La obsesión Gramsci en las derechas argentinas

En febrero de 2024, Javier Milei, presidente argentino desde diciembre del año anterior, realizó un posteo en su cuenta de X que actualizó el reiterado recurso a la figura de Antonio Gramsci por parte de las derechas argentinas. 

Tuit de febrero de 2024, pocos meses después de asumir, que mostraba que seguía esa pasión derechista por Gramsci. El mismo llevaba un título programático, sugiriendo un aspecto de un programa de gobierno en curso: “Desarmando el Gramsci Kultural”1. Allí se insiste sobre recurrentes tópicos de las derechas, en virtud de los cuales se encuentran en una batalla cultural en curso contra quienes vendrían utilizando las armas de la cultura, la educación y los medios de comunicación para auspiciar una decadencia moral que habría conducido a la Argentina a un estado de putrefacción 

No es un dato menor que la invocación de Milei a la figura de Gramsci venga acompañada por el neologismo “kultural”. El “GRAMSCI KULTURAL” (así en mayúsculas) que Milei se atribuye estar desarmando nos ofrece rápidamente dos elementos a pensar: el orden de la cultura, porque se señala con énfasis que se trata de ese Gramsci, el de la cultura y, por otra parte, la inefable letra “k” con la que se alude despectivamente al Kirchnerismo como proyecto y proceso político, en lo que constituye una operación que acompañó con éxito el empobrecimiento lingüístico de nuestras derechas estos últimos lustros. 

Comencemos por la cultura. Se sabe, y se ha escrito bastante sobre ello, que no es ni remotamente la primera vez que las derechas colocan en Gramsci la cifra de su batalla. No lo es en el tiempo -sucede hace mucho- ni en el lugar -sucede en muchos países-. En todos los casos, Gramsci suele estar asociado a un cambio de estrategia que las izquierdas tomarían, posiblemente como efecto de una derrota. Derrotadas militar y/o políticamente, desplazan el campo de batalla hacia la cultura. Una especie de “primer ciclo” de este argumento encuentra su origen en las mismas tierras italianas: el filósofo católico Augusto Del Noce2 se confronta tempranamente con el pensamiento de Gramsci, bajo la hipótesis de que la filosofía de la praxis -ese peculiar marxismo de Gramsci, apoyado en un intenso privilegio de la acción por sobre la estructura, de la política por sobre la economía- era un llamado a la destrucción de los valores trascendentes y por ello acompañaba con éxito al proceso de modernización -y secularización- que se desplegaba aceleradamente en la segunda posguerra italiana: Maledetto 68. Aunque resulte algo paradójico para nuestras derechas gramscianas (o anti gramscianas, es más o menos lo mismo en este punto), el Gramsci de Del Noce no disputaba las palabras desde la izquierda ni estaba embarcado en una “batalla cultural” por los símbolos, sino que diluía –historizaba- todos los símbolos. Gramsci no sabía, dice Del Noce con una inteligencia tan polémica como incisiva, que también su revolución -cual cabeza de jacobino- caería bajo la guillotina de una lógica disolvente que conduciría a la sociedad toda al nihilismo, a la muerte de todo valor. Poco importa como sigue ese largo debate italiano, pero sirve tan solo para sugerir que hubo una época en la que discutir Gramsci con la derecha podía ser interesante. 

Los reaccionarios argentinos también iniciaron sus diatribas contra Gramsci en la defensa de los valores de la civilización occidental y cristiana, aunque con menos lectura, formación y agudeza que Del Noce. Su traducción era simplemente la hipótesis de una izquierda que, derrotada por las armas en la dictadura, volvía a la política por la vía cultural. Aquello que se designaba como “izquierda” ya no era el efecto de una trama organizativa, o de un conjunto de lecturas, sino casi cualquier cosa que no entrara en el restringido mundo eclesiástico-militar que resguardaba la herencia de Occidente. Ya en los años ochenta, en la inmediata posdictadura, compartían este tipo de argumento espacios como la conservadora revista Cabildo, porciones importantes de la Iglesia indignadas con la apertura democrática y, por supuesto, militares y civiles de la Dictadura que incluso en el escenario mismo en que eran juzgados por crímenes atroces abjuraban contra el “gramsciano” presidente Raúl Alfonsín.

Similares manifestaciones se podían leer, entre otros lados, en Brasil, sugiriendo una suerte de “tono regional” que todavía hoy se conserva. Al menos desde los años noventa Olavo de Carvalho, astrólogo y referente teórico de la extrema derecha brasileña, seguía las aventuras del Partido de los Trabajadores calificándolo como “una tropa de élite de las ideas gramscianas”. Esas “ideas” se sintetizaban en una disputa por el sentido común que tendía a demoler los valores, de nuevo, de la civilización cristiana y occidental. Gramsci como actitud: lógicamente no es necesario leer a Gramsci, mucho menos afiliarse al comunismo, para ser gramsciano. Con Jair Bolsonaro, de quien Olavo de Carvalho era considerado el “gurú”, esa mezcla de prejuicio y teoría conspirativa devino palabra de Estado. Y la cosa sigue: en 2021, el Instituto Manuel Oribe del Partido Nacional uruguayo convocó a su concurso anual de ensayos, bajo el curioso título: “Gramsci en Uruguay”. Resultó ganador el libro “Influencia de Antonio Gramsci en Uruguay”, de Juan Pedro Arocena. El libro contiene una revisión crítica del itinerario de la izquierda uruguaya para pronunciarse en el presente contra el “feminismo radical” y las “agendas de derechos”. Su propósito: disputar la “cultura” para ponerla “al servicio de la libertad y la ciudadanía”. Es evidente el diálogo con el libro “La batalla cultural”, que su autor el politólogo Agustín Laje -figura próxima a Milei y de gran influencia en las redes conservadoras (y ahora “libertarias”) latinoamericanas- subtitula “Reflexiones críticas para una nueva derecha” -¿Hic Rhodus para las apasionadas búsquedas de “novedades” en las derechas?-, y que contiene también cuantiosas referencias a Gramsci como centro de una hipótesis “cultural” de disputa del sentido común y conquista de lo “políticamente correcto” que la izquierda estaría llevando adelante3.

Si se mira con cuidado, se verá que poco ha cambiado de los contenidos de la batalla en torno de Gramsci: defensa de valores conservadores contra una suerte de desquicio modernizador que todo lo trastoca. La mayor diferencia quizá está en las formas: Milei no es un cura conservador o un militar católico, sino un excéntrico y auto percibido profeta que construyó su potencia política con un discurso que reunía conservadurismo cultural, ortodoxia neoliberal y, sobre todo, invitación al goce de romperlo todo. Lo nuevo está en el tercer elemento, la vocación destructiva. Porque, en rigor, liberalismo y fascismo, al menos en Argentina -y en América Latina-, no fueron incompatibles, más bien lo contrario. Hoy, aquello que Milei percibe como límite, ya sean políticos progresistas, figuras del espectáculo que lo critican o sindicalistas que resisten sus políticas de austeridad, constituyen columnas del, textual de la publicación del presidente, “edificio de Gramsci” (macabra suerte la del encarcelado por el fascismo, que tanto peleó por expulsar a los edificios –“base y superestructura”- de las metáforas que dominaban el panorama teórico del marxismo).

En este punto convive la tentación -algo absurda, del todo inútil y en parte inevitable- de denunciar las pobrísimas lecturas de Gramsci que entraña la aproximación de Milei a su figura con la más adecuada pregunta por las razones de esta obsesión. ¿Qué es lo que encuentran las derechas en Gramsci para nombrar con él a todo lo que perturba el despliegue de su concepción del mundo?

La atracción entraña, evidentemente, ambivalencias. Gramsci pareciera estar habitado por una especie de desplazamiento casi imperceptible: aparece como terreno de lucha, como suelo común de una forma de la política, la de la lengua y los símbolos, claro que desgajados de un horizonte general, y más aún de un plano económico-productivo (y estrictamente por eso es cultural, porque no es económico), tanto como aparece, luego, como una de las partes de esa disputa, la que avanza perniciosamente conquistando el sentido común porque sabe que en los otros terrenos perdió, o perdería. En ese juego desanclado valen la pura irracionalidad, las pasiones tristes y el llamado a la violencia, porque se trataría simplemente de palabras contra palabras.

El problema de lectura está, ciertamente, en esa concepción pobre de cultura. El interés de Gramsci en la dimensión cultural no es una sustitución de un interés por la economía o por la política, como si se tratara de un menú de batallas por elegir. Por el contrario, lo que Gramsci registra en su teoría política es un desplazamiento en las formas del conflicto. Frente a la irrupción de las masas en la vida política (1917 es el año que sintetiza aquello), la dominación capitalista se enfrenta a la exigencia de incorporar de algún modo -aunque sea subordinado- esas energías, que llegaron para quedarse. Lo que trasciende a las lecturas simplificadas de las derechas como el problema gramsciano de la cultura es en realidad el problema del consenso que integra necesariamente las formas modernas de dominación (entiéndase bien: el consenso no es una estrategia que eligió la izquierda -mucho menos bajo el pobre tono conspirativo con el que revisten el asunto Milei y sus publicistas- sino un elemento central de la reproducción del capitalismo del siglo XX, y XXI). Y ese consenso no es un problema de palabras que convenzan o no convenzan, sino de imágenes de sociedad: hay hegemonía cuando la sociedad reconoce que quienes la conducen la llevan, de algún modo, hacia adelante. Esa incorporación de los dominados en el corazón de la dominación es “cultural”, entonces, solo si se entiende a la cultura como parte de la trama de signos que atraviesa la sociedad toda -incluyendo la economía, por supuesto-. El corazón del asunto está en que esa incorporación fortalece la dominación al mismo tiempo que inscribe en su interior su carácter conflictivo y, por ende, inestable. Por esto Gramsci es un interesado por todos los rincones de la práctica social, las minucias de la lengua, la ambivalencia de las palabras, los fragmentos de la vida en común que dejan ver aquello que pone en cuestión el estado de las cosas. Allí está el problema del “sentido común”, acaso uno de los sintagmas que con más saña las derechas alojan en la amenaza Gramsci: el sentido común es una controversia por las palabras para nombrar el mundo tanto como por el mundo mismo. No está tan lejos del viejo asunto de la lucha de clases.

Pero no colocamos este rodeo por Gramsci con afán correctivo (o no solamente). Por lo demás, también unos cuantos lectores honestos de Gramsci se vieron atrapados por la seductora figura del consenso, olvidando todo lo demás. Nos interesa preguntarnos si no está allí, en ese juego que desancla la cultura del terreno general de la vida en común y de la forma de organización de la sociedad, el corazón de la obsesión derechista con Gramsci. Es preciso tomarse bien en serio la afirmación que indica que la izquierda pasa a la batalla cultural porque perdió la batalla militar, o la política. Con la atención puesta, por decirlo de algún modo, en mirar la parte llena del vaso y no la vacía: allí donde el discurso aparenta debilidad o un carácter defensivo (“la izquierda ha conquistado el sentido común, debemos recuperarlo”) deja ver en realidad lo contrario, una intensa agresividad: se considera que la guerra ya ha sido ganada, que los términos de la organización de la sociedad ya han sido colocados. Y, sin embargo, el conflicto, de diversos modos, retorna. Y entonces la “cultura” aparece representando esa suerte de resto no domesticado, la parte que falta para terminar con el asunto. La intensidad del grito se corresponde con la indignación por lo que resulta incomprensible: ¿Por qué vuelve la izquierda a través de insumisos artistas pop si ya la derrotamos en los campos de concentración? 

La K. Hay algo novedoso en la violencia que ofrecen los discursos del presidente Milei y, en general, los de la extrema derecha contemporánea. Esa novedad debe ser pensada como tal, pero no desenlazada de lo que dentro de ella insiste como repetición de viejas mañas. Cuando se ataca de ese modo a un sector de la sociedad, queda bastante claro que hay algo que se está intentando cancelar. Clausurar una parte de la historia mediante la pura moralización de su existencia (como origen de la “decadencia argentina”) no es un procedimiento nuevo, aunque esta vez se esté desarrollando en un nuevo contexto nacional e internacional, de consecuencias imprevisibles tanto como preocupantes. Tampoco Gramsci aparece por primera vez en todo esto. Más bien lo contrario.

En 1956, Gino Germani escribe el texto “La integración de las masas a la vida política y el totalitarismo”4. El mismo es redactado a pedido de la auto denominada Revolución Libertadora que había derrocado a Perón un año antes, bajo el impulso de la pregunta -que también era un deseo- en torno de las posibilidades de pasar la página de la pesadilla peronista y retornar al día anterior a su advenimiento. Se le consultaba al experimentado sociólogo si se podía considerar al peronismo tan solo un desagradable paréntesis en la historia argentina, que entonces podría ya retomar su senda de progreso y razonabilidad. Germani se resiste, con honestidad, a la respuesta que le solicitaban, a pesar de su confesa distancia con el peronismo. En su texto, se manifiesta decididamente en contra de las tesis que reducían el peronismo a un acto de manipulación o a la venta de la dignidad de los trabajadores “por un plato de lentejas”, como se señalaba desdeñosamente en los círculos cultos de la época.

Germani define al peronismo -al que no deja de asociar con significantes como “dictadura” o “totalitarismo”- como la primera experiencia de democratización de la participación política y social para los trabajadores y afirma dos cosas importantes acerca de la libertad, palabra clave de nuestros días: “Los trabajadores que apoyaban la dictadura [al peronismo], lejos de sentirse despojados de la libertad estaban convencidos de que la habían conquistado” y, luego “La libertad que habían perdido [durante el peronismo] era una libertad que nunca habían realmente poseído”¨. Vale decir que, con el peronismo, según Germani, los trabajadores habían perdido algo que nunca habían tenido y, al mismo tiempo, habían conquistado algo que antes no tenían. Pura ganancia, aunque atrapada en la resistencia del autor a conceder demasiado. Lo que en todo caso descubre Germani es una experiencia que será el núcleo de la duración del peronismo. Y el texto se cierra entonces respondiendo, con enorme candidez, al gobierno acerca de la única posibilidad realizable de “desperonizar” el país: “La inmensa tarea a realizar consiste en lograr esa misma experiencia, pero vinculándola de manera indisoluble a la teoría y a la práctica de la democracia y de la libertad”. Retener la experiencia de la libertad, y democratizarla. Las clases dominantes argentinas, en general, no harían ni una cosa ni la otra. 

Cuando unos años después, en 1961, Germani publique este texto como parte de su libro Política y sociedad en una época de transición, le añadirá al inicio una llamativa nota al pie: “Este ensayo constituye un análisis de un movimiento ‘nacional y popular’ típico: el peronismo”. Germani no explicita una remisión a Gramsci en el uso de esas dos palabritas tan argentinas, pero a nosotros nos interesa igual porque lo que deja abierto es precisamente la fecundidad de su escritura para confrontarse con el gran asunto argentino. La figura, algo enigmática, de lo “nacional-popular” entraña una interrogación en torno de los grandes movimientos políticos, en una relación tensa -de reconocimiento tanto como de reelaboración- con las férreas marcas de las categorías clasistas de Marx que estructuraban la reflexión gramsciana. Las virtudes de lo nacional-popular estarían en su flexibilidad para trabajar en terrenos accidentados, donde las grandes clases modernas están en formación, donde la nación presenta fracturas constitutivas, donde la cultura es fragmentación antes que unidad (lo nacional-popular no es solo un asunto político, es, para Gramsci, un problema que pertenece privilegiadamente al campo de la literatura: un pueblo sin una literatura capaz de narrarlo carece de la virtud nacional-popular). De allí su fortuna -la de Gramsci y la de su concepto- en Argentina y en América Latina: por el “aire de familia” con los grandes movimientos populares que produjeron formas de unidad política a partir de un pueblo “disperso y pulverizado”, como decía Gramsci a propósito de las tareas del Príncipe.

Ya antes de Germani, mientras Ernesto Sábato se conmovía en el área cultural liberal de la revista Sur con la resistencia del héroe antifascista encarcelado, el dirigente comunista Héctor Agosti buscaba en las categorías de Gramsci la clave para repensar la historia nacional, e insertar astutamente al comunismo allí. Su éxito no fue tanto ese, sino más bien el de introducir a Gramsci en Argentina. Luego sus díscolos discípulos, José Aricó y Juan Carlos Portantiero entre otros, emprenderían la mítica experiencia de la revista Pasado y Presente, en lo que constituiría un esforzado intento por aproximar al marxismo a los grandes dilemas nacionales (y, por esa vía, al peronismo). Y el arsenal teórico de Gramsci a disposición de argentinos y argentinas crecía, animado también por otras zonas de la llamada “nueva izquierda”. También el lado izquierdo de los peronismos tuvo su interés en Gramsci. Algo tímido en John William Cooke, mucho más elaborado en la escritura de Horacio González, siempre fascinado por el tema del mito como calve de lectura de la rica opacidad política argentina. También Ernesto Laclau podría por supuesto ser encolumnado en las huestes gramscianas, y no solo por su afamado gesto con la “Hegemonía”, sino también por todo lo que actualizaba de los viejos debates de la izquierda nacional, siempre ocupada en cancelar los automatismos para pensar las relaciones entre socialismos, clases y naciones. Del mismo modo, la cultura progresista de la posdictadura abreva en Gramsci, con algunos de los mismos nombres mencionados aquí, pero con estrategias de lectura distintas. Un énfasis en el autoexamen de las izquierdas para pensar el tema de la democracia aparece en el Club de Cultura Socialista de los años ochenta y se extiende de diversos modos durante varias décadas. Y en estricta intersección con todo lo anterior: la infinidad de cátedras, los grandes profesores, las bibliografías, las agrupaciones políticas, los cursos y los libros. Una historia sinuosa -evocada aquí apenas superficialmente-, con aproximaciones de toda naturaleza (a su modo, también las aproximaciones de derecha son parte del “éxito” argentino de Gramsci), pero con una densidad innegable5.

Lo que todo esto tiene de historia intelectual, que es difícilmente hallable en otras geografías -incluyendo Italia-, importa tanto como lo que deja ver en términos de la vida política argentina produciendo incesantemente poderosos y sofisticados esfuerzos por pensarla (a las dos cosas juntas, el objeto y los modos de decirlo, bien podríamos llamarlas “cultura argentina”). Todos esos nombres de las escrituras argentinas se trenzaron de diversos modos con el enigma del peronismo, acaso identificando en lo “nacional-popular” su potencia disruptiva (que ciertamente no es la única de sus potencias). Desde fuera o desde dentro, y de muchos modos diversos, lo que se intentó -y sigue intentando- fue pensar las coordenadas de esa incomodidad. Incomodidad para los conceptos, pero también para un orden excluyente. La pregunta que se le formuló a Germani no dejó de formularse desde entonces, y también con distintas modulaciones. Como genocidio, como proyecto de descorporativización de la sociedad o simplemente como intento por cancelar una aberración, una y otra vez asistimos al intento por cerrar esa historia, que es, y en esto tiene razón el presidente, una historia política pero también la de una extraordinaria cultura. Aquí, en este punto, en esta vocación destructiva, la expresión de Milei halla su tradición.

  1. Posteo de Javier Milei del 16 de febrero de 2024:  https://x.com/JMilei/status/1758492144224895437?lang=es ↩︎
  2. Ver especialmente Del Noce, Augusto (1978) Il suicidio della rivoluzione. Milano: Rusconi. ↩︎
  3. Sobre los usos de Gramsci por parte de las derechas, se puede consultar un clásico texto de José Aricó de los ochenta: Aricó, J. M. (1988). Gramsci y la cultura de derecha. En J. M. Aricó, La cola del diablo: Itinerario de Gramsci en América Latina. Buenos Aires: Puntosur Editores. Para los usos más contemporáneos se puede leer: Molina Johannes, J. (2022, octubre). La batalla cultural: Usos de Gramsci por las derechas latinoamericanas contemporáneas. En El ejercicio del pensar, (35), 36-42. Buenos Aires: CLACSO.. Específicamente sobre Brasil: Bianchi, Á. (2021). “Olavo de Carvalho e a guerra cultural das novas direitas: entrevista com Álvaro Bianchi”. Em Tese, 18(2), 67-79.  ↩︎
  4. Germani, G. (1962). La integración de las masas a la vida política y el totalitarismo. En Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas (pp. 233-252). Buenos Aires: Paidós ↩︎
  5. Un paneo general de los itinerarios de Gramsci en la cultura política argentina puede leerse en: Cortés, M., & Burgos, R. (2019). Le eredità di Gramsci in Argentina. En F. Frosini & F. Giasi (Eds.), Egemonia e modernità. Gramsci in Italia e nella cultura internazionale (pp. 447-465). Roma: Viella. ↩︎