libre y amplia de la sociedad civil fue constantemente impedida, oprimida y atropellada por el Estado “de todos” y por el capital. El charrismo sindical  y ejidal han sido una expresión típica de ese sometimiento y de la subalternidad de obreros y campesinos al capital y al Estado, a sus instituciones y políticas públicas. Las tentativas de autorrepresentación de las clases medias fueron reprimidas o cooptadas. Sin embargo, esa sociedad civil primitiva, fragmentada, corporativizada sirvió como legitimadora fundamental del Estado moderno.

La nueva sociedad urbana industrial mexicana y la sociedad capitalista campesina (protagonista, pero rezagada) de individuos, clases y comunidades se constituyó y se ha desarrollado bajo el dominio del capital nacional y, desde mediados del siglo pasado, del capital monopólico mexicano y extranjero, hoy capital transnacionalizado prevaleciente en la economía y el Estado (Oliver, 2005). Ello ha permitido la valorización y apropiación del plusvalor producido por las clases productivas del trabajo y las comunidades y el rentismo extractivista. Posibilitó la distribución estatal del excedente, que resulta de la plusvalía generada en el país, en la cual el peso del Estado es mayúsculo. Con él han prevalecido sus formas aparentes que diluyen la fisonomía clasista y opacan los derechos ciudadanos.

3. La sociedad civil, las clases y las comunidades

En la sociedad civil moderna se distribuyen los individuos que no son sólo conjuntos de estratos económico sociales. En las condiciones de predominio de la voluntad libre de los individuos actuales, en la modernidad y no obstante la opresión propia de las formas históricas del Estado y la cultura política nuestra se forman las relaciones sociales y las de cultura, de poder, de derechos y valores que caracterizan a toda la vida social moderna. Así se constituye la sociedad civil capitalista mexicana. Ésta es en su conjunto la sociedad civil, aunque no se nos presente ante nuestros ojos así, pues en México esa sociedad ha sido fragmentada, jerarquizada, reducida a su existencia explotada y oprimida, cooptada y subsumida al Estado político para reducirla a su aspecto exclusivamente económico corporativo y clientelar (Gramsci, 2000). La sociedad civil mexicana ha sido dirigida, dominada y subalternizada ideológica y políticamente por el Estado capitalista, los grupos de poder fácticos, económicos, sociales, ideológicos y políticos, y la clase capitalista en su conjunto, hoy entrelazada con la clase capitalista económico-financiera transnacional.

Pues bien, así como el Estado es la forma política de la sociedad capitalista mexicana y síntesis de las relaciones sociales y políticas de dominación y hegemonía, la sociedad civil es la forma social del conjunto social actual, articulada por las relaciones antagónicas de capital y trabajo, síntesis de los vínculos individuales, colectivos y comunitarios surgidos del trabajo común, y de las relaciones de mercado, las productivas sociales y las ideológicas y políticas (Marx, 1846). La sociedad civil mexicana es heterogénea y múltiple, con variadas realidades y potencialidades, con vínculos históricos y político-culturales, hoy jerarquizada y dominada por el Estado y el capital y organizada por la experiencia histórica de la relación subalterna al poder y de los grandes y pequeños acontecimientos de la vida social y cultural colectiva.

No entendemos –aún– lo que somos como sociedad civil porque nos vemos en el espejo del capital y del Estado dominante capitalista. Así, los componentes de la sociedad civil mexicana nos miramos sólo como individuos aislados, como pequeños y grandes propietarios privados en busca de lucro, algunas veces como trabajadores formales e informales de las ciudades y el campo con intereses económico corporativos o como comunidades socioculturales y territoriales aisladas sometidas al poder económico y político.

Toda la riqueza de relaciones económicas, sociales, ideológicas y políticas, toda la aportación universal civilizatoria que hemos logrado, que producimos histórica y diariamente como sociedad civil se pierde en la noción aparente de que sólo el Estado tiene poder y que la riqueza la produce el capital y la administra el Estado. La economía, la sociedad, la cultura, la política que a diario generamos y disputamos como individuos y grupos sociales no se nos aparece como elementos de la sociedad civil mexicana. Lo que constituye una referencia esencial de civilización y vida colectiva es ignorado por las fuerzas sociales de las clases dominantes y por el Estado político, que recurrentemente han tratado de imponerles sus intereses y valores particulares en calidad de lo nacional o lo mexicano. En momentos clave de la historia reciente del país se han presentado impulsos sociales fundamentales que apuntan a modificar el cuadro histórico de lo que es la débil e informe sociedad civil contemporánea. El movimiento de ciudadanos del sismo de 1985 y algunos de los movimientos sociales diversos que han ido apareciendo de 1988 a 2018 han puesto sobre la mesa una nueva noción de relaciones sociales y cultura política y social que han incidido en la constitución de la sociedad civil. Esas luchas de una parte de la sociedad han incidido en el conjunto para superar las formas económico-corporativas, parciales, jerarquizadas, manipuladas, minoritarias de la expresión y afirmación de la sociedad civil. Sin embargo, se trató de hechos con poca conciencia y limitado alcance en el tiempo que, por lo mismo, no han logrado una constitución plena de la sociedad civil fortalecida y fuerte en cuando expresión de intereses generales.

4. Las instituciones y las políticas públicas del Estado mexicano moderno que heredamos

Las del subtítulo son buen ejemplo de la deformación sociopolítica y cultural que padecemos. Son necesidad y producto de la sociedad civil, pero aparecen como decisiones burocráticas y técnicas de un Estado y una clase capitalista que imponen su voluntad. Los técnicos, políticos e intelectuales deliberan, diseñan, deciden y ejecutan las políticas públicas de todo tipo: sociales, educativas, de salud, vivienda, de trabajo, de cultura, de asociación, de infraestructura de transporte, mercado. No existen como espacios de diálogo y lucha de ideas y propuestas en la sociedad civil y de ésta con el Estado, con las instituciones y las empresas.

La sociedad civil mexicana es aún atomizada, jerarquizada, poco ordenada, rudimentariamente organizada, y eso la pone en situación de no ser reconocida de modo pleno por el Estado y el capital. Como ámbito social colectivo e individual padece la ausencia de democracia que ha permeado las relaciones sociales en su conjunto (Concheiro, 2015), en la vida política, en las instituciones, en la aplicación de las leyes, en las relaciones laborales, en las decisiones colectivas nacionales, y, lo que es aún más preocupante, en la vida social y familiar.

Por eso no se reconoce a la sociedad civil como la forma social de nuestra vida, con sus relaciones económicas, sociales heterogéneas, de trabajo, de interacción de intereses afines u opuestos, de cultura, de derechos y valores. No hemos tenido una verdadera reforma intelectual, moral y de derechos que genere una cultura crítica, diversa y plural propia de una sociedad civil organizada, horizontal y consciente, que avance a ser una fuerza política cultural unificada capaz de crear las bases de una autodeterminación colectiva y plural, que genere una comunidad de trabajo y una visión universal ético-política ideológica de valores y prácticas democráticas y que acompañe y sustente los proyectos y las disputas políticas de la sociedad política.

5. La situación actual: crisis en las relaciones de fuerzas

En México estamos atestiguado el agotamiento del ciclo del Estado capitalista neoliberal de 1988-2018, con todas sus expresiones de momento de fragmentación, desagregación social, acumulación sin límites y descomposición institucional: violencia extrema y recurrente, impunidad, corrupción generalizada de la clase política y de sectores de la sociedad, dominio económico y político del gran capital privado, predominio de la economía financiera, fortalecimiento de las relaciones entre la economía ilegal y legal, complementariedad entre el capitalismo globalizado política y culturalmente excluyente, basado en la sobreexplotación y el despojo de territorios y poblaciones, asimilado y cómplice con lo que se ha denominado narcocapitalismo y narcopoder.

Para imponer y garantizar el dominio ante la descomposición económica y política de las instituciones y la degradación de la vida económica y social, la clase política prevaleciente en el Estado neoliberal decidió imponer un Estado de emergencia: el Estado de excepción, en el cual se abre paso el dominio legal e ilegal de las fuerzas armadas sobre la seguridad pública, la subordinación de las instituciones a las políticas de acumulación del gran capital transnacional y el peso privilegiado de una partidocracia dominante.

En los comicios pasados hubo un viraje electoral donde las grandes mayorías votaron por dar poder político a la fuerza de resistencia al Estado neoliberal. Fueron favorables a una fuerza que proponía un nuevo proyecto de nación y se proponía una lucha por desbancar a la partidocracia dominante. Pero la novedad es que julio no ha sido sólo el triunfo electoral de una opción progresista limitada a recuperar el estado de derecho y combatir la corrupción. La situación de México es de tal gravedad que la subordinación económica del país a los intereses privados del gran capital y al poder de los cárteles es tan extrema y los conflictos sociales y políticos son tan profundos que lo visto en las pasadas elecciones fue un gran viraje también ideológico-político de las prácticas políticas, las concepciones, las ideas y cultura de la sociedad civil mexicana. Es un momento de exigencia social de avanzar hacia una nueva legalidad basada en una democracia radical que recupere y amplíe derechos y libertades frente al avance del Estado de excepción, rehaga las relaciones económicas y políticas y dé lugar al empoderamiento de la sociedad civil. Es el momento de una nueva sociedad política, pero en germen es también el momento de una nueva sociedad civil.

Lo anterior se produce en medio de una crisis en la relación de fuerzas. El gran capital económico financiero transnacional, los núcleos políticos y militares autoritarios y neoliberales y la oligarquía empresarial que han fortalecido el Estado de excepción siguen dominando con su poder económico y político, en tanto, de otro lado, una nueva fuerza política y una nueva sociedad civil plantean la exigencia de nuevas relaciones político-institucionales y nuevas concepciones y cultura política orientadas a las mayorías ciudadanas y de trabajadores.

Se ha dicho mucho en estos meses la hipótesis de una cuarta transformación cuyo eje sea la república democrática con derechos sociales y dignidad del trabajo. Ello será posible sólo si hay el entrelazamiento con una quinta transformación: la basada en la sociedad civil activa y empoderada, como cultura y fuerza política nacional popular determinante. Por ello se hace urgente avanzar en el conocimiento teórico-histórico y en el debate político sobre por qué la realización del cambio en el régimen político requiere una nueva sociedad civil reformada, activa y autodeterminada.


Bibliografía

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Semo, Enrique (2012), “El ciclo de las revoluciones mexicanas” (páginas 33-66), en Elvira Concheiro (2015), Antología del pensamiento crítico mexicano contemporáneo, Buenos Aires, Clacso.

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