PAÍS A LA INTEMPERIE

PAÍS A LA INTEMPERIE

SOBRE LA NECESIDAD DE AMPLIAR LA PERSPECTIVA

Porque pensamos, nos desaparecen.
Pinta del movimiento por Ayotzinapa

México es un moridero, un panteón de muertos a la mala que claman por justicia y paz. Y los matados son casi todos  jóvenes si no es que niños. Jóvenes los muertos y secuestrados de Ayotzinapa, jóvenes los muertos anónimos de las fosas de Iguala, jóvenes los ejecutados por el ejército en Tlatlaya, jóvenes la mayoría de los muertos y desaparecidos en la “guerra” de Calderón y Peña Nieto. Estudiantes, delincuentes, soldados, víctimas accidentales… en nuestro país se mata a los jóvenes y los jóvenes se matan entre sí. Todos los muertos cuentan, pero cuando muere un joven muere una vida por vivir ¿cuántos años no vividos acumula el juvenicidio nacional?

La matazón de Iguala es parteaguas por dos razones: por su desmesura y por lo que el crimen y la repulsa que desató significan. Y es que si decenas de estudiantes pudieron ser masacrados, escarnecidos y secuestrados es porque los responsables pensaron que quedarían impunes pues, después de todo, las víctimas no eran más que “ayotzinapos”, vale decir vándalos.

flores 2Difundido sistemáticamente por medios masivos de comunicación y funcionarios públicos un obsceno mensaje subliminal recorre México: la muerte tiene permiso cuando sirve para preservar el orden. En esta lógica perversa es bueno que los narcos se maten unos a otros porque quedan menos, es aceptable que la fuerza pública ejecute a los presuntos delincuentes para que aprendan y  -en el extremo- se ve mal eso de balear y secuestrar normalistas pero lo cierto es que los “ayotzinapos” se lo buscaron por revoltosos.

Matar antisociales, sean estos delincuentes o subversivos, no es romper el orden, es preservarlo. Y no merece castigo sino aprobación. Porque las leyes escritas y las normas morales diurnas pueden violarse si se trata de hacer valer la ley nocturna, el código oculto e inconfesable que preside desde la oscuridad el orden existente (Zîzêk). Razonamiento que está detrás del holocausto, el gulag, las limpiezas étnicas, los escuadrones de la muerte y todos los gobiernos represivos, el nuestro incluido.

Por fortuna el crimen de Iguala no encontró complicidad sino airado rechazo: una indignada y conmovida repulsa ciudadana. “A lo mejor los muchachos se pasaban y merecían algún castigo. Pero eso no. Eso es un crimen”, dijo un Policía Comunitario que había ido a Iguala para ayudar en la búsqueda de los secuestrados. Y ese es el mensaje: pese a la insidiosa campaña de criminalización de la protesta, los mexicanos dijimos: eso no, no más sangre, no más impunidad, no más impudicia política…

El primer año de la restauración priista fue de pasmo ciudadano, de atonía social. Los movimientos opositores nacidos en 2012 se desbalagaban, los gremios laborales más o menos activos y democráticos trataban inútilmente de descifrar al nuevo interlocutor gubernamental y las izquierdas no claudicantes se reponían del golpe y rediseñaban sus estrategias electorales. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie perdían rápidamente las pocas esperanzas que Peña Nieto despertó en su campaña electoral, pero su creciente desaprobación que documentaba la demoscopia no se traducía en acciones de protesta.

Pero en 2014 esto terminó. En medio de un torbellino de “reformas estructurales” que despertaban más rechazo y desconfianza que adhesión entusiasta. Los movimientos sociales comenzaron a salir del duelo. La progresiva convergencia de quienes defienden los territorios desde los territorios y las organizaciones campesinas nacionales que reivindican la propiedad social de la tierra amenazada por la “reforma para el campo” de Peña Nieto, genera expectativas; la movilización y huelga de decenas de miles de estudiantes politécnicos en contra de un reglamento policiaco y de la reforma neoliberal de los planes de estudio hizo caer a la Directora General y avanza hacia la realización de un Congreso Politécnico refundacional; la solidaridad con los normalistas de Ayotzinapa no solo tumbó al Gobernador de Guerrero sino que tiene en un predicamento al gobierno federal y a fines de octubre, cuando escribo esto, la movilización va en ascenso. “Nosotros, por nuestros hijos, estamos dispuestos a dar la vida. Y ustedes. ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar?”, dijeron los padres de los desaparecidos a quienes se movilizan en su apoyo. Y esta es la cuestión: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? “Lo menos que podemos hacer -dijo Omar, estudiante de Ayotzinapa- es que esta rabia que sentimos se convierta en movimiento organizado”. Ojalá que así sea.

Y porque el país está saliendo del duelo y se multiplican los movimientos sociales, tiene sentido reflexionar sobre las zurdas mexicanas hoy: sus potencialidades y sus limitaciones.

No perderé el tiempo en los desfiguros de la “izquierda moderna”, ni en sabidas omisiones de la nueva y plausible izquierda partidario-movimientista de las que participo y que abordo en otros lugares. Me ocuparé sólo de carencias que encuentro en las izquierdas basistas y rupestres, zurdas luchonas y militantes que en cierto sentido son las más esperanzadoras por cuanto marchan con los movimientos sociales.

Varias son las ausencias que a mi juicio limitan a las corrientes que han decido militar “abajo y a la izquierda”. Insuficiencias de las que en parte sus mayores somos responsables pues a veces resultan del legítimo rechazo a vicios, dogmas y clichés de la vieja izquierda.

Una de las carencias que aquejan a sectores contestatarios, por lo demás muy loables, proviene de su desconfianza en las visiones nacionales, estratégicas y programáticas; escepticismo acompañado casi siempre por la reivindicación de lo local, el corto plazo y los objetivos inmediatos como únicos horizontes legítimos de la acción política. Desconfía de quien tenga más de 30 años, decíamos en los setenta; desconfía de quien tenga un proyecto de país dicen ahora.

Apocamiento de las prácticas, organizaciones y objetivos al que casi siempre se añade un anticapitalismo del “buen vivir” que, siendo admirable como espíritu práctico de las resistencias, es sin embargo vago y retórico en sus conceptos, borroso en su visión histórica y pobre en su perspectiva global. No reclamo la insuficiencia de sus elaboraciones -saco que a todos nos viene- reclamo que por lo general no las reconozcan y por tanto no traten de subsanarlas.

Quizá porque se  ocupan de estructuras globales y sistémicas está muy extendido entre la banda el rechazo a los análisis económicos e incluso le dan el esquinazo por abstrusa a la crítica marxiana de la economía política. En consecuencia el personal pasa de los sujetos de profundidad histórica y gran calado, como las clases sociales, aun si gracias a gente como Antonio Gramsci y Edward Thompson hace rato el concepto se ancló en el conflicto y la cultura liberándose así del economicismo.

Un minimalismo semejante está detrás de la desconfianza de ciertos activistas en las estrategias que -sin quedarse en ello- se proponen también cambiar el régimen político. Y descartado el “cambio desde arriba”, descartan igualmente cualquier participación en la política institucional y abominan de todos los partidos políticos habidos y por haber. ¿Ya viste lo que pasó con Lula y Dilma? ¿Lo que pasó con los Kirchner? ¿Lo que pasó con Tabaré Vázquez y Mujica? ¿Lo que pasó con Evo? ¿Lo que pasó con Correa? ¿Lo que pasó con Lenin, con Mao, con Fidel…? Mejor es encuevarse, defender cada quién su pedacito y resistir en espera de que algún día caiga el gobierno y el sistema se derrumbe…

El mismo enfoque poquitero, pero en la academia, llevó hace rato a descalificar por metafísicas a las grandes narrativas históricas y las teorías sociológicas comprensivas, para quedarse solo con epistemologías, metodologías, “teorías de alcance medio”, estudios puntuales de base empírica y aproximaciones estadísticas y demoscópicas sustentadas en datos duros.

Algo nos estamos perdiendo con todo esto. Algo importante nos está faltando cuando, por ejemplo, el movimiento rural mexicano más pujante de los últimos lustros: la defensa de los territorios desde los propios territorios, sigue lastrado por un localismo e inmediatismo explicables pero remontables. Cuando en nombre de la pertinente reivindicación del espacio y de las nuevas  geografías ponemos en segundo plano al tiempo y a la historia. Cuando obsedidos por el despojo ignoramos la explotación. Quizá no nos damos cuenta pero en nuestras prioridades la defensa de la diversidad realmente existente ocupa cada vez más el lugar de los proyectos de futuro. Lo simultáneo desplaza a lo sucesivo. El espacio se va comiendo al tiempo.

Y no, la historia anduvo en malos pasos pero no puede ser tratada como perro muerto.