La derecha extrema no es la única imagen decisiva
Uno de los debates más importantes que tenemos por abordar en los tiempos que corren es el regreso de una derecha política organizada. En Estados Unidos con el MAGA y el trumpismo, así como la mayor injerencia en las latitudes latinoamericanas (con el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela, el acoso permanente del bloqueo en Cuba, la intromisión imperialista en las elecciones de Colombia para el triunfo de la derecha más rancia y paramilitar, el triunfo de Keiko Fujimoro en Perú, así como los planes esclavistas realizados por Javier Milei en Argentina) son fenómenos que debemos pensar y repensar para evitar mayores tragedias políticas para los subalternos de nuestros países. Sumado al genocidio de Palestina, más el virtual re acomodo imperialista sionista en la región, se ha fortalecido un discurso de retroceso de nuestros derechos más básicos (vivienda, trabajo digno, derechos reproductivos, de identidad sexo genérica) con presencia en medios de comunicación: de hecho el discurso “libertario” y de derechas gana peso en el debate político.
Parece que el Siglo XXI marcado por la crisis de 2008 (la caída de Lehman Brothers), las revueltas árabes (con la caída de Mubarak en Egipto y Ben Alí en Túnez) ahora simbólicamente tiene nuevos signos: hoy en revistas especializadas se debate el regreso de los fascismos y de los genocidios. Estamos en una crisis de grandes magnitudes: una crisis multidimensional, climática, económica, de subjetividad política, de acumulación. Resulta claro que las actuales coordenadas militaristas (tanto en Ucrania, como la ofensiva de Trump en Irán, así como los ataques infames en Palestina histórica) muestran una decadencia civilizatoria difícil de no mirar: vaya en el estrecho de Ormuz la administración Trump parece que busca obtener el control de combustibles fósiles finitos, se pelean por lo que (ellos saben) ya no hay: petróleo. Parece el regreso de un tipo de “fascismo” o por lo menos el espectro de dicho movimiento político puede mirarse en tiempo real en las redes sociales, usa algoritmos y nos persiguen en cadenas de whatsapps y en nuestro scroll de Instagram y Facebook.
Y es que la imagen de ICE en Estados Unidos cazando migrantes, la foto de Javier Milei con motosierra en mano en conferencia de prensa, las palabras de Abelardo Espriella con desparpajo explicando que el sería un paramilitar de verdad matando zurdos, las fotos de los penales gigantes de Nayib Bukele en El Salvador hacen pensar a más de uno que los tiempos que corren son los del invierno. Y si quisieramos podemos ser aún más pesimistas. Pero, se trata de pensar dialécticamente. Parece un escenario desolador, sí. Pero también existen poderosas postales de la resistencia. Las hermosas muestras de solidaridad a la Global Summud Flotilla, las protestas contra ICE en Minessota, la huelga minera en Bolivia contra Rodrigo Paz y el movimiento obrero italiano de Blocchiammo tutto muestran la fortaleza de la resistencia.
- Blocchiammo tutto: un cuarto momento histórico nacional
La clase obrera italiana tiene una fuerte tradición de lucha. Tres acontecimientos marcan la historia proletaria nacional del siglo XX: las ocupaciones de fábrica en Turín, el Biennio Rosso, de los veinte teorizadas por Antonio Gramsci, las huelgas obreras de la década de los cuarenta contra el fascismo y el otoño caliente italiano de los años sesenta que derivó en la obra del operaismo, los Quaderni Rossi y en la reflexión teórica de Raniero Panzieri y Mario Tronti. Esta tradición tiene tres palabras claves: ocupar, decidir en consejo y autonomía. En el presente siglo XXI el Colectivo Autónomo de Trabajadores Portuarios (CALP) de Génova y de la Unión Sindical de Base (USB) agregó al vocabulario un nuevo vocablo: bloquear.
Las movilizaciones de Italia de 2025, en datos, marcan un cuarto momento. La huelga general convocada el 22 de septiembre y después el 3 de octubre lograron un acatamiento poderoso en solidaridad con la Global Sumud Flotilla y lograron la participación de cerca de dos millones de personas en más de 80 ciudades con una fuerte presencia en la juventud. La fortaleza de los obreros estibadores y portuarios en la costa italiana de Genova, Livorno, Nápoles y Salerno, expusieron la demanda de “el genocidio empieza aquí y bloqueamos todo” como una estrategia de lucha contra el gobierno de Giorgia Meloni uno de los principales aliados al gobierno sionista de Israel.
Los portuarios de Génova fueron los artífices de la consigna que emocionó a Italia y al mundo: las acciones previas de septiembre de bloquear el envío de armas en apoyo a la flotilla despertó un ambiente nacional de reivindicación de la consigna de huelga general como método de lucha para detener puertos, autopistas, estaciones, universidades, radios, fábricas, las ciudades y plazas. Tres fueron los principales méritos del movimiento. Primero, logró desafiar las leyes marciales impuestas por Meloni. En segundo lugar, convocar masivamente a decenas de miles. En tercer lugar, devolvió a los trabajadores su fuerza como sujeto protagónico en la lucha internacionalista contra el genocidio en Palestina. Este último, probablemente, es el más importante para nuestros próximos desafíos. Es necesario más que nunca y urgente recuperar la conciencia de clase, la necesidad de la organización de base sostenida por el principio de relación de antagonía capital-trabajo, en las fábricas, centros de trabajo, en el centro de circulación de mercancía, los puertos y en las escuelas para desafiar el poder de la derecha.
La estrategía proletaria logró varios aciertos. Según José Nivoli del (CALP): “En Génova hemos logrado tener un observatorio contra el tráfico de armas, con el apoyo de la Junta Comunal a nivel local. A nivel nacional e internacional hemos logrado bloquear varios barcos con cargamento bélico, por ejemplo, en la huelga general internacional portuaria contra el rearme y la Guerra del 6 de Febrero, solo en Italia hemos bloqueado seis barcos, esto causó daños económicos muy elevados a las empresas armamentísticas que las aseguradoras no han cubierto.”
Varios sitios de internet comenzaron a debatir si sucedía una revuelta en el Mediterráneo. Estudiantes en batalla campal contra la policía, los estibadores ondeando la bandera de Palestina, las plazas desbordadas de manifestantes, generaron una poderosa postal de internacionalismo y de lucha anti sionista. Desbordando las formaciones políticas tradicionales, con un discurso radical que acusa a Israel de un genocidio, con una movilización histórica que convenció a varias generaciones de activistas que debían salir a protestar despiertaron una poderosa imagen: la de la resistencia.
De acuerdo a Guido Lutrario: “El detonante del Movimiento fue la confluencia de al menos tres factores: la valiente e inteligente iniciativa de la Flotilla Global Sumud, el lema lanzado por los estibadores del CALP) de Génova «Bloqueemos todo» y la decisión de la USB de convocar una huelga general. Y el factor que garantizó la claridad de sus posiciones fue el incansable trabajo realizado durante dos años por todas aquellas fuerzas que animaron el movimiento en apoyo de los palestinos, lo que ayudó a utilizar las palabras adecuadas y a indicar cuáles debían ser los puntos de referencia políticos para todo el Movimiento.”
Años treinta en cámara lenta
¿Estamos viviendo, será posible, sólo tal vez, acontecimientos similares a los años treinta del siglo XX pero en cámara lenta? El siglo XX, en sus años treinta, vivió el ascenso del fascismo en Europa, la Revolución y Guerra Civil Española, la intensa lucha de clases en América Latina (Cuba 1933, El Salvador en 1932), los fenómenos populistas y carismáticos (cardenismo, peronismo, varguismo); pero también fueron los años preparatorios de la solución final en Europa: los campos de concentración, el estalinismo, el realismo socialista, los “totalitarismos” etc: fueron los años de los extremos.
El drama del siglo XX, en sus años treinta, podría despertar el más de los posibles pesimismos revolucionarios (la obra de Walter Benjamin representaría el concepto de revolución como freno de emergencia ante la catástrofe), así como el de la esperanza utópica (en donde Ernst Bloch propondría que nunca se podrá dejar de soñar). Esos años treinta fueron de fuerte tensión utópica pero a la vez de tensión pesimista: fueron los años del relámpago. La catastrófica época de las huelgas proletarias en Cataluña Roja de la Guerra Civil y de los campos de exterminio estalinistas también en la URSS contra las disidencias.
Acontecimientos como la crisis de 2008, el avance de la inteligencia artificial, el nacimiento de una nueva derecha, el genocidio en Palestina, las nuevas guerras imperiales en la periferia son sólo tal vez los sucesos que están marcando el actual Siglo XXI. Ahora bien, si es válida la analogía, la lucha de Italia de Bloquiamo tutto representa una sólida respuesta de regreso de la estrategía de lucha proletaria. En este siglo XXI la reivinidicación de la lucha proletaria (de los paros laborales, de las huelgas generales proletarias) es algo que debemos recuperar y recrear como una forma de lucha decisiva para poder detener, bloquear e interrumpir el curso catastrófico de la guerra contra los pueblos. Dicha forma de lucha o estrategia (la proletaria que considera que la clase obrera y los sindicatos juegan un papel decisivo para conmover a la sociedad civil y detener la guerra) parece pasada de moda para cierto discurso político de la izquierda, pero que en Italia regresa en forma de espectro real y que es sin duda la vanguardia de lucha en toda Europa en medio de un aroma del densamente pesimista.
Si estamos presenciando el nacimiento de una extrema derecha neo fascista podemos decir que con la lucha proletaria italiana volvimos a ver la lucha obrera del siglo XX recargada: regresa como promesa. Yo si creo que estamos viviendo en algo parecido a la década de los treinta: veo esperanza como decía Franz Kafka, pero no para nosotros. Tal vez las generaciones del futuro nos reclamen por permitir que sucedieran estos tiempos tan sombríos (crisis, guerras, genocidios) y que no hayamos conseguido detener la catástrofe o interrumpirla. O como decían en Italia: bloquear.
Bloquear nuevo símbolo para recrear en el Siglo XXI
¿Qué es un símbolo? Vista desde la teoría crítica habría muchas respuestas. Vista desde la teoría latinoamericana podría haber aún más. Puede ser un cuadro, una novela, un poema, una canción. ¿Una foto? Por qué no.
Eric Hosbawm (curiosamente sin referencia alguna al Libro de los pasajes de Walter Benjamin) en su obra del Siglo XIX sostuvo que la “barricada” era el símbolo político del Siglo XIX. Benjamin estaba tan intrigado con el mismo que se propuso contar lo material: según su curioso conteo en 1830 hubo 6 000 barricadas y en las 4 054 barricadas de 1848 se usaron 8 125 000 adoquines (todo ello descrito en Libro de los pasajes). El símbolo se llegó a internacionalizar, su origen París, el París del Barón Von Haussman del “embellecimiento estratégico” de Napoleón III que respondía a la Comuna y Montmatre, después habló alemán e inglés. La barricada se esparció por toda Europa en la “Primavera de los Pueblos”: el triunfo de lo que Charles Fourier llamó el trabajo apasionado.
Walter Benjamin usó, por ejemplo Angelus Novus de Klee para pensar la historia y en particular el siglo XX en sus Tesis sobre la historia. Pensar en términos históricos no debe ser tan sencillo. Diría Enzo Traverso, por poner un ejemplo, que existen dos grandes prefiguraciones culturales y simbólicas del siglo XX: Marilyn Monroe y Andy Warhol, por un lado, y el campo de concentración de Auschwitz y Buchenwald, por el otro. Ambos símbolos culturales permitirían explicar el Siglo de los extremos. La Teoría Crítica usa y usó símbolos también: Arendt diría que el Siglo XX es de los totalitarismos y de la banalidad del mal (Eichmann concentraría simbólicamente ese topos esencial), la teórica de lucha de tercer mundo usaría al Calibán (defensa radical de Retamar después de la Revolución en Cuba de 1961), Michel Löwy (en una clase dictada en 2011) sostenía que en el Siglo XVII en Países Bajos dos prefiguraciones culturales podrían sintetizar la modernidad: Van Eyck y sus retratos y Jardín de las delicias de El Bosco, modernidad y barbarie en unidad.
A 25 años de iniciado este nuevo siglo, el XXI, con sus tristezas y emociones. ¿Qué podríamos prefigurar como latencia, como emblema, como el signo característico de lo que vivimos? ¿Del bombardeo a Palestina histórica, de Donald Trump de la derecha ultra conservadora, del triunfo del liberalismo radical? Entre la desolación podríamos mirar, pero entre la esperanza, diría Ernst Bloch, vale la pena traspasar. Quiero pensar en dos símbolos en este texto para los tiempos que corren: por un lado el símbolo de la amenaza y por el otro el de los bloqueos de la misma. El segundo tiene la bandera de Palestina, representa el símbolo de la esperanza que deja la lucha proletaria: la del internacionalismo, del regreso de las huelgas proletarias como método, del paro de la producción como un método de lucha estratégica. Italia, en eso, marca simbólicamente un poderoso camino de utopía y ejemplo. Me quedo con el símbolo de los trabajadores portuarios que el 3 de octubre lograron bloquear la carga de mercancias y armas destino a Israel al impedir que el barco Zim Virginia operado por la empresa de naves Integrated Shipping Services para continuar con el genocido. Los portuarios y sus banderas impidiendo la carga de barcos sionistas en el Mediterráneo son un símbolo poderoso de los tiempos.
Lucha proletaria sin nostalgia contra la guerra
Cuando Daniel Bensaid planteaba que debíamos ir más allá de los paradigmas estratégicos del siglo XX (que implicaba no abandonar la memoria del mismo, sino ir por fuera de la estrategia central de los tiempos llámese leninismo, maoísmo, guevarismo u otro ismo) acertaba en una cosa: hoy no existe un ismo que esté planteando la pelea internacional en el siglo XXI. Esos llamados “soviets” como formas de gobierno y poder efectuados por la teoría de León Trotsky en Rusia serían, en todo caso, un obligado recurso de memoria pero una estrategia difícil de recrear como modelo. Pero ¿por qué si hoy el debate del supuesto regreso del fascismo o de nuevos genocidios no nos hace pensar de la pertinencia de la lucha proletaria clásica como método de resistencia al mismo? ¿no será necesario y urgente radicalizar los debates, los apuntes, las teorías, más allá del boicot, de la resistencia ciudadana, de la lucha contra a una lucha que ponga en el centro la economía como lucha por detener el sistema de producción y circulación capitalista? Italia pone en el debate ese elemento: no es producto de la nostalgia de la lectura de Mario Tronti en Obreros y capital, de los Cuadernos Rossi, de los operaístas de la época dorada de Antonio Negri, ni del regreso de la autonomía, o de los más prolíficos autores que miraron las experiencia de los “soviets” o de la lucha proletaria del Siglo XX. No es volver, ni sacar del polvo textos canónicos. Ni de volver a leer a Ernest Mandel, en una genial, poco estudiada e incluso desconocida antología de pensamiento político, titulada Consejos obreros, poder dual y autogestión analiza, de forma brillante con un ensayo introductorio cada una de las experiencias que recorrieron la historia del Siglo XX en Europa Occidental, China y el Mundo Árabe Musulmán de este tipo de experiencias emancipatorias. Es más bien que la lucha italiana contra el genocidio hizo volver a la pertinencia de la teoría misma. Volver a los símbolos. ¿No será que el símbolo de Italia es junto con otros más uno de los emblemas culturales y discursivos del Siglo XXI? No digo que sea el más importante, pero definitivamente que es un emblema de dignidad para recrear y difundir. Los obreros estibadores de Génova al impedir la carga de armas en el buque Bahir Yanbu en la huelga de 2025 son herederos de esas experiencias obreras del Siglo XX y un llamado a que sigamos la estrategia de la organización en los centros de trabajo para luchar contra la guerra y por el internacionalismo.