“Fascismo”, “bonapartismo” y la teoría marxista

PANORAMA GENERAL

De acuerdo con uno de los modos de acercarse al tema, en la tradición marxista hay, básicamente, dos tipos de teorías sobre el “fascismo”. Una asocia su surgimiento al atraso de la economía capitalista. En esta perspectiva, la poco desarrollada burguesía industrial está forzada a aliarse con los sectores terratenientes frente a la amenaza de la izquierda revolucionaria. Y ante la inhabilidad del propio proletariado y el campesinado de tomar el poder, esta alianza acaba delegando la autoridad a un nuevo actor: el “partido fascista” en auge que, en su núcleo duro, es una emanación de la pequeña burguesía. Este enfoque ha sido propuesto y desarrollado, por ejemplo, por Palmiro Togliatti o Barrington Moore Jr. Otra perspectiva es aquella que ve al “fascismo” como la dictadura del capital en declive. Aquí el problema no es que el capitalismo se encuentre “subdesarrollado”, sino que, más bien, se encuentra “sobremadurado” e incapaz de garantizar, en el contexto de la democracia parlamentaria. la anhelada alza en la tasa de ganancia; es por lo anterior que los sectores industriales se alían con el Estado en la búsqueda de una “solución imperial” a sus problemas. Este enfoque ha sido propuesto y desarrollado, entre otros, por León Trotsky, así como retomado posteriormente por pensadores como Ernest Mandel. En ojos de Dylan Riley, sociólogo estadounidense, profesor de la Universidad de California, en Berkeley, y autor de un excelente estudio sobre los fascismos de entreguerras —Los cimientos cívicos del fascismo en Europa: Italia, España y Rumania, 1870-1945—, cada una de estas versiones del argumento marxista tiene sus lados fuertes. Ambas apuntan correctamente a que el fascismo histórico conservó y extendió las relaciones de propiedad capitalistas; además, identifican bien el núcleo de su base de apoyo (el capital, la clase terrateniente y la pequeña burguesía), y señalan que el fascismo llegó históricamente al poder mediante la cooperación (“incómoda”, pero a fin de cuentas cooperación), con las viejas élites conservadores-liberales. No queda claro, sin embargo, cómo se relacionan entre sí estas dos perspectivas, ya que localizan el auge del fascismo en dos fases diferentes del desarrollo capitalista1.

Como bien explica Riley, esta inconsistencia tiene sus raíces en el análisis del propio Marx. El 18 de brumario de Luis Bonaparte (1852) abrió toda una nueva perspectiva política en el seno del marxismo, la cual permitió analizar los regímenes de la derecha bajo la noción de “bonapartismo”. Dicha noción, intercambiable a veces con la de “cesarismo”, pasó a caracterizar en la teoría marxista (y más allá de ella) una situación de polarización social entre las clases antagónicas que, al neutralizarse mutuamente, permitían la emergencia de una “tercera fuerza” liderada por una figura carismática que, en cierto modo, era exterior al sistema. Dicha figura se presentaba como capaz de concentrar el poder y apelar directamente al pueblo por fuera de los modos tradicionales de representación, combinando el elitismo con el plebeyismo, el autoritarismo con la democracia plebiscitaria, y la sociedad jerárquica con la “unión nacional” por encima de las clases. Marx ofreció dos famosas explicaciones, aunque contradictorias entre sí, respecto al auge de Luis Bonaparte/Napoleón III:  una que lo localizaba en el atraso de la sociedad francesa e identificaba su base en el pequeño campesinado propietario y la pequeña burguesía parasitaria; y otra que lo situaba en la “sobremaduración” de la sociedad francesa que, como ninguna en aquella época, tenía sumamente desarrollada su estructura de clases. Ambos enfoques han sido retomados y aplicados al fascismo décadas más tarde por Togliatti y Trotsky, respectivamente. Esta inconsistencia resulta central, como bien insiste Riley, no solo para el entendimiento marxista del bonapartismo y del fascismo, sino también porque apunta al problema general de la teoría marxista del Estado, es decir: a que, históricamente, dicha teoría ha sido incapaz de clarificar la relación entre las formas estatales y las relaciones sociales de la propiedad en la economía capitalista —un defecto del que peca igualmente la sociología weberiana. Es justo esta deficiencia, que está en el centro del marxismo, la que permite interpretar a los Estados autoritarios tanto como un producto de las expresiones de la “inmadurez”, como de la “fase terminal” del capitalismo.

Otra manera de abordar esta cuestión consiste en distinguir tres vertientes: i) la interpretación ortodoxa de la Comintern; ii) las interpretaciones heterodoxas/bonapartistas; y iii) las interpretaciones políticas derivadas de Gramsci. Como bien recordaba Ian Kershaw, el historiador británico, biógrafo de Hitler y uno de los más eminentes especialistas en el nazismo (y que propuso esta división2), la interpretación ortodoxa y/o estalinista del fascismo, impuesta por Stalin y sostenida por la Comintern, —o más bien, sus diferentes interpretaciones cambiantes desde los inicios de los años 20 hasta su versión definitiva a mediados de los años 30—, atrajo significantes críticas que reflejaban las divisiones y los debates internos en el seno del propio movimiento comunista internacional. De manera temprana, Clara Zetkin, y también inicialmente Georg Lukács, propusieron analizar las situaciones de diferentes países en conjunto (como las de Italia, Alemania o Hungría), y ver al “fascismo” como un síntoma más amplio de la decadencia y la desintegración capitalista —una situación a la que solo sería capaz de enfrentarse un “frente unido” que incluyera a las clases trabajadoras y a todas las fuerzas progresistas. Sin embargo, y pese a sus esfuerzos, este análisis fue rechazado. En cambio, a lo largo de los años 20 se impuso desde Moscú la visión defectuosa del “fascismo” como “la organización de lucha de la burguesía que contaba con el apoyo activo de la socialdemocracia”, que no tenía ningún interés en subvertir al capital monopolista, y por lo tanto, “ya estaba comprometida por el fascismo”. A partir del Quinto Congreso de la Comintern (1924), y afianzándose institucionalmente en el Sexto Congreso (1928) bajo la conducción de Nikolái Bujarin —que inauguró el llamado “tercer periodo”— se calificaba como “fascista” a cualquier enemigo político, incluso dentro de la propia izquierda. Así, bajo la etiqueta del “socialfascismo”, se impuso la idea de una supuesta equivalencia entre el fascismo (como ideología abiertamente reaccionaria) y la socialdemocracia (como reformismo democrático), un giro dogmático que acabó teniendo efectos políticos desastrosos. Este análisis propició divisiones y el debilitamiento del movimiento comunista internacional. Además, en el contexto alemán, al tratarse al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) como “el principal conducto de la fascización de la sociedad alemana” (sic),  prohibir las alianzas tácticas con él y fragmentar la oposición a los nazis, este enfoque facilitó los avances electorales del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), allanándole a Hitler, literalmente, el camino al poder. De los intentos de enmendar estos errores después de 1933 surgió una definición revisada, adoptada a través del informe principal de Georgi Dimitrov en el Séptimo Congreso de la Comintern (1935). Esta posición definiría al fascismo “como la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero”3. Sin embargo, esta definición también atrajo críticas, esto a pesar del innegable avance que representaba el haber excluido de su cuadro a la socialdemocracia y haber abierto la puerta a la anteriormente prohibida estrategia de los “frentes populares”. Identificando el “fascismo” como producto de la “sobremaduración” y la “descomposición” del capitalismo en su fase imperialista, su economicismo determinista hacia ver al fenómeno fascista, de manera mecanicista, como “una mera herramienta del gran capital y de las élites” —no obstante los fascistas y/o los nazis han sido en realidad actores políticos muchos más libres e independientes—, y tildaba de esta manera a todos los regímenes dictatoriales y/o autoritarios de derecha sin hacer matices.

MODELOS HETERODOXOS BONAPARTISTAS 

Al margen de la Comintern y frente a su reduccionismo, varios activistas y pensadores marxistas que no se sometieron a sus diktats teóricos-políticos ni a la “línea oficial” de sus partidos comunistas respectivos, desarrollaron en los años 20 y 30 interpretaciones alternativas mucho más complejas que se distinguían tanto de la ortodoxia estalinista como de las limitadas interpretaciones liberales de sus tiempos. August Thalheimer, jefe de una de las fracciones opositoras del Partido Comunista de Alemania (KPD) —y que rompió con el partido en 1929—, argumentó en su ensayo Sobre el fascismo (1930), muy influenciado por su propia experiencia del auge del nazismo, que, al usar la violencia extrema no sólo contra los trabajadores, sino también contra el parlamento burgués-liberal, el fascismo representó un “salto repentino” más allá del bonapartismo histórico, así como de otras formas anteriores de represión del Estado. En este sentido, lejos de ser un “agente de la burguesía” —como estipulaba la teoría del “socialfascismo”—, el fascismo era inherentemente hostil a ella. Su análisis teórico, junto con la promoción de una estrategia política flexible de “frente único”, se basaba en el análisis del bonapartismo de Marx, algo que le permitía diferenciar también, contrariamente a la ortodoxia estalinista, entre las “formas bonapartistas” de la dictadura y las “formas fascistas”. Retomando el concepto de “bonapartismo” de modo parecido a Thalheimer (aunque con varios giros en su reconceptualización), Otto Bauer, el socialdemócrata austríaco y una de las principales figuras del llamado “austromarxismo”, consideraba que el fascismo/nazismo gozaba de una naturaleza relativamente autónoma respecto a la burguesía, y que su objetivo principal ya no era la izquierda revolucionaria (en este punto ya derrotada), sino el socialismo reformista. Subrayaba, además, que el fascismo era un claro síntoma de “una crisis más amplia de la civilización”, algo que no se resolvería solamente por medio de la lucha de clases, sino por medio de la guerra, prefigurando, en cierto modo, lo que estaba por venir: que, ante el tamaño de la amenaza y de la violencia desatada por el fascismo/nazismo, los debates políticos y teóricos en torno a cómo definir y enfrentar al fascismo políticamente serían sustituidos por una estrategia conjunta de todas aquellas fuerzas antifascistas que se proponían derrotarlo militarmente.

León Trotsky, por su parte, escribió sobre el tema poco después de Thalheimer y, de una manera parecida, insistía en diferenciar entre las dictaduras “bonapartistas” y las “fascistas” (o, más bien, “bonapartistas-fascistas”). La primera era una forma en la que la burguesía instaba al Estado a suspender el proceso democrático con tal de evitar el peligro de una toma del poder por parte de los propios fascistas —y cuando la izquierda revolucionaria constituía aún una amenaza latente—, como en el caso de la dictadura presidencial en Alemania que precedió a Hitler, o del mandato parlamentario de Mussolini previo a la creación del Estado fascista en Italia. Es la noción que Trotsky usó, asimismo, para analizar la naturaleza del régimen soviético bajo Stalin. La segunda, el “bonapartismo fascista” —a lo que Thalheimer llamaba simplemente “fascismo”—, se daba cuando la reacción dejaba de ser una fuerza populista y nacionalista para convertirse en un Estado militarista que se imponía al conjunto de la sociedad. Así, el régimen bonapartista era un arreglo temporal que surgía cuando había un punto muerto entre los obreros y los capitalistas en el que ninguna parte podía vencer a la otra, mientras la dictadura bonapartista-fascista surgía cuando las fuerzas comunistas/socialistas ya han sido rotundamente derrotadas. Aunque su análisis era menos elaborado teóricamente que el de Thalheimer o Bauer, sus intervenciones han sido mucho más influyentes políticamente. Por ejemplo, en un breve y muy sonado artículo titulado Bonapartismo y fascismo (1934), Trotsky arremetía en contra de la teoría estalinista del fascismo del “tercer periodo”, la cual veía como “uno de los ejemplos más trágicos de las consecuencias prácticas perjudiciales que pueden derivarse de la sustitución del análisis dialéctico de la realidad (…) por unas categorías abstractas formuladas a partir de la base de una experiencia histórica parcial e insuficiente”. Contrario a esto, para Trotsky —que insistía en la urgencia de desarrollar formas más sutiles del análisis político— la reacción capitalista podía adoptar muchas formas, no todas reducibles al “fascismo”. Y señalando, correctamente, el desastre al que llevó la teoría del “socialfascismo”, la tildó famosamente como “una mezcla de burocratismo estalinista con metafísica bujarinista”4. Si bien más tarde compartiría algunos elementos del análisis de la nueva definición de la Comintern (1935) —como la fuerte relación entre el capital monopolista y el fascismo—, para Trotsky el error de Stalin y de Dimitrov residía en que extraían “de manera puramente deductiva, formalmente lógica, las mismas conclusiones para todos los países y para todas las etapas de desarrollo”. 

Siendo uno de los primeros pensadores que captaron correctamente la naturaleza novedosa del fascismo como producto de una crisis particular (la de la post-Primera Guerra Mundial), y como algo que era un fenómeno intrínsecamente moderno, para Trotsky se trataba de un movimiento de masas que era “un medio específico para movilizar y organizar a la pequeña burguesía según los intereses sociales del capital financiero”, mismo que surgió del choque entre dos clases sociales subordinadas —el proletariado y la pequeña burguesía—, a las que este puso en conflicto en un intento de impedir su alianza estratégica. Para él —como bien señala el historiador italiano Federico Marcon—, la comprensión clara de las formas políticas que el capital financiero promovía en diferentes contextos sociohistóricos era fundamental no sólo para analizar las cambiantes relaciones entre los intereses del capital (base) y la organización política (superestructura), sino también para desarrollar una estrategia eficaz de resistencia revolucionaria contra él5. Ha sido precisamente en este sentido que, en sus ojos —como lo precisaba en su último artículo antes del asesinato, dictado por teléfono durante su exilio en México—, el régimen colaboracionista de Vichy no representaba al “fascismo” como tal, sino un “bonapartismo senil”, fruto del declive imperial francés que, al igual que las viejas formas del autoritarismo, no estaba preocupado en movilizar a la clases populares como lo era el fascismo (la dictadura “bonapartista-fascista”), un fenómeno de masas intrínsecamente moderno. Trotsky criticaba también diferentes elementos de la izquierda estadounidense de la época, la cual veía erróneamente al fascismo como “una simple repetición del bonapartismo” o como producto del “atraso del capitalismo” en vez de su “madurez”6.

DE GRAMSCI A POULANTZAS

Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano (PCI) y editor en jefe de la revista L’Ordine nuovo, escribió antes que Thalheimer, Bauer y Trotsky. Probablemente merezca el crédito de ser el primer comentarista en proponer la idea de que el fascismo italiano no era una desviación o aberración política exclusiva de Italia7, cosa que planteó en 1920. Gramsci fue también pionero en el avance, desde el marxismo, de una comprensión teórica del fascismo como un “fenómeno transnacional” que puede ampliarse heurísticamente a otros contextos sociopolíticos. Obrando primero desde la Comintern, cuya ortodoxia no veía con buenos ojos sus teorizaciones, y representando solo una fracción del PCI8, Gramsci desarrolló su teoría del fascismo sobre la marcha, observando en este proceso la consolidación del régimen de Mussolini. Desde el principio concibió al fascismo como “una emanación de la pequeña burguesía con vínculos con la gran industria”, y “un movimiento de reacción armada que pretende desmantelar y desorganizar a la clase obrera para inmovilizarla”. Negándose primero a ver algo nuevo en su movimiento (sic), y viendo solo “un aspecto radicalizado de las instituciones existentes del Estado liberal que emergió en defensa de una burguesía que enfrentaba una crisis de legitimidad social y política”, Gramsci pensó, inicialmente, que su éxito era “temporal” (sic), consolidando su visión del fascismo como la expresión represiva de la clase capitalista, la cual había captado el apoyo de las clases medias con una ideología que enfatizaba el nacionalismo, la antipolítica y la eficiencia gubernamental, y que empleó una novedosa estrategia retórica orientada a suscitar la respuesta afectiva de las masas. Contrario al reduccionismo dominante de la ortodoxia marxista, pronto se dio a conocer como un agudo analista de las bases culturales de la hegemonía fascista, insistiendo en la cuestión de preguntarse cómo podía existir un régimen que gobernaba en contra de los intereses de las clases que más lo apoyaban: la pequeña burguesía y las clases medias bajas. Esto, para Gramsci, sólo podía entenderse analizando las formas de la hegemonía, la cual consiste en una relación en la que un grupo dentro de una clase o una clase dentro de la sociedad ejerce un liderazgo intelectual/moral sobre las otras, utilizando dicho liderazgo como un instrumento para la subjetivación política desde abajo9. Aquí, las formas de la hegemonía servirían como vehículos de una organización ideológica del consenso.

Si bien sus famosos Cuadernos de la cárcel —escritos desde la prisión fascista en la que murió en 1937—, no contienen esencialmente nada nuevo respecto a lo que ya había teorizado antes sobre el tema (el mismo término “fascismo”, por miedo a la censura, aparece allí solo ocasionalmente y en títulos de los artículos referidos), Gramsci aprovechó la ocasión para analizarlo mediante la noción del “cesarismo” —esto en un afán de explicar al fascismo políticamente, en oposición al economicismo marxista, mismo al que el sardo consideraba insuficiente. El “cesarismo”, —un régimen político propio de la antigüedad clásica fundado en el liderazgo popular de un jefe militar exitoso que ejerce un poder fuerte a expensas de las élites oligárquicas—, fue el concepto que se acuñó en el siglo XIX para describir inicialmente la figura de Luis Bonaparte/Napoleón III. Pero muchos, incluido Gramsci, pensaban que también servía para caracterizar a las nacientes dictaduras fascistas. No obstante, a medida que se desarrollaban los Cuadernos, y que la propia realidad política en Italia iba encontrando sus límites respecto a la política moderna, Gramsci seguía intercambiando la noción de “cesarismo” con la de “bonapartismo”, consciente de que, si bien los nuevos autoritarios construyeron sus regímenes sobre los modelos históricos anteriores, también rompieron con ellos. Así, según él, el “cesarismo” en general y el “fascismo” en particular eran una solución a una “crisis orgánica”: una crisis política en la que el sistema en su conjunto entra en un periodo de inestabilidad debido a la pérdida de la hegemonía por parte de la clase dominante. Durante estos periodos, las fuerzas progresistas (A) y las reaccionarias (B) quedan empatadas; una situación que abre el camino al “tercer actor” (C). Según Gramsci, este tipo de “empate catastrófico” tenía tres tipos de soluciones: A) el agrupamiento de todos los renegados en una fuerza progresista unificadora (“nuevo bloque histórico”); B) la reabsorción de los votantes renegados por parte del establishment político y las clases dominantes e imposición de la “revolución pasiva” desde arriba; y C) el “cesarismo” —junto con su modalidad “fascista”—, es decir: el surgimiento de una “tercera fuerza” encabezada por una “gran personalidad” y “figura carismática”, siendo esta opción, según él, históricamente la más probable. Gramsci encontraba en la historia casos de “cesarismo progresista”, como el de Cromwell o Napoleón I, y de “cesarismo regresivo”, como el de Napoleón III, Bismarck o el propio Mussolini10. Así, para él, el fascismo —siendo esta su mayor contribución para el entendimiento de éste desde la teoría marxista—, no era un resultado de ninguna fase particular en el desarrollo del capitalismo: hubiese “atraso” o “sobremaduración”, el fascismo no era sino fruto de una crisis política y de hegemonía.

Ha sido precisamente a base de esta teoría política del fascismo de Gramsci que, a principios de los 70, Nicos Poulantzas, un sociólogo político marxista greco-francés, en un afán de superar las mencionadas contradicciones en la propia teoría marxista y liberarse de una vez por todas de los dogmas de la Comintern, ofreció su propia interpretación del fascismo. Partiendo, como Gramsci, de verlo como fruto de una “crisis de la hegemonía”, lo conceptualizó como una forma extrema del “estado capitalista de excepción”. Enfatizó, nuevamente como Gramsci, y en contraste con otros enfoques marxistas ortodoxos, la relativa autonomía política del fascismo de la economía y de sus sectores dominantes, subrayando que éste no servía exclusivamente a los intereses del capital financiero11. En esencia, para él, se trataba de una forma específica de Estado capitalista en un momento de crisis, y de la organización política de un nuevo actor: la pequeña burguesía, que mantenía tanto los verdaderos agravios contra el gran capital —disfrazados a veces de nociones vagas de “combate a la corrupción”—, como el interés de defender su propiedad contra el socialismo12. Según él, si bien el fascismo emergió como un resultado de la desintegración de las clases dominantes, el fracaso revolucionario de la clase trabajadora, también era un factor importante en su auge. A diferencia de la Comintern, que callaba sobre ello, o de Gramsci y Thalheimer, que veían al fascismo como una suerte de “impasse” entre la burguesía y el proletariado, para Poulantzas −al igual que para Bauer o Trotsky−, cuando el fascismo llegaba al poder, la última ya siempre estaba derrotada. 

Buscando, ante todo, entender las condiciones en las que las clases capitalistas pueden sentirse motivadas a abandonar la democracia y abrazar la dictadura —sea el propio fascismo o alguna otra forma de autoritarismo—, Poulantzas subrayaba la necesidad de distinguir con precisión el “fascismo” de otros “regímenes capitalistas de excepción”. Para él —al rechazar tanto el enfoque liberal que lo presentaba como una “patología” en la historia del capitalismo, como el economicismo del marxismo ortodoxo que lo pintaba como “algo inevitable”—, el fascismo era ante todo un “potencial” que acechaba a todos los Estados capitalistas en condiciones de crisis; pero solamente era “una de las coyunturas posibles”, ya que todo, en sus ojos, “dependía de la lucha de clases”. En su modelo, la “fascistización» se refería justamente a la tendencia de los Estados capitalistas para evolucionar hacia formas del “estatismo autoritario”, pero sin llegar a ser necesariamente un fascismo clásico. Otro de los afanes que lo motivó a escribir su estudio histórico Fascismo y dictadura. La Tercera Internacional frente al fascismo (1970) fue el insistir en que el golpe militar en Grecia (1967) y la subsiguiente dictadura en dicho país, así como las dictaduras militares latinoamericanas, no eran fascistas —tal y como sostenía en su momento, de modo mecanicista, una buena parte del marxismo internacional—. Poulantzas argumentaba que no se podía identificar en dichos procesos una base popular asociada con el fascismo, ni tampoco —siguiendo el análisis clásico de Marx— tenían el carácter “bonapartista”. El golpe en Grecia, en sus ojos, obedecía a algo diferente: a una relativa autonomía del ejército dentro del Estado y a la estrategia internacional del imperialismo estadounidense13.

DE HALL A TRUMP

Stuart Hall, nacido en Jamaica, fue un intelectual marxista británico, jefe del Centro de Estudios Culturales de la Universidad de Birmingham, primer editor de la revista «New Left Review» y pensador pionero en el análisis de la raza desde una perspectiva marxista. A finales de los años 70, en una coyuntura política distinta a la actual, pero igualmente marcada por “el auge de la derecha que nadie ya podía ignorar”, Hall advirtió que —como ocurre hoy con los gobiernos de extrema derecha en países como Estados Unidos, Hungría, Polonia, Rusia, India, Turquía, Brasil o Argentina— se trataba de un fenómeno que “aún no se alcanzaba a entender en su totalidad”. Subrayó que los marcos de análisis habituales de la izquierda se quedaban cortos y que, cuando los analistas recurrían al concepto de “fascismo”, más que explicar, terminaban por oscurecer el fenómeno en cuestión14. Igual que en su momento Thalheimer, Trotsky o Gramsci −y paralelamente a él, Poulantzas−, Hall fustigaba las tendencias de explicarlo todo en la clave económica y ver, por ejemplo, el auge del thatcherismo en Gran Bretaña, como “una vuelta de la cara irracional del capitalismo” —o sea, el “fascismo”—, un tipo de análisis “que ignoraba todo lo particular y lo especifico de la coyuntura histórica de aquel momento”15. Criticó a la izquierda británica tanto por su apego excesivo al marco del “fascismo”, como por su obsesión con el “antifascismo”, algo que a muchos les permitía ver la batalla política contra el “fascismo thatcherista” como “en los viejos tiempos”, “clara” y “transparente”, mientras, según Hall, se ignoraba así la verdadera anatomía del thatcherismo, sus causas y el hecho que la amenaza mayor no era “el regreso a los 30”, sino las nuevas formas del terror racializado antes inexistentes16. Respecto al economicismo, para él, la situación tenía más sentido vista al revés: más que un producto de la crisis económica, lo que estaba ocurriendo tenía raíces políticas y afectaba a la economía. Así, según él, el uso indiscriminado de “fascismo” como un mero insulto o un término universal para todo tipo de política reaccionaria o represiva corría el riesgo —aparte de desdibujar al fascismo histórico— de hacer que se perdiera de vista lo que era nuevo en la crisis política del Estado capitalista británico de los años 70.

Invocando a Gramsci, Hall recordaba que éste insistía en poner “lo orgánico” y “lo coyuntural” de una crisis en una relación adecuada. Esto le permitió ver el giro a la derecha no como un reflejo de la crisis, sino como una respuesta a ella: la extrema derecha, para Hall, tenía que entenderse en relación directa con las formaciones políticas alternativas que intentaban ocupar y comandar el mismo espacio en una lucha por la hegemonía dentro del bloque dominante. Este precisamente era el caso, para él, de Gran Bretaña, país marcado por las fallas de la socialdemocracia inglesa y una crisis de hegemonía ocasionada por su incapacidad de reformar el capitalismo británico, cumplir con sus promesas y apaciguar la presión y la protesta social subsiguientes. Esto propició un giro hacia la represión, la coerción y las políticas de “la ley y el orden”. Pero la democracia burguesa transitó hacia un “conservadurismo represivo” y no hacia el “fascismo” —como alegaban algunos—, lo cual constituyó un buen ejemplo de cómo no todas las crisis políticas llevan a procesos de fascistización y no todas las expresiones de la derecha lo constituyen. Esto representa algo de particular relevancia para tratar de entender, por ejemplo, el auge de Trump y del trumpismo en Estados Unidos. De igual modo que en caso de Thatcher, en el de Trump tampoco se trató de una crisis política de representación ni de hegemonía que optara por “una solución fascista”, sino de una crisis política ocasionada por las fallas del Partido Demócrata y su incapacidad de reformar el capitalismo estadounidense, cosa que abrió el paso a la extrema derecha. Así fue como se impuso en 2016 el “bonapartismo trumpista”17 que instrumentalizó —con “un twist posmoderno”— las narrativas de la “ley y el orden”, así como los temas culturales, simbólicos e identitarios. Citando las mismas reelaboraciones de Gramsci hechas por Hall después de la segunda victoria de Trump en 2024, el historiador estadounidense Gabriel Winant apuntaba que tanto los laboristas británicos como los demócratas estadounidenses han cometido los mismos errores y han sido incapaces de frenar el auge de sus respectivos “populismos autoritarios”. Winant lamentaba que el Partido Demócrata, somnámbulo e inerte, no estaba a la altura de enfrentarse al trumpismo y su ímpetu transformativo18. Dicho análisis ha sido confirmado con creces a lo largo del primer año del régimen de Trump 2.0.

“FASCISMO”, “BONAPARTISMO” Y LA EXTREMA DERECHA DE HOY

A pesar de la multiplicidad de las posturas teóricas, lo que unía a varios pensadores marxistas heterodoxos era el hecho de reconocer que el “fascismo” era una forma específica de política reaccionara y contrarrevolucionaria de derechas, con un nuevo tipo de apoyo de masas y con una anatomía diferente a las demás formas de autoritarismo. Estaban convencidos, sobre todo después de los desastres del llamado “tercer periodo”, que gritar “fascismo” a cualquier expresión de la derecha era un mal análisis que solo podía desembocar —siendo el marxismo históricamente la corriente intelectual más preocupada en poner sus teorizaciones al servicio de las políticas antifascistas— en malas estrategias y en decisiones políticas erróneas. A pesar de su estalinismo, de las deficiencias economicistas de su propio modelo (“el fascismo como producto del atraso capitalista”), y de su agenda particular en el marco de la cual se pretendía restringir el término para el caso italiano, lo cierto es que Palmiro Togliatti tenía esto muy claro:

Cada vez que se atacan o violan las llamadas libertades democráticas santificadas por las constituciones burguesas, se oye el grito: “El fascismo está aquí, el fascismo ha llegado”. Hay que darse cuenta de que no se trata sólo de una cuestión terminológica. Si alguien piensa que es razonable utilizar el término “fascismo” para designar toda forma de reacción, que así sea. Pero no veo la ventaja que obtenemos, salvo quizás una agitación. La realidad es otra. El fascismo es un tipo particular y específico de reacción.19

En este sentido se puede argumentar que el uso indiscriminado del término “fascismo” en los últimos años —sobre todo desde los círculos liberales-conservadores—, tiene también sus raíces en la crisis y en el descrédito post-1989 a toda la tradición intelectual marxista, comunista, socialista y antifascista, junto con el desdén generalizado hacia todas las vertientes del análisis marxista del fascismo, incluso aquellas, como los enfoques heterodoxos bonapartistas o el enfoque político gramsciano, que han sido muy fértiles intelectualmente y heurísticamente estimulantes. Es toda una tradición la que ha sido declarada “obsoleta”, tanto por el mainstream triunfante del “fin de la historia”, como por las narrativas en competencia basadas en el nacionalismo y en el anticomunismo tardío. Paradójicamente, son esas mismas corrientes políticas e intelectuales las que hoy son a menudo tildadas de “fascistas”. La gran ironía en todo esto es que el centro liberal-conservador, obrando por primera vez desde que comenzó el análisis político y académico del fascismo a principios de la década de los 20, sin ninguna competencia real por parte de ningún otro enfoque intelectual antinómico (como es, justamente, el marxismo), y con su uso indiscriminado del término “fascismo” a base de unos modelos teóricos deficientes —sea anteponiendo el papel de las ideas o fijándose exclusivamente en sus rasgos externos en vez de sus causas políticas y/o sociales—, ha llegado a ocupar el mismo lugar que, en su momento, la Comintern en el uso descuidado del término respecto a todo lo que no cabe hoy en el mainstream democrático-liberal. Y que —aunque no sea exactamente parte de su propia tradición—, el “frente antifascista liberal” construido ad hoc en los últimos años, a pesar de apremiarnos constantemente a “no olvidar la historia”, parece no tener ninguna memoria de que tan desastroso en su momento ha sido el afán de tildar a todo, sin ningunos matices, de “fascismo”.

Así, resulta sintomático, al confirmar la actualidad y la solidez teórica del marxismo en este campo, que uno de los mejores análisis del fenómeno trumpista en los últimos años derivó de una reelaboración de la teoría del fascismo de Gramsci, “filtrada” por las contribuciones de Alexis de Tocqueville acerca de la importancia de la sociedad civil. Basándose en su propio estudio de los fascismos de entreguerras —Los cimientos cívicos… (2019)—, y viendo al “fascismo” como una suerte de “democracia autoritaria” y fruto, históricamente, de una crisis política que tenía sus raíces, en su modelo, en el desarrollo desigual y combinado de la sociedad civil y de la hegemonía, el citado ya Dylan Riley ofreció de manera convincente, frente a varios estudiosos y activistas que desde hace años vienen proponiendo teorizar a Trump como “fascismo”, un bien fundamentado marco alternativo al ver al régimen de Trump 1.0 —al igual que los demás gobiernos de la extrema derecha de hoy— como una suerte de “(neo)bonapartismo”: un régimen en el que, siguiendo el análisis original de Marx, una figura carismática emerge en las condiciones de una sociedad civil fragmentada y débil —una importante diferencia con los fascismos históricos que surgieron de unas sociedades civiles dinámicas y altamente organizadas—, y donde ninguna de las fuerzas políticas logra ejercer una hegemonía firme. En su escritos sobre el cesarismo, y tal como nos recuerda Riley, Gramsci dejó buenas pistas sobre como pensar en momentos políticos tales como los que vivimos ahora: cuando hay una crisis de autoridad y hegemonía, y no está claro si la derecha o la izquierda están proponiendo una forma de salir de ella, lo que se obtiene es una “personalización extrema de la política” y el surgimiento de líderes cesaristas/bonapartistas, precisamente como Trump, Erdoğan, Modi o, también, Meloni. Este análisis bonapartista quedó confirmado cuando Trump, al inicio de su segunda presidencia, se presentó como el continuador de William McKinley (1897-1901), el quintaesencial representante del “bonapartismo blando” estadounidense, que encabezó los inicios de la expansión global imperial de EU e introdujo las políticas de los “aranceles fuertes”. Y, también, que durante la llamada “Edad Dorada” (Gilded Age), una época de gran opulencia para pocos, convirtió la Casa Blanca en la proveedora de servicios corporativos para el Big Business. Si bien Riley, al tratar de explicar el ímpetu de los primeros meses del gobierno de Trump 2.0, propuso también ver al trumpismo como una “revolución invertida” —y argumentó, de modo más provocativo que fundamentado, que una suerte de “leninismo” y “gramscianismo” estaban guiando sus políticas (sic)20—, el modelo bonapartista sigue siendo útil e iluminante como una manera de pensar en su anatomía politica.

De allí, y haciéndose uso también de las herramientas analíticas de Trotsky, es mucho más adecuado ver al régimen de Trump (que, como bien lo ha demostrado anteriormente Riley, en realidad tiene muy poco en común con los “fascismos clásicos”) como una suerte de “bonapartismo senil” propio del declive imperial. Trump mismo ha asegurado, por ejemplo, querer incorporar a Canadá y a Groenlandia, así como tener planes de retomar el control directo sobre el Canal de Panamá; pero no ha hecho nada al respecto, pues él mismo es más bien, un producto de la fase del agotamiento, y no tiene ningún interés en movilizar a las masas (algo de hecho hoy inconcebible en una situación como la de Estados Unidos, de anomia y fragmentación social agravadas por la proliferación de las redes sociales). Lo mismo aplica a otras expresiones de la misma ola de la extrema derecha global, tales como Jair Bolsonaro en Brasil o, más recientemente, Javier Milei en Argentina.

Poulantzas, para quien el fascismo era solo una de las posibilidades —“el potencial que acechaba a todos los Estados capitalistas en tiempos de crisis”—, y cuyo análisis se centraba, incluso más que otros enfoques marxistas, en la cuestión del imperialismo, ofreció también algunas pistas en esta dirección. Ahora bien: para determinar con qué tipo de enemigo político nos la tenemos que ver, el análisis gramsciano-poulantziano debe siempre empezar por indagar acerca de la naturaleza de la crisis política y de la anatomía de las bases sociales detrás de un régimen dado. Poulantzas, no obstante, al identificar también una “pluralidad de tácticas relacionadas con las contradicciones del propio capital estadounidense”, prefirió ver a los regímenes del sur de Europa en tiempos de la Guerra Fría —al igual que las dictaduras militares latinoamericanas de aquel momento—, no como “fascistas”, sino como herramientas y/o apéndices del imperialismo estadounidense. Se trata de un tipo de enfoque que podría aplicar al bolsonarismo durante la primera presidencia de Trump o al mileismo en el primer año de su segundo mandato: ambos pueden interpretarse como “bonapartismos” —diametralmente diferentes en sus estilos, al ser éstos producto de sus respectivas culturas políticas e idiosincrasias—, pero ambos supeditados y dependientes de EU y mucho más inspirados en el propio trumpismo que en los fascismos de entreguerras (siendo su rechazo al Estado y su papel en la economía y en la sociedad uno de los puntos comunes de los tres y diferencia crucial con los fascismos clásicos). Este vínculo quedó bien demostrado en las recientes intervenciones de Trump en la política, tanto de Brasil como de Argentina, a través de la imposición de aranceles extraordinarios. También en las sanciones a los jueces involucrados en el juicio de Bolsonaro y en el “salvavidas” de permuta de divisas que Trump lanzó a Milei, y que ayudó a salvarlo de la debacle de las elecciones legislativas intermedias en octubre de 2025. De modo significativo, Martín Mosquera, en uno de los mejores análisis de estas elecciones, se hizo de algunas nociones que Gramsci, Trotsky, Bauer y Tasca han empleado para el análisis de la política reaccionaria de sus tiempos, pero no para forzar la tesis que en caso de Milei se trata del “fascismo”, sino para incorporarlos en su análisis coyuntural e iluminar mejor los desafíos de la izquierda argentina ante la extrema derecha libertaria en poder. Subrayó también (correctamente) que la polarización estéril entre quienes gritan el “fascismo” ante cualquier avance de la derecha y quienes minimizan la novedad y la agresividad de las nuevas derechas, impide ver con claridad lo que está ocurriendo”21. Abogar por un análisis más matizado de las nuevas extremas derechas, sin menospreciar el peligro que representan, es crucial a fin de distinguir bien entre las diferentes modalidades de los autoritarismos y poder iluminar lo nuevo en ellas para divisar las estrategias más apropiadas para enfrentarlas, haciéndose de las herramientas analíticas del marxismo heterodoxo que lo permiten —tal como lo ha hecho Riley respecto al “bonapartismo trumpista”. Esto debería ser la tercera opción frente a la (ya señalada arriba) dicotomía asfixiante. Al final, con todas las diferencias de sus propios contextos, este fue exactamente uno de los propósitos de los mencionados teóricos de entreguerras, como Gramsci, Thalheimer, Bauer o Trotsky y, más tarde, Poulantzas y Hall. Claramente, Milei es el desenlace “C” en la escala de Gramsci, pero —habría que precisar—, no del carácter “fascista”, sino “cesarista/bonapartista regresivo” o, tal vez, incluso un “C” que sirve como una máscara para el “B” al implementar, en realidad, un programa de la “transformación mainstream desde arriba”22 —tal como lo propone Mosquera en una matización interesante. En nuestro contexto político, y frente a la nueva derecha que desafía las comparaciones históricas simplistas, apelar al término o a la comparación al “fascismo” demasiado a menudo es el resultado, no de un análisis per se, sino —algo de lo que peca tanto el centro liberal-conservador como algunos círculos de la izquierda— de los afanes polémicos o los objetivos electorales de movilizar a los votantes con “una palabra fuerte”. O —como se lo imputó Hall en los años 70 a la izquierda británica— de querer resucitar mecánicamente “las luchas conocidas del pasado”, algo que impide entender lo nuevo de la anatomía y la atracción que genera la extrema derecha de hoy, y captar lo particular y lo especifico de nuestra coyuntura histórica actual.

  1. Dylan Riley, “The Civic Foundations of Fascism in Europe: Italy, Spain and Romania 1870-1945”, Verso, London, 2019, p. xvi-xvii ↩︎
  2.  Ian Kershaw, “The Nazi Dictatorship: Problems and Perspectives of Interpretation”, Bloomsburry Academic Publishing, London, 2015, p. 31-33. Kershaw, en su diferenciación, deja de lado, bastante correctamente, las, inspiradas parcialmente en el marxismo, teorizaciones de la Escuela de Frankfurt y sus acólitos que al enfocarse en las cuestiones como “carisma” o la “personalidad autoritaria” incurrieron en la excesiva personalización e individualización del “fascismo” que minimizaban sus aspectos sistémicos. Sus teóricos, estando fuera tanto de los esfuerzos académicos de la posguerra de establecer un “mínimo fascista”, como de las preocupaciones centrales del propio análisis marxista que, en sus diferentes vertientes, está enfocado en estudiar las condiciones socioeconómicas comunes detrás de las nuevas formas de la reacción política, lo que hicieron fue añadir una serie indefinida de marcadores connotativos que contribuyeron a la “hipergenerización del ‘fascismo’” y, así, a su ahistorización (véase: Federico Marcon, “Fascism. The History of a Word”, The University of Chicago Press, Chicago, 2025, p. 203-213 y 238-239), un enfoque muy influyente en la izquierda post-1968 y una línea trazable desde Herbert Marcuse, Angela Davis, hasta, hoy en día, a, por ejemplo, Alberto Toscano. ↩︎
  3. Años más tarde, en La destrucción de la razón (1952), Lukács, siguiendo aun las coordenadas de la ortodoxia estalinista, al plasmar su visión del “fascismo” como la culminación y la manifestación política extrema del irracionalismo europeo, una corriente filosófica que, según él, preparó el terreno ideológico para el ascenso del fascismo/nazismo y que servía como herramienta ideológica para los intereses más reaccionarios del capitalismo imperialista, ofreció, básicamente, “el equivalente filosófico de la canónica definición de Dimitrov”, véase: Enzo Traverso, “Dialectic Of Irrationalism Historicizing Lukács’s The Destruction Of Reason”, en:  Georg Lukács, “The Destruction of Reason”, Verso, London, 2021, p. xxii-xxiii ↩︎
  4. Véase: Dylan Riley, “Foreward”, en: Nicos Poulantzas, “Fascism and Dictatorship: The Third International and the Problem of Fascism”, Verso, London, 2019, p. xii-xiii y sobre el mismo tema: Nicos Poulantzas, op. cit., p. 165-179, 183-184 y 199-230 ↩︎
  5. Federico Marcon, op. cit., p. 202 ↩︎
  6. León Trotsky, “Bonapartism, Fascism and War”, en: “Fourth International”, vol. 1, no. 5, Octubre de 1940, p. 128-131, disponible en: https://marxists.org/archive/trotsky/1940/08/last-article.htm ↩︎
  7. Federico Marcon, op. cit., p. 167-168 ↩︎
  8. Para las divisiones respecto a cómo teorizar el “fascismo” que existían, incluso, dentro de los propios partidos comunistas —donde a menudo diferentes dirigentes y alas proponían diversas interpretaciones y análisis de sus causas, algo que afectaba negativamente la estrategia del partido en su conjunto—, es sintomático lo que hace Gramsci. Y es que, con su internacionalismo ecléctico y su antideterminismo, el sardo difería dentro del PCI, tanto de Amadeo Bordiga (que veía el fascismo, de acuerdo con la línea oficial de la Comintern, como “un desarrollo automático del capitalismo”), como de Angelo Tasca (enfocado más en sus bases ideológicas y su nacionalismo agresivo que buscaba “superar la lucha de clases”) y de Palmiro Togliatti (el más estalinista de los cuatro, pero que conservó la curiosa libertad de poder teorizar individualmente sobre el tema). Ése último, si bien lo veía como un “fenómeno global”, al igual que Gramsci, insistía en ver al “fascismo” como algo propio de Italia y “producto de la modernización imperfecta de su sociedad” (Federico Marcon, op. cit., p. 157). Reacio al uso “genérico” del término, proponía “un análisis diferenciado” adecuado a cada uno de los países y sus características: “nazismo” en Alemania, “franquismo” en España, etc. ↩︎
  9. Antonio Gramsci, “Selections from the Prison Notebooks”, International Publishers Co., New York, 1971, p. 57-58; véase también: Dylan Riley, “The Civic…”, p. 218-219 ↩︎
  10. Antonio Gramsci, op. cit., p. 220 ↩︎
  11. Nicos Poulantzas, op. cit., p. 73-75 y 87 ↩︎
  12. Nicos Poulantzas, op. cit., p. 11-12 ↩︎
  13. Dylan Riley, “Foreword” en: Poulantzas, op. cit., p. ix y xii-xiii y xxxiv-xl ↩︎
  14.  Stuart Hall, “The Great Moving Right Show”, en: Marxism Today, Enero de 1979, p. 14-20 ↩︎
  15. Ibidem, p. 14 ↩︎
  16. Un caso que refleja a la perfección las críticas de Hall a la izquierda británica −y uno que muestra cómo un mal análisis puede llevar a la toma de decisiones políticas desastrosas− es la historia de Timothy Mason, el eminente historiador británico del Holocausto, creativo también en su propio análisis del fascismo, que insistió no obstante a ver al gobierno de Thatcher como “fascista” −no solo p.ej. “populista-autoritario-neoliberal”−, llamó a los sindicatos británicos a “emprender una lucha clandestina como la resistencia en la Segunda Guerra Mundial” y luego, huyendo de este “fascismo”, se exilió en Italia dónde, ante las frustraciones políticas, se suicidó. ↩︎
  17. Véase: Dylan Riley, “What is Trump?”, en: New Left Review, no. 114, Noviembre-Diciembre de 2018, disponible en: https://newleftreview.org/issues/II114/articles/dylan-riley-what-is-trump ↩︎
  18. Gabriel Winant, “Exit Right”, en: Dissent, 8/11/24, disponible en: https://www.dissentmagazine.org/online_articles/exit-right/ ↩︎
  19. Palmiro Togliatti, “Lectures on Fascism”, Lawrence & Wishart, London, 1976, p. 53 ↩︎
  20. Para una crítica de esta propuesta, véase: Maciek Wisniewski, ¿Leninismo y gramscianismo de Trump?, en: La Jornada, 7/12/25, disponible en: https://www.jornada.com.mx/2025/07/12/opinion/012a2pol; para más sobre el enfoque de Riley, véase también: Maciek Wisniewski, Trump, “fascismo” y otras ideas erróneas, en: La Jornada, 18/10/25, disponible en: https://www.jornada.com.mx/2025/10/18/opinion/010a2pol ↩︎
  21. Martín Mosquera, “The Meaning of Milei”, en: New Left Review, no. 155, Septiembre-Octubre de 2025, disponible en: https://newleftreview.org/issues/ii155/articles/martin-mosquera-the-meaning-of-milei ↩︎
  22. Ibidem. ↩︎