“Es el capitalismo ¡estúpido!” Algunas reflexiones en torno a la IA y la tecnología desde un enfoque marxista

Texto presentado en el Encuentro Nacional e Internacional de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Octubre de 2024.

Ruth A. Dávila Figueroa
Directora de la División de Estudios Multidisciplinarios del Centro de Investigación y Docencia Económicas, CIDE

Desde 2022 comencé a leer con profundo interés textos académicos, ensayos y otros sobre el tema más en boga: la Inteligencia Artificial. A partir de la lectura crítica de dichos textos quiero poner sobre la mesa algunos puntos para la reflexión, uno es de orden ontológico y otro más de orden epistemológico. 

Tomo como punto de partida el hecho factual de que vivimos en una sociedad ordenada por un sistema de producción y dominación: el capitalismo. Más allá de los adjetivos que puedan agregarse: capitalismo digital, capitalismo cognitivo, capitalismo financiero, capitalismo de plataformas, capitalismo de vigilancia, etc., que me parecen más bien adjetivaciones que obedecen a un mundo que Karel Kosik definiría de la “seudoconcreción”, tenemos que aclarar qué es el capitalismo. El modo de producción capitalista es, esencialmente, producción de plusvalor, es valorización de valor, esta es su constante, todo el tiempo se reproduce a sí mismo; capital, por tanto, no es igual a dinero. Y ¿de dónde se genera ese excedente de valor? del trabajo vivo, del trabajo humano que es explotado y enajenado. 

Las mercancías, elemento característico de este sistema, no sólo son valor de uso, sino valor de cambio, son el resultado del trabajo humano, son trabajo objetivado. Pero, en el capitalismo, las mercancías esconden, encubren, las relaciones sociales de producción, parecen objetos que tienen vida propia y no que han sido creadas, producidas, por el trabajador. El capitalismo y el capital son resultado de relaciones sociales de producción, pero que quedan encubiertas y por tanto fetichizadas. Así, desde un punto de vista ontológico, el mundo capitalista es un mundo fetichizado en su totalidad ya que esconde relaciones sociales presentándolas como relaciones entre objetos y no entre sujetos. Este es el contexto socio-histórico y económico en el que se desarrolla un tipo específico de ciencia, de tecnología y en última instancia de fuerzas productivas que incluyen los nuevos desarrollos tecnológicos tales como la Inteligencia Artificial.

Ahí tenemos entonces un primer hecho del capitalismo, la ganancia, el capital, se genera del trabajo explotado al trabajador asalariado. Un primer problema a tener presente en el modo de producción capitalista es cómo se manifiesta la relación capital-trabajo en ese sistema. Y en esa relación capital-trabajo qué papel tiene la tecnología y hoy en día la Inteligencia Artificial, y en última instancia cómo se transforma esa relación con el desarrollo tecnológico y la “llegada” de la automatización. 

Desde un enfoque epistemológico encuentro diversos problemas que abordar y que he identificado gracias a las reflexiones sobre las lecturas que señalé al inicio. Uno central es el de las definiciones o conceptos, empezando por la definición precisa de modo de producción capitalista o capitalismo, incluso la concepción sociológica de “trabajo” merece una revisión y descripción apropiada en el mundo contemporáneo que ya no se puede comprender en la misma forma en que se entendió en tiempos en que Marx escribió El Capital. Crítica de la Economía Política. Lo que definitivamente se ha transformado es que el trabajo cambia a medida que avanza el desarrollo de las fuerzas productivas y la IA y su progreso está dentro de ese desarrollo.

Mencionaba que un problema que me parece central es el de las definiciones. Por ahora rescato dos cuestiones centrales: el de la propia IA y el de los algoritmos. Hace pocos días leí un artículo a propósito de estos temas en los que se hablaba de “la informatización y la posterior algoritmización de la sociedad”. En realidad la sociedad siempre ha estado informatizada y algoritmizada. Lo novedoso es su sofisticación actual y el papel que hoy día tienen la información y los algoritmos en el desarrollo y proceso del capitalismo y por ende su uso netamente capitalista. 

Con frecuencia, numerosas lecturas especializadas sobre el tema hablan de los algoritmos como si fueran el nuevo demiurgo que controla todo, pero incluso se les menciona como si fueran algo demoníaco y con vida propia; por tanto, se han fetichizado. La realidad es que los algoritmos en sentido estricto están presentes en prácticamente todo lo que hacemos en la vida cotidiana. En su definición más sencilla, un algoritmo es un procedimiento para llegar a un resultado, los pasos a seguir para llegar a ese resultado. Algunas definiciones los describen como un diagrama de flujo. 

Los algoritmos, de acuerdo con una sencilla definición de Wikipedia, “en matemáticas, lógica, ciencias de la computación y disciplinas relacionadas son un conjunto de instrucciones o reglas definidas y no-ambiguas, ordenadas y finitas que permiten, típicamente, solucionar un problema, realizar un cómputo, procesar datos y llevar a cabo otras tareas o actividades. Dado un estado inicial y una entrada, siguiendo los pasos sucesivos se llega a un estado final y se obtiene una solución.”

Para no caer en mistificaciones, hay que señalar y precisar que esas instrucciones son diseñadas por alguien, por una persona. Los algoritmos no son entes abstractos, ni surgen de la nada, alguien diseña esas instrucciones orientadas a un fin, a un resultado. Y ese fin y ese resultado tienen un sentido, es decir, una intención. Los algoritmos entonces estarán diseñados de acuerdo con el objetivo que se quiera tener de acuerdo al uso que se les dé, ya sea en las redes sociales, en plataformas, en páginas de internet para realizar búsquedas de información como Google, etc. Lo perverso podría ser en este caso que el resultado o el objetivo de quien diseña dichos algoritmos sea la ganancia monetaria, inducir decisiones de las personas usuarias, acrecentar ventas, perfilar a las personas usuarias, etc. 

Con relación a la Inteligencia Artificial también se ha construido un imaginario sobre esta herramienta. Imaginario social alimentado por la Industria Cultural, más específicamente el cine, la literatura, el periodismo, y las redes sociales, etc., pero también por el discurso académico. El lanzamiento del Chat GPT4 en marzo de 2023 ayudó a promover esa imaginería, pero incluso a hablar indistintamente de la IA y el Chat GPT cuando éste último sólo es una herramienta “un gran modelo lingüístico” dentro de la amplia gama de herramientas que se conocen como “Inteligencia Artificial”. El de la IA no es un fenómeno novedoso, Penrose (2002) explica que “uno de los primeros dispositivos de IA fue la “tortuga” de W. Grey Walter, construida a comienzos de los años cincuenta, que se movía por el suelo hasta que sus baterías estaban bajas, entonces iba al enchufe más próximo, se conectaba y recargaba sus baterías. Una vez restablecida se desconectaba por sí misma y volvía a sus aventuras por el suelo. Desde entonces se han construido muchos objetos similares.” (p. 27). Señala que “las computadoras que juegan ajedrez (Deep Blue) proporcionan los mejores ejemplos de máquinas que poseen lo que podría ser considerado como “conducta inteligente”. (p. 28). 

Algunas definiciones de la Inteligencia Artificial señalan que se trata de “el uso de dispositivos de computación para el procesamiento de volúmenes de información que da como resultado un razonamiento o un comportamiento que simula al ser humano. Se identifican dos dimensiones: algorítmica (mecánica y sistematizada) y la mejora del algoritmo original (creatividad humana, semejanza).” Por su parte, Roger Penrose (2002) menciona que “los objetivos de la IA son imitar por medio de máquinas, normalmente electrónicas, tantas actividades mentales como sea posible, y quizá, llegar a mejorar las que llevan a cabo los seres humanos. El interés por los resultados de la IA procede al menos de cuatro direcciones: robótica (automatización en la industria), comercial (sistemas expertos), psicología y filosofía en espera de que la IA pudiera decir algo nuevo sobre el concepto “mente” (p. 26). 

Un planteamiento central de Penrose es que desde el campo de las matemáticas y la física hasta ahora (principio del milenio) es imposible prever si la IA tendrá consciencia y si las máquinas podrán efectivamente hacer lo que hasta ahora sólo se limita a la especie humana: pensar. En su obra La mente nueva del emperador. En torno a la cibernética, la mente y las leyes de la física busca explicar estas cuestiones a partir de las leyes de la física. 

La definición de la Comisión Europea, citada por Manfredi y Ufarte (2020, p. 51), señala que “la IA es un conjunto de sistemas de software (y de hardware) diseñados por humanos que, dado un objetivo complejo, actúan en la dimensión física y digital. Comprenden su entorno mediante la captura de datos, los interpretan bien sea de forma estructurada o desestructurada, razonan y crean conocimiento, procesan la información derivada de los datos capturados y deciden cuáles son las mejores acciones para conseguir el objetivo indicado.” 

Por su parte, la Comisión Mundial de Ética del Conocimiento Científico y la Tecnología (COMEST-UNESCO/2019) define a la IA como “producción tecnológica que involucra dispositivos con habilidades para copiar o reproducir funciones propias de la inteligencia humana como el aprendizaje, el razonamiento, la solución de problemas, la interacción lingüística e incluso la producción de trabajos creativos y arte.”

Estas definiciones, sobre todo, sitúan el hecho de que la IA es una herramienta producto del desarrollo tecnológico y la innovación; que tiene funciones propias de la inteligencia humana; sus diferentes usos y, también es importante destacar, a mi juicio, lo que señala Penrose, matemático premio nobel de física, hasta ahora, desde las matemáticas y la física: no es posible prever que las máquinas llegarán a tener consciencia y a hacer lo que sólo se limita a las personas: pensar. Son capaces de solucionar problemas, sí, pero porque están diseñadas para hacerlo, sus algoritmos tienen la posibilidad de buscar atajos, pero no sin sesgos de todo orden, debido al diseño del propio algoritmo y a los sesgos de quienes los diseñaron. Hay gran amplitud de estudios que describen y analizan esos sesgos e incluso dilemas éticos y morales. 

Desde el enfoque de la Economía Política de la Comunicación, la Información y la Cultura se enfoca en el análisis “el desarrollo actual del modo de producción capitalista otorga una dimensión central a la información y la cultura” (Bolaño y Mastrini, 2002, p. 45). El objeto de estudio de la EPC “se centra en las relaciones sociales, particularmente las relaciones de poder, que constituyen la producción, distribución y consumo de los bienes simbólicos.” (Ídem). Mosco (2009) complementa estableciendo que aquella definición es útil y operativa, pero que sus categorías pueden presentar cierta rigidez. En ese sentido, señala la importancia de retomar cuatro ideas como piedra angular de la EPC: el cambio social y la historia, la totalidad social, la filosofía moral y la praxis. (p. 51).

Así, habría que rescatar y destacar la problemática de la tecnología, y por ende de la Inteligencia Artificial, desde una reflexión de las determinaciones capitalistas de la creación y del uso de esa tecnología en el marco de los estudios de la Economía Política de la Comunicación en la que están en el centro el análisis de las relaciones de poder insertas en estos desarrollos y cuestiones de orden económico y por tanto de producción de valor. Asimismo, la pregunta de cuál es su función en el proceso de producción y dominación del modelo capitalista es central y que en parte sólo se puede resolver, a mi juicio, acudiendo a los textos clásicos de la Crítica de la Economía Política, es decir, a la obra de Karl Marx. Sobre todo, entendiendo que el capitalismo, como cité al inicio del presente texto, es centralmente producción de plusvalor, valorización de valor. En ese sentido, es muy aventurado afirmar, al menos en el marco de producción capitalista, que las máquinas van a suplir el trabajo humano, porque es éste el que produce valor valorizado. Sin embargo, es imperativo que lo estudiemos a detalle, porque lo que sí es posible afirmar es que hay una transformación del trabajo y por consecuencia de la relación capital-trabajo. 

Por ahora yo propongo a este respecto dos hipótesis de trabajo a partir de la revisión de literatura, discusiones en seminarios y un trabajo preliminar que presenté en las Jornadas Internacionales sobre Discurso y Tecnologías que se llevaron a cabo en 2023: 1) la división social del trabajo se manifiesta en dos grandes bloques, un trabajo hiperespecializado e incluso con el surgimiento de nuevas profesiones y disciplinas a raíz del crecimiento exponencial de estas tecnologías (forense cibernético, por ejemplo), desaparecen algunos trabajos y en el otro extremo tenemos trabajos muy simples, aburridos y mecanizados; 2) otro enfoque para explicar la cuestión del papel de la tecnología y específicamente la IA y la automatización es el planteamiento de David Harvey (2004) sobre el capitalismo por desposesión desarrollado en su texto El nuevo imperialismo: capitalismo por desposesión

Si bien lo medular es la relación capital-trabajo, también es importante reflexionar en torno a la fetichización de la tecnología. Cuando se habla del tema de la IA poco o nada se dice de las cuestiones materiales, del soporte material de esos desarrollos. Con frecuencia me pregunto si este tipo de tecnología son medios de producción (capital constante) o son medios de consumo, es decir, mercancías y qué lo determina. Probablemente están fluctuando entre una y otra todo el tiempo. También considero que hoy por hoy el objeto más fetichizado en esta fase del capitalismo son los dispositivos móviles o celulares, en la era del capitalismo industrial, a mi juicio, lo fueron los automóviles.

La reflexión sobre la materialidad, por ejemplo del ChatGPT, que no funcionaría sin un dispositivo electrónico, es de suma importancia para la discusión. En tanto instrumento o herramienta de trabajo o mercancía tiene trabajo vivo devenido en trabajo muerto. Hay tres textos que me parecen sumamente importantes de revisar en torno al análisis de la IA y sus repercusiones en el campo del trabajo, del proceso de producción, del despojo, de la materialidad que le da soporte e incluso en sus impactos medioambientales: 1) de Kate Crawford (2022) Atlas de la IA. Poder, política y costos planetarios. 2) de Ekaitz Cancela (2023) Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo. 3) de Francisco Sierra-Caballero y Daniela Monje (2024) el capítulo de libro “Inteligencia Artificial y aceleracionismo tecnológico. Una crítica a la ideología cibernética” publicado en Political Economy of Media and Communication. Este último texto señala la necesidad de estudiar estos fenómenos desde un enfoque multi e interdisciplinario, poniendo en la reflexión la cuestión de la geopolítica, por ejemplo. 

Como reflexión final, que no concluyente, desde una mirada marxista, se puede puntualizar que las máquinas entendidas como “capital fijo” son un instrumento, un dispositivo técnico, y en su forma metafórica, la organización maquinizada del trabajo (no es un trabajo individual, sino colectivo y totalmente social). Contiene valor y aumenta el plusvalor, se manifiesta una mediación del aumento de la productividad que se presenta como exterior al trabajo vivo e independiente del mismo, capaz de producción de valor. Las máquinas como herramientas de trabajo, y en última instancia la automatización, invisibilizan al trabajador como productor de valor “las fuerzas del trabajo son oscurecidas tras una nueva fuerza productiva, la de la máquina”. Lo mistifican. Ahí podemos retomar la perspectiva de Chomsky sobre la IA, quien dice que la así llamada Inteligencia Artificial es una gran máquina de plagio. Esas herramientas son también una expresión del trabajo objetivado y en esa tesitura cabe preguntarse si efectivamente el desarrollo de esta forma de tecnología y de la automatización tendrá por resultado la emancipación del trabajador y si lo volverá o no prescindible. También Marx plantea que la división del trabajo mecaniza al trabajo, en ese sentido cómo se va a modificar esa división laboriosa. 

Fuentes citadas y referencias

Bolaño, C. y Mastrini, G. (2002). Economía política de la comunicación: un aporte marxista a la constitución del campo comunicacional. Disponible en: https://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/46764

Marx, K. (2015). El Capital. Libro I, Capítulo VI (inédito). Resultados del proceso inmediato de producción. Siglo XII Editores.

Marx, K. (1982).  El Capital. Crítica de la Economía Política. Tomo 1, Vol. 1-3. Siglo XXI Editores.

Mosco, V. (2009). Economía Política de la Comunicación. Sage Academic Books.

Penrose, R. (1991). La nueva mente del emperador. Grijalbo Mondadori.