DISRUPCIÓN, FINANZAS, AUTOMATIZACIÓN

Tres conceptos para la comprensión de la economía digital*

La economía digital se está presentando en los medios de comunicación e instituciones como el posible motor de futuro para el crecimiento y acumulación del capital. Tanto es así, que los fondos de reconstrucción pactados por la Unión Europea con motivo de la crisis económica causada por la emergencia sanitaria del Covid-19 destinarán 10 billones de euros a investigación, innovación y digitalización, demostrando de esta manera el interés por favorecer una transición digital lo más eficiente posible (Comisión Europea 2020). Esta imagen contrasta con las voces que, desde hace algunos años, advierten de los peligros de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICs) para el futuro del empleo. Aunque no cabe duda de que están apareciendo y seguirán surgiendo nuevas profesiones ligadas a las TICs, la preocupación por la incidencia de la automatización en la demanda de empleo es un tropos clásico al mencionar el asunto (Baldwin 2019; Benanav 2019).

A pesar del ruido generado, el concepto de “economía digital” sigue poseyendo un carácter lábil y elusivo con el que pareciera ponerse al mismo nivel la transformación de las cadenas globales de valor por efecto de las mejoras logísticas con el valor añadido que puede obtener un buen community manager. En las siguientes líneas queremos contribuir a aclarar parcialmente algunos conceptos realizando una aproximación breve a ciertos aspectos relevantes de la economía digital, definiéndola preventivamente con aquel tipo de actividad comercial que  “depende en tecnologías de la información, datos e internet para sus modelos de negocio”. (Srnicek 2017: 11-12). Para organizar la información y facilitar la comprensión, estructuramos este artículo sobre la base de tres conceptos: “disrupción”, “finanzas” y “automatización”. A través de ellos, procuraremos llevar la atención a aquellas áreas que más son susceptibles de cambio en los próximos años o, alternativamente, que mejor ayudan a comprender la situación actual de la economía digital.

Disrupción

Parte de la jerga habitual de la economía digital, el concepto de “disrupción” proviene (Staab 2019: 139-140) del texto de Clayton Christensens The innovators Dilemma y hace referencia a lo que, en cierto modo, Schumpeter calificaba como “destrucción creativa” o que, en términos marxianos, no es otra cosa que la competencia dinámica. Se refiere, por tanto, a aquel movimiento del capital que destruye lo viejo —estructuras productivas, empresas— para introducir novedades.

La búsqueda de un cierto aire de familia con Schumpeter puede ayudar a esconder la concentración de poder en el sector tecnológico, que es, sin duda alguna, su rasgo más sobresaliente (algo que explicaremos más adelante). No obstante, es cierto que la introducción de las TICs ha dado lugar a transformaciones económicas de gran calado. La posibilidad de conexión inmediata permite una descentralización y control de los diversos procesos económicos que están convirtiendo las mejoras logísticas en un factor central para sobreponerse a los competidores en el mercado, algo que proviene ya de la era postfordista (Bologna 2006: 119-128).

De esta manera (Staab 2019: 55-59) es posible observar una creciente racionalización de las técnicas y procesos en cada vez más sectores económicos, lo que —a pesar de las posibles reestructuraciones productivas en forma de relocalizaciones estratégicas como consecuencia de la emergencia sanitaria actual (Steinberg 2020)— explica la formación de cadenas globales de valor (CGVs) cada vez más integradas que hacen de la producción un proceso extendido por varias regiones del mundo. Esto afecta también a la competencia entre trabajadorxs: fenómenos como el teletrabajo, los regímenes laborales más allá del vetusto contrato indefinido del fordismo, así como la existencia de plataformas digitales de contratación, hace que la competencia en el mercado de empleo se dé hoy a escala internacional.

Por último, la mejora de las tecnologías comunicativas viene a intensificar la reducción de costes, un mecanismo competitivo proveniente de los años 80 (Kurz 2005: 81-144), lo que ha permitido a las empresas trasladar a los consumidores ciertos servicios y gestiones que antes se incluían en el precio de las mercancías. La descentralización que entonces llevara al estudiado fenómeno de la globalización (acompañado de palabras como “outsourcing” y “offshoring”) está llevando ahora a alimentar las esperanzas de relocalización de las empresas, que podrían efectuar el proceso inverso (“backshoring” y “nearshoring” [Piatenesi y Arauzo-Carod 2019]). Las posibilidades de la integración de datos, cuya potencia ha aumentado considerablemente, no debe inducir a exageraciones, aunque es cierto que se haya constatado una cierta desaceleración en la velocidad de la actividad comercial exterior (The Economist 2019). Más allá de lo extremadamente circunstancial que pueden resultar este tipo de afirmaciones y cualquier pronóstico al respecto, parece razonable (Butollo 2019: 213) tener en cuenta el éxito de las empresas que han combinado elementos de ambos modelos, externalizando ciertas partes de la producción y aproximando otros procesos de acabado al consumidor final.

El impacto de las nuevas tecnologías también se ha hecho visible en ciertos procesos que se han venido analizando desde el prisma de la crítica al neoliberalismo, como son la mercantilización y privatización de los servicios públicos o la financiarización de la economía. La importancia de este último ámbito es de tal calado que es pertinente explicarlo en mayor profundidad.

Finanzas

Hemos adelantado que la característica principal que podemos observar en la economía digital es la concentración de poder (Staab 2019: 17). Esto no resulta sorprendente si tenemos presente que lo primero en que pensamos al mencionar este término son nombres propios como Google, Amazon, Facebook o Apple. El acrónimo que conforma la unión de esas cuatro empresas, GAFAprotagoniza los primeros puestos de los índices de cotización bursátil y cualquier análisis teórico que quiera acercarse a la realidad de la tech economy. A la hora de buscar las causas de esta situación, hemos de detenernos en dos particularidades de este sector económico: a) los efectos de red que en ella tienen lugar y b) la tendencia a coste marginal cero en este sector económico a causa de la infinita reproductibilidad sin coste de los productos digitales.

La primera de las características nombradas es de fácil comprensión. Un efecto de red tiene lugar cuando la utilidad de un producto se acrecienta en función del número de personas que hagan uso del mismo (Liebowitz 2002: 13-14), es decir, que algo sea tanto más útil cuando más gente lo use. Por ejemplo, como consumidores individuales podemos considerar que el programa de videoconferencias Jitsi ofrece mayores ventajas que Google-Meet, pero si todxs nuestrxs conocidxs conocen únicamente el último, difícilmente usaremos una distinta.

La tendencia al coste marginal cero en la economía (Rifkin 2014: 157 ss.; Navarro Ruiz 2019: 297-305) está relacionada con ciertos aspectos de la productividad. En correlación con la aproximación marxiana a la cuestión del plusvalor relativo y absoluto (Marx, MEW 23: 379-390) los primeros factores que nombramos al pensar en su posible incremento son la introducción de maquinaria y el rendimiento/explotación del trabajo. No obstante, la eficiencia en el uso de la tecnología y el acceso a una sólida red de telecomunicaciones pueden ser igualmente decisivos y, justamente, es aquí donde las TICs han generado una ruptura diferencial con respecto a épocas anteriores. Según el autor de El fin del trabajo, estos estarían reduciendo muy significativamente los costes de la producción económica, llegando a tocar con los dedos la posibilidad de que ciertos bienes, sencillamente, se conviertan en algo gratuito. Sin acompañar a Rifkin a una conclusión tan arriesgada, sí que es cierto que la economía digital trabaja con productos “inagotables”, pues su reproductibilidad es, en términos prácticos, gratuita: una vez se ha diseñado un software determinado, se puede replicar ad infinitum.

Ahora bien, es evidente que no por esto nos estamos acercando aceleradamente a una sociedad comunista completamente digitalizada —aunque haya autores que argumenten sobre la posibilidad de acelerar la carrera tecnológica hasta conseguirlo (Srnicek y Williams 2017)—. Antes bien, las empresas tecnológicas se han fijado en otro sector que también trabaja con productos “irrestrictos” e “inagotables” en términos prácticos: las finanzas, que trabajan con la mercancía por excelencia, el dinero. En este sector es también observable una gran concentración de poder, pues  esta es una estrategia fundamental a la hora de dominar el comercio sobre un producto de este tipo. Hay diversas maneras de alcanzar dicha situación. Por un lado, los procesos de concentración empresarial permiten incrementar la influencia de los actores en juego en la determinación de los precios de los productos, haciendo, por ejemplo, que el coste del cambio entre competidores sea muy costoso para el consumidor final. Otra estrategia habitual es la búsqueda de la posición de monopolio en un sector determinado, cerrando así el mercado. Es, por ejemplo, lo que ha intentado la empresa Uber en el servicio del conductor a demanda.

Los parecidos entre las finanzas y la economía digital no terminan aquí y, verdaderamente, su relación puede denominarse como un feliz matrimonio. Independientemente de lo que han aprendido la una de la otra, el sector financiero se está refugiando en la tecnología para hacer frente a la larga crisis de rentabilidad de las inversiones que domina el panorama desde hace más de 40 años. La intensidad de la euforia ya llevó hace no mucho al estallido de la burbuja de las puntocom y, en la actualidad, el capital de riesgo es la fuente de financiación principal de las start-ups que conforman la corte de las GAFA. Es cierto que la crisis del coronavirus ha evidenciado algunos de los problemas que llevaban cierto tiempo gestándose en el ámbito de las empresas unicornio (aquellas empresas que generan un valor de 1000 millones de dólares durante su primer año en el proceso de adquisición de capital), como el énfasis en el crecimiento independientemente de las circunstancias (The Economist 2020). No obstante, puede decirse que la economía digital ha supuesto una oportunidad de oro para un capital que, cada vez más, busca en activos, derivados y otros productos financieros la rentabilidad que no encuentra en la economía productiva. Los bajos tipos de interés procedentes de una agresiva política monetaria y la abundante presencia de capital en diversos paraísos fiscales invitan, sin duda alguna, a que así sea (Srnicek 2017: 42 ss.). Cuestión distinta son las consecuencias que puede tener esta dinámica. Por el momento, se observan modificaciones en la estructura de las start-ups, que se moldean para satisfacer los deseos de los inversores y generan un capitalismo cuyo principio activo reposa antes sobre el patrimonio que sobre las rentas del trabajo, dirigido a asegurar las ganancias antes que a la satisfacción de la demanda (Staab 2019: 145-146).

Todavía podríamos desengranar alguna novedad estructural más de este tipo de empresas, pero aquí nos interesa incidir en el contexto en que han surgido estas compañías: tal como hemos indicado, el capital excedente parece haberse animado al impulso de dichas empresas a consecuencia del crecimiento inestable en que permanece desde que estallara, hace casi 50 años, la lejana crisis del petróleo (1973). Esta, que dio lugar al fenómeno de la estanflación, ha desembocado en crisis periódicas desde entonces (1980-1982, 1990-1991, 2008-2010) y las tasas de beneficio, si bien estables durante los años 80 y 90, no han alcanzado en ningún caso los niveles posteriores a la Segunda Guerra Mundial (Moody 2019: 145; 151-152).

Con estas afirmaciones no buscamos embellecer el pasado o caer en una apología del capital productivo de la “economía real”, que se opondría, supuestamente, al egoísta y avaricioso capital financiero. Que en los años 60 se invirtieran de media dos tercios de los beneficios obtenidos de nuevo en las empresas —nivel que ha caído en el s. XXI al 40% (Moody 2019: 152)— tiene que ver única y exclusivamente con el hecho de que, tanto entonces como ahora, el capital busca la máxima rentabilidad posible. Al fin y al cabo y como no se cansan de repetir los teóricos de la Wertabspaltungskritik, por mucho que aparezca bajo nuevos ropajes, el sistema capitalista se conduce desde su nacimiento por el único y exclusivo interés de la acumulación de capital o, lo que es lo mismo, por la eterna valorización del valor (Kurz 1999). Sus diferentes manifestaciones a lo largo del tiempo, eso sí, tienen importantes consecuencias a nivel social.

La transformación que ha generado las TICs y el contexto económico en el que ha surgido el universo GAFA nos muestra claramente que el capitalismo, cuando no se basa en el sector manufacturero, no es capaz de generar un crecimiento robusto en sus propios términos, generando crecimiento únicamente a costa de que, también en sus propios indicadores económicos, aumente cada vez más la desigualdad. Por supuesto, la explotación (del trabajo de mujeres y poblaciones consideradas superfluas y/o despreciables), expropiación (de cuerpos y de los bienes y recursos que se encuentran a disposición en los entornos de manera natural) y la desigualdad diferencial (que permite la maximización de la explotación y expropiación según la localización geográfica de cada población) es una constante desde el mismo nacimiento de este sistema económico. Que aparezca en sus indicadores internos puede señalar, en cambio, que la mencionada tríada podría comenzar a ser incompatible con el mantenimiento de una relativa paz social, peligro que ha de expiarse a toda costa. Por todo lo dicho, no sorprende la agitación que despierta el siguiente término que vamos a examinar: la automatización.

Automatización

Dijimos al comienzo que advertir del peligro que supone la automatización para los niveles de demanda de empleo parece haberse convertido en un cierto lugar común en cierto tipo de foros de opinión. Aun cuando una rápida mirada al pasado nos advierte de que i) siempre ha existido interés por la automatización de las penalidades que afligen nuestras fuerzas, tal como testimonia el caso de Ure (Uhl 2019: 77-78); que ii) persisten bastantes empleos difícilmente sustituibles por robots como el trabajo de cuidados y, iii) que de manera contraria a lo que podemos pensar, tecnologías como el vapor no desplazaron ni mucho menos inmediatamente al trabajo manual (Smith 2019: 64-65), impera la sensación de que esta vez las máquinas serán decisivas para el futuro del trabajo.

En este contexto, algunos teóricos de la automatización han convertido a las máquinas en una cuestión fundamental para comprender la transformación de nuestras sociedades. Según Benanav (2019: 6) el argumento de esta corriente puede ser resumido en cuatro proposiciones. En primer lugar, establecen que los niveles de desempleo se están acrecentando por el desplazamiento de los seres humanos por parte de máquinas, o sea, motivos tecnológicos. Este hecho, en segundo lugar, es señal del cambio de nuestras sociedades a una completamente automatizada. En tercer lugar, dicha circunstancia, en concomitancia con el hecho de que el trabajo es la única vía a la riqueza social en nuestras sociedades, puede ser antes un mal sueño que el camino a la liberación como especie. Habida cuenta de estos factores se impone, por último, el establecimiento de una renta básica universal (RBU) que desactive la vinculación existente entre empleo, sustento y (añadimos) derechos de ciudadanía.

Así, para estos autores, hay una relación directa entre los niveles de desempleo y la mejora tecnológica, pero esta afirmación no es coherente con la paradoja, señalada incluso por economistas ortodoxos (Qureshi 2016 279 ss.; 282-283), de que la introducción de tecnología no está llevando mayores niveles de productividad. Benanav (2019: 35-36) identifica el problema que subyace a la tesis de los teóricos de la automatización en una incorrecta interpretación de los datos de la demanda de empleo y nos invita a considerar una simple relación de elementos. Tal como se nos explica, hemos de partir de que el crecimiento del empleo (E) depende de una correlación de dos magnitudes diferentes, la productividad (P) y la masa o output de mercancías fabricadas (O), en la siguiente relación: ∆O – ∆P= ∆E. El error de los teóricos de la automatización consiste en el intento de comprender la demanda de empleo obliterando el output de mercancías. Esto les ha llevado a una lectura incorrecta de la dinámica económica del presente y, por extensión, de los últimos años.

¿Qué encontramos, según Benanav, si echamos la vista atrás al sector manufacturero de algunas de las grandes potencias económicas? No sorprendentemente, un cierto avance en los niveles de productividad (P) y, sobre todo, un descenso considerable en el crecimiento de la masa o output de mercancías (O), que lógicamente ha afectado a la demanda de empleo (E) (Benanav 2019: 17-19). Podría argumentarse que, en cierto modo, estos teóricos no están exentos de razón, pues ahora se produce más con menos trabajadores, pero dar cuenta de ello aludiendo a la eficiencia productiva sería quedar atrapado en un mero efecto de superficie. Más bien, el motivo que se esconde detrás de las cifras de desempleo se sitúa en la sobresaturación de los mercados a nivel mundial. Las tasas de crecimiento de masa o output de mercancías (Benanav 2019: 24-26) llevan bastante tiempo en declive a nivel global, situación generada por la propia fuerza de la competencia mundial. En este sentido, resulta informativo que China (Benanav 2019: 30-31) no haya hecho posible su espectacular crecimiento por una penetración diferencial de la tecnología en su tejido productivo, sino por una combinación de bajos salarios, tecnologías medias y avanzadas y una infraestructura estatal que ha buscado de manera explícita incentivar el sector manufacturero.

En un mundo que lleva algún tiempo agotando antes de acabar cada año los recursos naturales disponibles en cada ciclo anual —es decir, viviendo por encima de las posibilidades de regeneración de su entorno natural— casi resulta un alivio pensar que la fabricación incesante de mercancías habrá de dejar de ser un negocio lucrativo de un tiempo a esta parte, aunque solo sea por el hecho de que, en fin, el mercado parece no dar para más. Sin embargo, teniendo en cuenta la desposesión que presupone la extensión del empleo remunerado, es evidente que la transición hacia un modelo de decrecimiento no será sencilla. Las nuevas tecnologías tienen la potencialidad de ayudarnos en este proceso, siempre y cuando consigamos desvincularlas de las relaciones que, a día de hoy, las convierten en un aliado de un sistema capitalista en claro declive.  


Referencias

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*Este escrito es una reelaboración abreviada y simplificada del texto “Señales de futuro, fantasmas del pasado. Sobre automatización y transformación tecnológica en el capitalismo tardío”, que será publicado próximamente en “«Nuevas» lecturas de El Capital: debates, conexiones y dilemas en torno a Marx”, Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica.

** Universidad Complutense de Madrid. Email: claranavarro@ucm.es