Las compañeras de la confederación de mujeres cubanas

Rosaura Revueltas

Boletín de la información de la embajada de Cuba, No.9, 1960.

pensar mucho para darnos cuenta de que, pasadas las primeras etapas, y superadas las pequeñas molestias y dificultades a que se tiene que hacer frente, fundamentalmente por el trabajo de sabotaje de los enemigos, cualquier hombre o mujer tendrán ante sí, no ya mayores comodidades en todos los sentidos, sino incluso se podrá llegar y se llegará a vivir en ambientes mucho más confortablemente que bajo cualquier régimen capitalista. Antes, las inmensas riquezas, producto del trabajo de toda la nación, iban a parar a los bolsillos de unos pocos, para su regalo y comodidad. Con la Revolución, todos podrán vivir tan bien, o mejor, que como vivía cualquier potentado, y digo mejor, porque nosotros a diferencia de él, no tendremos que temer a la revolución ni al fantasma del Comunismo.

Pero mucho antes de que eso llegue, desde hace tiempo, desde ahora mismo, se puede en el orden de los sentimientos vivir una existencia que dejará atrás al más feliz de los sueños. El hecho de trabajar para ustedes mismos, sin que nadie los explote, el hecho de vivir su vida como Cubanos, sin el dictado de ningún patrón extranjero, el hecho de convivir en una sociedad donde al desaparecer las capas sociales de explotadores y explotados, no tienen ningún motivo para sentir hacia sus semejantes otra cosa que no sea amistad y compañerismo. Esto y muchas cosas más que ya existen serán bastante. Pero todavía pueden pensar en los milagros. Yo diría que incluso para los no creyentes va llegando también la hora de que crean en ellos. Parece un milagro, que doce hombres con ocho fusiles, como llegaron a tener los líderes de la Revolución en la Sierra Maestra, hubieran podido llegar a tan venturoso término. Milagro, la tenacidad de aquellos hombres, la fe de aquellos hombres en todos los demás Cubanos. Milagro increíble, la fe de todos los demás Cubanos en aquellos pocos hombres. Quien iba a decir que el guajiro, el campesino, el obrero, el estudiante, acostumbrados a las falaces promesas de los políticos de antaño, que prometían todo antes de llegar al poder, sabiendo de antemano que no iban a cumplir nada, iban a creer en aquellos doce hombres, despertándose la fe de Cuba entera, que poco a poco, pero en una progresión geométrica, fue uniéndose a ellos hasta llegar a la situación actual. Este despertar de ustedes Cubanos, este resurgir de la fe, esta llama sagrada que en el fondo de sus conciencias no dejaron apagar y que pudo avivarse al conjuro de los Hombres de la Revolución, este tesoro inapreciable del ser humano, que confirma el dicho de que «la esperanza es lo último que se pierde». Sin este rescoldo de fe y de esperanza que ustedes los Cubanos supieron conservar en el fondo de sus conciencias, la Revolución no habría triunfado, Fidel y sus hombres habrían sido exterminados, el sacrificio de veinte mil Cubanos en las luchas anteriores, habría sido estéril, como habrían sido estériles la sangre y las lágrimas de los presos políticos en las mazmorras de Batista. La separación más o menos voluntaria de los políticos advenedizos, la unificación de las filas en torno a vuestros líderes, y el espíritu de comprensión que anima a los buenos Cubanos en el día de hoy, son también motivo para sentirse orgullosos y por ello también me permito felicitarlas. Pero hay algo más. Sería ingenuo, cosa que descarto totalmente por parte de ustedes, si creyéramos que todo esto era producto nada más de factores que pudieran reducirse a los términos de esta hermosa tierra cubana. Más allá de los mares que nos circundan, por tierras especialmente de América Latina y de África, todo esto tiene sus repercusiones. La Revolución Cubana es, como una hermosa mensajera que lleva alientos, esperanzas y ansias de una vida mejor, y fe y confianza en los destinos del hombre, al indio de Bolivia o al negro del Congo. Cualquier país colonialista sabe muy bien cual es el camino que debe elegir porque hoy ya no valen los subterfugios. Hasta hace dos años y medio, los políticos de gobiernos sedicentes demócratas o revolucionarios, podían tratar de engañar a sus pueblos con el argumento retorcido de que si no dirigían a sus pueblos por el camino de la revolución, ello se debía a que ellos, pobres indefensos, estaban maniatados por la ominosa presión del imperialismo que les «obligaba» a conducirse dentro de los cauces capitalistas. Es muy cómodo llamarse revolucionario, pero no hacer la revolución con el pretendido pretexto. Así la farsa de los políticos de casi toda América Latina tenían un argumento escrito, de declaraciones pomposas y altisonantes de amor a los héroes (de ser posible ya muertos), de patria y demás lugares comunes, pero a la hora de la verdad, la realidad con que se encuentra el hombre de la calle, es el mísero jornal y la contundente macana del gendarme, listo a sofocar cualquier manifestación de protesta que vaya más allá de la piadosa plegaria al santo de su devoción. Hoy está claro que el político que no dirige a su pueblo por los caminos de la Revolución, es lisa y llanamente porque no quiere y si dice otra cosa, miente. Antes también mentía, pero hoy su mentira resulta más evidente, hasta para el más incauto y este incauto, el hombre del pueblo, tampoco puede permitirse la inactividad apoyándose en aquel pretexto de que no había otra cosa que hacer. CUBA ha demostrado que hoy, el hombre no tiene más límites que los que le pongan su pensamiento y su voluntad. Y no hay nada más hermoso que ésto.

A poco que leamos, podremos trasladarnos con la imaginación al largo y doloroso camino que ha recorrido la humanidad desde el principio de los siglos. ¡Cuanto esfuerzo, cuanta energía, cuanto sufrimiento y sangre del científico, del político, del artista, a través de la historia de la humanidad! En el campo científico por ejemplo, cuánto sacrificio, abnegación y esfuerzo de miles y miles de hombres representa el llegar al instante supremo en el que el hombre es capaz de enviar a otros planetas un mensaje material de instrumentos. ¡Qué de ayunos y desvelos, que de luchas contra el desconocimiento y la ignorancia hasta arrancar a la naturaleza sus secretos! Los miles y miles de hombres que han sufrido persecuciones políticas por defender las conquistas sociales, e incluso científicas. Los artistas que han sido capaces de encontrar la belleza en realizaciones sociales futuras, o que han sabido animar a los hombres de su época. Todo esto y mucho más de lo que yo puedo decir con mis pobres palabras, lo tienen ahora a vuestra disposición y en cierto modo ha contribuido a esta calidad esplendorosa de la Revolución Cubana. Sin embargo, sería poco modesto vanagloriarse de ser los solos artífices de esta hermosa realidad esplendorosa de la Revolución Cubana. La Revolución Cubana, no es solo para Cuba y los Cubanos. Es una antorcha como decía antes, un mensaje de fe y de esperanza para todo el mundo. Pero al mismo tiempo ello es posible gracias precisamente a todo el mundo. Hace más o menos setenta años, los hombres de la Revolución Francesa rompieron unos privilegios odiosos y establecieron como sagrados e inviolables algunos de los derechos del hombre. Hace más o menos cuarenta y tantos años, los hombres de la Revolución de Octubre, establecieron en Rusia la base de la verdadera igualdad económica. Esto lo sabemos todos, porque son los dos hechos quizá más sobresalientes de los últimos tiempos. Pero antes de todo ésto, en medio de todo ésto, en cada país del mundo, cada hombre revolucionario, demócrata, liberal, o sencillamente rebelde, ha ido escribiendo en cárceles, mazmorras, patíbulos, paredes, páginas de exaltación de los principios del ser humano. En todos los países ha habido madres, esposas, hijas, hermanas, sufriendo la angustia de ver la tortura o la ejecución de sus seres queridos, seres que luchan por hacer posible los postulados de la Revolución. Y hoy todo ello parece unirse en esta etapa histórica con toda su fuerza, que se pudo pensar estéril, y que no lo fue y la mejor prueba de ello son ustedes mismos.

Podemos verlo a cada instante, en el arroz chino, en las conservas de Bulgaria, Polonia, en la maquinaria checoslovaca, en los tractores y en los cañones de la Unión Soviética. Qué prueba más patente y más conmovedora queremos. No estamos solos. Esa fuerza invencible que se fue forjando a través de los sufrimientos del hombre a lo largo de la historia, nos cabe a nosotros la suerte de compartirla y ello nos hace posible el tener fe en nuestro futuro.

La Solidaridad Internacional, esas dos palabras que muchos olvidamos a veces, representan hoy los puntales más firmes para nuestra confianza en nuestro porvenir, pero al mismo tiempo constituyen la expresión de una deuda que nunca podremos saldar. Nadie crea que yo trato de restar méritos a la labor abnegada de los patriotas y revolucionarios Cubanos, ni mucho menos. Yo soy la primera en admirar el esfuerzo inconmensurable de cada uno de ellos, desde el Primer Ministro Fidel, hasta el último miliciano que combatió en Playa Girón, pasando por el obrero de la fábrica y el machetero del campo. Pero quiero señalar todo lo que antes dije sobre la Solidaridad Internacional, con dos motivos: Uno, el que todos tengamos presente nuestra deuda de gratitud y el grado de responsabilidad que hemos adquirido, para corresponder a aquella. Otro, para afianzar la seguridad y confianza en nosotros mismos, porque repito amigas mías, no estamos solos. Formamos ya parte de esa inmensa legión que comprende hoy a las dos terceras partes del género humano, legión admirable, no solo por el número, sino por la elevada calidad de los ideales que la animan. Por esto también creo que todos nos debemos felicitar. Pero todavía hay más.

Quisiera referirme a un aspecto de la Revolución Cubana que yo, y todos aquellos que como yo hayan vivido en el extranjero y hayan viajado por los países de Europa donde tuvieron lugar las últimas convulsiones históricas, creo que podemos apreciar mejor. Se trata concretamente del carácter generoso y hondamente humano de la Revolución Cubana. Debo confesar que no ha sido fácil para mí llegar a las conclusiones a que he llegado, ya que los escenarios de la tragedia humana que he recorrido, son muy diferentes a lo que aquí conocemos. Europa y los que como yo hayan estado allí, lo pueden también decir, tiene todavía ciudades que muestran las huellas de una increíble devastación. Cuesta trabajo imaginarse ante las ruinas de Dresden en la Alemania Democrática, de Berlín Oriental, de Stalingrado (ahora Volgogrado) en la Unión Soviética, todo el horror que debió preceder aquellas escenas de destrucción y muerte. Los campos de exterminio en Polonia y Checoslovaquia donde los nazis exterminaron fría y sistemáticamente a millones de seres humanos. Las montañas de escombros, los mutilados de guerra; todo ello contribuye a crear la impresión, por otra parte nada lejos de la realidad, de que la revolución en su etapa inicial, es una sucesión de luchas sangrientas, de privaciones, de abnegación, de trabajo, de carencia de lo más indispensable. De una prueba en fin, la más ruda a que puede someterse un ser humano. El final con horror que decimos, de un horror sin final, que es la noche negra del capitalismo, en su etapa increíblemente feroz del fascismo, en sus múltiples variantes, nazismo, franquismo, etc. Allí el tinte trágico domina todo, encuadrado por un clima inclemente. Pesa sobre el ánimo, la abrumadora sensación de la tragedia humana forjada a través de luchas sangrientas y de todos los más inimaginables sufrimientos y angustias que el ser humano pueda soportar. No es extraño que la revolución en cualquier país de Europa, donde los antagonismos, las contradicciones de clases, los prejuicios, los intereses económicos, han estado durante siglos tan radicalmente polarizados, tengan solución en el día de hoy con un preludio sombrío de trabajo muy duro, de disciplina férrea, de ozobra ante un porvenir incierto, dado el resurgimiento del nazismo patrocinado por sus amos los imperialistas. Es cierto que el Ejército Rojo facilitó la tarea a los revolucionarios de aquellos países al expulsar de ellos a los nazis y permitir que las coaliciones revolucionarias asumieran el poder en ellos. Es cierto que la conciencia política estaba más desarrollada en grandes núcleos de la población, pero también hay que comprender que la resistencia de las fuerzas enemigas tuvo que ser vencida en algunos lugares ciudad por ciudad, casa por casa, encontrando después de la victoria una patria deshecha, una herencia de escombros, devastación y ruinas que aún hoy no se han podido ni siquiera remover. En este sentido creo que en Cuba podemos felicitarnos de no haber pasado por tales horrores y ojalá no los pasemos nunca. Desgraciadamente hay cubanos que no han pensado sobre estas cosas y que dan la impresión de un muchacho que habiéndole caído del cielo una herencia, se lamentase de las molestias que le causaba el tener que ir a cobrarla. Allí la revolución es una conquista lograda a través de increíbles luchas llevadas a cabo por la mayoría de la población y la severidad de esta lucha lleva como consecuencia natural, que cuando los hombres revolucionarios llegan al poder, tienen que mantener durante algún tiempo una norma de severa disciplina ya que la flaqueza es considerada por el enemigo todavía latente, como debilidad, y la clemencia puede ser una muestra de temor o de impotencia.

Allí las cosas son muy serias. Por contraste en Cuba, los líderes de la Revolución con su táctica de convencimiento y persuasión, que empezó cuando Fidel devolvía a los soldados de Batista hechos prisioneros, en lugar de matarlos como se habría hecho por allá, y que culmina en la propuesta de canje de los mercenarios por presos políticos que sufren en diversas cárceles del mundo, es algo nunca visto. El respeto a la vida y a la propiedad que en todo momento han observado los Revolucionarios Cubanos, el clima en general de tolerancia y de comprensión y de una insólita honradez en todos sentidos, es algo nunca visto, ya que otras revoluciones al ser precedidas por una etapa inevitable de caos y desorden, no pueden decir otro tanto. Ante este hecho tan insólito para los que estamos acostumbrados a presenciar o conocer por otros medios convulsiones similares, cabe pensar, si no estamos entrando ya en una etapa superior en que el género humano pueda resolver sus conflictos antagónicos sobre bases de generosidad y clemencia. Es cierto que hoy las fuerzas del Socialismo son tan considerables, que pueden asumir el papel de protectores de la humanidad, en contra de los desmanes de los locos que aún gobiernan los restos del imperialismo existente. Pero en todo caso a los líderes de la Revolución Cubana, les cabe el mérito de saber comprenderlo y de actuar de acuerdo con ello. Esto es a grandes rasgos, algo de lo que tenía ganas de decirles a ustedes amigas cubanas. Solo me queda por manifestar un sentimiento, quizás el más fuerte, y es el deseo de que todo esto se consolide firmemente y continúe avanzando por este camino. Al hablar así, pienso también un poco en mis compatriotas y tantos y tantos otros seres que tienen puesta su atención en la Revolución Cubana y para los cuales sus triunfos son los suyos propios. Ojalá que muy pronto puedan sumárseles en el orden material a ustedes, marchando por el mismo camino, ese camino que ha de conducirnos tarde o temprano a la Revolución Socialista en todo el mundo, primero, y después a un mundo sin más fronteras que las del espacio y las estrellas.