VIOLENCIA Y COMUNIDAD EN YA NO ESTOY AQUÍ

El director Fernando Frías con Ya no estoy aquí (2019) nos lleva de las colonias de Monterrey al barrio de Queens, Nueva York, y de regreso a Monterrey, con Ulises, un joven cholombiano de diecisiete años. Las condiciones de Monterrey que Ulises conoce antes y después de Queens son diferentes y el contraste surge de la violencia que azota las colonias durante las presidencias de Felipe Calderón en México (2006-2012) y Barack Obama en Estados Unidos (2008-2016). Esa violencia intensificada por la Guerra contra el narcotráfico en México y las deportaciones masivas en Estados Unidos impacta los lazos entre comunidades y transforma la identidad de sus miembros. También nos lleva a pensar sobre la negritud y la violencia policiaca que es el pan de cada día.

Hay diferentes manifestaciones de la violencia a las que Ulises y la gente de su comunidad tienen que responder. La violencia es estructural y se deslumbra en políticas que mantienen al centro de Monterrey con una infraestructura de “primer mundo” que no se encuentra en las colonias. Esto lo presenta Frías con el recurso de poner la mirada sobre las luces y edificios del centro de Monterey y luego a la periferia donde está más oscuro. La violencia se siente cuando Ulises y los Terkos toman un camino más largo para ir a sus casas para evitar el acoso y represión de los policías. Violencia también es lo que imponen los narcos con sus amenazas y armas de fuego. Es lo que usan Ulises y los Terkos contra otras bandas cuando hay conflictos. 

¿Y las soluciones a estas violencias? Sobrevivir con o sin trabajo formal como lo hace la mayoría de la gente en las colonias. Unes sobreviven con alcohol como vemos con León, el personaje sin hogar, otres venden drogas como lo hacen las pandillas, unes voltean a la religión como vemos al final con Jeremy cuando dice que “Está bien gacho aquí. El señor me mandó llamar…” o con más violencia como lo hizo el presidente Calderón al mandar más policías y militares a las colonias de Monterrey. Dentro de esas respuestas también está la subcultura: lo que son los cholombianos.

La subcultura como respuesta a la crisis por parte de jóvenes no es algo único de Monterrey sino que es un fenómeno global. México lo vivió con los jipitecas a finales de los años sesentas y setentas, chavos banda en los ochentas, y con otras expresiones juveniles como los emos de los 2000s. Los cholombianos, usualmente jóvenes pobres en áreas urbanas y fronterizas, mezclan el estilo y el ethos de comunidad de los cholos del suroeste de los Estados Unidos con la cumbia que viene de Colombia. Con esa mezcla cultural y sus propios toques particulares como el estilo de pelo les jóvenes forman comunidad para poder evadir las peores partes de la pobreza que viven. Ahí se ve el deseo que lleva a Ulises y les otres jóvenes a juntarse. Una ambición de ser respetades por una ciudad que responde con represión policiaca. Dentro de la subcultura, Ulises tiene protagonismo y respeto desde niño. Primero porque sabe bailar las Kolombias, segundo porque su hermano mayor formó parte de la pandilla de su barrio y por su liderazgo al frente de los Terkos. Ese liderazgo también demuestra que Ulises como el resto de los cholombianos no es un personaje sin deseos que solo se lleva por “impulsos e intuiciones” como escriben en Revista Común. De que no actúan directamente con manifestaciones y demandas contra les politices y las decisiones políticas que los marginan, eso es una cosa. Pero de que elles entienden que la política institucional no les ofrece nada es muy claro cuando dicen que “está gacho” o “de la verga”. Y esto es evidente cuando se llena el mural partidista con grafiti y cuando se roban una manta de propaganda electoral. 

Los cholombianos a través de su música, estilo, y forma de convivir responden a la realidad de sus barrios de Monterrey (pobreza, violencia, pandillas). La música Kolombia es esencial y estes jóvenes la escuchan, practican, y defienden. Ese sonido y estilo “rebajado” de las cumbias se escucha mientras se fortalecen lazos de fraternidad y de solidaridad entre les miembres de los Terkos. Esos lazos se construyen mientras caminan dentro de su vecindad, cuando platican en un edificio destruido, cuando tocan, cantan y bailan cumbias y cuando se roban la manta para ponerle el nombre de su banda. Se fortalece la relación cuando uno de los veteranos de la banda le da su camisa favorita al nuevo integrante para que forme parte de su grupo. También se unen más cuando se ayudan en las peleas contra otros grupos juveniles y para quitarle dinero a los jóvenes estudiantiles para juntar dinero para el reproductor MP3. El lazo entre los cholombianos hace una comunidad y dentro de eso Ulises encuentra su respuesta a la pobreza y la violencia hasta el punto de normalizarlas. La entrada de la narcoviolencia a la colonia altera lo establecido y en ese proceso se destruye la vida de Ulises y de los cholombianos. Ulises es forzado a escapar de su comunidad para no ser víctima del conflicto entre la nueva banda de narcos y la pandilla. Antes de irse su amiga “Chaparra” que es parte de los Terkos le entrega el reproductor MP3 llena de canciones de Kolombias, la música que lo une con su comunidad.

En Queens, Ulises vive con nostalgia por lo que fue obligado a dejar en Monterrey por la narcoviolencia. Ulises representa lo que la teorista Sara Ahmed llama “migrantes melancólices” para demarcar migrantes que visiblemente demuestran su descontento con su nuevo lugar de estadía, usualmente países occidentales, y que permanecen melancolices por sus hogares natales. Él no busca asimilarse, hecho evidente por su rechazo de aprender inglés, una decisión que es personal y política para muches que prefieren hablar su lenguaje nativo. Ulises tampoco se enfoca en cumplir el sueño americano. Él extraña su comunidad y alimenta su enlace con los Terkos con la música, la internet, el radio, y sus memorias. Las comunidades que encuentra en Queens son diferentes. Ve a grupos religiosos en las esquinas, se encuentra con Gladys quien forma parte de un barrio de migrantes colombianes y a un grupo de skaters. Él no cabe dentro de esos espacios. Y tampoco dentro de la comunidad de hombres jóvenes migrantes con los que vive y trabaja. El hogar y el trabajo son espacios homosociales o de solo hombres en los cuales las demostraciones de masculinidad están basadas en el trabajo pesado y el estereotipo del hombre “duro”. Ulises no se asimila y se mantiene con su estilo de pelo, ropa, y zapatos por lo cual es víctima de burlas y finalmente de violencia. Esa violencia basada en cuestiones de masculinidad lo saca de ese hogar, igual que la narcoviolencia lo sacó de Monterrey. 

Las violencias dentro de México han creado una diáspora mexicana alrededor del mundo, especialmente en los Estados Unidos, que dependen de la construcción de comunidad para sobrevivir. Frías nos recuerda que la Mexicanidad no es suficiente para enlazar a dos mexicanos ni en México ni el extranjero. Dentro de una escena un joven Mexicoamericano de tez blanca rápidamente marca a Ulises de tez morena como “sketchy” (sospechoso) un adjetivo que en los Estados Unidos tiene tonos clasistas y racistas. El joven además no traduce bien las preguntas y respuestas entre Ulises y Lin, la joven asiática americana y nieta del dueño de una tienda que aquél ayuda a limpiar. Incluso, el joven Mexicoamericano de primera generación se enfoca en tratar de marcarle a la policía, algo que significaría la deportación de Ulises. En esa platica también vemos cómo la cuestión de la piel es importante. Es muy probable que el joven Mexicoamericano no viera a Ulises como sospechoso si tuviera su misma tez.

La solidaridad para Ulises viene de Lin que en su fascinación con él le trata de ayudar. Ella aprende sobre Ulises, los Terkos y los cholombianos mientras Ulises obtiene refugio en el techo de la tienda, y casa de Lin y su abuelo. Esta situación de precariedad que vive Ulises es una reflexión de lo que viven miles de migrantes en Estados Unidos que en busca de algo mejor viven en situaciones de vivienda difíciles por las altas rentas que se cobran. Como Gladys, una trabajadora sexual colombiana, le pregunta a Ulises, “¿Qué pensabas? ¿Qué ibas a llegar y te iban a invitar a comer y dormir a la Casa Blanca?” La experiencia del migrante pobre es una de mucho esfuerzo y trabajo. Al mismo tiempo es de buscar crear comunidad, y sobrevivir.

Dentro de la creación de comunidad entre les cholombianes, les migrantes, y hasta podía decirse, entre mexicanes, hay un rechazo y apropiación de la negritud. La gente afro-latinoamericana no tiene una presencia estelar dentro de la película, pero bastante gira alrededor de su cultura, la apropiación de su cultura y el racismo contra ellos. La falta de su presencia es lo que no se habla cuando crítices como Fernanda Solórzano, ni cineastas como Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, explican al formular sus comentarios sobre cultura, asimilación e identidad, con relación a la película. Elles ignoran la cuestión de negritud que se desarrolla dentro de la película. Hay una protagonista llamada “Negra” con un rol menor en la película, pero que señala cómo el apodo de “Negrx” es para la persona más oscura del grupo sin pensar en cuestiones raciales. Olvidar la cuestión racial es algo que ha facilitado la invisibilización de la gente negra en México. Entonces ese proceso facilita chistes anti-negros y homofóbicos que dependen de la idea del pene negro, al estilo del chiste racista del “Negro de Whatsapp”. Como explica Sally para la revista digital Afroféminas: “Difícil ver bromas en Internet que tengan a hombres o mujeres negros como protagonistas que no tengan que ver con algunos temas fetiche con los que nos reduce, dígase hipersexualización, falta de cultura, poca higiene, fealdad, etc. vamos lo que viene siendo racismo puro y duro”. Esto se ve en la película cuando un personaje le dice a Ulises: “Te gustan las vergas negras, se me hace”, porque él disfruta el baile de una joven negra en el metro. Ulises también usa la cuestión de la negritud como insulto. Él acusa a los otros migrantes con los que vive de querer tratar de ser negros porque están escuchando una canción pop, no hip-hop, en vez de una canción Kolombiana o en español. Entonces Ulises y los migrantes como mexicanos y Latinos no-negros se acusan de tratar de ser negros por consumir y/o disfrutar expresiones culturales negras, como si ser negro fuera algo malo. 

Ellos no entienden como muchas de sus costumbres vienen de apropiaciones de prácticas culturales de gente negra en los Estados Unidos y América Latina. Ejemplos sobran, pero uno esencial para los colombianos es la cumbia. La cumbia es un género de música creado originalmente por Afrodescendientes. Sin la cumbia no hay cholombianos. La apropiación de la cumbia y otras expresiones culturales negras por parte de gente no-negra en México y el mundo facilita que se olvide quienes crearon esas expresiones: gente negra. En la película esto se ve cuando Gladys, la colombiana, hace referencia a la canción “Cuando lo negro sea bello”. Como vemos dentro de la película “lo negro” es insulto. Además, que la canción sea sobre el racismo y la impunidad cuando el crimen es contra gente negra es un recuerdo de cómo se puede ignorar la negritud. Ulises por la letra debería entender el racismo anti-negro, pero él lo ejerce. Al olvidar a quienes crearon esas expresiones culturales también se puede invisibilizar a poblaciones completas. Esto también facilita que las personas negras sean vistas como algo exótico y no parte integral de la nación, como la hace la comediante Sofía Niño de Rivera con su chiste racista en su stand-up del 2018. Ese mismo proceso facilita que Ulises acuse a los hombres por tratar de ser negros, sin él siquiera tener que reflexionar sobre la importancia de la gente negra en la música que tanto aprecia y en el país donde él nació y creció.

Al final Frías nos ofrece una película cuyas escenas nos interpelan en el momento de rebelión en los Estados Unidos y en México, de junio de 2020, cuando se cuestionó fuertemente la existencia misma de la policía, hasta hoy. En Estados Unidos, estalló una demanda por “Defund the Police” (¡Quiten el financiamiento a la Policía!) que es parte del proyecto abolicionista que proponen activistas como Angela Davis, quien busca terminar con un sistema de justicia criminal que es racista y clasista. El proyecto abolicionista también tiene vida en México. Después de que policías mataron a Alexander Martínez en Oaxaca, y a Giovanni López en Jalisco, activistas mexicanes también demandaron que se destruya el sistema policíaco en México. Como escribió la investigadora Catalina Pérez Correa para The New York Times, México es “un país en el que los abusos de las instituciones de seguridad son cotidianos”. Frías ilustra esos abusos cotidianos por parte de la policía contra la gente de los barrios, en particular los jóvenes. Esa violencia diaria es parte de lo que está en el fondo del motín con el que la película acaba. No está claro cuál es el motivo original, porque algunos de los amotinados hablan sobre dinero, aparentemente sugiriendo que su motín no es político. Sin embargo, lo que importa es que estos jóvenes se rebelan contra un sistema que los margina y contra la policía y el ejército, las manifestaciones más concretas de las múltiples violencias que marcan sus vidas. Esto se amplifica más cuando un joven durante el motín dice: “Si hasta gratis lo haría, a la verga” enfatizando su coraje contra la represión cotidiana. Mientras el motín ocurre, vemos a Ulises tratar de escaparse de esa realidad a través del baile. La película nos presenta este baile como el último baile de Ulises en el Monterrey de su melancolía. La canción que toca desde su reproductor MP3 dice: “Quiero decirte hoy/Que ya no te quiero/Que ya no te extraño/Quiero decirte hoy/que sinceramente”. La canción termina porque se muere su reproductor portátil y el joven es forzado a ver lo que pasa en su colonia. Él ya no está en el Monterrey de antes de su migración forzada a Queens. Es otro Monterrey y la cosa está de la verga. El escapismo no le va a funcionar.

La violencia de los jóvenes amotinados dentro de la película, como la de los jóvenes afroamericanos en Estados Unidos, y en Jalisco, y ahora en Cancún, abre la posibilidad de un mundo nuevo sin policías y sin violencias estructurales. Usan la violencia para atacar y al mismo tiempo para concebir comunidades diferentes. Al fin, como diría el postulado clásico, buscan construir un mundo verga donde “de cada cual, según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.