EL GOLPE BLANDO CONTRA AMLO Y LA 4T

Sin duda, incluso al margen de la pandemia de covid 19, estamos viviendo una de las coyunturas políticas más complejas en la historia reciente. Por un lado, porque en los últimos treinta años, al tiempo de la imposición del neoliberalismo en el mundo, el Estado, tanto en México como en el entorno internacional, ha experimentado transformaciones en su estructura y en su dirección. Por otro lado, porque el triunfo de Andrés Manuel López Obrador ha determinado un cambio importante en la correlación de fuerzas sociales. Además, porque la derrota en las urnas ha llevado a la desesperación a la derecha, la cual ha adoptado con rapidez la estrategia del golpe blando.

Para intentar desenredar esta intrincada madeja, me referiré primero a los cambios en el Estado y en la hegemonía, luego a la correlación de fuerzas y finalmente a los pasos de la derecha en la adopción de la estrategia del golpe blando.

Todo empieza con la crisis económica estructural que se inicia al principio de los setentas, que tiene como causa fundamental la caída de la tasa de ganancia y que llega hasta nuestros días, porque, a pesar de todas las estrategias del gran capital financiero internacional, no se ha conseguido que el proceso de acumulación de capital se realice de manera fluida. En los cincuenta años que van de 1971 a 2020 ha habido numerosos ciclos cortos en los que se ha pasado de etapas de crecimiento a etapas de caídas drásticas, de recesión o de estancamiento, pero la crisis estructural no se ha resuelto. 

Frente a la crisis del capitalismo, el gran capital financiero internacional emprendió, en un nivel mundial, un conjunto de estrategias políticas, bélicas, sociales y económicas, entre las cuales la de más largo alcance es el proceso de globalización que necesitó, para llevarlo al cabo, de la adopción o imposición de las políticas neoliberales. (Aunque no voy a detenerme en las estrategias ni en las vías para concretarlas, sí quiero dejar en claro que desde los años ochenta la fracción financiera de la burguesía internacional emprendió dos grandes ofensivas, una contra los países subdesarrollados y otra contra los trabajadores de los propios países altamente industrializados, y con mayor intensidad contra los de los países subdesarrollados). 

Entre las malhadadas políticas neoliberales, las dos más importantes son la privatización tanto de las empresas paraestatales, como de muchos de los servicios que proporcionaba el Estado, y la desregulación y en general la disminución de la intervención del Estado en la economía para entronizar al mercado y dejar las economías al libre juego de la oferta y la demanda, lo cual equivale a dejarlas en manos de los grandes consorcios transnacionales.

Naturalmente, la privatización y la preponderancia del mercado han determinado profundos cambios en el Estado. Aquí quiero recordar aquel planteamiento de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista que ha levantado una de las polémicas más extensas, en especial después de que Lenin lo retomara en su libro El Estado y la revolución.

La burguesía, -dicen los autores en el Manifiesto- después del establecimiento de la gran industria y del mercado universal, conquistó finalmente la hegemonía exclusiva del poder político en el Estado representativo moderno. El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.

Para nuestros días, como mencionaré más adelante en el tema de la hegemonía, el Estado burgués ya no está en condiciones de velar por los intereses de toda la clase, en cambio se parece cada vez más a un comité administrador de los negocios de la gran burguesía financiera. Primero, hay que señalar que la caída de la tasa de ganancia que provocó la crisis estructural del capitalismo, ocasionó que los empresarios no dispusieran de suficientes campos de inversión que les garantizaran una acumulación ampliada de capital. Las burguesías, entonces, optaron por que el Estado abandonara dos funciones básicas que ejerció durante casi todo el siglo XX. Una, los servicios de educación, de atención a la salud, de subsidios a la vivienda y el consumo de los trabajadores lo que proporcionó el rostro del mal llamado Estado del Bienestar, pero que en realidad sirvieron para abaratar la fuerza de trabajo y de esta manera apoyar la tasa de ganancia de los capitalistas. La otra función, no menos importante, fue la intervención del Estado en áreas estratégicas, a fin de impulsar determinados sectores económicos o proporcionar materias primas a bajo precio.

En la globalización, la privatización de las empresas y amplias áreas de los servicios públicos, significaba renunciar a esas funciones del Estado, pero ante la baja en la tasa de ganancia, a las burguesías les resultaba más urgente apoderarse de campos de inversión en los que recuperaran una mayor tasa de ganancia.  Por eso la privatización se aplicó como el eje fundamental de las políticas neoliberales a lo largo del mundo. Y aquí hay que recordar que en México, la privatización de empresas públicas fue la más amplia y más rápida del mundo a partir del sexenio de Miguel de la Madrid.

Junto a la privatización, otro rasgo importante del neoliberalismo fue, bajo una falsa bandera de austeridad, la disminución del gasto público y los recortes presupuestales a los rubros de servicios sociales. A esta reordenación de los recursos gubernamentales, aunada a la privatización y a la desregulación de los mercados, se le conoció como el adelgazamiento del Estado. Sin embargo, hay que subrayar que también durante estas décadas, se dieron las más cuantiosas intervenciones del Estado, cuando se fue al rescate de gigantescos consorcios en momentos de agudización de la crisis. Sólo por mencionar dos casos, el del Fobaproa en México y el de la crisis de 2008 en Estados Unidos, pero los rescates proliferaron en el mundo.

Si este es el cambio en la estructura del Estado, registrado a partir de los ochentas, en cuanto a su dirección, hay que destacar un fenómeno igualmente generalizado y es que en diversos países han sido empresarios los que han llegado a la Presidencia. Ciertamente, a lo largo de la historia del capitalismo, las burguesías han conseguido hacerse del poder, en el sentido de que los Estados representan fundamentalmente sus intereses. No obstante, en la medida que el gobierno es ocupado por políticos de profesión, se genera lo que se ha llamado una autonomía relativa, esto es que el Estado no es un simple siervo de los intereses inmediatos de la burguesía o de una fracción de la burguesía, sino que vela por lo que podríamos llamar los intereses históricos de la clase burguesa a la que representa, esto quiere decir que tiene que resolver los conflictos de clase eligiendo entre la negociación y la represión, según la correlación de fuerzas, y también tiene que dar alguna forma de atención a las clases trabajadoras, con el fin de evitar estallidos sociales. De igual modo, tiene una visión más amplia en cuanto a la representación de la burguesía nacional frente a la competencia de las extranjeras, etcétera.  En las últimas décadas, sin embargo, por la crisis económica, por el enorme endeudamiento de los gobiernos, por las dificultades presupuestales, los Estados difícilmente pueden proteger al conjunto de su burguesía, y han tenido que concentrar sus apoyos en las grandes empresas y muy poco en las pequeñas y medianas.

La crisis estructural, la caída de la tasa de ganancia, el adelgazamiento del Estado, han provocado un cambio importante en la dirección del Estado, pues los políticos profesionales, (eso que con criterios poco rigurosos se ha llamado la clase política), les parecieron un estorbo a la burguesía, la cual consideró oportuno ejercer de modo directo el poder sin la rémora de los políticos. Así, empezaron a multiplicarse los casos de empresarios como titulares de los gobiernos, esto es presidentes o primeros ministros. Algunos ejemplos serían Berlusconi en Italia, Macri en Argentina, Fox en México o Trump en Estados Unidos. 

Cambios en la hegemonía

Para los científicos sociales de nuestros días es evidente que vivimos una etapa histórica de grandes transformaciones, comparable, por ejemplo con el siglo XVI cuando el capitalismo da sus primeros pasos y el feudalismo comienza a morir, cuando las naciones empiezan a surgir como tales para convertirse, hasta nuestros días, en los protagonistas de la historia, papel que se pone hoy en entredicho por la presencia de los bloques económicos que dan lugar a que las meganaciones aparezcan como nuevos protagonistas de la historia. Ese proceso de cambios trascendentales ha llevado a los investigadores a intentar caracterizar con nuevos términos a fenómenos específicos como el de estanflación o al dar cuenta del proceso global de transformación creando nuevas categorías como crisis sistémica, crisis epocal, crisis civilizatoria y demás. También algunos pensadores de gran prestigio han hablado del surgimiento de un Estado supranacional para describir la injerencia creciente de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, la OCDE, el Banco Mundial y otros, en la vida interna de las naciones. En mi opinión no es adecuado el término de Estado supranacional, porque esa injerencia no cuenta con los elementos fundamentales de un Estado. Me parece más útil la categoría de hegemonía, ya que ésta alude a un poder que no necesariamente se ejerce a través de instituciones o del aparato legal, sino que da cuenta de que en la correlación de fuerzas sociales, una de ellas tiene el poder para imponer la defensa de sus intereses sobre las demás e incluso crea y socializa la ideología dominante.

Aunque en este breve espacio no es posible extenderse sobre el concepto de hegemonía y su transformación en la realidad a partir de los setentas, diré por lo menos que en el aspecto internacional, si se mira desde la perspectiva de países, ha habido un evidente deterioro del poder de Estados Unidos, pues aunque fortalecido a partir de la derrota de la Unión Soviética en la Guerra Fría y su consiguiente desmembramiento, ya no está en capacidad de imponer su voluntad y, en cambio, hemos asistido en las últimas décadas a una gigantomaquia, es decir, una lucha entre gigantes, entre los propios Estados Unidos, Japón, la Unión Europea y China por alcanzar precisamente la hegemonía. Hasta ahora, esa lucha se dirime fundamentalmente en el terreno económico, pues en el área política y de capacidad bélica todavía Estados Unidos es el dominante.

Si abordamos el concepto de hegemonía desde la perspectiva de las clases y las fracciones de clase, es indudable que hoy la hegemonía la detenta el gran capital financiero internacional (entendido como la unión del capital bancario, industrial y aun comercial) que ha sido el gran impulsor de la estrategia de la globalización y de las políticas neoliberales que le son necesarias, y que ha impuesto esa nueva división internacional del trabajo a través precisamente de organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).

México: el desplazamiento de la hegemonía

En el caso de nuestro país, es evidente que durante los años sesenta y todavía en los setenta, la fracción hegemónica de la burguesía nacional era la fracción financiera, sin embargo, a principios de los ochentas, a raíz de la crisis de la deuda que llevó a la insolvencia al país, el Estado mexicano tuvo que golpear a su fracción hegemónica interna, es decir la fracción financiera de la burguesía nacional, para favorecer a la fracción hegemónica internacional. Esta primera expresión del desplazamiento de la hegemonía hacia el exterior, se manifiesta en la nacionalización de la Banca que decreta el entonces Presidente José López Portillo, cuya finalidad última era controlar la salida de divisas del país, para garantizar el pago del servicio de la deuda a la Banca privada internacional. Por eso, al mismo tiempo que se nacionaliza la Banca se establece el control de cambios. Y esto es lo que explica que, contrariamente a la respuesta habitual de esos organismos ante las nacionalizaciones en cualquier país, en el caso de México la decisión gubernamental les pareció la más adecuada. Ese desplazamiento se va a ir consolidando con la aplicación de las políticas neoliberales exigidas por los reguladores financieros, de manera que el Estado mexicano va favoreciendo cada vez más a los intereses de la gran burguesía financiera internacional. No es un secreto que las llamadas reformas estructurales, entre ellas, las más importantes y dañinas para los mexicanos, como la energética, la laboral o la educativa, sólo siguieron los lineamientos del Banco Mundial o de la OCDE, y desde luego favorecieron los intereses del gran capital financiero internacional.

La correlación de fuerzas

En esas estábamos, cuando llega el triunfo de López Obrador, hecho que significa un golpe drástico para el PRI y el PAN, y un cambio muy importante en la correlación de fuerzas. Ciertamente, un hecho es que la hegemonía en el interior de México la detenta la fracción financiera de la burguesía internacional y otro asunto es que pueda ejercer ese poder de manera directa, pues necesita, ineludiblemente, de la representación o sea del ejercicio directo del poder por los políticos mexicanos. Así, durante los 36 años de neoliberalismo en México, en que se fue consolidando la hegemonía del capital financiero internacional, los sucesivos gobiernos del PRI y del PAN aplicaron políticas que favorecían en primer lugar a esa fracción de la burguesía internacional, así como a un reducido grupo de empresarios mexicanos, pertenecientes a la fracción financiera de la burguesía nacional. 

Desde antes de las elecciones de 2018, me pareció y así lo dije en algunas conferencias, que al margen de la simpatía o antipatía por López Obrador, era fundamental para la izquierda votar por él, porque su triunfo implicaba un cambio en la correlación de fuerzas, pues al derrotar al PRI y al PAN no sólo se le quitaba el poder a los partidos de derecha, sino incluso se rompía el puente con la fracción financiera de la burguesía internacional que estaba detentando la hegemonía en México. Esta ruptura la resintió de manera inmediata el capital financiero y enseguida bajaron las calificaciones para Petróleos Mexicanos de las calificadoras internacionales. De igual modo el FMI, el Banco Mundial o la OCDE emitieron críticas disfrazadas de recomendaciones sobre las políticas que debían aplicarse en nuestro país.

Por supuesto, como en toda derrota, sobre todo tan drástica, el PRI, el PAN y el PRD, los partidos perdedores, entraron en una fase de descomposición y aunque sobre todo el PAN, han intentado recomponerse, no han conseguido conformar una oposición sólida, sobre todo por el desprestigio entre la población, primero por las políticas neoliberales aplicadas durante sus gobiernos y profundizado más tarde con los escándalos de corrupción y de asociación con la delincuencia organizada que se pusieron al descubierto en los juicios de Emilio Lozoya Austin en México y de Genaro García Luna y el general Salvador Cienfuegos en Estados Unidos. (Sobre el caso de Cienfuegos hay que señalar que al margen de la culpabilidad o inocencia del ex Secretario de la Defensa, tampoco hay información suficiente para saber por qué la DEA estadounidense guardó la investigación en secreto, ni por qué no entregó completo el expediente, y mucho menos por qué las pruebas dadas a la Fiscalía General de la República eran tan débiles y sólo sustentadas en los dichos de un delincuente).

Ante la debilidad de los partidos, ha sido la burguesía la que se ha colocado a la vanguardia de la oposición y la que ha encabezado la estrategia del golpe blando. Formando parte de ella o simplemente asumiendo su representación, los medios de comunicación, esto es televisión, radio y prensa, han jugado un papel de primera importancia, ya que tanto noticieros como primeras planas, conductores o comentaristas han llevado adelante intensas campañas que buscan desprestigiar al propio López Obrador, así como a su gobierno. Las redes sociales han sido igualmente, medio privilegiado para difundir, por medio de “granjas” o “bots”, tanto noticias falsas, como acervas críticas y hasta insultos contra AMLO y sus funcionarios.

En cuanto a las fuerzas que apoyan al nuevo gobierno, no puede ignorarse que Morena ha encontrado fuertes dificultades para pasar de movimiento a partido y que existe una división importante en sus filas, así como la participación de oportunistas. No obstante, como el triunfo en las urnas no se limitó a la Presidencia, sino con sus aliados alcanzó la mayoría en ambas cámaras, se ha podido garantizar que las principales iniciativas de la 4T se aprueben por el Congreso. El otro aspecto que hay que tomar en cuenta en la correlación de fuerzas, es que existe un fuerte apoyo popular, sólo que se trata principalmente de una gran masa desorganizada. 

La izquierda social, por su parte también está dividida, pues no son pocas las organizaciones y las personalidades que hasta ahora no han comprendido el momento histórico que estamos viviendo y que han seguido las prácticas del pasado, asumiendo que su papel consiste en mantener una actitud crítica frente al Estado. En este campo, también hay que registrar a periodistas de buena fe que dedican la mayor parte de sus espacios a dar voz a cualquier movilización o protesta en contra de la actual administración. También hay agrupaciones, tan respetables como el EZLN, que abiertamente se manifiestan como enemigos de López Obrador y su gobierno. Por supuesto, hay también numerosas agrupaciones y personalidades que se asumen en las filas del socialismo y reconociendo que el gobierno de AMLO, -progresista y nacionalista como es- no pretende una ruptura con el capitalismo, han buscado formas de avanzar en la organización popular, sin favorecer a la derecha y menos colocarse a su retaguardia.

En resumen, se han generado cambios significativos en la correlación de fuerzas. Respecto de la hegemonía, hay que subrayar que la sigue detentando la fracción financiera del gran capital internacional, quiero decir que ninguna de las fracciones de la burguesía nacional puede (y ni siquiera tiene la voluntad de intentarlo) disputarle la hegemonía en el interior de nuestro país. No obstante, hoy ya no dispone del principal instrumento para ejercer su poder que es el Estado. La prueba de esta situación es que la actual administración ha combatido las tres reformas neoliberales de gran calado, me refiero a la reforma laboral, la educativa y la energética, y por medio de iniciativas de ley ha buscado revertir la privatización de funciones del Estado, al mismo tiempo que ha reestructurado el presupuesto federal para dar cabida a numerosos y masivos programas sociales. Frente a estas nuevas políticas, tanto la gran burguesía nacional, como la internacional han reaccionado con recursos como los miles de amparos o enarbolando acuerdos como el T-MEC, para obstaculizar los proyectos de la Cuarta Transformación.

La estrategia del golpe de Estado blando

Intentaré resumir las principales características de la estrategia, para después mencionar algunas de las acciones en México que pueden ubicarse en esa estrategia. El diseñador de la estrategia es Gene Sharp, quien asegura que su estrategia tiene como finalidad derrocar gobiernos con métodos no violentos. Por eso se ha empleado como sustituto de los golpes militares que, desde el perpetrado por Victoriano Huerta contra Francisco I. Madero en México, como uno de los más antiguos, han asolado a América Latina durante todo el siglo XX y en los cuales Estados Unidos ha sido el gran patrocinador o protagonista. 

Sharp plantea cinco tácticas que implican alguna sucesión, pero que también, con excepción de la quinta, pueden aplicarse de manera simultánea.

1. Ablandamiento. En esta etapa se busca crear descontento en los individuos a fin de propiciar un malestar social, a través de acciones como rumores falsos, intrigas, acusaciones de corrupción. 

2. Deslegitimación. Intensas campañas en defensa de la libertad de prensa y los derechos humanos (que supuestamente, se alega, están en peligro). 

3. Calentamiento de calle. Lucha por reivindicaciones políticas y sociales. Manipulación del colectivo para que emprenda manifestaciones violentas que amenacen las instituciones. 

4. Desestabilización. Consiste en ejecutar operaciones de guerra psicológica y desestabilización del Gobierno, creando un clima de ingobernabilidad. 

 5. Fractura institucional. Forzar la renuncia del Presidente en turno, con acusaciones jurídicas y apoyándose en airadas manifestaciones. 

En especial, como recomendación específica, Sharp señala que resulta muy eficaz impulsar movimientos feministas y protestas ecologistas, los cuales, añado yo, además de impulsar casi siempre demandas legítimas y muy sentidas por amplios grupos de la población, comparten la característica de ser movimientos interclasistas, es decir, que ponen entre paréntesis la lucha de clases, pues las reivindicaciones de la mujer o de la defensa de la naturaleza, aunque tengan significado político, no tienen un contenido de clase, sino abarcan a todos los sectores. Mucho se ha discutido si Sharp es un agente encubierto de la CIA o si sólo es un académico que aboga por combatir a los gobiernos por medios no violentos, pero al margen de las intenciones de Sharp, lo cierto es que la estrategia del golpe blando ha sido utilizada contra gobiernos progresistas de América Latina, con la injerencia de Estados Unidos en el diseño, en la dirección, así como en acciones directas desde el exterior, y ejecutadas por sectores de la burguesía y los partidos de derecha. Así se ha desplegado en Argentina, Ecuador, Nicaragua, Venezuela o Bolivia, aunque en los dos últimos países se ha combinado con las formas antiguas del golpe militar.

Los intentos del golpe blando en México

Prácticamente desde el inicio del gobierno de López Obrador y diría que incluso desde su triunfo en las urnas, sectores de la burguesía y los partidos de la derecha (entre los que incluyo, además del PAN, al PRI, a Movimiento Ciudadano y al PRD, a partir de la firma del Pacto por México con Peña Nieto) comenzaron una ofensiva contra el gobierno de López Obrador, con tácticas que claramente corresponden a la estrategia del golpe blando.

Resulta imposible mencionar los innumerables ataques sobre todas y cada una de las iniciativas legislativas, medidas de política económica y social o sobre las expresiones de las “mañaneras” a lo largo de estos meses, baste recordar algunos de los casos más enconados, como la valiente y acertada decisión de cancelar el aeropuerto en Texcoco, la eliminación del financiamiento a las estancias infantiles privadas cambiándolo por el apoyo a las madres y padres de los niños, las críticas permanentes y mal informadas a la atención gubernamental a la salud frente a la pandemia o, más recientemente, por la extinción de los fideicomisos o la desaparición de los organismos autónomos, que, desde mi punto de vista, constituyen una vuelta de tuerca a la política de privatizaciones, ya que en este caso significan una forma de privatización del propio Estado y una puerta a la corrupción.

Tampoco pueden seguirse las campañas mediáticas y los muchos comentaristas que han reaccionado airadamente a la supresión de los sobornos por el nuevo gobierno, cuya actitud fue resumida por Alberto Barranco Chavarría en frase lapidaria “Muerto el chayote, empezó la rabia”. Sin embargo, sí hay que destacar que los medios, lo mismo prensa que radio y televisión, están cumpliendo un papel de primera importancia en la ofensiva contra López Obrador y su gobierno. El otro medio que han privilegiado los opositores son las redes sociales, en las cuales, de manera individual o, muy frecuentemente, por medio de “granjas” o “bots”, multiplican automáticamente los mensajes negativos, las noticias falsas y demás, que rápidamente se “viralizan”. Aunque hay que decir que en las redes también aparecen de inmediato las respuestas, pues ahí en realidad se da una batalla campal entre opositores y simpatizantes de la 4T.

Otro aspecto de carácter general es que los movimientos de mayor relevancia en estos meses, los que han conseguido en mayor o menor medida “el calentamiento de calle”, como se enuncia una de las fases del golpe de Estado blando, han sido, como recomendaba Sharp, el feminista y el ecologista. En ambos, pero sobre todo en el feminista hemos visto la inusitada participación de medios y empresas, caracterizados por combatir, no apoyar, las causas populares, que se volcaron a promover manifestaciones y protestas, como Televisa o bancos como BBVA.

Además de estas protestas y movilizaciones que aparentemente enarbolan demandas populares, hay todo un conjunto de acciones dirigidas abiertamente contra López Obrador y la Cuarta Transformación. Un incompleto y breve recuento incluiría las siguientes:

Desde 2019 tanto Fox como Calderón han participado en marchas contra AMLO

Octubre de 2019 discurso del general Carlos Gaytán Ochoa en el que asegura que los militares están agraviados y ofendidos por las acciones gubernamentales.

El 5 de febrero de 2020 agricultores encabezados por alcaldes y diputados locales panistas toman la Presa La Boquilla, en Chihuahua.

Abril de 2020 llamado del presidente del Consejo Coordinador empresarial a organizarse para alcanzar la revocación de mandato.

El 7 de septiembre de 2020, en medio de la pandemia, 10 gobernadores, la mayoría panistas, desertan de la Conferencia Nacional de Gobernadores, con el pretexto de la necesidad de establecer un nuevo pacto fiscal con la Federación, para formar un bloque de oposición, la llamada Alianza Federalista. 

El 11 de septiembre de 2020 toma de la sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos por mujeres encapuchadas que dicen protestar por feminicidios.

También el 11 de septiembre de 2020 el Frente Nacional anti AMLO (Frena) instala un plantón en Avenida Juárez y unos días después en el Zócalo. El movimiento es lidereado por el empresario Pedro Luis Martín Bringas, quien hasta unos días antes era miembro del Consejo de Administración de Soriana, empresa involucrada en 2012 en las tarjetas repartidas para comprar votos a favor de Peña Nieto en las elecciones de ese año 

El 20 de octubre de 2020 presentación de Sí por México encabezado por el presidente de la Coparmex, Gustavo de Hoyos y por Claudio X González de Mexicanos primero, y de Mexicanos contra la corrupción.

El 22 de diciembre PAN, PRI Y PRD anuncian su coalición parcial para participar unidos en las elecciones de 2021 y señalan abiertamente que la coalición se forma para combatir a AMLO y su gobierno. En particular, el objetivo principal es arrebatar a Morena la mayoría en la Cámara de Diputados a fin de obstaculizar las iniciativas de la 4T. 

Como se ve en este breve recuento, las acciones de la oposición no han cesado y pueden ubicarse como algunas de las fases de la estrategia del Golpe de Estado blando. Aunque esas tácticas han mostrado debilidades y no han conseguido crear un clima de ingobernabilidad y mucho menos la fractura institucional, no puede desconocerse que cada vez son más agresivas y que su reducido éxito no resta peligrosidad a la estrategia. El principal argumento de la coalición de la derecha es que en la democracia son necesarios los contrapesos al gobierno federal. Aparte de que durante el gobierno de Peña Nieto el PRI detentó la mayoría y aliado con el PAN y el PRD aprobaron las terribles reformas estructurales, pero nunca hablaron de que eran necesarios los contrapesos, el argumento pretende esconder el verdadero carácter de las democracias burguesas. En realidad, se trata del ejercicio del poder por la clase dominante y su orientación, por lo tanto depende de la correlación de fuerzas sociales y de cuál ejerce la hegemonía.

Como intenté señalar en párrafos anteriores, Morena, aunque hasta ahora las encuestas le dan una ventaja sobre los tres partidos de la coalición, también enfrenta fuertes dificultades por la división interna que se ha acentuado a partir de la definición de los candidatos para las elecciones de 2021. Además de que sería un grave error subestimar al enemigo, las campañas en los medios y en las redes sociales pueden engañar y convencer a los que ahora aparecen como indecisos. Si bien los tres partidos coaligados enfrentan el desprestigio por las políticas neoliberales que han empobrecido a los mexicanos y han entregado los recursos de la Nación a la iniciativa privada nacional y extranjera, así como por los millonarios escándalos de corrupción, tienen el apoyo de un sector importante de la burguesía que está dispuesto a todo para conservar su poder y sus privilegios.

Para no apoyar las intentonas golpistas, la izquierda tiene que estar atenta a la correlación de fuerzas y a las acciones y tácticas de la derecha, así como, necesariamente, recurrir a nuevos métodos para ayudar al avance de la lucha social. El camino no es colocarse a la retaguardia de la derecha y repetir sus críticas al gobierno y la 4T, sino combatir las mentiras y las tácticas del golpe blando y presionar para que las reformas y las iniciativas que favorecen a las clases populares se concreten y vayan más allá incluso de lo que propone la cuarta transformación.


* Profesora de la Facultad de Economía de la UNAM, desde hace más de cuatro décadas. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo, en artículo de fondo, en 1990.