MEJOR ENGELS QUE NUESTRA PSICOLOGÍA

Entre Piltdown y Taung

El renombrado científico Sir Grafton Elliot Smith, anatomista, antropólogo y egiptólogo, escribía en 1924 que “lo que transformó al mono en hombre no fue la postura erecta, sino un perfeccionamiento gradual del cerebro y una construcción de la estructura mental que  se manifestaron incidentalmente en la erección del porte”[1]. Smith insistía páginas después que la actitud erguida no era “la causa real del surgimiento de la humanidad”[2]. Si así fuera, según él, entonces los ancestros de los monos gibones, que ya caminaban sobre dos patas hace millones de años, se habrían “convertido en humanos”[3].

El gran Smith descartó la condición necesaria, la postura erecta, por malinterpretarla como suficiente, incurriendo así en un tipo de falacia de non causa pro causa. Esta falacia pudo haber sido refutada con una simple argumentación lógica, pero lo fue por una observación empírica y por su correcta interpretación en el pensamiento especulativo. En 1924, el mismo año en que Smith imaginaba que la postura erecta era una manifestación incidental del desarrollo del cerebro, Raymond Arthur Dart descubría en la comarca sudafricana de Taung a los australopitecos, abuelos del ser humano, ya bípedos y erguidos, pero con un cerebro tan pequeño como el de los grandes simios de la actualidad.

El descubrimiento de los australopitecos terminó refutando a Smith al demostrar que la postura erecta fue anterior y determinante para el desarrollo del cerebro humano. Sin embargo, el descubrimiento fue rechazado por la mayor parte de la comunidad científica de aquellos años, que estaba obsesionada con el gran cerebro del supuesto Hombre de Piltdown, el cual, de hecho, no era sino un ente fraudulento compuesto de una mandíbula de orangután, un diente de mono y un cráneo de ser humano. Los factores que aseguraron el éxito de la estafa de Piltdown, finalmente a costa del descubrimiento de Taung, fueron múltiples y complejos, pero incluyeron prejuicios racistas y eurocéntricos, la consideración unilateral del cerebro en el origen de la humanidad, falacias como la que detectamos en Smith y la ausencia general de un pensamiento especulativo debidamente orientado por la teoría. Estos factores no dejaron de afectar y extraviar el desarrollo de la paleontología entre los siglos XIX y XX.

Freud y Engels

Mientras paleontólogos autorizados se dejaban llevar por falacias o prejuicios y al final eran engañados por la más vulgar estafa, hubo dos pensadores ajenos a la paleontología, Friedrich Engels y Sigmund Freud, que no perdieron el rumbo y siempre comprendieron el papel fundamental y decisivo de la postura erguida en el origen de la humanidad. Esto hizo que ambos merecieran el reconocimiento del famoso paleontólogo, biólogo evolutivo y divulgador científico Stephen Jay Gould, quien apreció especialmente el “brillante” aporte engelsiano[4]. Aunque Gould tuviera la convicción de que Engels debía sus ideas a Ernst Haeckel, no dejó por ello de admirar al amigo de Marx por su adopción de esas ideas, por la forma en que las insertaba en su filosofía materialista y por su crítica política del prejuicio idealista de la primacía del cerebro, de la mente y del intelecto.

Engels y Freud supieron preservarse del idealismo de la clase dominante que se arroga el privilegio del trabajo mental o intelectual, asociándolo con la humanidad, al tiempo que impone la obligación del trabajo manual a una clase dominada y deshumanizada. Tomando partido por los dominados y reivindicando el papel de su trabajo manual en el origen de la humanidad, Engels consideraba ya en 1876 que la humanización había comenzado cuando ciertos monos, trepando por las ramas con sus manos, dejaron de servirse de ellas para andar, lo cual, una vez en el suelo, hizo que adoptaran “una posición cada vez más erecta” y que sus manos quedaran libres, “en condiciones de ir adquiriendo nuevas y nuevas aptitudes”[5]. De modo análogo, tomando partido por el cuerpo y reivindicando su papel en la humanización, Freud asoció ya desde 1897 la humanidad y su carácter esencialmente reprimido con la “marcha erecta, la nariz levantada del suelo”[6], para concluir, en 1930, que la cultura comienza con la “postura vertical del ser humano” y su cadena de consecuencias, como la “desvalorización de los estímulos olfatorios”, la “hiper-gravitación de los estímulos visuales al devenir visibles los genitales”, la “continuidad de la excitación sexual, la fundación de la familia y con ella los umbrales de la cultura humana”[7].

Lo distintivo de Freud y Engels, aquello por lo que no se dejaron extraviar por el prejuicio idealista de la primacía de lo cerebral y lo mental-intelectual, fue su pensamiento especulativo materialista siempre vivo y vigilante, nunca suplantado por la pura observación empírica, y además adecuado y riguroso, bien guiado por la brújula de sus teorías. Digamos que Freud y Engels comprendían, en los términos usados por Darwin en 1857, que necesitamos de “ideas teóricas” y que “sin especulación no hay observación buena ni original”[8]. El pensamiento especulativo, bien fundado en la teoría, fue lo que faltó en los científicos engañados por la estafa de Piltdown, los cuales, aunque tal vez observaran mucho y bien, pensaron poco y mal, de modo falaz y prejuiciado. Su error fundamental fue el mismo que Engels atribuye a los frenólogos: su “trivial empirismo, que desprecia todo lo que sea teoría y desconfía de todo lo que sea pensamiento”, lo que desemboca irremediablemente en la ideología, la “superstición” y el “misticismo”[9].

Tanto Engels como Freud supieron evitar las derivas ideológicas, místicas y supersticiosas, a las que nos conduce un empirismo acéfalo, sin teoría ni pensamiento especulativo, como el que hoy reina en las ciencias humanas y sociales, entre ellas la psicología y la sociología. Sabemos que la ruptura con esta ideología empirista, el corte epistemológico enfatizado por Althusser, es un gesto inaugural y fundamental del marxismo y del psicoanálisis, que rompen respectivamente con lo económico-sociológico y con lo psicológico dominantes en los últimos doscientos años[10]. Lo que tal vez no sepamos es que Engels realizó un gesto análogo al freudiano, un gesto de ruptura con lo psicológico, al esbozar una teoría de la subjetividad que, a falta de otro nombre mejor, podemos aún denominar “psicología”[11].

Engels y la psicología

Una de las concepciones más importantes de la teoría psicológica engelsiana es precisamente la del papel de la postura erguida en el origen del psiquismo humano. Ya vimos cómo esta postura liberó las manos. Gracias a su liberación, las manos pudieron dedicarse a un trabajo que fue complicándose y colectivizándose progresivamente, lo que impulsó el desarrollo del lenguaje, la transformación de los sentidos y la conversión del “cerebro de mono” en un “cerebro de hombre”[12]. Fue así como las manos, con su trabajo, determinaron “en última instancia” el “desarrollo paulatino de la cabeza” y el “surgimiento de la conciencia” por la que se distingue el ser humano[13].

No es que la humanidad se origine trabajando con sus manos, pues ella no es todavía exactamente lo que trabaja en el origen, siendo más bien el producto del trabajo que la precede y que la produce al transmutar al animal en el humano. Engels dice literalmente que “el hombre mismo ha sido creado por obra del trabajo”[14]. Lo primero, para Engels, es el proceso de trabajo por el que el mono muta en humano, de tal modo que la humanidad sólo aparece después del proceso. Es por esto que Althusser advierte que aquí, en la explicación engelsiana, sólo hay un “proceso sin sujeto” y una “mutación no genética” diferente de la “ideología evolucionista de la génesis”[15].

No es que el humano haya ido constituyéndose poco a poco a sí mismo, sino que hubo un trabajo que lo produjo tal como lo conocemos ahora. Por ejemplo, si el actual ser humano es un homo dúplex dividido en mente y cuerpo, esto se explica porque el trabajo se dividió antes en mental y corporal, en intelectual y manual. Fue lo que ocurrió, según Engels, cuando la “cabeza” con su mente o su intelecto consiguió que el trabajo que planeaba fuera “ejecutado por otras manos que las suyas”[16].

Como nos lo descubre la psicología engelsiana, la disociación de la sociedad entre clases sociales, entre la clase que se pone a la cabeza y la clase de las manos que trabajan, está en el origen de la división del individuo entre la cabeza y las manos, entre la mente y el cuerpo. Llegamos a esta división dualista porque primeramente una clase acaparó la actividad psíquica o mental, el trabajo intelectual de planeación y decisión, y condenó a otra clase a la actividad física, al trabajo manual de ejecución. La división de clases se traduce así en una división del trabajo que a su vez predetermina la división entre lo físico y lo psíquico. El psiquismo, el objeto de la psicología, surge como un privilegio de clase. 

Potencial de Engels para la crítica de la psicología

Engels desentraña el poder, la dominación de clase, en el origen del objeto de la psicología. La idea misma del psiquismo se ve así rehistorizada y repolitizada, reconducida al ámbito de las clases y de su lucha, el ámbito del que forma parte y del que ha sido extraída para ser luego naturalizada, reificada y objetivada por la psicología dominante. A diferencia de esta psicología empirista, la teoría psicológica materialista de Engels no sólo observa lo dado, sino que lo piensa, lo que le permite llegar a una serie de hallazgos con un gran potencial crítico aún vigente para trabajar en el campo psicológico.

Es mucho lo que podemos hacer con Engels al abordar críticamente la actual psicología:

  1. Evidenciar el fundamento clasista de la psicología, evidenciarlo gracias al descubrimiento engelsiano del origen del dualismo psico/físico en la división de clase entre las mentes de quienes “planean” y las manos de quienes “ejecutan”[17].
  2. Rechazar el reduccionismo explicativo psicológico, rechazarlo al comprender que se funda, no en una relación lógica entre la causa mental y el efecto corporal, sino en lo que nos ha sido revelado por Engels: en una relación de poder entre la mente de quienes dominan y el cuerpo de los dominados, relación fundamentalmente socioeconómica por la que los sujetos modernos tienden a psicologizarlo todo al “acostumbrarse a explicar sus actos por sus pensamientos”[18].
  3. Cuestionar la obsesión de la neuropsicología con el cerebro, cuestionarla como consecuencia de la amnesia histórica en la que olvidamos la importancia del cuerpo y de las manos, lo cual, según lo que ha mostrado Engels, nos hace despreciar el trabajo físico y manual, deshistorizar lo cerebral y atribuir todo lo humano y cultural “a la cabeza, al desarrollo y a la actividad del cerebro”[19]
  4. Denunciar el androcentrismo originario constitutivo del campo psicológico, denunciarlo en el objeto mismo de la psicología, en el psiquismo que se abstrae de lo corporal y que es primeramente el del hombre que domina el cuerpo de la mujer como “esclava de su placer e instrumento de reproducción”[20] en “el seno de la simple familia”, como bien lo vislumbró Engels[21].
  5. Descartar la falsa universalidad de la noción dualista psicológica del ser humano, descartarla al resituarla en su particular perspectiva cultural histórica europea y judeocristiana, especista y antropocéntrica, ecocida y suicida, en la cual, según lo que ha sugerido Engels, nuestra humanidad olvida que es “parte integrante de la naturaleza” y adopta “esa absurda y antinatural representación de un antagonismo entre el espíritu y la materia, el alma y el cuerpo”, que “se apoderó de Europa a la caída de la antigüedad clásica, llegando a su apogeo bajo el cristianismo”[22].

¿Una psicología engelsiana?

En lugar de la psicología empirista clasista, reduccionista, obsesionada con el cerebro, androcéntrica y falsamente universal, Engels nos ofrece una teoría psicológica materialista en la que reconoce la determinación de clase, la causalidad no-psicológica, la existencia total del cuerpo, la dominación patriarcal y la especificidad cultural e histórica. La psicología engelsiana reconoce así lo desconocido y obedecido inadvertidamente por la psicología acéfala que domina en los siglos XIX, XX y XIX. Al privarse de pensamiento, el empirismo psicológico incurre en mucho de aquello críticamente pensado en el materialismo de Engels.

Además de su potencial crítico, la psicología materialista engelsiana se caracteriza por su gran poder explicativo. Ya vimos cómo permite explicar el desarrollo del cerebro y de la mente a partir de la posición erguida y del trabajo manual. Esta explicación incluye además otro eslabón crucial, el del lenguaje, cuyo análisis en Engels, indisociable del análisis del trabajo, tiene un carácter precursor.

Engels considera que el trabajo y el lenguaje son los “dos incentivos más importantes bajo cuya influencia se ha transformado paulatinamente el cerebro del mono en el cerebro del hombre”[23]. Confirmamos aquí lo que ya habíamos afirmado con respecto al trabajo: que no es exactamente, como suele creerse, que el desarrollo del cerebro y de la mente haya permitido a los seres humanos trabajar y hablar. Es más bien lo contrario: es el proceso de trabajo y de lenguaje el que ha producido su instrumento cerebral y mental por el que se distingue el ser humano.

Coincidiendo con Marx, Engels considera que el fenómeno cerebral-mental de la “conciencia” es precedido y determinado por la “existencia”[24], que las ideas provienen de “relaciones sociales reales”[25], que “las representaciones, los pensamientos, el comercio espiritual de los hombres” son “emanación directa de su comportamiento material”[26]. Lo interesante en Engels es que esta materialidad comportamental, existencial y relacional se concibe como lenguaje y no sólo como trabajo. Hay aquí un desconcertante materialismo del lenguaje que nos hace pensar en el futuro “moterialismo” de Lacan[27] y que tiene su precedente en ese fabuloso pasaje de la Ideología alemana en el que se nos dice que el “espíritu” resulta indisociable de un “lenguaje” descrito como “conciencia real”[28].

Si pensamos al hablar como pensamos al trabajar, es porque los procesos de trabajo y de lenguaje son aquello que produce nuestros pensamientos. Desde luego que pensamos con el cerebro como clavamos un clavo con un martillo. Sin embargo, así como el martillo no es capaz de clavar un clavo por sí solo, así tampoco la herramienta cerebral puede bastarse a sí misma para pensar.

No hay pensamiento producido por nuestro cerebro. Como nos lo enseña la psicología engelsiana, son los procesos de lenguaje y de trabajo los que producen lo que pensamos, produciéndolo con el cerebro. Son también los mismos procesos, por cierto, los que se ofrecen una herramienta cerebral y mental. Esto, que ya era bien comprendido por Marx y Engels en el siglo XIX, es aún ignorado por la inmensa mayoría de los psicólogos y neuropsicólogos. La razón de su ignorancia es lógicamente su acefalia, su falta de pensamiento especulativo, su falta de trabajo y de lenguaje en la esfera teórica.


* Psicoanalista. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. 

[1] Grafton Elliot Smith, The Evolution of Man, Londres, Humphrey Milford, 1924, p. 39.

[2] Ibid., p. 41.

[3] Ibid., p. 37.

[4] Stephen Jay Gould, La postura hizo al hombre, Razón y Revolución 2, p. 4. 

[5] Friedrich Engels, El papel del trabajo en el proceso de transformación del mono en hombre (1876), en Obras filosóficas, Ciudad de México, FCE, 1986, pp. 412-413.

[6] Sigmund Freud, Fragmentos de la correspondencia con Fliess, en Obras completas I, Buenos Aires, Amorrortu, 1996, pp. 310-311.

[7] Freud, El malestar en la cultura, en Obras completas XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1996, pp. 97-98.

[8] Charles Darwin, C. Darwin to A. R. Wallace, en The life and letters of Charles Darwin, including an autobiographical chapter, Volume 2, Londres, John Murray, 1887, p. 108

[9] Engels, Dialéctica de la naturaleza (1883), en Obras filosóficascr, México, FCE, 1986, pp. 320-321.

[10] Louis Althusser, Philosophie et sciences humaines (1963), en Solitude de Machiavel, París, PUF, 1998, pp. 53-54. Ver también Psychanalyse et sciences humaines (1963-1964), París, STOCK/IMEC, 1996, pp. 78-80.

[11] David Pavón-Cuéllar, La psicología de Friedrich Engels: de las teorías materialistas del trabajo manual y del reflejo a la crítica del empirismo y de la ideología, Dialectus 2(6), 150-162.

[12] Engels, El papel del trabajo… (1876), op. cit., pp. 412-416.

[13] Engels, Dialéctica de la naturaleza (1883), op. cit., p. 299

[14] Engels, El papel del trabajo… (1876), op. cit., p. 412.

[15] Althusser, La querelle de l’humanisme (1967), en Écrits philosophiques et politiques 2, París, STOCK/IMEC, 1997, pp. 503-507.

[16] Engels, El papel del trabajo… (1876), op. cit., p. 418.

[17] Ibid.

[18] Ibid.

[19] Ibid.

[20] Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado (1884), Ciudad de México, Colofón, 2011, p. 65.

[21] Engels, El papel del trabajo… (1876), op. cit., p. 418.

[22] Ibid., pp. 420-421.

[23] Ibid., p. 415

[24] Marx, Contribución a la crítica de la economía política (1859), Ciudad de México, Siglo XXI, 2013, pp. 4-5.

[25] Marx y Engels, La ideología alemana (1846), Barcelona y Montevideo, Grijalbo y Pueblos Unidos, 1974, pp. 39-40

[26] Ibid., pp. 25-26.

[27] Lacan, Le symptôme (1975), Le Bloc-notes de la psychanalyse 5 (1985), p. 12.

[28] Marx, K. y F. Engels (1846). La ideología alemana, op. cit., p. 31.

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