Muchas veces se suscitan discusiones sobre las capacidades intelectuales y artísticas de la mujer, aduciendo como argumento para probar su limitado alcance el hecho de que sean poco numerosas las mujeres que han conquistado un nombre sobresaliente nacional o internacionalmente en el campo de la ciencia, las letras, la música, la pintura y del arte en general.
La respuesta es variada, pero escojamos una, en la cual muy pocos ponen atención: para llegar a alcanzar un dominio considerable en cualquiera de estos campos, al grado de adquirir notoriedad nacional o mundial, se necesita una dedicación completa a la investigación o al ejercicio profesional; es decir, se necesita tiempo y carencia de preocupaciones. Esto lo puede tener un hombre en cualquier estado civil en que se encuentre; casado o soltero; no es posible imaginarse a un investigador científico ocupado en actividades mercantiles o burocráticas para ganarse la vida, o en detalles de acción y organización de un hogar.
Todo el que tenga vocación para ello, si cuenta con medios pecuniarios o logra ayuda oficial o privada, podrá seguir las exigencias de su talento o de su vocación; si es soltero, no habrá quien le quite su tiempo o lo moleste; si es casado, su esposa le tendrá listo todo lo que necesite.
Veamos ahora lo que sucede con las mujeres: lo más probable es que el 75 por ciento de ellas se case; y una vez casada, y aún más si tiene hijos, ya no puede disponer de su tiempo; ya no se pertenece; atender al marido, llevar bien la marcha de su hogar, criar a sus hijos y atenderlos de todo a todo le ocupan íntegramente los minutos de su existencia. Quienes a pesar de eso, logran sacar tiempo de donde no lo hay y realizar algo en su vida, en las materias que estamos tratando, son verdaderas heroínas; pero nunca podrán dar de sí todo lo que hubieran podido, en relación con sus talentos. Pero además de las ocupaciones morales, verdaderos problemas en relación con el esposo o con los hijos, sin contar con la circunstancia de que si hay pocos elementos pecuniarios para la subsistencia diaria y el bienestar familiar, tendrán ellas que sumar su trabajo extra-hogar para ayudar a los gastos que se requieren de necesidad.
Así pues, por lo menos el 75 por ciento de las mujeres, así sean muy talentosas y así hayan nacido dotadas para la ciencia o el arte, quedan imposibilitadas para dedicarse a ello.
Del 25 por ciento restante es decir, de solteras, hay por lo menos en el mundo actual, un 20 por ciento que son el sostén de ellas mismas o de sus padres ya viejos o enfermos, de sus hermanos pequeños o de sus sobrinos, es decir, están en situaciones parecidas a las de las casadas; no tienen tiempo, y sí preocupaciones, que les impiden dedicarse a la investigación científica o al arte.
Del 5 por ciento no vamos a pensar que todas sean precisamente geniales y de vocación y talentos decididos para resultar lumbreras en el aire o en la ciencia. Muchas de ellas son hogareñas: habrían sido excelentes amas de casa, magníficas madres de familia y estando solteras derivan su vocación como educadoras o trabajadoras social en cualquier rama benéfica que se les presente.
Pero aún hay otra barrera que se le presenta a la mujer de talento y vocación artística o científica y es la de los prejuicios sociales. Los padres, los hermanos y la familia en general han sido muchas veces los primeros en oponerse a que la joven dedique su tiempo a trabajos de la índole mencionada.
De esto resulta que son poquísimas las mujeres que verdaderamente pueden entregarse a trabajos científicos o artísticos gastando en ello todo su tiempo y su inclinación. Sólo la mujer que, como el hombre, no se distraiga sino en corta medida en trabajos y preocupaciones hogareñas y sociales y pueda concentrarse y absorberse en la investigación de un problema o en el perfeccionamiento de su arte, podrán alcanzar la notoriedad bien merecida, cuya ausencia se le reprocha a la mujer en general.
Pero todavía hay otro enemigo, otro estorbo, en el camino del éxito de las mujeres en la ciencia, inclusive en la historia y en las artes: el egoísmo masculino.