I
Mi intención con este escrito es poner sobre la mesa la urgencia de problematizar la función que cumplen ciertas prácticas micropolíticas reactivas (Rolnik, 2019) que, autodenominadas de izquierda, desde el antiestatismo y la exaltación de lo local pueden operar como oposiciones desleales (Linz, 2021[1987]) al facilitar, por ejemplo, el acceso de las derechas al control de los Estados. La fragmentación de las izquierdas, ante la necesidad de frentes amplios para -entre otros asuntos y con todas las limitaciones- regular al mercado y planificar la economía nacional, pone en riesgo las soberanías nacionales (Formenti, 2016). Aunque los discursos de estas formas de resistencia sean propios de una narrativa poética de rebeldía anticapitalista, se trata de micropolíticas cuyas características pueden ser reconocidas como parte del posmodernismo aplicado, lo woke (Sendón, 2025).
Cuando existe un Donald Trump en la Casa Blanca, un Milei en la Casa Rosada, o un deudor fiscal que, al más vulgar estilo de Milei, aspira a ser presidente en México… Ante el triunfo de la derecha en Bolivia, el relanzamiento del PAN, o el señalamiento tanto de la derecha como de la verdadera izquierda, la de abajo, respecto a que los gobiernos de MORENA han sido los peores de la historia de México:
Enfrentamos el riesgo de una regresión gigantesca: eliminar tanto el sufragio efectivo como la no reelección. Abramos los ojos. Potencialmente nos enfilamos a ser lo que nunca fuimos, ni con el PRI, ni con Calles, ni con Obregón, ni con Porfirio, ni con Santa Ana, ni con Iturbide, ni siquiera en tiempos virreinales: una monarquía absoluta hereditaria por la vía sanguínea. Ese desenlace es inadmisible. (Enrique Krauze, “Asumir el poder”, Periódico AM, 3 de agosto de 2025)
(AMLO) Tuvo el autoritarismo de Gustavo Díaz Ordaz; el nacionalismo de cartón piedra de Luis Echeverría Álvarez, la demagogia corrupta de José López Portillo, la mediocridad administrativa de Miguel de la Madrid, la perversidad de Carlos Salinas de Gortari, la vocación criminal de Ernesto Zedillo, la ignorancia enciclopédica de Vicente Fox, el militarismo y la mecha corta de Felipe Calderón, y la frívola superficialidad de Enrique Peña Nieto. (El Capitán, “El viaje”, agosto de 2024. Cursivas propias)
Quizá sea pertinente meditar sobre posibles rutas a seguir para abordar el problema planteado aquí con mayor rigor y profundidad: “[…] si el actual giro hacia la derecha en el poder del Estado contribuye a la impotencia de las izquierdas, tal impotencia no se explica solamente como resultado de fuerzas externas adversas. Su causa se encuentra también en su mismo interior” (Rolnik, 2019, p. 106-107).
II
Tras la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética se pierde un referente histórico y concreto para las izquierdas en todo el mundo, dejando un vacío que, ante el avance del neoliberalismo y su instrumento cultural, el multiculturalismo, pronto es llenado con un sinfín de movimientos sociales concretando la atomización social a partir de la puesta en práctica del posmodernismo, que ya se venía fraguando desde los años sesenta del siglo pasado en Europa tras un desencantamiento generalizado con el marxismo. Dichas expresiones micropolíticas abandonan la posibilidad de una alternativa estructural, un sistema político y económico diferente, y se quedan en la superficie. Esto abrió las puertas a, por lo menos, tres fenómenos preocupantes, presentes en diversas expresiones micropolíticas de resistencia anticapitalista -o al menos, antisistema: las interpretaciones individuales de la verdad –mi verdad es la verdad-, el escepticismo radical y el relativismo cultural exacerbado.
De acuerdo con los posmodernos, hemos sobrevalorado a la Razón, la ciencia y el universalismo como formas de producir conocimientos. Es turno de las emociones, la experiencia individual, las creencias tradicionales, las costumbres de siempre y las narrativas otras, silenciadas por el moderno Capital. Ya no existe la posibilidad de los grandes relatos, como el comunismo, los partidos políticos o el Estado. Ello queda demostrado con el fin de la Unión Soviética -y las narcodictaduras terroristas de Cuba, Venezuela, Nicaragua y México, podría asegurar Lilly Téllez-. Sin restar importancia al individuo y a la individualidad, y al necesario equilibrio con lo colectivo, el problema es que el diálogo es imposible cuando sólo importa la verdad de cada uno, de cada grupo, de cada comunidad, de cada identidad, con intereses específicos, inamovibles en sus convicciones.
Como una densa neblina que ofusca al pensamiento crítico -no se reduzca el pensamiento crítico a aquél que sólo critica al capitalismo y al poder, pues se trata de una forma concreta de pensamiento profundo, reflexivo, cuestionador y autocrítico, libre, basado en la argumentación y la búsqueda de coherencia y sentido-, entre algunas micropolíticas se expande la desconfianza absoluta hacia cualquier sistema político o económico, porque “todos los políticos y gobiernos son iguales” -lo que resulta en un argumento tramposo, falaz, el cual, para aceptarlo, no hace falta pensar mucho pero sí sentir y estar convencido de lo que se cree-. Según estas micropolíticas, hay que luchar contra los sistemas de poder, en lo general, porque el poder miente y trata de perpetuarse; es corrupto, un negocio, como recuerda la feminista Victoria Sendón (2025) al cuestionar el tipo de prácticas que aquí también buscamos problematizar.
No sólo eso. Es necesario difuminar los límites entre verdad y creencia; argumento y opinión; ignorancia y conocimiento; objetivo y subjetivo; hombre y mujer; sentir y pensar… tan de Occidente. Cada concepto significa algo distinto para cada uno. Entonces, aparece el sentipensar para solucionar una falsa dicotomía; las personas menstruantes/gestantes para diluir a las mujeres, o los subalternos para borrar a las clases sociales.
Ya que el poder se caracteriza en sistemas de opresión patriarcales creados por el hombre blanco, europeo, cristiano y heterosexual, y se sustenta en la Razón como instrumento de dominio, la crítica al poder sólo pueden realizarla los grupos marginalizados, los subalternos -mujeres, indígenas, negros, homosexuales, palestinos, ucranianos, por ejemplo-, no ya comprendiendo al mundo por vía de la razón, del reflexionar y el pensar, que ha demostrado ser un fracaso que nos ha llevado a las prácticas destructivas de desarrollo y progreso, sino por la emoción. Y cambiar el mundo se logrará sin tomar el poder, porque este es malo en sí, sino dispersándolo -y dejando con ello un vacío que es llenado tanto por el mercado como por las derechas a nivel macropolítico (Estado nación).
Desde una emocionalidad volátil, como dijera la feminista Rosi Braidotti, el subalterno, víctima de factores externos, es el nuevo héroe de nuestro tiempo. Si uno no es víctima, es cómplice del poder. Y parecen incuestionables. No pueden ser problematizados porque la interpelación se entiende como un ataque y pueden querer anularte. Los traumas personales e históricos determinan la identidad de las personas y los pueblos, respectivamente, al grado de afirmar que dichos traumas están ya inscritos en el ADN (Rolnik, 2019) -difuminando con ello otro límite: cultura y biología-. Toda víctima necesita de un villano para proyectar su odio, y poder así construir su identidad: el partido, el político, el empresario, el Estado, el poder. Demonizan a las izquierdas en los gobiernos: “[…] cuando todos los políticos se convierten en villanos, el enemigo pasa a ser la propia política como un todo y, por lo tanto, el Estado mismo” (Rolnik, 2019, p. 161). Lo reactivo comienza, entonces, cuando reaccionamos para protegernos del trauma.
Si la Razón es un instrumento de dominio, es el turno de las emociones y los sentimientos exacerbados. De ahí, por ejemplo, que el aspecto artístico, sin ser problemático en sí, sea un marco de referencia común de las micropolíticas reactivas. La imagen refiere a la emoción y depende de la abierta interpretación individual, mientras que el pensamiento refiere a la razón (Formenti, 2016). Lo mismo ocurre con los slogans, que pueden reducir el pensamiento crítico y complejo a lugares comunes de fácil acceso, lo cual no siempre es un problema, valga decirlo. Pero hoy existe un desequilibrio entre la crítica social y la estética, volviendo fáciles de consumir a los discursos superficiales; al fenómeno ya no hace falta comprenderlo, sólo sentirlo e indignarse por ello.
Purismos identitarios

Emilio Nudelman Cruz, 2024.
Algunas maneras de hacer política desde abajo -un término bastante leninista, por cierto-, adoptan la forma de micropolíticas reactivas: formas de hacer política desde lo comunitario, identificando al Estado, lo macropolítico, como el enemigo. Desde ahí, se ofertan discursos de rebeldía para cada una de dichas identidades indignadas con el sistema que les oprime, pues ya son conscientes, están despiertas y alertas a las injusticias en el mundo.
Desde el multiculturalismo neoliberal se promueve la inclusión de los subalternos, así como la diversidad infinita de identidades: “mediante la nueva tolerancia mercantilista de la diversidad, el Capital integra, reabsorbe, incluye y neutraliza las diferencias, las reduce a mercancías como posiciones del deseo de varios y diversos consumidores” (Formenti, 2026, p. 108). El mercado ofrece un abanico de identidades como bienes de consumo, incluyendo identidades anticapitalistas, antiestatales o antisistémicas. De ahí que la cultura identitaria no sólo sea compatible con el sistema, sino que lo refuerce y renueve.
Entonces, ante la crisis civilizatoria y entre las verdades micro de cada uno de los movimientos de resistencia, de cada identidad, por un lado tenemos la verdad de los ecologistas, por otro la de las mujeres, la de los decoloniales, las diversidades sexuales, de género y queer, la de los indígenas, la de los negros o la de los palestinos y los ucranianos. Con demandas válidas, pero sin mucha claridad sobre la lucha de clases o la relación Capital-Trabajo -o habiéndolas rebasado tras el desencanto marxista, también provocado por hechos atroces en la historia en nombre del comunismo, y la creencia de que todos los regímenes socialistas o comunistas son iguales-, se identifica al nuevo villano: el Estado, lo macro, y al nuevo héroe, la persona y la comunidad subalterna.
Arriba (malo) vs abajo (bueno). Estado (malo) vs autonomía (bueno). Sin embargo, y más allá de este maniqueísmo simplón, así como la creencia de que en los procesos de colonización europea en América los indígenas eran buenos y los europeos malos, representa ambas caras de la misma moneda imperialista -como podrían decir Graeber y Wengrow o Formenti también respecto a una creencia que perdura en la actualidad-, quizás también valga la pena abandonar la idea de paraíso versus apocalipsis (Rolnik, 2019), ello con el fin de ser conscientes respecto a que la realidad impone límites entre lo deseable y lo posible, aunque no nos guste, y tener eso claro es indispensable para transformar el mundo.
III
Es en este contexto que se desenvuelven las disputas por ver quién es el verdadero revolucionario: “Nosotros vamos adelante y tienen que alcanzarnos”, diría un Marcos al pueblo de México y las falsas izquierdas, siendo entrevistado por Loret de Mola en 2006. Definir quién es más contestatario frente al capitalismo, se ha convertido en una competencia más desplegada por el mismo capitalismo. ¿Quién es más originario, ancestral o milenario (porque serlo es sinónimo de ser mejor)? ¿Quién es más radical; quién es más verdadero y está menos contaminado por Occidente?
Deja de importar lo que es, y la balanza se inclina hacia lo que debería ser, lo cua, sin equilibrio, resulta idealista. No hay conciencia de los límites concretos impuestos por la realidad -límites morales, económicos, geopolíticos-, y se cree que lo que se sueña es posible porque es deseable y nos parece justo. Desde la corrección política, es turno de las teorías prescriptivas, cerradas, que, sin aceptar críticas, despojan de la capacidad de razón y reflexión a las personas y los pueblos, presentando sus ideas como dogmas, y por tanto, a su ideología como falsa conciencia (Sendón, 2025). Dentro de lo que debería ser, para las micropolíticas reactivas, se encuentra el principio de estar contra el poder, de no hacer tratos con él.
Para los movimientos posmodernos anticapitalistas, antisistema/antiestatales, la experiencia propia es suficiente para conducir la existencia, y esta debe darse en el marco de lo local, de la micropolítica y el neocomunitarismo, aun con un discurso globalista e incluyente de la diversidad. En los años sesenta y setenta del siglo pasado, en los Estados Unidos, surgió el movimiento hippie, Back to the Land, como respuesta antisistema de la juventud. La apuesta: una vida en común; en pequeñas comunidades/comunas autónomas, artísticas, autosuficientes y libres de racismo, que trabajaran la tierra con respeto y armonía, recuperando las formas de vida de los pueblos indígenas americanos y las religiones orientales. Quizás esta es parte de los orígenes del fenómeno woke, aunque el infantilismo de izquierdas sea aún más viejo.
No se entienda lo woke como una descalificación grotesca de las izquierdas y los progresismos proveniente de la más rancia derecha conservadora, sino como la forma en que se autodenominaron quienes participaron del movimiento negro en la defensa de los derechos civiles en los Estados Unidos, y significaba -y significa-, como recuerda la feminista Verónica Sendón, “estar alerta respecto a la injusticia racial” (2025, p. 91). Woke implica estar despierto, consciente de las injusticias. Pero se trata de una falsa conciencia. Bajo el paradigma posmoderno, sólo la gente despierta es portadora de la verdad, por el hecho de ser subalternos, víctimas de las injusticias. Al ser portadores de la verdad, de lo correcto, suelen cancelar al otro que no piensa como uno; lo anulan. Se trata de la negación ontológica del otro de la que habló Enrique Dussel. De eliminar a quienes no sean su reflejo en el espejo, para encontrar lo que nos hace iguales.
Las prácticas de las micropolíticas reactivas hacen el trabajo sucio del Capital: preparan el terreno para la expulsión de los políticos progresistas -como le pasó a Allende, a Chávez, a Lula, a Evo, a… En ese sentido cumplen la función de oposiciones desleales. Juan Linz (2021[1987]) describe este tipo de oposiciones como “grupos minoritarios que sólo adquieren importancia en el proceso de descomposición del régimen” (p. 101). Se trata de movimientos, partidos u organizaciones (micropolíticas, en términos de Rolnik) que rechazan los sistemas políticos basados en el Estado y la centralidad del poder (esfera macropolítica). Por lo general, descalifican a las mayorías como ilegítimas y, en ocasiones cercanos a la iglesia católica, niegan toda legitimidad a los partidos políticos reivindicando autonomía cultural, política y administrativa. Parecen más desleales al Estado -ampliado, como sujeto colectivo, espacio de lucha de clases- que al régimen capitalista. Estas reivindicaciones de autonomía derivan en la búsqueda de emancipación respecto a todos los vínculos burocráticos y jerárquicos en torno al etnocentrismo. ¿El riesgo? Carlo Formenti recuerda la posibilidad de que ya no sean los Estados sino pequeños territorios autónomos quienes puedan ser administrados por las corporaciones trasnacionales más allá del Estado; que puedan entrar a negociar directamente con el Capital, lo cual implica riesgos para la soberanía nacional. Por recordar un par de ejemplos: la autonomía exigida por la Media Luna en Bolivia, o el independentismo antirrepublicano en Catalunya.
Nazi-onalidades

Emilio Nudelman Cruz, 2024.
De ahí, por ejemplo, que desde la micropolítica reactiva se apueste por derrumbar las pirámides. Pareciera que, desde el nuevo espíritu del capitalismo, se busca administrar al anticapitalismo como empresa neoliberal, aún con una retórica políticamente correcta: “¿Cómo remodelar el papel de jefes y mánager en una estructura que no debe presentarse ya como una pirámide jerárquica?” (Formenti, 2016, p. 99-100) Por medio del discurso de autonomía y horizontalidad, dirá este autor, “que suprime las barreras jerárquicas y liberaliza los estilos de vida individuales, haciéndolos compatibles con los objetivos de la empresa” (p. 101). De esta forma, “las ideologías antijerárquicas, antipaternalistas y antiautoritarias de los nuevos movimientos han sido integradas en la caja de herramientas del management posmoderno” (p. 111).
IV
Sin proyecto nacional, sin posibilidades de hacer frente al mercado -más bien participan de él con toda naturalidad, abriendo tiendas oficiales de la rebeldía donde se pueden comprar productos fabricados por la resistencia anticapitalista, como La Sagrada Paz en San Cristóbal de Las Casas-, y “con el objetivo de derribar gobiernos sin ninguna posibilidad de construir una nueva mayoría” (Linz, 2021[1987], p. 108), estas micropolíticas reactivas, antisistema, propias de un voluntarismo comunitarista y populista (Formenti, 2016), resultan grupos “pequeños y muy ideológicos” (Linz, 2021[1987], p. 111) que actúan desde la política de ressentiment (p. 117). Se trata de micropolíticas indispuestas a dialogar con lo macropolítico, porque la prescripción es no negociar con el poder. Sin capacidad de regular lo colectivo y sin posibilidad de detener la explotación del mercado.
Jaime Ortega, en “´La Cuarta Transformación´ y las retóricas reaccionarias” (Memoria, 2 de abril de 2025), recordó un buen ejemplo de slogan poético construido desde lo que identifica como antiestatismo ultraizquierdista, propio del posmodernismo aplicado: “Nuestros sueños no caben en sus urnas”. Carlo Formenti (2016), menciona otro: “Somos el 99%”. No son los únicos que pueden resultar familiares: “No somos ni de izquierda ni de derecha”; “No somos antisistema, el sistema es antinosotros”; “El voto más inútil es el voto útil”; “Esto no es cuestión de izquierdas contra derechas, es una cuestión de los de abajo contra los de arriba”; “Pienso, luego estorbo”. Queda claro que pensar se ha vuelto un estorbo. Quizás queda sentir a flor de piel y terminar de despertar -como Madonna, que ya despertó, y ahora, bajo los aplausos de quienes también resisten al capitalismo, homenajea al Che Guevara en sus conciertos.
Madonna en concierto

Google Images.
Entre las izquierdas en disputa, es común que la autocrítica figure como ausente -a no ser que se trate de una autocrítica retórica y superficial- y reaccionan con rabia a las críticas que provienen de fuera. Pero ¿cómo no cuestionarlas cuando buscan desestabilizar o derrocar gobiernos -o impedir que lleguen- que, dentro de todas las limitaciones, ausencias y contradicciones, están intentando restituir el papel central del Estado ante las contrarreformas neoliberales? Carlo Formenti dirá que “[…] no es posible oponerse al Capital global sin luchar por reconquistar la soberanía popular, la cual, a su vez, comporta la reconquista de la soberanía nacional” (2016, p. 27).
Hacer tabula rasa es ingenuo, y en la búsqueda principista por los purismos, por los modelos sociales perfectos, nos encontraremos con que nada ni nadie se ajusta a lo ideal. En este sentido, varios ya han puesto sobre la mesa caminos posibles que pueden ser transitados para contrarrestar la fragmentación de las izquierdas y las disputas por el anticapitalismo. Se trata, como sugirieron pensadores como José Martí, Antonio Gramsci, José Carlos Mariátegui, François Houtart o Pham Van Duc, del mestizaje. A diferencia de lo que proponen micropolíticas reactivas, que el mestizaje encubre las tropelías coloniales, o que las “nazionalidades” latinas son narrativas coloniales, como rezaban las paredes de la ciudad de Oaxaca, la apuesta es por la fusión, el mestizaje de ideas y prácticas. Por el diálogo entre sistemas filosóficos (interfilosóficos), y sobre todo entre la diferencia (intersubjetivos), no sólo entre iguales, con la intención de ver, escuchar y reconocer la verdad del otro, y no a verse a uno mismo en el reflejo del espejo, escuchándose cual resonancia o eco. Más que buscar lo que nos hace iguales, quizá sea prudente no abandonar la curiosidad y el asombro de la comprensión de la diferencia para lograr el entendimiento mutuo tan necesario para vivir una vida compartida, en común, y dejar de ser extraños entre nosotros y para nosotros mismos, como diría Marx. En términos de Suely Rolnik, no basta con actuar sólo en la esfera micropolítica, como tampoco sólo desde la macropolítica. Ambas resultan necesarias para transformar la realidad considerada injusta por las mayorías: la clase trabajadora.
Formenti, C. (2016). La variante populista. El Viejo Topo.
Linz, J. (2021[1987]). La quiebra de las democracias. Alianza Editorial.
Rolnik, S. (2019). Esferas de la insurrección. Tinta Limón Ediciones.
Sendón, V. (2025). “De la Modernidad a la cultura woke”. En Instituto de Estudios Feministas (2025). Democracia woke. El Viejo Topo.