EL FRENTE ELECTORAL DEL PUEBLO

A finales del decenio de 1950, México vive días de agitación y turbulencia que señalan el inicio de un nuevo ciclo de movilización popular, inquietando la “paz y tranquilidad” impuestas a lo largo de dos décadas por las élites en el poder. El régimen posrevolucionario que vive su fase de plenitud es sorprendido. Los ferrocarrileros y otros colectivos obreros encabezan las protestas por mejoras económicas y laborales. En el ámbito rural, grupos de solicitantes de tierra del noroeste del país, cansados de transitar por los laberintos burocráticos, deciden pasar a la acción directa y reviven las ocupaciones de tierras como arma de lucha; inauguran un periodo de rebeldía social. Los estudiantes también se manifiestan con sus exigencias. Un eje atraviesa este heterogéneo y amplio descontento: las reivindicaciones democráticas, cuestionándose, en particular, el corporativismo estatal reinante, dando paso a la disputa por recuperar el dominio de sus organizaciones gremiales. La noción de independencia ocupará en adelante un sitio central en los programas de lucha de los inconformes. En el campo, tal proyecto se encarna en la Central Campesina Independiente (CCI), de 1961, que representó el primer gran reto al corporativismo de la Confederación Nacional Campesina. Las movilizaciones se topan, cierto, con un régimen político no democrático. La “democracia bárbara” señalada por José Revueltas se ha consolidado, a la par que la economía vive su milagro.

En el pequeño, variopinto y fragmentado cosmos socialista, comunista y –en general– progresista, son momentos de intensos cambios, de recomposición, reformulación programática y reorganización. El Partido Comunista Mexicano (PCM) deja atrás la disputa y la crisis en que había caído en los años previos y a partir del decimotercer congreso nacional, celebrado en mayo de 1960, una nueva dirección reencauza su orientación, sentido y funcionamiento. El Partido Popular adopta el vocablo Socialista (PPS). Y cobra vida un esperanzador proyecto unitario: el Movimiento de Liberación Nacional (MLN). El eco de la Revolución Cubana forma parte vital del escenario de las izquierdas latinoamericanas.

Así estamos cuando se avecinan los comicios para elegir al Ejecutivo federal en 1964. La izquierda organizada se apresta a decidir qué hacer, lo cual da motivo a la polémica y, de ahí, a las divergencias y la desunión. Mientras sectores como el PPS deciden mantener su apoyo al candidato oficial, otros –como el MLN– se inclinan por la abstención y otros más –destacadamente el PCM– consideran la ocasión para mostrarse y participar a la luz pública al abrirse una ventana de oportunidad para ello. Se forma el Frente Electoral del Pueblo (FEP), organismo político electoral fruto de la resolución de participar de manera amplia, conjunta e independiente en el proceso presidencial. La decisión recae en el núcleo emergente de dirigentes comunistas que, con un secretariado general colectivo, se ha dado a la misión de reformar el partido.

A fin de cumplir los requisitos exigidos en la Ley Electoral para obtener el registro, la Junta Nacional Organizadora se da a la tarea de reunir todos los requerimientos jurídicos, como la realización de asambleas estatales, y mostrar el número requerido de afiliados. El proceso culmina en la Asamblea Nacional Constituyente, celebrada el 26 y 27 de junio. Se habla de 83 mil 989 afiliados. En octubre siguiente, la Secretaría de Gobernación le niega el registro oficial.

A pesar del golpe recibido, los ánimos y la voluntad no decaen; se mantiene el desafío de participar sin registro en la contienda. En noviembre se lleva a cabo la primera convención nacional ordinaria, que se torna en la primera asamblea nacional extraordinaria del FEP. La reunión fue convocada para definir su participación en las elecciones, precisar la plataforma política y nombrar candidato a la Presidencia. Ramón Danzós Palomino es el elegido por la asamblea. Una cortina de silencio de los medios de comunicación se tiende en la formación del frente y en su participación comicial.

La campaña del FEP evidencia una paradoja en el PCM y, en general, en las izquierdas: domina la ortodoxia marxista, donde los campesinos tienen un papel central, pero subordinados al proletariado industrial en el cauce revolucionario. Es cierto que a la luz de las experiencias revolucionarias y anticoloniales ocurridas en Asia, África y Latinoamérica y de la pugna y el rompimiento entre los partidos comunistas soviético y chino surgen interpretaciones que redimensionan la función política del campesinado; sin embargo, éstas tardarán en cristalizar y tener expresión orgánica en el país.

No obstante, los comunistas encuentran un inesperado interés, acogimiento e, incluso, adhesión en el medio rural, delineándose tras muchos años una interrelación entre la insurgencia campesina y la actividad política de oposición de izquierdas, acercamiento que cristaliza en estructuras organizativas como la CCI a escala nacional y en otras formas asociativas y cauces de lucha en los planos regional y local. Este vínculo es facilitado por los agravios y el descontento acumulado en décadas por las condiciones opresivas y de miseria en que se encuentran las mayorías rurales, y se encarna en el candidato a la Presidencia: Ramón Danzós Palomino, reconocido y prestigiado líder originario de Sonora, dirigente agrario y fundador de la CCI, joven de gran entereza, con ideas propias y experiencia política ‒había sido candidato a la gubernatura de dicho estado‒, que simboliza el ciclo de lucha campesina de la época. La pertinencia de su postulación se revalida en la gran simpatía y aceptación que despierta entre los ciudadanos rurales.

Otro significado reviste la postulación de Danzós Palomino: su militancia comunista. En efecto, prácticamente desde la candidatura de Hernán Laborde, en 1934, la participación electoraldel PCM a escala federal había tenido lugar a través de candidatos aliados o de otros partidos. Danzós marca el inicio de una nueva era, pues en adelante los aspirantes presidenciales de los comunistas vendrán de sus filas, como será el caso de Valentín Campa en los procesos de 1976 y de Arnoldo Martínez Verdugo en los de 1982.

La campaña del FEP transcurre en medio de la sistemática coacción, el hostigamiento y la persecución estatal, que si bien asumen una forma disimulada y silenciosa debido a las circunstancias electorales que supuestamente abrían un breve intervalo no represivo, no por ello dejaban de tener un efecto amenazante e intimidatorio entre la población. En esta atmósfera es difícil valorar el efecto de la acción frentista en el horizonte político, tanto más que concluida esta pausa se intensifican la represión y la cooptación en particular por lo que concierne a la protesta campesina y la oposición de izquierdas. Ante la cerrazón estatal, otra parte del disenso asumirá las formas de la guerrilla rural, particularmente en Guerrero.

Más allá de los números y saldos oficiales, que desde luego en nada favorecieron al FEP, se cubrieron los propósitos planteados. Sin caer en exageraciones ni sobrevalorar los hechos y teniendo siempre presentes las limitaciones y carencias que aquejaban a la corriente de izquierda, la participación electoral fue positiva. Representó un potente vehículo para darse a conocer en la vida pública, identificar mejor la realidad nacional y afinar su programa, aumentar la afiliación, los cuadros medios y la red de simpatizantes, fortalecer sus recursos y estructuras, vigorizar la cohesión e identidad internas, establecer lazos con otros sectores sociales y políticos y reafirmar la hegemonía de la emergente dirección partidaria, que imprime un renovado aliento al partido.

Visto así, no es aventurado decir que esta experiencia político-electoral tuvo gran significado en la vida del PCM, afianzando las bases en que se asentaría su participación en las siguientes justas sociales y políticas de la década, notoriamente entre los jóvenes y estudiantes de los centros de educación superior, batallas en las cuales tuvo creciente participación y protagonismo.

Para los comunistas, la contienda electoral refrendó su formulación estratégica de la necesidad de pugnar por una nueva revolución, pues en su opinión la mexicana había llegado a su fin. En un primer momento se habla de una revolución democrática, de liberación nacional y antimperialista, si bien habrá que esperar a que madure y afine el tipo de revolución de que se habla. No obstante, el debate del socialismo en el país estará cruzado por las ideas de la libertad, la independencia y la democracia. En medio de la cerrazón y el endurecimiento del régimen y la disputa ideológica partidaria interna, en los siguientes años los comunistas radicalizarán su postura. El FEP desaparecerá, aunque tampoco se abandonarán del todo la noción y las prácticas de la democracia, acciones que pronto volverán a manifestarse en muy distintos planos y sectores, con miras a dejar atrás el régimen autoritario. El PCM será, con otros grupos y personajes de la izquierda y progresistas, actor protagonista en la apertura, la liberalización y democratización de México.