UN DESTELLO LENINISTA-GUEVARISTA EN EL BOLÍVAR ECHEVERRÍA TEMPRANO

Para YY

“…ni Marx ni Lenin se habían representado la actualidad de la revolución proletaria y de sus objetivos finales como si ella pudiera ser realizada como uno quisiera y en cualquier instante … ambos obtuvieron a través de la actualidad de la revolución el parámetro seguro para tomar decisiones en cada cuestión del día … Únicamente esta relación entre las accciones individuales y este centro, que sólo puede encontrarse a partir del análisis preciso de la totalidad socio-histórica, convierte en revolucionarias o contrarrevolucionarias las acciones individuales”
Georg Lukács, Lenin [1924].

El pasado 5 de junio se cumplieron 10 años del sensible fallecimiento del pensador ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría. Para esas fechas estaba programado para desarrollarse un amplio seminario alrededor de su pensamiento en la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM, la que fue su institución de pertenencia, la que le acogió a mediados de los años setenta (primero en la Facultad de Economía, y luego en la ya citada) y que por su completa trayectoria le reconoció en algunos de sus más preciados galardones. Seguramente aquel evento habrá de ser reprogramado, dada la persistencia de las condiciones de emergencia sanitaria que aún atravesamos.

En las páginas que siguen nos ocupamos de una faceta no tan difundida de su producción, la más temprana, la del comienzo de su itinerario intelectual, pero que consideramos importante, en la medida en que ya se pueden vislumbrar algunos atisbos de las proposiciones posteriores, o desde el lado contrario, se ofrecen las señales de una puesta a distancia de algunos temas, motivos de análisis, formas de escritura y hasta tono de expresión, que a la posteridad quedan como estaciones de tránsito de una obra en movimiento, de un autor en construcción. Sirva esta aproximación como un merecido homenaje.

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Algunos de los pensadores que participaron, a mediados de los sesenta, de los procesos de ruptura del campo cultural establecido en el Ecuador (y que estaba instituido en las coordenadas fijadas por la Casa de la Cultura Ecuatoriana) se habían conocido ya, en el mero inicio de esa década, como inconformes exploradores del continente filosófico, jóvenes rebeldes hijos de esa época cuyo propósito era volverse filósofos (Tinajero, 2011: 10), mientras que sus coetáneos buscaban apenas adquirir las herramientas necesarias para impartir clases de filosofía. Ese criterio de impugnación del propio paraninfo universitario, que respiraba bocanadas de aire limpio que provenían de los vientos cálidos del Caribe, tierra en convulsión desde un año antes con la Revolución triunfante del movimiento 26 de julio, irá pronto desplazando a esos entusiastas filósofos desde las acartonadas tablas de una formación profesoral hacia espacios libres de ese encierro, y harán de los sitios de bohemia, y los cafés literarios, lugares en que de la irreverente tertulia se proyectan hacia una renovación del pensamiento. En el mero centro de Quito se daba cita el grupo de amigos integrado por Ulises Estrella, Fernando Tinajero, Bolívar Echeverría y Luis Corral, no solo trataban de poner distancia de la repetitiva verticalidad de cátedra o intentaban refugiarse en la horizontalidad lúdica de los parroquianos (su principal madriguera, el recordado Café 77), sino que algo más importante se estaba gestando entre ellos, y emergería muy pronto (Freire, 2008).

De aquel inicial inconformismo respecto a la enseñanza tradicional a la que accedían, en 1960, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Quito, se estaban materializando las sensibilidades disruptivas desde las que se desprenderían ciertas líneas de fuga, que habrían de colocar, por un lado, a los dos últimos (Echeverría y Corral) en un itinerario que a fines del año siguiente (1961) los verá haciendo maletas para desplazarse hacia Alemania, donde buscaban encontrarse con uno de esos únicos faros de pensamiento que ellos consideraban iluminaba el firmamento (la figura descollante, hasta en su condición polémica, de Martin Heidegger). No lograron encontrarle, pero Bolívar Echeverría daría en Berlín, en compañía de otros grupos contraculturales, con “la nueva lectura” de Marx; permaneció en Alemania hasta 1968, y a Marx ya nunca más le abandonó. En aquella ocasión en que Bolívar Echeverría anunciara sus intenciones de emprender ese camino, contó con la camaradería de Luis Corral como para viajar éste último sin saber una pisca de alemán, y esa fue la razón para que, un año después, Corral ya se encontrara de vuelta en Ecuador.

Pero tan pronto como unos meses después de aquella partida, en alguna noche en que el grupo de contertulios seguramente extendió la velada, por invitación de los pintores Elisa Rumazo y René Alis, y la desplazaron hacia la casa del padre de la primera, José Rumazo (hombre con vocación de político e ideas cercanas al socialismo), ahí se da, en medio de los rones y el tabaco, la coincidencia en una epifanía colectiva. Será esa la fragua de la que habrá de surgir el grupo cultural que tomará el nombre de “Tzántzicos”, y cuyo emblema fue pintado en esa misma reunión por René Alis (de origen colombiano y que, procedente de Bogotá, se había establecido no hacía mucho en Quito). De aquel grupo original que objetaba el magisterio tradicional en filosofía, los personajes que permanecieron en suelo quiteño, pasaron a otros cuestionamientos y dieron con otras vías de fuga, obligados a convivir en un medio impactado por el quiebre del orden constitucional, luego que se impuso el gobierno de la Junta Militar desde el 21 de julio de 1963 y se extendió hasta 1966. Esos personajes se consolidarían como las bases de lanzamiento de algunos de los proyectos culturales más importantes del período. Con la dictadura no cesaron sus actividades, por el contrario, incorporaron a un mayor número de poetas (Alfonso Murriagui, Antonio Ordoñez, Euler Granda, Humberto Vinueza, Simón Corral, Rafael Larrea, Raúl Arias, Marco Muñoz, entre otros) y canalizaron su lírica en la denuncia (finalmente hacían un “arte político comprometido”). En esos años aciagos se desarrollaron no menos de 15 recitales tzántzicos de poesía (Arias, 2018: 29). De la amistad con aquella pareja de pintores (Elisa Rumazo y René Alis) se desprendería también el lazo de comunicación que el grupo establecería con otro colectivo de intereses semejantes, el de los nadaístas colombianos (Freire, 2008: 16-20). También estuvieron atentos al trabajo de la revista literaria, difundida desde la Ciudad de México, El corno emplumado(fundada de igual manera en 1962),[1] y a través de ésta, del trabajo poético y narrativo de la “generación beat” (en el número 4, de abril de 1964, se informa que Ulises Estrella se encuentra estudiándolos muy asiduamente). Y tenían en su mira las actividades y convocatorias de la entidad creada y dirigida, en aquel entonces, por Haydée Santamaría, Casa de las Américas.

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Varios fueron los instrumentos de incidencia de los Tzántzicos sobre el ámbito cultural ecuatoriano, además de los recitales de poesía (auténticos happenings, que protagonizaron en otras ciudades, Guayaquil, Cuenca, etc.), participaron de transmisiones por la Radio Nacional del Ecuador, coloquios sobre arte contemporáneo y mesas redondas. Pero su medio de difusión más efectivo y perdurable fue su revista, en la que se incluye el “Primer Manifiesto” del grupo, que consigna por fecha el 27 de julio de 1962 (y que, un mes después, fue leído en el Salón Máximo de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central), el cual sale publicado en segunda de forros del número inaugural, en octubre de 1962. En años posteriores y en los interiores de los fascículos siguientes se sumarían las plumas de otros pensadores significativos, entre ellos, Jorge Enrique Adoum, Agustín Cueva (luego de su retorno de París, donde obtuvo su diploma por estudios de Maestría), y Alejandro Moreano, en el caso de estos dos últimos, sus nombres quedarán asociados a otras dos publicaciones que se desprenden de la misma forma de ese “momento” tzántzico: Indoamérica y La Bufanda del Sol (en su primera época) (Polo, 2018: 525).

Imaginemos ahora una revista del altiplano andino que aunque preferentemente arropaba una poesía insolente y disruptora (grito y plegaria extática contra una sociedad que esa juventud valoraba inauténtica), también daba espacio para una interpelación abierta al panorama cultural, en un sentido más amplio. El colectivo sabe que toda expresión artística es un vehículo de ocupación del espacio de la política, y también lo es la forma del instrumento material que contiene esas expresiones, la revista, que aspira a ganarse su propia personalidad: en el marco de un singular diseño, con recuadros, plecas, subrayados, lo mismo hace uso de variados tipos de letra que de distintas disposiciones del texto (vertical, horizontal, transversal) y se recurre, para ilustrarla, desde el número 2, al dibujo, la fotografía, o la pintura (nada menos que de Osvaldo Guayasamín). Sus fascículos eran dardos, perfeccionados con cada entrega, que elevaban su alegato de disgusto ante la situación interna del estado-nación, pero que no limitaban ahí sus áreas de interés sino que inscribían esas temáticas en la dimensión internacional. Por tal razón, lo mismo se reseñan las luchas anticoloniales y se evocan las figuras del Che Guevara y Frantz Fanon, que las revueltas de “las colonias internas” en el suelo mismo del imperio estadounidense, denunciando las infamias racistas del Ku Klux Klan y el clamor por el Poder Negro, y lo mismo se extractan viñetas de Jean Paul Sartre o Regis Debray, que se traducen poemas de Bertolt Brecht, o ensayos de Roland Barthes o Peter Weiss. Nada menos que eso fue la revista Pucuna, proyecto editorial del grupo de los Tzántzicos que publicó, en Quito, Ecuador, nueve números, entre 1962 y 1968, y en la que Bolívar Echeverría participó, no obstante estar ya instalado en el otro lado del mundo, en la ciudad (Berlín) que era arranque y lema del período de la guerra fría y del régimen de bipolaridad.

Vinculado al grupo desde su inicio, como hemos detallado más arriba, su nombre figura entre los redactores tzántzicos (en el exterior) desde el número 3 (julio de 1963), y participa hasta la que fue la última edición (febrero de 1968), en su labor de traductor. Nada menos que en las entrañas de esa publicación uno podrá acceder a sus primeros textos, entre los que se destaca el titulado “Los fusiles” (Echeverría, 1965a: 7-10), una larga nota sobre el arte del realizador brasileño, que adhirió al Cinema Novo, Ruy Guerra. De ese material sería engañoso reducirlo a un mero propósito de crítica cinematográfica, del objeto fílmico se parte hacia los primeros tanteos de una lectura de la realidad latinoamericana desde Marx y su analítica de la producción capitalista (desde un par de años antes a éste, propiamente su primer escrito, el pensador ecuatoriano asistía a las lecciones que sobre Das Kapital impartía en la Freie Universität de Berlín, Hans Joachim Lieber) (Tinejero, 2011: 13), no es casual, entonces, que en el párrafo final del escrito esté ya contenida la contradicción que se despliega en toda su obra: el teorema crítico primordial, le llamará más adelante. 

Del momento climático de una de las secuencias dramáticas del film extrae una imagen en la que uno de los personajes, integrante de una aldea del noroccidente brasileño, donde transcurre la historia, se ve colocado en el medio de dos capas de realidad, por un lado, la metafísica ritual de los entramados simbólicos de la comunidad natural que todavía persiste, por el otro, la metafísica implacable del “principio de propiedad” que configura “al mundo como desierto o lugar de sufrimiento” (Echeverría, 1965a: 9). En esa hendidura que se abre abismalmente, nuestro autor encontrará el núcleo de la contradicción en que se juegan dos posibles derivas, de ahí el carácter ambigüo en que se debate la persona humana. El ente que piensa enfrenta coyunturas que vive como encrucijadas, o persiste “en la pre-historia [en que] vive el hombre alienado” (Echeverría, 1965a: 7), entregado al código de socialidad vigente, experimentando su vida como hundimiento, como recaída en el foso, como obediencia a “una voluntad metafísica divina” (Echeverría, 1965a: 8), o emerge como el verdadero portador de su propia historia, “toma sobre sí la superación de su contradicción histórica respectiva” (Echeverría, 1965a: 7), se atreve a romper “el contrasentido” (Echeverría, 1965a: 7) que le maniata, osa con salir de la caverna y desde el intersticio que se anuncia en los actos de adquisición de conciencia se proyecta hacia la condición de sujeto histórico. En conclusión, afirma el joven filósofo Bolívar Echeverría: 

“la síntesis es una decisión a tomarse por parte del espectador comprometido: o bien la vida, material y rebelde, con su ley intrínseca de cambio y muerte o bien el Orden eterno y sagrado, en un mundo de culpa, sacrificio y condena. «Mi reino no es de este mundo», dice el dios cristiano; el hombre dice: «el único reino mío tiene que ser este mundo»” (Echeverría, 1965a: 10).

Encontramos también en Pucuna, otro par de sendos ensayos,[2] en que ya se registran los primeros asomos de su hermenéutica fenomenológica sobre el ente u objeto mercantil y sus intentos reflexivos por captar en suelo latinoamericano los pasos del “hombre [ser humano] nuevo”, la activación de la conciencia revolucionaria, de la que interesan menos sus “vestiduras míticas o ideológicas” y más “las motivaciones de existencia material en referencia a las cuales … tiene que conformar su estructura y delimitar sus contenidos” (Echeverría, 1965b: 27).

En el gregario humano puede esconderse una potencia de la que brota hasta la fantasía, cuando de la condición de abatimiento en el presente se alzan los pueblos en pos de la utopía. Pero ese gesto es contingente, hay que cultivarlo, no tiene el peso de lo necesario. Ahí reside la ambigüedad que detecta Echeverría, no solo en el personaje de la trama en la cinta “los fusiles”, sino en el propio espectador (de ahí su ruego al abrir aquel texto: “¡Ah, si esta película pudiese ser vista por cualquiera…”) (Echeverría, 1965a: 7), la gente común puede mantenerse espectante, o puede erigirse en actuante, cuando se arma con la crítica, y ello se expresa (hasta de un modo transparente) en el vocablo central elegido para el título de aquel trabajo, “De la posibilidad de cambio”, y en la propia elección del epígrafe inicial, que extrae de Los Anales Franco-alemanes, de febrero de 1844.[3]

De los varios ámbitos que el pensador ecuatoriano-mexicano aborda en ese temprano escrito (Echeverría, 1965b: 26-33), subrayamos dos, en primer lugar, si en lo teórico se vislumbra en ciertos destellos leninistas un cambio de mirador al seno de la teoría revolucionaria de Marx (pues la contradicción constitutiva del capitalismo es relanzada, bajo el imperialismo, como contradicción entre una producción acicateada por la competencia y una tendencia hacia la socialización completa), por otro lado, la contienda por la autodeterminación de la isla de Cuba que intenta romper las cadenas del yugo imperialista, irradia un espectro que esboza sus trazos en los embates o actos plurívocos de lucha práctica, que no expresan sino un girón en la actualización de la idea misma de revolución, una reapropiación de su sentido.

Todo ello aconteciendo en un momento en que la “estructura básica del modo de producción occidental” (Echeverría, 1965b: 29), parecía haber encontrado, para los países desarrollados imperialistas, la solución que sofoca las contradicciones inherentes al capitalismo, pues no solo las solventa con varias formas de rentismo sino que las sublima en “las ideologías y los mitos de la[s] clase[s] influyente[s]” (Echeverría, 1965b: 27) que logran camuflar sus valores como las normas consuetudinarias de la población en general (las disfraza como el proyecto de la nación entera) y, por obra de ese efecto combinado de los planos infraestructural y del “complejo secundario o superestructural de relaciones humanas” (Echeverría, 1965b: 28) nuestros países del tercer mundo, periféricos, quedan instalados en un proceso de “crisis permanente” (Echeverría, 1965b: 30).

Los lectores interesados, entonces, podrán acudir a las páginas de Pucuna, a la que fue su sexta entrega, y ahí podrán encontrar un trabajo que da cuenta de ciertos destellos de un análisis internacionalista y anti-imperialista, un tono expositivo que ha de perdurar durante toda la segunda mitad de los años sesenta, esto es, el momentum de cierre de su exilio berlinés y su retorno al drama latinoamericano. El espesor histórico de uno solo de esos años (de octubre de 1967 a octubre de 1968) es de una fluidez extraordinaria, nuestro autor, en su traslado, no solo participa de una ocupación de las calles y del campus universitario, por las juventudes alemanas movilizadas por demandas estudiantiles, sino que presencia la ampliación de una insurgencia cívica democratizadora en varias ciudades de México, pero con esos acontecimientos alentadores también se adhieren las marcas, que como cicatrices, configuran la cara trágica del proceso, la caída en combate del “guerrillero heróico” y la masacre de “la noche de Tlatelolco”.

En el trabajo del que hemos hecho mención, pero también en otros del período temprano, Bolívar Echeverría establece una incursión, en varios niveles, sobre el legado de la teorización leninista con el fin de colocar los temas de la adquisición de la conciencia revolucionaria por el pueblo latinoamericano, en el marco de una pregunta (existencial) por la posibilidad de mutar en sujeto histórico, argamasa o configuración desde la que se arrebate la construcción de lo nacional a quienes en aquel momento, y hasta ahora, serían sus usurpadores. Así quedaba consignado, de hecho, en un fragmento en prosa, que no consigna autoría, y que figura en calidad de viñeta en la página 2 de la quinta entrega de Pucuna (agosto de 1964), donde leemos: 

Estamos buscando saber qué hay en nosotros. Nosotros, los pueblos colonizados del Tercer Mundo, Asia, África y Latinoamérica convulsionadas, una sola llamarada que se lanza. Nos descubrimos mediante la negación radical de lo que han hecho con cada una de nuestras vidas, de lo que pretenden que seamos. Abrimos paso. Queremos dejar al fin nuestra enajenada serenidad de piedras. Soberanía, no servidumbre; eso exigimos. Fuimos llagados, vamos a llagar porque se acaben las llagas.

Ese tema, superar la enajenada serenidad de la roca, y erigirse en personas, gentes, pueblos que construyen su historia, que le arrebatan ese atributo a fuerzas heterónomas, y que en ese acto se elevan a la condición de sujetos actuantes, que luchan, se conservará en la obra temprana echeverriana y puede rastrearse ese registro en otro conjunto de trabajos. De manera muy especial se conservan esas huellas, indicios, indagaciones, en un texto publicado un año después al que ya hemos señalado de Pucuna, su título no podía ser más explícito: “Para el planteamiento general de la problemática de los movimientos revolucionarios del tercer mundo” (Echeverría, 1966), y que fue publicado en Indoamérica, la revista que animaban Fernando Tinajero, Agustín Cueva y Françoise Perus (Tinajero, 2012: 14), cuyo emplazamiento metódico del problema queda suficientemente representado en la siguiente afirmación: “Motivada por la miseria económica y por la miseria nacional, es en contra de la totalidad del sistema imperialista que se vuelca «la acción» de los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo”.

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El pensador nacido en Riobamba seguirá rondando esos temas, sin abandonar esos énfasis guevaristas, (no por casualidad, todavía en Alemania, le toca escribir unas páginas laudatorias, al modo de introducción, a la primera biografía que sobre Ernesto Che Guevara se publicaba en aquellas tierras, a unos cuantos meses de su asesinato).[4] Ese tono, hasta foquista, muy propio de un romanticismo de época, una década después pareciera ya superado, sin embargo, todavía en el preciso comienzo de los años setenta la indagación echeverriana sigue sin desprenderse plenamente de esos temas, en el marco de su acoplamiento (a un par de años de haber llegado a la Ciudad de México) y familiarización con los debates militantes de las fuerzas políticas, sindicales y contraculturales que en el país presencian un período de cierto resquebrajamiento en el partido único dominante.

Como un testimonio del cierre de esa etapa y de la apertura hacia nuevos tanteos analíticos quedan los escritos que el pensador ecuatoriano-mexicano habría publicado entre fines de los sesenta y el inicio de la década siguiente, cuatro en total, editados en México bajo el seudónimo de Javier Lieja, pero en el Ecuador sí firmados con su nombre. Al abordar, en unas cuantas páginas y con la exigencia por politizar la efeméride, se ocupará de dos personajes (V. I. Lenin y Rosa Luxemburgo),[5] pero con un solo tema en mente, “el problema de la revolución”. En Echeverría se deja constancia de que se ha dado un desplazamiento, no solo geográfico, al atravesar el Océano Atlántico de regreso, e instalarse en suelo latinoamericano, sino que ese traspaso le ha de abrir hacia nuevos horizontes de articulación conceptual.

Un elemento que anuncia el quiebre de época ya definitivo, se ubica en nuestra opinión, cuando en uno de esos escritos ha de reconocer, no sin cierto escepticismo, y hasta mordacidad, que el debate visto ya desde el México de aquellos años se configura en otras coordenadas. En un artículo cuyo título se formula como interrogante, abre un enorme listado no solo por el carácter polisémico y polar del término, sino para cuestionar (¿irónicamente?) que sí de revoluciones se habla las hay “en permanencia y hasta institucionalizadas” (Echeverría, 1969). ¿No asistimos acaso con el oxímoron de una “revolución institucionalizada” que reprime y aplaza sus contradicciones, a una especie de temporalidad propia de una “dialéctica en estado de suspensión” a la Benjamin, y no fue el caso del régimen de partido único en México, y de su impostada “alternancia”, el ejemplo privilegiado de la “monstruosidad barroca” en política? Temas ambos, de los que nuestro autor no es todavía consciente, pero que, precedidos por la profunda cavilación sobre la obra cumbre de Marx (Das Kapital, y todo el género de contradicciones activadas por la oposición entre el valor de uso y la forma valor de los productos del trabajo), irán configurando una condición de madurez en la labor de cátedra y en múltiples publicaciones que marcarán un nuevo comienzo, y ya el Bolívar Echeverría temprano va quedando en “liejanía”. Pero qué de raro habría en ello, no hasta el propio José Carlos Mariátegui dejó atrás a Juan Croniqueur y quiso olvidarse de “su edad de piedra”.

Un último elemento con el que deseamos cerrar estas notas tiene que ver con el significante y su significado tanto del grupo de los Tzántzicos, como de su medio de expresión Pucuna, porque pareciera que ahí también quedó un sustrato que décadas después continuó acompañando el proyecto de nuestro filósofo. En el primer caso, la reminiscencia ancestral de la tzantza pone en referencia el trabajo artesanal de reducir cabezas en dos direcciones, por un lado, como el parricidio de un modelo de pensamiento instituido que se ha osificado, por el otro, como auto-protección ante sus efectos reactivos, de aquello que reposa hasta en el inconsciente de las generaciones más lúcidas, cuando ese régimen que se ha cuasi naturalizado no termina de morir. En el segundo caso, así como la cerbatana (pucuna) no es sino un instrumento para hacer más eficaz el lanzamiento de los dardos envenenados, útil en los episodios de una violencia ritual que asegure la subsistencia; del mismo modo era como Bolívar Echeverría entendía la actitud que había que tomarse ante el trabajo intelectual, el discurso crítico será justamente el lanzamiento incesante de nuestros dardos envenenados sobre el ídolo petrificado que puede haberse tallado hasta con los mejores moldes de autoconciencia alcanzados en la cultura occidental, pero no limitarse a esa tarea (sucumbir “eurocéntricamente” ante sus ensueños deslumbrantes), no quedarse momificado ante esos embrujos, pues también la Teoría crítica puede mutar en teoría tradicional; sino arremangarse la camisa y enfangarse los zapatos al dar los pasos firmes que nos encaminen hacia la creación de algo nuevo.


Bibliografía

Arias, Raúl (octubre, 2018) “Tzántzicos dentro y fuera” en La revista. Lecturas, reflexiones, asombros. Quito, Núm. 4, 27-30.

Echeverría, Bolívar (agosto, 1964) “De la posibilidad de cambio” en Pucuna, Quito, Núm. 5, 3-6.

Echeverría, Bolívar (abril, 1965a) “Los fusiles” en Pucuna, Quito, Núm. 6, 7-10.

Echeverría, Bolívar (abril, 1965b) “De la posibilidad de cambio” en Pucuna, Quito, Núm. 6, 26-33.

Echeverría, Bolívar (enero-mayo, 1966) “Para el planteamiento general de la problemática de los movimientos revolucionarios del tercer mundo” en Indoamérica, Quito, Núm. 6, 47-51. También citada como “Tesis de grado de la Universidad de Berlín” y publicada en la Antología del autor Bolívar Echeverría. Crítica de la modernidad capitalista (2011) La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, pp. 361-369.

Echeverría, Bolívar [Javier Lieja, seudónimo]. (diciembre, 1969). “¿Qué significa Revolución? I” en Solidaridad, Ciudad de México, Núm 11 y (Enero de 1970) “¿Qué significa Revolución? II”, Núm. 12. También publicado como ¿Qué significa la palabra Revolución? en Procontra, (abril, 1971) Quito, Núm. 1, 17-20.

Freire García, Susana (2008) Tzantzismo: tierno e insolente. Quito: Libresa.

Polo Bonilla, Rafael (2018) “El momento Tzántzico” en Herrera, Gioconda. Antología del pensamiento crítico ecuatoriano contemporáneo.  Buenos Aires: CLACSO, pp. 517-557.

Randall, Margaret.  (2020) “Donde las piedras lloran: México 1961-1969” en Casa de las Américas, Núm. 299, abril-junio, págs. 130-147.

Tinajero, Fernando (2011) “Bolívar Echeverría: un marxismo crítico. Estudio introductorio” en Bolívar Echeverría. Ensayos políticos. Quito: Ministerio de Coordinación de la Política y Gobiernos Autónomos Descentralizados.

Tinajero, Fernando (2012) “Agustín Cueva, o la lucidez apasionada” en Agustín Cueva. Ensayos sociológicos y políticos. Quito: Ministerio de Coordinación de la Política y Gobiernos Autónomos Descentralizados.

Varios autores (1970) Los anales franco-alemanes, Barcelona: Martínez Roca, 1970. Traducción, Introducción y notas de J. M. Bravo.


[1] Un reciente testimonio de quien fuera su editora y fundadora da cuenta del curso de dicha publicación, Randall (2020).

[2] En rigor se trata de un material que, aunque consigna el mismo título, “De la posibilidad de cambio”, esboza una apertura al texto, en cada ocasión, de un carácter diferente. Los editores atribuyen el gazapo a una errática (por “mutilada e inconclusa”) publicación primera (Pucuna, Núm 5, agosto de 1964, págs. 3-6), que será reparada con la publicación “en forma total” en el fascículo siguiente (Pucuna, Núm 6, abril de 1965, págs. 26-33). Sin embargo, la prometida reposición no es tal; dado que la versión supuestamente “íntegra” omite reproducir lo que apareció en las dos y media páginas iniciales de su primera difusión, en la quinta entrega de la revista. Si nos resulta valiosa la versión de la segunda entrega, en la medida en que el autor debió insistir para que su artículo se republicara, también lo es el comienzo de la primera pues, en esos párrafos, hay ya un intento de atravesar el análisis de la mercancía, pero abriendo la exploración de Marx a una actualización heideggeriana del tema.

[3] La oración que Bolívar Echeverría elige como epígrafe para su trabajo, y que él mismo traduce: “También la teoría se vuelve fuerza material, cuando ella alcanza las masas”, se extrae del artículo “Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie” (escrito por Marx entre diciembre de 1843 y enero de 1844), que fue incluido en el único número que se publicó de la revista Deutsch-franzosische Jahrbücher, y que para ese momento no había encontrado traducción a nuestro idioma, lo que ocurrirá hasta un quinquenio más tarde (Varios autores, 1970: 109). El texto en mención no es sino la introducción del trabajo conocido como Manuscrito de Kreuznach (y que tendrá el mismo título), que había sido escrito de marzo a agosto de 1843, pero que fue publicado de manera póstuma hasta 1927.

[4] Kurnitzky, Horst (ed.). 1968. Ernesto Guevara: Hasta la victoria siempre! Eine Biographie, con una introducción de Bolívar Echeverría (7-18), compilado por Alex Schubert, Editorial Verlag Peter von Maikowski, Berlín. Esa introducción fue publicada en español 45 años después en Calibán. Revista de antropofagia cultural, Año 0, Núm. 0, 2013, págs. 25-32, con una traducción de Javier Sigüenza.

[5] Revolucionarios de inicios del siglo pasado, el primero (Lenin), al que deja, y Rosa Luxemburgo (la revolucionaria polaca) figura a la que consagrará años de trabajo que se verán consumados en sus dos tomos de antología de sus escritos políticos, Rosa Luxemburgo. Obras escogidas, publicados por la que se constituirá en su editora de cabecera: Ediciones Era, Tomo I, 1978, Tomo 2, 1981.