Mister Hoover no debe venir a México

Hernán Laborde

Raquel Tibol. Documentos para la historia de la izquierda en México, “Cuando México tuvo un diputado comunista”, Revista Siempre! Suplemento «La Cultura en México», 5 de abril de 1972.

He pedido la palabra para exponer algunos hechos que se consideran importantes para el porvenir de México y de todos los países latinoamericanos. He querido exponerlos ahora porque es el momento oportuno y porque así me lo mandan algunas organizaciones revolucionarias, representantes de la opinión popular: la Liga Antimperialista de las Américas, el Comité Manos Fuera de Nicaragua, el Partido Ferrocarrilero Unitario y otros.

El presidente electo de la UE, el señor Hoover, llega en estos momentos a las costas de Centroamérica. El señor Hoover viaja al redentor del continente a bordo del acorazado Maryland, uno de los más poderosos de la marina de guerra de su país. Lo que no le impide afirmar en sus discursos y declaraciones que es el suyo un viaje de «buena amistad». Por lo que dijo enseñada veremos qué hay en el fondo de esas frases, puestas de moda por los discursos evangélicos del señor Coolidge, el actual presidente.

[…] Pero lo que nos interesa a nosotros, revolucionarios mexicanos, revolucionarios latinoamericanos, es la historia del monstruoso crecimiento del imperialismo yanqui, el más joven, el más fuerte, más insaciable y más brutal de la tierra La ex-pansión económica del imperialismo no es una expansión pací-fica, puramente comercial. Nosotros pagamos ya en 1847 el pri-mer doloroso tributo al desarrollo inicial de los Estados Unidos, que nos arrebataron entonces más de la mitad de nuestro terri-torio. En 1898 redondeada ya su unidad geográfica y política, los EU. inician su desbordamiento libertando a Cuba del dominio español para someterla a su propio dominio. La Enmienda Platt, redactada por el secretario de Estado mister Elihu Root e incor-porada por la presión militar a la Constitución de Cuba en 1902, impone a la joven República la prohibición de concertar tratados sin la anuencia de los Estados Unidos y la obligación de vender o arrendar a éstos todas las tierras y aguas que necesiten para el establecimiento de bases navales. Confiere, además, a los EU. el derecho de intervenir en Cuba siempre que lo juzguen nece-sario. Apoyándose en la Enmienda Platt, los EU. se apoderaron de la bahía de Guantánamo, una de las mejores del mundo, y ocuparon militarmente la isla en tres ocasiones sucesivas, con pretexto de revoluciones y trastornos políticos. Durante algunos años se impuso a Cuba la circulación exclusiva de papel moneda de los EU., y mister Crowder, una especie de virrey investido de poderes absolutos, gobernó en Cuba desde 1919 por medio de memorandums reservados o simples telefonemas al Presidente de la República. Hasta 1919, dos mil infantes de marina permanecieron en la isla sosteniendo al Presidente conservador García Menocal, que garantizaba los intereses financieros representados por el National City Bank. El National City Bank controla hoy los ferrocarriles de Cuba y el 90 por ciento de la industria azucarera; es decir, tiene en sus manos toda la economía na-pistoriador norteamericano ha escrito que «Cuba no es más que nacional. Esto es lo que han hecho de Cuba sus libertadores. Un dependiente que Long Island».

[…] La bahía de Guantánamo da a los EU. el control absoluto del golfo de México. Panamá y el golfo de Fonseca, les dan el control de los dos océanos, a lo largo del continente. México queda aislado de Sudamérica y no hay ninguna esperanza de ayuda para nosotros en caso de guerra con los EU. Solo un ciego podría no ver el peligro que nos amenaza. Y en estas condiciones, nuestro deber es solidarizarnos con los luchadores antiimperialistas de Nicaragua, con todos los luchadores antiimperialistas del continente

Nuestro primer acto, en el momento actual, debe consistir en una protesta por el viaje del señor Hoover. Debemos denunciar el verdadero carácter de ese viaje y declarar que el mismo constituye un insulto a los pueblos oprimidos de América. Debemos pedir que nuestro gobierno y todos los gobiernos dignos del mundo nieguen su reconocimiento al traidor Moncada, hecho Presidente de Nicaragua por las bayonetas de la marinería yanqui. Y debemos declarar, finalmente, que el señor Hoover no debe venir a México. Que el pueblo mexicano rechace esa visita como una afrenta y que si el señor Hoover se atreve a pisar las playas de Veracruz, las sombras de Azueta y Uribe se levantarán de sus tumbas para escupir el rostro de ese hombre, todo el odio de los pueblos oprimidos de América Latina.