Trump en el espejo argentino. Política y cultura en el país del peronismo

I.

Primer texto. En un programa emitido por el canal de uno de los diarios del liberalismo argentino, un reconocido periodista analiza el resultado de las últimas elecciones presidenciales de EEUU en términos de “la tradición peronista desembarca en la Casa Blanca”. Transcripto y publicado al otro día en la edición de dicho diario junto a una caricatura en la que Perón lleva el típico MAGA Hat, este discurso orienta la comprensión del trumpismo a través de su aparente familiaridad con el peronismo. Cesarismo político, proteccionismo económico y “desdén por la corrección institucional” forman parte de una caracterización conjunta del trumpismo y el peronismo que ubica a ambas experiencias dentro de una tradición populista autoritaria reñida con los valores y las instituciones liberales. Apuntalado por citas de Norberto Bobbio y los documentos de la fundación que preside José María Aznar, el texto advierte sobre los peligros de la demagogia, el estatismo y el proteccionismo económico. Segundo texto. A modo de cobertura de las primeras elecciones ganadas por Trump en el año 2017, una de las principales revistas del socialismo liberal latinoamericano publica una nota en la que un historiador argentino intenta precisar los rasgos del “fascismo americano”. La nota contiene una caracterización compleja en la que el trumpismo aparece como el producto del deseo de gran parte de la sociedad estadounidense de regresar a un pasado mítico signado por las jerarquías sociales, la libertad económica individual y la movilidad social ascendente. La idea de “minoría de masas” permite dar cuenta de este esfuerzo por retornar a un orden social estructurado alrededor de la libertad y la propiedad. El otro problema abordado en la nota corresponde a la caracterización de Trump como “populista” y a los recurrentes ejercicios de comparación entre el trumpismo y el peronismo. Al respecto señala que la permanente acusación de “populista” a las experiencias que escapan a las formas tradicionales de la política conlleva una concepción restringida de la democracia. Participando de las críticas al “abuso” de la categoría de populismo, el texto observa que la asociación entre democracia y normas e instituciones corre el riesgo de silenciar tradiciones democráticas más radicales. A modo de ejemplo, cita los llamados populismos clásicos -entre los que menciona al peronismo, al varguismo y al cardenismo- como experiencias caracterizadas por la expansión de los derechos sociales y económicos, la consolidación de organizaciones colectivas y la regulación de la vida social y económica.                    

II. 

Las interpretaciones del trumpismo realizadas por el liberalismo argentino no pueden sino recalar en la analogía con el peronismo. Es evidente que las valoraciones alrededor del interés que se desprende de dicha analogía son distintas en ambos textos mencionados. Si en el del periodista de los medios liberales los aparentes rasgos peronistas constituyen el aspecto más interesante del trumpismo, en el del historiador socialista la advertencia sobre dichos rasgos forma parte de los análisis menos productivos para comprender las particularidades del fenómeno estadounidense. Una indagación más fina sobre algunos de los argumentos críticos del segundo de los textos nos permite ver que las diferencias con los del primero no son absolutas. El señalamiento de una limitación en la caracterización del trumpismo a partir del peronismo radica en los problemas de agrupar bajo un mismo rótulo -el de “populismo”- a experiencias que tienen en común la resistencia a las instituciones. Si por un lado se crítica por empobrecedora la operación de asimilación de peronismo y trumpismo -que constituye el argumento principal del primero de los textos- por el otro se naturaliza la tradicional hipótesis liberal de la aversión populista por las instituciones -que es indudablemente el punto de partida analítico del periodista. Si bien deben ser considerados con matices internos, el campo de la política puede ser ordenado a partir del vínculo sostenido por cada una de las experiencias con las instituciones liberales. La idea del trumpismo y el peronismo como pertenecientes a una tradición reñida con el ordenamiento político liberal, la cual estructura el análisis del periodista, no parece totalmente abandonada en el texto del historiador, a pesar de que en éste aparece debilitada la familiaridad entre ambas experiencias y el abordaje del populismo es complementado con un reconocimiento de sus aspectos positivos -derechos económicos y sociales, organización colectiva, regulación de la vida social. Integradas en un mismo marco interpretativo que hace del orden liberal el espacio necesario de la organización social y política, la obsesión del periodista por emparentar al trumpismo con el peronismo y la negativa del historiador a efectuar dicha operación no parecen estar muy alejadas.    

III.

Como muestra el trabajo de Luciana Cadahia y Paula Biglieri sobre el populismo, gran parte de las operaciones de clausura analítica y política sobre dicha tradición tienen su origen en la interpretación autocrítica realizada por los intelectuales revolucionarios en su pasaje a posiciones democráticas en la década de 1980. No casualmente, el texto que ejemplifica de manera acabada dicha interpretación, “Lo nacional-popular y los populismos realmente existentes” de Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ipola, fue escrito por intelectuales con los cuales se formaron el periodista y el historiador mencionados, y fue publicado en la misma revista socialista liberal en la que treinta y seis años más tarde apareció el texto del historiador socialista. Siguiendo al protagonista de la serie argentina del momento, podríamos decir que lo viejo sigue funcionando. Casi medio siglo después de aquella interpretación, la hipótesis acerca de la contradicción necesaria entre populismo y socialismo sigue permeando la interpretación de la política contemporánea. Por ello, los diversos niveles en los que dicha hipótesis se presenta como problemática deben ser recurrentemente señalados. Uno de ellos corresponde a la ya mencionada absolutización del ordenamiento liberal. Todas aquellas tendencias hacia el integrismo y la totalización que el socialismo liberal percibe en las experiencias populistas son invisibilizadas en la caracterización de los valores y las instituciones liberales. Se trata de un desbalance analítico en el que no hay lugar para problemas tales como la relación entre instituciones liberales y capitalismo, los efectos alienantes del individualismo burgués, o el carácter antipopular de la construcción del orden liberal en la historia de América Latina. El segundo tiene que ver con el aplanamiento interpretativo de la relación de las experiencias populistas con el orden institucional. Donde el socialismo liberal ve -herencia de la posiciones antifascistas- superposición entre Estado y gobierno, verticalismo político y culto al líder, deberían verse procesos de ampliación y democratización del poder político. Radicales en el caso del chavismo y en la actual experiencia mexicana, y moderados en el kirchnerismo, el lulismo y el correismo, estos procesos no se han orientado tanto a una oposición a las instituciones como a su progresiva democratización. Por último se encuentra el problema de la contrastación histórica de esta hipótesis con la historia argentina y democrática contemporánea. La experiencia liberal clásica del macrismo y la anarcocapitalista del mileismo demuestran que en diferentes aspectos los llamados “populismos” se han mostrado más cuidadosos que el propio liberalismo en la garantía de los derechos individuales y en la defensa de los aspectos más progresivos del ordenamiento político liberal.               

IV.

Primera escena. En una de sus habituales apariciones en los medios, un dirigente marginal del peronismo -conocido por el abierto antisemitismo de sus seguidores- es consultado acerca de “cuál es su problema con los judíos”. Luego de unos segundos de silencio, responde con otra pregunta “¿con qué judíos?”. Una naturalización del antisemitismo en apariencia contradictoria, en tanto entrevistador y entrevistado comparten una consideración positiva del actual gobierno israelí, al punto de que el dirigente último suele calificar a Benjamín Netanyahu como “un compañero”. Segunda escena. En un diálogo sobre la “cultura del antiperonismo”, en el cual llamativamente personas que se identifican como peronistas intercambian pareceres con otras abiertamente antiperonistas, se introduce la idea del mileismo como “el nuevo peronismo”. Por detrás de dicha idea se encuentra la equiparación entre dos “aluviones zoológicos”: el que llevó a Perón a la presidencia en 1945 y el que volvió a Milei presidente en 2023. En esta analogía, un peronismo elitista reaccionaría frente a los individuos marginales representados por Milei del mismo modo en que los sectores medios y altos de la sociedad argentina reaccionaron frente a los trabajadores que se movilizaron a Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945. Tercera escena. En una entrevista promocionada con los hashtags #dictadura #pc #peronismo #partidocomunista #montoneros #historiaargentina, un periodista reconstruye la historia de una revista de la Federación Juvenil Comunista argentina publicada durante la última dictadura militar con financiamiento gubernamental. Enfatiza, al respecto, el poco espacio brindado por la revista a cuestiones políticas, la publicidad de las acciones desplegadas por el gobierno y los elogios hacia figuras de la Junta Militar como el presidente Videla. El montaje de la entrevista parece inscribir el “descubrimiento” en una narrativa más amplia de la historia argentina reciente: cada dato introducido por el periodista es acompañado por planos en los que los entrevistadores sonríen o asienten con una sorpresa que a su vez parece certificar una sospecha de larga data.                              

V.

En estas tres escenas, capturadas al azar entre la multiplicidad de secuencias similares que pueblan cotidianamente el universo streamer y youtuber, el “fenómeno Trump” sobrevuela de diversas maneras. En algunos casos, de forma explícita. Por ejemplo, el dirigente que protagoniza la primera de las escenas no sólo ha afirmado frecuentemente que Trump “es peronista” sino que incluso es “más peronista” que aquellos ocupan un espacio progresista dentro del espectro del peronismo, especialmente el gobernador de la provincia de Buenos Aires y uno de los principales opositores al gobierno de Milei, Axel Kicillof. Para este dirigente -también conocido por consideraciones positivas de la actual vicepresidenta de la Nación, una defensora de los genocidas de la última dictadura- mientras que Trump sería un verdadero peronista, Kicillof sería un marxista infiltrado en el movimiento peronista. En los otros casos, aparece de forma implícita. Si tomamos la segunda de las escenas, la idea de una mayoría popular que habría sido abandonada por un peronismo elitista se corresponde con el argumento republicano de una silent majority dejada de lado por los dirigentes demócratas. Así como el mileismo representaría la irrupción de unas mayorías populares desatendidas por una política progresista y de minorías de los gobiernos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández, el trumpismo cumpliría un rol análogo frente a la imposición de una agenda politically correct por parte de los gobiernos de Obama y Biden. Si atendemos la última de las escenas mencionadas, nos encontramos con una forma de revisionismo anticomunista emparentada con la narrativa del trumpismo. No sólo se trata de encontrar los orígenes del mileismo en una orientación antipopular de los gobiernos progresistas sino también de propiciar una demonización de la política de izquierdas. En este caso, la idea implícita de que la política progresista no ha realizado aportes al mejoramiento de las condiciones de vida de la mayor parte de la población es complementada con una asociación entre la izquierda y el ataque más radical recibido por la pueblo argentino -esto es, la última dictadura militar.                    

VI.

Dada la precariedad argumental que subyace a las afirmaciones realizadas en los espacios “antiprogresistas”, no resulta difícil advertir el carácter distorsivo de estas operaciones de valoración conjunta del mileismo y el trumpismo. Por ejemplo, la idea de que ambos fenómenos políticos constituyen una recuperación saludable de una agenda política popular relegada por los gobiernos progresistas descansa sobre una caracterización simplista y equívoca de dichas experiencias. Al menos en el caso argentino, no se trató tanto de la prioridad de una agenda progresista y de minorías como un intento fallido por resolver los problemas económicos del país -algunos estructurales y otros originados con el gobierno de Mauricio Macri entre 2015 y 2019. “Exitoso” en cuanto a las políticas de ampliación de derechos -para nada despreciables, por otro lado-, el gobierno de Alberto Fernández tuvo grandes dificultades para afrontar cuestiones tales como el acuerdo con el FMI -por la deuda contraída por Macri- y el aumento de la inflación -un problema histórico del país y especialmente agudo para los gobiernos populares. Dicho sea de paso, la “lucha” contra la inflación llevada actualmente por el gobierno de Milei demuestra que su baja sólo puede realizarse a costa del deterioro de las condiciones de vida de la mayor parte de la sociedad argentina. Ahora bien, las limitaciones señaladas existieron y se originaron en parte en las internas de la coalición gobernante. Sin embargo, resulta sumamente forzado transformar el desbalance de la última gestión del peronismo en una política deliberada de minorías que habría tenido su origen en una “cooptación” del movimiento peronista por parte del progresismo. Los resultados que le dieron la victoria a Milei no pueden ser entendidos como la irrupción de una mayoría silenciosa abandonada por el peronismo en su deriva progresista sino que, al menos en los segmentos populares, deben ser vistos principalmente como una señal de defraudación del contrato electoral que establecía un horizonte de estabilidad económica y recuperación del poder adquisitivo luego del experimento liberal del macrismo. Además, la lectura que encuentra en el mileismo y en el trumpismo al “verdadero peronismo” sólo puede llevarse a cabo haciendo abstracción de las condiciones históricas en las cuales se desarrollaron las experiencias del llamado “segundo ciclo progresista”. Como ha señalado Matías Bisso, el declive de dichas experiencias debe ser entendido en el marco de una creciente debilidad para avanzar en la transformación de las condiciones materiales de vida de la población y en la consolidación de un bloque antipopulista conformado por el poder económico y mediático.                             

VII.

La debilidad analítica que sustenta el diagnóstico sobre una supuesta hegemonía progresista en el movimiento peronista no puede actuar como elemento exculpatorio de la asunción de posiciones reaccionarias. Si un debate estratégico dentro de las fuerzas políticas populares implicaría un ajuste de cuentas tan radical como interno, la apertura a discursos conservadores y tradicionalistas conlleva un proceso de convergencia pública con las fuerzas que efectivamente hoy hegemonizan la política argentina. A través de estas operaciones de valoración conjunta del mileismo y el trumpismo, sectores que pretenden ocupar un rol de representación dentro de las fuerzas políticas populares pasan a ocupar el mismo espacio discursivo que aquellos que propician una restauración conservadora en la sociedad argentina. Algunas lecturas lúcidas pero aisladas han advertido acerca de los problemas de la incorporación del discurso “antiprogresista” dentro de una política que se pretende de masas y transformadora. Bajo la hipótesis de que “la crisis del progresismo no es nuestra crisis”, Nicolás Vilella ha señalado el carácter falaz de la contradicción entre redistribución económica y reconocimiento identitario. Si los gobiernos de Cristina Kirchner representan la mayor desmentida a dicha contradicción, ¿por qué el kirchnerismo es señalado como el responsable del “entrismo” progresista en el peronismo? Si el gobierno de Alberto Fernández fracasó en su política económica, ¿por qué esta experiencia se presenta como ejemplo de una preeminencia de origen de la política de minorías? Algo similar ha señalado recientemente Luis García en cuanto a la importación del debate sobre “lo woke” dentro de las fuerzas políticas populares. El ejercicio de autocrítica pública sobre los excesos de una política progresista dentro del peronismo y la izquierda implica nada menos que asumir como propio el diagnóstico que las fuerzas derechistas hacen de nuestra propia crisis. Si no hay correlación entre el deterioro de las condiciones materiales y la ampliación de derechos, ¿por qué deberíamos abjurar de un “exceso progresista” que no es observado por los sectores representados sino por quienes resisten las políticas de democratización de lo social? Si los gobiernos de Cristina Kirchner dan cuenta de una experiencia efectiva de articulación entre el mejoramiento de las condiciones de vida de las “mayorías” y el reconocimiento identitario de las “minorías”, ¿por qué las revisiones de la trayectoria reciente del peronismo señalan a dicho gobiernos como el desvío de una línea auténticamente popular que va de Isabel Perón a Menem y Duhalde?                   

VIII.

A contramano de las lecturas anteriormente mencionadas, un artículo de Sebastián Etchemendy titulado de manera contundente “Trumpismo y peronismo, asuntos separados” realizó un contrapunto entre las políticas del primer gobierno de Trump -y las promesas para este segundo mandato- y las experiencias recientes de los gobiernos peronistas. Un repaso por las políticas desplegadas en materia impositiva, laboral, migratoria, de género y ambiente no puede sino refrendar la distancia entre la experiencia liderada por Trump y la historia del peronismo en Argentina. Este énfasis en la dimensión empírica del análisis y el consecuente recorte de las políticas concretas llevadas a cabo se vuelve más necesario que nunca en un momento como el actual en el que asistimos a una transición en las formas de enunciación y legitimación discursiva. Como vimos anteriormente, las interpretaciones de la relación entre trumpismo y peronismo se juegan en un espacio en el que siguen teniendo importancia los modos tradicionales de intervención intelectual pero en el que cobran cada vez más fuerza prácticas cuya validación no radica tanto en los saberes letrados como en el impacto en las redes sociales y plataformas digitales. Si por un lado la cultura liberal sigue intentando depurar la política de sus formas “populistas” a través de intelectuales universitarios que producen textos en el formato tradicional del periódico y la revista, por el otro la cultura digital busca expurgar las tendencias “progresistas” a través del montaje de escenas cargadas del antiintelectualismo característico de las restauraciones conservadoras -por no decir fascistas. Insistir en la distancia entre trumpismo y peronismo resulta fundamental a los fines de establecer una demarcación frente a las tradicionales interpretaciones liberales que hacen de ambas experiencias populistas que atentan contra el necesario ordenamiento liberal y a las voces del “antiprogresismo” que buscan acercarlas como modo de sustentar un tradicionalismo conservador frente a los avances democráticos producidos en la sociedad argentina de las últimas décadas.