Introducción
La discusión sobre la pobreza y los efectos de la misma en la reproducción y dinámica social ha sido abundante desde hace tiempo. Múltiples trabajos, que reconocen la existencia de la pobreza en tanto fenómeno multidimensional, insisten en un debate en dos vías: por un lado, hay controversia sobre la manera en que el término se define empíricamente y se categoriza según niveles, y, por otro, se discute alrededor de la metodología de medición. Sin negar la relevancia de estos estudios, consideramos que han dado poco peso a las explicaciones sistémicas de la existencia del fenómeno. De hecho, a nuestro parecer, muchos de los trabajos existentes no se enfocan realmente a esclarecer las causas fundamentales que dan origen a la pobreza, sino que se dirigen ya sea hacia una descripción de sus diferentes significados (Ruggeri, et al., 2003; Spicker, 2000) y a los problemas que surgen para su medición; hacia una serie de factores explicativos que no son autónomos per se, es decir, que no son factores explicativos por sí mismos (Keckeisen, 2001); o bien a la discusión de la política para enfrentarla (Lukasz, 2013).
En este documento planteamos la necesidad de abordar el tema superando su dimensión empírica y, en su lugar, colocarlo en una perspectiva teórica con el objetivo de comprender la naturaleza y las causas sistemáticas de la pobreza en el modo de producción capitalista. Para ello nos preguntamos si la pobreza debe entenderse como una anomalía temporal corregible mediante el uso de políticas económicas o si, por el contrario, ésta es una condición natural y necesaria del proceso capitalista y que, por tanto, no desaparecerá dadas las relaciones que definen al sistema socio-económico contemporáneo.
Nuestro referente analítico para atender lo anterior es doble: por un lado, nos distanciamos de los marcos analíticos que, al no reconocer las relaciones sociales que definen al sistema capitalista, plantean que el proceso de desarrollo puede sintetizarse en la generación de mejores condiciones para la satisfacción de necesidades y deseos humanos y que definen al ser humano como libre, es decir, como causa de sí mismo; en su lugar, seguimos el planteamiento según el cual existe un principio normativo extrínseco a los humanos que implica que la consecución del desarrollo no es la expresión de la voluntad libre de éstos ni busca desembocar en la satisfacción de deseos y necesidades humanos, sino en la generación de las condiciones adecuadas para la valorización del capital. Por otro lado, proponemos que la pobreza en tanto categoría capitalista debe abordarse entendiéndose como resultado de la lógica del movimiento del sujeto capital (Fausto, 1983) y, entonces, a partir de la relación capital–trabajo que, como relación de otredad, implica, por una parte, que el trabajo crea y funda al capital y, por otra, que el trabajador entra en un proceso de alienación respecto a su propio producto. Para el estudio de tal relación utilizamos como referente metodológico la distinción que hiciera Marx entre los niveles esencial y aparencial de la realidad capitalista, pues ello nos permite distinguir y atender la relación capital–trabajo en tanto fundamento de la sociedad capitalista y en tanto realidad aparencial de ésta.
Las primeras dos secciones de este documento se dedican, respectivamente, al estudio de la dimensión esencial y la dimensión aparencial de la relación capital-trabajo con el objetivo de demostrar que la pobreza es inherente al capital y que, por tanto, su surgimiento no es casual, sino estructural, lo que puesto en otros términos significa que la pobreza es una consecuencia de la organización social capitalista. Tras ello, en la tercera sección se explica cómo la relación de compra/venta de la fuerza de trabajo por/al capital, que es el pilar de la estructura social capitalista, se fetichiza y, en consecuencia, se borra aparentemente la relación contraria capital–trabajo y se presenta, en su lugar, la relación de igualdad capital–capital. Las implicaciones y la importancia de ello se atienden en la sección cuarta. La quinta sección aborda la lógica de la distribución del ingreso y la pobreza de la clase trabajadora. Finalmente, la sexta sección se avoca a las transformaciones tecnológicas y sus efectos en la pobreza de la clase trabajadora.
La relación capital-trabajo como fundamento esencial de la sociedad capitalista
Para empezar, debemos señalar que consideramos, al igual que Marx, que el trabajo es una determinación ontológica del hombre como ser social. Lo que significa, por un lado, que por medio del trabajo el hombre se genera y se transforma a sí mismo como ser social, y, por otro, que el trabajo y su objetivación en la producción de la riqueza social han sido fundamentales en la constitución de las formaciones sociales antagónicas a lo largo de lo que Marx denomina la prehistoria de la sociedad humana (Marx, 1980, pp. 5-6), incluida la relación social capitalista.
Para analizar a esta última relación es indispensable explicar la relación capital–trabajo. Para ello, utilizamos el planteamiento de Marx en los Grundrisse sobre la relación entre el trabajo como no-capital, es decir, como trabajo no-objetivado –que en El Capital aparecerá bajo la categoría de capacidad o fuerza de trabajo–, y la posibilidad de su realización u objetivación como capital. La existencia de esta relación, que se expresa en la disociación entre el trabajo que, como objeto, es la potencia inmediata de la producción de la riqueza social, y el trabajo que, como actividad, es la potencia en movimiento y, por lo tanto, la posibilidad de que su objetivación o realización devenga en la riqueza social como capital, representa el fundamento de la existencia del capital y, por lo tanto, del modo de producción capitalista.
Bajo esta perspectiva, el trabajo no-objetivado es considerado por Marx en dos sentidos. Por un lado, en sentido negativo, éste es, dice Marx:
el trabajo disociado de todos los medios de trabajo y objetos de trabajo, de toda su objetividad; el trabajo vivo, existente como abstracción de estos aspectos de su realidad efectiva (igualmente no-valor); este despojamiento total, esta desnudez de toda objetividad, esta existencia puramente subjetiva del trabajo. El trabajo como miseria absoluta: la miseria no como carencia, sino como exclusión plena de la riqueza objetiva. O también –en cuanto es el no-valor existente, y por ello un valor de uso puramente objetivo, que existe sin mediación, esta objetividad puede ser solamente una [[objetividad]] no separada de la persona: solamente una [[objetividad]] que coincide con su inmediata existencia corpórea. (Marx, 1984, pp. 235-6)
De este pasaje queremos enfatizar que si bien el trabajo no-objetivado, en cuanto un valor de uso puramente objetivo, representa la potencia o la capacidad de la producción de la riqueza social y, por tanto, de la autorrealización y objetivación del hombre como ser social, al estar despojado de todos los medios y objetos de trabajo, permite la posibilidad de que su portador (el trabajador) experimente la miseria absoluta no sólo en cuanto exclusión plena de la riqueza, sino en cuanto su propia desrealización como ser social.
Por el otro lado, en sentido positivo, el trabajo no-objetivado, dice Marx:
es la existencia no-objetivada, es decir inobjetiva, o sea subjetiva, del trabajo mismo. El trabajo no como objeto, sino como actividad; no como auto valor, sino como fuente viva del valor. La riqueza universal, respecto al capital, en el cual existe objetivamente, como realidad, como posibilidad universal del mismo, posibilidad que se preserva en la acción en cuanto tal (Marx, 1984, p. 236).
De este pasaje enfatizamos que el trabajo como actividad representa no sólo la realización de la potencialidad inherente del trabajo como valor de uso, de su capacidad inherente de producir la riqueza social, sino que, como tal, la “posibilidad universal” de producir la riqueza abstracta como sujeto, es decir, como valor en forma de capital.
Este doble sentido del trabajo no-objetivado es una unidad contradictoria entre potencia y realización o movimiento. Marx afirma sobre ello que:
No es en absoluto una contradicción afirmar, pues, que el trabajo por un lado es la miseria absoluta como objeto, y por otro es la posibilidad universal de la riqueza como sujeto y como actividad; o más bien, que ambos lados de esta tesis absolutamente contradictoria se condicionan recíprocamente y derivan de la naturaleza del trabajo. (Marx, 1984, p. 236)
Para que esta tesis contradictoria del trabajo cobre actualidad en el devenir del capital como sujeto de la sociedad capitalista es necesario que “la disociación entre la propiedad y el trabajo” exista a escala social y se presente como ley necesaria del intercambio entre el trabajo como trabajo no-objetivado existente en la corporeidad del trabajador y el trabajo objetivado o valor existente en la forma de dinero que se adelanta con el objetivo de valorizarlo y así transformarlo en capital. Como esta disociación supone que el trabajo no-objetivado, es decir, el trabajo como capacidad o fuerza de trabajo, exista como mercancía, su condición de existencia como tal presupone la existencia del trabajador libre restringido a un doble sentido, por un lado, libre de disponer de su capacidad o fuerza de trabajo en cuanto la única propiedad que tiene para vender, y, por otro lado, libre de la propiedad de cualquier medio y objeto de trabajo que le permita poner en actividad su propia fuerza de trabajo. Lo que supone, a su vez, la condición de que el dinero, los medios de producción y medios de subsistencia en cuanto trabajos objetivados existentes sean propiedad de otros individuos igualmente libres pero diferentes de los trabajadores (Marx, 1975, p. 207).
Una vez que estas condiciones sociales están históricamente dadas, la capacidad o fuerza de trabajo como mercancía puede ser vendida por un tiempo determinado por su propietario al propietario del dinero bajo la ley del intercambio de equivalentes1. Como resultado de este intercambio la fuerza de trabajo como valor de uso, es decir, el trabajo vivo como potencia, es temporalmente enajenada de su propietario e introducida a la oculta sede de la producción como la fuente viva del valor. Es por medio del consumo productivo del valor de uso de la fuerza de trabajo, es decir, del trabajo vivo puesto en actividad, que el trabajo al objetivarse en las mercancías que produce no sólo les transfiere el valor de los medios de producción utilizados en su producción, sino además y al mismo tiempo, crea y objetiva en ellas un nuevo valor compuesto por la reposición del valor en forma dineraria pagado por ella más un plusvalor que es un trabajo objetivado por ella pero no pagado.
La producción del plusvalor constituye así la determinación fundamental de la transformación cualitativa del valor originalmente adelantado en forma dineraria –en la compra de la fuerza de trabajo y los medios de producción– en un valor que se valoriza a sí mismo, y, por lo tanto, en capital. En este sentido, dice Marx que “la producción de plusvalor, el fabricar un excedente, es la ley absoluta de este modo de producción” (Marx, 1975, p. 767). Como resultado de este proceso, el capital adquiere la forma de mercancías (o capital mercantil en la forma de medios de producción o de medios de consumo), las cuales son vendidas en el mercado, de acuerdo a la ley del intercambio de equivalentes, a precios que equivalen a su valor. Finalmente, por medio de la venta de las mercancías producidas como capital, el valor del dinero originalmente adelantado deviene un valor valorizado y, por tanto, se realiza como capital dinerario. De esta manera la característica económica del trabajador en el capitalismo es ser el titular de la capacidad de trabajo como valor de uso para el capital.
En otras palabras, podemos señalar que, para convertirse en capital, el valor o trabajo objetivado existente –primero en la forma de dinero y luego en la forma de medios de producción–, tiene necesariamente que relacionarse negativamente con su propio otro, es decir, con el trabajo como no-capital, un trabajo que a través de su negación se convierte en capital. Como en esta relación antitética cada uno de ellos no sólo es la negación, o ‘no-ser’, del otro, sino su otro del otro, se puede decir que el trabajo no puede realizarse sin objetivarse o devenir en capital, o, a la inversa, que el capital sólo puede devenir por medio de la realización del trabajo como trabajo objetivado. Lo que implica que el ser del trabajo se transforma en el ser del capital. Esta transformación significa que el trabajo sea trabajo alienado no sólo en el sentido de alienado de su actividad productiva vital y de su producto, sino que al ingresar en el proceso de su objetivación se aliena transformándose en su otro de sí mismo, en capital, que lo niega, es decir, que, además de conservarlo como su fundamento vital, lo domina y lo subordina a su propio objetivo de autovalorización2.
El trabajo enajenado de los trabajadores produce así constantemente la riqueza social en la forma de capital, como un poder ajeno que lo domina y lo explota (Marx, 1975, p. 701). Es de esta manera que el proceso de autovalorización del capital sea, al mismo tiempo, el proceso “del empobrecimiento del [trabajador], [para] quien el valor creado por él lo produce al mismo tiempo como un valor que le es ajeno” (Marx, 1971, p. 18, énfasis agregado). Esta relación negativa del trabajo con su propio otro, que no es más que una forma de existencia alienada de sí mismo, es decir, el capital en cuanto trabajo objetivado alienado, es la causa esencial por la que sean opuestos uno del otro3, el capital opuesto al trabajo, y por la que también sean opuestas sus respectivas personificaciones: los capitalistas y los trabajadores, cuya relación de oposición en cuanto clases sociales expresa la relación social del sistema capitalista.
Deriva de lo anterior que el fundamento del sistema capitalista implica necesariamente el empobrecimiento de una clase social: la de los trabajadores.
Una vez señalado que la esencia del sistema conlleva a la pobreza, nos referimos a la relación contradictoria entre las realidades esencial y aparencial de tal sistema.
La relación capital-trabajo en la realidad aparencial de la sociedad capitalista
Lo expuesto anteriormente significa que la realidad esencial de la sociedad capitalista está fundamentada por la relación contradictoria entre capital y trabajo, que da lugar a una relación entre dos clases sociales que no sólo son opuestas y contradictorias, sino irreconciliables entre sí. En este sentido, la realidad esencial de esta sociedad se constituye por la lucha de clases y, entonces, por la violencia. Sin embargo, en la realidad aparencial, es decir, en la superficie de los fenómenos de esta sociedad, estas relaciones aparecen invertidas.
En la dimensión fenoménica o aparencial de la realidad capitalista las relaciones entre las clases sociales se presentan como relaciones en las que los individuos se relacionan e identifican entre sí como individuos libres e iguales propietarios privados, y que, como tales, participan en igualdad de condiciones en la producción y el intercambio de la riqueza social capitalista. Ello implica que todas las formas de esta riqueza que producen, sea en la forma mercantil o dineraria, y les pertenecen individualmente aparezcan como resultado de la objetivación de sus trabajos propios y que las intercambien, obedeciendo a la ley del valor, bajo el principio de equivalencia. La propiedad privada y el intercambio de equivalentes son considerados como las premisas del proceso de la producción y circulación capitalista, cuyo fundamento es la apropiación del trabajo de otros sobre la base del trabajo propio.
De esta manera, el derecho de propiedad fundado en el trabajo propio se expresa en la superficie del sistema, en su realidad aparencial, en una ley basada no en la disociación entre la propiedad y el trabajo, sino, por el contrario, en su identidad. Así considerada, la realidad de la sociedad capitalista aparece como si correspondiera únicamente a lo que Marx denomina como “el reino de la libertad, de la igualdad y de la propiedad fundada en el ‘trabajo’” (Marx, 1980, p. 322).
Consecuentemente, en la relación social en cuanto relación económica está presupuesta una relación de derecho o jurídica que se expresa en el reconocimiento recíproco de los individuos como individuos libres e iguales propietarios privados, y, por lo tanto, no aparece una relación antagónica entre las dos clases sociales, sino que se presenta como una relación basada en la identidad de las clases. En este sentido, los individuos desaparecen como los portadores de las relaciones sociales antagónicas de la producción capitalista, y se presentan como sujetos individuales con iguales derechos de propiedad. Así, la sociedad civil basada en las relaciones de producción capitalista aparece directamente no como un sitio de violencia –la sociedad de la contradicción o no-identidad de clases–, sino como un sitio de no-violencia –la sociedad de la identidad de clases.
Bajo la lógica de la identidad de los sujetos individuales como iguales, o bien de la identidad de clases, presupuesta en la relación jurídica se construyen, por un lado, el derecho civil como derecho positivo una vez que la ley es puesta por el Estado, y, por otro lado, la conciencia y voluntad de los individuos como agentes económicos libres e iguales. De esta manera, la conciencia de los individuos parece no construirse fundamentalmente sobre el reconocimiento del carácter esencial de la realidad capitalista, es decir, de la existencia antagónica de las clases sociales opuestas, sino más bien sobre la base de su existencia o realidad aparencial, donde, pueden reconocerse desigualdades y diferencias superficiales (por ejemplo, en la distribución del ingreso, diferencias salariales, diferencias de género, etc.), pero no se reconocen desigualdades y diferencias que surgen del carácter antagónico entre clases sociales y del desdoblamiento del trabajo en trabajo alienado como trabajo y como capital.
En cuanto que la realidad de la sociedad capitalista es una unidad contradictoria de sus realidades esencial y aparencial, las leyes de la circulación del capital, es decir, las leyes del intercambio de equivalentes y de la propiedad basada en el trabajo propio no sólo son la expresión invertida de la ley esencial de la apropiación capitalista, es decir, la ley de la apropiación del trabajo de otros sin equivalente, sino que, en cuanto la forma de apariencia de una realidad esencial que está detrás de ella, son por medio de su aplicación que la última se realiza: “[no] obstante, por más que el modo de producción capitalista parezca darse de bofetadas con las leyes originales de la producción de mercancías, dicho modo de producción no surge del quebrantamiento de esas leyes, sino, por el contrario, de su aplicación” (Marx, 1975, p. 722, pie de página b).
Esta inversión de las realidades esencial y aparencial de la sociedad tiene efectos contradictorios sobre cómo entender los diversos fenómenos y en particular el que tiene que ver con la pobreza. En un sentido metodológico, para explicar que la pobreza es un resultado lógico del sistema capitalista es necesario entender cómo la compra/venta de la fuerza de trabajo por el capital en la esfera de circulación donde la relación entre individuos se presenta como una relación de igualdad tiene como fundamento, en el nivel esencial de la realidad capitalista, la relación de desigualdad capital–trabajo en la que la explotación tiene lugar.
Posteriormente debe explicarse cómo, en un regreso al nivel de la apariencia, la relación capital-trabajo se presenta, en un momento específico en el que domina el capital financiero, una vez más como una relación de igualdad entre individuos pero ahora teniendo en cuenta que la fuerza de trabajo se presenta como si fuera capital y, entonces, la relación social se expresa mediante la dupla capital–capital.
Otro elemento contradictorio que nace de la dualidad esencia-apariencia es el hecho de que la búsqueda incesante del capital por valorizarse y la implementación de cambio tecnológico expulsa trabajadores continuamente. En los siguientes apartados trataremos estos puntos.
La relación de compra/venta de la capacidad o fuerza de trabajo por/al capital.
La relación de capital empieza con el intercambio entre el trabajo objetivado existente en forma de dinero propiedad del capitalista y la capacidad o fuerza de trabajo, es decir, el trabajo no-objetivado todavía, que, en cuanto existente en la corporeidad del trabajador, es de su propiedad.
En la apariencia, este intercambio se presenta como una relación de compra/venta de la capacidad de trabajo que se realiza mediante un contrato libremente establecido entre dos propietarios igualmente libres (Marx, 1975, p. 103), que le da derecho al propietario del dinero, es decir, al capitalista, de apropiarse de la fuerza de trabajo por el tiempo estipulado en el contrato, y que el dinero adelantado en su compra (que corresponde al ingreso salarial del trabajador) aparezca como si fuera el pago por todo el trabajo que la fuerza de trabajo objetivará en los resultados de las actividades laborales por la que fue contratada, que, como tales, son propiedad del capitalista. Así, esta relación de intercambio aparece como una relación de equivalentes.
En la realidad esencial, esta relación de intercambio representa, como señalamos anteriormente, el punto de partida de la enajenación de la capacidad del trabajo del trabajador y, consecuentemente, de la apropiación por parte del capitalista de una parte del trabajo objetivado por ella (el plusvalor) sin pago alguno y de su producto: “[la] propiedad aparece ahora, de parte del capitalista, como el derecho a apropiarse de trabajo ajeno impago o de su producto; de parte del obrero, como la imposibilidad de apropiarse de su producto” (Marx, 1975, pp. 721-2). Lo que implica que la presupuesta libertad del contrato realizado en la compra/venta de la mercancía fuerza de trabajo entre propietarios jurídicamente iguales4 no sea más que la forma de manifestación de una relación entre propietarios esencialmente desiguales, y, que, por lo tanto, el contrato mismo sea negado a este nivel de la realidad y se convierta en una mera apariencia correspondiente al proceso de circulación, es decir, “en una mera forma que es extraña al contenido mismo y que no hace más que mistificarlo” (Marx, 1975, p. 721).
En cuanto que el contrato es la apariencia de un acto que no es un acto de libertad e igualdad, la compra/venta de la fuerza de trabajo no puede considerarse como el resultado de un intercambio de equivalentes. De aquí que, desde la perspectiva de la realidad esencial de esta relación, la relación entre equivalentes no existe pues sucede la apropiación del trabajo de otros sin equivalente.
Consecuentemente, la relación contractual se convierte en una relación de violencia cuya forma de manifestación en la sociedad civil es la lucha de las clases sociales, que, del lado de la clase trabajadora, se expresa en las luchas, entre otras, por el derecho al trabajo, por la reducción de la jornada laboral y por mejores condiciones laborales y salariales de los trabajadores. Debemos reconocer que los logros obtenidos por la clase trabajadora a lo largo de la historia no han sido suficientes para resolver definitivamente la contradicción fundamental entre el capital y el trabajo. Esto se traduce en que el sistema capitalista, según la relación capital-trabajo, implica que la clase social trabajadora no se apropia de la totalidad de su producto, por lo que es una característica inherente del sistema la diferenciación, es decir, la no igualdad económica de los individuos, condenando a los trabajadores a ofrecer su única propiedad, su capacidad de trabajo y, entonces, de ser sujeto de explotación.
Este rasgo estructural del sistema capitalista según el cual los trabajadores perpetúan su rol en la dinámica de la acumulación del capital contradice a las perspectivas contemporáneas que establecen que los individuos son capaces de superar su condición de trabajadores y elegir por ellos mismos su papel en el sistema económico-social.
La transformación de la relación capital-trabajo en la relación capital-capital
Bajo la hegemonía del capital financiero en el actual régimen neoliberal de acumulación del capital la noción de capacidad del trabajo incluso ha sido transformada conceptualmente al presentarla mediante la categoría de capital humano que implica concebir a esta capacidad como si fuera un bien de capital fijo sui generis, hasta cierto punto inmaterial o intangible, que puede denominarse capital–destreza. Sobre ello, nos limitamos a señalar brevemente algunos aspectos referidos a la conformación del capital humano y a sus rendimientos.
Empezamos señalando que por formación de la capacidad de trabajo se entiende la creación y el mejoramiento de las habilidades, capacidades y conocimientos que su poseedor, es decir, el trabajador, debe adquirir necesariamente para insertarse adecuada y eficientemente a las diferentes condiciones materiales y sociales de los procesos de trabajo que corresponden a regímenes de producción específicos.
Al conceptuar a la formación de capacidades como capital, se considera que los gastos requeridos para su creación y mejoramiento no son gastos individuales o sociales en consumo sino inversiones que, en cuanto propiedad individual de cada trabajador, deben recaer principalmente en sus decisiones individuales de inversión, y, secundariamente, en decisiones de política pública (particularmente en educación y, entre otros, en salud). En cuanto que el resultado de estas inversiones es una capacidad individual de trabajo más calificada, se considera que, con su mayor calificación, su productividad se incrementará y, conforme a esto, sus réditos dinerarios en la forma de intereses (es decir, sus ingresos salariales) que obtendrá su propietario se incrementarán (Cardona, et al., 2007, pp. 13-14), los cuales no sólo deberán ser iguales a los que obtendría por medio de la tasa normal de interés, caso contrario no invertiría en capacitación, sino que incrementaría su consumo de bienes para alcanzar con ello una condición óptima de bienestar.
De esto resulta, por un lado, que el ingreso salarial de los trabajadores se convierte en el interés que devenga su capacidad de trabajo como capital humano, o, dicho a la inversa, que el valor del capital humano del trabajador corresponda a la capitalización de su rédito dinerario (es decir, su salario como interés) a la tasa normal de interés, considerando con esto que a los trabajadores se les retribuye, al igual que a toda forma de capital, conforme al valor o a la productividad de su capital humano; por otro lado, que, en cuanto la inversión en capital humano es considerada una elección racional que recae básicamente en su propietario, se llega a identificar al trabajador individual como un capitalista5; y que, en cuanto que esto implica que la relación capital-trabajo se transforme en la relación capital-capital, la relación trabajo-salario en la relación trabajo-interés, y el contrato entre el propietario de la capacidad del trabajo y el propietario del dinero en un tipo particular de contrato de inversión entre capitalistas.
A esta concepción de la capacidad o fuerza de trabajo como capital humano, que llega a desarrollarse plenamente en el momento actual en que el régimen de acumulación capitalista es dominado por la forma de capital financiero o capital que devenga interés, Marx la considera una concepción ilusoria que resulta de una de las formas absurdas que trae aparejada esta forma de capital: la forma de capital ficticio. Sobre esta concepción, Marx señala:
Aquí se concibe al salario como un interés, y por ello a la fuerza de trabajo como el capital que arroja dicho interés. […] Lo desatinado de la concepción capitalista llega aquí a su pináculo cuando, el lugar de explicar la valorización del capital a partir de la explotación de la fuerza de trabajo, explica, a la inversa, la productividad de la fuerza de trabajo a partir de la circunstancia de que la propia fuerza de trabajo es esa cosa mística, el capital que devenga interés. […] Lamentablemente entran aquí dos circunstancias que contrarían desagradablemente esa idea inconsistente: en primer lugar, que el obrero debe trabajar para obtener este interés, y en segundo término que no puede convertir en dinero el valor de capital de su fuerza de trabajo por medio de una transferencia (Marx, 1977, p. 600).
Además, al suponer al trabajador como un capitalista y ponerlo en condiciones de igualdad con el capitalista verdadero, esta concepción pretende explicar la relación social capitalista considerando, entre otras cosas: 1) la inexistencia de la característica económica que fundamenta al trabajador en el capitalismo, es decir, la de ser el titular de la capacidad de trabajo como valor de uso para el capital, en oposición a la del capitalista y, por lo tanto, del trabajo mismo como fundamento de la producción de la riqueza social capitalista como capital; 2) la inexistencia de la explotación de los trabajadores por los capitalistas; y 3) que el dinero que es adelantado por el capitalista en la compra de la capacidad de trabajo del trabajador y se le paga después que ha actuado y objetivado tanto su propio valor como el plusvalor en la forma de salarios, no implica que, en esta relación, sea el trabajador quien le abra crédito al capitalista, sino que ésta aparece como una relación financiera entre personas independientes entre sí consideradas como capitalistas.
Esta conceptualización superficial del proceso laboral capitalista que es propia de la teoría económica ortodoxa se ha traducido, en términos de recomendaciones políticas, en planteamientos que postulan que al reducir o eliminar las formas institucionales de reproducción de la fuerza de trabajo que el régimen de acumulación fordista anterior implementó vía el salario indirecto a los trabajadores como los sistemas públicos de educación, de seguridad, de jubilación, de salud y otros, así como la regulación de las relaciones laborales, y transformarlas principalmente en instituciones privadas encargadas de la formación de capital humano y en una regulación de las relaciones laborales concretada en una nueva legislación laboral acorde a ésta, a partir de lo cual el capitalismo recobrará el sendero del crecimiento económico basado en un mayor empleo de capacidad de trabajo calificada, mayor productividad y menor pobreza y, por lo tanto, más equitativo.
Los resultados de estas transformaciones han sido los contrarios: tanto la concentración de la riqueza social en manos de los individuos que conforman la clase propietaria del capital industrial y dinerario, como la concentración de la pobreza de la mayoría de los individuos que conforman la clase propietaria de la capacidad de trabajo, y, por lo tanto, su desigualdad, se han disparado a niveles insostenibles. Abordamos este tema distributivo a continuación.
Antes de ello consideramos importante comentar una conclusión que podría desprenderse de una perspectiva que se funde en el capital humano: que la condición de pobreza es resultado de deficientes, nulas o equivocadas inversiones en adquisición de capacidades por parte de los trabajadores y, entonces, la pobreza no resulta de la misma lógica del sistema económico capitalista, sino es un resultado de elección y acción individual. Tal conclusión sólo puede ser generada por planteamientos teóricos que ignoran el rasgo esencial del modo de producción capitalista.
La distribución del ingreso y la pobreza de la clase trabajadora
En cuanto que la distribución del ingreso se refiere a la distribución del valor agregado, es decir, del trabajo objetivado por los trabajadores en los resultados de sus diferentes actividades laborales, entre la parte del trabajo pagado que reviste la forma de ingresos salariales y la parte del trabajo no pagado (el plusvalor) que reviste formas de ingresos diferentes e independientes entre sí como ganancias, intereses, rentas, impuestos, etc., cualquier cambio en la distribución del ingreso, sea que se concentre más en una u otra de las partes, en nada modifica el hecho de que la parte de los ingresos que reviste el plusvalor, es decir, el trabajo objetivado no pagado a los trabajadores, es apropiado por la clase de capitalistas. De aquí que cualquiera que sea la distribución del ingreso, ésta es siempre un resultado mayor o menor de la explotación del trabajo por parte del capital y, por lo tanto, de la relación capital-trabajo que se manifiesta en la lucha entre la clase de trabajadores y la clase de capitalistas (que incluye, desde luego, el estrato gobernante). Así, por ejemplo, respecto a una política que redistribuya el ingreso a favor de los salarios, sin negar su relevancia en cuanto a mejorar la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora, tendríamos que decir que, manteniendo inalterada la relación capital-trabajo, ésta no sería “más que una mejor remuneración de la esclavitud, y no conquistaría, ni para el trabajador ni para el trabajo su estatus y dignidad humanos” (Marx, 1977b, pp. 72-73).
El punto clave en relación a la discusión sobre la pobreza es que ésta no puede eliminarse mediante la aplicación de reformas y/o políticas que, al diseñarse teniendo en cuenta únicamente el nivel aparencial de la realidad capitalista y, por tanto, desconociendo el fundamento esencial, buscan atenderla vía la disminución de la desigualdad. Esto es, políticas tales como de incremento salarial o transferencias de recursos monetarios, o de mejoras en el acceso a servicios básicos, si bien son importantes en tanto mejoran relativamente la situación de una fracción de la población no atienden la naturaleza de la pobreza económica bajo el modo de producción capitalista.
Los fundamentos esenciales del modo capitalista de producción hacen que obligatoriamente, sin excepción y aunque la realidad aparente se presente como lo contrario, la relación capital-trabajo sea una relación de desigualdad entre individuos de donde se tiene como consecuencia que, tras la apropiación de una fracción del trabajo ajeno por parte de una clase en específico, un porcentaje de la población se empobrezca. Puesto en otras palabras, el modo de producción capitalista es, dados la forma en que dentro de él se genera el excedente y su objetivo permanente de la valorización, un modo creador de pobreza y de pobres. Un sistema económico que se funda en una relación social de explotación de unos individuos por otros no puede ser un sistema de igualdad.
Al plantearse las teorías económicas convencionales, como herencia del movimiento de la Ilustración de los siglos siglos XVII y XVIII, un escenario en el que los individuos fundan sus acciones en la razón y gozan de plena igualdad y libertad han desdeñado la relevancia de entender la forma en que en el sistema capitalista se generan el excedente y la riqueza y, en su lugar, se han concentrado en el problema de cómo se distribuyen los mismos. El problema con este proceder es que la creación y la distribución del excedente y de la riqueza son cuestiones que se resuelven en la relación esencia-apariencia del sistema capitalista, por lo que tomar exclusivamente un elemento de ésta es insuficiente y equivocado en tanto hace abstracción de las condiciones sociales de producción actuales. Distribuir mejor el excedente sin alterar la manera en que éste se crea nos deja en la misma relación de no-igualdad económica de los individuos. Así, el tema en discusión se centra en la manera en que, tanto teórica como concretamente, se vinculan en su sentido capitalista las categorías explotación del trabajo, igualdad (desigualdad) y pobreza.
La primera de ellas continua, en tanto explica la generación del plusvalor, en el centro de la relación asimétrica y conflictiva entre individuos y clases sociales. Respecto a la igualdad, ésta debe entenderse en dos dimensiones: por un lado, según se plantea dentro de un sistema social basado en la explotación del trabajo, se funda en realidad en su contrario, esto es, se trata de una igualdad aparente que invierte una desigualdad esencial; por otro, una igualdad (desigualdad) únicamente planteada en términos de la apariencia del sistema y desvinculada de concepto de explotación. Los teóricos económicos actualmente sólo atienden el segundo, de ello deriva el que se proponga como posibilidad un sistema capitalista que fomente la igualdad económica y social. Aquí, la contradicción es evidente: ¿un sistema fundado en la explotación de unos por otros podría promover la igualdad? Una respuesta afirmativa implicaría desconocer la base de funcionamiento del sistema mismo. Finalmente, en cuanto a la pobreza, ésta es un resultado natural de la combinación estructurada en sistema capitalista de explotación y desigualdad. Para ponerlo en términos breves, el sistema capitalista crea, junto a su dinámica de producción acelerada de riqueza y de su lógica continua de valorización, pobreza en la clase trabajadora. Esta idea la sintetiza Marx en la siguiente cita: “debe de haber algo podrido en el corazón de un sistema social que aumenta su riqueza sin disminuir su miseria” (Marx, 2013, p. 124).
Las transformaciones tecnológicas y la pobreza de la clase trabajadora
En las secciones anteriores hemos presentado una discusión sobre la relevancia de la relación capital–trabajo y la manera en que de ella resultan los rasgos esenciales y aparenciales del sistema capitalista a partir de los cuales es posible discutir el significado y naturaleza de la pobreza; a continuación discutimos otro elemento que se suma a las causas fundamentales del nivel de trabajo y de pobreza: el cambio tecnológico.
Como punto de partida debe tenerse en cuenta que todo capital tiene por objetivo su valorización y su consecuente acumulación progresiva y que el capital global está divido en capitales individuales (o fracciones de capital) autónomos e independientes entre sí (sea que revistan la forma de capital industrial o financiero), que, para lograr su propio objetivo de valorización (sea por medio de la ganancia o del interés) y reproducirse en una escala continuamente ampliada, necesitan incrementar sus fuerzas productivas introduciendo innovaciones en tecnología y en la organización del trabajo pues ello permite no sólo una mayor valorización y su creciente acumulación, sino además estar en mejores condiciones de competir con los otros capitales individuales por la apropiación del plusvalor producido por el capital global. Esto significa que los capitales individuales tienen, como ley inmanente, el incentivo permanente a innovar su proceso productivo, lo que tiene efectos directos en la manera en que históricamente se ha dado la inclusión de trabajadores en dicho proceso.
En términos simples y sintéticos pueden ser distinguidos dos períodos clave. El primero de ellos corresponde a la transición a la manufactura que implicó una elevación constante del número de trabajadores que se inscribieron en la lógica capitalista. Esto implicó la revolución de los procesos productivos artesanales en la que estuvieron presentes cambios tecnológicos y cambios sociales (la relación salarial, por ejemplo) profundos que pusieron a disposición del capital a un gran número de trabajadores. En el segundo período, que corresponde a la etapa de la gran industria y que se puede extender hasta la actualidad, la lógica de incorporación de trabajadores al proceso productivo se trastrueca pues ya no se trata de sumar permanente trabajadores, sino de desplazarlos6.
En este segundo periodo, teniendo en cuenta los límites de la generación del plusvalor absoluto y plusvalor relativo, la idea central es lograr superar la capacidad físico-productiva del trabajador y lograr elevar la productividad en todos los procesos:
En primer término en la maquinaria adquieren autonomía, con respecto al obrero, el movimiento y la actividad operativa del medio de trabajo. Se vuelve éste, en sí y para sí, un perpetuum mobile industrial, que seguiría produciendo ininterrumpidamente si no tropezara con ciertas barreras naturales en sus auxiliares humanos: debilidad física y voluntad propia. Como capital –y en cuanto tal el autómata posee en el capitalista conciencia y voluntad– está animado pues por la tendencia a constreñir a la mínima resistencia las barreras naturales humanas, renuentes pero elásticas. Esta resistencia, además, se ve reducida por la aparente facilidad del trabajo en la máquina y el hecho de que el elemento femenino e infantil es más dócil y manejable. (K.I.2, p. 491)
Este “liberarse del trabajador” por parte del capital tiene dos implicaciones a discutir. Primera, la expulsión y exclusión creciente de trabajadores, y, segunda, como resultado de ello, la eliminación de la fuente del plusvalor: el capital variable. Por razones de espacio y porque se aleja de los objetivos del trabajo no discutiremos esta segunda implicación, por ahora baste con enfocarnos en la primera de ellas. La elevación permanente del número y del valor del elemento constante del capital implica que un número creciente de trabajadores se inscriba en lo que Marx llamara ejército industrial de reserva. El cambio tecnológico, entonces, implica el desplazamiento permanente de las fuerzas de trabajo al limbo de las almas de los trabajadores que mueren por inanición en todos sus sentidos, a la miseria absoluta de la mayoría de los trabajadores y sus descendiente; al limbo del lumpemproletariado moderno. Se constituye así una población obrera superflua.
El proceso que ha tenido lugar se sintetiza en el hecho de que el cambio tecnológico implica una dinámica contradictoria: por un lado, pone a disposición del capital a la mayoría de personas en tanto trabajadores portadores del valor de uso de crear valor y, entonces, en tanto fuentes de plusvalor, pero, por otro, tras su evolución, vuelve a una parte considerable de los mismos es trabajadores superfluos, en población que sobra para el capital.
La relación social del capital en su desarrollo coloca a los trabajadores en una circunstancia peculiar: primero, en tanto portadores de la capacidad de trabajar y de objetivarse, les obliga a venderse como mercancías a partir del cual, como argumentamos en la primer sección, da sentido al capital, esto es, hace de los trabajadores portadores de tiempo de trabajo disponible para la valorización del capital, pero después, y como resultado del congruente funcionamiento del sistema, los convierte en elemento prescindibles, en sobrantes, en marginados.
Los marginados quedan condenados a la dinámica misma de la pobreza. ¿Ocurre algo mejor para aquéllos que no quedan marginados? Lejos están de contar con la capacidad de superar su condición social de asalariado puesto que junto a la competencia entre capitales vía el cambio tecnológico el nivel salarial se presenta como una herramienta más para enfrentar el contexto competitivo, presionando a la baja al salario y obligando a los trabajadores a vivir bajo una circunstancia de precariedad. Las dos condiciones concretas que enfrentan los trabajadores en el contexto de la revolución tecnológica capitalista: o quedar marginado o enfrentar un proceso de degradación en sus ingresos salariales.
Muchas de las discusiones teóricas contemporáneas que no se fundan el planteamiento marxista radican justamente en encontrar mecanismos que permitan incorporar trabajadores en el ciclo del capital. En algunos casos se discuten las condiciones salariales, pero se deja de lado el rasgo fundamental capitalista de la explotación.
El concepto de pobreza adquiere otra dimensión: para un grupo importante de personas el sistema capitalista no ofrece opciones y los condena a la pobreza.
Conclusiones
Con lo anterior buscamos poner en evidencia tres conclusiones: 1) que la base de la pobreza se encuentra en el nexo conflictivo e irresoluble entre clases sociales, mismo que se sustenta en la explotación del trabajo en tanto fuente del plusvalor. En este mismo sentido, se implica que la condición de igualdad y libertad de todos los individuos está sustentada, al invertirla, en una relación de no igualdad, no equivalencia y de no libertad. De esta primera conclusión deriva que la pobreza no puede eliminarse sin abolir la explotación. 2) Que el sistema económico capitalista en su desarrollo nos presenta en su nivel aparencial, a partir de la fetichización de la relación compra/venta de la fuerza de trabajo por/al capital y de la prioridad de los mecanismos financieros, una realidad en la que cada individuo es responsable de la manera en que entra en el proceso capitalista y de los resultados que obtiene (tal como lo plantea la teoría del capital humano). Este punto no reconoce la esencia del sistema capitalista y, por tanto, es un error teórico-práctico que al tomarlo como válido nos lleva a plantear a la pobreza como un resultado individual y no como un resultado natural de la relación social capitalista. 3) Que el proceso capitalista, tras su evolución tecnológica, genera condiciones para la exclusión de trabajadores condenándolos así a la pobreza y marginación. De estas tres cuestiones puede derivarse que, independientemente de las dificultades de definiciones de pobreza, de su medición y de las medidas de política asociadas, la pobreza en el modo de producción capitalista es un fenómeno permanente y no tiene solución dentro del mismo.
Bibliografía
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- Esto implica que el precio dinerario (salario) a que se compra la fuerza de trabajo corresponde a su valor, que, en este caso, es, por así decirlo, indirectamente determinado por el valor de los medios de subsistencia que requiere su propietario, el trabajador, para su reproducción. Cabe señalar que, como veremos enseguida, esta relación de intercambio se realiza por medio de un contrato entre dos propietarios legalmente libres. ↩︎
- Como dice Sayers (2013, p. 90): “en el sistema capitalista los productores directos ya no controlan el proceso de intercambio. Son desposeídos de todo, excepto de su capacidad de trabajo. Ahora son trabajadores asalariados que no son dueños de sus herramientas, ni de los materiales sobre los que trabajan, ni de los productos de su trabajo. Ahora estos adoptan la forma de capital, que deviene en un poder independiente de los trabajadores y se opone a ellos.” ↩︎
- “Porque cada uno de los dos en tanto es por sí en cuanto no es el otro. La diferencia de la esencia es, por tanto, la contraposición, según la cual lo diferente no tiene frente a sí un otro en general, sino su otro; esto es, cada uno tiene su propia determinación sólo en su relación con el otro; es reflejado en sí sólo en cuanto es reflejado en el otro, e igualmente el otro; cada uno es, de este modo, su otro del otro.” (Hegel, 1997, §119, p. 70) ↩︎
- En este contexto, señala Marx, “El cambio constante de patrón individual y la fictio juris (ficción jurídica) del contrato, mantienen en pie de apariencia de que el salariado es independiente” (Marx, 1975, p. 706). ↩︎
- “Los trabajadores se han convertido en capitalistas, no por la difusión de la propiedad de las acciones de las sociedades, como lo hubiera querido la tradición, sino por la adquisición de conocimientos y habilidades que tienen un valor económico.” (Schultz, 1961, p. 17) ↩︎
- Claramente que existen situaciones en las que el número de trabajadores puede crecer motivado por el mismo cambio técnico, tal como sucedió en el siglo XIX con la incorporación, gracias a la reducción en la necesidad de fuerza necesaria para llevar a cabo el proceso productivo, de trabajo femenino e infantil. No obstante, este hecho tiene dos cuestiones asociadas, primero implica una desvalorización de la fuerza de trabajo, y segundo, la misma evolución del proceso técnico termina por dejar fuera al exceso de trabajadores. ↩︎