Juan Duch, Visión de Cuba. Reportajes sobre una realidad, Mérida, Yucatán, Ediciones de “Escritores y Artistas de Yucatán”, 1962.
Compañeros y amigos,
juventud yucateca:
Hoy hace justamente quince días, en un acto como éste, desde una tribuna como ésta, hablaba yo con todo el calor de la sinceridad, con toda la serenidad del razonamiento y de los hechos y de su examen profundo y honrado; hablaba yo a la conciencia del pueblo yucateco, para transmitirle las impresiones de una visita reciente a la por tantos conceptos heroica tierra de Cuba. Hablaba de su realidad, tan deformada, tan mentirosamente sometida a la guerra -fría entonces-, de una gigantesca campaña de engaños y calumnias. Denunciaba aquí, con apoyo en el análisis y en la verdad, el contraste entre la Cuba falsificada por las agencias noticiosas, insultada por los voceros del imperialismo, y la Cuba que yo había visto, vigilante, entregada al trabajo, movilizada en un incontenible esfuerzo integrador de su futuro.
Mi visita, no hecha con ojos de turista, sino de hombre interesado en penetrar hasta lo más hondo, hasta lo más vivo, hasta lo más auténtico de la entraña cubana, me daba materiales, cifras, opinión documentada para juzgar lo que había sido la patria de Martí en medio siglo de supuesta independencia, en cincuenta años de forzada sumisión y entrega a los intereses financieros de Norteamérica, y lo que empezaba a ser, apenas en dos años de existencia, la Cuba que nació en la altura simbólica, en el heroísmo combativo de la Sierra Maestra.
Tenemos -pudimos afirmar y repetimos hoy- una visión de Cuba, una Cuba bien distinta a la Cuba de «Visión», de «Visión» y de «Life». Y simbolizábamos así, objetivamente, que el conflicto de Cuba, el caso de Cuba, era en plenitud, un conflicto entre la mentira y la verdad; entre la verdad de un pueblo, de un régimen, de un ideal calumniado, y la mentira impúdica, descarada, de sus viejos dueños de siempre, de sus mismos explotadores de siempre, empeñados en «liberar» a Cuba, en liberarla -sí- pero de la propia libertad, en liberarla pero del progreso, en liberarla pero de la independencia que Cuba estaba conquistando; en liberarla de Martí para mantenerla encadenada a Monroe y a Wall Street.
No negábamos que en Cuba había algún descontento, pero precisábamos de quienes. Y comprobábamos cuantos eran. Y por qué. Eran, decíamos los privilegiados de antes: esas poderosas compañías extranjeras que controlaban totalmente la esclavizada economía azucarera; los que tenían en sus manos la riqueza de la isla; los dueños de prostíbulos y de casas de juego y de centros de vicio que comerciaban con el honor de su patria, vendiéndolo en dólares contantes y sonantes, para brindar un rato de placer a los buenos amigos y vecinos del Norte. Eran, los exfuncionarios enriquecidos increíblemente en la nauseabunda corrupción de un régimen como el de Carlos Prío; eran los «tigres» de Rolando Masferrer, asesinos a sueldo; eran los policías de Batista que habían matado -y eso no lo decía la prensa, tan indignada luego por los baños de sangre-, que habían asesinado y torturado y mutilado a 20,000 cubanos. Esos eran los descontentos: los que desde Miami y desde Nueva York se convertían de pronto, gracias a la magia de una propaganda masiva, y bien pagada, en patriotas, en héroes, en guías, en caudillos de la liberación de Cuba. Eran esos y eran pocos.
Y contra ellos -afirmamos- estaba el pueblo cubano, estaban los trabajadores, los millones de campesinos que habían hecho la Revolución y que sentían, no en palabras, sino en casas, en escuelas, en centros de trabajo, en mejores salarios, los beneficios de la Revolución. Y tenían en sus manos la fuerza invencible de la Revolución, las armas de la Revolución, para defender su conquista. Frente a ellos, frente a los indignos lacayos de la antipatria, estaba la dignidad del pueblo y su fe inquebrantable, plasmadas en el grito de una voluntad resuelta al sacrificio y al combate, concretas y combativas en el grito que ya es de toda América: Patria o Muerte, venceremos.
A ese pueblo -decíamos hoy hace justamente quince días- no podrán derrotarlo los de Miami; no podrán derrotarlo las mentiras y las calumnias de esa prensa «incorruptible» que aunque al público se venda en centavos, antes de llegar al público ya está vendida en dólares; a ese pueblo, no podrán derrotarlo desde la calle Bucareli, desde las oficinas de «Visión», desde los teletipos de la AP y de la UPI; a ese pueblo no podrán derrotarlo los argumentos de Washington ni los razonamientos de Wall Street. Porque ese pueblo está armado y quiere defenderse; porque con ese pueblo, defendiéndole a él y defendiéndose ellos mismos, están todos los pueblos de América, todos los pueblos del mundo, todos los que aman el progreso y la paz, porque la causa de Cuba es una noble causa de la humanidad.
Y en quince días, a un doloroso precio, al precio de muchas vidas y al precio de mucha sangre criminalmente derramada por las maquinaciones caritativas y piadosas del imperialismo; en quince días -no nosotros que por decir la verdad fuimos insultados e injuriados por la prensa, no nosotros- el pueblo cubano se ha encargado de demostrar al mundo quien tenía la razón, quien se escudaba en la mentira y quien proclamaba la verdad.
A esa verdad venimos hoy a rendir homenaje. Y a ese pueblo y a ese hombre que con su pueblo y con su verdad ha sido capaz de repetir la hazaña de. David, a ese gran caudillo de la dignidad americana, que es el comandante Fidel Castro, A ese David del heroísmo rendimos homenaje, mientras el Goliath de la intervención arde de impotencia y de vergüenza.
En estos quince días -insistimos- ha podido demostrarse quien tenía la razón y quien decía la verdad. ¿Quién? ¿Fidel Castro cuando denunciaba la inminente invasión y armaba a su pueblo? ¿Fidel Castro que era acusado de alarmista y mentiroso por la prensa incorruptible? ¿o el señor Kennedy, persona respetable y decente, que declaraba y prometía que no intervendrían los Estados Unidos cuando los Estados Unidos ya habían intervenido? ¿Quién decía la verdad? ¿El pueblo cubano cuando gritaba Patria o Muerte y gritaba Cuba sí, yanquis no, y lo cumplía? ¿o los señores de Miami cuando anunciaban estruendosamente que el pueblo cubano se sublevaba en masa contra la Revolución? ¿Quién decía la verdad, el campesino cuando declaraba que lucharía y luchó, que moriría si fuera necesario y murió, o los señores de Miami que heroicamente, valerosamente, se quedaron en Miami? ¿Quién era el patriota? ¿Fidel, al frente de su pueblo, en la primera línea de combate, o Miró Cardona, embarcando a su gente y quedándose en tierra, en un vini, vidi, vinci, pero al revés: se quedó miró y perdió? ¿Quién tenía razón? ¿El canciller Raúl Roa mostrando las pruebas de un avión norteamericano y un piloto norteamericano derribados, o el señor Stevenson negando la participación de los Estados Unidos, mientras todo el apoyo norteamericano respaldaba las operaciones de desembarco? Dos guerras distintas se hacían: una, de verdad, peleando, muriendo, defendiendo la integridad de una Patria; otra, inventando mentiras, ocupando provincias y ciudades desde los escritorios y desde los micrófonos, en los flashes urgentes, en las primeras planas, en partes de guerra expedidos por los estados mayores de la prensa y la radio.
Horas de gran tensión dramática hemos vivido, ha vivido el mundo, mientras el pueblo cubano -heroico una y mil veces- conmovía a la humanidad con su lucha y con su ejemplo. Alto ha sido el precio, pero solo así es posible conquistar las victorias. Esto es lo que tenemos que agradecerle todos a Cuba, a su Revolución y a su Gobierno.
Esto que es una victoria de todos los pueblos de la tierra. Y hemos de agradecerle, que haya sido su voz la que lograra movilizar en horas la triunfante solidaridad de las fuerzas pacifistas de todos los continentes. Por Cuba, sabemos hoy que la doctrina de la paz no sólo es más justa y más noble, sino también más poderosa -inmensamente más poderosa- que la teoría de la agresión y de la guerra. Por Cuba, sabemos hoy que ya nunca más nuestra América tendrá que sentir el dolor y la afrenta que sintió al ser atropellada Guatemala. Por Cuba, sabemos hoy, que la lucha de un pueblo quiera o no quiera Monroe, es una lucha total y universal, una lucha del género humano.
Por Cuba, sabemos hoy que existe una conciencia americana, continental, unitaria, cohesionada, de lucha antiimperialista; la que quedó definida en el programa y en las resoluciones de la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz y que apenas a un mes de distancia ha podido demostrarse que no era una actitud oratoria y romántica, sino una fuerza dinámica y organizada para actuar; para actuar como han actuado todos los pueblos del continente, en cada capital ,en cada estado, en cada ciudad; como ha actuado en la movilización de millones de trabajadores, en la actitud del Gobierno de México, fiel a la doctrina de la no intervención y a nuestra trayectoria de pueblo amante de la autodeterminación y de la paz; en la actitud de los intelectuales y los estudiantes y en el gesto ejemplar, valiente, gallardo, de un insigne patriota, de un campeón de la lucha por la paz, como es para orgullo de México, el general Lázaro Cárdenas.
A ellos, a los agresores, les urge ahora hacer un sereno balance, un detenido examen de su falsa doctrina y su torpe política. Porque han de darse cuenta que se han jugado su prestigio a una carta. Y lo han perdido. ¿Y qué han ganado, en cambio? ¿qué hubieran podido ganar en la aventura, más que una corriente de odio, de malestar, una unánime reacción de protesta en contra de ellos mismos?
Porque no somos nosotros, quede bien claro, no son las fuerzas de la paz, las que han desatado la tormenta; son ellos mismos. Que a nadie hagan responsable de sus propios desaciertos y errores del fracaso de sus tropas aventureras. Son sus propias manos las que han ensuciado los letreros de sus oficinas consulares y no son sólo dos o tres las letras sucias, son todas. Y ya lo estaban desde que nos robaron a los mexicanos la mitad del territorio nacional, ya lo estaban desde que asesinaron a Sandino en Nicaragua, desde que atropellaron cobardemente a Guatemala, desde que bombardearon Hiroshima. Y esa mancha por desgracia, la hacen caer sobre su propio pueblo, al que nosotros sentimos como hermano; la hacen caer sobre sus millones de negros discriminados, que son nuestros hermanos; sobre los millones de obreros y de campesinos que son nuestros hermanos. La hacen caer ellos, la hacen caer el Departamento de Estado y el FBI y Wall Street, porque ellos son los verdaderos enemigos del pueblo de los Estados Unidos, no nosotros.
Hemos venido, compañeros, a expresar nuestra alegría, nuestro entusiasmo por la heroica victoria del pueblo de Cuba. Algo he de pedirles al hacer el breve resumen de este acto: que ni la alegría ni el entusiasmo se deformen en actitudes negativas. Porque de esta victoria hemos de sacar la inspiración definitiva, el impulso necesario para otras muchas victorias, hasta el triunfo definitivo de los más altos y limpios ideales de América.
Adelante, pues, en esa lucha, contra todas las provocaciones, por los caminos de la unidad y del esfuerzo constructivo, de la fraternidad americana y universal, de la soberanía, de la emancipación y de la paz.