La “Cuarta Transformación” y las retóricas reaccionarias

Recientemente, México sufrió un cambio político de magnitudes no vistas desde hace casi un siglo —cuando el cardenismo irrumpió en la reorganización de la sociedad posrevolucionaria. Se trató de una conmoción en el régimen político de la transición, ocasionada por la vía de la elección de Andrés Manuel López Obrador en el año 2018 y el inicio de un sexenio lleno de intentos por modificar el rumbo de la nación. Su triunfo significó el cuestionamiento más evidente a la forma neoliberal de organizar la vida social, así como la apertura de un nuevo ciclo político en donde las fuerzas políticas y sociales se encuentran en proceso de reacomodo. Un cambio de régimen político —entendiendo por éste las principales reglas de operación de la socialización del poder y de la toma de decisiones—, así como una modificación de los vínculos entre Estado y Sociedad, son las cuestiones que brotan aquí como posibilidad. Lo anterior en medio de una gran crisis civilizatoria que parece anunciar la pérdida de poder de los Estados Unidos y un abandono gradual de algunos de los principales componentes del neoliberalismo. México se encontró en el tiempo del mundo, es decir, en el desplazamiento de algunas de las (hasta entonces) certezas inamovibles que animaron a las sociedades durante su entrega total al mercado como ideología principal de la articulación social.

En este breve texto realizaremos una revisión de las principales retóricas que han reaccionado al cambio operado en estos seis años, y analizaremos la posibilidad de una transformación del régimen político. Señalaremos cuáles son los principales elementos que permiten sostener que nos encontramos ante una transformación parcial del régimen político, en una clave que busca la justicia social.

La 4T y las retóricas reaccionarias 

La llamada “Cuarta Transformación” (4T) es un proyecto de reforma política y social que, con límites y tensiones internas, ha logrado conquistar espacios antes vedados para la izquierda y las opciones nacional-populares, en la comprensión que hizo René Zavaleta (Zavaleta, 2008). Una de las razones por las que los adversarios del presidente López Obrador tienen resultados tan ínfimos en su actividad opositora —y esto a pesar de la crisis potenciada por la pandemia—, se desprende de su falta de recursos e insumos para movilizar un proyecto distinto, que sea atractivo y convincente no sólo para los grupos sociales de los que emerge la oposición —clases medias y sectores acomodados. Si bien es por momentos limitado y difuso, lo cierto es que existe, entre amplios sectores populares de la sociedad, un ánimo de transformación de las relaciones entre el Estado, la sociedad y el mercado; esto ha adquirido una tonalidad expresada en las urnas, tanto en 2018 como en las elecciones intermedias de 2021 y de 2024. Ante ello es que nos preguntamos aquí: ¿Es posible considerar a los adversarios de la 4T como reaccionarios? Echando mano de la obra de Albert O. Hirschman, queremos contribuir a entender la reacción generada por la 4T. 

A principios de la década de 1990, Hirschman publicó el libro Retóricas de la intransigencia, el cual buscaba, en un tono polémico, ofrecer un contrapeso a los argumentos triunfalistas del capitalismo de aquel momento, hechos en clave neoliberal. Frente al avasallamiento ideológico que se cernía sobre toda opción de cambio, de transformación y hasta de la más mínima reforma social, el intelectual alemán-norteamericano (Adelman, 2017) identificó un conjunto de “retóricas” que podían ubicarse de manera recurrente a lo largo de la historia. Desde su perspectiva, todo intento de democratización que conllevara la ampliación de las nociones de ciudadanía y de disponibilidad de derechos fue cuestionado con tres argumentos o “retóricas”, que eran empleadas reiteradamente por los adversarios de la reforma de la sociedad. La persistencia histórica y su persistente presencia ante cada intento de ampliación democrática guarda una sorprendente vitalidad y actualidad para pensar el México de la 4T. Aun cuando una parte del argumento de Retóricas de la intransigencia se presentó en clave de una historia intelectual, lo cierto es que el aporte de Hirschman sigue habilitando una posibilidad para leer las reacciones más habituales ante los procesos de cambio, sean éstos en clave de reforma social o de transformación a largo plazo. Y es que, aunque podría pensarse que se trata de un ánimo exclusivamente discursivo, lo cierto es que éste tiene un impacto directo en la práctica de las oposiciones.

El economista captó el movimiento argumentativo empleado por las posiciones reaccionarias en tres grandes entramados que denominó a partir de sus principales registros: el del “efecto perverso”, el de “futilidad” y el del “riesgo”. Los argumentos en contra del gobierno que podemos observar en la actualidad pueden considerarse, en gran medida, deudores de estas perspectivas detectadas por Hirschamn. Si bien él pensó en las reacciones frente a sucesos como la revolución francesa, la obtención del voto universal y la creación del Estado benefactor, la persistencia de su uso es clara cuando emergen procesos gradualistas de transformación. Podemos resumir, brevemente, el núcleo de estas tres tesis reaccionarias: la del “efecto perverso” señala que cualquier cambio resultará, de manera irremediable, en su contrario, más allá de la voluntad de sus impulsores. En tanto que el de la “futilidad” se afinca en la inutilidad de proponer transformaciones, pues se parte del supuesto de que las sociedades no cambian. La última tesis apuntala el “riesgo” del cambio: es decir, que el costo de la transformación es muy elevado frente a las posibles pérdidas de las conquistas ya existentes. Una radiografía en gran escala de los discursos opositores al gobierno de la 4T devela la persistencia de esos tres argumentos. Identifiquemos las corrientes de pensamiento que se articulan de manera paralela a los identificados por Hirschman.

El argumento del “efecto perverso” se afianza en la certeza de que las acciones generan siempre consecuencias involuntarias sobre las que nadie tiene control. Puesto que ningún político o fuerza política es capaz de controlar las variables en su totalidad, y menos aún ante la complejidad de nuestro tiempo (del mercado y sus ambivalencias), la existencia de consecuencias involuntarias, incontrolables, debe colocarnos en alerta: es mejor, pues, no hacer nada. Esta es la tesis preferida de quienes asumen la militancia en favor del neoliberalismo. Desde el punto de vista de aquellos desalojados de los principales resortes del poder —aunque tal cosa sea relativa—, el conjunto de transformaciones asociadas a la 4T no sólo no lograrán su objetivo justiciero, sino que provocarán exactamente lo contrario: la redistribución de la riqueza generará más miseria, la ampliación de derechos (como el derecho a la educación) desvalorizará la institución educativa, el aumento al salario causará pobreza porque generará inflación, la recuperación de la soberanía energética devendrá en una escasez o incapacidad de producción de energías, etc. Estos argumentos han sido explorados en la obra de David Bak Geler (2022), quien analiza las principales columnas de opinión del ala opositora en el México actual.

El “efecto perverso” es el argumento preferido de los neoliberales, pues de alguna u otra forma este se afianzará en cada acción o intención que, por parte de la 4T, resulte en alguna medida fallida. Hirschman alertó atinadamente sobre la complacencia de esta tesis, particularmente cuando viene de parte de los académicos e intelectuales. Aquí, la reciente obra del antropólogo Roger Bartra, Regreso a la jaula (2021), hace parte de esta estela, pues en dicha obra se amalgama el posicionamiento más claro sobre esta retórica y, más allá de sus limitaciones de procedimiento, expresa bien la visión de la intelectualidad neoliberal. Bartra es solo un ejemplo de una intelectualidad que ha predicho, cual lector del futuro, el fracaso: al enfrentar la pandemia, al prescindir de los órganos autónomos que gestionan parte del presupuesto por parte del Estado, la pugna con monopolios trasnacionales en temas cruciales como la producción energética. Hirschman ubicó esta conducta de la siguiente manera:

Pero la dulzura misma y el auto halago de esta situación debería poner en guardia a los analistas del efecto perverso, como también al resto de nosotros: ¿no estarán abrazando el efecto perverso con el propósito expreso de sentirse bien? ¿No son indebidamente arrogantes cuando retratan a los humanos ordinarios como seres que van a tientas en la oscuridad, mientras que ellos mismos, por contraste, se presentan como tan notablemente perspicaces? Y, por último, ¿no están facilitando demasiado su tarea al centrarse en un solo resultado privilegiado y simplista de un programa o una política: el opuesto del que se intenta lograr? (Hirschman, 1991, 47)

Hirschman señaló que esta primera retórica reaccionaria es “cálida”, en el sentido de que da orden a un mundo complejo en donde no se pueden controlar todas las variables y en la que el movimiento provocado dará como resultado justo lo contrario a lo deseado: “El efecto perverso tiene muchos atractivos. Es perfectamente adecuado para el militante ardiente listo para dar la batalla con gran vigor contra un movimiento de ideas ascendente o dominante hasta el momento y contra una praxis que de alguna manera se ha vuelto vulnerable.” 

En el arsenal reaccionario existe, en cambio, otra retórica importante cuyo componente será sobre todo “frío”: se trata de la retórica de la “futilidad”. Esta tesis es la que se mofa de los impulsos e intentos de cambio, pues en su balance está asegurada, de antemano, la inmovilidad. De nada sirve concentrar energías, hacer planes ni proceder a operar reformas. Hirschman detecta aquí el sentido más profundo que distingue a estos argumentos de los demás: “Las proclamaciones de la tesis de la futilidad parecen más moderadas que las del efecto perverso, pero en realidad son más insultantes para los “agentes del cambio” (Hirschman, 1991, 57).

¿Existe un tipo de fuerza política y social que corresponda, entre los críticos de la 4T, a este tipo de tesis? Sí: es propia de quienes argumentan desde una izquierda por fuera del entramado nacional-popular. Desde su concepción, iniciar cualquier proceso de reforma o transformación gradual carece de sentido, pues nada cambiará en las sociedades en tanto no se toquen las abstracciones articuladoras de la sociedad, presentes en ciertas consignas muy repetidas: el “sistema”, el “poder”, el “Estado-capital”, etc. Operan así, dichos sectores, un argumento reaccionario en tanto que se considera inútil el esfuerzo o utilización de la energía de aquella parte popular de la sociedad que pretende lograr cambios graduales o significativos a través de reformas o cambios graduales; de esta forma las transformaciones en curso (o que han generado tensión con formas concretas del poder económico y social) se presentan como irrelevantes.

Las posiciones de la izquierda ajena a lo nacional-popular que declaran que por medio del voto no se logra nada coinciden, sin saberlo, con los argumentos reaccionarios de los teóricos de las élites, como lo fueron Gaetano Mosca y Wilfredo Pareto: expresiones prístinas de la oposición a la ampliación de la ciudadanía. Según Hirschman, en el fondo de los argumentos de estos dos teóricos de la “retórica” reaccionaria de la futilidad actuaba una certeza inamovible: “El sufragio no puede cambiar nada de la estructura de poder existente en la sociedad” (Hirschman, 1991, 66). Entre el argumento de los teóricos de las élites o las consignas más recurrentes dentro de la última época (como el “yo no voto, me organizo”, “Si el voto sirviera para algo estaría prohibido”, o el más poético “nuestros sueños no caben en sus urnas”), hay más similitudes de fondo, a pesar de las diferencias en la forma. Y si bien podría ser excesiva la comparación, el asunto aquí es que las transformaciones en la sociedad, mediante la ampliación de derechos y la democratización de reductos significativos, así como el predominio global del capitalismo, deshabilitan la narrativa excesivamente anti-estatista de las diversas formas del ultra-izquierdismo. El concentrar la crítica en el espectro represivo del Estado (en tiempos de una captura oligárquica de instituciones emanadas de él), así como obviar su clara disolución en espacios significativos de la articulación de la vida social, elude las radicales transformaciones acumuladas desde la posguerra y aceleradas en la época neoliberal. La convicción política es apenas la expresión de una visión pesimista de la realidad, que se mofa de las energías de la sociedad del cambio e ignora, de hecho, la forma histórica de las transformaciones:

En su argumento, las acciones o las intenciones humanas se frustran no porque desencadenen una serie de efectos colaterales, sino porque pretenden cambiar lo incambiable, porque ignoran las estructuras básicas de la sociedad. […] los abogados de la futilidad, por el contrario, ven ese mundo como sumamente estructurado y desenvolviéndose según leyes inmanentes, que las acciones humanas son ridículamente impotentes para modificar. (Hirschman, 1991, 86).

Hirschman pensó el funcionamiento de estos argumentos, como señalamos arriba, en función de tres acontecimientos históricos de magnitud considerable para la historia de Occidente: la revolución francesa, la ampliación de la ciudadanía y la construcción del Estado benefactor. Frente a estas transformaciones, y en oposición, convivieron quienes alertaron tanto sobre lo peligroso del cambio como de lo inútil del mismo; una retórica “cálida” y otra “fría”. Aunque aparentemente en bandos opuestos, terminaron convergiendo en el rechazo a la capacidad y la necesidad de alentar reformas en las relaciones sociales. Para Hirschman el inmovilismo de la “tesis de la futilidad” comparte, claramente, una unidad con el argumento reaccionario a pesar de proclamarse activista o radical: 

Debido a su actitud despectiva y denunciadora hacia los “pretendidos” cambio y progreso, la tesis de la futilidad pertenece de plano al ámbito conservador. Es en efecto una de las armas principales del arsenal reaccionario. Sin embargo, como tal vez se haya notado ya, tiene una estrecha afinidad con ciertos argumentos que vienen del otro extremo del espectro político. La conjunción de argumentos radicales y reaccionarios es una característica especial de la tesis de la futilidad. (Hirschman, 1991, 93-94)

Sin embargo, es la tercera de las retóricas la más recurrente entre los críticos de la 4T. Se trata de un amplio sector que asume lo que se denominó como “retórica del riesgo”, misma que se hace aún más presente entre los que presumen de ser progresistas. En el caso de México se trata de ese sector universitario, con estudios en el extranjero o con alta cualificación a partir de su obtención de posgrados —habitantes predilectos de Twitter— y, en no pocos casos, también pertenecientes a fundaciones o asociaciones que han perdido el financiamiento gubernamental. La trasmisión de bolsones presupuestales de la nación hacia estos órganos de la “sociedad civil” era el vínculo privilegiado, durante los gobiernos anteriores, de estos sectores, a los que colocaba en una situación de gran comodidad: no sólo los mantenía alejados del escrutinio democrático —al no ser funcionarios públicos—, sino que los colocaba en condiciones de “evaluadores” o “consejeros” y, en no pocas ocasiones, presumían credenciales de feroces críticos del poder político. En clave “progresista”, “cosmopolita” y con un tono marcadamente anti-estatista, hoy alertan que, aunque el programa de reformas de la 4T puede ser justo e incluso en alguna medida necesario, en su aplicación se pierde todo lo ganado anteriormente:

¿Tiene acaso sentido sacrificar el antiguo progreso en nombre del nuevo? Además, con este argumento el reaccionario reviste una vez más los ropajes progresistas, argumenta como si el progreso nuevo y el antiguo fueran ambos deseables, y muestra entonces por lo común cómo una nueva reforma, en caso de realizarse, pondrá mortalmente en riesgo la antigua, muy apreciada, que además tal vez se haya puesto en obra sólo recientemente. Las viejas conquistas o logros conquistados a alto precio no pueden darse por descontados y serán amenazados por el nuevo programa (Hirschman, 1991, 100).

Es muy claro que, quienes argumentan de esta manera, suelen referir a una “traición” a los supuestos principios progresistas o de izquierda que el gobierno de AMLO debería de cumplir. Articulan su discurso sobre dos grandes formas narrativas: la de que se está echando abajo lo mejor de la transición del año 2000 (año de la alternancia partidaria en la presidencia) y, en menor medida (con un poco de vergüenza) la de la defensa de las reformas alcanzadas con el Pacto por México. Ambos momentos expresarían reformas significativas en la medida en que habrían modernizado al Estado y a la economía. Esto es muy claro en aquellos textos que evalúan el sexenio, como el compilado por José Woldenberg, Balance temprano, el de Carlos Elizondo, Mi palabra es la ley y en El presidente, de Leonardo Curzio. En su argumento, la “transición” del año 2000 y sus reformas institucionales serían valiosas per se. Mencionan, entre otras, el reforzamiento del órgano que vigila las elecciones o el arrebatamiento a ciertos sectores sobre la acción del Estado para dárselos a la “sociedad civil”, esto a partir de la creación de “órganos autónomos” que quedaron en manos de “técnicos” y “expertos”. Aunque obvian que aquellas posiciones en los “órganos autónomos” son negociadas con los partidos y que la élite intelectual que las encarna es deudora de agendas y proyectos, tal como lo ha demostrado Alejandra Salas-Porras en su libro Conocimiento y poder, en donde caracteriza las agendas y vínculos de los “centros de pensamiento” (los llamados Think Tanks). En tanto que la segunda de las trayectorias de la modernización neoliberal, la agrupada bajo el “Pacto por México”, además de reforzar la precarización de las funciones estatales, garantizaría una inserción plena y total de México en la globalización económica, esto al disminuirle sus funciones económicas al Estado y asegurar la “libre empresa”. Aquí, más que una vena anti-estatal, lo que opera es una militancia pro-empresarial. Claramente, quienes defienden la tesis del “riesgo” hablan menos de la defensa de una reforma política y más del cuidado de sus intereses asociados a los espacios de la “sociedad civil” ya señalados: consejos, órganos evaluadores, órganos reguladores y, en general, espacios de acción de política pública que quedan fuera del enmarcado democrático. 

Desde el punto de vista de estos críticos, pronto todo se convierte en un “riesgo” dentro de la trama que la 4T propone para el conflicto político y la gestión gubernamental: la “libertad de prensa” está en peligro si se anuncia un programa de comunicación distinta como es la conferencia mañanera; la “libertad de empresa” está en riesgo si se consulta a las comunidades afectadas por determinados proyectos (como en el caso de una planta cervecera en la ciudad de Mexicali); los acuerdos internacionales están en riesgo porque se apuesta a recuperar soberanía energética. Y así por el estilo son el resto de argumentos de la oposición, nuevamente, en la elección de junio del año pasado. Todo proyecto de reforma implica un riesgo de perder lo ganado, que es lo único que se debe conservar, tal como se encuentra. 

Es un fenómeno anómalo que las tres principales “retóricas” reaccionarias se conjunten de una manera sincronizada. Los neoliberales de distinto grado, los sectores progresistas y la ultra-izquierda asumen, frente a las energías sociales que apuestan por una transformación gradual, alguna de estas retóricas reaccionarias. Ya sea por que consideran que existe un “efecto perverso” incalculable, ya sea porque consideran que es inútil cualquier intento de cambio, o bien, porque vean todo como un potencial riesgo; en todo caso, las oposiciones a AMLO no han logrado cuajar un proyecto alternativo, pues han colocado sus esperanzas en reaccionar frente a la reforma y no en proponer una vía alterna. Ello ratifica que la 4T vino a mover y remover algo en el suelo profundo de la sociedad: las voces que reaccionan ante ello son expresiones lógicas ante un proceso de transformación que está tomando, aunque sea a tientas y con problemas, su propio rumbo.

Época de Cambio.

La transformación promovida responde a una vieja tradición presente en el México del siglo XX: la presencia del Estado como un promotor del cambio. En la década de 1970 el sociólogo René Zavaleta desarrolló la idea de que las naciones podrían ser más estatalistas o con un mayor peso del Estado en la sociedad. El Estado se convierte, en algunas sociedades, en la palanca de la modificación. Ello, por supuesto, no es unilateral: opera en diversas modalidades. Puede ser en un sentido retardatario, pero puede ser también en un sentido de avanzada. 

Lo que sucede en México desde 2018 es que hay una nueva centralidad del Estado para gestionar los conflictos a los que se enfrenta la sociedad. Sin embargo, no es un Estado sin más, sino uno modificado en sus principales vínculos sociales. Particularmente en lo que toca al conjunto de mediaciones que articulan la relación con sectores de la población. Esta reforma del Estado ha generado una andanada de retóricas reaccionarias, que en el estilo más clásico han respondido para minimizar, relativizar o apostar por cualquier transformación.

El horizonte se muestra como un espacio de confrontación en donde las viejas fuerzas políticas tienen que avanzar sobre un nuevo terreno. La cancha en la que los actores juegan no es la misma, y en el proceso somos y seremos testigos de la aparición de nuevas reglas y posibilidades.

Adelman, J. (2017). El idealista pragmático: la odisea de Albert O. Hirschman. Universidad de los Andes.

Bartra, R. (2020). Regreso a la jaula. Debate.

Geler, D. (2023). Ternuritas: el linchamiento lingüístico de AMLO. El Chamuco y los hijos del Averno.

Hirschman, A. (1991). Retóricas de la intransigencia. FCEZavaleta, R. (2008). Lo nacional-popular en Bolivia. Plural