PAYÁN

Carlos Payán ganó la medalla Belisario Domínguez. Ningún premio mejor que ése para reconocer la importante labor de una persona que, como periodista, es bastante más que eso, lo mismo que el prócer que da nombre a este premio.

Para empezar por el principio, hay que decir que Payán pertenece al barrio de La Merced: y algunos de sus más tempranos recuerdos son de la calle Academia, en pleno centro de la ciudad, cerca del inmueble que hoy alberga el museo José Luis Cuevas. Su vida en esos rumbos de la ciudad es algo que no sólo lleva con orgullo grabado en su memoria sino que le dio gustos y saberes que mantiene y guarda con mucho celo. Particularmente, de ahí provienen su espíritu osado y el gusto por ciertos exquisitos sabores envueltos en una tortilla.

Sí, Payán es barrio, y eso explica muchas cosas.

Hablamos de un alma inquieta, imaginativa, comprometida. Por eso hizo tantas cosas, a diferencia de la mayoría de los niños y los jóvenes que compartieron con él ese mágico lugar al que vuelve cada vez que puede.

Salió de ahí pero nunca lo traicionó. Podríamos decir, incluso, que con los años lo fue queriendo cada vez más y a conciencia lo declaró el lugar que más lo marcó, aunque haya tantos rincones de México y el mundo en los que ha construido hogar; es decir, espacio creado por él con cuidado y buen gusto, donde habitan experiencias que crecen con el transcurrir del tiempo.

Payán aprendió en su barrio que el conocimiento transcurre por lugares insólitos, y ha demostrado que no siempre se adquieren aprendizajes en la escuela sino que ellos los esculpen muchos vericuetos de la vida.

Estamos ante un hombre sabio, quien en el cultivo de la amistad como supremo valor ha construido un verdadero ejército amistoso, que relaciona a personas muy disímbolas. Carece de trabas convencionales para considerar a alguna persona su amigo o amiga. Se conecta por una comida, un cuadro, un poema, un viaje, un atardecer, la luna, lo mismo que por un debate, una ardua tarea, o una charla profunda. Construye con rapidez eso que a la mayoría cuesta años esculpir, aunque no siempre sepa discernir entre quien cultiva desinteresada cercanía y quien busca sólo su infinita solidaridad o su renombre.

Payán emprendió su labor periodística como proyecto político democrático, con un grupo diverso de amigos, en el momento en que las izquierdas conquistaban espacios de acción y sus voces comenzaban a oírse en lugares que por décadas les fueron vedados.

En ese momento, la labor simple pero inexistente en el país de contar con una auténtica prensa que simplemente dijera la verdad –como solía decir el fundador de La Jornada– desempeñó un papel fundamental en la lucha por transformar a México en un país democrático, y hasta la fecha es un factor imprescindible en esa tan inacabada batalla.

Esa obra diseñada y defendida con perseverancia por Payán enseñó a muchos cuán relevante es la honestidad en un país cuyo régimen político hizo de la transa y el robo una eficaz institución. La difícil tarea de combatir el chayote, deleznable institución del periodismo nacional, encontró terco combatiente en el director fundador de La Jornada.

Payán, comunista humanista, entiende su filiación ideológica como prolongación de su compromiso con la vida, la solidaridad y la compenetración con quien está en desgracia. Siempre ha sido un político peculiar, pues concibe de suma importancia tal actividad, tan desvirtuada por la cultura priista dominante en el país, ligada a principios y convicciones y, con frecuencia, prolongación de sus emociones y sentimientos.

Conserva su sentido de pertenencia con ese pequeño grupo que desde el decenio de 1960 estuvo encabezado por Arnoldo Martínez Verdugo, personaje imprescindible de esa historia comunista de Payán y con quien tejería entrañable amistad. Conmovido por la sencillez y precariedad de los luchadores que, perseguidos y defenestrados, se empeñaban neciamente en cambiar a México, Payán fue siempre solidario y comprometido.

En el Partido Comunista cumplió de forma discreta, silenciosa diversas tareas, pues por simples que fueran, debían hacerse en forma clandestina, evadiendo la persecución policiaca de que era objeto ese partido. De forma que hay en él una historia desconocida, llevada a cabo con la mayor de las reservas, en forma anónima y sin esperar nada a cambio, que buscó salvar vidas y contribuir a esa lucha, lo cual lo lleva marcado en su manera de aportar hasta nuestros días en las más diversas tareas para construir un país más justo.

La sensibilidad de Payán es grande, muy grande. Puede emocionarse hasta las lágrimas ante un cuadro o la página de un libro. Ávido lector y conocedor de los prodigios de la poesía –gustoso dice de memoria lo que más le significa–, se transformó él mismo en poeta.

Cuando hacia mediados del decenio de  1960 se enteró del asesinato del jaramillista Enedino Montiel, escribió su primer poema publicado. Más de medio siglo después aún recuerda y lo enorgullece el hecho de que haya aparecido en las páginas de la Voz de México, periódico del entonces Partido Comunista Mexicano. Aparece ahora en su libro Memorial del viento:

Lo supe cuando tomaba café/ con los amigos./ Me lo dijo Prieto –que dice te conocía–/ hecho una furia sin consecuencias,/ lleno de un coraje sin resultados./ Me lo contaron mientras bebíamos café/ en una cafetería de la ciudad:/ ¡Tan sin cuidado!/ ¡Pero tan sin peligro!/ Me lo contaron entre taza y taza de café/ (Tú, para entonces, ya estabas/ con la boca entre la tierra.)/ Entre la tierra./ De la tierra./ Como si te hubieran sacado de la tierra./ Como si hubieras muerto lleno de raíces:/ torturado/ despellejado/ degollado/ entierrado tierradado desenterrado/ tierraquitado./ Te mataron en la noche de la patria/ el quince de septiembre del mil/ novecientos sesenta y cinco./ ¿Quién gritó primero, Enedino,/ Tú o tu mujer/ desollada y deshijada al mismo tiempo?/ ¿Quién gritaba a la hora de tu muerte:/ ¡Viva México!?/ De la tierra, Enedino, de la tierra./ Igual que los otros que volvieron/ a la tierra./ ¡Tan por ella!/ ¡Tan sin ella!/ Igual que tú, Enedino, los otros, el otro,/ el que soñaba como tú en la libertad/ y en la tierra,/ el que tenía la mirada tajante/ como un cuchillo,/ el que mataron con tanta traición/ como pudieron./ Y el otro, el último, el más cercano/ en el tiempo,/ con el que estabas unido desde/ la sombra de tus uñas,/ el que mataron también/ con su Epifania Zúñiga,/ no menos cruel, no menos/ cobardemente./ Ya ves, Enedino,/ Zapata, Jaramillo y ahora tú./ Tres personas distintas/ y una misma muerte,/ y una misma traición,/ y una misma tierra./ De la tierra, Enedino, de la tierra./ Por la misma Tierra.

Carlos dirigió muchos años el Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista y participa del comité de Memoria, pues sabe que es parte de lo que queda de su casa política y que aquí se resguarda una memoria que también es suya. Siempre generoso, ha entregado todo su esfuerzo y muchos recursos en sostener este proyecto y difundirlo.

Vive lejos ahora Payán, pero su corazón palpita con fuerza en estas tierras, donde tiene grandes afectos y enorme compromiso militante.

El CEMOS y Memoria han festejado por tanto este merecido premio.