Uno de los conceptos fundamentales que Andrés Manuel acuñó durante su gesta política para construir, defender y caracterizar el proceso que hoy conocemos como la Cuarta Transformación es el de la revolución de las conciencias. Con él, el expresidente solía hacer referencia al proceso mediante el cuál la mayoría popular logró identificar, señalar, combatir organizadamente y derrotar por la vía de las elecciones al régimen neoliberal, que como parte de su política producía activa y deliberadamente una subjetividad de la impotencia en la población, manteniéndola alejada de la política:
“El divorcio entre el creciente poder oligárquico y el pueblo generó una percepción social de la política como una actividad intrínsecamente corrupta e inmoral. La población terminó por desconfiar de su propia capacidad de influir en las decisiones nacionales y hasta de cambiar el rumbo del país por medio de la participación electoral. (…) La superación de ese estado de impotencia, abastecimiento y desinterés fue resultado de un trabajo de décadas de información, organización social, del surgimiento de movimientos sociales y de la ruptura del monopolio informativo de los medios de comunicación. (…) Ésta revolución de las conciencias permitió derrotar al régimen oligárquico en los comicios del 1 de julio e imprimir una nueva dirección al país. Este cambio trascendente se conduce a una forma superior de ejercicio del poder: la democracia participativa.” (López Obrador, 2024, p.440-441)
Aunque breve, el fragmento de López Obrador, nos enseña la importancia central que el expresidente brinda a la subjetividad de la población. El triunfo electoral del obradorismo solo fue posible gracias a ese proceso de toma de conciencia de las mayorías sociales, en que la masa agraviada por el sistema de relaciones económicas, sociales y políticas implementado por el neoliberalismo se constituyó en un sujeto político dotado de iniciativa, autonomía y proyecto propios: el pueblo.
Es el pueblo quien otorga, a través del voto, un mandato al gobierno. El dirigente tiene la misión de utilizar el aparato del Estado para modificar las relaciones sociales que suceden en un momento determinado de la historia, y que dieron origen a la conciencia popular sobre la necesidad de asumir el poder. Ahora bien, ¿cómo cambia la conciencia del pueblo una vez que las condiciones materiales se han transformado, según su propio mandato? Si la revolución de las conciencias es un motor fundamental del proceso de Transformación de la sociedad mexicana, ¿cuáles son las tareas específicas respecto a ella?, y ¿quiénes deben llevar a cabo dichas tareas?
Este texto busca aprovechar estas preguntas para explorar la relación entre los tres agentes principales de la política en México durante la Cuarta Transformación: el pueblo, el Estado y el partido. Se busca entender, a través de la idea de la revolución de las conciencias, la manera en que estos tres elementos se interrelacionan y construyen mecanismos de consenso que permiten que la conducción de los asuntos públicos del país sigan en manos del bloque obradorista y sigan siendo efectivamente transformadores de la sociedad
Conciencia, partido político, Estado
Aunque no la define concretamente, Marx sitúa la conciencia en un lugar central y paradójico dentro del proceso de transformación social. En el devenir de la historia, las sociedades tienden siempre hacia la agudización de las contradicciones entre las fuerzas productivas (los medios materiales de producción y la fuerza de trabajo) con las relaciones sociales de producción (la división del trabajo) que éstas posibilitan:
“No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia. En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o con las relaciones de producción dentro de las cuales se habían estado moviendo hasta ese momento. Esas relaciones se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social. Con la modificación del fundamento económico, todo ese edificio descomunal se trastoca con mayor o menor rapidez”. (Marx, 1990, p.5)
La relación entre la conciencia y la dialéctica que confronta las viejas y nuevas relaciones en la sociedad entra así en una paradoja, puesto que, no obstante que Marx considera que son solamente las condiciones materiales concretas las que posibilitan el surgimiento de una conciencia social capaz de transformarlas, el momento revolucionario es un punto de quiebre entre el régimen viejo y el que está por construirse, en el que se invierte la relación causal entre la realidad material y la conciencia. Identificar las contradicciones de un sistema de relaciones sociales y movilizarse contra él es un hecho, pero proponer un régimen nuevo y específico requiere no solo de la conciencia de las contradicciones en el régimen presente, sino una voluntad política capaz de también proyectar en el futuro un modelo particular de sociedad propuesto.
Es entonces no la conciencia de las contradicciones presentes, sino una conciencia concreta sobre la manera específica de resolverlas lo que construye la realidad material futura. De no tenerse en cuenta esta distinción, no habría diferencia entre la reacción y la revolución. Debe entenderse además que no basta la toma de conciencia de individuos en abstracto para transformar la realidad, sino la organización dirigida de voluntades individuales en un programa colectivo encaminado a la consecución de una serie de objetivos concretos: el partido político.
Es a través del partido político que el sujeto colectivo revolucionario (en Marx, el proletariado) se hace del aparato del Estado y comienza su pugna por la transformación de la sociedad. La doctrina marxista sostiene que el momento de la toma violenta del poder constituye la terminación del Estado burgués y el inicio del Estado proletario, que terminará por disolverse ante la transformación de la sociedad en una donde no existe la propiedad privada de los medios de producción, y por ende la lucha de clases se vuelve innecesaria. Como es evidente, los horizontes comunista y nacional-popular entran aquí en una disyuntiva dado que el proceso nacional-popular, que describe mejor a la Cuarta Transformación, por ejemplo, se hace del poder mediante la vía electoral y no plantea la disolución ni del Estado ni de la propiedad privada de los medios de producción.
Posterior a la toma del poder estatal, se duplica la tarea de quienes dan cuerpo al proceso de la revolución, sea ésta proletaria o nacional-popular, puesto que se vuelve necesario usar el aparato del Estado para transformar la estructura económica, al tiempo que debe mantenerse el estado de conciencia colectiva que legitima la política transformadora. Esta doble lucha se da en un contexto de limitaciones estructurales y coyunturales ejercida por las clases económicamente dominantes sobre el aparato de Estado y dentro del campo de la denominada sociedad civil.
En el proceso nacional-popular, la toma no violenta del Estado hace necesaria la construcción de una compleja red de alianzas con individuos y agrupaciones de los antigüos poseedores del poder estatal, que al mantener posiciones al interior del aparato de Estado, ganan un cierto grado de control sobre los procesos burocráticos, jurídicos y políticos que pretendan emprenderse en favor de la transformación estructural de las relaciones sociales. Marx señala que durante las revoluciones liberales, la burguesía logró mantener su posición de poder gracias a que el Estado despolitizó las relaciones de propiedad, fundamentando la igualdad entre los individuos ante el Estado, pero usando su poder jurídico para defender la propiedad privada, fundamento material de la desigualdad, que se asienta fuera de la estructura política estatal, en la sociedad civil:
“Allí donde el Estado político ha alcanzado su verdadero desarrollo, lleva al hombre no solo en el pensamiento, en la conciencia, sino en la realidad, en la vida, una doble vida, una celestial y la otra terrenal, la vida en la comunidad política en la que se considera como ser colectivo, y la vida en la sociedad civil en la que actúa como particular. (…). Se halla [el Estado] con respecto a ella [la sociedad civil] en la misma contraposición y la supera del mismo modo que la religión la limitación del mundo profano, es decir, reconociéndola también de nuevo, restaurándola y dejándose necesariamente dominar por ella”. (Marx, 2015, p.67)
El conjunto de relaciones que escapan de la esfera política y por ende no son alcanzadas por el Estado constituyen la sociedad civil, gobernada por la ley de la propiedad privada. Es ahí donde se materializa la desigualdad y el dominio de clase; y también se organiza la resistencia contra la transformación emprendida por el Estado nacional-popular. Las clases dominantes cuentan con estamentos importantes en el terreno de la conciencia colectiva: los medios de comunicación masiva, la academia, el campo de la cultura, etc., pero también resisten desde el interior del Estado, donde mantienen posiciones de poder e influencia para frenar la transformación social.
El triunfo electoral de Morena en 2018 constituye el momento paradójico de la conciencia colectiva y popular mexicana. La organización de los sectores populares, excluidos por la dominación de clase de la sociedad civil y del Estado liberal, se organizan en forma de partido político que alcanza el consenso mayoritario, aliándose con sectores del poder político y económico del viejo régimen para tomar el poder del Estado y transformar desde ahí la estructura económica. La realidad material deja momentáneamente de producir la subjetividad del pueblo, y es el pueblo, habiendo cobrado conciencia para sí quien modifica mediante la organización consciente de la actividad política, la correlación de fuerzas al interior del Estado, que opera ahora como un Estado nacional-popular. El pueblo, la coalición de actores que se plantean el proyecto de Transformación, sufre no obstante una escisión, pues buena parte de su núcleo dirigente deja el partido para tomar su posición dentro del aparato del Estado.
Tras la toma del poder del Estado, el Gobierno de México fijó como metas de su política pública la erradicación de la corrupción, la austeridad republicana, el Estado de derecho, la redistribución de la riqueza, la recuperación de la iniciativa económica del Estado, la atención prioritaria a la población empobrecida de México, el desarrollo económico incluyente, la pacificación del país y la promoción de la democracia participativa como ejes estratégicos de su programa (Plan Nacional De Desarrollo 2019-2024, 2019), con el objetivo de transformar las relaciones de desigualdad económica en la sociedad mexicana.
Los resultados de la política pública sexenal del obradorismo pueden medirse en la economía familiar con datos como la variación de la pobreza multidimensional experimentada entre 2018 y 2024, que disminuyó en razón de 13.4 millones de personas o 12.4% (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, 2025), y en la macroeconomía mediante indicadores como el empleo formal, el salario promedio, la fortaleza internacional del peso mexicano, el crecimiento del PIB, el aumento histórico del salario mínimo en 110% y su capacidad adquisitiva, entre otros (López Obrador, 2024, pp.390-416).
En términos de la disputa en el terreno de las conciencias, debe señalarse la labor cotidiana del presidente como dirigente del Estado y la franca pasividad del partido político de Morena. El liderazgo atípico del presidente AMLO, basado en buena medida en su carisma personal, encontró cauce en una herramienta hecha a la medida: las conferencias matutinas del Gobierno de México. Es a través de la conferencia de prensa que López Obrador logra atajar los ataques mediáticos en su contra un par de horas después del lanzamiento de la prensa impresa nacional, imponer la agenda política a sus adversarios, influir paso a paso en la construcción de sentido común afín aus objetivos, decidir por la vía de la polémica los temas de los que se hablaría durante el resto del día y, sobre todo, deshacerse de la dependencia de intermediarios para que su mensaje llegara a todos los estratos sociales.
Otra de las funciones políticas de la conferencia matutina fue el ejercicio de presión directa a los dirigentes partidistas de Morena. Este hecho tuvo su mejor ejemplificación durante la pugna interna por la presidencia de Morena entre 2019 y 2020. La disputa entre diversas facciones al interior de Morena respecto al método de elección de la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional fue dada por zanjada luego de que, en su conferencia de prensa matutina, López Obrador aconsejara la encuesta manera idónea de elegir al Comité Ejecutivo Nacional (Forbes Staff, 2019). El asunto no fue menor, dado que el procedimiento concreto de la elección era una de las principales consideraciones estratégicas, pues éste fortalece o debilita, según sea asamblea o encuesta, a los distintos tipos de perfiles políticos que pueden competir en ella.
En general, durante todo el sexenio de López Obrador, la actividad de discusión pública y movilización del partido también fue sujeto directo de la iniciativa presidencial. La acción de contacto del partido con sus bases sociales de militantes y simpatizantes se dio a través de coyunturas como la recaudación de firmas para el juicio político a expresidentes, la organización de asambleas en defensa de la reforma energética propuesta por AMLO al Congreso, o la promoción de la revocación del mandato presidencial del mismo Andrés Manuel, por citar algunos ejemplos. Se desprende de esta consideración una estructura de partido con un alto nivel de dependencia de la iniciativa presidencial, o bien un aparato de Estado que asume y obra como suya esa porción de las tareas del partido.
El problema de la dependencia ideológica y pragmática de la estructura de partido respecto al liderazgo ejercido desde el aparato de Estado no es solamente el hecho de que, en el sistema político mexicano, éste se renueva cada sexenio. Aún dando por asumida y superada la cuestión de la sucesión presidencial, que en el caso de las elecciones de 2024 fue un éxito para el movimiento obradorista, queda el problema de las limitaciones estructurales – limitaciones de origen, que experimenta dentro de sí mismo por su naturaleza de alianza interclasista, de reflejo de las relaciones de fuerza al interior de la sociedad civil -, del Estado.
Epigmenio Ibarra, periodista militante de Morena, expresó en una paráfrasis la adaptación estratégica que fue necesaria para que el bloque obradorista se hiciera del aparato estatal:
“¿Qué hizo López Obrador? Dijo: «vamos a parecernos al país, no que el país se parezca a lo que pensamos». Aquí hay mil fuerzas actuando: el crimen organizado, la derecha; y el crimen organizado y la derecha amarrados; y el capital; y los Estados Unidos. Y además está el elefante reumático, el Estado en la pesadez de su funcionamiento y en los viejos vicios que no han sido desterrados. Todo eso influye en quien gobierna, en quien legisla.” (Raziel, 2025)
En la historia mexicana, el partido del gobierno ha sido generalmente considerado como una extensión del aparato de Estado, subordinada al titular del Poder Ejecutivo:
“Una relación sui generis existe entre la alta jerarquía del partido y el Poder Ejecutivo. El PRI, aún cuando en la persona del presidente del CEN tiene un supremo órgano directivo de acuerdo con los estatutos, considera, sin embargo, al respectivo presidente de la República como su líder supremo, ideal y real. (…) El presidente del CEN frente al Poder Ejecutivo ocupa más bien la posición de un gerente”. (K. Furtak, 1974, p.145)
El régimen presidencialista que mantuvo el poder desde la revolución mexicana hasta el año 2000 ha dejado sedimentos en la cultura política mexicana que, sumados a la fortaleza del liderazgo personal de AMLO y al desfonde de cuadros dirigentes partidistas luego de la conformación del gobierno, explican la pasividad del partido Morena en la disputa social. Allí reside, no obstante, el problema de la revolución de las conciencias.
Las funciones de un partido gerencial -como define Furtak al PRI-, subordinado a la agenda política del Estado, se limita a encargarse de los procesos de acceso de los individuos a cargos del poder estatal mediante las candidaturas partidistas, y de la operación electoral. Ello resulta suficiente para un partido que aspira a la manutención del consenso de las clases dominantes en el seno del Estado liberal, puesto que no aspira a la construcción de una sociedad estructurada de manera distinta a la que se le presenta, y por ende es indiferente, e incluso promotor de las debilidades del Estado ante los mecanismos de hegemonía liberal operados en la sociedad civil.
Pero la tarea estratégica de un partido político que busca la transformación de las relaciones económicas en el seno de la sociedad es precisamente escindirse de las debilidades estructurales del Estado: es tarea del partido, en tanto manifestación organizada de la voluntad popular, superar las condiciones subjetivas a las que el Estado nacional-popular está encadenado. El momento paradójico de la inversión de la relación entre realidad material y la conciencia, en el que son las voluntades conscientes y organizadas las que plantean una ruta específica para la transformación de la realidad, solamente puede suceder en el partido político, dado que la conciencia del Estado, incluso cuando usa su aparato en favor de la transformación, está sujeto a la realidad material de la sociedad civil, regresiva por naturaleza, y por ende el alcance de las políticas estatales está ya limitado en su anatomía política, su política de alianzas, su renuncia a la violencia.
El Estado nacional-popular es resultado de la conciencia para sí de la voluntad popular organizada que posibilita y precede su constitución como Estado nacional-popular. Pero una vez emergido el nuevo Estado, al triunfo popular le sigue la regresión de la fase de la conciencia subjetiva del Estado a la forma de conciencia de sí, pues la correlación de fuerzas logradas constituye la camisa de fuerza del Estado, que no por ser más laxa que la anterior deja de ser camisa de fuerza.
El partido tiene la tarea de volver a iniciar el proceso cotidianamente; mantener vigente el momento paradójico de la conciencia, hacer que la voluntad organizada siga transformando la realidad material, mantener como conciencia para sí a la conciencia de las bases sociales que permitieron el nacimiento del Estado nacional-popular, aprovechar cada proceso social para actualizar mediante la agenda la conciencia de sí a la que el Estado está sujeto. Para ello, el partido está obligado a situarse a la vanguardia del Estado. Debe ser consciente de las condiciones de imposibilidad a las que éste se enfrenta derivado de la realidad de la estructura económica, pero también de las debilidades coyunturales o derivadas de las particularidades nacionales: la burocracia, la situación concreta de la división de poderes, la correlación de fuerzas legislativas, la opinión pública nacional e internacional.
El sexenio que recién inicia, con Claudia Sheinbaum al frente del aparato del Estado es en buena medida un logro del presidente saliente, que durante su sexenio cargó sobre sus hombros las tareas del partido al tiempo que comandaba al Estado. La Presidenta goza de una situación aventajada respecto a su antecesor en términos de capacidad técnica, niveles de aprobación de su persona, y correlación de fuerzas entre el Ejecutivo y los poderes Legislativo y Judicial.
No obstante la fortaleza de la Presidenta, la oposición ha ganado batallas en el terreno discursivo, sobre todo en lo relativo al estilo de vida de algunos dirigentes del poder legislativo y uno de la dirigencia formal del partido, – que contrasta con la denuncia contra la desigualdad social del discurso morenista -. Por otro lado, la militancia morenista reprocha a la dirigencia la adhesión de perfiles que históricamente se opusieron al proyecto de la Cuarta Transformación, suscitando una discusión sobre el rumbo programático del proyecto político de Morena.
A ello deben sumársele dos cuestiones: la creciente presencia de demandas populares que ponen en disyuntiva al aparato de Estado mexicano (como ejemplos, la protesta social contra el fenómeno de la gentrificación en la Ciudad de México, la exigencia de organizaciones sociales y colectivos de que el Estado mexicano asuma una posición de oposición de mayor frontalidad respecto al genocidio que lleva a cabo el Estado de Israel contra el pueblo de Palestina, y la demanda de legislación por el máximo de cuarenta horas de jornada laboral) y la prematurísima discusión interna y externa sobre la sucesión presidencial. En ambos casos, hablamos de productos de la creciente politización y participación en los asuntos públicos que vive el pueblo de México.
En un contexto global de reconfiguración exitosa de los modelos discursivos y políticos de las derechas, que ya tiene eco en México con fenómenos como el destape político de Ricardo Salinas Pliego, el intento fallido de relanzamiento de imagen del Partido Acción Nacional o la irrupción del fenómeno incel, el partido de la Cuarta Transformación tiene la necesidad histórica de superar al Estado en términos de la conciencia política colectiva y al mismo tiempo defender al Estado nacional-popular de los embates de la derecha. No se presume una tarea fácil, pero en eso consiste la revolución de las conciencias.
Referencias
Gobierno de México. (2019). Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024. https://framework-gb.cdn.gob.mx/landing/documentos/PND.pdf
Gramsci, A. (2013). Antología: Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Ediciones Akal.
Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática. (2025, agosto 13). Análisis de los resultados de la medición de la pobreza multidimensional. https://www.inegi.org.mx/app/saladeprensa/noticia/10100
K. Furtak, R. (1974). El Partido de la Revolución y la estabilidad política en México. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales – UNAM.
López Obrador, A. M. (2024). ¡Gracias! Planeta Publishing Corporation.
Marx, K. (1990). Contribución a la crítica de la economía política (J. Tula, Ed.; J. Tula, Trans.). Siglo Veintiuno.
Marx, K. (2015). Sobre la cuestión judía. In Antología. Siglo Veintiuno Editores.
Raziel, Z. (2025, October 22). Epigmenio Ibarra: “En Morena, quien se quiebre, se va”. EL PAÍS. https://elpais.com/mexico/2025-10-22/epigmenio-ibarra-en-morena-quien-no-es-decente-se-va-aislando-y-provoca-un-dano-marginal-al-partido.html