1.- Ford Lobo 2009: cómo hacer colapsar una ciudad sin dar la cara
Un embotellamiento se prolonga durante tanto tiempo que los automovilistas ya viven en él. Dos chicas lavan su automóvil con mucha espuma y poca ropa mientras que un hombre se rasura la barba en un vehículo próximo. Un niño juega a hacerse cargo del volante aprovechando que su padre dormita en el asiento de pasajeros. Una mujer coquetea con el chofer de un camión de carga, y alguien más despacha desde su auto como si se tratara de su propia oficina. Reafirmando el carácter épico del suceso, observamos un helicóptero que sobrevuela el lugar y un reportero que transmite desde el sitio del incidente. Una panorámica aérea confirma que la ciudad entera se encuentra colapsada, suspendida.
Quienes conozcan el cuento de Julio Cortázar, La autopista del sur, reconocerán la premisa del anuncio televisivo filmado en el centro de Guadalajara. Pero mientras que el cuento de Cortázar nunca revela la causa del embotellamiento que mantiene atascada por días la autopista del sur, el anuncio de la pickup de Ford sí resuelve (al menos parcialmente) el enigma de qué o quiénes tienen en vilo a la ciudad mexicana y a sus habitantes. En un cruce vial, epicentro de la congestión, encontramos dos camionetas pickup negras, idénticas, que se aproximan una hacia la otra con bruscos arrancones. La música evoca la de los duelos en las películas de vaqueros. En este punto el comercial se interrumpe, dejando el viril enfrentamiento en suspenso: ninguna de las dos camionetas cederá el paso a la otra, y no habrá nadie que se atreva a molestar su caprichoso desafío. Todo esto lo ratifica la voz en off que pronuncia una frase también impresa sobre la pantalla: «más poderosa que una Lobo, sólo otra Lobo».
Aún queda por resolver la cuestión sobre la identidad de los sujetos responsables de detener con total prepotencia e impunidad la vida de una ciudad (sujetos a quienes, según la lógica del comercial, deberíamos envidiar los consumidores). ¿Quiénes pueden encontrarse tan por encima de la ley como para atropellar la vida de los otros por capricho o bravuconería (siendo que la “fuerza pública” está oportunamente ausente de este artefacto publicitario del deseo)? Resulta imposible poner un rostro a los protagonistas: las ventanas de las dos camionetas son tan negras como sus carrocerías. Tan opacas que en lugar de dejar ver lo que hay en el interior, reflejan el exterior. Están polarizadas.
Antes de que el bombardeo mediático y el sucursalismo académico comenzaran a repetir incesantemente que la “polarización” se refiere al enfrentamiento entre dos facciones antitéticas o dos polos opuestos, la experiencia de la polarización como opacidad ya estaba en el centro de nuestras vidas individuales y colectivas. La metáfora de la “polarización” como oposición entre dos bandos tal vez convenga a las intenciones y los deseos de una minoría que se benefició con la pretendida “armonía” liberal durante las últimas décadas, y que preferiría que el conflicto —de clases, culturas e ideologías— sea visto como una cuestión accidental y pasajera. Pero para la mayoría de las personas este sentido de la “polarización” resulta artificial y falso. Conocen de primera mano la desigualdad, la exclusión y la injusticia, y les resulta ininteligible la idea de que una súbita “polarización” entre dos bandos irreconciliables sea el mayor peligro para sus propias vidas o para la democracia. Sin duda el eslogan que identifica los intereses del 1% como antagónicos a los del 99% le parecería a la mayoría de las personas, en la actualidad, una construcción sociológica más atinada.
En Gramáticas de la frivolidad (Fondo de Cultura Económica, 2024) propuse que, a diferencia de la metáfora de los polos opuestos irreconciliables, la metáfora alternativa de la “polarización” como opacidad está anclada en experiencias reales de la impotencia, el miedo o el deseo, y que, por lo tanto, resulta más útil para analizar y criticar las maneras en las cuales el poder y la dominación se articulan en el presente. La experiencia que aparece en el comercial de Ford —y que se refiere a fuerzas que afectan decisivamente nuestras vidas sin mostrar qué o quiénes las impulsan realmente— se materializa también en la especulación de los mercados que derriban gobiernos legítimos sin que, supuestamente, medie agencia humana, o en las granjas de bots que determinan los temas de la “opinión pública”. Esta “polarización” que impide la cooperación democrática no tiene que ver con la fantasiosa hostilidad entre “amigos y enemigos”, sino con la intervención devastadora de agentes que no podemos procesar —ni epistemológica ni jurídicamente. Las notas que siguen despliegan una fenomenología de la polarización como opacidad que —a diferencia de la “polarización” introducida por el aparato propagandístico del liberalismo capitalista—, actúa cotidiana y obstinadamente en nuestras vidas, delimitando lo que podemos ver, pensar y hacer.
2.- Christine, femme fatal del neoliberalismo
«El mal ha visitado la tierra de muchas formas», dice una voz en off en el trailer de la película The Car (1977), para luego rematar: «ahora regresa como el auto». Se trata de la primera gran producción cinematográfica en explorar la sensación de terror causada por un automóvil que se gobierna a sí mismo sin necesidad de un conductor humano. El Lincoln Continental que asesina a decenas de inocentes en un pequeño pueblo de Utah (un ambiente aún bastante similar al de las películas del lejano oeste), tiene, al igual que las camionetas Lobo del anuncio mexicano, los vidrios polarizados. Ciertamente la fantasía de los coches asesinos no pudo haber producido tantas películas como lo hizo durante los años ochenta del siglo pasado si la polarización no le hubiera permitido al automóvil poseer una “profundidad” recóndita y misteriosa: una personalidad autónoma.
La mejor forma de presentar un automóvil con voluntad propia es opacando su exterior hasta el punto de crear la interrogante, así sea tácita, acerca de la fuerza que lo gobierna. Imaginemos una toma cinematográfica de un auto con el interior completamente visible que se maneja por su cuenta, sin conductor. ¿Es esta imagen capaz de producir sensaciones de terror? Difícilmente. Los vidrios polarizados, en cambio, dotan al auto de un interior en el que caben todos los miedos, odios y represiones que huyen de las superficies transparentes. La polarización crea por sí misma la posibilidad de un auto como agente con motivaciones propias, entre las que debemos contar los recónditos móviles criminales.
La película que llevó a su culminación el tema de los autos asesinos fue Christine, basada en la novela de Stephen King (1983) y llevada al cine por John Carpenter el mismo año de la publicación del libro. Que los dos “maestros del terror” unieran sus fuerzas alrededor de la historia de un coche como agente autónomo nos indica que esta fantasía se había instalado ya —o al menos la posibilidad de consumirla— en el centro de la cultura de masas estadounidense. A diferencia del tosco auto negro que protagoniza The Car, el personaje principal de esta película es un Plymouth rojo con identidad femenina: sensual y seductora, celosa y manipuladora, su belleza otorga estatus a quien la posee.
La pregunta acerca de qué o quién es esta criatura asesina aparece reiteradamente con relación a Christine, tanto en la novela como en la película. Por una parte, la fuerza que impulsa al auto es descrita como una voluntad orgánica primitiva: “su primera idea fue que un animal prehistórico se había despertado y atacado su presa: un lobo enorme o tal vez un tigre de colmillos de sable”1. Por otra parte, puede tratarse de una especie de sustancia sobrenatural que toma posesión del vehículo: “¿Qué era aquello? ¿Algún genio maligno? ¿Un coche vulgar que, de alguna manera, se había convertido en la peligrosa y apestosa morada de un demonio?”2. Por último, Christine puede ser vista también como un alojamiento femenino que, a diferencia de las mujeres de verdad, es dócil y no opone resistencia: “Ella nunca discutiría ni se quejaría […] Ella nunca exigiría. Podías entrar en ella en cualquier momento y descansar en su aterciopelada tapicería, descansar en su tibieza. Nunca se negaría. Ella… ella… Ella le amaba”3.
Animal salvaje, genio maligno o mujer sumisa y amorosa. Al igual que Christine, el automóvil en el capitalismo tardío es un objeto de lo más contradictorio. El auto es fuente de deseo, pero también dispositivo de ira y frustración. Es un signo de estatus y al mismo tiempo es un elemento devastador del mundo natural y social. Fuente de fantasías diurnas y nocturnas, es no obstante el protagonista de la más absurda “planificación” social que vuelve inhabitables las ciudades. Todas estas posibilidades se materializan al mismo tiempo cuando se independiza imaginariamente al automóvil de sus conductores humanos —cuando se lo polariza y se le engendra un interior. Mientras que de acuerdo al “sentido común” reiterado por la ideología capitalista el automóvil es un simple utensilio sensato y eficiente, el polarizado deja ver, paradójicamente, la profundidad del automóvil: lejos de ser una “herramienta” al servicio de la humanidad, se trata de un artefacto autonomizado de la lógica social, opuesto a la vida humana y en realidad incompatible con cualquier noción de lo común.
La victoria definitiva del automóvil sobre la racionalidad humana se hace patente al final de The Car y de Christine. En ambas películas los autos asesinos, temporalmente derrotados por los sujetos humanos, se reconstruyen a partir de sus propios fragmentos achatarrados. Al resucitar de su propia demolición cual aves fénix modernas, los autos brindan evidencia de que en realidad son artefactos indestructibles. De ahí el terror: la vida del automóvil trasciende ya todo designio humano. «¿Cómo matas a algo que no puede de ninguna forma estar vivo?», pregunta la voz en off en el trailer de Christine. No hay manera.
No es ninguna coincidencia que el auge del polarizado en los automóviles —así como las películas de coches asesinos— coincidan exactamente con el comienzo del período neoliberal. Una de las primeras medidas que tomó Margaret Thatcher como primer ministra de Inglaterra fue la de impulsar el Transport Act de 1980, una agresiva reforma al sistema de transporte público que desregulaba los autobuses de línea y abría el camino a su privatización. La batalla de Thatcher contra el transporte público inglés fue tan encarnizada, y tan representativa de su desprecio por lo público, que el pueblo inglés le atribuyó durante mucho tiempo la frase de que “cualquier persona que se suba a un autobús después de cumplir los 25 años es un fracaso en la vida”. Tras una nueva arremetida política hacia la mitad de la década con el Transport Act de 1985, el gobierno de Thatcher logró su cometido y demostró al mundo que un bien público tan elemental como el transporte podía ser efectivamente desenraizado de la lógica del bien común.
La respuesta principal ante la degradación —material y moral— del transporte público fue el incremento del automóvil —en su uso cotidiano, pero también en sus funciones imaginarias. Si el auto debe contrastar más definitivamente con las formas de movilidad públicas y expuestas que resultaban ahora envilecidas, qué mejor forma que convertirlo en una guarida, una extensión de la privacidad doméstica cuyo símbolo típico durante siglos fue la alcoba. Aún hoy los negocios que ofrecen el servicio de polarizado para autos identifican su ventaja principal en la “amplia privacidad” que garantizan al propietario por medio de una intervención que “bloquea las miradas indiscretas” y “protege la intimidad de su coche”4.
El polarizado como reacción contra lo público recorre un arco de cuatro décadas y media cuyo último capítulo es el automóvil lanzado por la marca Tesla y promocionado como punta de lanza futurista en la industria automotriz. Se trata del cybertruck, que por contravenir decenas de reglas elementales de seguridad (como la rigidez de su estructura y el tamaño de su capote, que lo hacen mucho más mortal para transeúntes y usuarios) no se ha comercializado en Europa. El tipo de aislamiento que el auto garantiza es una de sus características principales. El polarizado en este caso no es simplemente visual, sino también auditivo y “bacteriológico”. La fantasía narcisista de “colonizador espacial” de Elon Musk, dueño de Tesla, sólo se ve satisfecha con un aislamiento tan radical que sitúe al conductor fuera de este mundo mientras transita por las ruidosas calles de su ciudad: “el vidrio acústico hace que la cabina sea tan silenciosa como el espacio exterior”5.
La función adicional del polarizado del cybertuck —“ser un modo de defensa contra armas biológicas”— nos indica que el arco histórico neoliberal de cuatro décadas y media que comenzó con el Transport Act de Thatcher está llegando a su fin y transita hacia una nueva época. Musk, quien encabeza el gobierno de los Estados Unidos, no tiene en la mira simplemente la demolición de lo público, sino de lo común: el planeta mismo. Nada sino esta devastación irreversible ayudaría a cumplir su proyecto del automóvil polarizado ya no como guarida privada que protege de las miradas inoportunas, sino como un hermético bunker que garantiza la sobrevivencia a quien pueda pagarlo.
3.- La limusina: entre la pornografía y el rito de pasaje
Lo que los ricos y famosos hacen una vez que penetran en sus inescrutables limusinas no es asunto de nadie más. ¿O lo es? El origen de la palabra limusina resulta un poco enigmático. Procede de la región francesa Limousin, pero no queda claro cuál es la relación entre este territorio y los coches tirados por caballos y conducidos por choferes que se popularizaron durante el siglo XVIII, sobre todo en París. Se cree que la asociación tiene que ver con una especie de capa que usaban los pastores limousinos, ya sea porque ésta se asemejaba al toldo que cubría el coche, o bien porque era similar a la prenda que usaban los conductores para protegerse del frío mientras cumplían con su trabajo a la intemperie. Lo que distingue a la limusina como medio de transporte es precisamente esta separación espacial: el compartimento de los pasajeros y el puesto del conductor se encuentran divididos. Originalmente el segundo se encontraba en el exterior.
La limusina motorizada no surge sino hasta dos siglos después, pero en sus comienzos sigue diferenciándose de los demás automóviles solamente por la separación impuesta entre el chofer y los viajeros. Fue hasta finales de los años sesenta cuando este aislamiento elemental se extendió también hacia el exterior del vehículo a través de la polarización de las ventanas. Incluso las primeras versiones de las limusinas alargadas como las que conocemos en el presente, que surgieron con el fin de transportar a las big bands de Benny Goodman y Glenn Miller, tenían los vidrios transparentes. Cuesta imaginarlo hoy, porque para nosotros la idea de la limusina está definitivamente asociada con su invisibilidad hermética. Para nuestra imaginación el vehículo que transporta a ricos y a famosos a través de calles y caminos comunes y los deposita al pie de las alfombras rojas debe inevitablemente estar polarizado.
La idea moderna de la limusina no sólo implica opulencia y lujo, sino una muy particular clase de “privacidad” que permite llevar a cabo, en el espacio público, ciertos actos que de otra manera están vedados a la mayoría: beber, consumir drogas, tener relaciones sexuales. Se trata de las mismas acciones que son practicadas “en la calle” sólo por aquellos personajes marginales que pueblan las grandes ciudades (real e imaginariamente): drogadictos, prostitutas y vagabundos. No obstante, lo que estos infames personajes sociales hacen de manera sucia, peligrosa e ilícita, acontece en las limusinas con glamur.
Mientras que todo vehículo polarizado le comunica al inconsciente la posibilidad de la transgresión sexual, la limusina lo hace con mayor eficacia añadiendo el elemento del poder, e incluso la participación latente del chofer voyerista que la conduce. En la página más popular de pornografía en línea, Pornhub, una búsqueda de videos sobre el tema “limo” o “limousine” arrojó casi trescientos resultados, entre videos profesionales y de aficionados. La página Literotica, que reúne narraciones eróticas y pornográficas de los usuarios, muestra casi setenta cuentos que giran alrededor de la limusina. Desde un chofer que observa masturbarse a la cantante Taylor Swift gracias a un desperfecto en el vidrio separador, hasta un viaje de negocios a Las Vegas de unos recatados jóvenes que termina en una orgía motorizada, la limusina es una atajo para la imaginación erótica moderna. Champaña, lujo, poder y, sobre todo, el simulacro de la violación a la norma de no exhibir el cuerpo sexuado en público, hacen de la limusina un emblema domesticado e higiénico de la depravación.
Pero no todo en la limusina es pornografía. Este coche blindado a la mirada exterior es utilizado también para transportarse hacia rituales modernos de paso como son las bodas, las graduaciones escolares y universitarias, o las fiestas de quince años. La limusina se convierte en estas ocasiones en un sitio liminal, un espacio-umbral dispuesto para las transformaciones. En su interior, y en el transcurso de un breve trayecto alquilado, tiene lugar una metamorfosis: alguien entra como un sujeto infantil, desvinculado y sale como un adulto, sujeto a la ley. Se trata del carruaje moderno de los ritos de pasaje.
¿Es verdaderamente necesario para cumplir esta función ritual el que los vidrios del vehículo estén polarizados? No del todo. Al menos es lo que testifica la costumbre en algunas ciudades mexicanas en la que jóvenes de secundaria, preparatoria y universidad rentan limusinas alargadas para celebrar el final de cursos. En lugar de disfrutar del aislamiento interior del vehículo, viajan mostrándose ruidosamente en grupo a través del techo descapotable, viendo y dejándose ver, interpelando a las personas que pasan por la calle. El polarizado les estorba. En realidad desean aparecer en público de manera manifiesta: solicitan un público para su excitada transformación.
4.- Prohibido rebasar a los muertos
Antes de morir en septiembre del 2022, la reina Isabel II diseñó su propia carroza fúnebre. La monarca, quien durante su vida fue entusiasta de los automóviles y mostró predilección hacia los modelos ingleses, prefirió para su último recorrido un modelo de la marca Jaguar al que se adaptó la carrocería de un coche fúnebre. El diseño contemplaba que la sección trasera del auto fuera acristalada y permitiera así la visión completa del féretro. Habiendo previsto que (al igual que el resto de los mortales) le sería imposible calcular la hora de su propia muerte, la reina solicitó que se instalara en el auto una iluminación interior “para que el pueblo británico pudiera ver el féretro en los posibles traslados nocturnos”6.
El féretro, que en el caso de una reina conviene exhibir lo más posible, para la mayoría de los habitantes modernos del capitalismo tardío debe ser manipulado con una paradójica mezcla de ocultamiento y consideración. Los coches fúnebres son una de las principales experiencias sensibles de la muerte en muchas ciudades, pero a diferencia del que diseñó la reina cuidadosamente para garantizar la mayor exposición del ataúd ante sus súbditos, los coches fúnebres disponen normalmente de un encubrimiento adicional al del féretro: son autos tapados, cerrados, polarizados. Se puede pasar una vida entera en las ciudades modernas sin ver a un muerto de otra forma que como el pasajero invisible —en realidad hipotético— de estas limusinas ultra-especializadas que se dedican a un sólo tipo de viaje, a una sola clase de cliente.
El coche fúnebre se caracteriza por frenar el ritmo natural de la ciudad. Destaca a la atención por su tamaño y su hermetismo, pero también por su lentitud y por el “cortejo” de autos que a veces (cada vez menos) lo escoltan (carroza, cortejo… es como si este lenguaje anacrónico debiera salvaguardar por sí mismo la esencia del rito fúnebre en un mundo que le es hostil). El coche fúnebre disciplina a los sujetos en una clase de indiferencia respetuosa. Ni porta sirenas como las ambulancias ni su presencia demanda a los demás que le abran el paso o le muestren deferencia. Más bien supone otro tipo de desafío: el de cómo tolerar su lentitud sin faltar el respeto al pasajero. ¿Se puede rebasar a un muerto sin deshonrarlo?
Los vehículos que transportan los ataúdes no siempre han sido tan herméticos como el Cadillac alargado y polarizado que hoy funge como arquetipo de esta variedad automotriz. Y tampoco es el caso para todas las culturas en el presente. En India se transporta a los muertos en camionetas con amplias ventanas transparentes y llamativos decorados florales. En Japón existen coches fúnebres conocidos como “miyagata” que replican ornamentados templos budistas en la parte trasera de una camioneta, y que varían su estilo según la región del país: el estilo Nagoya es abigarrado y a menudo simula estar construido de oro macizo; el Kanzai es más bien austero; el Kanazawa se caracteriza por su color tinto. En las imágenes televisadas con funerales de víctimas de la violencia colonial en Palestina o Líbano observamos que se prescinde de los lujosos coches funerarios: los cajones con los cuerpos atraviesan multitudes desconsoladas, son cargados por muchas manos, se exhiben como focos del duelo, la rabia y la catarsis.
Al contrario de los lentes solares o las ventanas de automóviles, el coche fúnebre no intenta justificar su polarizado con el disfraz de la “funcionalidad”. En este caso —en donde el pasajero se encuentra más allá de cualquier confort— es difícil apelar a la protección de los rayos UV, la temperatura de la cabina mortuoria o la visión impedida de los potenciales atracadores del féretro. El polarizado del carro fúnebre tiene una función más manifiesta: convertir nuestra relación distante e indiferente con la muerte en la única natural, moderna, obvia. Su éxito radica en la naturalización, su capacidad de deslizarse por debajo de nuestro registro consciente e imponerse como la única opción normal y lógica. Cuando la opacidad del polarizado todavía es capaz de saltar a la vista o sorprendernos como una anomalía —por ejemplo, en el anuncio de la pickup de Ford— su función pierde eficacia. La carroza fúnebre, aunque a paso de tortuga, va a la vanguardia de la polarización: constituye la más natural (de hecho la única) forma de hacer llegar al muerto respetuosamente hasta su último destino.
5.- La guerra de las ventanas
Durante el breve año que estuvo en el poder como presidenta de facto de Bolivia —de noviembre del 2019 a noviembre del 2020—, Jeanine Añez suprimió las regulaciones sobre los vidrios polarizados que estaban vigentes en el país desde el 2005. La escueta justificación fue que se buscaban eliminar los “trámites burocráticos” y “evitar los casos de corrupción”7. Para el gobierno de facto era indiferente si se trataba de transporte público o privado; de tintes de fábrica o añadidos. En lo que respecta al polarizado, “queda absolutamente libre su uso”. Desregularización total: utopía neoliberal.
Una vez que se restableció la democracia en Bolivia, el presidente Luis Arce contravino esta medida a través del decreto presidencial N˚ 4740. En este documento se afirma que “la decisión arbitraria de eliminar las autorizaciones para el uso de vidrios oscurecidos o polarizados por parte del Gobierno de facto, vulneró el derecho a la seguridad de las y los ciudadanos, dando lugar a la comisión de delitos con el uso de vehículos […] representando un retroceso en las políticas de seguridad”8. El decreto cita un número aproximado de delitos cometidos a bordo de tales automóviles durante los últimos años (1500). Procede luego a hacer distinciones minuciosas entre los tipos de vehículos y los permisos que cada uno requiere, y determina cuáles autos quedan exentos de estas medidas (aquellos que son “utilizados para la lucha contra el crimen, el narcotráfico y contrabando, no requerirán tramitar autorización alguna”9). A diferencia de otros países, en Bolivia hay dos clases de automóviles que normalmente quedan dispensados de las normas, pero que según este decreto también requieren de un permiso de autorización para portar vidrios oscurecidos: los autos nuevos que salen de la fábrica, y los vehículos oficiales del presidente y el vicepresidente, las ministras y ministros, diputadas, diputados, senadores, magistrados, etc.
Por una parte es verdad que la severa restitución de la norma estuvo motivada por una serie de incidentes delictivos cometidos en minibuses polarizados en La Paz y El Alto durante el 2021. Por otra parte, lo que vemos desplegarse en este movimiento pendular de la ley y sus justificaciones es la fantasía en su dimensión colectiva —“política”—. En un caso, el gobierno golpista narra una historia en la que las únicas ventanillas que obstruyen el bienestar social son las de las oficinas gubernamentales donde se realizan los trámites burocráticos. Con su medida desregulatoria no busca en realidad abandonar el discurso de la “seguridad pública”, sino que se pretende tan sólo hacerlo compatible con los intereses del capital y los deseos antisociales —conscientes o inconscientes— de los ciudadanos.
Resulta más ambigua la fantasía política de la izquierda. No hay duda de que su definición de lo público posee más sustancia (“En ningún caso se autorizará el uso de vidrios oscurecidos o polarizados en vehículos de transporte público”10). Tampoco cabe duda de que el gobierno se entromete en esa delicada zona donde el capital se siente invulnerable (al someter a la ley los coches nuevos de la industria automotriz). Y sin embargo, su fantasía sigue siendo puramente negativa y se expresa a través de una imaginación legalista y punitiva. Es como si, a falta de una noción operativa (de un valor) de la franqueza, la claridad o la visibilidad públicas, se viera obligada a gravitar exclusivamente alrededor de la imagen siniestra de la opacidad y el delito. ¿Existe alguna alternativa moderna para imaginar lo público como un espacio positivo capaz de resistirse a la lógica de la polarización? ¿La transparencia, tal vez?
6.- «Que nos vean sudar en público»: la transparencia
«El auto es del pueblo»11, expresó el presidente del Uruguay Luis Lacalle Pou, a quien nadie acusa de populista de izquierda, en razón de sus bien conocidas políticas económicas neoliberales. A pesar de eso, en un momento de inspiración republicana, expresó: «el auto es del pueblo, no es del gobernante». Ese mismo “pueblo” que es el legítimo propietario del automóvil (si bien nunca llegará a utilizarlo) «tiene que saber quién va adentro». Con tal fin, su gobierno tomó la decisión de retirar el polarizado de toda la flota vehicular bajo la órbita del presidente, que asciende a 90 autos —48 de ellos polarizados12.
La idea de retirar el polarizado de los autos oficiales se le ocurrió a Lacalle desde que fue presidente de la Cámara de Diputados y le entregaron un Volkswagen Vento. Según su propio testimonio, en aquella ocasión le dijo a su chofer en turno: «Hay que sacarle los vidrios negros. Nos vamos a morir de calor, y bueno… pero por lo menos la gente nos va a ver que nos estamos muriendo de calor adentro del auto»13. El pueblo tiene derecho al espectáculo de ver a sus propios políticos —y a los choferes de éstos— sudar en público. El director general de la oficina del presidente lo expresó en términos más modernos: “tiene que ver con la transparencia. Que los gobernantes, si se trasladan por la ciudad, vayan dando la cara y no tapados por los polarizados”14.
La transparencia es un valor que promueve una particular manera de aparecer, actuar y comunicarse públicamente. Este valor se presenta en el contexto del capitalismo liberal como la única alternativa legítima de la cooperación, la administración de los bienes comunes y, en última instancia, como la condición de cualquier arreglo político colectivo. Byung-Chul Han tiene razón al afirmar en su libro La sociedad de la transparencia que “quien refiera la transparencia tan solo a la corrupción y a la libertad de información desconoce su envergadura”15. Y sin embargo, el diagnóstico y el remedio que elabora acerca de la transparencia en dicho libro se muestran errados a la luz de la fenomenología de la polarización. Si bien la transparencia no es un antídoto frente a la polarización como opacidad, tampoco lo es el humanismo de la profundidad que el escritor coreano le contrapone.
Byung-Chul Han considera que “la sociedad de la transparencia se manifiesta en primer lugar como una sociedad positiva”16, y que “las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad, cuando se alisan y allanan, cuando se insertan sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información”17. El proyecto de la transparencia consiste así en un sistemático “desmontaje de la negatividad” con el fin de “eliminar lo extraño” y “estabilizar y acelerar el sistema”18. Resulta necesario detenerse un momento en esta supuesta “negatividad” que resultaría eliminada a través del proyecto de la transparencia de acuerdo a Chul Han, y cuya permanencia sin duda le gustaría salvaguardar. ¿Cuál sería esta valiosa negatividad expulsada del mundo por medio de la transparencia que más bien habría que proteger y cultivar?
En éste como en otros de sus libros, Byung-Chul Han se revela como defensor de un paradigma de la negatividad que aparece sobre todo en la forma del secreto, el misterio, la ambigüedad, lo inexpresable… en fin, de una negatividad tal que tiene su única morada en la interioridad y la profundidad del corazón humano. Los sujetos son seres recónditos, prácticamente insondables, pero se enfrentan con una cultura moderna occidental que conjura para volverlos superficiales. Con el fin de defender dicha idea, Chul Han se apoya en una serie dispareja de autores europeos (Humboldt, Freud, Nietzsche, Schmitt) y busca demostrar que la vida humana no vale la pena vivirse si carece de secretos, equívocos y rodeos. Chul Han colecciona todo tipo de argumentos a favor de la opacidad: que el hombre no es transparente ni siquiera para sí mismo; que el lenguaje implica siempre la posibilidad del equívoco; que “la fértil profundidad de las relaciones” se basa en el secreto, pues “una relación transparente es una relación muerta, a la que le falta toda atracción, toda vitalidad. Sólo lo muerto es totalmente transparente”19. En fin, que la sustancia de la vida es aquello que permanece oculto, una negatividad escondida siempre a la luz de la conciencia. Si algo es evidente, sin duda debe tratarse de una cosa superficial: “amor sin laguna de visión es pornografía”20.
Todas las anteriores afirmaciones del escritor coreano tienen sin duda algo de verdad, aunque de una manera bastante trivial. No resulta demasiado difícil, por ejemplo, admitir que el lenguaje es público y cambiante, y por lo tanto se trata de un terreno propicio para los equívocos y las confusiones. Con relación a lo que podemos conocer de los demás, es cierto que la primera persona tiene una perspectiva acerca de sí misma y del mundo a la cual los demás no acceden, al menos no directamente. Pero eso no implica que haya sensaciones privadas del dolor o del placer (como lo demostró Wittgenstein en las Investigaciones) ni impide la posibilidad de comunicarnos a través de lenguajes compartidos. Y por último, ¿quién iba a dudar de que existen deseos y motivaciones sobre las cuales no somos del todo conscientes? Pero esto no supone necesariamente una condena a la oscuridad total: incluso el psicoanálisis en el que se apoya Chul Han consiste en algo más que en una serie de hipótesis sobre la opacidad del alma humana: es también una técnica práctica para que los sujetos puedan comprender y responsabilizarse de sus deseos.
En cualquier caso, estas ideas más o menos triviales sobre la “opacidad” humana no requieren de una exorbitante poética de la interioridad como la que desarrolla Chul Han. La idea de que no todo es plenamente manifiesto ni inmediatamente explícito se encuentra presente en diversas culturas, pero no tiene por qué desembocar en un exagerado credo neo-romántico que afirma que el ser humano es sobre todo un ser profundo, infinito, un abismo sin fondo. Estas ideas son, por el contrario, producciones históricas y culturales muy particulares que hoy resulta posible identificar como pertenecientes a un proyecto patriarcal (piénsese en la frivolidad femenina como carencia de profundidad), colonial (¿tienen los indios un interior, un alma?), y anti-política (cultiva tu propio jardín… interior).
A pesar de que Chul Han se presenta como “discípulo” de Foucault, la mistificación de la interioridad que lleva a cabo en La sociedad de la transparencia no podría estar más alejada de las ideas del filósofo francés. El discurso acerca de una “profundidad” opaca donde se aloja la auténtica sustancia humana es el tipo de discurso que Foucault tenía en mente cuando se refería despectivamente al humanismo y sus nefastas consecuencias:
Entiendo por humanismo el conjunto de los discursos mediante los cuales se le ha dicho al hombre occidental: “Pese a que no ejerces el poder, puedes, de todos modos, ser soberano. Más aún: cuanto más renuncies a ejercer el poder y más te sometas a quien se te ha impuesto, más soberano serás”21.
Tal es exactamente la forma en la que el relato de la interioridad romántica de Chul-Han interpela al sujeto: «No importa realmente lo que suceda en el mundo de las apariencias. Da lo mismo si eres explotado o si vives en medio de una injusticia socialmente reproducida. La salvación, el valor y la dignidad estarán siempre dentro de ti, en tu parte más íntima, obscura e intransferible». El discurso de la interioridad —muy ligado al desarrollo del individualismo moderno— ha trazado en realidad efectivas vías para la evasión de la única negatividad real y urgente: el hambre, la dominación colonial, la exclusión política, el despojo material y el aniquilamiento de culturas completas con el argumento de que les falta precisamente una riqueza interior.
Contrario a lo que piensa Chul-Han, el problema con la transparencia no es que obstruya el acceso a la profundidad humana, o que convierta la vida misma en pornografía. El despojo que impulsa el proyecto de la transparencia es estrictamente político, y por lo tanto, superficial (o material, si se prefiere): imposibilita formas diversas y plurales de la comunicación, y levanta sobre ellas la sospecha de ser premodernas e irracionales. La transparencia ocasiona el desprestigio sistemático de cualquier forma distinta de asociación que no sea la del estado liberal capitalista con su “democracia” representativa y su libertad de consumo. Las variedades de la solidaridad que la idea de transparencia busca deslegitimar no tienen nada que ver con secretos recónditos ni profundos enigmas, sino con prácticas concretas y cotidianas de la cooperación, ineludiblemente trenzadas en formas de vida particulares.
7.- Fuero y parresía
La polarización es un fuero, un recubrimiento que le permite a los actos y discursos de ciertos sujetos volverse inmunes no sólo a la crítica, sino a la percepción: difíciles de procesar como acciones humanas, imposibles de ser procesadas a través de los canales ordinarios de la justicia. Si bien la antítesis de la opacidad polarizada no es esa obvia y fácil “transparencia” del presidente Lacalle —un “dar la cara” pasivo y frívolo que ha sido compatible durante décadas de neoliberalismo con todo tipo de prebendas, estafas y corruptelas—, sí es cierto que existen otras formas de “dar la cara” que ayudan a develar verdades incómodas y a refutar la polarización detrás de la cual se escudan los poderosos.
Michel Foucault llamó la atención sobre una categoría que alude precisamente a la franqueza y valentía públicas, considerada por los antiguos griegos como una facultad indispensable para la existencia de la democracia. Se trata de la parresía, el habla franca, veraz y sin rodeos de quien se pronuncia públicamente y acepta las consecuencias que se derivan de sus propias palabras. Discurso político disruptivo que exhibe las injusticias que la mayoría calla o ignora, la parresía es un dar la cara activo, desmitificador y cargado de consecuencias.
Las consecuencias que los discursos parresiásticos acarrean para quienes los enuncian son variadas, pero muy a menudo exponen a los sujetos a los más graves riesgos. Podemos pensar en Julian Assange, quien pagó con el aislamiento en cárceles de alta seguridad el atrevimiento de publicar documentos que exhiben la corrupción de los poderosos. O en las mujeres y los hombres que pierden sus trabajos por denunciar las atrocidades que comete el estado de Israel contra el pueblo palestino en Gaza. En gran parte del mundo encontramos activistas denunciando despojos e injusticias a las que son sometidas sus comunidades, y atrayendo sobre sí con penosa frecuencia la violencia y la muerte.
La parresía, sin embargo, no sólo aparece en casos límite como los anteriores, sino que tiene también expresiones más cotidianas. La parresía se pone en práctica cuando una persona se resiste a unirse al coro de risas que provoca un chiste racista, o cuando alguien se rebela públicamente en contra de los privilegios de su propia clase, casta o partido. Actuar con parresía —pues se trata siempre de actos y no de discursos descarnados— implica pronunciarse con coraje. Poner la cara. Exponer el cuerpo en aras de una verdad que no debe permanecer oculta.
Así es como en el extremo opuesto de la polarización como opacidad encontramos la parresía. Con la primera, los sujetos buscan más bien disociarse de sus propios discursos que ligarse a ellos: usan eufemismos, recorren rodeos, dan a entender “libertad” cuando quieren decir “privilegio”. En contraposición a los discursos parresiásticos, que suelen llamar a cuenta a los poderosos y sus abusos, los discursos polarizados se sirven de una de las principales prerrogativas del poder: la capacidad de actuar y expresarse sin sufrir consecuencias.
Polarización y parresía. Opacidad y franqueza. Fuero y contingencia. No podemos pensar estos valores simplemente como virtudes y vicios individuales, sino como principios que organizan instituciones, determinan la imaginación pública y expanden o reducen el horizonte de lo posible. Judith Butler ha puesto en cuestión “si la parresía es el acto de comunicación de un individuo o si es algo que pueda «expresarse» o «representarse» por medio de los movimientos sociales y en múltiples voces”22. Así como la polarización no es una simple perversión individual, sino una condición estructural de la dominación dentro del capitalismo liberal, la parresía que es su antídoto tampoco puede ser una opción individual de espíritus virtuosos y valientes, sino —como sugiere Butler— una expresión colectiva. Una disposición común que permita resistir a quienes pretenden permanecer al margen, ser invisibles e intocables, mientras determinan y envilecen la vida común.
- Stephen King, Christine, Penguin Random House, México, 2014. p. 298 ↩︎
- Ibid. p. 420 ↩︎
- Ibid. p. 324 ↩︎
- ProfeCars, https://profecars.com/polarizado/que-beneficios-tiene-el-polarizado ↩︎
- Tesla, https://www.tesla.com/es_mx/cybertruck ↩︎
- Alfredo Rueda, Motor. El País, 21 de septiembre del 2022, en https://motor.elpais.com/actualidad/la-curiosa-historia-del-coche-funebre-que-diseno-la-propia-reina-isabel/ ↩︎
- En un segundo plano se alegaba que esta suspensión serviría también para “precautelar la salud de las personas que se ponen en riesgo a la exposición ante fuertes rayos del sol”, a pesar de que la norma derogada establecía que “los vidrios polarizados no protegen de la luz solar”, sino que ”sólo dan una falsa concepción de protección”. La norma desregularizadora no se molestó en acopiar evidencia empírica sobre las supuestas virtudes protectoras de los vidrios polarizados (que, como argumenté en Gramáticas de la frivolidad, han sido convincentemente rebatidas por estudios científicos). ↩︎
- El decreto puede encontrarse en https://www.lexivox.org/norms/BO-DS-N4740.html#:~:text=Sumario ↩︎
- Ibid. ↩︎
- Ibid. ↩︎
- Torre ejecutiva. El Pais, “Por decisión de Lacalle Pou se retirará polarizado a los vidrios de los autos oficiales”, 22 de julio del 2020, en https://www.elpais.com.uy/informacion/politica/por-decision-de-lacalle-pou-se-retirara-polarizado-a-los-vidrios-de-los-autos-oficiales ↩︎
- iProfesional, “Uruguay: por qué el gobierno decidió retirar el polarizado de os autos oficiales”, 22 de julio del 2020, en https://www.iprofesional.com/actualidad/320095-uruguay-por-que-el-gobierno-retiro-polarizado-de-autos-oficiales
↩︎ - Op. cit. Torre Ejecutiva ↩︎
- Op. cit. iProfesional ↩︎
- Byung Chul Han, La sociedad de la transparencia, Herder, España, 2016, p. 8 ↩︎
- Ibid. p.7 ↩︎
- Ibid ↩︎
- Ibid. ↩︎
- Ibid. p.11 ↩︎
- Ibid. p. 12. Tal vez nada indique mejor la postura conservadora —moralista— de Chul Han que su fijación con lo pornográfico. Este adjetivo parece ser el peor que puede imaginar para nombrar instituciones, prácticas o a la sociedad en su conjunto: “El capitalismo agudiza el proceso pornográfico de la sociedad en cuanto lo expone todo como mercancía y lo entrega a la hipervisibilidad” (p. 36). “La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica” (p. 21). Resulta significativo que de todas las características que pueden analizarse de la pornografía (explotación, simulación, la mirada patriarcal, la falta de imaginación, la reproducción de clichés), sólo le interesa su carácter explícito y transparente: “En las imágenes pornográficas todo está vuelto hacia afuera y expuesto. La pornografía carece de interioridad, reconditez y misterio” (p. 39)Y “Allí donde desaparece el misterio a favor de la total exposición y del pleno desnudamiento comienza la pornografía” (p. 37). ↩︎
- Michel Foucault, Microfísica del poder, Siglo XXI, México, 2022, p. 71. ↩︎
- Judith Butler, “Discurso valiente y resistencia”, en Sin miedo, Taurus, México, 2020, p. 14. ↩︎