¿CULTURA VERSUS VIOLENCIA?

¿CULTURA VERSUS VIOLENCIA?

¡Que no te eduque
la Rosa de Guadalupe!
Consigna de protesta de los
estudiantes del movimiento #YoSoy132

La sociedad mexicana vive en un estado de zozobra por la violencia. La fuerza de la delincuencia parece incontenible. La cantidad de muertos y desplazados por esta razón es escalofriante. Todos los ámbitos de la vida están marcados por la violencia: desde el espacio privado, donde las agresiones hacia las mujeres y los niños se ocultan, hasta la vida pública, en la cual es común la perversa articulación entre el poder público y el narcotráfico, como ocurrió en la tragedia contra los estudiantes normalistas de Ayotzinapa. La saña que despliega y la paulatina normalización de la violencia, especialmente entre los sectores más vulnerables, ponen en duda la existencia de los sentimientos y valores más elementales de respeto a la vida.

La profundidad del problema hace evidente que no hay remedio policiaco o militar, los cuales hacen agua en un régimen corrupto que refuncionaliza la violencia y el miedo para fortalecerse. En la búsqueda de soluciones, cierto sentido común, bastante extendido, señala a la cultura. ¿Qué podemos esperar realmente de la cultura para encontrar opciones a la vorágine de violencia y deterioro social que vivimos?

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Este sentido común parte de entender la cultura como un reservorio de significados, valores y prácticas positivas que, con su promoción, permiten sensibilizar a los sujetos y humanizar las relaciones sociales. El arte que abre nuevos horizontes de creatividad y sensibilidad; las tradiciones que articulan una raíz identitaria compartida; las nuevas expresiones culturales que dan singularidad son, entre otras, algunas prácticas culturales que enriquecen simbólicamente la vida. Sin dejar de ser cierto, estos recursos resultan impotentes, comúnmente portadores de los valores que están en crisis, acorralados en un sistema social que los desprecia cada vez más.

Pero sin interrogarse sobre las causas de tal impotencia o el origen de este desprecio, el discurso dominante coloca en el centro de las reflexiones sobre la cultura su dimensión económica y sus procesos industriales, donde se entiende la cultura como un sector productivo y rentable. Por tal razón se realizan estudios respecto del consumo cultural, los mercados mundiales y el valor económico de la cultura. Se señala la contribución de estas industrias al crecimiento económico de los países centrales. Es necesario, se dice, “invertir” en el rubro y establecer nuevas políticas que promuevan el desarrollo cultural; éste impulsa la economía y permite reducir el deterioro social.

Pese a que es larga la lista de bienes y servicios culturales considerados propios de las industrias culturales (o industrias creativas), el núcleo central de éstas son por su importancia económica, política e ideológica los medios de comunicación masiva y la industria del espectáculo, los cuales han desplegado un poderío global que los primeros críticos de la industria cultural, Adorno y Horkheimer, no lograron imaginar. Pero sin considerar los serios cuestionamientos que realizaron estos pensadores en de la década de 1940, se sostiene que el principal problema por resolver es el acceso a los contenidos, y para ello es fundamental solucionar el rezago tecnológico, la “brecha digital”.

Es común encontrar en los estudios sobre las industrias culturales la preocupación por los derechos culturales. Así lo dice Néstor García Canclini: “El vínculo de la cultura con el desarrollo es valorarla por su modo de construir la sociedad. Con los derechos económicos de las empresas, hay que considerar los derechos culturales de los ciudadanos. En una época de industrialización de la cultura, estos derechos no se limitan a la producción del territorio, la lengua y la educación. El derecho a la cultura incluye lo que podemos llamar ‘derechos conectivos’, el acceso a las industrias culturales y las comunicaciones”.1

En esa línea de pensamiento, que parece aceptar como inevitable la contracción de las facultades del Estado, es indispensable que se proteja la propiedad intelectual y se controlen las tendencias oligopólicas para que la competencia impulse la calidad y la innovación en el sector. Es también aceptado que el Estado participe para compensar ciertos desequilibrios presentes por la exclusiva comercialización lucrativa. Por ello se insiste en que “las industrias culturales no se organicen sólo como negocio sino también como servicio”.2

En síntesis, la falta de desarrollo cultural en un país como México se debe a que no se han aprovechado de forma adecuada las oportunidades que ofrecen las industrias culturales. Un contrasentido, se observa, si se considera que por su historia y diversidad México tiene grandes “capitales culturales”, aprovechables en la economía globalizada.

Pero hay otras miradas. Ahí donde se ven oportunidades de desarrollo cultural, se advierte una producción de identidad social artificial a manos de las industrias culturales, abiertamente hostil a la cultura. Una fascinación por la revolución tecnológica que no trae bajo el brazo la prometida democratización de la cultura sino su aniquilación.

¿Cómo ha ocurrido esto? Bolívar Echeverría plantea que el desplazamiento que provocan las industrias culturales ha generado la pérdida irremediable de la hegemonía de la alta cultura y el rompimiento de los vasos comunicantes (verticales y discriminatorios, ciertamente) de ésta con la baja cultura, que también experimenta un hondo debilitamiento. Es en síntesis un tiempo de crisis y cambio civilizatorio de la modernidad capitalista que se expresa en un “extrañamiento de la sociedad respecto a su propia herencia cultural”.3

No se trata, desde esta perspectiva, de la posibilidad de hacer congeniar la producción de las industrias culturales con las particularidades de la riqueza cultural propia, sino de una resistencia ante el avasallamiento por la cultura del entretenimiento y el espectáculo de masas.

En un afán de evitar hablar de dominación, culturicidio y resistencias, suelen colocarse las preocupaciones en los contenidos creados y difundidos para consumo global por estas industrias. Efectivamente, se acepta que éstas en general imponen un modelo y una estética occidentales homogeneizadores y que encumbran valores, usos y prácticas ajenos o abiertamente encontrados a la idiosincrasia de otros grupos sociales. Se destaca como ejemplo positivo la existencia de productos (películas, música) que han tenido “éxito comercial” y responden a otras formas o valores culturales, o que promueven de modo directo esta diversidad. Sin embargo, el principal problema no se encuentra ahí.

La concepciones de la cultura centradas en las creaciones (las artes y la literatura en primer término), los valores, los comportamientos y las identidades de muy diversa naturaleza no escapan de una visión sustancialista de la cultura —es decir, que descansa en sí misma—; y por más que se expanden estas definiciones, para no dejar fuera nada de lo que hace el ser humano en sociedad, parece que se pierde un aspecto central de la cultura: el mismo ser humano en su concreción colectiva.

Importaría poco esta diferencia epistémica si no fuera por sus implicaciones en las posibilidades de las políticas culturales. Puestas al servicio de las necesidades de las industrias culturales y a la ampliación de la mercantilización de toda expresión cultural que pueda ser rentable, las políticas culturales se muestran limitadas para ser un instrumento que haga frente a la violencia y el deterioro social que vive un país como México. No parece diferenciarse si éstas son impulsadas por gobiernos de derecha o izquierda pues, acotadas por el Estado neoliberal, el mejor papel que pueden realizar es proteger el patrimonio cultural e impulsar la creación y difusión artísticas —generalmente productos de la alta cultura— que se considera pueden encontrar el más amplio público. A la construcción colectiva o comunitaria, que ejerce la autonomía para articular sus expresiones culturales y artísticas, se le teme, se le coarta la libertad que necesita y no pocas veces se le combate.

Las políticas culturales deben replantearse desde otro lugar; alzar la mirada crítica frente al cambio cultural ocurrido en las últimas décadas. En la medida en que la actual crisis de la cultura genera desconocimiento o indiferencia de la sociedad frente a su creación, ésta debe ser restituida sobre nuevas bases. El discurso dominante insiste permanente y sutilmente en la aceptación de la impotencia del ser humano como hacedor de su propia cultura. Desde la pasividad consumista se disuelve el sujeto transformador, capacidad que se despliega mediante su creatividad política y cultural, que le permite transformarse a sí mismo.

El proyecto de una modernidad alternativa a la capitalista emerge —dice Bolívar Echeverría—, aunque sólo de manera oprimida, en medio del mundo actual, dominado por la modernidad capitalista. Se trata del único proyecto capaz de conducir este tránsito civilizatorio por una vía diferente, opuesta a la de la catástrofe.4

Se trata entonces de anteponer a la “cultura” del espectáculo y el entretenimiento, del consumo y desecho la capacidad creadora, individual y colectiva de una cultura transformadora, dispuesta al cambio desde una perspectiva radical a la altura de la emergencia que vive el país.


1 García Canclini, Néstor, Ernesto Piedras Feria. Las industrias culturales y el desarrollo de México. México: Siglo xxi: FLACSO, 2006.

2 Ibídem.

3 Echeverría, Bolívar. Vuelta de siglo. México: Ediciones Era. 2006.

4 Ibídem.