Pero la buena salud de una ideología se prueba en su capacidad de convertirse en historia: a través de esta sentencia del sociólogo boliviano René Zavaleta, el autor enuncia una hipótesis que nos ayuda a comprender el anclaje que la corriente nacional-popular ha tenido en la historia de México, concretamente, en la de sus izquierdas.
En El medio día de la Revolución, de Jaime Ortega Reyna nos ofrece un estudio de las convergencias entre la corriente nacional-popular (como una derivación del nacionalismo revolucionario) y las izquierdas marxistas, esto en el marco del Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Concretamente, se enfoca en el caso de la corriente encabezada por Vicente Lombardo Toledano, como ese socialismo afín al Estado; la corriente socialista independiente encabezada por Narciso Bassols al frente de la Liga de Acción Política –y editor de Combate– y del Partido Comunista Mexicano, que, bajo las directrices de la Internacional Comunista, y en el marco del ascenso del fascismo, se cobijaron en la línea de los frentes populares. El autor explica que en este periodo es el primer momento en que se conjuga una voluntad frentista que expresaron las izquierdas marxistas ante la radicalidad cardenista, es decir, que se encontraron fuertemente atraídas hacia la radicalidad planteada por el cardenismo. La interpretación representa una valiosa manera de conocer cómo se posicionaron estas corrientes de izquierda ante la formación del PRM, que según las interpretaciones que recoge el texto, más que un partido, surgió bajo la bandera de Frente Popular.
Como parte fundamental de su obra, se parte de una delimitación teórica entre el nacionalismo revolucionario y “lo nacional-popular”. Esta discusión parte del contexto específico del capitalismo latinoamericano, en que los Estados nacionales estuvieron signados por una situación de desventaja en el mercado capitalista, lo que derivó en debilidad institucional y una reducida autonomía de los Estado. Esto propició que se conformaran esfuerzos por constituirse como Estados Nación apoyados en una serie de instituciones, en pos de ejercer su soberanía. Dice el autor: “el nacionalismo-revolucionario es entendido aquí como el ejercicio de voluntad política que coloca en el centro de la vida social al Estado como el gran articulador y, en específico, que dirige y regula el cambio social”. Ahora bien, siguiendo a Zavaleta, el autor explica que hay una ramificación del Nacionalismo Revolucionario que apela a la participación de las mayorías sociales en el proceso de modernización del Estado. A esa rama se le puede categorizar como “nacional popular”. En sus palabras: “si en lo nacional-revolucionario la burocracia que conduce el Estado es el sujeto principal, en lo nacional-popular es el entramado plebeyo, esto es, aquello que surca entre lo proletario, lo campesino, lo urbano empobrecido, lo indígena, en contra del privilegio oligárquico. Si en el nacionalismo-revolucionario la soberanía se vuelve la razón de ser del Estado, en lo nacional-popular es la predisposición de las capas de la sociedad en su capacidad de fortalecimiento ideológico y de autodeterminación”
En este sentido, ambas corrientes apelan a la soberanía, sin embargo, “lo nacional popular” expresa que esa soberanía tiene un apellido, y es popular: no puede haber soberanía nacional sin la soberanía ejercida por las mayorías sociales. Esa corriente nacional popular en México estuvo expresada por el cardenismo, que por su proyecto de consolidar una nación cobijada por la soberanía y la emancipación representó un fuerte foco de atracción para las izquierdas marxistas que se implicaron en el PRM.
Hay que señalar como una de las aportaciones de esta obra es que nos presenta una interpretación crítica de los textos que se han elaborado con anterioridad, en los que se ha establecido una genealogía en la que el PRM es el antecedente directo del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El autor opone la hipótesis de que, la voluntad por construir convergencias entre las izquierdas marxistas, como el caso de la corriente encabezada por Lombardo Toledano, Narciso Bassols y el PCM con sectores nacionales-populares, hacen que el PRM esté más próximo a experiencias como la del Movimiento de Liberación Nacional de 1961, de los procesos de unidad que culminaron en 1988 con la unión del Partido Mexicano Socialista (PMS) con la Corriente Democrática de Cárdenas, que con el PRI que surgió en 1946. De hecho, Jaime expresa que “El PRI sería la negación determinada del programa inicialmente frentepopulista del PRM y no su continuación”. De igual manera, esos acercamientos y convergencias que se produjeron en el marco del periodo de vida del PRM, no terminaron tras la conformación del PRI, sino que se hicieron presentes en diversos momentos del siglo XX. En ese sentido, el autor construyó una explicación en la que integra un análisis de coyuntura, pero que abre las puertas a un análisis con una duración más larga. De ahí a la siguiente contribución a destacar:
El libro construye una narrativa en la que se conjuga un análisis de coyuntura con uno de carácter histórico con una duración más amplia. Si bien se centra en un periodo más o menos corto (1938-1946), que fue el de la existencia del PRM, el autor busca “rastrear la raíz de una alianza entre corrientes ideológico-políticas que marcaría el derrotero del siglo XX y, puede pensarse, también del XXI”. Y, ¿cómo marcó esta coyuntura la dirección que tomaría la configuración del Estado posrevolucionario? Ahí se sentaron las bases de “la élite política que modernizaría al Estado” y el recurrente “establecimiento de un pacto entre sectores nacional-populares y el resto de las izquierdas”. Al mismo tiempo, esto representa una crítica historiográfica, pues es ha sido recurrente que se estudia al PRM como una coyuntura, no como resultado de procesos históricos, que, a su vez, definen esos derroteros posteriores.
En relación con esos procesos de largo aliento, encontramos la siguiente contribución: el autor nos invita a reflexionar acerca de las conexiones o vínculos que se pueden encontrar entre un proceso que tuvo lugar hace casi 90 años con nuestro presente. Se trata de un fragmento del pasado que se hace presente en el panorama actual. En la introducción explica cómo se ha traído recientemente a la mesa el concepto de nacionalismo-revolucionario. (cita una entrevista a Gerardo Fernández Noroña en la que expresó que el programa de AMLO era el del “viejo nacionalismo-revolucionario”). Señalar la presencia de ideas y de personajes que de alguna manera han dado cierta continuidad es siempre un terreno fértil para la reflexión.
Resulta de igual importancia señalar también el esfuerzo interdisciplinario que realizó el autor, pues le permitió configurar una interpretación en la que integró un análisis histórico, a través de la investigación documental de gran envergadura que ya he mencionado, con conceptos o categoría de las ciencias políticas al buscar elaborar explicaciones sobre las formas en que se vinculan los actores políticos y sociales así como sus conflictos. Como ya mencioné, también resalta su esfuerzo por categorizar el concepto de nacionalismo-revolucionario y lo nacional-popular, sobre lo que ha corrido mucha tinta en América Latina, pero dotándolo de sus tintes locales, a través del análisis de las corrientes que convergieron en el PRM.
Asimismo, resaltar el trabajo de fuentes realizado por el académico. La construcción de la interpretación de esta obra está cimentada en un amplio corpus documental y bibliográfico. El autor visitó una serie de acervos como el Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, el Centro de Estudios sobre el Movimiento Obrero y Socialista (CEMOS), la hemeroteca Lerdo de Tejada, la colección Nati Lee Benson en la Universidad de Texas, la Biblioteca Pública de NY, la de la Universidad de California en Berkeley. La visita a estos acervos le permitió contar con una selección hemerográfica, que incluyó títulos como Futuro para el estudio del caso de Lombardo Toledano, El Machete y La Voz de México del PCM, Combate para el caso de la Liga de Acción Política encabezada por Narciso Bassols. De esta selección documental, también resulta valiosa la invitación a abordar al PRM a partir de sus fuentes oficiales -cosa que se ha hecho poco, según explica el autor-, pero también porque convoca a entender al PRM a partir de las voces de otros actores, en este caso de izquierdas. Esto en sí mismo ya es una crítica historiográfica. Asimismo, el autor recurrió a un conjunto de textos que han abordado el tema desde la ciencia política, la sociología y la historiografía, lo que le permitió elaborar una revisión o “estado de la cuestión” y detectar patrones interpretativos, criticarlos y proponer nuevas rutas analíticas.
Un último punto por resaltar de su texto es la integración de los factores exógenos con la complejidad y heterogeneidad de variables que la realidad mexicana imprimió al proceso de convergencias y la voluntad de estos actores por formar parte de un frente popular. Esto en el marco del ascenso del fascismo de la segunda guerra, y nos invita a pensar cómo se expresó de distintas maneras en varias latitudes, en este caso, en México. En el texto se señala que el signo antifascista durante la segunda guerra fue un factor que a nivel global fue condición de posibilidad del PRM. Así los acercamientos entre el régimen y los comunistas -que ellos acordaron por las directrices de la Internacional- y a la “primavera del pueblo”, como una serie de movilizaciones sociales. En contraste, el PRI representó el “giro pro estadunidense, anticomunista y de control de las organizaciones y el uso de la represión legal e ilegal (delito de disolución y charrismo sindical, respectivamente)”.
Como un paréntesis, el autor retoma a Romain Robinet quien cuestiona la noción de “corporativismo” aplicada al PRM, que fue más cercano a una democracia funcional que al corporativismo fascista. Precisamente, en vías de resaltar la particularidad de los procesos que se estudian en esta obra, el autor enfatiza su inquietud por dilucidar cómo la experiencia de las izquierdas mexicanas tomó derroteros específicos, y no en el sentido de adopción acrítica de modelos traídos desde fuera. Por esta razón, resulta significativo que uno de los epígrafes del libro exprese, citando a Vicente Lombardo Toledano: “No es una institución nacida en virtud de copiar lo extraño; es el fruto de la tierra mexicana, es, como acabo de recordarlo, una necesidad impuesta por la hora que vivimos”.