Gramáticas de la frivolidad – David Bak Geler (FCE Breviarios, 2024)
Desde niña me apasiona la magia de meter un barquito en una botella, desplegar sus velas y viajar en él (en ella) como un mensaje a tierras lejanas. Un arte parecido revela aquí David Bak Geler, que logra plegar, en un Breviario del Fondo, un afluente importante del bravo río del lenguaje.
Al abrir el pequeño volumen de las Gramáticas de la frivolidad, quien lee despliega las velas para navegar en las aguas procelosas de la celosa frivolidad. Se trata de un adjetivo que, invariablemente, señala cascos livianos… siempre en la otra orilla. “Frivolidad se dice de muchas maneras” anuncia la introducción con un guiño aristotélico, (p. 18ss) y yo agrego que en el argot rioplatense se le dice “tilinguería”.
Advierte el autor (19) “Este ensayo puede leerse como uno de esos mapas de corrientes que trazan el panorama general de los flujos, ya sean cálidos o fríos, superficiales o profundos, costeros o transatlánticos, regulares o ‘erráticamente cíclicos’.” Tratado de hidrografía discursiva, el libro distingue 6 “corrientes” y ofrece 3 “remansos”. Aquí la perplejidad (esa forma genuina del conocimiento que aterra a la tiranía de los expertos) me da esperanza (como suele hacerlo). Gramáticas de la frivolidad ofrece 3 “remansos” que el autor describe como “lugares donde la corriente se aquieta y se vuelve posible solazarse, meditar e incluso hacer digresiones”. Estos cronotopos (si me permite el autor caracterizar en este diálogo entre tiempo y espacio a los “remansos”) tienen por función sugerir “categorías y perspectivas que permiten reemprender mejor la navegación de las agitadas aguas”. Así, el primer remanso refiere al poder, el segundo al ruido y el tercero al derroche.
Nacida a orillas del río Paraná, mi perplejidad proviene del sentido que tiene un “remanso” en nuestro litoral: “es un lugar donde el río corre más lento. Se trata de un fenómeno que se da contra la ribera y hace que, mientras el agua de la superficie aparente estar quieta, en lo profundo la corriente sigue avanzando”. Allí donde nací, cuentan que hace varias décadas, en días de viento “se escuchaba al remanso bramar intensamente, se hacían ojos de agua como un embudo. Un día, un barquito llamado Luisito se enredó con su hélice y se tumbó adentro del remanso, este se llevó además de la embarcación a un viejito llamado Valerio”. Jorge Fandermole eternizó el nombre del Remanso Valerio, nacido de aquella tragedia que dejó “una herida abierta por el río díscolo y mañoso”. El indómito remanso da el nombre a aquel barrio de pescadores que le rezan al Cristo de las redes. Desde la cruz del sur, el mensaje dice que en la aparente calma de los remansos (de los conceptos en este tratado fluvial) laten remolinos peligrosos. Y en estas páginas esto queda claro con el nombre del primer remanso: “el poder es un río revuelto” (alerta a los pescadores).
Sabemos que los navegantes se guían por las estrellas. Las gramáticas, en plural, al modo de las constelaciones, dan cuenta de diferentes formas de organización y disposición de las palabras que abren distintos horizontes de significación. El plural se explica como una característica de la democracia, que se resiste a significados fijos e impuestos (el lenguaje es una criatura mutante). Si (retomando una figura del Génesis) el horizonte es la línea divisoria entre las aguas de arriba y las de abajo, este libro cartografía las corrientes desde un mapa estelar (y yo diría, con el perdón del poeta, que el Cristo al que le rezaremos en este viaje es el de las redes… sociales, aquel que nos protege de las maldiciones que acosan a los parresiastas).
- Primera corriente: la “Frivolidad republicana”. Un verbo que encarna en EPN. P. 31 “Una nueva gramática es como un cambio de domicilio para las palabras: establecen distintas relaciones y vecindades, fundan vínculos y asociaciones que antes no tenían o resultaban meramente accidentales. En el caso de la gramática política de la frivolidad que vemos desplegarse, comienzan a arremolinarse a su alrededor palabras como opulencia, élites y privilegios; se congregan en torno a ellas ideas adyacentes como derroche, arrogancia y clasismo.” P. 35 En el libro la “austeridad republicana” se muestra opuesta a la “frivolidad antirrepublicana”. Pero las palabras, por más afiladas que nazcan, con el uso se pueden desafilar y hay que estar todo el tiempo dándoles mantenimiento con ese afilador chirriante que es el ejercicio del poder obediencial, movido por la rueda silenciosa de la humildad.
- Primer remanso: el poder es un río revuelto. Esta parte me recordó a la nosología del lenguaje propuesta por Rosenstock-Huessy, que el autor aborda con Barthes (43) en el río revuelto del a Transformación entre “lenguajes con poder (encráticos) y lenguajes construidos y distribuidos al margen del poder, o incluso contra éste (acráticos)”. (45) “La gramática republicana de la frivolidad aparece en un momento de transformación en México. Es un lenguaje que se enfrenta a la doxa cuestionando el carácter subjetivo y antipolítico de la frivolidad”. Esto deja en evidencia las diferencias de poder que explican las diferencias sociales, culturales e ideológicas que se dan entre usos hegemónicos y contrahegemónicos de las palabras. (46)
- La segunda corriente se caracteriza por ver la frivolidad en el ojo ajeno y no el autoritarismo en el propio. Se trata de la Frivolidad conservadora: una familia gramatical. Un nombre de autor la resume: Mario Vargas Llosa. Esta frivolidad -bastante común en el medio académico- minoriza al otro y se ofrece como el espejo aumentado de lo sustancial. Arraiga en el orientalismo que describe Edward Said, esto es, en el racismo. Si bien puede mostrarse condescendiente con la premisa “primero los pobres”, no dejará pasar jamás a la segunda: “abajo los privilegios”. Si bien la derecha se encuentra como pez en el agua, esta corriente, no es ajena a izquierdas conservadoras. Es quizás la más procelosa de todas y cobija a tres gramáticas (52): el elitismo cultural (Letras Libres y cia.), la meritocracia económica (“echeleganismo”) y el ultranacionalismo político (Vox o el Yunque) en las antípodas del republicanismo.
B- A este torrente le espera el segundo remanso, que invita a pensar el ruido. Y apuesta (desde el epígrafe, con Butler, al potencial crítico del ruido). Me recordó al título de un libro de un muy querido amigo que fue alumno de los tojolabales: Carlos Lenkersdorf, Aprender a escuchar. Este remanso sugiere promesas del bullicio plebeyo, de lo abigarrado -cacofonía colorinche- (que provoca desconcierto y embravece la calma aparente de la autoproclamada armonía conservadora que se atribuye el dominio del buen gusto).
- La tercera corriente ya no señala la frivolidad en el otro, como las anteriores, sino que la asume. Se trata de La frivolidad como un derecho de las mujeres quienes, aun cuando aceptan la distinción hegemónica entre lo sustancial y lo frívolo, esgrimen este último como un derecho, como un bálsamo, lugar de resistencia.
- Por su parte, la cuarta corriente entiende positivamente a la frivolidad, la asume como su propia patria (91). Se trata de la Frivolidad queer. Agenciamiento liberador de la frivolidad, con ironía y provocación. El autor lo relaciona con un concepto de Susan Sontag “lo camp”, (93) “una sensibilidad rebelde y productiva que pone en primer plano lo estético y expulsa hacia un trasfondo intrascendente lo que de ordinario se considera valioso -la moralidad, el “contenido”, la política-.”
C- Tercer remanso: la paradoja del derroche inquieta las aguas del remanso, tratan de sobrevivir en él los personajes benjaminianos del esnob y el dandi como figuras límites del derroche aristocrático (101) pero, paradójicamente, ahora el derroche ostensible se disfraza de minimalismo y (103) “Al condenar el derroche, algunos corren el riesgo de condenarse a sí mismos. Por otra parte, aquellos que se oponen a la opulencia y hacen de la lucha contra la frivolidad su bandera tienen la tarea difícil para justificar el derroche que involucra el arte, la cultura o la ciencia”. Aquí es donde el derroche paradójico se topa con el límite del capitalismo. Y me atrevo a abrir acá una pregunta, un ojo de agua en el remanso: ¿acaso la fiesta -el tekio, la minga, la twiza- no es derroche de amor y atención, ajeno al capital? Una relación indiscernible entre el gozo y el trabajo vacunados contra la alienación, ajenos al sonido metálico…
En fin, este último remanso da un impulso a la quinta corriente:
- Frivolidad táctica (me sonó a la carnavalización de la protesta, en el sentido de Bajtín), ese acto de “sacar la lengua a la dominación” (en ambos sentidos: burlarse de la jerarquía y a la vez liberar las palabras que tiene secuestradas). Frivolidad como lugar ya no de resistencia, sino de r-existencia.
- Las cinco corrientes mencionadas anteriormente (la republicana, la conservadora, la que se asume como un derecho de las mujeres, la queer y la táctica), si bien son antagónicas, tienen en común que todas ponen el cuerpo. Aunque unas se imaginen más racionales y otras más corporales, que unas se tomen demasiado en serio y otras carnavalicen la circunspección, en todos los casos, se asume la política de los afectos. En este sentido, la sexta corriente es la más mendaz: se trata de la frivolidad teórica, que se pretende una metagramática (más sabihonda que todas las demás). En el fondo, la metagramática con sus aires de objetividad, apoliticidad y neutralidad, con su lenguaje pretendidamente aséptico (por no decir frígido) se toca los pies por debajo de la mesa con la frivolidad conservadora… Por cuidar su elocuencia y elegancia, los militantes de la frivolidad teórica me recuerdan a aquel tango: “se cuidan los zapatos andando de rodillas” y así, arrodillados ante los poderes más abyectos desde hace 16 meses creen salir impolutos por guardar un escandaloso silencio ante el más ostensible de los genocidios.
El libro Gramáticas de la frivolidad concluye de manera generosísima, poniendo en acto la quinta corriente: la frivolidad táctica (que, aunque no lo dije antes: entiende a la política por la vía spinoziana de las pasiones alegres). David Bak Geler, “saca la lengua” a los hipócritas agoreros ahora “descubridores” de la “polarización” que históricamente cavaron y profundizaron sin pudor. En el río revuelto de las pasiones políticas schmittianas, arremolinadas tristemente entre el campo semántico del magnetismo y de la electricidad, al modo alegre de un martín pescador, el autor rescata a la palabra y la exhibe a plena luz… pública. Reflejada en las ventanas polarizadas, reluce la opacidad privatizadora como práctica ideológica sistemática. Y volviendo a la sexta corriente… después de leer este libro creo que podemos aggiornar la expresión “torre de marfil”, pues aquella vieja torre hoy se reconoce por sus vidrios polarizados: (127-128)
“Se trata de una gramática que se afana en justificar la desigualdad, pero haciéndose pasar como apología de la cultura. Su antagonismo resulta velado: borra su propio lugar de enunciación y los intereses prácticos que representa. (…) La polarización funciona como un escudo que aísla a ciertos sujetos y les permite evadirse de las consecuencias de la pluralidad”.
Para terminar, si (116) “una gramática es una manera de enfocar la atención sobre el mundo, recortar de él ciertos intereses y determinadas figuras, actuar sobre él” hemos navegado, en un mismo río, en 6 gramáticas diferentes. Lejos del pluralismo relativista, todas se expresan a la vez, en esa utopía ruidosa que, tal como demuestra este bello libro, define a la democracia.