Vicente Lombardo Toledano
Fragmento del discurso de Lombardo Toledano en el Teatro Lírico, el 19 de noviembre de 1961.
La Revolución Cubana ha triunfado ya. Ha sido probada en los años que tiene de victoriosa desde la huida de Fulgencio Batista. El problema ya no es el de trazar caminos, el de programar el desarrollo, ni siquiera el de consolidar la Revolución. La Revolución está consolidada, porque es el pueblo cubano el que la llevó a cabo, con jefes dignos de él. Es el pueblo el que, con sus medidas y su obra, ha depurado a la sociedad de los elementos que habían detenido el progreso de su patria. En buena hora que hayan huido de Cuba. La Revolución Cubana es una fuerza humana monolítica. No hay que esperar que fracase, porque ha caminado de victoria en victoria. Los que creen que el pueblo de Cuba va a levantarse contra su propia obra, contra sus propios designios, contra sus mismos objetivos, o son ciegos o son imbéciles. No. Contra una revolución así no alcanzarán las armas de los Estados Unidos para acabarla.
Porque supongamos que el ejército yanqui se decidiera, por órdenes del gobierno, a invadir a la isla, y que la ocupara, derrotando al pueblo armado de Cuba, por razón de su poderío; que fueran pasados por las armas todos los jefes de la Revolución; ¿habría concluido la Revolución Cubana? Imposible. Los supervivientes volverían a crear la Revolución con más vigor que nunca; pero para entonces no estarían solos, surgirían los movimientos revolucionarios desde México hasta el sur, no sólo en apoyo de Cuba, sino viendo ya hacia formas superiores de la vida social.
Las armas nunca han decidido el destino del hombre. Es el hombre el que ha decidido la suerte final de las armas, porque son su obra. La historia ofrece múltiples ejemplos de que no es la fuerza brutal al servicio de causas injustificables y en decrepitud la que logra la victoria final. Es lógico esperar que en el curso de esta lucha haya derrotas parciales, combates perdidos, sacrificios humanos, el asesinato de los mejores o de algunos de los anteriores caudillos del pueblo, si no pudiesen matar a todos. Todo esto hay que esperarlo. El imperialismo puede ganar algunos pequeños combates, pero no ganará la guerra. La guerra de nuestros pueblos la ganarán los pueblos que la han hecho, y su adversario quedará sepultado por la fuerza de los pueblos unidos, que ya no son los pueblos de América aislados del resto de la Tierra. Durante muchos años, muchos, éramos los pueblos de la América Latina los que luchábamos solos contra el imperialismo norteamericanos. Los europeos no saldan de él. Nuestra lucha, provincial, era una lucha casi aldeana; pero después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el imperialismo yanqui, preparando la agresión armada contra los países socialistas, usando su influencia financiera y su poderío material en general, empezó a obtener concesiones de los gobiernos europeos para establecer bases militares en su territorio, y a establecer ese anillo gigante de bases contra los países socialistas, los europeos, los africanos y los asiáticos, que nunca habían visto de cerca ni habían sufrido la presencia de los norteamericanos, como nosotros, se dieron cuenta de que el enemigo principal de ellos ya no eran los viejos ejércitos ni los viejos monopolios ni los círculos financieros de Europa, sino el imperialismo yanqui.
Por eso hoy el grito de «¡Cuba sí, yanquis no!» no es un grito aislado, no es una expresión circunscrita a la pequeña isla del Caribe. No. Si ustedes van a Italia encontrarán en los muros de todas las ciudades: Yanquis Go home, (¡Yanquis, lárguense a su casa!), y lo mismo en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en África, en todas partes. Es poderoso el imperialismo norteamericano, pero ya no es la fuerza hegemónica en el mundo. El imperialismo en su conjunto es poderoso todavía; pero no marca la marcha de la historia. La fuerza principal de nuestra época es la que representa el conjunto de los países socialistas y toda la opinión de la clase obrera, y de los sectores democráticos que luchan dentro del mundo capitalista en contra del imperialismo. Esa es la fuerza
determinante de la historia. Si se realizara el bombardeo sobre Cuba en este mes o mañana o pasado, no importa cuándo, nuestros pueblos sabrán contestar. Si además de Ydígoras mañana es otro el que ayuda y prepara bombardeos o acciones de ese tipo, los pueblos sabrán contestar. Nosotros no nos movemos sólo por esta pasión natural del hombre que lo levanta contra la injusticia y contra la barbarie. Nos movemos fríamente, calculadamente, cerebralmente. Nosotros somos los dueños de la historia: los pueblos, y a los pueblos pertenece el porvenir. Esta es la hora de liquidar al imperialismo, porque todos los pueblos atrasados, coloniales o semicoloniales, dejaron de ser reservas del imperialismo y se han transformado en reservas de las revoluciones proletarias de nuestro tiempo. Yo pido a mis compatriotas, a los mexicanos, que veamos la perspectiva tal como es, en toda su profundidad y riqueza, y que apreciándola de una manera justa nos preparemos a un combate largo, a un proceso histórico de liquidación del imperialismo en tierras de América, que va a requerir perseverancia, decisión, espíritu de sacrificio, renuncia a muchas cosas personales y colectivas. Porque sólo así nuestros pueblos obtendrán su emancipación del imperialismo.
Por lo que toca a nuestro partido, el Partido Popular Socialista, que ha examinado muchas veces nuestra responsabilidad histórica en esta gran revolución de la América Latina, tenemos las decisiones tomadas. Somos un partido revolucionario, de vanguardia, de la clase trabajadora. No somos la única fuerza que existe en México. Pero somos una fuerza decisiva, grande o pequeña, pero compacta. Presiden nuestros actos los principios de la filosofía de la clase obrera y nos impulsa nuestro amor profundo a la patria mexicana. Nosotros amamos profundamente a nuestra patria, porque ella forma parte de la humanidad. Por eso amamos tan intensamente a la humanidad. Sabemos que cada batalla ganada aquí es una batalla ganada para todos los seres humanos. Y lo mismo ocurre en Laos o en Argelia, y con mayor razón en Cuba.
La batalla cubana, la que la Revolución representa, es una aportación heroica, dramática y brillante a la causa de la emancipación del hombre. Esa es nuestra concepción.
Desde aquí saludo a mis viejos compañeros, los trabajadores de Cuba, que en el año de 1938, en el Congreso Constituyente de la Confederación de Trabajadores de América Latina, firmaron un pacto de unidad en la Ciudad de México, para hacer la unidad de su clase, que se llevó a cabo al año siguiente, en 1939, creando la Confederación de Trabajadores de Cuba, que ha saludado este mitin. Hago llegar mi voz también a los guajiros de la isla, a esos abnegados hombres de trabajo cuyos antepasados llegaron de África como esclavos, pero que adquirieron la conciencia de la libertad muy pronto. Saludo a los intelectuales que realmente están al servicio de su patria. Saludo a Fidel Castro y a todos sus hermanos y compañeros de lucha, capitanes de la América nueva que está naciendo de todas nuestras tierras. Y también hago llegar mi voz hasta la Casa Blanca: Kennedy, no juegues con fuego; Kennedy, deja en libertad a Cuba. Deja de hostilizar a México. Deja de preparar golpes de Estado. Si quieres convivir con nosotros, ha de ser entre iguales y respetando nos; de otro modo, la revolución de la América Latina encenderá la revolución social en los Estados Unidos.
Esta es nuestra actitud y no será, naturalmente, este primer mitin el único. Este es un aspecto de la batalla sistemática del Partido Popular Socialista para la liberación de Cuba del imperialismo y, también, para contribuir al desarrollo progresivo y a la emancipación de los demás pueblos de nuestro hemisferio. Con la frialdad que da la convicción profunda, inconmovible, en las tareas y en los deberes históricos, quiero terminar esta reunión diciendo que la Revolución Cubana es la nuestra, como la Revolución Mexicana fue y seguirá siendo una revolución que comparten los demás pueblos de la América Latina, a condición de que la Revolución Mexicana se vuelva dinámica y alcance los objetivos que su propio pueblo le ha fijado. Como las otras revoluciones son nuestras también, por lejos que se desarrollen. Estamos unidos todos los pueblos de África, de Asia y de América Latina en un combate común y decisivo, con formas diferentes, sí, pero con finalidades iguales. Somos solda dos de la batalla más importante de todos los siglos: la batalla por la emancipación del hombre respecto de la naturaleza, la batalla por la liberación del hombre por el hombre mismo.
El mañana es luminoso, pero al imperialismo no se le derrota con adjetivos ni con simples frases. Tenemos en México que proseguir el impulso de ir sacando al imperialismo de nuestra tierra, en sus inversiones, en su penetración económica; difundiendo el comercio internacional, ampliando nuestras relaciones comerciales, liquidando para siempre las trabas que nos unen al imperialismo yanqui.
Termino este acto reiterando el viejo llamado al combate de nuestro pueblo:
¡Viva Cuba! ¡Viva México! ¡Viva la América Latina emancipada del imperialismo norteamericano!
¡Viva la rebelión de los pueblos coloniales del mundo! ¡Viva el mundo libre
del futuro!