Quince años de la Revolución Cubana

Arnoldo Martínez Verdugo

México y Cuba: dos pueblos en la historia, México, Centro de Investigaciones Científicas Jorge L. Tamayo, México, 1982.

Se han cumplido 15 años del derrocamiento de la dictadura de Batista y del triunfo de la primera revolución democrática y antimperialista del continente americano, que se transforma rápidamente en revolución socialista. La revolución cubana fue la respuesta histórica a las inquietudes y vacilaciones que se presentaban ante los revolucionarios latinoamericanos después del aplastamiento o la degeneración de los procesos revolucionarios posteriores a la Segunda Guerra Mundial (Guatemala, Bolivia) y del consenso prevaleciente sobre la impotencia y la limitación histórica del reformismo y el nacionalismo burgueses en que devinieron la Revolución Mexicana y otros movimientos similares en el continente.

Su proyección latinoamericana y mundial se explica porque, al triunfar en el periodo en que había cambiado la correlación de fuerzas entre el capitalismo y el socialismo a escala mundial, puso de relieve lo nuevo que había aparecido en la lucha de clases y que conducía a plantear de un modo radicalmente distinto las perspectivas del movimiento revolucionario en América Latina y en el mundo.

La victoria de la Revolución Cubana llenó de entusiasmo a las masas y las impulsó a seguir el ejemplo cubano porque demostraba la posibilidad de vencer al imperialismo y a sus testaferros internos en lo que antes se consideraba el traspatio norteamericano. Y esta posibilidad surgió como resultado de la victoria de la Unión Soviética y de los pueblos en la Segunda Guerra Mundial, del triunfo de la revolución china y de la formación de otros regímenes socialistas en Europa y Asia. El imperialismo había dejado de ser la fuerza determinante en el mundo, y frente a él se levantaba el sistema socialista mundial.

Pero las revoluciones no las generan las situaciones internacionales, ni una vez iniciadas las garantiza ninguna fuerza exterior. Surgen y se desarrollan objetivamente, y su victoria depende de la existencia de una vanguardia que sepa utilizar las leyes de la lucha de clases y ponga al servicio de la revolución todos los factores internos e internacionales que le sean favorables.

La experiencia cubana es irrepetible. Pero ninguna otra revolución latinoamericana triunfará si no toma en cuenta los aportes, las enseñanzas, del proceso revolucionario cubano. Aquí abordamos sólo algunos rasgos evidentes de lo que para nosotros significa el curso de la lucha revolucionaria en Cuba.

Entre sus méritos imperecederos la Revolución Cubana tiene el de haber echado por tierra numerosos mitos que se convertían en trabas paralizantes cuando calaban entre las masas. Uno de ellos era el de la imposibilidad de construir el socialismo en cualquier país latinoamericano antes del triunfo de la revolución en los Estados Unidos.

La victoria de los revolucionarios cubanos demostró que el socialismo no sólo no es ninguna utopía ultraizquierdista en nuestro continente, sino que se ha constituido en la única alternativa verdadera al sistema del capitalismo dependiente, con su secuela de atraso económico-social y de miseria para las grandes masas de la población. Y aunque todavía circulan no pocas teorías y programas que defienden la modernización del capitalismo y aspiran a un mítico Estado nacional dentro de los marcos del capitalismo, cada vez más arraiga la convicción entre los trabajadores del subcontinente de que romper con la dependencia y el atraso sólo puede lograrlo un régimen que acabe con la explotación y utilice las ventajas que representa la existencia de un sistema socialista mundial en desarrollo.

Otros de los mitos venerados del reformismo latinoamericano que hizo añicos la hazaña de los revolucionarios cubanos es el que atribuía —y sigue atribuyendo— un papel revolucionario a la llamada burguesía nacional, a la burguesía latinoamericana y a sus partidos o agrupamientos políticos.

El curso de la lucha emancipadora del pueblo de Cuba por su independencia y soberanía nacionales, contra la tiranía y el despotismo de las clases dominantes, mostró que toda auténtica lucha contra el imperialismo y el atraso está estrechamente li-gada, en las condiciones de la América Latina de hoy, con la lucha anticapitalista de los obreros y de las masas explotadas por el sistema, y se funde con la lucha por el socialismo. Al ser esto así, la burguesía no puede contar entre las fuerzas impulsoras de la revolución; no puede ir más allá de donde ha ido: el reformismo y la contención de los movimientos populares.

Pero la experiencia cubana enseña también que las condiciones de América Latina, con el gran peso de la pequeña burguesía en la vida económica y social, permiten al proletariado contar con un aliado poderoso, que en el plano político definimos como democracia revolucionaria, cuyos representantes está demostrado que pueden marchar en estrecha alianza con la clase obrera, no sólo en la fase de la lucha antiimperialista y democrática, sino incluso en la fase socialista de la revolución. Este aliado —los campesinos y la pequeña burguesía urbana— no pocas veces fue subestimado en aras de la alianza con la burguesía nacional.

La revolución cubana confirmó de nuevo, esta vez en el marco latinoamericano, la experiencia histórica de todas las revoluciones, triunfantes o derrotadas, que sintetiza el marxismo-leninismo. Y es indudable que en esto reside una de las enseñanzas fundamentales de la experiencia cubana para todo movimiento que aspire a la victoria sobre el imperialismo y sus agentes internos.

Todo su curso fue una confirmación de la conclusión de Marx y de Lenin acerca de que «una vez comenzada la insurrección armada»

Demostró que, para poder consolidarse, la revolución debe eliminar toda ilusión en la legalidad y la constitucionalidad creadas por la clase dominante; que no puede abrigar la más mínima confianza en la neutralidad del aparato estatal creado por ella, sino que debe «barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces» contra la clase obrera y el pueblo. Y que, en lugar, de «la fe supersticiosa en el Estado» (Engels), la revolución debe confiar en sus propias fuerzas, en la solidaridad de los revolucionarios de los demás países, y hoy, de manera específica, en la del sistema socialista mundial, cuyo poderío es capaz de detener la exportación de la contrarrevolución por el imperialismo.

El primero de enero de 1959 se abrió una nueva etapa, no sólo en la historia del pueblo de Cuba, sino en el proceso revolucionario de América Latina. Esta etapa corresponde al despliegue de las revoluciones que unen en un todo orgánico la solución de las tareas democráticas generales con las transformaciones socialistas.

La victoria o el fracaso de estas revoluciones no están de ninguna manera desligados, como lo prueban los hechos, de la actitud que se mantenga ante la experiencia histórica que la revolución cubana nos ha entregado como su legado más valioso.

Oposición, enero 1974.

Arnoldo Martínez Verdugo. Crisis política y alternativa comunista, Ed. de Cultura Popular, México, 1979, págs. 245-247.