Cuba no es una isla

Sol Arguedas

Boletín de la información de la embajada de Cuba, No. 9, 1962.

DEL CAPÍTULO «LOS AGRESORES»

¿POR QUE no estalla el júbilo popular, ruidosa y cubanamente manifestado, a raíz del aplastante triunfo?

Hay confianza, sí; pero cautelosa, ¿se tragarán la derrota los yanquis?

Crecen, en cambio, la rabia y el dolor por los muertos y los heridos: sólo en un país pequeño se puede hablar del pueblo como una gran familia.

La alegría renace, sin embargo, lentamente, en los preparativos para conmemorar el 1o. de mayo.

Ni el Presidente Dorticós ni el Primer Ministro Castro han dado instrucciones al respecto, más una tácita y general consigna es evidente: se frenará la alegría, se detendrá el júbilo por el triunfo, y se le permitirá estallar el 1o. de mayo si no sucede otra cosa antes.

No sucedió nada hasta entonces y ¡cómo estalló la celebración del triunfo!

1o. de mayo de 1961: los que estuvimos allí no olvidaremos nunca esa fecha.

Vimos a un pueblo madurando aprisa en dolores y alegrías, en esfuerzos y en conquistas, celebrando el hecho de sentirse vivo.

¡Es preciso aplastar a Cuba!, leo y escucho constantemente en este otro mundo en el que habito. Y me acuerdo de las antiguas sirvientas y humildes obreras y campesinas sobre sus cuadernos y libros, tal como las vi en los internados de la escuela «Mariana Grajales», estudiando para sus exámenes de Psicología, de Geografía económica, de Lenguaje, de Historia y de artes manuales preparándose para ser cuidadoras en los nuevos círculos infantiles.

Me acuerdo de los niños y adultos negros y pobres pavoneándose orgullosos en los antes aristocráticos clubes exclusivos, y gozando de playas y piscinas. Me acuerdo de la conmovedora solemnidad de muchachos y muchachas adolescentes, discutiendo teorías políticas y económicas. Y de la honestidad y total entrega a su pueblo de los ministros. Del necesario acopio de paciencia ante el desesperante desorden de algunas oficinas en donde se improvisan técnicos a partir de la voluntad, el tesón y la inteligencia para serlo, en afán de cubrir pronto los puestos de quienes han huido. Me acuerdo de las cabezas blancas de viejos luchadores a quienes han renacido bríos, todavía atónitos ante un éxito que no alcanzaron miles y miles de héroes antes que ellos caídos. Y me acuerdo del 1o. de mayo con su increíble estallido jubiloso de banderas de todos los países del mundo bajo el cielo de Cuba.

Me acuerdo de todo eso… Oigo: ¡Es preciso aplastar a Cuba!… y se me encoge algo por dentro y se me anuda la garganta. Aplastar a Cuba sería como golpear a un niño; destrozarle el corazón a una muchacha enamorada, o negarle la paz y el pan a un viejo. Como quitarnos a todos la esperanza.

No fue sino hasta después del 1o. de mayo cuando yo también acepté plenamente, dentro de mí misma, el triunfo. Lo noté en el renacimiento de mi antiguos sentido crítico y objetividad frente a la Revolución cubana, abandonando la actitud de apasionada entrega a ella en los días de peligro inmediato.

[Del libro Cuba no es una isla. Ediciones ERA, Colección «Ancho Mundo», nº 6. México, D. F. 1961]