Este trabajo pretende poner de relieve la importancia que todavía tiene la cultura de los pueblos asentados en la cuenca lacustre del valle de México, reproducida a través de su historia en un territorio valorado y defendido en varias ocasiones por sus habitantes. Estas reflexiones son el resultado de un seguimiento a partir de diversos textos y testimonios de los cambios y continuidades de la cultura lacustre de la Cuenca del Valle de México. Los pueblos xochimilcas han sabido conservarla frente al avance urbano y de políticas que no la han reconocido y favorecido, pese a que la zona ha sido valorada con distintas distinciones y en 1985 fue considerada Patrimonio histórico cultural de la humanidad.
La Ciudad de México es una ciudad diversa y se ha conformado a partir de la historia de los distintos pueblos que le dieron vida desde la antigua ciudad rodeada por sus lagos y construida sobre el agua. Sus pueblos aledaños que ahora ya forman parte del área metropolitana han permanecido identificados por una cultura que ha implicado la continuidad de sus prácticas agrícolas, de convivencia y ceremoniales vinculadas con un territorio en gran parte lacustre. En los textos revisados, en las pláticas cotidianas, en las reuniones barriales y en celebraciones, se hacen presentes rasgos culturales propios históricamente transmitidos de individuos y grupos compartiendo experiencias, concepciones y creencias. La cultura, de acuerdo con Gilberto Giménez, “está en todas partes, verbalizada en el discurso, incorporada en las creencias, cristalizada en el mito, en el rito y en las acciones de todos los días, hasta ir creando una identidad definida como una autoimagen, como la autopercepción de un sujeto en relación con otros, tomando como marcas de diferenciación elementos culturales propios. (Cf. Giménez, 1996:1)
Las identidades colectivas representan un conjunto relativamente estable de rasgos distintivos por los que se reconocen y son reconocidos grupos o conjunto de individuos que comparten representaciones socialmente construidas (creencias, valores, símbolos).
La identidad modela las actividades del sujeto en forma de una narrativa peculiar o también en forma de un plan de vida que garantiza su unidad y su continuidad; “hemos sido y queremos seguir siendo”, dicen, pero la cultura se manifiesta en forma de identidades colectivas en conflicto.
“Las solidaridades sociales existen desde antes de la opción política, son expresiones de la estructura social (y pueden, por tanto, referirse a identidades étnicas, lingüísticas, religiosas, de clase, territoriales, de vocación y otras).” (Pizzorno, 2017: 26)
Pizzorno señala que el campo político se nos presenta como un escenario donde entran y salen y se forjan cierto número de identidades colectivas. ¿Podríamos decir que hay un conflicto de identidades? “La política moviliza a la gente, construye nuevas identidades que no coexisten pacíficamente, sino que se definen en y por la confrontación y el conflicto; hay un conflicto de identidades sin duda, pero no son luchas por el poder, son grupos de interés que, en este caso, se muestran como pueblos. Un grupo con fuerte identificación puede permanecer largo tiempo sin conquistar el poder o simplemente, sin registrar victorias en relación a sus adversarios” (Pizzorno, 2017:44)
Los grupos de interés de acuerdo con este autor, se distinguen de los partidos políticos por su objetivo primordial que no es el de participar en el ejercicio del poder como los partidos, sino el de influenciar a los poderes públicos en sentido favorable a las preocupaciones sociales que toman a su cargo, en este caso, la defensa de su cultura y de su territorio.
Su actividad se orienta a suscitar una identificación con su propia organización lo que requiere de una política de comunicación e información constante que propicie la toma de conciencia y profundice las convicciones. Necesitan ser reconocidos como interlocutores válidos.
A los pueblos lacustres los une la histórica defensa de su territorio ahogado por la expansión de la ciudad: Permanecer en la ciudad ha significado para los xochimilcas siglos de convivencia con otros pueblos, algunos con la misma raíz cultural, algunos ya habitantes del centro o bien con grupos que fueron llegando de otras latitudes del país, pero las ciudades de acuerdo con un texto reciente de G. Giménez, Giménez, (2019:20) “son por definición, lugares de contacto, de fricción y de interacción intensa entre diferentes culturas en diferentes escalas. Esta situación intensifica y multiplica los fenómenos de interculturación, ya sea en términos de convergencia o de polarización y de conflicto”. Hay que convivir con la ciudad y que ella reconozca su diversidad y la importancia de que estos pueblos tengan un futuro desde su ser cultural. Los pueblos originarios suelen responder a esta presión urbana asimiladora con variadas formas de resistencia para salvaguardar en algún grado su identidad que se ha ido conformando con intercambios culturales sin perder algunos de sus rasgos particulares como la cultura del agua, la agricultura, la vida cotidiana, familiar y barrial organizada alrededor de una intensa actividad religiosa.
Los pueblos de la cuenca lacustre han permanecido en una difícil resistencia que ha implicado la defensa de su territorio a partir de movilizaciones ante expropiaciones, apropiaciones y ocupaciones urbanas de diferente índole; no ha bastado con defender la tierra para sembrar, se ha tratado de la defensa del territorio como testimonio de la historia de un pueblo, de sus capillas, cementerios y otras construcciones testimoniales. Sus pobladores han luchado en diversos momentos por su espacio apropiado desde hace cientos de años por sus ancestros que heredaban y transmitían a su vez sus rasgos culturales.
En un documento de amparo emitido por los grupos xochimilcas que se movilizaron en contra de la expropiación de su ejido en 1989, es visible que su lucha era por un territorio cargado de historia: En dicho documento contra la expropiación, los ejidatarios dan cuenta de la historia del ejido y de su legítimo derecho a defenderlo como patrimonio de su pueblo asentado desde la “prehispanidad”, despojado más tarde por los hacendados de una parte de sus tierras que les fue devuelta como ejido gracias a la lucha zapatista de la cual formaron parte. “Amparo agrario del ejido de Xochimilco, 29 de diciembre de 1989” (Cf. Canabal, 1997)
Según Raffestin, la territorialidad compromete tres aspectos que se entrelazan: a) El sentido de identidad espacial, b) el sentido de exclusividad y c) la compartimentación de la interacción humana en el espacio. (2013: 113)
No es factible hablar de territorio sin sujeto(s), al igual que no es posible pensar en un espacio sin tiempo. Espacio, tiempo y sujeto irán entrelazados intrínsecamente; la historia construye territorio e identidad.
Ese nexo entre lo cultural y lo político se concreta en las formas de reconocimiento colectivo que significan una alternativa a las formas de dominación territorial de un Estado que intenta homogeneizar el espacio mediante la abstracción del formalismo jurídico, en el que no hay posibilidad para que las comunidades tomen sus propias decisiones sobre lo público y sobre el bien común, o en donde la participación de la comunidad campesina queda subordinada a las agendas burocráticas.
En todos los textos sobre Xochimilco, testimonios y acciones siempre resaltó el término de resistencia y hemos tenido que reconocer que en una zona que tuvo importancia agrícola para el sustento de la población de la región, ha tenido importancia también el arraigo a sus propias formas de vida, a los conocimientos ancestrales en el uso y manejo de plantas para la alimentación, la medicina y la agricultura que ha heredado el antiguo conocimiento de elaboración y conservación de las chinampas, el apego a su espacio territorializado, a su paisaje, a su historia y a su religiosidad. Había que entender que las labores agrícolas cuya tecnología había sido heredada, transmitida y adaptada por siglos, no se pretendía dejar a pesar de las circunstancias externas que siempre pesaron en su contra; formaban parte de su cultura.
En la defensa del territorio xochimilca de esta zona historizada que fue el ejido y que fue sujeto a la expropiación emergió un movimiento social en su defensa a inicio de los años noventa que contó con la solidaridad de otros grupos de origen étnico, al acercarse a la Campaña 500 años de resistencia a raíz de la celebración de la llegada de Colón a tierras americanas. Contó también con la solidaridad de grupos urbanos de la ciudad de México y de diversas organizaciones sociales.
El año de 1989 fue de movilizaciones, de construcción de organizaciones, de gestación de proyectos y contraproyectos, ya que se oponían dos formas y caminos distintos de ver el futuro de las zonas rurales de la ciudad de México.
En julio de 1989 se publicó el plan de rescate de Xochimilco promovido por el gobierno federal y de la ciudad de México cuya finalidad era la de beneficiar a la ciudad con obras viales y con obras de infraestructura hidráulica, además de dotarla de espacios turísticos y recreativos de aprovechamiento privado.
El plan preveía la construcción de un lago artificial, de espacios recreativos y turísticos, además de una zona de clubes privados y deportivos, de una zona de restaurantes, acuarios, un jardín botánico y aviarios.
La mayoría de las críticas al plan se centraron en las obras turísticas que vendrían a favorecer más el avance urbanizatorio de la zona y escondían intereses del capital privado.
Las discusiones que tuvieron lugar mostraron un rechazo generalizado hacia el proyecto turístico; se pidió el respeto a la opinión de las comunidades ejidales y agrarias y se señaló que estos núcleos tenían propuestas y alternativas al deterioro ambiental de la zona que se pretendía expropiar y que, al final, se expropió.
Los grupos movilizados elaboraron un plan alternativo ejidal para la defensa del ejido y contra el deterioro ambiental de la zona. Dicha propuesta estuvo acompañada de marchas con cañas de maíz en el centro de la ciudad de México, alianzas, negociaciones con las autoridades del entonces Distrito Federal y la exposición de posturas que al final, tuvieron como resultado parte de la consecución del plan gubernamental.
Son muchas las muestras de la resistencia en los pueblos de la zona lacustre; en otros pueblos de la hoy alcaldía de Xochimilco y en Tláhuac ha habido resistencia a la urbanización y a la falta de respeto y reconocimiento a sus espacios más emblemáticos.
En San Luis Tlaxialtemalco de Xochimilco se ha conformado el Concejo del pueblo que se habilita para trabajar por la defensa de su territorio, sus recursos naturales, el cuidado de pozos para evitar una mayor extracción de agua y para decidir sobre la forma en que debería de ejercerse el presupuesto para su pueblo; función reconocida por la Constitución de la ciudad de México.
Sin duda, la permanencia y la resistencia del pueblo xochimilca se ha alimentado sin duda de la memoria, la cultura y el apego al territorio cristalizados en la conformación de una identidad.
La memoria colectiva: “es un mecanismo esencial en el proceso de identificación personal y en la capacidad de reaccionar integrando el pasado propio en la visión del porvenir” (Foret, 2004, citado en Giménez,2019)
La memoria colectiva es una instancia definitoria que señala un campo de disputa: la memoria colectiva ha tenido la tarea de romper con la hegemonía de la memoria histórica, pero se tiene que reconocer que, en la ciudad, se está frente a un tejido cultural desde el cual, los xochimilcas y el resto de los pueblos ribereños han tenido que salvaguardar elementos de su memoria que los ayuden a su auto reconocimiento.
La resistencia cultural puede significar control territorial, autonomía y acciones en defensa de las comunidades; también significa la reconstrucción histórica de expresiones de lucha y unidad.
Los xochimilcas tienen clara su historia, fue la primera tribu en llegar a la zona lacustre poblando la ribera del lago, después de haber dejado su huella en distintas poblaciones del estado de Morelos. Los xochimilcas han protegido sus tierras que constituyen una de las más importantes reservas biológicas de la ciudad. Han conservado una relación particular con el agua, en recuerdo de lo que fueron sus enormes manantiales cuya agua fue canalizada al centro de la ciudad, o la que todavía conservan aún reciclada y que da vida a un paisaje único con kilómetros de canales y de zonas utilizadas en la producción chinampera.
Estos pueblos son herederos de una antigua agricultura mesoamericana que ha respondido a la adaptación a un medio ecológico complejo. La chinampería, considerada como el sistema productivo con altos rendimientos, se combinaba con la recolección, la pesca, la cría de animales y la artesanía. Estas actividades se ligaban a una intensa ritualidad; permisos, ofrendas, presentación de semillas, instrumentos de trabajo, petición de lluvias y agradecimiento por las cosechas.
Los pueblos lacustres de Tláhuac y Xochimilco de origen prehispánico que fueron rearmados por los españoles conservan todavía sus barrios bien delimitados con sus nombres nahuas acompañados del de sus santos patronos y sus capillas. Con celebraciones grandes o pequeñas, estos pueblos se organizan en torno a una compleja ritualidad, acorde con festividades católicas que han ayudado a reforzar una serie de relaciones tradicionales en los barrios y pueblos. Se trata de una identidad bien delimitada que se redefine con la presencia de elementos culturales de la modernidad, pero que permite reconocer claramente a los herederos de estos pueblos llamados hoy originarios, unidos por una historia y una herencia cultural común alrededor de su música, leyendas, gastronomía, medicina, danzas y fiestas muy particulares a los niños dioses y al NIñopa en particular que habita entre las familias de los pueblos y forma parte de ellos.
Sin embargo, a pesar de la declaratoria patrimonial que comprende el sistema chinampero, así como el suelo de conservación, se trata de un sistema en riesgo. Es necesario hacer notar que, por sus características ecológicas, estos espacios proveen de servicios ambientales necesarios para el sostenimiento de la Ciudad de México,
La mancha urbana no ha dejado de crecer a pesar de las leyes y de funcionarios nuevos; parte de la tierra productiva ha sido convertida en baldíos con usos diversos por el limitado apoyo a la agricultura de la ciudad, se han decretado varias expropiaciones y ocupaciones de población migrante en busca de lugares donde habitar cerca del corazón metropolitano. El agua disponible va escaseando y se contamina; hay inundaciones o escasez de agua, plagas, rellenos de cascajo y basura.
Como señalamos, las actividades de resistencia han continuado y en 2019, aprovechando los derechos reconocidos a los pueblos originarios por la nueva Constitución de la Ciudad de México, los habitantes de San Luis Tlaxialtemalco decidieron recuperar sus usos y costumbres para conformar un gobierno colectivo que sustituyó al coordinador territorial que trabajaba por la alcaldía de Xochimilco. Se trata de un Concejo compuesto por 20 integrantes, nombrados por la asamblea comunitaria, y los diferentes comités que se han ido conformando para gestionar las fiestas patronales, el panteón comunitario, el manejo del agua y la promoción de la salud.
La Coordinación de Pueblos, Barrios Originarios y Colonias de Xochimilco, informó que el Concejo del Pueblo “trabajará por la defensa del territorio, recursos naturales, el cuidado de los pozos para evitar la sobre extracción y para lograr la reparación de todos los daños que se generaron luego de que la zona central de la ciudad extrajera desde hace mucho tiempo agua de manera desmedida; por la mejora del pueblo, así como por la lucha para que el pueblo pueda decidir hacia donde se ejerce el presupuesto en beneficio de su comunidad (sin que la alcaldía lo decida unilateralmente), lo cual es un derecho reconocido por la Constitución de la Ciudad de México”.
Estas acciones apelan sin duda a la memoria como “la herramienta que utilizan los actores para recuperar la capacidad de interpelación o visibilidad para los olvidados, los desaparecidos o los invisibles. Todos los que de alguna u otra forma son negados en su derecho, capacidad o posibilidad de estar en el presente. La memoria colectiva y el olvido social tienen relevancia para la producción y mantenimiento de la realidad social.” (Trejo, Arriaga,2009:304) Estos mismos autores en su trabajo sobre memoria colectiva en la zona lacustre del valle de Toluca ponen a prueba la noción de memoria para recuperar el pasado como un elemento unificador en el presente de la cohesión social de sujetos sociales con una historia semejante y que luchan por su identidad.
La siguiente cita del trabajo de estos autores nos llevan necesariamente a reconocer situaciones similares a las vividas por los pueblos lacustres de la ciudad de México: “Las identidades locales más duraderas y densas parecen anclarse en la memoria lacustre de la región. Se trata de un pasado común que permite reconstruir identidades perdurables. Las poblaciones y comunidades que subsistían de la laguna y que directamente ligaban su pasado a alguna actividad lacustre son hoy en día los municipios con mayor identidad local. Hay un pasado al cual referirse y dar cuenta de sus tradiciones, aquellos que se dedicaban a pescar, a cortar tule, a navegar en la ciénaga, a cazar pato y recolectar plantas acuáticas” (Trejo, Arriaga, 2009:314)
Hay que encontrar la forma de transmitir las historias propias y que se reconozca la importancia de conservar una cultura particular que no es inamovible y está en permanente diálogo con la de otros actores sociales de la ciudad.
Los retos que se presentan para el futuro de estos pueblos son muchos, pero siempre han estado presentes; los intereses del capital inmobiliario, las acciones urbanizatorias, la necesidad de incrementar las clientelas políticas, el desinterés de los gobiernos de la ciudad y de los gobiernos locales por preservar el paisaje lacustre que no sólo es turístico, sino también un reservorio biológico y cultural que involucra a las poblaciones que le han dado vida y lo han protegido cuidándolo y haciendo propuestas para mejorarlo.
Cuando navegamos todavía por Xochimilco tenemos que reconocer que la conservación de este paisaje único, a pesar de los cambios que ha sufrido, se debe sin duda, a la resistencia de estos pueblos que han luchado por no ser invisibilizados por la gran metrópoli de la que forman parte y por el reconocimiento de que tienen futuro como pueblo que enriquece su diversidad cultural.
Referencias bibliográficas
-Canabal Cristiani Beatriz, 1997, Una identidad recreada, UAM Xochimilco, México
-Giménez Gilberto y Natividad Gutiérrez Chong, (compiladores) 2019, Las culturas hoy, Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM
-Giménez, Gilberto,1996, Cultura política e identidad, Instituto de Investigaciones sociales de la UNAM
-Pizzorno, Alejandro, “Sobre la racionalidad de la acción democrática” en Calderón Fernando, compilador, 2017, Los límites de la democracia, Clacso, Buenos aires, Argentina,
-Raffestin, Claude, 2013, Por una geografía del poder. El colegio de Michoacán, México
-Trejo Sánchez José Antonio y Arriaga Emilio, 2008, Memoria colectiva: vida lacustre y reserva simbólica en el Valle de Toluca, Estado de México, Convergencia vol. 16, revista de Ciencias sociales Universidad Autónoma del Estado de México, México