Mario Rivera Ortiz
La tecla indómita, No. 10, junio de 1999, pp. 18-27
El presente ensayo inicia una discusión teórica sobre el carácter de la revolución cubana y sus fuerzas motrices. Esperamos convocar a las mejores plumas dentro del marxismo y la izquierda revolucionaria. El doctor Mario Rivera Ortiz es un militante comunista desde la década de los 40.
Suelen decir algunos historiadores y politólogos que la Revolución Cubana es un proceso que no se ajusta a ninguno de los esquemas clásicos conocidos; que es una excepción heterodoxa de la teoría marxista-leninista, en suma, que se trata de un proceso «inédito» en el devenir histórico universal. Y estos calificativos aparentemente exagerados, son en el fondo justos puesto que, recordemos, las revoluciones sociales sólo se producen en sociedades concretas históricamente determinadas y, por lo tanto, no pueden ser caracterizadas a través de fórmulas simples y generales
Vicente Lombardo Toledano, Marta Harneker, Marco Winocour, Adolfo Sánchez Vázquez, Kiva Maidánik, entre otros estudiosos de la Revolución Cubana, señalan las diferencias y similitudes de este proceso con el socialismo real y con las revoluciones democrático-burguesas clásicas, concluyendo que la experiencia cubana superó a todas las anteriores gracias a sus particularidades y diferencias, más aún, hay quienes aseguran que su supervivencia al colapso del socialismo europeo se debe específicamente a esas peculiaridades. Examinemos pues, aunque sea brevemente tales opiniones y confrontémoslas con las nuestras. Adolfo Sánchez Vázquez define a la Revolución Cubana como una revolución popular, nacional-liberadora y antiimperialista que evoluciona hasta formas económicas y políticas anticapitalistas, básicamente estatistas, en las que supuestamente no existe un periodo socialista propiamente dicho Sánchez Vázquez afirma también, que la única fuerza política dirigente de esa revolución estuvo constituida por el M-26 «que se nutría de los sectores radicales del estudiantado y de la pequeña burguesía» y no considera para nada a la clase obrera cubana y mucho menos al Partido Socialista Popular (PSP). Sugiere asimismo, que el avance de la Revolución Cubana hacia posiciones anticapitalistas se debió exclusivamente a las presiones imperialistas y al trasplante mecánico de la experiencia soviética a Cuba. Dicho autor califica, además, la influencia del socialismo real sobre la revolución como algo absolutamente negativo.
Marta Harneker, por el contrario, afirma que la Revolución Cubana desde sus inicios fue una revolución socialista por su contenido económico-social y por su conducción proletaria. Admite, sin embargo, la sucesión de dos fases más o menos bien delimitadas: una fase democrático-popular y otra final de liberación nacional antiimperialista y socialista. La autora hace un estudio minucioso y profundo de las fuerzas motrices de la revolución y de la correlación de clases sociales que se privaba en Cuba en los años cincuenta y a principios de los sesenta; sin embargo, cuando examina el proceso revolucionario, sobreestima el papel que jugó el factor subjetivo en la persona de Fidel. Según Harneker, toda esta historia, desde el asalto al Cuartel Moncada hasta la proclamación socialista, estaba ya preconcebida en la mente de Fidel, y esto, independientemente de que tenga algo de verdad, relega a los factores objetivos a un plano totalmente secundario.
Vicente Lombardo Toledano, uno de los intelectuales mexicanos que más tempranamente caracterizaron la Revolución Cubana, decía que ésta era una revolución antimperialista, antifeudal y democrática que salía de los marcos de las revoluciones democrático-burguesas de los países subdesarrollados, porque puso en práctica medidas que destruían algunas de las formas del sistema capitalista de producción y caminaba hacia el socialismo como meta final. Lombardo refutaba a quienes negaban la participación de la clase obrera y los comunistas en la Revolución Cubana y sostenía que Julio Antonio Mella y el PSP habían realizado su preparación programática; salía al paso, también, de quienes afirmaban que el partido político revolucionario era innecesario y que bastaba la existencia de un pequeño grupo de intelectuales jóvenes de ideas avanzadas y resueltas para lograr el cambio revolucionario. Lombardo Toledano, a diferencia de Sánchez Vázquez, valoraba positivamente la influencia del campo socialista y decía que si no hubiese existido éste, en enero de 1959, la Revolución Cubana habría concluido como el levantamiento maderista, sólo con el derrocamiento de la dictadura, pero sin ninguna modificación en el campo de las reivindicaciones económicas y sociales de las masas. Lombardo Toledano quizá exageraba, pero definitivamente estamos de acuerdo con él, en que sin dicho factor la Revolución Cubana jamás hubiese rebasado el marco de las revoluciones burguesas campesinas. Para Lombardo las revoluciones de liberación nacional, en la época y en las condiciones que prevalecían cuando esto escribió (1961), debían transitar inevitablemente hacia el socialismo, si realmente eran movimientos triunfantes.
A este respecto, el mismo autor, ya decía en su propuesta para convertir el Partido Popular en Partido Popular Socialista, en agosto de 1960, que la correlación de fuerzas internacionales en ese momento no favorecía al imperialismo y que en tal contexto «ningún pueblo de los que logran su libertad política o entran en el periodo de industrialización quieren seguir el proceso por el que pasó la burguesía de los siglos XVII y XVIII… Todos aspiran a saltar de las formas y de las instituciones sociales del desarrollo capitalista al socialismo».
Sobre la presencia decisiva de la clase obrera en el proceso cubano, Fidel Castro ha sido sumamente claro cuando afirma categóricamente que el triunfo de la revolución no fue obra sólo del Movimiento 26 de Julio (M-26): «El Partido marxista-leninista, que agrupaba a lo mejor de la clase obrera, pagó un elevado tributo de sangre, entregando la vida de muchos de sus hijos” y el V Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el documento titulado El Partido de la Unidad, la Democracia y los Derechos Humanos que Defendemos, señala que: «El primer partido marxista-leninista (PSP) se dedicó a divulgar las ideas del socialismo científico, fomentando la formación de sindicatos clásicos y dirigiéndolos en una lucha incesante, así como a organizar al pueblo en el combate por la liberación nacional y social”.
Para nosotros la Revolución Cubana ha sucedido cuando menos por cuatro fases más o menos bien diferenciadas. En la primera se logra básicamente el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista, la reconquista de los derechos ciudadanos, la reimplantación de la Constitución democrático-burguesa de 1940, la abolición de las bases estructurales del racismo, la plena independencia nacional e importantes reivindicaciones económicas y sociales de las masas; termina con el gobierno provisional pequeñoburgués temeroso del poder del Norte de Manuel Urrutia, en junio de 1959. En la segunda fase se consuman las nacionalizaciones democráticas de los grandes latifundios y el resto de los monopolios cubanos y extranjeros y se ponen bajo el control y al servicio de todo el pueblo. Al principio de esta etapa, en la que se vive el apogeo de la revolución, se registra la huelga general que depuso al gobierno provisional y la proclamación del carácter socialista de la revolución y se consolida el nuevo Estado revolucionario constructor del socialismo. Transcurre desde mediados de 1959 hasta fines de 1967.
Luego viene una larga etapa en la que se lucha por crear y afianzar las bases económicas y sociales del nuevo régimen y para internacionalizar el movimiento de liberación nacional: 1962-1988
Finalmente, la cuarta fase, llamada período especial, 1990-1999, de supervivencia, impuesta por el cerco capitalista y el derrumbe del campo socialista, durante la cual, después de profundos ajustes económicos y reformas de mercado de tipo capitalista, la revolución y específicamente su perspectiva socialista entra en un proceso crítico de vida o muerte.
A través de estos cuatro episodios, la Revolución Cubana transitó de una etapa democrático-popular a otra de liberación nacional antiimperialista, que podríamos llamar con toda propiedad democrático-burguesa, y de ésta a la etapa de la construcción del socialismo. El estudio de la época en que aparece y se desarrolla la Revolución Cubana nos hizo descubrir que la irreversibilidad de las revoluciones socialistas no existe, como llegó a creerlo José Revueltas, y también que, dentro de esta época coexistieron varios tipos de revoluciones «inacabadas» y revueltas «inéditas», ni hablar de restauraciones pacíficas, como las que ocurrieron en algunos países ex socialistas
Las fuerzas motrices de la Revolución Cubana fueron las mismas en sus fases ascendentes y en su apogeo, con variaciones cualitativas sensibles en cada etapa. El estudiantado radical, el campesino, la intelectualidad, la pequeña burguesía urbana, la clase obrera y la burguesía nacional, fueron las fuerzas fundamentales. La burguesía estuvo presente y sus intenciones capituladoras, antes y durante el gobierno de Manuel Urrutia, en la primera fase de la revolución, pero al fracasar sus maniobras mediatizadoras abandonó el escenario político y echó pie a Miami para recomponerse y fortalecer sus viejos lazos de dependencia con la metrópoli imperial.
En Cuba, es verdad, no se puede hablar como en Rusia, desde febrero de 1917, de una revolución proletaria, porque el proletariado cubano físicamente no fue la fuerza mayoritaria ni más activa del «bloque popular» que impulsó la revolución; pero negar su presencia política e ideológica en ella es un severo error que puede deformar cualquier intento de caracterización del proceso.
Las pruebas de la hegemonía del proletariado en la revolución están en la concepción estratégica de la dirección del Ejército Rebelde y el tronco común, en la formación del Frente Obrero Nacional Unido (FONU) y sus tempranas propuestas anticapitalistas (1958) y, como afirma acertadamente Winocour, en las huelgas generales políticas de 1955, 1957 y 1959. Carlos Rafael Rodríguez dice a este respecto: «la hegemonía del proletariado quiere decir que los intereses y las ideas del proletariado se imponen en el proceso revolucionario y sean expresadas por la dirección del proceso como las ideas y el programa fundamentales.»
Es evidente, sin embargo, el gran peso que tuvo en la revolución la enorme masa pequeñoburguesa y la intelectualidad cubana, como una característica común a todos los movimientos de liberación nacional, pero fue precisamente de estos estratos sociales de los que se desprendió y se diferenció ideológicamente la más alta dirigencia de la Revolución Cubana, que desde las etapas más tempranas actuó con un criterio proletario.
Entre los factores externos que impulsaron la Revolución Cubana hay que destacar la existencia del campo socialista que, con su apoyo la viabilidad económica, política y militar dio lugar a las movilizaciones populares en ciudades y montañas del planeta. La solidaridad que le brindó fue la intelectualidad comunista y demócrata, y muy particularmente, la burguesía mexicana en conjunto.
Pruebas de la solidaridad del socialismo real con su Revolución Cubana son muchas, son innumerables, pero vamos a destacar únicamente dos: el convenio azucarero que creó un mercado de 4 millones de toneladas de Azúcar para Cuba, a un precio superior al del mercado mundial y el firme apoyo militar otorgado al gobierno revolucionario durante la crisis de octubre de 1962.
Y en cuanto a la burguesía mexicana, y exclusivamente debido a sus intereses nacionales de clase, hay que destacar como botón de muestra el solitario rechazo del gobierno de López Mateos a la consignación excluyente de Punta del Este y su clara y categórica declaración por la No Intervención, al iniciarse la invasión mercenaria de Bahía de Cochinos en 1961.
Tratar de caracterizar una revolución es un problema de alta complejidad teórica y la Revolución Cubana no es de las más sencillas. La tarea exige amplios conocimientos y gran responsabilidad política, porque una tesis científicamente demostrada podría no solo deformar la verdad histórica, sino destruir los planes estratégicos concretos de las futuras revoluciones, por lo que hay que discriminar cuidadosamente cada juicio, cada hipótesis y cada conclusión que se haga sobre este particular, venga de dónde venga.
Nos preocupan algunas afirmaciones de Sánchez Vázquez, asentadas en el trabajo citado: «Hay una revolución cubana, después de la victoria, en sus primeros años, un desencuentro con el marxismo que dominaba en Cuba y, en general, en los países de América Latina, que no había asimilado la lección de Mariátegui al reivindicar lo nacional-popular y articular en torno a esta reivindicación, un bloque de fuerzas populares.» Para nosotros el concepto de desencuentro no puede sostenerse a la luz de la propuesta estratégica general que hicieron los comunistas de ese entonces. La Declaración de la Conferencia Mundial de representantes de los Partidos Comunistas y Obreros de los Países Socialistas, celebrada en noviembre de 1957 en Moscú -en la que estuvo representado el PSP-, lo demuestra plenamente. Tal documento recomendaba las revoluciones de liberación nacional como vía al socialismo para todos los países del Tercer Mundo y sugería como instrumento táctico, el frente único antiimperialista y antifeudal, de obreros, campesinos, pequeña burguesía urbana, burguesía nacional y otras fuerzas democráticas. Tal Declaración coincidía con las propuestas del PSP publicadas en la época de la guerra revolucionaria: el Frente único de la Patria, y la República Mambí democrático-popular, soberana y progresista, por ejemplo, y con el contenido de las cinco leyes revolucionarias dictadas por Fidel Castro en su autodefensa ante el Tribunal de Urgencias (julio de 1953). Es fácil comprobar en todos estos proyectos, con sus diferencias de matiz, como encajan perfectamente en los programas de todos los movimientos de liberación nacional de esa época auspiciadas o no por los comunistas. Por ello es inexacto hablar de desencuentro entre el comunismo cubano y el proyecto del M-26, cuando lo que hubo realmente fue una verdadera fusión de ideas y fuerzas sociales revolucionarias. Hubo diferencias temporales entre los comunistas cubanos y el M-26, hasta principios de 1958, en lo relativo a la vía revolucionaria a seguir, mas no sobre el programa revolucionario inmediato.
Si cabe una crítica a los partidos comunistas sería más bien porque no hicieron lo suficiente para aprovechar la oportunidad que les brindó la gran victoria sobre el nazifascismo para pulverizar el cerco capitalista de una vez por todas y mundializar el socialismo. Debería, también, cuestionarse a Nikita Jruschov y a sus herederos reformistas, por haber impuesto al movimiento comunista internacional la línea de la coexistencia pacífica, la vía pacífica al socialismo y las tesis ya mencionadas de la Conferencia de Moscú, que indudablemente obstruyó el despliegue de una revolución proletaria en los países y regiones donde ya estaban maduras las condiciones para ello. De otra parte, no debería soslayarse la crítica constructiva a las derrotas y capitulaciones de numerosos frentes democrático-nacionalistas, bloques populistas, «focos» guerrilleros, «movimientos» estudiantiles y revueltas indígenas y campesinas, formas de lucha «apartidistas» que se multiplicaron en el mundo luego del triunfo de la Revolución Cubana.
Adolfo Sánchez Vázquez habla, también, de un efecto ambivalente de la Revolución Cubana entre los marxistas de esa época: «de entusiasmo entre los jóvenes y de cautela entre los viejos». Nosotros pensamos que tal división biológica de la actitud de los comunistas es muy arbitraria y se basa en observaciones anecdóticas que pasa por altos hechos históricos masivos, tal y como fue la actuación consecuente del PSP en su conjunto frente a la revolución. Cierto que hubo sectarismo y deserciones en todas las raíces del tronco común, pero al final dichos problemas se superaron y se impuso la voluntad unitaria. Y este fenómeno que también es típico de la Revolución Cubana no puede negarse ni minimizarse.
Ahora bien, en efecto, la Revolución Cubana siguiendo su propio camino ha llegado hasta donde pudo llegar. El férreo cerco capitalista que rodea a Cuba, el desplome de la Unión Soviética y la inmadurez universal de la clase obrera, han impedido que se desarrolle plenamente el socialismo cubano, pero eso no quiere decir que no se haya avanzado mucho por el buen camino. Negar la profundidad y grandeza de la Revolución Cubana, suceda lo que suceda hoy o mañana, es una mueca ridícula de filisteos y hablar, como lo hacen los representantes literarios de la pequeña burguesía reaccionaria, de «reencontrar» el camino de esa revolución fuera del socialismo y dentro del nacionalismo pequeñoburgués, aunque se le apellidara «popular» y «martiano», sólo es una manera de tratar de contrabandear la restauración capitalista a cuenta de superar el «marxismo esclerosado».
El socialismo real, y la Revolución Cubana, con todos sus errores, jamás negaron el núcleo ideológico originario y fundamental del socialismo marxista, simplemente llegaron hasta donde las condiciones históricas se los permitieron, como sucedió antes con la Comuna de París. Su dinámica fue y es producto de las leyes que rigen el desarrollo social en la época llamada de las revoluciones socialistas, que como todas las épocas históricas que la precedieron, no es homogénea ni está exenta de contradicciones y retrocesos
Claro, después de lo ocurrido en Europa del Este, suele hacerse a posteriori una crítica derechista y destructiva de la Revolución Cubana, como la hicieron los restauradores después de la Convención de Viena de 1815 contra la Revolución Francesa y, posteriormente, contra la Comuna de París. El desplome del campo socialista brindó a los intelectuales honestos una magnífica oportunidad para hacer una crítica científica y positiva de ese fracaso, pero también fue la oportunidad de oro para que regresaran los populistas, los anarquistas, los onegeneros, los libertarios y todo género de gente confundida y oportunista, a tratar de enturbiar conceptos marxista-leninistas fundamentales como son el potencial revolucionario del proletariado, la importancia y necesidad del partido de vanguardia, la perspectiva de una gran revolución social globalizada y, como colofón inevitable, volvieron a recetar la democracia burguesa con todas sus consecuencias.
Ciertamente que la Revolución Cubana debe salir del período especial lo antes posible, y avanzar hacia la realización plena del socialismo. Ello es de vital interés para toda la humanidad, pero es oportuno advertir que esa gran tarea está vinculada estrechamente a la lucha del proletariado internacional obviamente no corresponde sólo al heroico pueblo cubano.