EL IMAGINARIO SOCIALISTA REVISITADO

APUNTES PARA UNA HISTORIA INTELECTUAL

Introducción

La promesa de refundación del proyecto moderno con la que irrumpió el socialismo contrasta con su parálisis actual. A menudo reducido a la repetición mecánica de algunos cuantos axiomas, el socialismo se nos presenta hoy más como un recuerdo nostálgico que como una tarea de construcción de futuro. Pero para un movimiento que se propuso ser una fuerza de transformación colectiva, no hay virtud en el repliegue sobre sí mismo.

Para superar este impasse es necesario asumir el riesgo de revisar y cuestionar las propias certezas. Tarea que no consiste, sin embargo, en borrar de un plumazo la rica tradición política e intelectual socialista, sino en historizarla para interrogar sus premisas y volver a conectar con las experiencias y procesos que cautivaron su imaginario y de los cuales derivó los principios en los que se expresó toda su potencia histórica. 

Sin otro ánimo que ofrecer una primera ruta a explorar, esta nota busca reconstruir los vestigios intelectuales que dejó una época de optimismo respecto a las tendencias históricas que parecían confirmar la proximidad de una superación de la modernidad liberal-capitalista. En efecto, el paulatino, pero constante surgimiento de una pluralidad de organizaciones de la clase trabajadora que iban desde el partido y el sindicato hasta la mutual y la cooperativa, fue interpretado por algunos observadores como la confirmación de algunas de las convicciones más profundas del socialismo. 

Para ciertos intelectuales y publicistas del socialismo europeo, la clase trabajadora exhibía una clara tendencia a la organización. La premisa central que adoptaron fue que estas organizaciones eran el germen de una nueva institucionalidad superadora de la forma política liberal-burguesa. Las presentes líneas son tan sólo un ejercicio, una primera aproximación, y tienen como objetivo el volver a captar el imaginario instituyente que acompañó durante un tiempo al socialismo. 

El descubrimiento socialista 

La experiencia histórica en la que surge el socialismo es la de un mundo caracterizado por la crisis. El torrente de trabajadores del campo y de la ciudad desligados de sus comunidades y forzados a circular para vender su fuerza de trabajo era, a la vista de los primeros socialistas, el emergente de una catástrofe que sólo podía superarse mediante una fuga hacia adelante. 

Desde su origen, en el centro de la reflexión socialista se instaló el diagnóstico que acompañará a esta tradición política en buena parte de su camino. La crisis era, en realidad, producto de un problema de organización. Saint Simon y sus discípulos establecieron muy tempranamente el marco general de este diagnóstico, afirmando que, si bien la revolución había sido sumamente efectiva para borrar los principios rectores del Antiguo Régimen, su proyecto resultó incapaz de proveer un nuevo criterio de organización, uno que permitiera ofrecer otras formas de asociación y no solamente negar las del pasado.  

Para el socialismo la única forma de superar la crisis era entonces encontrando un nuevo fundamento ético y político capaz de servir de base a la organización de la sociedad. Un principio de organización que ya no respondiera a la ficción operante del individualismo liberal-burgués, sino a la experiencia concreta de la sociedad. Pero ¿dónde buscar este nuevo fundamento?  

En la búsqueda de una respuesta a esta pregunta, el imaginario socialista fue rápidamente cautivado por el taller de trabajo, en donde vio desplegarse una versión a escala de la nueva sociedad. Así como el taller, la sociedad moderna debía ser el punto de encuentro del esfuerzo mancomunado de sus miembros, diversificado en una serie de actividades, pero convergente en sus objetivos colectivos. La sociedad fue vista como un “vasto taller trabajando bajo una ley común a un mismo destino”.[1] Los obreros de la incipiente industria, pero también los artesanos, los comerciantes, los campesinos y los artistas: el trabajo era la alquimia que permite convertir los esfuerzos individuales en aportes para el sostenimiento material y espiritual de la vida en común.

Dentro de este imaginario, el trabajo fue identificado como una praxis especial y privilegiada pues permitía radicar el origen de la sociedad en las actividades concretas que la hacían surgir: educar, producir alimentos, construir, reparar, curar, etc. La centralidad del trabajo es, en efecto, un rasgo distintivo del socialismo desde sus orígenes, pero su sentido, antes que económico, tenía que ver con que fue entendido como el arquetipo de una nueva forma de participación en lo común, de carácter mundano y plebeyo, pues cualquiera con disposición de colaborar con la reproducción de la sociedad debía encontrar las condiciones para hacerlo y recibir los beneficios de la vida asociada. No por nada la bandera socialista en la Revolución 1848 fue el “derecho al trabajo”, pues se trataba de asegurar y extender el gran principio integrador a toda la sociedad. 

 De este imaginario en torno al trabajo, el socialismo derivó las consideraciones éticas que debía cumplir la organización de la sociedad moderna. Una organización puede considerarse justa en la medida en que se corresponde con la naturaleza cooperativa que en el imaginario socialista estaba asociada directamente a la idea del trabajo. La organización social debe garantizar la justa retribución a todo aquel que con su esfuerzo colabora a sostener esa gran obra colectiva, acreedora principal de la libertad personal, que es la sociedad. Este dictamen quedaría célebremente registrado en el programa del Partido Obrero Alemán de 1857 de la siguiente manera: “El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura, y como el trabajo útil sólo es posible dentro de la sociedad y a través de ella, el fruto íntegro del trabajo pertenece por igual derecho a todos los miembros de la sociedad”.

 Una vez encontrado el fundamento de la organización social había que desplegar todas las consecuencias que se encontraban condensadas en este imaginario. La proyección de un tipo de organización capaz de garantizar que todas las personas tuvieran la posibilidad de contribuir y participar en la gran obra social, escrita colectivamente por una multitud de manos laboriosas, cautivó la mente de militantes e intelectuales por igual. Y, por momentos, la historia pareció darle la razón al socialismo, pues en medio de la crisis de la sociedad liberal-burguesa se fueron abriendo paso una pluralidad de organizaciones que parecían confirmar que la asociación y la cooperación se habían instalado como el principio de una nueva institucionalidad. 

Lasalle y el Estado de los trabajadores

Una de las plumas que mejor captaron este imaginario fue la de Ferdinand Lasalle (1825-1864), a quien se le conoce más por las punzantes opiniones que Marx dejó sobre él en apuntes y cartas, que como autor de una breve pero profunda obra. 

En su estudio titulado Sistema de derechos adquiridos (1861), la pregunta que se hace Lassalle es hasta qué punto se puede hablar de que un derecho fue adquirido, es decir, que no puede ser retirado o vulnerado retroactivamente por un cambio de legislación. Por supuesto, Lasalle apunta a la validez del derecho de propiedad en una eventual sociedad socialista. Para responder, nuestro autor recurrió a una teoría jurídica cuya premisa central es que las instituciones son realizaciones prácticas de conceptos mentales de carácter histórico, es decir, que su validez está dada en tanto estas instituciones respondan satisfactoriamente a cierta mentalidad o “Idea” vigente en la sociedad. Sin embargo, si cambia esta mentalidad significa que cambió la sociedad y con ello también el fundamento que anima sus instituciones. 

La conclusión a la pregunta sobre los derechos adquiridos es que, en tanto el fundamento de toda institución jurídica es histórico-social, se puede hablar de que los derechos mantienen su eficacia a condición de que se mantenga la misma creencia que les inspira pues “la única fuente del derecho es la conciencia común de todo el pueblo, el Geist (Espíritu) universal”. Si cambia la concepción dominante es válido que los derechos de la configuración social anterior cesen sin que se pueda hablar de un agravio. El sistema de derechos adquiridos es entonces una doctrina revolucionaria de la creación jurídica.

En su estudio, Lasalle apuntaba a un tópico que desarrollaría más profundamente en el Programa de los trabajadores (1862)una conferencia que pronunció a invitación de una asociación obrera que aspiraba a organizarse como partido. En realidad, el título original de la conferencia era Sobre las relaciones particulares del presente período histórico con la idea de la clase trabajadora. En dicho discurso, Lasalle expuso ante un concurrido auditorio que la clase obrera era portadora de una nueva “Idea”, es decir, de un nuevo “principio rector” (herrschende Prinzip) que debía convertirse en el fundamento de la nueva institucionalidad socialista.

La novedad en este discurso, es que Lasalle busca el nuevo principio rector en las propias prácticas asociativas de la clase trabajadora. En efecto, las carencias y necesidades le han enseñado a la clase trabajadora el valor de la cooperación y la asociación, habitus que contrasta con el egoísmo y el individualismo burgués. En explícita contradicción con “la idea” liberal-burguesa, fundada en la búsqueda de beneficio propio y el mérito personal, la idea ética de la clase trabajadora señala, en cambio, “que la actividad ilimitada y libre de las fuerzas individuales no es suficiente, y que hay que añadir los siguientes elementos dentro de una comunidad moralmente organizada: solidaridad de intereses, mutualidad y comunalidad en el desarrollo”.[2]

Que la clase trabajadora cumpla con su misión histórica quiere decir para Lasalle decir algo muy específico: que debe organizarse y luchar para que los principios rectores de los cuales es portadora, la cooperación, la mutualidad y la solidaridad, se conviertan en el nuevo fundamento constitucional de la sociedad, animando con ello la creación de nuevas instituciones y derechos.  Así como la clase liberal-burguesa era portadora de un principio que le asignaba el Estado ciertos fines, la idea ética propia de clase trabajadora conducía a una nueva concepción que iba más allá del simple papel del Estado como custodio del proceso de acumulación capitalista. Impregnado de un nuevo principio rector, el Estado debía convertirse en la primera y más grande organización de los trabajadores, sede principal de la ayuda mutua y plataforma la coordinación de todas las fuerzas sociales.

Al consagrarse la cooperación y la asociación como nuevos principios rectores, el derecho, el Estado y otros tantos lugares que permitían el dominio burgués cambiarían de signo pasando a cumplir una vital función de articulación y de coordinación de los esfuerzos colectivos. Este es el marco desde el cual Lasalle abogaba por que fuera el Estado quien, cumpliendo con su nueva finalidad, interviniera en el proceso de organización obrera, en particular, que permitiera consolidar el incipiente sistema de cooperativas en Alemania. Pues el Estado “debe considerar como su deber más sagrado ayudar a asegurar la posibilidad de nuestra autoorganización y asociación, porque en la elevación de la clase trabajadora reside el secreto de la grandeza y plenitud del Estado”. 

Así como la intervención del Estado había resultado fundamental para constituir y mantener la propiedad privada, Lasalle estaba convencido que un Estado inspirado en la idea de la clase trabajadora tenía la responsabilidad de constituir y mantener la propiedad social, ofreciendo para ello crédito, recursos y un marco jurídico apropiado para con ello. 

La compleja filosofía de Lasalle buscaba así responder el creciente proceso de organización popular que seguiría una ascendente bien entrado el siglo XX. Este proceso, por supuesto, no pasó desapercibido y el impacto que esto tuvo en la obra de un autor reaccionario del calibre de Schmitt es testimonio de cómo fue recibido por ciertos espíritus. 

El triste testimonio de un reaccionario

En 1929 Carl Schmitt ofreció una conferencia que fue publicada al año siguiente con el título Ética del Estado y Estado pluralista.[3] Ya para ese momento, Schmitt era reconocido públicamente como un entusiasta del fascismo pues veía en la experiencia italiana una alternativa de solución a lo que percibía como una crisis civilizatoria definitiva. 

En aquella conferencia del 29, Schmitt planteó que una de las fuentes de esta crisis era el ataque y desprestigio que venía sufriendo el Estado en tanto único lugar de síntesis de la unidad colectiva. Schmitt entendía que el surgimiento de diversas organizaciones populares representaba un peligro sin igual pues cuestionaba el carácter soberano del Estado y ponía en entredicho su derecho de mando. 

En efecto, para Schmitt, el surgimiento de organizaciones como el sindicato, las cooperativas, las mutuales o los clubes sociales, fragmentaba la lealtad del ciudadano, dispersándola en diversas pertenencias. Dicho de otra manera, Schmitt veía que, en los hechos, estas organizaciones se habían convertido en fuente de derechos y obligaciones, prerrogativa que le corresponde de manera exclusiva al Estado, pues de lo contrario, el eje vertical en el que debía descansar la autoridad política se vería comprometido. Para Schmitt, en “la pluralidad de lealtades no hay ninguna jerarquía de obligaciones, ningún principio de jerarquización vertical cuyo criterio sea incondicionado”.

En aquella turbulenta Alemania, el miedo de Schmitt encontraba sustento en diversas situaciones cotidianas, como el creciente rol que cumplía el Partido Socialdemócrata en la vida de sus miembros. En El eclipse de la fraternidad (2019), Antoni Doménech narra cómo a principios del siglo XX un miembro del Partido Socialdemócrata Alemán podía educarse en las escuelas y universidades del partido, acceder a comida mediante la cooperativa de consumo del partido, competir deportivamente ahí y, “llegada la postrera hora, ser diligentemente enterrado gracias a los servicios de la Sociedad Funeraria Socialdemócrata, con la música de la Internacional convenientemente interpretada por alguna banda socialdemócrata”.[4]

El tono apocalíptico que con frecuencia adopta Schmitt en sus textos e intervenciones es coherente con la aversión reaccionaria que le despertaba esta “rebelión de las partes”. “Si el ‹dios terrenal›› se desploma de su trono, -afirmaba el temeroso Schmitt -y si el imperio de la razón y de la eticidad objetiva deviene en un magnum latrocinium entonces los partidos faenan al poderoso Leviatán y cada uno de ellos le corta un pedazo del cuerpo para sí mismo”. 

¿Qué debe pasar, entonces, en caso de existir una contradicción entre el interés del Estado y el interés de alguna de estas organizaciones? La respuesta la desarrolló Schmitt en su famoso ensayo El concepto de lo político (1933) publicado en su versión definitiva algunos años después de aquella conferencia del 29. Ahí, luego de definir lo político como la capacidad de distinguir entre enemigos y amigos, afirmó que en la época modernidad este lugar le correspondía únicamente al Estado como supremo y exclusivo agente de la soberanía colectiva. 

Entre los promotores de esta decadencia, Schmitt ubicaba a una serie de intelectuales socialistas que expresamente habían emprendido la búsqueda de una doctrina jurídica y política post-soberana que se adaptara a la nueva realidad social y permitiera potenciar la tendencia organizativa expresada en esas asociaciones. Los franceses León Duguit y Maxime Leroy, así como los ingleses Cole y Laski, entre otros, fueron señalados por el jurista alemán como endiablados portadores del engaño y hasta caracterizados como paganos cuyo culto panteísta a la pluralidad resultaba contrario al monoteísmo católico y su forma soberanista de mando único. 

El testimonio de Schmitt es un buen indicador de cómo ciertos sectores percibieron el desafío que implicaba para la arquitectura conceptual de la modernidad política el surgimiento de esta pluralidad de organizaciones populares y que desplazaba al Estado de su lugar como único centro político. Ante esto, con su particular estilo, Schmitt propuso una simple y llana restauración de los símbolos de la autoridad. Por el contrario, los intelectuales socialistas vieron en esta tendencia organizativa una verdadera fuerza histórica que empujaba a una transformación radical de las instituciones.

Un socialismo instituyente

Uno de los intentos más ambiciosos de proyectar una doctrina capaz de potenciar y darle un cauce institucional al proceso de organización popular, fue sin duda, La idea del derecho social, publicado en Francia en 1932 por Georges Gurvitch.[5] El propósito que guió a su autor fue el de ofrecer una reconstrucción de lo que, a sus ojos, era una tradición de pensamiento jurídico que se había propuesto mostrar que la normativa producida por las asociaciones era un tipo particular de derecho, no estatal, pero igualmente positivo. 

Acorde con el imaginario socialista, el punto de partida de Gurvitch era que su tiempo era todavía una época de crisis. Esta crisis era producto de la discordancia entre las categorías jurídicas y la “realidad de la vida jurídica”, es decir, entre el surgimiento de nuevas formas de asociación y los marcos jurídicos heredados de la revolución liberal del siglo XIX, de base individualista y centrados en la exclusividad del Estado para emitir derecho. 

Gurvitch se consideraba testigo de una verdadera revolución social cuyo precipitado final sería el surgimiento de una nueva forma política: “Instituciones inéditas e imprevistas, incompatibles para el pensamiento jurídico tradicional, surgen de todas partes, con una espontaneidad elemental y continuamente creciente”. Se trataba, entonces, de tomar como punto de partida la experiencia concreta de la sociedad para adecuar las categorías jurídicas para que estas, a su vez, pudieran cumplir con su papel para encauzar y potenciar este proceso de organización. 

Para Gurvitch, el nuevo “derecho social” vendría a llenar el abismo entre conceptos y prácticas, entendiéndolo no sólo (y no tanto) como una nueva rama del derecho encargada de dar cuenta de la experiencia jurídica de estas organizaciones, sino como la punta de lanza de una reelaboración total del edificio jurídico moderno. Pues, en efecto, había que precisar el contorno de una forma política capaz de adaptarse y responder a las exigencias de lo que la tendencia histórica se empeñaba en mostrar.

Así pues, para Gurvitch el surgimiento de nuevas formas de organización delineaba “un pluralismo de diferentes órdenes jurídicos que se limitan recíprocamente en su independencia y colaboran en pie de igualdad en la vida nacional como en la vida internacional”. ¿Cuál debería ser la función del Estado toda vez que ya no se puede considerar único punto de síntesis de la unidad colectiva? ¿Cómo puede auxiliar el derecho a la integración y coordinación de ese pluralismo de organizaciones? Son preguntas que, según Gurvotch, de no mediar respuesta, el estado de crisis terminaría por profundizar. Mientras que lo viejo no acabara de morir y lo nuevo de surgir, la modernidad seguiría estando presa del interregno provocado por la ausencia de una organización social que responda a la naturaleza cooperativa de la sociedad.   

Cierre 

Este episodio de optimismo socialista que transcurre a caballo entre el siglo XIX y el XX fue súbitamente clausurado por la segunda guerra mundial. Cuando el conflicto bélico acabó, el Estado de Bienestar de posguerra fue la fórmula de compromiso en torno a la cual se reconstruyó Europa. Con ello la radicalidad de la potencia instituyente del socialismo cayó en un campo de adormideras que volvió su recuerdo apenas una ensoñación. Pero en este momento de impasse, su memoria bien puede aportar elementos para una necesaria actualización del imaginario socialista.


* Adrián Velázquez Ramírez es Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales sede México, Doctor en Sociología por la Universidad Nacional de San Martín y miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Conahcyt. Correo: adrian.velaram@gmail.com. Cuenta en X: @AdrianVR7.

[1] “ Transformations successives de l’exploitation de l’homme par l’homme et du droit de propriété  en VV.AA, Doctrine de Saint-Simon: exposition, première année, 1828-1829.

[2] Lassalle, F. (1985), “Workers’ Programme On the particular connection between the present period of history and the idea of the Workers” (1863) en Economy and Society, Vol, 14, N° 3, pp. 337-349.

[3] Schmitt, C. (2011), “Ética de Estado y Estado pluralista” en  Logos. Anales del Seminario de Metafísica, N°. 44, pp 21-34. 

[4] Domènech, A. (2019). El eclipse de la fraternidad: una revisión republicana de la tradición socialista, Akal. 

[5] Gurvitch, G. (2005). La idea del derecho social, Editorial Comares.