LA NUEVA GEOGRAFÍA DE LA IZQUIERDA EUROPEA

La crisis económica y política que atraviesa Europa ha provocado, aparte del avance de fuerzas populistas, xenófobas y de extrema derecha, grandes luchas de resistencia y manifestaciones de protesta contra las medidas de austeridad impuestas por la Comisión Europea y llevadas a cabo por los gobiernos nacionales.

Esto ha favorecido, sobre todo en la parte meridional del continente, el renacer de fuerzas radicales de izquierda, así como su considerable éxito electoral. Grecia, España, Portugal, Irlanda y, en menor medida, otros países han sido el teatro de imponentes movilizaciones masivas contra las políticas neoliberales. En Grecia, entre 2010 y 2015 se declararon más de 40 huelgas generales.

En España, el 15 de mayo de 2011 tuvo inicio una gran rebelión, en la cual participaron millones de ciudadanos y de la que surgió el movimiento después definido con el nombre de Indignados. Los manifestantes alcanzaron a ocupar durante unas buenas cuatro semanas la Puerta del Sol, la plaza principal de Madrid. Pocos días después, una contraparte análoga se despegó en Atenas, en la plaza Syntagma. En ambos países, estas luchas sociales, de hecho, crearon las premisas para la sucesiva consolidación de las fuerzas de izquierda.

Por otra parte, sin embargo, las organizaciones sindicales, aun cuando estaban favorecidas por un bagaje común –en los países europeos las medidas adoptadas tras la crisis causaron los mismos desastres sociales–, no tuvieron la voluntad política para construir una plataforma reivindicativa única ni para articular una serie de movilizaciones a escala continental. La única excepción parcial está representada por la huelga general, proclamada el 14 de noviembre de 2012, en España, Italia, Portugal, Chipre y Malta, también apoyada por iniciativas de solidaridad en Francia, Grecia y Bélgica.

Durante este periodo, en la orilla política, la izquierda anticapitalista persistió en su proceso de reconstrucción y recomposición de las fuerzas de campo. Nacieron de hecho formaciones inspiradas por el pluralismo y capaces de juntar el más amplio abanico de sujetos políticos, garantizando al mismo tiempo mayor democracia interna a través del principio de “una cabeza un voto”.

Ya en 1999 surgieron el Bloque de Izquierda en Portugal, donde habían confluido las fuerzas más significativas que se encontraban a la izquierda del Partido Comunista Portugués, y La Izquierda (DL) en Luxemburgo. En 2004, Synaspismos y un rango de otras fuerzas anticapitalistas en Grecia se unieron para formar Syriza, la coalición de la izquierda radical (aunque su fusión en un verdadero partido político no ocurrió hasta 2012).

En mayo de 2004 fue fundado el Partido de la Izquierda Europea, en el cual, inicialmente, se asociaron 15 partidos entre comunistas, socialistas y ecologistas, con el intento de construir un sujeto político alrededor de un programa común de las principales fuerzas de la izquierda antagonista en el continente. Actualmente hacen parte de éste organizaciones políticas de 20 países.1 Dicha agrupación fue precedida, pocos meses antes, por la creación de la Alianza de la Izquierda Verde Nórdica, en la cual confluían siete partidos de Europa septentrional.

Junto a la mayor coalición del Partido de la Izquierda Europea, estaba además la Izquierda Anticapitalista Europea, una formación menor, nacida en 2000, en la cual habían confluido más de 30 partidos trotskistas, a menudo de reducidas dimensiones. Sus principales promotores fueron el Bloque de Izquierda en Portugal, la Izquierda Unitaria-Los Rojo-Verdes en Dinamarca y el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia. En el Parlamento europeo, los representantes de estas fuerzas se adhirieron al grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica.2

Algunos años después, la salida, casi contemporánea, de los componentes más radicales del Partido Socialdemócrata Alemán y del Partido Socialista (PS) francés3 –que asumieron rápidamente posiciones más hacia la izquierda que los grupos dirigentes del Partido del Socialismo Democrático, en Alemania, y del Partido Comunista Francés– favoreció el nacimiento, en 2007, de DL en Alemania y, en 2008, del Frente de Izquierda en Francia. En este último país, la transformación, en 2009, de la Liga Comunista Revolucionaria en Nuevo Partido Anticapitalista puede ser explicada según la misma exigencia, advertida también por las fuerzas más típicamente clasistas del comunismo europeo, de poner en el centro de la propia iniciativa política las nuevas contradicciones, cada vez más relevantes, generadas por la exclusión social y la necesidad de abrirse a una generación más joven de militantes.

Al mismo tiempo nacieron en Italia Izquierda, Ecología y Libertad, donde el componente moderado del Partido de la Refundación Comunista se fusionó con un grupo de disidentes de los Demócratas de Izquierda y la Federación de la Izquierda, una alianza entre el Partido de la Refundación Comunista y otros movimientos políticos menores. En Suiza, un proceso similar se dio en 2010, con la fundación de La Izquierda.

El mismo camino fue tomado en Inglaterra, pero con resultado adverso, primero con el Partido del Respeto, en 2004, y después con la Izquierda Unida, en 2013. También al otro lado del Bósforo se emprendió el mismo proceso. En 2012, el movimiento kurdo se asoció con varias organizaciones de la izquierda turca para fundar el Partido Democrático del Pueblo, que se convertiría rápidamente en la cuarta fuerza de Turquía, con 10.7 por ciento en las elecciones de noviembre de 2015.4

En 2014 surgieron Izquierda Unida, en Eslovenia, y Podemos, en España, caso del todo particular porque nació con ambiciones de trascender la tradicional definición de partido de izquierda. Esta última formación, no obstante, tras presentarse por primera vez a las elecciones europeas, también adhirió al grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica. En octubre de 2015, finalmente, en Irlanda fue fundada la coalición electoral Alianza Anti-austeridad-Pueblo antes que Beneficio, que puso fin al largo conflicto entre el PS y la Alianza Pueblo antes que Beneficio.5

El modelo plural –tan diferente del partido monolítico, inspirado por el principio del centralismo democrático, utilizado por el movimiento comunista del siglo XX– se extendió con velocidad por la mayoría de las fuerzas de izquierda radical europea. Los experimentos más exitosos no fueron tanto los procesos federativos que se limitaron a una mera reunificación de pequeños grupos y organizaciones ya existentes, sino las recomposiciones guiadas, en cambio, por la necesidad de incluir la vasta y dispersa red de subjetividades sociales, capaces de articular diferentes prácticas de conflicto. Esta elección se mostró como la vencedora en cuanto logró atraer nuevas fuerzas, incluidos jóvenes, y reconquistando militantes desilusionados, y favoreció, finalmente, la consolidación electoral de los nuevos partidos generados.

En las elecciones alemanas de 2009, Die Linke ganó 11.9 por ciento de los votos, 3 veces más que el 4 por ciento alcanzado por el Partido del Socialismo Democrático 7 años antes. En las elecciones presidenciales francesas de 2012, el candidato del Frente de Izquierda, Melenchon, obtuvo el mayor voto logrado por cualquier partido a la izquierda del Partido Socialista desde 1981. Y en el mismo año, Syriza comenzó el rápido ascenso que lo llevó a 16.8 por ciento en las elecciones de mayo, a 26.9 en junio y, por último, a 36.3 en enero de 2015, cuando, exclusivamente para un partido anticapitalista europeo desde la Segunda Guerra Mundial, formó un gobierno como el socio mayoritario.6

También se lograron excelentes resultados en la península ibérica, donde la Izquierda Plural Española (un nuevo bloque electoral encabezado por Izquierda Unida) cruzó el umbral de 10 por ciento en las elecciones europeas de 2014, y Podemos se situó dentro de 8 por ciento. El total de votos ganados por todas las fuerzas de izquierda (24.5) fue aún mayor en las elecciones generales de diciembre de 2015. En esa ocasión, Podemos alcanzó 12.6, la Unidad Popular, la última denominación adquirida por Izquierda Unida, 3.6 y varias listas electorales locales –entre ellas, En Común Podemos (Cataluña, 3.7), Commitment-We Can-It is Time (Valencia, 2.6), En Tide (Galicia, 1,6) y País Vasco Unido (08) que en conjunto han recaudado casi 9 por ciento de los votos–. Por otro lado, la coalición creada en el momento de las elecciones de junio de 2016, Unidos Podemos, sufrió una caída de tres puntos porcentuales: recibió 21.2 de los votos.

En cuanto a Portugal, la Coalición Democrática Unitaria totalizó 8.3 por ciento en las elecciones generales de octubre de 2015, mientras que el Bloque Izquierdo, con 10.2, obtuvo su mejor resultado, convirtiéndose en la tercera fuerza política en el país. Este resultado se confirmó en las elecciones presidenciales de enero de 2016, cuando el Bloque Izquierdo una vez más superó 10 por ciento.

Experimentos de izquierda plural –siempre, al fin y al cabo, caracterizada por una clara plataforma política antiliberal– rindieron frutos incluso en algunas elecciones administrativas. Lo demostraron los resultados regionales franceses de 2010 en Limousin, cuando la coalición Frente de la Izquierda y Nuevo Partido Anticapitalista alcanzó 19.1 en la segunda vuelta, y las recientes municipales en España, donde las listas Ahora Madrid y Barcelona en Comú, donde confluyeron Izquierda Unida y Podemos, conquistaron los dos municipios más importantes del país. En ambos casos, amplias alianzas, nacidas por el impulso protagónico de las bases, permitieron superar las diferencias existentes entre los grupos dirigentes a escala nacional.

Entre los resultados electorales más considerables, obtenidos en la última década por la izquierda radical, también se encuentran los obtenidos por partidos que decidieron no disolverse para fundirse con otras fuerzas políticas. Notables fueron la consolidación del PS en Holanda –16.6 en 2006–, sobre la estela de la oposición al referendo contra el Tratado sobre la Constitución Europea, y el éxito del Partido Progresista de los Trabajadores en Chipre, cuyo secretario general, Demetris Christofias, resultó vencedor en los comicios presidenciales de 2009 (33.2 en la primera vuelta y 53.3 en la segunda). Su mandato se destacó, sin embargo, por una clamorosa derrota: la incapacidad de poner fin al conflicto que divide la isla desde 1974 y la expresa sujeción, en materia económica, respecto a las imposiciones de la Troika.

Otro cambio que ha sacudido la geografía de la izquierda europea habría sido al menos tan impredecible hace unos años como lo fue la victoria gubernamental de Syriza en Grecia. En las elecciones de estilo primario celebradas en septiembre de 2015, 59.5 por ciento de los miembros del Partido Laborista británico y sus partidarios registrados votaron a favor de Jeremy Corbyn como su nuevo líder. En el país donde Tony Blair gobernó el gallinero hace 20 años, un anticapitalista autoproclamado ahora ocupa el primer puesto en el Partido Laborista, el más izquierdista de su historia. Este extraordinario giro de los acontecimientos representa otro ejemplo significativo del renacimiento de la izquierda. Después de su elección, Corbyn fue severamente atacado por el ala derecha del partido, y en junio de 2016, tras la renuncia de dos tercios de los miembros del gobierno en la sombra, más de 80 por ciento del Partido Laborista Parlamentario no votó a favor de él. En septiembre, en un nuevo concurso de líderes, fue reelegido como jefe del Partido Laborista, con 61.8 de los votos.

Finalmente, en febrero de 2016, Melenchon fundó La France Insoumise (Francia Insumisa). En pocos meses, este nuevo movimiento político, basado en los avales individuales de la plataforma política L’Avenir en commun (Para un futuro común) y no en la pertenencia a un partido o asociación, transformó la escena política francesa. En la primera ronda (abril de 2017) de las elecciones presidenciales, Melenchon obtuvo más de 7 millones de votos (19.6 por ciento), sólo 600 mil menos que Le Pen y sin calificar para la segunda ronda. Éste fue un resultado histórico para la izquierda radical francesa.

En el ámbito de la Unión Europea, el avance general de la izquierda radical se confirmó en las últimas elecciones europeas de 2014. Sus votos alcanzaron 12 millones 981 mil 378, u 8 por ciento, con un aumento de 1 millón 885 mil 574 en comparación con 2009.7 Incluso con el único criterio de número de diputados elegidos (6.9 por ciento, o 52 legisladores), la Izquierda Unida Europea/Izquierda Verde Nórdica es ahora la quinta fuerza política en el Parlamento Europeo, en comparación con la séptima en 2009.8 Por tanto, está detrás del Partido Popular Europeo (29.4), la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (25.4), los Conservadores y Reformistas Europeos (9.3) y la Alianza de Demócratas y Liberales por Europa (8.9); pero por delante de los Verdes/Alianza Libre Europea (6.6), Europa de la Libertad y Democracia Directa (6.4) y Europa de las Naciones y la Libertad (5.2).

Sin embargo, esos resultados positivos están empañados por algunos elementos negativos. En muchos países de Europa oriental, la izquierda radical tiene una posición todavía marginal, si no totalmente minoritaria.9 También está alejada de luchas sociales, está privada de arraigo en los territorios y en las organizaciones sindicales, es desconocida para las generaciones jóvenes y está puntualmente atravesada por sectarismos autolesivos de desgarradoras divisiones internas. En otras palabras, no tiene por el momento perspectiva de desarrollo.

Dicha situación se ha repetido en las elecciones. En seis naciones –Polonia, Rumania, Hungría, Bulgaria, Bosnia-Herzegovina, Estonia–, la izquierda radical recogió menos de 1 por ciento de los votos, mientras que en otras, como Croacia, Eslovaquia, Lituania y Letonia, ha alcanzado resultados poco superiores. Ésta sigue siendo muy débil también en Austria, Bélgica y Suiza, mientras que en Serbia se la identifica todavía con el Partido Socialista local, guiado largo tiempo por Slobodan Milošević.

Estamos en presencia, pues, de una realidad heterogénea. En los países de la península ibérica y del Mediterráneo –con la excepción de Italia–, en los últimos años la izquierda radical se expandió significativamente. En Grecia, España, Portugal o Chipre, sus fuerzas se consolidaron de forma estable y son reconocidas en el grupo de los principales actores políticos en los respectivos contextos nacionales. También en Francia, por otro lado, ésta conquistó un discreto papel social y político. Mientras, en Irlanda, el nacionalismo republicano y progresista, aunque moderado, de Nosotros Mismos (Sinn Fein), que alcanzó 22.8 por ciento de los votos en las europeas de 2014, plantó cara al avance de las fuerzas conservadoras.

En Europa central, la izquierda radical logró conservar una buena fuerza electoral en Holanda y Alemania –así a los buenos resultados en las urnas no correspondan significativos conflictos sociales–, pero su peso es limitado en otras partes. En los países nórdicos defendió la fuerza sobre la cual se apoyó después de 1989 (electoralmente alrededor de 10 por ciento), pero se mostró incapaz de atraer el difuso descontento popular, capturado casi en su totalidad por los partidos de derecha.

El problema principal de la izquierda antagonista sigue estando por ahora en el Este, donde, con la excepción del Partido Comunista de Bohemia y Moravia en República Checa y de Izquierda Unida en Eslovenia, ésta es casi inexistente e incapaz de trascender el espectro del “socialismo real”. Dadas las circunstancias, la expansión de la Unión Europea hacia el Levante ha movido definitivamente hacia la derecha el baricentro político del continente, como dan cuenta las rígidas posiciones extremistas asumidas por los gobiernos de Europa oriental durante la reciente crisis en Grecia y frente a la llegada de los pueblos fugados de los teatros bélicos.

¿Más allá del recinto de la eurozona?

La transformación de los partidos de la izquierda radical en organizaciones más amplias y pluralistas ha demostrado ser una receta útil para reducir su preexistente fragmentación, pero no es que haya resuelto los problemas de naturaleza política.

En Grecia, tras el nacimiento del gobierno de Alexis Tsipras, Syriza tenía la intención de llevar a cabo una ruptura con las políticas de austeridad adoptadas por todos los Ejecutivos de centro-izquierda, “técnicos” o de centro-derecha que se alternaron en el poder desde 2010. No obstante, a causa de la enorme deuda pública del Estado helénico, la concreta actuación de esta movida fue inmediatamente subordinada a una negociación con los acreedores internacionales.

Después de cinco meses de agotadoras conversaciones, durante las cuales el Banco Central Europeo dejó de proporcionar crédito al Banco Central en Atenas, causando que las sucursales de los bancos griegos se agotaran, los líderes de la eurozona impusieron un nuevo plan de rescate que contiene todas las disposiciones económicas a que Syriza se había opuesto firmemente. Desde 2010, el arco parlamentario de fuerzas políticas que ha aceptado el memorándum de Bruselas ha sido amplio. De izquierda a derecha, se han inclinado ante la inexorable lógica de la austeridad: la Nueva Democracia, Griegos Independientes, el Río, la Izquierda Democrática, el Movimiento Socialista Panhelénico y, finalmente, incluso Syriza.10 Ni siquiera la respuesta vigorosa en el referéndum consultivo del 5 de julio de 2015 (cuando 61.3 por ciento de los griegos dijo que la firma no respondía a las propuestas de la Troika) servía para lograr un resultado diferente.

Para evitar la salida de la eurozona, el gobierno de Tsipras permitió ulteriores sacrificios sociales, considerables privatizaciones del patrimonio público –que sería puesto en venta como mercancía en liquidación– y, más generalmente, un conjunto de medidas de austeridad funcionales sólo para los planes de los acreedores internacionales y no, en cambio, para el desarrollo de la economía del país.11

Por otro lado, una salida griega de la zona euro, un escenario que algunos preveían, pero sólo si las negociaciones con el eurogrupo fracasaban, habría catapultado al país a un estado de caos económico y profunda recesión. Habría sido necesario prepararse con mucha anticipación para tomar una decisión tan trascendental, sopesar con cuidado cada eventualidad y planear rigurosamente todas las contramedidas apropiadas. Sobre todo, habría sido necesario conquistar gran variedad de fuerzas sociales y políticas y contar con su apoyo.

El resultado de las negociaciones entre el gobierno de Tsipras y el eurogrupo hizo evidente el hecho de que, cuando un partido de izquierda gana las elecciones y quiere llevar a cabo políticas económicas distintas de las dominantes, las instituciones de Bruselas están listas para impedir que tal cosa ocurra. Si, a partir del decenio de 1990, la aceleración incontestada del credo neoliberal, por parte de las fuerzas de la socialdemocracia europea, tuvo como consecuencia la homologación de los programas de estos últimos y de los de los partidos de centro-derecha, hoy, en cambio, cuando un partido de la izquierda radical alcanza el poder, la Troika misma interviene para evitar la alternancia de los Ejecutivos contrarios a sus directrices económicas. Triunfar en los comicios ya no es suficiente. La Unión Europea se ha convertido en el baluarte del capitalismo neoliberal.

Tras el episodio griego ha habido una reflexión colectiva más profunda sobre la conveniencia de mantener a cualquier costo la moneda única. Se hacen esfuerzos para comprender cuáles son las mejores maneras de poner fin a las políticas económicas actuales, sin abandonar al mismo tiempo el proyecto de una nueva y diferente unión política europea. El referéndum británico de junio de 2016 sobre si retirarse de la Unión Europea infligió un duro golpe a Europa. La mayoría de los ciudadanos de Reino Unido votó a favor de abandonar la UE, dando así una razón ulterior a quienes argumentarían que fue un error afirmar que una elección similar constituiría un salto peligroso hacia el vacío.

Actualmente, la posición mayoritaria entre los partidos de la izquierda radical sigue siendo la de quienes sostienen, en continuidad con las posiciones asumidas durante los últimos años, que todavía es posible modificar las políticas europeas en el contexto existente; es decir, sin romper la unión monetaria alcanzada en 2002 con la entrada en vigor del euro.

A la cabeza de esta iniciativa está Syriza que, si bien tuvo la ocasión, después de haber alcanzado el gobierno, de elaborar y llevar a cabo soluciones alternativas –a pesar de haber estado bajo presión de las instituciones europeas, las cuales propendían por bloquear cualquier cambio– nunca consideró la opción de la “Grexit”. En septiembre de 2015, alcanzando 35.5 por ciento de los votos, Tsipras venció en las elecciones anticipadas, promovidas por él después del conflicto surgido con la parte de su partido contraria a la puesta en marcha de las medidas consideradas en el memorando, y regresó al gobierno con un grupo parlamentario cohesionado y ya no más expuesto al riesgo de disidencias internas.

Syriza, entonces, no obstante el aumento del abstencionismo (7 por ciento mayor respecto a las elecciones de 8 meses antes), y la reducción del número de votantes (unos 600 mil menos) comparado con el referendo de julio, logró conservar el consenso de una parte significativa del pueblo griego. Sin embargo, la confianza que éste volvió a darle será pronto puesta a prueba por los efectos de los recortes impuestos por el eurogrupo. No sería descabellado prever la emergencia de escenarios aún más inciertos que el actual.

En el verano de 2015, Syriza anunció su estrategia para evitar la pérdida de apoyo que sufrieron todas las demás partes que implantaron programas anteriores de rescate de la Troika. El gobierno griego habría tenido que negociar una reducción sustancial de la deuda pública para evitar el inicio de un nuevo ciclo deflacionario. Además, habría tenido que llevar a cabo una agenda paralela a la impuesta por Bruselas, tomando algunas medidas redistributivas que podrían limitar los efectos del memorando más reciente. Ambos proyectos, sin embargo, resultaron ser irrealizables. Después de la experiencia del gobierno de Tsipras, y dado que las instituciones de la UE rechazarán cualquier reestructuración de la deuda, ha quedado claro que la izquierda también debe estar preparada para una posible salida de la zona euro. Sin embargo, sería erróneo pensar en esto como el remedio para todos los males.

Aparte de Syriza, la opción de reformar la Unión Europea en el actual escenario es compartida por la mayoría de las principales fuerzas del Partido de Izquierda Europea, entre las cuales están La Izquierda en Alemania, el Partido Comunista Francés y la Izquierda Unida española. En este bloque se sitúa también Podemos, cuyo grupo dirigente se declaró convencido de que si al gobierno griego se unieran otros dispuestos a romper con las políticas de austeridad impuestas por la Troika podría abrirse un espacio para acabar con algo que parece hoy tan inalterable. El resultado de las recientes elecciones en Portugal –que asignó la mayoría a una alianza del todo impensable hasta hace poco, constituida por el Partido Socialista, el Bloque de Izquierda y la Coalición Democrática Unida–12 parece haber reforzado dicha esperanza.

Sin embargo, para otros, la “crisis griega” –en realidad, una de la democracia y del capitalismo neoliberal– parece comprobar, en cambio, el carácter irreformable de este modelo de Unión Europea. No tanto por las actuales relaciones de poder presentes en su interior, cada vez más desfavorables a las fuerzas anticapitalistas, que le siguen a la expansión hacia el Este sino, por el contrario, por su arquitectura general. Los inflexibles parámetros económicos impuestos de manera creciente a partir del Tratado de Maastricht han reducido inevitablemente, o en algunos casos casi anulado, las bastante más complejas y compuestas exigencias de la política.

En los últimos 25 años, las políticas neoliberales, cubiertas por un engañoso manto tecnocrático y no ideológico, han triunfado por doquier en Europa, asestando duros golpes a su modelo de welfare State. Los Estados nacionales se han encontrado con la privación gradual de algunos instrumentos de dirección político-económica, que habrían sido indispensables para llevar a cabo programas de inversión pública con miras a cambiar el curso de la crisis. Finalmente, se consolidó la práctica antidemocrática –afianzada hasta el punto de parecer natural– de asumir decisiones de gran relevancia sin contar con la aprobación popular.

Por tanto, en los últimos meses la fila de quienes consideran ilusoria la posibilidad de democratizar la eurozona, aun cuando expresan una posición que sigue siendo minoritaria, ha aumentado de manera notable. Junto a las fuerzas de la izquierda radical tradicionalmente euroescépticas, como el Partido Comunista Portugués, el Partido Comunista de Grecia o, en Escandinavia, la Lista unitaria-Los Rojo-Verdes en Dinamarca, se encuentra Unidad Popular. Nacida en Atenas en agosto de 2015, en su interior confluyeron muchos ex dirigentes y ex militantes de Syriza, contrarios a las decisiones de Tsipras de aceptar las imposiciones del eurogrupo. Esta formación, favorable al regreso del dracma, quedó fuera del parlamento helénico, después de haber conseguido sólo 2.8 por ciento de los votos en las últimas elecciones.

Por otra parte, diversos intelectuales y dirigentes políticos han manifestado explícitamente su posición contraria al euro.13 Lafontaine, por ejemplo, propuso un retorno, en forma flexible, al sistema monetario europeo; es decir, al acuerdo, en vigor antes que existiera el euro, que preveía una fluctuación controlada de los valores de varias monedas nacionales. El esfuerzo de encontrar soluciones inmediatas para poner fin al periodo de austeridad, donde se manifiesten nuevas e inaceptables coerciones, como las ejercidas sobre Grecia, debe, sin embargo, considerar todas sus implicaciones posibles. En el plano simbólico, el regreso al viejo sistema monetario podría ser percibido como un primer paso hacia la desaceleración del proyecto de unidad europea, mientras que en el plano político podría constituir un peligroso detonador de la ventaja de las fuerzas de la derecha populista.

Junto a las dos formaciones más claramente a favor y en contra de la “democratización del euro”, hay un área, más bien amplia, que vacilaría al proporcionar una respuesta clara a la pregunta: “¿Qué hacer si mañana sucediera en otro país lo que sucedió en Grecia?” Si bien se ha convertido en una preocupación común que, en el futuro, otros partidos o coaliciones de gobierno puedan estar sujetos al chantaje sufrido por Syriza, por otro lado, sin embargo, también está bastante difundido el temor de que, eclipsando la salida de la eurozona, la izquierda anticapitalista no tendría en cuenta el consenso de amplios sectores de la población, alarmados por la inestabilidad económica y la pérdida de poder adquisitivo de salarios y pensiones que conllevaría la inflación. Un típico ejemplo de esta incertidumbre está representado por los cambios de parecer de los últimos años del Bloque de Izquierda en Portugal y del Partido Socialista en Holanda.

El llamamiento a “un plan B en Europa”, promovido en 2015 por Melenchon, ha dado un nuevo estímulo a la discusión. Calificando la interferencia de la UE en Grecia como un verdadero “golpe de Estado”, propuso una comisión internacional permanente para diseñar las formas en que una alternativa al sistema monetario basado en el euro podría estar disponible si fuera necesario.14 La propuesta del plan B también fue utilizada por La France Insoumise en la reciente campaña electoral. Si en los próximos meses otras fuerzas sociales, partidos políticos e intelectuales aceptan esta posibilidad, la demanda de abandonar el euro podría en el futuro convertirse en la bandera de algo más que la derecha nacionalista.

Por tanto, el conflicto desencadenado en Syriza podría reproducirse en otras partes. Demuestran lo anterior en este momento las fibrilaciones internas del Frente de Izquierda en Francia y en La Izquierda en Alemania. Para la izquierda radical europea, pues, podría concretarse el riesgo de una nueva etapa de divisiones. Tal condición revela los límites de la forma plural que las fuerzas antagonistas se han procurado en los últimos años, que consisten en una falta de definición programática. De hecho, la diversidad de posiciones y de culturas políticas existente en las varias organizaciones que han dado vida a estas nuevas coaliciones requeriría un difícil, pero no imposible, acuerdo puntual sobre las estrategias por implantar.

Ulteriores tensiones recorren la izquierda radical europea también respecto a la relación que debe tenerse con las fuerzas socialdemócratas. El problema, presente a escala municipal y regional, involucra la constante incertidumbre sobre la conveniencia de la participación de experiencias de gobierno en alianza con éstas. El riesgo concreto es desempeñar un papel subalterno, aceptando, como en el pasado, compromisos “desde abajo” que dilapidarían el consenso hasta ahora conquistado y que dejarían a las derechas populistas el monopolio de la oposición social.

La opción del gobierno debe por tanto ser tenida en cuenta sólo si hay condiciones para llevar a cabo un programa económico en clara discontinuidad con las políticas de austeridad impuestas durante la última década. Tomar decisiones diferentes significaría no haber atesorado las lecciones de los años pasados, cuando la participación de los partidos de la izquierda radical en los Ejecutivos moderados, de impronta socialista, comprometió su credibilidad en la clase trabajadora, los movimientos sociales y los estratos sociales más débiles.

De frente a una tasa de desempleo que, en muchos países, se muestra con niveles nunca alcanzados durante la segunda posguerra, se vuelve prioridad el lanzamiento de un gran plan para el trabajo, sustentado por inversiones públicas, que tenga como principio guía el desarrollo sostenible. Éste deberá estar acompañado por un claro cambio de tendencia respecto a la precarización de contratos, que ha distinguido a todas las últimas reformas del mercado laboral, y por la introducción de una ley que indique un mínimo salarial bajo el cual no se pueda descender. Estas medidas podrían restituir a las generaciones jóvenes la posibilidad de organizar su futuro.

Debería ser puesta en marcha, además, la reducción del horario de trabajo y de la edad de pensión. Mediante estas acciones se restablecerían algunos elementos de justicia social, necesarios para derrocar la impronta neoliberal que constantemente ha aumentado el reparto desigual de la riqueza producida.

Para hacer frente a la dramática emergencia ocupacional, los partidos de la izquierda radical deberán hacer aprobar, en todos los países donde aún no existan, medidas aptas para instaurar un rédito de ciudadanía y algunas primordiales formas de asistencia a los estratos menos favorecidos –desde el derecho a la vivienda hasta los subsidios de transporte o el derecho a la educación gratuita– para contrastar así la pobreza y la cada vez más difundida exclusión social.

Paralelamente, se vuelve imprescindible dar un vuelco a los procesos de privatización que han caracterizado la contrarrevolución de las últimas décadas, restituyendo a la propiedad pública y al control universal todos los bienes comunes que pasaron de ser servicios para la colectividad a medios de generación de ganancias para pocos. La propuesta de Corbyn respecto al retorno a la nacionalización del sistema ferroviario inglés y la necesidad de invertir, por doquier en Europa, significativos recursos en la escuela y en la universidad pública muestran la dirección justa.

Respecto a los recursos necesarios para financiar tales reformas, éstos podrían ser obtenidos de los ingresos que deriven de la introducción de una tasa sobre los capitales y de un impuesto sobre las actividades no productivas de las grandes empresas, así como sobre las transacciones y los réditos financieros. Es evidente que, para realizar este plan, se considera como primer acto necesario la promoción de un referendo derogatorio del fiscal compact para acabar así con los vínculos impuestos por la Troika.

A escala continental, una verdadera alternativa es concebible sólo si una amplia coalición de fuerzas políticas y sociales es capaz de imponer un diálogo europeo para la reestructuración de la deuda pública.

Este escenario podrá ser realidad únicamente si la izquierda radical desarrolla, con más determinación y continuidad, campañas políticas y movilizaciones transnacionales, comenzando por el repudio a la guerra y la xenofobia, cuestión todavía más decisiva tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, y sosteniendo la extensión de todos los derechos sociales y civiles a los migrantes que llegan a territorio europeo.

Una política alternativa no da pie a atajos. No basta en realidad encomendarse a líderes carismáticos, pero tampoco la debilidad de los partidos de hoy justifica su destrucción por las instituciones del Estado.15 Es menester dar forma a nuevas organizaciones –pues la izquierda necesita de éstas tanto como las necesitó en la década de 1990–, que gocen de una presencia capilar en los puestos de trabajo, que propendan a la reunificación de las luchas, nunca tan fragmentadas como lo están hoy, y a unas clases trabajadoras y subalternas que, mediante sus estructuras territoriales, sean capaces de dar respuestas inmediatas, incluso antes de las mejoras generales introducidas por ley, a los dramáticos problemas causados por la pobreza y la exclusión social. Esto puede darse incluso reutilizando algunas formas de resistencia y solidaridad social aplicadas por el movimiento obrero en otros momentos históricos.

Se tendrán que redefinir además nuevas prioridades, en particular la puesta en práctica de una auténtica paridad de género y la minuciosa y concienzuda formación política de los militantes más jóvenes, teniendo como punto de referencia, en una época en la que la democracia es rehén de organismos tecnocráticos, la promoción de la participación desde abajo y la evolución del conflicto social.

Las iniciativas de la izquierda radical que en verdad pueden aspirar a cambiar el curso de los eventos tienen por delante una única vía: la de la reconstrucción de un nuevo bloque social capaz de dar vida a una oposición de masas a las políticas introducidas por el Tratado de Maastricht y, por consiguiente, de cambiar radicalmente las directrices económicas que hoy dominan en Europa.

Traducción: Felipe Uribe y Perla Valero


notas

* Este artículo es parte de un extenso texto, originalmente escrito en 2016 y actualizado recientemente.

1 Para una lista de las fuerzas que componen el Partido de la Izquierda Europea véase http://www.european-left.org/about-el/member-parties

2 Por el contrario, no forman parte las formaciones de la Iniciativa de los Partidos Comunistas y de los Trabajadores, fundada en 2013, que comprende, a excepción del Partido Comunista de Grecia, su fuerza principal, 29 minúsculas formaciones ortodoxas y estalinistas.

3 El manifiesto Trabajo y Justicia Social-La Alternativa Electoral, de Oskar Lafontaine, fue constituido en 2005; y la fundación del Partido de Izquierda, guiado por Jean-Luc Mélenchon, anunciada en noviembre de 2008 (el congreso fundacional se celebró en febrero de 2009).

4 En las elecciones de junio de 2015, antes del inicio de la escalada de violencia y de atentados desencadenada por el presidente Recep Erdoğan, el resultado (13.1 por ciento) fue incluso más notorio.

5 Un mapa de las fuerzas de la izquierda radical europea obra en la publicación a cura de Birgit Daiber, Cornelia Hildebrandt, Anna Strienthorst, From revolution to coalition: radical left parties in Europe, Berlin: Rosa Luxemburg Foundation, 2012; y, más recientemente, en el número especial, a cura de Babak Amini, de la revista Socialism and Democracy, volumen 29, número 3, 2015, titulado The radical left in Europe.

6 El único otro ejemplo es el pequeño estado de Chipre, donde el Partido Progresista del Pueblo Trabajador formó un gobierno de coalición en 2009.

7 La mayoría de los datos en circulación sobre los resultados de las elecciones, incluidos los emitidos por la Unión Europea, se refieren a porcentajes del número de diputados elegidos, no del de votos emitidos. Una de las excepciones loables de esta práctica es Paolo Chiocchetti. Véase “La izquierda radical en las elecciones del Parlamento Europeo 2014: una primera evaluación” (en la publicación en línea editada por Cornelia Hildebrandt, Situación de la izquierda en Europa después de las elecciones de la UE: nuevos desafíos, Berlín: Rosa Luxemburg Stiftung, 2014), y The radical Left Party family en Europa Occidental, 1989-2015, Londres: Routledge, 2016.

8 A estos deben agregarse otros dos eurodiputados del Partido Comunista de Grecia, no pertenecientes al grupo EUL/NGL.

9 Se observa que los elegidos al Parlamento Europeo del GUE/NGL provienen sólo de la mitad de los 28 países que componen la Unión Europea.

10 El famoso eslogan de Margaret Thatcher “No hay alternativa” continúa materializándose, como un fantasma, incluso a la distancia de 30 años.

11 A propósito, véase el documento colectivo Preliminary report, a cura del Truth Committee on Public Debt, la comisión establecida el 4 de abril de 2015 por iniciativa del ex presidente del Parlamento griego Zoe Konstantopoulou: http://cadtm.org/IMG/pdf/Report.pdf El nuevo gobierno de Syriza decidió eliminar este importante reporte del sitio oficial del Parlamento griego.

12 En Portugal, tras la Revolución de los Claveles y la instauración de la república, los socialistas nunca habían negociado con fuerzas políticas a su izquierda.

13 Junto a los autores que empujan desde hace tiempo en esta dirección –entre las varias publicaciones disponibles, se recurre a Jacques Sapir, Faut-il sortir de l’Euro?, Paris: Le Seuil, 2012; y Heiner Flassbeck y Costas Lapavitsas, Against the Troika: crisis and austerity in the Eurozone, London: Verso, 2015–, hubo durante las últimas semanas varias intervenciones en la misma dirección. En una entrevista concedida al famoso semanario alemán Der Spiegel, intitulada “Krise in Griechenland: Lafontaine fordert Ende des Euro”, publicada el 11de julio de 2015, Lafontaine se adelantó declarando que “el euro ha caído”. En Italia, el prestigioso sociólogo Luciano Gallino, recientemente desaparecido, publicó en La Repubblica, con fecha 22 de septiembre de 2015, el artículo “Por qué Italia puede y debe salir del euro”. También en Portugal, e incluso antes de la crisis griega, el influyente Francisco Louçã, durante 12 dirigente principal del Bloque de Izquierda, después de haber publicado, junto con Joao Ferreira do Amaral, el volumen A Solução Novo Escudo, Alfragide: Lua de Papel, 2014, expresó posiciones siempre más críticas respecto a la situación presente, véase su artículo “Sair ou não sair do euro”, publicado el 27 de febrero de 2015 en el periódico Publico.

14 La primera reunión sobre el tema se celebró en París del 23 al 24 de enero de 2016, pero fue decepcionante tanto en términos de participación como en la calidad del debate.

15 Cuando se hizo con el poder, en enero de 2015, Syriza obtuvo casi 2 milones 250 mil, pero el número de sus inscritos rondaba sólo 36 mil. Tras asumir la responsabilidad de gobierno, las decisiones democráticamente tomadas por el partido griego fueron repetidamente reformadas o ignoradas.