DE LA SOCIAL A MORENA

DE LA SOCIAL A MORENA

ILLADES-De-la-social-a-Morena-2El libro de Carlos Illades De la Social a Morena es en varios sentidos un ejemplo de erudición, originalidad e increíble capacidad de síntesis. Solo quien ha escrito profusamente sobre diferentes periodos de la historia de la izquierda mexicana es capaz de lograr en 170 páginas una sinopsis coherente de 170 años de historia de la izquierda que invita a lecturas más especializadas en épocas o bien en corrientes de pensamiento específicas.

Lo original de la obra de Carlos está en el enfoque: esta vez el sujeto no son las organizaciones y su estrategia política sino las “grandes corrientes doctrinales” que las configuran. Dice Carlos Illades:

“Si la prioridad de la izquierda es la cuestión social, se ha tratado de resolverla desde tres puntos del espectro ideológico. El primero de ellos corresponde obviamente al socialismo, discurso político que gira en torno de ese eje y que, por entonces, inició la difusión en el país. Aspiraba a emancipar a los trabajadores, las mujeres y los indígenas, y a la vez, cancelar los privilegios de la Iglesia romana, promoviendo una nueva espiritualidad. De otro lado estaban los críticos de esta Iglesia que, a fuerza de intentar reformarla, frecuentemente acabaron rebasando sus estrechos márgenes, acercándose tanto al liberalismo en el terreno político como al socialismo, asumiendo con él la urgencia de atender la problemática social. A esta corriente podríamos llamarla “socialcristiana”. Por último, dentro del campo liberal, unos cuantos ligaron la construcción nacional a la solución de la cuestión social. Ellos, pensamos, conforman el liberalismo social que acompañó al nacionalismo en el siglo xix, para después de la lucha armada de 1910 disolverse en el nacionalismo revolucionario… Estas tres corrientes de la izquierda tienen una naturaleza distinta y, aunque transformadas, llegan hasta nosotros. Si bien la nacionalista ha sido la dominante, en determinadas coyunturas las otras adquirieron mayor protagonismo…”

Estamos ante un espectro ecléctico de utopías y teorías profundamente mexicano y que tiende a borrar las líneas divisorias entre perspectivas muy diferentes, a veces opuestas, de la realidad presente y el futuro. Podemos decir que corresponde no sólo a organizaciones o partidos sino también a amplios sectores populares que responden a un discurso en el cual predomina a veces el socialismo, otras el socialcristianismo o bien el nacionalismo revolucionario. Ese eclecticismo responde a las distintas fuentes de nuestra cultura y permite también desgraciadamente demagogias que usan tal o cual versión del pensamiento de izquierda para justificar prácticas ajenas a esta corriente. Así, el nacionalismo revolucionario se vuelve nacionalismo vulgar, el socialismo pierde todo impulso revolucionario y el socialcristianismo adquiere tintes de caridad cristiana sensiblera. La distancia entre ideología y práctica es muy grande, pues pocos partidos o corrientes dedican tiempo a la educación de las bases, que prefieren regirse por personas.

Quisiera dedicar el resto de la reseña al último capítulo del libro de Illades, que él llama “Los retornos” y que sin dejar de seguir el hilo doctrinario de la obra, comenta sobre todo el periodo de 1988 al presente: es decir los últimos 27 años, que representan una fase en sí, un lapso bien identificado, con características propias que lo diferencian claramente del pasado. Para seguir las señales de Carlos Illades diremos que es una época caracterizada por: 1) La emergencia de un nuevo bloque en el poder, singularizando por el enriquecimiento  irrestricto mediante privatizaciones y una política que favorece por encima de todo el capital. 2) Una modernización autoritaria, excluyente y globalizada que se impone en lugar del pacto autoritario, incluyente y nacionalista institucionalizado por el cardenismo. 3) La transformación del sistema de partido único en una democracia electoral precaria e inestable basada en tres partidos, PRI, PAN y PRD. 4) En el mundo de la izquierda, el colapso del bloque socialista en el Este y el desmantelamiento del Estado Social instaurado por la socialdemocracia y sus aliados liberales en Occidente. 5) En México, el socialismo se diluye en el nacionalismo revolucionario. 6) Surge el neozapatismo, movimiento anticapitalista y comunitario, en la selva Lacandona. 7) La constitución de un partido de izquierda electoral de masas, el PRD, que recientemente se divide, con lo cual surge Morena. Este periodo se designa también como “neoliberal”, en él, México se aleja de Latinoamérica y se transforma en un aliado supeditado a Estados Unidos.

Comentemos sobre todo la quinta característica de la época: la disolución de la corriente socialista en el nacionalismo revolucionario que hoy ocupa en sus diferentes tendencias prácticamente toda la izquierda electoral. La fundación del PRD coincidió exactamente con la caída del Muro de Berlín, la paulatina disolución de los partidos comunistas y el paso a la ofensiva gigantesca del Consenso de Washington, es acompañada de una aguda e invasiva campaña contra las ideas comunistas, el socialismo, el sindicalismo independiente y la memoria de la Unión Soviética en favor de las bondades del mercado, el individualismo, la competitividad y los programas de austeridad.

En el PRD hubo una fuerte campaña antisocialista y la implantación de una forma de hacer política totalmente opuesta a la de la izquierda independiente. Los cuantiosos subsidios estatales a los partidos, la atracción de los puestos políticos bien pagados y la intervención directa  del Estado en la estructura interna de los partidos relajó la ética militante de la izquierda independiente previa. En el PRD surgieron fuertes grupos de interés (que no de orientación ideológica) y una burocracia profesional dedicada sólo a las elecciones. En un país de estructuras corporativas, la reforma electoral de 1979 desembocó en la creación de un sistema corporativo más: el de partidos. La suma de estos factores y la falta de capacidad de los socialistas y comunistas para enfrentarlos produjeron un eclipse del socialismo y las ideas comunistas, a un grado sin paralelo en los otros países de América Latina, donde el socialismo había tenido presencia significativa. Los socialistas mexicanos, como bien dice Carlos Illades, no tuvieron tiempo de discutir e introducir los cambios que la nueva época del capitalismo exigían. Este impase ha tenido efectos desastrosos en el desarrollo de toda la izquierda que sólo ahora captamos íntegramente. La falta de ideología y de militancia en el PRD se ha traducido en una convergencia ideológica y práctica con el PRI; en la ausencia de status quo de herencia priista domina todo el panorama electoral y político.

En realidad, el PRD no constituye una fuerza alternativa bien definida al crecimiento de la pobreza, que abarca a la mayor parte de la población, sobre todo la semirrural; la penetración del crimen organizado en la política; la corrupción que corroe casi todas las instituciones; ni a  las reformas neoliberales exigidas por el FMI, el Banco Mundial y el establishment Estadounidense que han  encontrado a su consumador en Enrique Peña Nieto.

Para terminar expongo algunas reflexiones sobre socialismo y la posibilidad de crear un puente entre el siglo xx, fecundo en revoluciones y contrarrevoluciones, en sangrientas guerras mundiales (dos en un lapso de 31 años), y el siglo xxi, que se anuncia con una serie de revoluciones técnico-científicas de magnitud sin paralelo, una crisis civilizatoria gigantesca, la aparición de una burguesía mundial que integra las de los países en desarrollo, el desplazamiento de la política y el Estado por el poder mundial del gran dinero.

¡Ha llegado el tiempo de revivir el “pensamiento rebelde” anticapitalista, socialista!

El comunismo es una idea, una hipótesis milenaria, un impulso auténtico de la liberación, de la emancipación, no un abanico detrás del cual se esconden déspotas crueles, como lo pintan los ideólogos del pensamiento único.  Es el sentido profundo de todas las luchas que han librado los oprimidos contra sus opresores, los pobres contra sus explotadores, los marginados contra sus marginadores a lo largo de los tiempos. Tiene muchos sentidos, que le han sido dados por los pueblos en sus luchas. El socialismo está ligado a la idea de futuro, de esperanza.

En la historia del marxismo hubo varios socialismos. Está el socialismo de Marx en el Manifiesto Comunista en el cual identifica al socialismo de 1948 con un fantasma que recorre Europa y que en el futuro será el hombre trabajador capaz de cambiar el mundo. Está el de Lenin, muy diferente al de Marx, aplicado a la estrategia y práctica de la primera revolución socialista en un país atrasado, que se realiza con la hipótesis estricta de que la chispa rusa prendería en los países desarrollados de Europa Occidental; se encuentra también en el socialismo de Mao, que usa el marxismo para hacer y explicar una revolución socialista con un sujeto campesino en contraposición de Marx y Lenin, quienes tenían muchas reticencias sobre el campesinado y su capacidad revolucionaria. Está el socialismo de Gramsci y de Enrico Belinguer, que propone para Occidente la conquista del poder por medio de una lucha de posiciones y no de una sola revolución violenta. Hoy, las realidades de Rusia, China y Europa Occidental no confirman esas ideas. Hubo muchas derrotas, pero no son las primeras ni serán las últimas. La lucha de los pueblos es un eterno recomenzar.

Antes estaban los ideales comunistas de origen cristiano que tienen una faceta ético-religiosa regida por la trascendencia y la “sociedad justa”, en la cual el hombre puede hacerse digno de la vida ultraterrena. Las ideas comunistas viven también en la predicación milenarista de Thomas Müntzer (1490-1525), quien llamaba a los campesinos a luchar contra los señores para establecer el paraíso sobre la tierra, en el que todos serían iguales y la solidaridad supondría el lazo de unión. Está también en Fray Bartolomé de las Casas y Vasco de Quiroga que, si bien no se opusieron al colonialismo español, defendieron ardientemente a los indígenas contra las prácticas homicidas de los conquistadores. Se puede decir que ellos son los predecesores del socialcristianismo actual.

Babeuf y Buonarroti teorizan sobre el comunismo apenas apagada la Revolución Francesa, una concepción orientada a emancipar las masas trabajadoras del dominio de la propiedad privada, que es —según ellos— causa única de todos los males de la sociedad, y pregonan que la época ya estaba madura para una revolución que instaurara el reino de la igualdad y la felicidad universal.

El comunismo moderno que arranca con Marx se caracteriza, en cambio, por la secularización del discurso y por la decisión de llevar a cabo de manera concreta su ideal comunitario a través de la práctica política de un sujeto específico: el proletariado.  Estamos así ante una idea que tiene la fuerza de los siglos y, al mismo tiempo, ante versiones muy diferentes e incluso contradictorias del comunismo. Éste es una idea de emancipación universal, no sólo para los mexicanos si no para todos los hombres y las mujeres del mundo. En México, su universalidad ha sido borrada del discurso político por un nacionalismo chato, primitivo, oscurantista, en un mundo cada vez más unido por la globalización y la revolución de la informática. Hoy más que nunca, podemos decir que el socialismo avanzará en la mayoría de los países o en todo el mundo al mismo tiempo o no triunfará.

Expreso por último mi total acuerdo con Carlos Illades cuando termina su libro con una declaración de razón y fe: “Todavía hoy el socialismo, entendido en su sentido más amplio y plural, constituye la crítica más completa e incisiva a la civilización del capital. No obstante el naufragio de las tentativas revolucionarias del siglo xx, decía Hobsbawm que el mundo no cambiará por sí solo (Hobsbawm, 2003, p. 379). Lo que está por verse es si es posible integrar una voluntad colectiva que articule la rebeldía cotidiana, la oriente en dirección de ese cambio y cedan las resistencias que se le oponen. A diferencia de los precursores de esta tradición política, no tenemos certeza alguna que esto ocurra y, en caso de suceder, desconocemos cuál será la forma específica que adopte”.