México, signo del futuro

Juan Marinello

El Popular

Más de una vez, los que conocen mi oficio de escribir y mi profundo amor por la tierra mexicana han mostrado su extrañeza de que no le haya dado el comentario extenso que merece. En efecto, yo, que por necesidad profesional he discurrido sobre tantas cosas principales y accesorias, he escrito poco, casi nada, sobre México. Y no es que no lo haya fingido. ¡Cuántas veces! Hacer una larga y personal meditación mexicana, decir el México que me anda por dentro, mi México de entraña -vamos a decir mejor: mi entraña mexicana- es desde hace mucho una de mis ambiciones de escritor. Sobran razones para ello. Pocos espectáculos de la grandeza que el de México; pocos tan metidos en mí. ¿Qué más puede querer quien entienda bien su tarea de discurrir que la grandeza emocionada, lo maravilloso entrañable? No sé si algún día feliz podré cumplir mi ambición. A veces desespero. Desespero, porque mucho me temo que los obstáculos que hasta aquí han entrabado mi propósito sean insalvables. No veo, por lo menos, que el tiempo los desvirtúe y eso es ya una grave señal. Más grave es aún que la impotencia haya arribado a ese instante doloroso de la autopsia en que queremos saber, por mero interés experimental, por simple vanidad de diagnosticadores, por dónde vino la muerte. Como este [examen*], tan cordial, abre el camino difícil de las confidencias, os diré qué razones sospecho yo que traen mi incapacidad empecinada de decir lo mexicano. Es, primero, cosa del sentimiento; después, cosa de los sentidos; por último, cosa de la razón. Sabemos muy poco, casi nada, de las causas que determinan las simpatías súbitas y las estimaciones esenciales. Sospechamos, sí, que viven en suspensión dentro de nuestras zonas afectivas unos elementos sensibles y ciegos a un tiempo prontos a rechazar con violencia o a abrazar con ternura total -ternura de ciego sensible- lo que se nos acerca. Ese dicho secular de que el amor es ciego no es otra cosa que la réplica de esta sospecha. Claro que, en rigor, no hay tal ceguedad. Lo que ocurre es que nos resistimos a que los demás vean de otra manera que nosotros y que desconocemos el mecanismo por el cual otras gentes se sienten atraídas por lo que para nosotros merece repulsa. Una consideración más cuidadosa del fenómeno nos conduciría a una tesis, a una convicción pesimista, mortal. Podría sostenerse que la justicia es imposible entre los hombres, ya que ninguno puede librarse de ese impulso misterioso hacia la simpatía, que es el camino del perdón, o hacia la antipatía, que es el principio del castigo Hasta dentro de mucho tiempo, hasta que se descubra la razón de nuestras adhesiones y desvíos, y la medicina que nos balancée los ímpetus -la medicina que nos traiga la justicia- seguiremos siendo mundos solitarios y monstruosos en estas faenas de amor y seguiremos llamando ciego al amor vecino porque no tiene los ojos ni las raíces del amor nuestro. Cuantas veces he tomado la pluma para decir «mi México», me ha turbado violentamente el temor de la injusticia. Injusticia por carta de más o por carta de menos, pero injusticia. Porque mi amor mexicano, me lo podéis creer, es de lo más primario, de lo más inexplicable, de lo más irresponsable y, probablemente, de lo más injusto. Como que siento a México -¿quién puede saber las razones?- como parte de mi vida; lo mismo puedo silenciar su mejor relieve, así como olvidamos el precio del aire que respiramos, que destacar con exceso un aspecto secundario y aun negativo de su pueblo o de su naturaleza con la pasión de quien se ve picado en la vanidad de su propio cuerpo. Si de nuestros hijos encarecemos costados sin valor, se nos escapan también las mejores excelencias.

Decíamos que en esa impotencia entraban por mucho los sentidos. Así es. Son muchos los que hablan de la demasiada fuerza agresiva del paisaje mexicano. José Moreno Villa me decía, no hace mucho, que la violencia del campo de México le llegaba a producir malestar físico, agobio angustioso. A mí no me ocurre así, pero, hijo de tierra dulce y de paisaje femenino, entiendo bien este tipo de asfixia. Sí me sucede, cuando estoy en México, vivir como en un inacabable asombro infantil, entontecido por la maravilla en torno Cada voz de cosa o de hombre se alza para mí con pareja intensidad y por eso no doy con la voz esencial de México. Como todo me requiere la atención con igual grito, me quedo sin la medida de conjunto. Repaso mis días de Pátzcuaro, de Guadalajara, de Veracruz, de Morelia, de Cuernavaca, de Aguascalientes, de Taxco, de Uruapan, de Cuautla, de Tepoztlán, de Amecameca… Vivía yo a la defensiva, hurtándole el bulto a tanta flecha desgarradora de la piel interna. Del sueño del lago a la fuerza de la montaña; del rumor del valle al silencio del indio. Pero era un silencio poblado de sospechas, un rumor levantado de espinas, un sueño de miradas recriminadoras, una fuerza turbada de cansancios. Llegaban momentos, muchos, en que el espíritu sufría de una rara distensión dolorosa, estrujado por las alusiones contrarias. Disponíamos el ánimo a la contemplación de lo magno desde el mirador del Tariácuri y nos esclavizaban y nos metían por las vías de lo precioso doméstico las manos campesinas que pintaban a nuestro lado la batea primorosa. Nos íbamos al pasado entre maravillosas piedras indígenas y calles de limpia y superada castellanía, y nos despertaba al futuro el puño alzado de los ejércitos proletarios. México tenía todos los tiempos, todos los tonos, todos los espacios, todas las mañanas. Y yo era un espejo estrecho y empedernido

Mil ocasiones me ha poseído la esperanza de entender, aislar la esencia mexicana, lejos de México. Por dos veces, al dejarlo, he sentido la responsabilidad de su recuerdo. En la lejanía, en una lejanía de presencias, era la gran tierra como una contradicción enconada, como un clamor desesperado de sangre y climas, como un tropel de colores y sonidos, como un gran mundo de presagios. La fuerza de su pasado, de su porvenir, de su naturaleza, de sus gentes, seguían defendiéndolo del análisis. México seguía siendo nuestro, parte de nosotros -juez y parte- a través de los días y del mar.

Y a un hombre así, que confiesa su amor por México y su desesperación de explicarlo, se le asigna esta tarde una tarea terrible: la de trazar el perfil de México. Los que pusieron tal título a mis palabras no pensaron en verdad lo que hacían, no recordaron qué cosa es México y qué cosa es un perfil Un perfil, y no me dejarán mentir los camaradas pintores que aquí están, es síntesis y contraste o no es nada. Un perfil no admite ni titubeos, ni vacilaciones ni miedos: ha de recortarse energéticamente contra el fondo animador y ha de lograr, con su solo ojo y su media boca y su media nariz, el relieve válido del retratado. Un perfil de México sería un intento en extremo ambicioso, impropio de estas palabras presurosas y quizás sin propósito radicalmente desatentado. Por suerte, México, realidad compleja y riquísima, está haciéndose su perfil, es decir, andando hacia el logro de una fisonomía destacada y sintética. Los que le amamos en la grandeza tormentosa de su tragedia preferimos que mañana, en un mañana que veremos, su perfil se nos entregue limpio y enérgico, hecho a golpes de su propia sangre.

Si tenemos la seguridad de que México dará a América y al mundo su perfil rector es por esa misma imposibilidad de advertirlo que ahora sufrimos. Esa impotencia de asir el hecho mexicano, ese huir del análisis para guarecerse en nuestras mismas venas, son la marca de su enorme significado humano y la garantía mejor de su naturaleza centralmente revolucionaria. Solo un grupo humano llamado a grandes destinos puede de este modo poseer a quien no ha nacido en su seno. Una suma de calidades tan singulares no puede determinar sino el maestrazgo político. Cuando se dice que México es guía y orientación de Hispanoamérica no se define tanto una realidad actual como un futuro indefectible. Para mí, la fuerza de México, la esperanza de México, no se manifiesta porque haya logrado tal o cual conquista en la legislación social o en su régimen de tierras. Para mí, la certeza de que México será cada día más nuestro guiador viene de haberle visto ascender por los más ingratos caminos y con el peso de las más crueles esclavitudes. Es esto lo que da la medida leal de aquel pueblo. A mí no me preocupa demasiado si en algún aspecto México yerra o peca Porque me sé que una fuerza que ha podido vencer tanto y que mantiene la energía intacta ha de encontrar vías de acierto por la sola virtud de su existencia; yo sé que una humanidad tan colmada no puede sino ganarse, al desplazarse, los caminos de la justicia. Con lo que está dicho que mi fe mexicana nada tiene que ver con la obra de los conductores de aquel pueblo sino con la firme intuición secular de sus masas maltratadas. En ellas, sin literatura, vive el futuro de nuestros pueblos. señal emilias lub alohabibnatab alugue

Es ese México popular, ese México que hace su perfil, su destino, de su más honda herida, el que tiene derecho a dar la mano tostada a los que, a poca distancia de esta sala, están ahora muriendo por todos los hombres. Porque ese es el México que ha muerto, que morirá mucho tiempo todavía, por un hombre mejor. Ese es el México que entiende que España se está subiendo ahora, como cuando el Descubrimiento, al plano universal. Ese es el México que ha entendido a plenitud el nuevo sentido de esta España sin geografía Cuando la hazaña asombradora de Colón, la acción española se producía al mayor provecho de los privilegios de la hora; las tierras se ocupaban para la Corona y para los que la sostenían. Por eso tuvo que venir, rectificando la obra esencialmente dañada, la Guerra de Independencia. En su fase más cercana, cuando Santiago de Cuba, se advierte mejor que la masa americana y el soldado que iba a morir disparando contra ella eran víctimas de una sola injusticia secular. Weyler -Dios, Patria y Rey- era lo mismo que Franco. Y los insurrectos rechazaban, como los miembros del heroico Ejército Popular Español, una denominación que no miraba más que a la mejor explotación de las masas laboriosas. Los explotados, soldados españoles y patriotas latinoamericanos, no podían entender su común realidad. No había sonado la hora de la comprensión, de la identificación por la clase.

En esa hora estamos. Por eso la masa mexicana, como la de toda Hispanoamérica, ha descubierto que la obra universal del español de ahora ni merecerá ni necesitará rectificaciones. Ahora no se batalla en España en beneficio de un grupo ni, en rigor, para el bien de una nación. Ahora este pueblo lucha, con su vigor vitalicio, por una mejor convivencia humana. Ahora la acción posee, por primera vez, conciencia de su raíz. Por eso es imposible imaginar que deje intacta la fuente de la desdicha, la organización monstruosa de la economía. Esa monstruosidad, herencia de conquistadores y encomenderos, es también la que hay que derribar del otro lado del mar. Por primera vez los ofendidos de aquí y de allá, los mismos que un día se despedazaron por causa de sus comunes opresores, se tocaron las manos en un entendimiento verdaderamente humano

México, es decir, Hispanoamérica, está aquí como deber y como conciencia. No hemos querido que en momentos en que España se lanza a hacer un mundo de justicia, quienes son hijos de su sangre y empiezan a ser hijos de su verdad, quienes tienen que abatir en sus tierras, como lo está haciendo ahora el pueblo español, la rapaz penetración extraña y la torpe y cruel reacción interna. El vínculo sanguíneo, la relación familiar, no es más que una posibilidad específica de unión eficaz. Para que sus últimos frutos hayan de vibrar padres e hijos en el mismo esfuerzo superador. Nosotros venimos aquí como lo que somos, como españoles de la otra orilla que hemos descubierto con gozo indecible que el ímpetu hispano, ayer ciego, conoce ya sus vías y las recorre a salto heroico. Hemos venido no por parientes sino por iguales, porque el padre nos ha acercado a una obra que lo traspasa. Ahora sí somos la misma cosa. En la sangre común ha amanecido una nueva conciencia. Ahora sí somos hermanos. Porque hemos comenzado a ser hombres.