Fernando Benítez
México y Cuba. Dos pueblos unidos en la historia, México Centro de Investigaciones Científicas Jorge L. Tamayo, México, 1982.
¿Otra vez Cuba? Sí, otra vez Cuba, ahora más que nunca nuestra amada Cuba. En un solo día, con los reiterados insultos, con las calumnias habituales, con las diarias hipocresías, los periódicos ofrecen cinco noticias acerca de Cuba: 1° Los traidores a su patria anuncian desde Nueva York y desde Miami la inminente invasión de la isla: «En un máximo de 30 días caerá el gobierno de Fidel Castro». 2ª El embajador de Ydígoras en México dice que su país no planea ninguna invasión, pero confiesa que el aeropuerto de Retalhuleu está siendo acondicionado con el objeto de facilitar el tráfico aéreo con los E.U. 3ª Un señor Mulet, secretario de información de la presidencia de Guatemala, manifestó que se están adiestrando unidades militares móviles en 20 fincas particulares, para defenderse del ataque de las guerrillas de Castro. (Debe recordarse que Honduras se dijo ser atacado por Guatemala con el fin de justificar de algún modo la invasión de Castillo Armas.) 4ª El Che Guevara, «la rata roja» huyó a la URSS presintiendo el naufragio. 5ª En Caracas se da por muerto a Fidel —no pasa un mes sin que lo asesinen los periódicos- y se organizan motines y desfiles de «condolencia».
Independientemente de que Cuba, amenazada desde Guantánamo, desde los E.U. y Centroamérica, sólo piensa en defenderse, y de que Guevara ha realizado hazañas heroicas que sus detractores sólo han leído en las historietas para niños, es indudable que algo muy grave se está gestando contra Cuba. En el pasado se creyó que 20 hombres, que 50 ó 100 hombres podían repetir la hazaña de Fidel y derrocar, utilizando su heroica lección, al gobierno revolucionario; pero se equivocaron. ¿Y por qué se equivocaron? Simplemente porque la guerra de guerrillas sólo es posible contando con el apoyo del pueblo; simplemente porque esos mercenarios ignoraban el hecho elemental de que los campesinos tienen tierras y escuelas y médicos y tiendas cooperativas gracias a la Revolución, y están dispuestos a dar su vida por defenderla. No; las armas de los obreros, de los campesinos, de la clase media nunca se volverán contra sus libertadores, nunca apoyarán la vuelta de la injusticia y de la servidumbre; y cómo esta enseñanza ha entrado tarde en sus duras cabezas, , los enemigos han cambiado de táctica y están organizando una invasión en grande, gastando millones de dólares y proponiéndose derramar en abundancia —¡oh supremo y constante heroísmo!— la sangre de sus mercenarios.
Bien. Esos mercenarios, como no pueden descender en paracaídas sobre las colonias de El Vedado y Miramar, donde encontrarían algunos partidarios, se van a enfrentar al pueblo armado de Cuba. ¿Cuántos mercenarios van a requerirse? ¿Diez mil? Son muy pocos. ¿Cincuenta mil? No bastan. Se trata pues de una guerra, de una guerra en serio, en la que van a morir millares de hombres y la isla quedará reducida a escombros.
¿Han pensado los mercenarios y sus patrocinadores en la consecuencia de esta invasión? ¿No les tiembla la mano? ¿Su estupidez y su deseo de aniquilar a la revolución son tan grandes que pueden confundir a Cuba con Guatemala? ¿Realizarán fríamente tamaño genocidio?
Supongamos que nada les arredre y que se lancen a la criminal invasión, como parece que lo harán finalmente. En ese caso, ¿qué haremos nosotros, los latinoamericanos? ¿Nos comeremos nuestra indignación? ¿Enmudeceremos de terror como enmudecimos con lo de Guatemala? ¿Sancionaremos el asesinato de nuestros hermanos?
Antes de lamentarnos, me parece que estamos a tiempo de intervenir emprendiendo una acción conjunta para evitar esta guerra. Sólo la América Latina puede impedirla; sólo la voluntad de nuestros pueblos puede modificar una resolución que afecta de manera tan grave nuestra solidaridad, nuestros intereses y la propia esencia de nuestro ser nacional. No me dirijo a todos los que en estos dos años han contribuido con su odio injustificado o con su enajenación a intensificar la tensión y falsear la verdad de los acontecimientos. Me dirijo en esta hora de peligro, a todos los nobles simpatizantes de la Revolución Cubana; a la Cámara de Diputados y a su valiente líder Sánchez Piedras; al gobierno de México y a todos los hombres que no han cambiado su dignidad humana, su patriotismo y su razón por la librea de los lacayos y el silencio de los eunucos.
Cuba no está ya en el banquillo de los acusados, sino en la antesala de la cámara de gases. Su crimen, su imperdonable crimen ha consistido en dar tierras a los campesinos y escuelas a los niños; su crimen ha sido recobrar las riquezas sustraídas al patrimonio de la nación y devolver a los cubanos su libertad escamoteada; su crimen es haber escapado al hambre a que la habían condenado sus viejos explotadores y comerciar abiertamente con los países socialistas, únicos que fueron capaces de tenderle la mano.
Es decir, los crímenes de Cuba son los crímenes de todos los pueblos coloniales, de todos los pueblos atrasados, de todos los pueblos revolucionarios. Son, en una palabra, los crímenes por los cuales nos han injuriado y calumniado en el pasado, y los crímenes que deseamos hoy cometer para que haya más justicia y menos miseria en América Latina.
Estamos justo a tiempo de defender a Cuba. No dejemos pasar la ocasión. Después será demasiado tarde para Cuba, para nosotros, para los pueblos que sufren miseria, despotismo y opresión en el mundo entero.
Política, I° de noviembre de 1960, pág. 17.