Hay personas que son capaces de criticar el patriarcado, pero no son capaces de actuar de manera antipatriarcal.
bell hooks
La segunda victoria presidencial de Donald Trump en noviembre de 2024 se ha convertido en un parteaguas para los cambios en las tendencias políticas y económicas a nivel mundial y regional, en el marco de un innegable agotamiento –que no necesariamente desaparición– del neoliberalismo. A partir del 2020, con la ya inevitable crisis agudizada por la pandemia el covid 19, hemos comenzado a ver recambios y reacomodos tanto en las retóricas como en las políticas que otrora defendían el libre comercio sin aranceles, que pregonaban la globalización e impulsaban la distancia del Estado respecto a la intervención en la economía. Pero también, estamos atestiguando un cambio en aquellos discursos y políticas que promovían los programas de “adelanto de las mujeres”, otra herencia neoliberal que le arrebató banderas a las izquierdas, y que a lo largo de 40 años logró institucionalizar las demandas de los movimientos de mujeres y ponerlas bajo el lenguaje del realismo capitalista.
La derecha liberal se apropió, durante más de cuatro décadas de neoliberalismo, de las agendas de los derechos individuales de las mujeres en la forma del “empoderamiento femenino”; por lo menos de aquellos derechos que le resultaban convenientes para la reproducción del capital, y todo ello a través de un discurso del feminismo empresarial y de mercado. Pero hoy en día, la agenda de la derecha (neo)liberal sobre los derechos de las mujeres parece estar mutando, sin que aún queden claras las definiciones. Neofasicismos, ultraderechas, derechas alternativas, “nuevas” derechas conservadoras, parecen no tener realmente un consenso sobre su posición en torno a los derechos de las mujeres, pues allí están figuras como Georgia Meloni, Ivanka Trump, Erika Lane Kirk, Kristi Noem y Karina Milei, por mencionar algunas. Pero también son ambiguas respecto a los feminismos de derecha que se gestaron dentro de sus propias filas. Por ahí está el llamado “feminismo libertario” que ha promovido la guatemalteca Gloria Álvarez1 a través de las plataformas de Ricardo Salinas Pliego; y por allá circula el llamado “feminismo humanista” que ha impulsado el Partido Acción Nacional en sus cursos de formación política, definido como “un feminismo centrado en la persona […] [con el que] buscamos herramientas para que nuestras mujeres sean las más competitivas”2.
Es evidente que las derechas han instrumentalizado la lucha de las mujeres y el lenguaje de las izquierdas y, dentro de ese fenómeno, algunas de sus vertientes sí han reivindicado explícitamente el término “feminismo”; han participado en las marchas multitudinarias de mujeres (ahí está la priista Alessandra Rojo de la Vega); e incluso, han formado grandes organizaciones–empresas, como la Colectiva de Mujeres 50+1. Pero ¿cuál es el contenido de esos discursos “feministas” de las derechas? La defensa de los valores empresariales e individuales del neoliberalismo: eso es lo que gravita en el centro de los feminismos de mercado. Quizás, no desaparezcan en la era Trump, pero muten y se reacomoden entre los valores conservadores del nuevo régimen del capitalismo proteccionista en definición que parece querer imponerse; pero que mantiene resabios neoliberales y que, al mismo tiempo, impulsa una forma empresarial pero con tintes nacionalistas. ¿Cuál será el papel de las mujeres en este posible “Estado empresarial nacionalista y proteccionista”?
Feminismos de derecha, feminismos empresariales
Si el neoliberalismo eclosionó en 1973 con la crisis del petróleo, no podemos olvidar que sólo dos años después, en 1975, la ONU celebraba la 1ª Conferencia Mundial sobre La Mujer, en Ciudad de México, inaugurando con dicho acto el Decenio de la Mujer. Para 1985, mientras terminaba el Decenio de la Mujer en plena “década pérdida” para América Latina, la ONU celebraba la 3ª Conferencia de la Mujer en Nairobi, donde declaró el “nacimiento del feminismo a nivel universal” (Falquet, 2022). Durante los neoliberales años 80 y 90, la ONU procedió a impulsar las políticas de adelanto de las mujeres a través de tratados internacionales como la CEDAW (Convención Sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, 1979) y Belém do Pará (Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, 1994), asumidas por los Estados signatarios, que comenzaron a promulgar legislaciones y políticas públicas acordes, muchas veces letra muerta.
Los organismos internacionales que, a través del consenso de Washington, habían impuesto con la pistola de la deuda los “ajustes estructurales” de las políticas neoliberales, también fueron, irónicamente, quiénes impulsaron las políticas de adelanto de las mujeres. Esa fue otra cara del neoliberalismo: el impulso, en papel, de los derechos individuales de las mujeres con una mano, mientras sus políticas económicas empobrecían a las mujeres trabajadoras y las sumergían en una profunda espiral de violencias sociales, con la otra mano. En México, por ejemplo, el Instituto Nacional de las Mujeres fue fundado en 2001 bajo el gobierno de Vicente Fox Quezada… ¿Fue un logro feminista impulsado por la lucha de las mujeres? ¿O fue un mandato de la ONU para generar un modelo de negocios para el organismo internacional y las ONGs feministas? Las dos cosas al mismo tiempo.
Para 2010 ONU Mujeres tenía bien armado todo un discurso sobre la igualdad de género y el empoderamiento político y económico de las mujeres, acompañado de un gran “femi-sistema” de ONGs, abanderadas por “feministas profesionales” (algunas bienintencionadas), que habían logrado integrar a movimientos de mujeres y convertirse en canales con legitimidad política para “hacer oír” la voz de las mujeres. El neoliberalismo impulsó una agenda de igualdad de género a conveniencia, que le era necesaria para incorporar a las mujeres, con bajos salarios y de manera masiva, al mercado laboral, para incluirlas en nichos de mercados de productos financieros –que han impulsado el Banco Mundial, el Fondo Monetario, el Banco Interamericano de Desarrollo y toda la banca privada–, mientras las obligaba a sostener los trabajos de cuidados que suplían el papel del Estado en su responsabilidad social. El neoliberalismo ha sido una verdadera paradoja para las mujeres, de allí que Nancy Fraser (2015) lo señalara como el culpable de convertir los sueños de la emancipación femenina en pesadillas.
Durante la segunda década del siglo XXI, en el contexto de una crisis económica que se anunciaba desde el 2008, la violencia social generada por la desigualdad y la pobreza del patrón de acumulación neoliberal se hizo invivible para las mujeres. No es casual que las dos grandes demandas que enarbola el movimiento multitudinario de mujeres en las calles fueran en favor del alto a la violencia de género y por la interrupción legal del embarazo. Se trata de la reivindicación de prerrogativas que fueron minadas por el neoliberalismo: el derecho a la vida libre de violencia y el derecho a la autonomía sexual y reproductiva.
Aún al día de hoy se habla poco de los estragos del neoliberalismo sobre las mujeres. En el caso de México, las políticas neoliberales implementadas a partir de 1982 trajeron consigo la precarización de la vida de las clases trabajadoras, reflejada en la caída del 80 % del poder adquisitivo (UNAM, 2018). Esto impactó en la necesidad de acompletar el ingreso familiar, obligando a las mujeres mexicanas a incorporarse masivamente al mercado laboral, encontrando toda clase de violencias en el trabajo: precariedad, empleos informales, falta de seguridad social y salarios menores a los varones. Aunado a esto, el abandono del campo y la profundización de las brechas de desigualdad produjeron una feminización de la pobreza en toda América Latina. Al día de hoy, las personas más pobres en el mundo son mujeres, datos que se repiten en México; según el CONEVAL, para 2022 el 36.9 % de las mujeres (24.8 millones) vivía en situación de pobreza en comparación con el 36.6 % de los hombres (22 millones) (INMUJERES, 2023).
La privatización de la seguridad social pautada por las políticas neoliberales, agudizó paulatinamente la crisis de los cuidados. Las mujeres de las clases trabajadoras experimentaron el aumento de la carga del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en el hogar; se vieron forzadas a cubrir en sus hogares las necesidades de educación y salud de menores, personas enfermas y adultas mayores, las cuáles el Estado ya no cubría o había privatizado de manera directa e indirecta, limitando con ello el acceso a estos derechos para las familias trabajadoras. La sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados incidió en la explotación y dependencia económica de las mujeres, especialmente de las madres solas y de las trabajadoras empobrecidas, así como en su pobreza de tiempo, su marginación de la participación política y su limitación para acceder a la educación y al trabajo remunerado (ENASIC, 2022).
En términos de la violencia contra las mujeres, fue durante el periodo neoliberal que estalló la crisis de feminicidios sistémicos en nuestro país. Eclosionó primero con los asesinatos de mujeres migrantes y trabajadoras en Juárez, Chihuahua (1993), en el seno de las maquilas, industria neoliberal por excelencia. Pero se extendería y profundizaría quince años después en el marco de la “Guerra contra el narcotráfico”, la cuál impactó en una tendencia de aumento del índice de feminicidios con arma de fuego en un 150 % (Vela y Ortega, 2022).
Al respecto de la salud sexual y reproductiva, los gobiernos panistas de Fox y Felipe Calderón Hinojosa enfocaron sus estrategias en la atención a los embarazos de mujeres adultas, abandonando la atención a niñas y adolescentes (Montalvo Fuentes, 2012). Asimismo, la legalización del aborto se congeló en todo el país, después de que los gobiernos estatales blindaran sus constituciones con reformas que incorporaban “la protección de la vida desde la concepción». Se trataba de una respuesta conservadora a la legalización del aborto en CDMX en 2007 durante la gestión de Marcelo Ebrard, del entonces PRD. El resultado fue que para 2018, México ostentaba el nada halagüeño primer lugar en embarazos adolescentes dentro de la OCDE (Olguín Lacunza y Rojas García, 2018).
Mientras la barbarie alcanzaba a las mujeres, no sólo en México sino en todo el mundo, el neoliberalismo cultivó sus propios discursos feministas, dominantes y de masas, muy ad hoc a los valores empresariales de la girl boss. ¿Qué tanto tuvo que ver el feminismo neoliberal mainstream con la “toma de conciencia feminista” masiva de millones de mujeres? Es una pregunta incómoda que las izquierdas y los feminismos (que no siempre juegan en el mismo bando), no tienen mucho interés de contestar.
La masificación del feminismo –y ¿de cuál feminismo?–, sin duda, también fue resultado de la proliferación de un nicho de mercado, donde el gran capital comenzó a reproducir los mensajes de empoderamiento femenino. Se convirtió en discurso de Estado: “Nations will only succeed if women are successful” (“Las naciones sólo tendrán éxito si las mujeres son exitosas”), afirmó el ex presidente del imperio de las barras y las estrellas, Barack Obama, en un evento de 2015 (Bhalla, 2015; palabras que sintetizan el significado del feminismo neoliberal o de mercado, que retoma la idea de romper el techo de cristal para el éxito económico individual de las mujeres, a la forma que nos impone la economía neoliberal. Es la defensa de la mujer–marca, la mujer–empresa, la CEOs, la Girl boss chica patrona, la bichota, la buchona, la mujer empoderada, y todo así en singular. En una versión del feminismo que no contravenía los valores capitalistas neoliberales, al contrario, los encarnaba.
¿Cómo ocurrió la toma de conciencia feminista de las mujeres que nutren los movimientos multitudinarios de mujeres en las calles? ¿Después de ver series de Netflix con protagonistas femeninas? ¿Mediante el consumo de mercancías violetas? ¿Tras seguir a influencers feministas en youtube y tik tok? ¿Con el sueño aspiracionista de la patrona que ya podía tener rostro de mujer para explotar a otras y otros? ¿En las círculas de estudio feministas? ¿En los chats de redes sociales? ¿Leyendo libros o compartiendo memes? ¿Defendiéndose de la violencia patriarcal? ¿Construyendo redes de mujeres? Quizás un poco de todo. Pero, lo que es una realidad, es que en su masificación la lucha de las mujeres perdió filo y fue instrumentalizada y cooptada, en mayor medida aunque no de forma absoluta, por la forma valor. Algo similar ya ocurría con la lucha de la liberación sexual de las personas disidentes de género; cada vez más lejos de los llamados movimientos de liberación homosexual con grandes dosis de conciencia de clase de los años 70 y 80 –que nunca fueron mainstream porque eran incómodos para el cis–tema–, y que poco a poco fueron subsumidos al “gaypitalismo” y a la “marca gay”, como lo enunció Shangay Lily (2016).
La visión empresarial del feminismo–marca registrada, fue exitosa porque coincidía con el sentido común neoliberal, y con un lenguaje empresarial “que vibra alto y manifiesta al universo”, del empoderamiento económico individual, la agencia y la resiliencia femeninas, logrando proliferar entre los movimientos de mujeres y en las políticas de Estado, incluso dentro de los gobiernos progresistas. Como discurso, el feminismo de mercado, empresarial, corporativo, neoliberal pues, le ha sido conveniente al capitalismo contemporáneo y le ha generado millones de dólares. ¿Hasta qué punto la llamada revolución de las mujeres abrazó, interiorizó y sucumbió ante el discurso del empoderamiento femenino que tenía la venia del mercado y de la valorización del valor? ¿Qué tan radical puede ser una revolución que enriquece los bolsillos de personeros del capital pero que también ha transformado la vida cotidiana? ¿Por qué hasta las feministas de izquierda cantan con sentida emoción que las mujeres ya no lloran y que ahora facturan (es decir, que orgullosamente hacen negocio de sus luchas y sus dolores)?
Durante la última década, todavía de dominio neoliberal, las demandas legítimas de las mujeres encontraron eco y comenzaron a atenderse a través de políticas públicas que aún se quedan muy cortas. Un cambio cultural necesario, sí, pero con la paradoja de acompañarse con la consolidación del feminismo neoliberal, a imagen y semejanza de los valores del sistema, pero con inclusión de género para las dueñas del dinero. Antes de la era Trump, políticos demócratas señalaban cándida o cínicamente, que la igualdad de género era “buen negocio” (Rottemberg, 2018). El mensaje siempre fue muy claro: sólo respaldarían la igualdad de género mientras produjera réditos; el problema es que ahora ya no lo beneficia igual: ha comenzado la caída tendencial de su tasa de ganancia. El discurso y las políticas feministas ya no son necesarias para la valorización del valor, o eso pudiera parecer. Pues, con la vuelta de una suerte de Estado proteccionista que necesita reindustrializar, reactivar la economía, generar empleos para los obreros varones y no para los migrantes, el capital puede muy fácilmente sacudirse del discurso y de las políticas de igualdad de género, porque ya no son un buen negocio. Esto lo ha observado Kristen Ghodsee (2025) para entender el fenómeno Trump, que amenaza con reconstruir un patriarcado del salario que el neoliberalismo había herido, más nunca de muerte y sin un sentido emancipatorio.
Con el presunto adiós al neoliberalismo –que se parece más a quién se despide mucho pero no se va–, la ultraderecha sale de las cloacas, pero en realidad nunca se había ido. Se adaptaron, usaron lenguaje neutro y resistieron mientras la derecha liberal, progre y woke experimentaba y lucraba con los mercados violetas, verdes y arcoiris. Comienzan a alejarse los mercados incluyentes que nos prometían que “todas, todos y todes” cabíamos; las promesas que nos decían, que mientras se reconociera el derecho a la identidad individual –porque los pueblos no tienen ese derecho, ahí está Palestina y otras naciones sin Estado–, vivíamos en un mundo verdaderamente democrático. Pero esas promesas del neoliberalismo nunca fueron realidad, aunque calaron hondo. Lo que nos vendió el neoliberalismo fue la dictadura absoluta de “les, las, los individuos” autoritarios, que podían vivir en un mundo abstracto, separado de las condiciones sociales materiales; muy en sintonía con su falso discurso de la desmaterialización de la economía, que quiso borrar a la producción y sobredimensionar la supremacía del capital financiero, mientras hacía clic con el giro lingüístico donde todo es lenguaje. ¿Qué pasará con la post–posmodernidad ahora?
En el régimen de las identidades autoritarias, los feminismos se olvidaron de la autocrítica, llegando a asegurar que la identidad “mujer” nos hermanaba y nos homogenizaba a todas en las violencias experimentadas. Hicieron de las violencias de género su propiedad privada, negándose a reconocer que el patriarcado también oprime a los hombres pero de otra manera, y desarrollando una ceguera a las violencias sociales de género que les atraviesan: acaso no hay lugares en este propio país dónde ser hombre joven, precarizado y en búsqueda de empleo es un riesgo para que te reclute el narco? ¿Esas no son también violencias de género? La vacuna para el mujerismo miope, nos dijeron, era la perspectiva de la interseccionalidad; pero su calado crítico también comienza a perder filo y hoy se reivindica como una identidad más: ahí están quiénes se reivindican como “feministas interseccionales”, y el término ya está en boca del poder. No nos extrañaría que incluso las empresas incorporen perspectivas interseccionales en sus estudios de mercado. Pues, es esta peligrosa relación de los feminismos con los nichos de mercado, la valorización del valor en la producción de mercancías violetas y las visiones del mundo centradas en el individuo/a/e como “agente” consumidor, estoico, resiliente y empoderado que puede nadar como pez en el agua dentro del sistema, lo que nutre al capitalismo neoliberal.
Los feminismos de derecha, empresariales, corporativos, dominantes, mainstream, neoliberales, son también profundamente mujeristas en el sentido peyorativo, buscando ventajas políticas para las mujeres de cierta clase social y militantes de la blanquitud del ethos realista. “Al echar la culpa de la perpetración del sexismo únicamente a los hombres, estas mujeres podrían [pueden] mantener su propia lealtad al patriarcado, su propio deseo de poder. Enmascararon su anhelo de dominar asumiendo la carga del victimismo”, nos dice bell hooks (2021, 39); pero ese victimismo también se convirtió en una industria, con ese toque del rey Midas que tiene el capital. El mujerismo patriarcal y capitalista que impregnó a ciertos feminismos, se alió muy bien con la higienización de los afectos y la represión sexual del proceso civilizatorio a la forma capitalista. Pues, mientras expandió la industria del sexo, que creció enormemente y en todas las formas posibles bajo el neoliberalismo (Jeffreys, 2011) a través de la explotación de las mujeres y de los cuerpos feminizados, también impulsó un discurso de la vigilancia sexual, basado en el concepto empresarial de “responsabilidad afectiva” muy unilateral; un oximorón más del capitalismo neoliberal y su economía sexual.
Feminismos patriarcales, feminismos reaccionarios
El feminismo de derecha, mujerista y militante del neoliberalismo, produce una sujeta muy específica, que se puede definir, en palabras de Catherine Rottemberg, de la siguiente manera:
Producto de una individualización extrema, este sujeto es feminista en la medida en que la mujer es, sin lugar a dudas, consciente de las desigualdades específicas entre hombres y mujeres. Sin embargo, este mismo sujeto es, a la vez, neoliberal, no sólo porque niega las fuerzas sociales, culturales y económicas que producen esta desigualdad, sino también porque acepta que la mujer es la única responsable de su bienestar y cuidado propios, que dependen cada vez más de lograr un equilibrio feliz entre el trabajo y la familia en función del cálculo de costes y beneficios. Se insta al sujeto feminista neoliberal a convertir la persistente desigualdad de género no en un problema estructural, sino en una cuestión personal (2018, 52).
Ahora bien, lo que resulta sumamente interesante, es que el elemento ultra individualista del feminismo neoliberal, que rechaza la responsabilidad estructural en las violencias y desigualdades que atraviesan la vida de las mujeres –de forma diferenciada más no exclusiva–, mientras las responsabiliza en su condición de sujeta concreta de “gestionar” su propio bienestar, está siendo recuperado por las ultraderechas.
Los posiciones de las ultraderechas expresan valores pronatalistas, familiaristas con sus valores de blanquitud judeocristiana, tradicionalistas en los roles de género y patrióticos con un telos patriarcal, que parecen recuperar la consigna nazi de “Kinder, Küche, Kirche” (niños, cocina, iglesia). Pero, esto no significa que las mujeres de la ultraderecha no hagan trabajo político, pues tienen también sus organizaciones y sus redes (la mujerósfera, le dicen); ahí está la cumbre anual de mujeres que celebró hace unos meses el grupo Turning Point USA, de Charlie Kirk (Matei, 2025). La militancia en el espacio público de las mujeres de ultraderecha no es un fenómeno nuevo. En los años 70, Phyllis Schaffly, política y abogada que se reivindicaba como “ama de casa”, formó una enorme red de mujeres antifeministas, el Eagle Forum, que llegó a tener 125 mil integrantes que militaron para detener la Enmienda de Igualdad de Derechos de la Constitución de los Estados Unidos, el aborto legal y el matrimonio igualitario.
Lo que hermana a las antifeministas de la ultraderecha con las feministas neoliberales de derecha es la centralidad en las estrategias individualistas para vivir y beneficiarse dentro del capitalismo. La diferencia, parece ser, es que las antifeministas de ultra derecha dicen rebelarse no contra el patriarcado sino contra el statu quo liberal, reforzando las jerarquías de género tradicionales. Como señala Adrienne Matei, “Si una mujer depende económicamente de su marido, se libera de la carga del empleo remunerado y puede dedicarse por completo a la vida doméstica, en lugar de dividir su tiempo entre el trabajo y el hogar” (2025), como otra vía de escape de la precarización que nos legó el neoliberalismo, pero a través de estrategias igualmente neoliberales.
Para estas mujeres, continúa diciendo Adrienne Matei, la enorme presión de trabajar y realizar las tareas domésticas, así como la crisis de salud pública que termina por generarles agotamiento parental, hacen de que estos argumentos les resulten muy seductores (2025). Pero las encierra en una trampa, pues uno de los legados del capitalismo neoliberal fue también la profesionalización de la maternidad, como lo ha denunciado María do Cebreiro Rábade (2024): la producción de amas de casa profesionales que aplican en el hogar las estrategias de productividad para la crianza y educación de sus hijos. No es casual que la mujerósfera, ese espacio de las redes sociales dirigido a monetizar contenido para las influencers, también tenga su nicho de mercado de las llamadas trad-wives o esposas tradicionales, que no son tan tradicionales como se presentan o como nos dicen los medios, porque en realidad se vuelven empresarias, facturan mientras son esposas y madres–marca en la sociedad del espectáculo; monetizan, y no sólo en el espacio virtual, pues, más que a menudo, atraviesan con sus negocios hacia la vida real material. ¿Es otra clase de feminismo neoliberal o un feminismo antifeminista reaccionario, pero igualmente de mercado? Es muy pronto para decirlo pero, sin duda, serán tiempos interesantes también para las mujeres y las luchas feministas.
Referencias
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- C.f.r. Gloria Álvarez, “A la mejor eres feminista libertaria y no lo sabes”, 15 de diciembre de 2021, URL: https://www.youtube.com/watch?v=Se2-n_sdGVI, consultado en octubre de 2025. ↩︎
- Cf.r. Secretaria Ejecutiva de la Comisión Especial de Atención a la Violencia Política en Razón de Género en Contra de las Mujeres militantes del PAN, “La importancia de la participación política de las mujeres en el PAN”, Curso de preparación para Evaluación de Aspirantes a integrar el Consejo Nacional y Estatal del PAN, julio de 2022. En una de las diapositivas del curso se lee: “Como afirma Luis Felipe Bravo Mena: “el panismo contiene implícitamente la lucha por la dignificación integral de la mujer: igualdad, no discriminación, oportunidades, participación […]” Para decirlo con otras palabras: EL PANISMO ES NECESARIAMENTE FEMINISTA, ES UN FEMINISMO HUMANISTA CON PERSONALIDAD Y CARACTERÍSTICAS PROPIAS QUE EN LA PRAXIS LO HACEN CONVERGER Y A LA VEZ DISENTIR DE OTRAS SENSIBILIDADES Y OPCIONES FEMINISTAS” [sic], URL: https://www.youtube.com/watch?v=6vR_3HXp-9c, consultado en octubre de 2025. ↩︎