La arqueóloga negada. Eulalia Guzmán y el hallazgo de Ixcateopan

La historia única se relaciona con el poder, pues desde él se crea la historia del otro y se hace pasar como la historia definitiva.
Fernando López Aguilar1

Introducción

En el implacable universo de imágenes que se difunden en las redes sociodigitales, abundan infografías, fotos y textos que evocan y, en muchos casos, celebran la vida y obra de Eulalia Guzmán Barrón (Zacatecas 1890 – Ciudad de México 1985). Sin embargo, buena parte de estos materiales muestran rostros que no pertenecieron a Eulalia y semblanzas que deliberadamente omiten -o apenas mencionan, quizá para evitar controversias- su trabajo de investigación realizado entre 1949 y 1951 en torno a la autenticidad de los restos óseos de Cuauhtémoc, el último Tlatoani mexica, en el pueblo de Ixcateopan, Estado de Guerrero, México. 

Eulalia feminista, constitucionalista, maestra. Para muchas personas, su nombre solamente remite a un eje vial de la Ciudad de México designado en su honor en la década de 1970. En la literatura académica, por su parte, existen diversas biografías de Eulalia Guzmán que destacan sus aportes como educadora, pero que, muy pronto introducen un cuestionamiento recurrente a su capacidad para la investigación arqueológica. “El consenso es que ella hizo mal las cosas…”, “La historia de la arqueología nos cuenta que Eulalia Guzmán se equivocó…”, “Todo indicaba que la maestra Guzmán había sido víctima del engaño…”. La reputación de Eulalia en la historia de la arqueología mexicana no sólo carga con valoraciones negativas, sino que, de hecho, ha conducido a que su nombre se encuentre casi borrado del panorama historiográfico.

El título de este trabajo remite al de una publicación reciente de Jorge Veraza: Cuauhtémoc negado. Análisis de la negación de los restos de Cuauhtémoc: epistemología y método (2023), pero, en lugar de centrarse en el hallazgo mismo, coloca los reflectores en la figura de Eulalia Guzman, quien también ha sido objeto de una historia negacionista que, bajo la forma de historia oficial, ha borrado su aporte científico y sus contribuciones a la antropología mexicana. A partir de una aproximación a su trayectoria y a la historia “otra” sobre el descubrimiento en Ixcateopan, y desde la perspectiva de la justicia historiográfica, proponemos reivindicar a Eulalia Guzmán como una investigadora cuya voz, lejos de extinguirse, merce volverse a escuchar2

Trayectoria

Desde muy joven, Eulalia Guzmán tuvo una intensa participación política en el contexto que le tocó vivir: ni más ni menos que el conflicto armado de la Revolución Mexicana. Y prácticamente el año en que estalla el conflicto armado, Eulalia saltó a la vida profesional con apenas 19 años de edad. Las biografías destacan su intensa «militancia», pero en el contexto revolucionario la participación política de Eulalia fue más bien orgánica. Eran tiempos convulsos, se estaba derrocando una dictadura y el país entraba al terreno de lo inédito para construir un nuevo orden social. En ese marco, Eulalia Guzmán intentó incidir al promover el sufragio para las mujeres e impulsar la agenda feminista, luchó también por un nuevo orden constitucional, defendió el antirreeleccionismo y trabajó en la alfabetización para trabajadoras, adultos y población indígena. Es decir, a Eulalia Guzmán no le eran indiferentes los Grandes Problemas Nacionales.

Eulalia Guzmán fue maestra normalista, egresada en 1909. Toda su vida tuvo una plaza en la Secretaría de Educación Pública (SEP) como maestra e inspectora, y se vinculó laboralmente tanto con el Museo Nacional como con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) hasta su jubilación en 1968. En ambas instituciones desempeñó labores de investigación arqueológica e histórica, así como de organización del archivo histórico del propio Instituto.

En 1932, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) le otorgó el grado de Maestra en Historia con una tesis sobre arte prehispánico. Dos años más tarde, con 40 años de edad, se convirtió en Jefa del Departamento de Arqueología en el Museo Nacional, donde impartía cursos y dirigía el proceso de evaluación e intercambio de materiales arqueológicos con museos de todo el mundo. Desde esa fecha se dedicó a trabajar con documentos históricos de la Biblioteca del Museo Nacional.

Entre 1936 y 1941, en virtud de una comisión oficial de la SEP, Eulalia Guzmán visitó diversas bibliotecas y archivos europeos con el fin de identificar documentos históricos relevantes para la historia de México. En pleno ascenso del fascismo y con sólo su sueldo de maestra, recorrió Londres, París, Viena, Roma y Berlín, y como resultado de ese viaje publicó la obra Lo que vi y oí (1941). Durante ese periodo, Eulalia Guzmán realizó numerosas estancias de investigación, participó en congresos científicos internacionales y, como pocos investigadores en México, se convirtió en una gran conocedora de acervos bibliográficos y documentales.

En un momento histórico en que este campo de acción científica y académica era ocupado mayoritariamente por hombres y por extranjeros, es notable el cosmopolitanismo de Eulalia Guzmán. No era común que antropólogos mexicanos (y menos antropólogas) tuvieran esa formación y esa experiencia internacional. Por todo ello, no resulta desproporcionada la idea de que Eulalia Guzmán fue la mujer más sobresaliente en las ciencias sociales y humanidades de, por lo menos, las décadas de 1930 a 1950 y, sin duda, una de las mujeres científicas más importantes del siglo XX mexicano.

Historia de un hallazgo

A inicios de 1949, el periódico El Universal publicó una pequeña noticia que anunciaba la aparición de dos documentos históricos en Ixcateopan, Guerrero. Esos documentos daban fe de que bajo el altar mayor de la iglesia de aquel lugar se encontraba la tumba y los restos del Señor Cuauhtémoc. Se inició entonces una polémica mediática que, desde luego, llamó la atención de las autoridades del INAH. El entonces director general, Ignacio Marquina, comisionó a la arqueóloga Eulalia Guzmán Barrón junto con un equipo de investigación, “para ir a Ixcateopan, examinar los papeles y dictaminar sobre su validez”3

Los documentos comentados eran copias de manuscritos originales atribuidos al misionero franciscano Motolinia y fueron resguardados por el señor Salvador Rodríguez Juárez, nativo de Ixcateopan. Durante su investigación y a lo largo de varios meses, Eulalia Guzmán entrevistó a los ancianos de Ixcateopan, quienes de manera oral le informaron que, por sus antepasados, sabían que debajo de la parroquia de la Asunción de María se encontraba la tumba con los restos del Tlatoani.

De esta forma, con base en ambos indicios, es decir, los documentos y los relatos orales, Eulalia Guzmán hizo el primer gran hallazgo de su investigación; es decir, la existencia de una tradición cultural: la tradición de Ixcateopan constituida, entre otros elementos, por los restos óseos de Cuauhtémoc, pero irreductible a ellos. 

En su texto de 1954, Pruebas y dictámenes sobre la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc, Eulalia Guzmán realizó un conjunto de planteamientos que permiten dimensionar el papel crucial de la tradición como elemento de prueba científica:

No se usa testimoniar las tradiciones, ni menos las que son secretas y familiares, como ésta […] Nunca el folclor ni la tradición nacen por deseo premeditado independientemente de los hechos, es decir, de la historia […] Hay documentos originales de los siglos XVII y XVIII que contienen los datos de la tradición oral y cuyos transmisores sólo pudieron recibir de sus antepasados […] La tradición de Ixcateopan, por su antigüedad y por la coincidencia de su contenido con el de las crónicas del siglo XVI, tiene valor de fuente histórica documental4.

Este hallazgo condujo al trabajo propiamente arqueológico y a la consecuente excavación del altar mayor con el descubrimiento de un tumba que hasta ese momento había permanecido inviolada. El 26 de septiembre de 1949, Eulalia Guzmán anunció el hallazgo de los restos óseos de Cuauhtémoc, último huey tlatoani mexica. El fundamento de esa afirmación se encontraba en una “prueba científica triangular”, es decir, en la correlación lógica de tres elementos: i) una tradición oral según la cual los restos de Cuauhtémoc fueron depositados en un sitio específico del propio poblado de Ixcateopan, ii) un conjunto de documentos donde se relata el enterramiento de los restos de Cuauhtémoc y iii) el enterramiento que en sí mismo se conformaba, a su vez, por varios elementos: los propios restos óseos, la estructura constructiva de la tumba que culmina con la iglesia del siglo XVI y una placa de cobre con la inscripción “1525-1529 R è S Coãtemo”5

La negación del hallazgo

A partir del anuncio que hiciera Eulalia Guzmán en septiembre de 1949 sobre el hallazgo de los restos de Cuauhtémoc, se desarrolló una de las controversias más fascinantes de la historia de la antropología mexicana y de su institución más emblemática: el INAH. En realidad, no se trata de una controversia científica genuina, sino de una estrategia política negacionista que pretendía aplastar las contribuciones de Eulalia Guzmán y su equipo por medio de Comisiones oficiales dedicadas a tratar el asunto de “la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc”.  

En ese contexto, se formaron dos Comisiones, una en 1949 y la segunda entre 1950 y 1951. Ambas presentaron su informe ante la SEP y concluyeron que no poseían los elementos para afirmar la autenticidad de los restos óseos. Concluyeron también que “La tradición fue fraguada a fines del siglo XIX por uno de los transmisores de la tradición [y] no tiene antigüedad ni bases serias; es sospechosa de haberse fraguado en 1899. El folklore es también apócrifo por las mismas razones”6

La Comisión más tardía fue la Comisión Bonfil de 1976, la cual validó, con un claro “sesgo ideológico”7, los dictámenes de las dos primeras comisiones y mantuvo vigente la estrategia política negacionista dedicada a desestimar los resultados de las investigaciones de Eulalia Guzmán. Recientemente, en febrero de 2025, el arqueólogo Eduardo Matos, quien en su momento formó parte de la Comisión Bonfil, afirmó en un evento oficial del INAH, sin mayor evidencia, que “don Florentino Juárez fue uno de los que había tramado todo esto”8. Respecto a la tradición de Ixcateopan, Matos sostiene que ésta es el resultado de un plan deliberado para engañar:

Los pueblos tienen su forma de pensar y hay que respetarla. Sabemos de muchas maneras de ver las cosas. Como antropólogos, se conocen muy bien todas las formas de pensamiento y demás que radican en muchos pueblos a lo largo y ancho del mundo. Si las personas de Ixcateopan creen que son los restos de Cuauhtémoc, pues muy respetable. Lo que no, es que en la academia se ha estudiado y se ve que no hay información y documentación, y que es falsa esa documentación y que los restos son de ocho individuos y demás. Tiene que decirlo, es el deber de la ciencia decirlo.

De esta manera, se presenta un planteamiento actualizado de la postura negacionista que el propio INAH avala hasta el día de hoy: la tradición de Ixcateopan es, en realidad, un plan deliberado, tramado o fraguado por un nativo de ese lugar, o bien, en el mejor de los casos, es el reflejo de formas de pensamiento y de creencia indígena. En cualquier caso, con ello se niega, además, el valor y la utilidad de la antropología y la historia para establecer el significado de tradiciones culturales.

El negacionismo como actitud y como práctica tiene un significado profundo en la historiografía política. El negacionismo puede definirse como la negación deliberada de hechos históricos que se presentan públicamente como tales a partir de ciertos elementos de prueba, generalmente con fines ideológicos o políticos y sin fundamentos metodológicos rigurosos9; incluso, se puede presentar como una forma de “revisionismo crítico, pero en realidad se trata de una forma de pseudo-historia anti-intelectual impulsada por agendas políticas”10. Es el caso típico de acontecimientos como el Holocausto, la colonización de América y el genocidio que le fue inherente. En México son conocidos varios casos de negacionismo que la historiografía crítica ha debido enfrentar en cada momento: la masacre de Tlatelolco de 1968, la Guerra Sucia de los años setenta, la Matanza de Acteal en 1997 o, más recientemente, la desaparición forzada de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa en 2014, la cual intentó ser negada a partir de una versión oficial irónicamente denominada “verdad histórica”.

Así, lejos de examinar críticamente el trabajo de investigación de Eulalia Guzmán, la historia oficial del hallazgo de Ixcateopan supone que, tras seguir “aberrantes pistas documentales”11 fabricadas por uno de los habitantes del pueblo, la arqueóloga fue engañada, cómplice de un fraude o bien, guiada por una “ciega militancia política”12 celebrada por grupos nacionalistas de izquierda. 

El descrédito que desde entonces ha sufrido Eulalia Guzmán junto con sus colaboradores se encuentra tamizado, incluso al día de hoy, por fobias políticas e ideológicas propias de los detractores y negacionistas. Tanto Eulalia Guzmán como Luis Chávez Orozco publicaron en 1950 sus argumentos en torno al hallazgo de Ixcateopan en la revista Cultura Soviética, editada por el Instituto de Intercambio Cultural Mexicano-Ruso. «La trinchera soviética que eligió Eulalia Guzman», a decir del arqueólogo Eduardo Matos, parece servir como un argumento, a todas luces falaz, para desacreditar las credenciales científicas de Eulalia. Claramente, el sentimiento anti-soviético y anti-comunista prevaleciente en México en la década de los cincuenta caló hondo en buena parte de la intelectualidad mexicana.

Esta historia, que con frecuencia subraya la falta moral y profesional de Eulalia Guzmán, se ha repetido en numerosos foros académicos, está escrita en revistas de divulgación y es reproducida por voces con alto prestigio social y académico. No obstante, ni la investigación realizada por Eulalia y su equipo, ni los procesos de indagación aplicados por las Comisiones que intentaron refutar su trabajo, han sido objeto de un análisis riguroso y crítico hasta el día de hoy.

La otra historia

La historiografía negacionista dirigida al Tlatoani, extiende sus brazos hasta la propia investigadora, quien dedicó, con poco reconocimiento, más de dos décadas a la verificación y reflexión exhaustiva de los resultados de su proyecto.

Para 1949, año en que dio inicio la investigación en Ixcateopan, Eulalia Guzmán tenía al menos 15 años de trabajo en archivos, amplia experiencia en paleografía e identificación de copias y originales de textos mexicanos, y una importante trayectoria arqueológica en campo. Por ello Ignacio Marquina, entonces director general del INAH, la comisionó para iniciar la investigación en Ixcateopan. Eulalia Guzmán, de 59 años de edad, era la persona más competente para esa comisión.

La historiografía negacionista insiste en la afirmación de que, aunado a su falta de capacidades y tal vez debido a ello, Eulalia Guzmán se «precipitó a excavar», comprometiendo así la integridad científica de la propia excavación. Sin embargo, el trabajo arqueológico relacionado con los restos de Cuauhtémoc ocurrió siete meses después de que Eulalia fuera comisionada, lo que dista mucho de ser una acción precipitada.

Las primeras conclusiones a las que llegó Eulalia Guzmán en febrero de 1949, lejos de mostrar a una persona ávida de excavar a cualquier precio para encontrar algún objeto capaz alimentar el ego nacional, muestran un trabajo cauto, metódico y escéptico:

A mi modo de considerar todo este problema, la investigación que debe hacerse es triple: a) sobre el posible origen de los documentos. b) sobre el origen de la tradición oral c) sobre la posibilidad o imposibilidad del contenido de ambos. Propongo por lo tanto que esta primera exploración se siga en los tres aspectos mencionados a fin de encontrar si la tradición oral y escrita corresponde a una realidad. Una exploración arqueológica tal vez aportaría nuevos datos. Todos estos datos deberán someterse a su respectivo análisis y discusión sin omitir ningún esfuerzo para aclarar esta tan importante cuestión13

La excavación fue realizada y dirigida por Eulalia con base en un razonamiento: todos los elementos de prueba que había reunido hasta el mes de septiembre de 1949 hacían verosímil la afirmación de que debajo del altar mayor de la iglesia de Santa María de la Asunción se encontraba el entierro de Cuauhtémoc. De modo que la excavación tenía como propósito verificar empíricamente el dicho de la tradición de Ixcateopan, cuya autenticidad para ese momento ya estaba demostrada en los términos de la investigación.

El 26 de septiembre de 1949, después de una excavación de siete días y a más de 2 metros de profundidad respecto del piso enladrillado del presbiterio, fueron encontrados restos humanos contenidos en una fosa cavada en la roca viva del subsuelo. Existe abundante evidencia documental en la colección de Eulalia Guzmán en el Archivo histórico institucional del INAH que nos hace ver la excavación como la culminación de un proceso deductivo y que no hubo precipitación ni intromisión como lo afirma la historiografía negacionista que, desde luego, omite toda mención a estos expedientes, cruciales para comprender la investigación en Ixcateopan.

Después del hallazgo de los restos de Cuauhtémoc y la reacción negacionista por parte del INAH, entre 1950 y 1951, la propia Eulalia Guzmán, de la mano de Alfonso Quiróz Cuarón -considerado iniciador de la ciencia criminológica en México- coordinó un equipo de trabajo multidisciplinario que se dedicó a continuar la investigación y ampliar la base de pruebas y evidencias «convencidos de que el problema debería llevarse al terreno absolutamente científico»14. Ésta es una dimensión fundamental que el negacionismo soslaya acríticamente. Con las herramientas de la medicina legal, la química, la metalurgia, la historia, la arqueología, la cristalografía, la matemática, la anatomía, la arquitectura la geología, la paleografía y la odontología, este equipo de investigación, trabajando en el campo y en el laboratorio, presentó públicamente un conjunto de dictámenes adicionales que sustentan la autenticidad del hallazgo.

Esta amplia experiencia de investigación quedó registrada en diversas publicaciones que la historia oficial pocas veces – o nunca- ha revisado y considerado. En 1951, Eulalia Guzmán, junto con Alfonso Quiroz Cuarón y su equipo de trabajo, publicó La supervivencia de Cuauhtémoc. Hallazgo de los restos del héroe, obra que reúne el resultado de esas investigaciones. Más tarde, en 1954, Eulalia redactó un extenso informe bajo el título “La genealogía y biografía de Cuauhtémoc. Refutación a las afirmaciones del grupo oponente de la llamada Gran Comisión” que específicamente refutaba el argumento de Alfonso Caso sobre el supuesto origen tlatelolca del tlatoani Cuauhtémoc, con lo cual, según Caso, se echaría por tierra toda la investigación de Eulalia Guzmán. Asimismo, en un tono divulgativo y popular, en 1952, Eulalia colaboró con la revista “Sucesos para todos”, donde publicó un artículo titulado “La verdad sobre los restos de Cuauhtémoc”, distribuido en 13 entregas.

Por su parte, en 1950, el historiador Luis Chávez Orozco publicó un texto intitulado Don Florentino Juárez no pudo ser el creador de la tradición de Ichcateopan acerca de los restos de Cuauhtémoc, donde conjeturó que la tradición de Ixcateopan no pudo ser el resultado de una mera superchería o leyenda creada por quien era el depositario de la propia tradición de Ixcateopan y dedicó la mayor parte de su argumentación a “tratar de averiguar con la mayor objetividad posible si un hombre como don Florentino pudo inventar una leyenda tan congruente y verosímil”. Luis Chávez Orozco concluye: “mientras no se demuestre por la ciencia que la tradición es falsa, nosotros nos atenemos a la tradición que afirma que los restos, encontrados en Ichcateopan por Eulalia Guzmán, son los restos de Cuauhtémoc”15.

La reivindicación de Eulalia Guzmán

Todavía hay otro enemigo, otro estorbo en el camino del éxito de las mujeres en la ciencia, incluso la historia y en las artes: el egoísmo masculino.
Eulalia Guzmán16

A más de ocho décadas de su fundación, el INAH persiste como una institución de estructuras patriarcales y androcéntricas. Aunque este texto no se propuso inicialmente como un análisis con perspectiva de género, resulta imposible ignorar que la trayectoria de Eulalia Guzmán y el silenciamiento de su labor sólo pueden comprenderse cabalmente si se reconoce su condición de mujer dentro de un espacio históricamente dominado por hombres. Por ejemplo, Eulalia Guzmán tuvo un papel fundamental en la formación del archivo histórico del INAH y sin embargo su nombre no figura en ningún lado en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Eulalia Guzmán era mujer, y ser mujer en una institución patriarcal está lleno de significados e implicaciones. No considerarlos implica soslayar una parte importante de la realidad. 

En ese sentido, el tratamiento que se ha dado al hallazgo de Ixcateopan constituye un caso paradigmático de una estrategia política negacionista que opera tanto en la historia oficial del Instituto como en la historiografía antropológica mexicana. Como toda historia oficial, la del hallazgo de Ixcateopan es también fragmentaria y parcial, relatada desde las voces de unos cuantos autores que exaltan sus propios logros -o los de sus maestros- mientras silencian los aciertos ajenos y los descubrimientos incómodos. Incluso cuando se presenta con una máscara crítica y rigurosa, la historia oficial suele negar deliberadamente ciertos hechos con fines ideológicos o políticos. En el caso de la historia de las mujeres en la ciencia, esa negación es palpable y se vincula con una brecha de género estructural y con una cultura patriarcal que, durante mucho tiempo, no ha aceptado la participación de las mujeres en la construcción del conocimiento. El llamado “techo de cristal”, entre sus múltiples acepciones, opera como un mecanismo claro para las ciencias donde, más allá del mérito o la capacidad, el reconocimiento de las mujeres es sumamente limitado.

De esta manera, es inevitable adoptar la justicia historiográfica como perspectiva de trabajo con la finalidad de enriquecer el panorama de la historia de la antropología gracias a la recuperación de la pluralidad de personas que efectivamente han participado en la configuración del campo antropológico mexicano; tenemos “una deuda con nosotros mismos”, a saber, la de “reivindicar” el trabajo de Eulalia Guzmán y reparar “esa injusticia ideológica cometida contra una mujer ejemplar”17.

La historia política y la historia de la ciencia se re-escriben incesantemente. Hoy en día existen las condiciones para comprender la investigación coordinada por Eulalia Guzmán con una perspectiva más amplia, más integral y más crítica. La filosofía de la ciencia, la historiografía crítica, la teoría y la práctica feminista, la perspectiva de género en los estudios de la ciencia y la tecnología nos aportan nuevas categorías, nuevo lenguaje y una nueva altura de miras que nos está permitiendo problematizar, cuestionar y superar una historia oficial, dogmática y francamente provinciana. Pero quizás más importante aún, a 76 años de la investigación en Ixcateopan y a 40 años de su fallecimiento, Eulalia Guzmán sigue cargando el peso de la prueba, mismo que permanece en su obra y en su legado documental.

La investigación de Eulalia Guzmán en Ixcateopan desenterró también y sacó a la luz capas profundas de la identidad nacional que no se suelen problematizar: la hispanofilia, la arrogancia criolla, la fobia soviética y las simpatías estadounidenses. Frente a esos componentes, la evidencia científica que aportó Eulalia Guzmán sigue ofreciendo posibilidades para repensar críticamente la construcción del pasado y para comprender cómo las dinámicas de poder influyen en la validación del conocimiento. Reivindicar a Eulalia Guzmán es, en suma, saldar una deuda historiográfica.

  1. (2021). “Luis Vázquez León: Eulalia Guzmán Barrón. Una mujer multidimensional”, en Dansejé, 1:12-14. ↩︎
  2. Este texto deriva de reflexiones presentadas durante la conferencia “Eulalia Guzmán. Un caso de justicia historiográfica”, en el marco del Seminario Fundadores de la Antropología Mexicana el 26 de agosto de 2025. Ver: https://www.youtube.com/watch?v=oMZ47NimPXU&t=1031s ↩︎
  3. Guzmán, Eulalia (1958). Relaciones de Hernán Cortés a Carlos V sobre la invasión de Anáhuac. Aclaraciones y rectificaciones por la profesora Eulalia Guzmán. Tomo I, México: Libros Anáhuac. P. CXXVII. ↩︎
  4. Guzmán, Eulalia, “Pruebas y dictámenes sobre la autenticidad de los restos de Cuauhtémoc”, en Veraza, Jorge (2023). Cuauhtémoc negado. Análisis de la negación de los restos de Cuauhtémoc: epistemología y método. México:  Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Pp. 79-89. ↩︎
  5. Veraza, Jorge (2023). Cuauhtémoc negado. Análisis de la negación de los restos de Cuauhtémoc: epistemología y método. México:  Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Pp. 54-61. ↩︎
  6. Veraza, Jorge (2023). Cuauhtémoc negado. Análisis de la negación de los restos de Cuauhtémoc: epistemología y método. México:  Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Pp. 187. ↩︎
  7. Veraza, Jorge (2023). Cuauhtémoc negado. Análisis de la negación de los restos de Cuauhtémoc: epistemología y método. México:  Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Pp. 151-152. ↩︎
  8. Eduardo Matos (2025). “Presentación del libro: Historia de la arqueología del México Antiguo, tomos 1 y 2”, INAH TV, INAH, Youtube, min. 54:04 – 54:09. https://www.youtube.com/live/duLtOGKoDls  ↩︎
  9. Véase, por ejemplo: Lipstadt, Deborah (1993). Denying the Holocaust: The Growing Assault on Truth and Mémory. Free Press; Vidal- Naquet, Pierre (1994). Los asesinos de la memoria. Siglo XXI; Trouillot, Michel-Rolph (1995). Silencing the Past: Power and the Production of History. Beacon Press Books. ↩︎
  10. Lipstadt, Deborah (1993). Denying the Holocaust: The Growing Assault on Truth and Mémory. Free Press. P. 111. ↩︎
  11. Rueda, Salvador y Ledesma, Patricia (2025). “Cuauhtémoc a debate. Entre el orgullo y la evidencia”. En Arqueología Mexicana. Número especial 119, febrero. P.80. ↩︎
  12. Rueda, Salvador y Ledesma, Patricia (2025). “Cuauhtémoc a debate. Entre el orgullo y la evidencia”. En Arqueología Mexicana. Número especial 119, febrero. P.83. ↩︎
  13. 28 de febrero de 1949, Colección Eulalia Guzmán, Archivo histórico institucional, INAH. ↩︎
  14. Guzmán, Eulalia y et. al (1951). La superveniencia de Cuauhtémoc: hallazgo de los restos del héroe. México: Ediciones Criminalia. P. 201. ↩︎
  15. Chávez, Orozco, “Don Florentino Juárez no pudo ser el creador de la tradición de Ichcateopan acerca de los restos de Cuauhtémoc”, en Veraza, Jorge (2023). Cuauhtémoc negado. Análisis de la negación de los restos de Cuauhtémoc: epistemología y método. México:  Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Pp. 194-205 ↩︎
  16. Guzmán, Eulalia (1959). “La mujer en la ciencia y en el arte”. Revista Mujeres mexicanas. P. 18. ↩︎
  17. Glockner, Julio “Presentación”, en Veraza, Jorge (2023). Cuauhtémoc negado. Análisis de la negación de los restos de Cuauhtémoc: epistemología y método. México:  Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Pp. 9. ↩︎