Javier Molina Johannes1 (@jamojoh)
Hace unos años que las derechas venían hablando sobre un cambio de ciclo en la sociedad chilena, lo que venía provocado una interpelación teórica dentro del propio sector (Herrera, 2014; Kaiser, 2009; Larraín, 2012; Mansuy, 2016; Verbal, 2018), lo que se intensificó tras el octubre chileno. De este modo, desde sus distintas vertientes han venido discutiendo y elaborando “nuevas” lecturas para comprender esta situación sociopolítica y la consecuente crisis electoral-ideológica del Chicago-gremialismo, al menos en dicho momento cúlmine. En esta línea, pasamos a revisar rápidamente algunas de las obras teóricas que emergieron desde las derechas chilenas para responder las demandas del denominado Estallido social.
Cabe recordar que la revuelta del 2019 habría marcado un antes y un después en la política chilena, poniendo en evidencia esa crisis orgánica abierta por el colapso económico global en 2008. Esa grieta que en Chile se presentaba con más fuerza desde las movilizaciones estudiantiles en 2006, devenidas durante 2011 en crítica al neoliberalismo, profundizada por el movimiento feminista y las tomas en 2018, además de las diversas manifestaciones populares en la última década. En suma, el Estallido expuso una evidencia: un abismo entre el discurso de las derechas y los deseos populares.
Entonces, el aceleramiento de este cambio de ciclo, obligaría a recomponer un “nuevo” relato para dar cabida a las demandas populares en la institucionalidad política, apareciendo con más fuerza una deriva populista en las derechas2 (Herrera, 2019; Araos, 2021), lecturas que además de un reconocimiento explícito al sujeto-pueblo, vendrían a evidenciar cierto agotamiento interpretativo de las derechas transicionales, aquella combinación liberal-conservadora que reconocemos como Chicago-gremialismo. En consecuencia, un camino aparentemente novedoso que se distanciaría de la vertiente hegemónica, la cual viene siendo resquebrajada por posicionamientos que retoman otras aristas nacionalistas, socialcristianas y, en ocasiones, tradicionalistas, es decir, líneas ideológicas que parecían olvidadas en la derecha posdictatorial chilena. Lo anterior, ha sido mostrado también por la aparición de nuevos movimientos y, especialmente, por los Partidos que aparecieron a la derecha de ella: el Partido Republicano, el Partido Social Cristiano y el Partido Nacional-Libertario –y que disputan la elección presidencial–.
Bajo estos parámetros, podemos describir dos grandes tendencias: una, que buscaría el fortalecimiento del relato hegemónico y, otra, que pretende una acomodación del discurso para salvar la institucionalidad política. Sin embargo, son complementarias, ya que la deriva populista emerge precisamente para dotar de mayor densidad política al discurso más economicista de la derecha hegemónica. En síntesis, las comprendemos en diálogo y con un mismo eje troncal: el Estado subsidiario, junto al mito neoliberal, únicamente que las respuestas para su salvación son diversas.
En esta oportunidad, hemos tomado a Hugo E. Herrera3 (2019) y Luis Larraín4 (2020) como ejes de este análisis, porque responden a perspectivas paradigmáticas de las derechas chilenas: una cercana al nacionalismo y la otra al Chicago-gremialismo, respectivamente. Además, destacamos cómo construyen una noción de pueblo tras el Estallido, exponiendo cierto deterioro del relato precedente, y por ello se constituiría como un momento clave en las disputas ideológicas en las derechas chilenas, apareciendo dos hilos interpretativos: la sacralización y la demonización del pueblo. Algo así, como dos almas que cohabitan en las derechas chilenas contemporáneas y que posibilitarían exhibir algunos de sus principales matices. Hoy, ambas posturas, tal como ocurría en los primeros años de la dictadura, están disputando la hegemonía del sector que, tras la revuelta y una aceleración de la crisis de sus narrativas, exponen con más nitidez la diversidad de vertientes.
En este sentido, destacamos la presencia de un campo de interpretaciones que acompañan a Larraín (2020), donde se anclarían Valentina Verbal (2020), Axel Kaiser y Gloria Álvarez (2016), entre otros trabajos. Por otra parte, nos encontramos con la obra de Josefina Araos (2021), como a otros intelectuales del Instituto de Estudios de la Sociedad [IES] formando parte del campo con Herrera (2019). Esta última interpretación, vendría a reposicionar al pueblo y una revitalización de una derecha populista (Araos, 2021), en desmedro de la preponderancia del liberalismo económico y el desprecio por el pueblo (Larraín, 2020), lo que podría llegar a funcionar como la fuerza revitalizadora del sector en su conjunto. A pesar de ello, las divergencias de relato reiteradamente se unifican bajo el alero de un enemigo común, debido a que responderían –cabe recordar– a fracciones de las propias clases dominantes, manteniendo un mismo horizonte: sostener el Orden Social vigente, y vemos cómo se actualiza una vez más el anticomunismo en las actuales elecciones presidenciales. Por eso, es clave repensar cómo entre las diversas vertientes forman un bloque histórico de la clase dominante que se encontraría en un momento de radicalización, precisamente, tratando de dar una salida a esta crisis.
Por una parte, Larraín (2020), desde el título del libro, nos presenta al 18-O como un Golpe de Estado [sic], esbozando qué rol jugaría el pueblo. Bajo sus términos, el autor muestra una estructuración del movimiento social a partir de una élite, es decir, no habría algo así como un pueblo que pueda manifestarse o autoconvocarse, sino más bien un pueblo manejable, el cual sería manipulado por una élite política. Por consiguiente, busca demostrar cómo estas élites serían las responsables de esta catastrófica situación del octubre chileno, en correlato al diagnóstico de Kaiser y Álvarez (2016), y en la línea del mileísmo.
Otro elemento destacable de esta perspectiva todavía hegemónica del sector es la (supuesta) injerencia extranjera –no de cualquier país, claro está– en las manifestaciones, lo que se evidenciaría en cierta coordinación internacional de la extrema izquierda como vislumbraría un tráfico excepcional en las redes sociales que, sin metodología ni sustento alguno, destaca que provendría de Venezuela (Larraín, 2020, p. 129). Más allá de la veracidad, lo relevante es la escenografía: cómo se muestra una influencia de ciertos personeros e ideologías específicas, porque, en gran medida, el pueblo es manejable y “(…) la política vendría a ser una lucha por el control de los signos” (Larraín, 2020, p. 117), lo que nos parece consecuente con la perspectiva de batalla cultural que vienen promulgando las derechas contemporáneas.
Además de este ferviente anticomunismo, Larraín (2020) dice que los medios de comunicación –incluido los tradicionales– tomaron partido a favor del movimiento social, debido a que los/as periodistas apoyaron algunas demandas y dieron algunas razones respecto al descontento social, por lo que no habrían informado objetivamente e, inclusive, algunos habrían llegado a idealizar la violencia [sic], jugando “(…) un rol decisivo en diseminar el odio que se dejó ver en muchas de las manifestaciones que siguieron al 18 de octubre” (Larraín 2020, p. 130). De esta manera, se esclarece la producción del octubrismo como mera violencia y, luego, detalla un proceso de romantización de la extrema violencia –que para él es siempre originada desde los movimientos sociales– de parte de los medios y de las izquierdas (Larraín, 2020). Según el autor, esta mitologización es un ambiente propicio para derivar en sistemas populistas, porque se produciría el antagonismo necesario para “(…) el enfrentamiento moral entre una elite (corrupta) y el pueblo (puro). El líder populista encarna al pueblo” (Larraín, 2020, p. 119). Cabe decir que la noción de populismo –y de líder populista– tiene una clara connotación negativa, tal como exponen Kaiser y Álvarez (2016). En resumen, este posicionamiento no es más que la actualización de una criminalización del movimiento social, y cuyo principal horizonte ha sido la demonización del pueblo, tanto que equipara a dicho proceso a la noción de Golpe de Estado.
Cabe destacar que algunos de estos elementos de esta corriente interpretativa han sido incorporados en las elucubraciones de Kast y Kaiser -dos de los actuales candidatos presidenciales- para definir al octubrismo como mera violencia, lo que han logrado mezclar con delincuencia e inmigración ilegal, y la impronta por recuperar a Chile de una supuesta crisis social. De hecho, hablan bastante de la decadencia y de la catástrofe que estaría viviendo el país. En ningún caso para responder las exigencias populares, sino más bien para definir como errado al relato de las élites políticas. De paso, han logrado encarar a aquella derecha como tibia, e inclusive denominarla cobarde, debido a que se habría entregado a la agenda de las izquierdas, o bien, según algunas opiniones al globalismo. En fin, una derecha entreguista que la dupla de los KaKa vendrían a enfrentar para reposicionar una “derecha sin miedo”, algo parecido a los procesos del bolsonarismo o del paleolibertarianismo mileísta.
Por su parte, para Herrera (2019) el pueblo es inasible, lo que se evidencia en la crisis de octubre 2019, donde se demostraría el completo desajuste entre “(…) el sistema político y la existencia popular” (Herrera 2019, p. 23). Bajo estos parámetros, el pueblo, esta realidad extraña se mantiene como una potencia irreductible, debido a que puede aparentar estar todo en calma, pero siempre puede irrumpir: el pueblo es acontecimiento, es indeterminable, es como una divinidad (Herrera, 2019). De este modo, vemos emerger un proceso de sacralización: “el pueblo, como un dios, aterroriza y redime. Su eventual violencia es también la exigencia, en principio legítima, de plenitud. Su impulso no admite refutación. […] Es caos, es justicia” (Herrera, 2019, p. 24).
En gran medida, con esta apreciación el autor también expone su preocupación por salvar la institucionalidad política. En otros términos, se busca el ajuste, porque son las narrativas y los parámetros interpretativos de la política que no hacen sentido al pueblo, lo que desataría esta crisis estructural del octubre chileno (Herrera, 2019). Entonces, el pueblo sería la potencia irreductible que debiese ser el punto de partida de cualquier política realista (Herrera, 2019). En ese sentido, se derivaría en una noción abstracta, indivisible y orgánica de pueblo que superaría el horizonte del individualismo liberal (Verbal, 2020). En cierta medida, el propio autor resalta la importancia de una lectura abierta e integradora, es decir, supraclasista, de corte integral (Herrera, 2019; 2023), lo que posibilitaría, no obstante, una deriva fascistoide.
Entonces, según Herrera (2019) se precisaría una capacidad hermenéutica para ver y sentir al pueblo, la cual definiría el quehacer político y que debe expresar y dar cauce de los anhelos populares, ya que existe un talante unitario que habría que asir (Herrera, 2019). De esta manera, la crisis se fundaría en que las dirigencias –incluidas las de derechas– no han estado a la altura, y por eso el pueblo no se reconocería en el sistema político-económico, deviniendo rebelde (Herrera, 2019). Por consiguiente, la crisis sería una crisis hermenéutica, es decir, una falta de relato que conmueva, que logre movilizar y dar respuestas a las necesidades del pueblo, lo que no se ha conseguido elaborar desde las narrativas políticas institucionales. Por lo mismo, esclarece un desajuste profundo y llama a reelaborar el polo ideal de la comprensión política, ya que ésta no estaría dando cuenta de los anhelos populares (Herrera, 2019; 2023). En resumen, este llamado a la renovación es simplemente un reajuste del relato.
En la misma línea, Josefina Araos (2021) destaca el papel del pueblo en la política y la conformación de nuevos actores y actrices, incorporando ciertos elementos teóricos enterrados por el espectro derechista hegemónico. Al contrario de las lecturas de Luis Larraín (2020) y Valentina Verbal (2020), quienes continúan enfatizando en profundizar la respuesta economicista, desconsiderando cualquier cambio estructural de la sociedad chilena. En efecto, Verbal (2018; 2020) muestra la necesidad de impulsar con fuerza los conceptos pilares que ha defendido la derecha –para ella siempre en singular–, mientras Larraín (2020) continúa hablando de la peligrosidad de las masas. De esta manera, las derechas mantienen matices sobre el octubre chileno, donde se destaca la vertiente aparentemente más “novedosa” en desmedro del desapasionado economicismo que utilizan otras fracciones del espectro. En gran parte, “el populismo es, en alguna medida, expresión de la continuidad de esa demanda; no de la vulnerabilidad de nuestras sociedades a un líder, sino de la exigencia de los seguidores por ser considerados” (Araos, 2021, p. 114). Probablemente, en estas palabras se expresa de mejor manera el devenir al cual tiende esta derecha.
En definitiva, vemos cierta renovación ideológica de las derechas a través de estos sectores, que consiguen leer al Estallido social como un momento populista, lo que otorga un potencial interpretativo más acorde al proceso histórico en el cual nos encontramos, aunque sabemos que los populismos de derechas no identifican sus enemigos en las élites, sino en los grupos subalternizados. Por eso, cualquier movilización del pueblo que consigan estas tendencias será probablemente una nueva versión de fascismo. En suma, este nacional-populismo, no es otra cosa que una deriva fascistoide, una continuidad a la despolitización de la sociedad civil y a apaciguar las fuerzas transformadoras que habrían aparecido durante la revuelta. Hemos esbozado estas dos vertientes a partir de obras paradigmáticas, por un lado, la divinización del pueblo y, por otro lado, su demonización, porque nos interesaba resaltar las disputas interpretativas dentro de las derechas chilenas, la cual mediante Herrera (2019) y Araos (2021), entre otras plumas, han ofrecido una salida a la crisis orgánica, para mantener la hegemonía de las clases dominantes.
En fin, ad portas de las elecciones presidenciales de noviembre, vemos que las principales candidaturas de las derechas se golpean entre ellas: Johannes Kaiser discute con Evelyn Matthei, ella ataca con fervor a José Antonio Kast, y este último, trata de delimitar su posicionamiento para diferenciarse de ellos. Ahora, sea Matthei como heredera directa de la derecha mainstream, o bien, los KaKa que dicen ser los verdaderos intérpretes del proyecto, tienen elementos comunes. En esta supuesta diversificación se ha homogenizado una lectura del Estallido como mera violencia, incorporando aspectos de esa criminalización de las masas, como también una narrativa por profundizar el modelo subsidiario. De esta manera, con permanentes guiños al régimen dictatorial, entre este Kaiser, ese Kast y la Matthei, no se visualiza una clara renovación de las derechas chilenas, porque aun cuando se posicionan en veredas a veces contrapuestas, mantienen afinidades con los principios rectores de la Constitución Política del 80’, ya que ninguna de estas tres candidaturas pone en duda el Estado subsidiario, lo que impide responder seriamente a la crisis orgánica que exhibió el octubre chileno.
Referencias
Araos, Josefina (2021). El pueblo olvidado. Una crítica a la comprensión del populismo. Instituto de Estudios de la Sociedad.
Herrera, Hugo E. (2014). La derecha en la crisis del bicentenario. Ediciones Universidad Diego Portales.
Herrera, Hugo E. (2019). Octubre en Chile. Acontecimiento y comprensión política: hacia un republicanismo popular. Katankura.
Kaiser, Axel (2009). La fatal ignorancia. La anorexia cultural de la derecha frente al avance ideológico progresista. Democracia y Mercado.
Kaiser, Axel y Gloria Álvarez (2016). El engaño populista. Por qué se arruinan nuestros países y cómo rescatarlos. Deusto.
Larraín, Luis (2012). El regreso del modelo. Ediciones Libertad y Desarrollo.
Larraín, Luis (2020). El otro golpe. 18 de octubre de 2019. Ediciones Libertad y Desarrollo, El Líbero.
Mansuy, Daniel (2016). Nos fuimos quedando en silencio. Instituto de Estudios de la Sociedad.
Novoa, Jovino (2013). Con la fuerza de la libertad. La batalla por las ideas de centro-derecha en el Chile de hoy. La Tercera, Planeta.
Verbal, Valentina (2018). La derecha perdida. Por qué la derecha en Chile carece de relato y dónde debería encontrarlo. Ediciones Libertad y Desarrollo.
Verbal, Valentina (2020). El hundimiento. La derecha chilena frente a la crisis de octubre. En V. Verbal, B. Ugalde y F. Schwember Augier (eds.). (2020), El octubre chileno. Reflexiones sobre democracia y libertad (pp. 45-76). Ediciones Democracia y Libertad.
- Doctor en Estudios Latinoamericanos. Sociólogo, magíster en Filosofía. Miembro de la Asociación Gramsci Chile e IGS-Brasil. Investigador sobre las derechas latinoamericanas, en particular, sus intelectuales, su teología política y sus redes. Sus últimas publicaciones se pueden revisar en: https://uchile.academia.edu/JavierMolinaJohannes o en ORCID: 0000-0003-2581-525X. ↩︎
- Claramente, se puede ampliar dicha desconexión al espectro que Nancy Fraser ha denominado como neoliberalismo progresista, lo que dejaremos para un próximo análisis. ↩︎
- Hugo E. Herrera (1975), abogado (Universidad de Valparaíso) y doctor en filosofía (Universidad de Wurzburgo, Alemania). Se desempeña como académico en la Universidad Diego Portales. Es cercano al Instituto de Estudios de la Sociedad [IES] y fue asesor de Chile Vamos. Además, es columnista en diferentes medios como The Clinic y La Segunda. ↩︎
- Luis Larraín Arroyo (1956), ingeniero comercial (Universidad Católica de Chile). Fue director de la Oficina de Planificación al final de la dictadura (1989-1990) y es uno de los fundadores del Instituto Libertad y Desarrollo [LyD]. Además, columnista en medios como Diario Financiero, El Líbero y La Tercera. ↩︎