LA ALTERNATIVA, DE LUIS VILLORO

LA ALTERNATIVA, DE LUIS VILLORO

978607162945Cuando el doctor Luis Villoro cumplió 90 años, el Instituto de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo —el cual lleva su nombre— organizó un importante y emotivo coloquio, donde se valoró su obra.

Del coloquio deseo destacar aquí dos afirmaciones del filósofo: una, expresada al final, con enorme emoción tras recibir un homenaje de los indígenas de Cherán, en la que expresó: “Toda mi obra ha estado dedicada a los indígenas de México”; y otra, de la que nos informó a los participantes, cuando le inquirimos sobre su investigación en curso, fue que elaboraba el libro La alternativa.

El año pasado, tras su sensible muerte, se publicó el libro con ese nombre, aunque no estoy seguro de que él hubiera deseado su publicación tal como se presenta, pues se formó en dos partes: en la primera se incluyen ensayos independientes (algunos de los cuáles ya se habían publicado) sobre temas como la revolución, la democracia, la pluralidad y el nuevo proyecto; y una segunda, integrada por la correspondencia que Villoro mantuvo con el Subcomandante Marcos en 2011.

Los textos son antecedidos por el prólogo de Luis Hernández Navarro.
Lo anterior no significa que estén ausentes el rigor, la profundidad y la pasión de las argumentaciones del autor, pero considero necesario tomar en cuenta textos anteriores, resultado de la larga meditación del filósofo: El pensamiento moderno. Filosofía del Renacimiento (1992), El poder y el valor (1997), Los retos de la sociedad por venir (2007) y Tres retos sobre la sociedad por venir (2009), entre otros.

Comentaremos los temas en el orden en que han sido dispuestos:

Primer capítulo: la revolución

Como sabemos, hasta ahora los cambios históricos se han realizado mediante una revolución, pero el concepto es polisémico y merece aclaraciones.

Para Villoro, las revoluciones implican “un cambio total en la sociedad, que puede manifestarse en varios niveles: en el internacional, en la independencia frente a otras naciones; en el interior de un mismo país, en la relación entre grupos dominadores y dominados. Ésta puede expresarse en los planos social, político y, también, jurídico” (página 23) Pero ¿y en lo económico? Aquí encontramos un aspecto que Villoro extrañamente no aborda. Como se sabe, hay revoluciones políticas, ideológicas, tecnológicas, científicas (Kuhn) y hasta filosóficas pero, a mi juicio, Marx plantea con toda claridad que una revolución en sentido radical implica una transformación cualitativa del todo social formado en su base por un modo de producción, así como por la superestructura jurídica, política e ideológica. El tránsito del feudalismo al capitalismo en Europa implicó “varias revoluciones”: la “gloriosa”, la “industrial”, “la francesa”, y produjo también cambios en los campos del derecho, de la política y, por supuesto, de la vida cotidiana y la conciencia de los individuos (la ideología).

Villoro se refiere al proceso revolucionario de Cromwell, a la Revolución Francesa dirigida por los jacobinos, a la de independencia mexicana; a la rusa de 1917, a la cubana de 1959. Si tomamos el ejemplo anterior, todas quieren establecer nuevas relaciones económicas, políticas y sociales, aunque con evidentes diferencias.

Empero, interesa al autor destacar que también hay revoluciones no violentas: la de Gandhi en India y la de Mandela en Sudáfrica aunque se trata de dos procesos diferentes, pues uno es de independencia y el otro contra el apartheid. No se buscó un cambio de sistema económico sino de orden político y jurídico.

Lo mismo ocurre con otros dos ejemplos aducidos por el autor, los de Bolivia y Chiapas. En ambos casos hay que hacer también distinciones porque en el primero se ha presentado una importante trasformación política, social y cultural, aunque se mantienen las relaciones capitalistas y se busca consolidar una sociedad posneoliberal; mientras, en Chiapas, se trata de una transformación económica, cultural y social importante con las juntas de buen gobierno, pero limitadas a una zona determinada. En suma, todos estos ejemplos guardan muchas diferencias que es necesario abordar en un análisis más amplio.

Villoro considera que una revolución en sentido moderno es “la racionalización del impulso colectivo originado por una indignación existente en toda una sociedad” (página 29) que se traduce en un nuevo orden jurídico.

Esto es cierto. Sin embargo, en la tradición marxista encontramos una concepción más compleja, como la que expone Gramsci: una revolución implicaría la formación de una nueva hegemonía. Pensando en el caso de México, diríamos que un bloque histórico logró la hegemonía a partir de la Revolución de 1917 y que inició su fase neoliberal en 1982. Lo que se requiere entonces es construir un nuevo bloque histórico y hegemonía.

Segundo capítulo: la democracia

Villoro opone de manera general la concepción liberal basada en el individualismo; la idea de una sociedad como medio de la realización personal; el acento en los derechos básicos; la competencia y la tolerancia. Frente a esta tradición opone el republicanismo que implica una prioridad de la sociedad; el individuo como producto social; la prioridad de la comunidad y la solidaridad. “El republicanismo expresa el proyecto de una posible comunidad renovada” (página 38).

En un texto anterior, expone con mayor fuerza sus críticas a la democracia liberal y su apoyo a la democracia comunitaria. Sin embargo, él mismo dice que puede ser factible sólo en comunidades pequeñas y que en un país se requiere una nueva democracia que busque apuntalar a partir de otra versión del republicanismo.

Tercer capítulo: la pluralidad

En este capítulo, Villoro dice que nuestra sociedad es desigual, con diversas culturas y lenguajes. “La desigualdad se ha profundizado. El tejido social amenaza romperse. La inseguridad ha aumentado en toda la sociedad. Ante la amenaza del narcotráfico, la economía sufre. Frente a esta situación, ¿cuál sería la alternativa?” (Página 39.)

La respuesta es que sólo hay una: “un nuevo tipo de nación”, que implicaría un Estado plural y un nuevo tipo de democracia, llamada por él “democracia participativa, republicana”, basada en tres principios: prioridad de los derechos de la comunidad frente a los individuales; realización del bien común fundada en la participación; y búsqueda de consenso.

Villoro dice que en la Constitución de 1824 se instauró el Estado liberal homogéneo. En 1917 se estableció en la Constitución el multiculturalismo (artículo 4o.) pero se mantuvo el Estado liberal. Se requiere configurar un Estado que acepte “una pluralidad de sistemas jurídicos en una diversidad de territorios” (página 41) a partir de una democracia participativa. Para lograrlo propone la resistencia civil. Sin embargo, afirma, debe evitarse el peligro de la violencia. Se trataría de un movimiento distinto del de una revolución clásica. Este movimiento rechaza la violencia; no se manifiesta en una ideología sino en “una actitud colectiva de rechazo a una injusticia sufrida que podría dar lugar a muchas concepciones” (página 43).

Los ejemplos serían el zapatismo y los procesos políticos observados en Ecuador, Venezuela y Bolivia. Villoro aduce también los ejemplos de Gandhi, Mandela o Martin Luther King. Villoro insiste en que “contra la violencia del dominador se abre un dilema: el ejercicio de la no violencia o la reconciliación con el dominador. Sólo entonces se abre hacia el futuro una nueva sociedad reconciliada” (página 44).

A mi juicio, la política de la no violencia es importante y ha dado sus frutos. En el caso del país, su adopción por el zapatismo fue un enorme acierto; de otra manera, habría sido el pretexto perfecto para que se enfrentaran dos opciones: la aniquilación del movimiento en forma transitoria y dolorosa; o bien, una guerra prolongada por décadas.

En el caso que nos ocupa, podríamos agregar que al gobierno de Salinas de Gortari, que apenas había firmado el tlcan, no convenía tampoco ninguna de las dos opciones, y optó por iniciar el proceso de los Acuerdos de San Andrés. Pero frente a este proceso histórico específico en el que la no violencia ha mostrado ser una estrategia correcta, podemos poner el ejemplo del gobierno chileno de Salvador Allende que, a pesar de acceder al poder por la vía democrática, fue objeto de la más cruenta y salvaje intervención por un sector del ejército que impuso la violencia. Por tal motivo consideramos que el uso de la violencia o de la no violencia depende de las circunstancias y que casi siempre es impuesta desde arriba.

En suma, Villoro aboga por un Estado plural que implicaría una democracia radical. Una de sus ideas principales radica en que México (como otros países) es heterogéneo y que las concepciones de los pueblos indígenas desarrollan una cultura diferente de la que predomina en Occidente y que implica una aportación valiosa en tanto que se busca preservar a la comunidad, el respeto de la naturaleza y la búsqueda de la armonía entre el hombre y el mundo, entre otros valores.

Villoro se pregunta por la situación actual en el país y observa que, pese a todos los años transcurridos, subsisten la desigualdad, la falta de justicia y la dependencia del extranjero. Su conclusión es que fracasaron el Estado liberal y su democracia.

La propuesta concreta de Villoro es una “unidad negociada entre los grupos” que luchan por una nueva nación y que implique

a) Una nueva forma de democracia republicana;

b) El reconocimiento de la pluralidad;

c) La preservación de espacios ecológicos; y

d) Frente al capitalismo individualista, la solidaridad y libertad.

Su tesis es que en el movimiento zapatista se presentan ya democracia directa, oposición a la partidocracia, antiliberalismo y anticapitalismo.

Segunda parte

La segunda parte está formada por un intercambio de cartas entre el Subcomandante Marcos y Luis Villoro durante 2011. Las del primero fueron escritas con el estilo que le conocemos: irónicas, críticas, dispersas, metafóricas, con aciertos y exabruptos contrastantes con la prosa pacífica y argumentada de don Luis.

Más allá de ello; Marcos da lugar a frases interesantes: “Si cierta filosofía (siguiéndolo, don Luis: el “pensamiento de dominio en contraposición con el ‘pensamiento de liberación’) relevó a la religión en esa tarea de legitimación, ahora los medios masivos de comunicación han relevado a la filosofía” (página 64). Diría que si bien es incontestable el dominio de la ideología mercantilista en esos medios, siempre hay una filosofía detrás, y en este caso se trata del neoliberalismo de Friedrich von Hayek, uno de los gurúes de la oligarquía internacional.

Primera carta: enero-febrero de 2011

El subcomandante describe una serie de situaciones que forman parte de nuestra realidad. Por ejemplo, que “la irrupción de la guerra en la vida cotidiana del México actual no viene de una insurrección, ni de movimientos independentistas o revolucionarios que se disputen su reedición en el calendario 100 o 200 años después. Viene, como todas las guerras de conquista, desde arriba, desde el poder” (página 69). Se refiere a la guerra de Felipe Calderón contra el narcotráfico; y ofrece cifras: presupuesto bélico total de 2009: 113 mil millones de pesos, 15 mil 273 homicidios vinculados al crimen organizado sólo en 2010 y 34 mil en 4 años (hasta 2011). Concluye: “De esta guerra no sólo van a resultar miles de muertos… y jugosas ganancias económicas. También, y sobre todo, va a resultar una nación destruida, despoblada, rota irremediablemente” (páginas 80 y 81).

Más adelante, Marcos critica la actitud de los intelectuales y considera que “el pensamiento crítico vuelve a ser postergado” (página 82)

En la parte iv de la epístola aborda el tema “La ética y nuestra guerra”.

Aquí se vuelve dialéctico: “Incluir la ética como factor determinante de un conflicto traería como consecuencia un reconocimiento radical: el contrincante sabe que el resultado de su ‘triunfo’ será su derrota” (página 83).

Aclara que en el caso del zapatismo, “si perdemos, ganamos; y si ganamos, ganamos” (página 84).

Habla de una nueva posición que implica no la destrucción del enemigo sino una lucha por el reconocimiento mediante una vía pacífica y de resistencia.

Villoro, en su repuesta de febrero de 2011, dice que está de acuerdo con que la guerra del gobierno es impuesta desde arriba y producto del capitalismo (por cierto, en sus escritos anteriores no había asumido una posición tan clara). Escribe: “Mientras en el capitalismo rige el individualismo (los sacrosantos derechos individuales), en esta alternativa (el zapatismo) surge otro tipo de valores: valores comunitarios que respetan a la persona en su individualidad y se realizan en una comunidad” (página 87).

Aborda uno de los temas centrales: “El objetivo no es vencer destruyendo al enemigo, pues en realidad en las guerras no puede hablarse de vencedor o vencido ya que, desde el punto de vista humano, con las muertes, la sangre derramada y la destrucción material, ambos bandos resultan perdedores” (página 87).

Aquí se vuelve a abordar el tema de la violencia. Insisto que, desde mi punto de vista, la violencia política no es deseada por los pueblos sometidos a un dominio despótico sino un fenómeno impuesto. Cuando el régimen de Porfirio Díaz impedía toda organización y expresión política de oposición; cuando justificaba la acción criminal de los caciques; cuando ordenaba “mátenlos en caliente” (a los obreros en huelga), imponía la violencia, y contra ésta no había otra que la contraviolencia: organizarse para combatir ese régimen para derrocarlo. En sentido estricto no había otra opción.

Ahora bien, el problema se ha vuelto más complicado y difícil porque ahora el enemigo cuenta no sólo con armas clásicas sino con todas las provenientes del uso de las nuevas tecnologías, y para anularlas tendría que tenerse también una capacidad similar.

Por ello, los pueblos han buscado expresar su descontento en forma masiva y organizada. La gente no tiene a su disposición las armas posmodernas, pero sí puede manifestar su descontento, aunque con el enorme riesgo de la represión (recordemos la terrible masacre mediante la cual se reprimió a la oposición en Egipto).

La guerra no es la primera opción sino la última cuando todos los demás caminos están clausurados. Mientras se mantengan los derechos de organización y manifestación, los pueblos tienen múltiples formas de limitar, acotar o detener al poder.

Por otro lado, Villoro dice que coincide con Marcos en que “en las guerras no puede hablarse de vencedor o vencido”. No estoy muy convenido de ello. En la lucha de Juárez contra los conservadores, quienes tuvieron la audacia de traer a un emperador extranjero para gobernarnos, hubo triunfadores y derrotados. Desde luego, no se trata sólo de vencer sino de “convencer”. Los vencidos deben serlo en el plano militar y, también, en el ideológico y político, pues la nueva fuerza implica una superación de las condiciones de atraso anteriores. Por tanto, aquí hay dos aspectos contrapuestos: una guerra entre dominantes y dominados desde el punto de vista económico, político e ideológico; y una lucha por el reconocimiento de las diferencias (negros contra blancos, indígenas contra no indígenas, hombres y mujeres, etcétera), donde puede haber vencedores, pero si los discriminados pierden, ganan moralmente porque su lucha implica justicia. Creo que aquí se entremezclan dos aspectos relacionados pero distintos. El Sup y Villoro sostienen una concepción imprecisa (curioso en el caso del segundo, quien admiraba la precisión). Éste se halla de acuerdo con esta frase de aquél: “La clave está en que la nuestra es una guerra que no pretende destruir al contrario en el sentido clásico. Es una guerra que trata de anular el terreno de su realización y las posibilidades de los contrincantes (nosotros incluidos)” (página 88).

Me permito insistir: el tema es bastante complicado y depende de las condiciones histórico-sociales. Sería sumamente positivo que quienes tienen el poder lo cedieran de buen grado a las mayorías, pero lo creo muy improbable. Sin embargo, debe mantenerse como finalidad la instauración de una democracia participativa.

Otra cosa es la lucha por el reconocimiento de los derechos indígenas, de su cultura, sus usos y costumbres, etcétera. Mediante ella lucha si es posible lograr cambios en el sistema. En esta dirección, podemos pensar en el caso de la lucha de los negros en Estados Unidos, efectuada básicamente por el reconocimiento de sus derechos en una sociedad opresiva que tomó la ideología del racismo para justificar su explotación. Incluso hoy comprobamos que en ese país hay un presidente negro. Sin embargo, los negros y los latinos figuran entre los más pobres de dicha sociedad. Tengo la impresión que en este debate se confunden raza y sexo con la problemática económico-social, aun cuando en la práctica estén entremezcladas.

La segunda carta fue enviada por el Subcomandante Marcos a Villoro en abril de 2011. El primero cita un maravilloso texto de José Emilio Pacheco: “No somos ciudadanos de este mundo sino pasajeros en tránsito por la tierra prodigiosa e intolerable” (página 92). El Sup hace gala de sus artificios literarios: “Nuestro propósito es arrojar piedras, bueno, ideas, al estanque aparentemente tranquilo del quehacer teórico actual” (página 94)

Acto seguido, descalifica al pri, pan, prd y al movimiento de amlo, que aún no se convertía en Morena. Se reitera la tesis, con la cual está de acuerdo Villoro, de la lucha contra la partidocracia. Creo que aquí se señala un hecho que yo entendería así: la actual oligarquía dominante que desde hace 30 años mantiene el poder económico distribuyó o negoció el poder político entre sus aliados representados en los partidos políticos. Si antes dominaba mediante el partido único (acompañado de otros, meros simuladores), ahora se contenta con sostener una mayoría de senadores y diputados (y aliados) mediante la cual aplasta a la oposición. En otras palabras: ésta puede gritar, insultar, tomar la tribuna, desgarrarse las vestiduras, pero a la hora de la votación final sobreviene la aplanadora. Así ocurrió en el caso de la aprobación de las muy graves “reformas estructurales”. Por tanto, las refinadas tesis de la “democracia dialógica” propuesta por Habermas, donde ganará el del mejor argumento, resulta aquí una buena broma.

Así que Villoro y el Sup tienen razón en su crítica al fenómeno de la partidocracia como el escenario, pero habrá que decir que los dirigentes de los partidos sólo administran el poder, pues detrás de ellos se encuentran los “verdaderos dueños”. Norberto Bobbio les llama “los poderes tras las urnas”.

Villoro insiste en esta carta en la tesis sostenida en El poder y el valor y Los retos de la sociedad por venir en la renuncia al poder. Aquí tenemos otro problema: ¿cabe pensar en una sociedad sin poder o poderes en juego? Yo diría que sólo en el mundo de la utopía. Villoro dice: “Conscientes de que la responsable de la injusticia es en último término la voluntad del poder, proclamaron (los zapatistas) que su objetivo no era la toma del poder sino el despertar de la ciudadanía contra el poder. A hacerlo, han abierto una nueva vía, al mostrar que la voluntad de los pueblos organizados va más allá de las elecciones. ¿No es la vía del zapatismo?” (Página 106)

Mi pregunta es si en algún sector de la sociedad, incluida la zona zapatista, no se encuentra un entramado de poderes. Lo que ha hecho el zapatismo, a mi juicio, es negarse a formar parte del poder dominante para no ingresar en el juego de la corrupción. Aquí encontramos una clave de importancia, pues hemos presenciado cómo algunas revoluciones que triunfan con los mejores propósitos sucumben ante la corrupción. Villoro, Marcos y Sánchez Vázquez, quien escribió un libro al respecto y no es mencionado por los dialogantes, tienen razón cuando consideran que debe darse prioridad a la ética en la política.

Tercera carta. Julio-agosto de 2011.

El Sup habla de la situación política de Chiapas, de la carestía económica, de los muertos, de Javier Sicilia y su movimiento por la paz con justicia y dignidad, y de otros temas.

Villoro en su respuesta dice que junto a Víctor Flores Olea y Pablo González Casanova llegaron a una proposición:

1. Garantizar democracia directa más allá de los partidos políticos.

2. Defender la soberanía nacional, las garantías individuales y los derechos sociales y comunitarios.

3. Reconocer y apoyar los derechos de los pueblos indios y sus autonomías.

4. Impulsar la educación, la salud pública y la seguridad social.

5. Impulsar el ejercicio de la ética al lado de la política (página 125).

Esta propuesta me parece muy importante, pero ¿qué responde el subcomandante?

Nada sobre esto. Mucho de otras cosas. (Octubre-noviembre de 2011.)

Respuesta de Villoro, en enero de 2012.

Se habla de Tomás Segovia, del comandante Moisés y del zapatismo, movimiento puesto de ejemplo como uno de justicia, libertad, democracia y dignidad para todos.

Reitero: el libro que comentamos, pese a su carácter fragmentario es muy importante, pues toca los temas fundamentales de la coyuntura política actual. Villoro ha puesto algunas piezas para armar el rompecabezas nacional de la izquierda en México, pero se requiere continuar la reflexión para integrarlo.

Más allá de una visión apesadumbrada, diríamos que muchos movimientos en el país luchan por reivindicaciones específicas, múltiples intelectuales piensan y trabajan en diversos aspectos que requieren solución en la actualidad y hay distintas fuerzas políticas opositoras en todas partes, pero el gran problema radica en la dispersión y la desunión. Mientras estas fuerzas no coincidan en una plataforma común, no podrán detenerse el deterioro y la crisis en que nos encontramos.


Luis Villoro, La alternativa. Perspectivas y posibilidades de cambio, Fondo de Cultura Económica, México, 2015.